Disclaimer:Los personajes de Twilight son propiedad de Stephanie Meyer, yo solo los ocupo para jugar un poco con ellos, esperando que les guste. La historia es de Michelle ReidCapítulo 10

Por fortuna, el médico no les prohibió el sexo. Se mostró muy comprensivo con los temores de Bella y la tranquilizó diciéndole que los problemas de su hermana no habían tenido una causa genética. Ella se encontraba en perfecto estado de salud. No había ningún motivo para que no tuviera un embarazo perfectamente normal. Los despidió diciéndoles que continuaran adelante con su matrimonio.

-Disfruten -sonrió.

Se quedaron perplejos. Se habían acostumbrado tanto a la mala suerte, que les costaba aceptar una buena noticia.

En cuanto estuvieron solos, Edward la tomó en brazos y la besó.

-Estamos liberados.

Lily estaba preciosa. Bella no podía creer los cambios que había experimentado el bebé desde la última vez que la había visto. Tenía los ojos azules de su madre y el pelo oscuro y sedoso de su padre. Lloró cuando la sostuvo en brazos, a pesar de que en ese momento se sentía la mujer más feliz de la tierra.

Le enfermera que iba a ir con Lily cuando dejaron el hospital se llamaba María. Era joven, morena y tan increíblemente tímida, que se sonrojaba cada vez que Edward le sonreía.

Cuando llegó el momento de ir a ver una casa que Edward quería mostrarle, dejaron a la pequeña en brazos de María.

Mientras atravesaban la campiña de la Toscana, pasaron por Fiesole.

-Esta casa no se va a convertir en otra villa Cullen, ¿verdad? –preguntó ella con cierta inseguridad.

-Aguarda y verás -Edward sonrió, cautivándola.

Ese día, se sentía delicada, serena y completamente femenina. Era una sensación muy rara, pero cálida y agradable. Hasta su cita con el ginecólogo, había sido un amasijo de nerviosismo y temores. Seguía asustada, pero en ese momento también experimentaba júbilo.

-Estás tan hermosa hoy... -murmuró Edward.

¿Podría ver cómo se sentía?

Se desviaron por un camino de tierra que los llevó a través de unos pastizales que daban a un valle pequeño y perfecto, con un bosque, praderas e incluso un arroyuelo.

Nada más ver la casa se quedó boquiabierta.

-¿Cómo la has encontrado? -preguntó casi sin aliento.

-Es mía -le sonrió con ironía-. Me la dejó mi abuelo materno.

-¿Tu madre vivió aquí?

-No te sorprendas tanto -se burló-. No se convirtió en una Cullen hasta que no se casó con uno -le recordó-. Era una Monteriggioni; su familia se dedicaba al cultivo de la uva. Tenían extensas propiedades por esta zona y producían uno de los mejores vinos de la Toscana. Cuando la industria del vino tuvo que modernizarse para no quedarse atrás, mi abuelo decidió que era demasiado viejo para unos cambios tan radicales, de modo que vendió los viñedos pero conservó la casa y la propiedad circundante. De niños a todos nos gustaba venir aquí, porque se nos permitía una clase de libertad de la que nunca podíamos disfrutar en el centro de Florencia.

Pudo entenderlo. Ese lugar tan hermoso era para tener hijos.

Y luego estaba la casa.

Edward detuvo el coche y le brindó unos minutos para que contemplara la casa de dos plantas con paredes de piedra, tejado de teja y ventanas largas y estrechas con persianas verdes.

-¿Qué antigüedad tiene? -preguntó con curiosidad.

-Creo que es del siglo xv -respondió-. Y no estoy seguro porque sólo la hemos rastreado hasta el quince, lo que no significa que no estuviera ya aquí.

Bajó y rodeó el coche para ayudarla a salir. La condujo hacia una puerta doble de aspecto sólido. Cuando la cruzó, quedó sorprendida de encontrarse en lo que sólo podía describir como una casa rústica. No había ninguna exhibición de valiosas colecciones de arte. Nada que impulsara más a admirar que a usar.

-Es sorprendente -murmuró mientras iban de habitación a habitación. Las paredes estaban pintadas de blanco, los suelos eran de piedra, madera y piedra otra vez. Todos los cuartos estaban completamente amueblados y daban la impresión de que no se hubieran alterado en siglos-. No puedo creer que nunca me hablaras de este sitio.

-Nunca surgió en la conversación.

-Pues debería -reprendió-. Es maravilloso.

-Grazie. Mis abuelos me lo dejaron a mí porque al parecer desde muy pequeño afirmé que aquí era donde pensaba vivir con mi familia. Así que ahora sabes que te has casado con un campesino de corazón y no con un arrogante florentino.

Continuaron el recorrido, discutiendo sobre qué ala de la casa estaría dedicada a la familia y qué ala al trabajo.

-Podríamos mudarnos hoy y no tener que hacerle ningún retoque -comentó al cabo-. ¿Quién la ha mantenido limpia?

-Teníamos un ama de llaves llamada Sue -informó-. Estuvo aquí durante tanto tiempo, que no recuerdo una época sin su presencia.

-¿Y ya no está? -se volvió de una ventana, donde había estado admirando la vista.

-Por desgracia, no. Falleció hace un par de años -fue a enderezar un cuadro torcido.

-La querías -aventuró.

-La adoraba -suspiró-. Gobernó mi vida con vara de hierro y el mejor ossobuco que hayas podido probar alguna vez.

-Imposible de reemplazar, entonces.

-Así es -coincidió-. De modo que ni siquiera lo intentaremos. A cambio, tendremos un personal joven y muy moderno, acorde con nuestra familia joven y moderna -giró para mirarla-. ¿Quieres echar un vistazo arriba?

El deseo crepitó en el aire. Dejó que volviera a tomarla de la mano y la condujera por una de las varias escaleras que había visto mientras recorrían la planta baja.

Comprobaron un dormitorio tras otro y encontraron el ala infantil con todo lo que podría desear un niño. Era como un lugar encantado que se hubiera perdido en el tiempo. Todo era antiguo y estaba usado, como la casa; los únicos sitios perfectamente restaurados y modernos eran los cuartos de baño exquisitos, uno adjunto a cada habitación.

-¿Dónde está el personal? preguntó mientras estaban en uno de los dormitorios más grandes en el que había una cama con dosel.

-Le he dado el día libre para que pudiéramos movernos... sin ser interrumpidos.

Bella desvió la vista y fingió mostrar interés en la alfombra tejida a mano que cubría el parqué.

-Bueno... -intentó respirar hondo- desde luego aquí vas a disfrutar de tu espacio, tal como querías.

-Si es una insinuación sutil para que elija mi propio dormitorio, olvídalo. Dormiré contigo -la vio azorada-. Elige -invitó.

Las mejillas comenzaron a encendérsele. Otras partes de su anatomía se unieron.

-En otro momento -respondió con nerviosismo, y comenzó a retroceder.

-Pareces cansada.

-No lo estoy -negó cuando la parte de atrás de sus piernas chocaron con el borde de la cama.

-Necesitas descansar con asiduidad. Lo ha dicho el médico.

-No para lo que tienes en mente -amonestó-. ¡No te atrevas! -protestó al ver que alzaba la mano para empezar a aflojarse la corbata.

Pero se atrevió. Un paso más y lo tuvo delante de ella. Se desprendió de la corbata, la chaqueta aterrizó en el suelo. Bella sabía que en ese momento disponía de una elección. Podía luchar o rendirse. Los párpados se movieron al ritmo de su corazón acelerado al ver el torso bronceado que apareció cuando terminó de desabotonarse la camisa. El calor y la fragancia que emanaban de él se le subieron a la cabeza.

-Planeaste hacer esto en esta habitación, ¿verdad? -murmuró con tono de acusación.

-Por supuesto. Es la mejor habitación. ¿Vas a desnudarte tú o prefieres que lo haga yo?

Indecisa aún entre la lucha o la rendición, alargó el momento durante unos segundos. Luego, relajó los hombros.

-Es tu seducción, caro -murmuró con provocación.

De manera que le quitó la ropa con atormentadora lentitud. Le excitó los sentidos con manos que sabían exactamente dónde tocar. Hicieron el amor por la tarde y se quedaron dormidos juntos, igual que todas las noches siguientes en ese dormitorio, con la cama con dosel y las ventanas que daban a las colinas de la Toscana.

Lily llegó a casa. Fue toda una sorpresa de Bella encontrarse absolutamente responsable de ese pequeño y precioso ser que dependía de ella para todo. Pero lo consiguió con la ayuda de María. Aprendió a ser madre. Hicieron falta semanas hasta sentirse realmente segura, pero al final lo consiguió.

Casi todas las mañanas trabajaba en su despacho. Las tardes se las dedicaba a Lily. Edward se hallaba ocupado... muy ocupado. Fallecido Emmett, tenía que encargarse del trabajo de dos, pero el momento del desayuno le correspondía estrictamente a Lily. Y sin importar lo ocupado que estuviera, todas las noches se presentaba en casa para compartir la cena con Bella y, desde luego, la cama con dosel.

En apariencia, todo iba de maravilla. Bella esperaba su hijo con una serenidad que sorprendió a todo el mundo. Era feliz con su vida nueva y se notaba en el modo en que simplemente resplandecía. La madre de Edward se alegró tanto al descubrir que se trasladaban a antiguo hogar en el que ella había vivido, que rara vez no estaba allí. Se aferraba a Lily y, Bella sospechaba, mitigaba el dolor que la embargaba por la pérdida de su hijo volcando todo su amor en la hija de éste. Alice se convirtió en su mentora en todo lo referente a los bebés. Renata seguía manteniéndose distante, pero a medida que pasaban los meses, se relajó y comenzó a caerle bien otra vez.

Todo era prácticamente perfecto. Como la calma después de una tormenta terrible, todo el mundo parecía dispuesto a trabajar en equipo para ayudar a que esa nueva vida que construían funcionara lo mejor posible. Bella estaba feliz. Se sentía sana y viva.

Trabajaba, jugaba, hacía el amor con Edward. La única, única, nube en su horizonte soleado era que él en ningún momento le había dicho que la amaba.

La expresión de los ojos le revelaba que la amaba, pero jamás pronunció las palabras, de modo que ella tampoco las dijo, y sólo esperaba que pudiera ver en sus ojos lo mismo ella que veía en los de él. «Un día nos sentiremos lo bastante seguros como para decirlo», se prometió. «Puedo ser paciente.

Todo lo demás es perfecto». Sentía a su bebé viviendo en su interior y nunca se había sentido tan completa como mujer. Irradiaba satisfacción y felicidad.

Olvidó estar asustada.

Llegó agosto con su vibrante ola de calor.

Edward decidió trabajar desde su despacho en la casa antes que aventurarse a sortear la marea de turistas. Bella estaba embarazada casi de ocho meses y estaba tan increíblemente hermosa, que sentía que el corazón se le encogía cada vez que la miraba. Lily había florecido hasta convertirse en una encantadora niña. Acababa de aprender a gatear y provocaba el caos siempre que se la dejaba suelta.

Algo que hacía en ese momento. Edward acababa de cambiarse los pantalones cortos y la camiseta por un traje porque tenía una reunión en Florencia. No quería ir. Quería quedarse allí y ver a la pequeña luchar por mantener su libertad mientras Bella, sorprendente con un vestido blanco que moldeaba su avanzado estado de gestación, aferraba con firmeza las tiras del peto de la pequeña.

-No, Lily, no. El sol está demasiado fuerte, debes...

La pequeña se soltó. Edward intentaba descubrir cómo Bella había permitido que sucediera cuando la vio adelantarse en un esfuerzo por volver a sujetarla. Entonces el movimiento se transformó en algo por completo diferente. Durante un segundo vio que se quedaba paralizada como una estatua, luego el grito le llegó a los tímpanos mientras su cara se contorsionaba al tumbarse en la hierba en una bola de dolor.

El corazón le dio un vuelco al ponerse en movimiento. Corrió por la terraza y salió al jardín. Cayó de rodillas junto a ella y apoyó una mano en la curva de su espalda.

-¿Qué ha pasado... qué? -preguntó.

-Me duele -jadeó e, incluso al decirlo, el siguiente espasmo agónico la recorrió otra vez, forzando el aire por su garganta en un grito agudo.

El sonido surcó el día soleado como el aullido de un animal herido. Se inclinó más para abrazarla mientras los dedos de ella arañaban con desesperación la tierra.

-Cara -decía-, cara -no sabía qué hacer al verla tan paralizada por el dolor.

Debió de haber solicitado ayuda, aunque no recordaba haberlo hecho. La gente llegó desde todas las direcciones. Alguien recogió a Lily, otro llamó a María. La enfermera se presentó a la carrera y se arrodilló junto a Bella, quien tenía todo el cuerpo contraído y gemía.

-¿Qué pasa... qué pasa? -logró jadear unos momentos más tarde-. No puede ser todavía, ¿verdad?

-Su bebé ha decidido llegar temprano y tiene mucha prisa -informó María-. Necesitamos trasladarla al hospital muy rápidamente, signora -miró a Edward con preocupación-. Muy rápidamente, signor.

Edward sintió que se le helaba la sangre.

Después, fue todo eficiencia y capacidad de decisión. Soltó órdenes mientras se ponía de pie con Bella en brazos.

-Edward -sollozó ella-. Estoy asustada.

-Sshhh -la tranquilizó con los dientes apretados por la tensión-. Todo irá bien.

Comenzó a caminar hacia la casa con los dedos de Bella clavándose en su cuello y María corriendo a su lado, mientras el personal se abría a su paso.

Seth esperaba en el patio exterior con la puerta trasera del Mercedes abierta y la cara preocupada.

-Al hospital local, signor -indicó María con gravedad.

El coche salió disparado, dejando una estela de polvo rojo. Las uñas de Bella dejaban medias lunas en el cuello de Edward y esos terribles jadeos llenaban el interior del vehículo.

La contracción se suavizó, dejándola temblorosa y debilitada. Relajó los dedos en el cuello de Edward. Luego giró la cabeza en el brazo de él y abrió los ojos para mirarlo. Fue como mirar en el infierno.

-Es lo mismo -susurró.

Él supo que se refería a Lily.

-No es lo mismo -negó con vigor-. Viene unas semanas adelantado, nada más.

¿No estás lo bastante ocupada como para no tener que asustarte también?

Clavó los ojos en la ferocidad de su expresión, sacando fuerzas cuando experimentó la siguiente contracción. Seth conducía como un poseso. A las afueras de Fiesole se encontraron con un atasco. Seth tocó el claxon hasta que los demás coches se apartaron a regañadientes. De pronto apareció un policía motorizado. Seth habló con él y el hombre sólo tuvo que mirar hacia la parte de atrás para, segundos más tarde, abrirles un pasillo a través del tráfico, con Seth pegado a la rueda trasera de la moto.

Llegaron a la entrada del hospital, donde ya los esperaba un equipo de médicos. En cuanto Edward bajó del coche con ella en brazos, se lanzaron sobre él. Quisieron depositarla en una camilla, pero Bella no aceptó soltarlo. Edward tuvo que ser duro consigo mismo y bajarla, con las uñas clavadas en su cuello con suficiente fuerza como para hacerle sangre.

Lo que siguió fue un torbellino de movimientos. En ese momento, Bella le aferraba con fuerza la mano y no quería soltarlo, lo que obligó a los médicos a trabajar al tiempo que lo esquivaban.

Al final alguien le buscó una silla y le sugirió que se sentara. Lo hizo sin soltar la mano de Bella y se inclinó para poder pasar un brazo por encima de su cabeza, como si tratara de protegerla de todo eso.

-Va a salir bien -susurró con intensidad-. Bebés muy sanos nacen a las treinta y cinco semanas.

Ella asintió.

-Tenemos a Lily como prueba.

También él asintió y mantuvo su mirada asustada mientras intentaba no recordar por todo por lo que había tenido que pasar Rosalie antes de Lily. A partir de ese instante, los acontecimientos se sucedieron con celeridad; el bebé llegó con una rapidez que sorprendió a todo el mundo.

-Tiene un hijo -anunció el médico-. No se alarme si no puede oírlo llorar. Mi equipo trabaja en eso; denos unos segundos.

Pero esos segundos parecieron una vida. Edward miraba a Bella y los contaba con cada latido de su corazón. Bella se hallaba tan quieta, que supo qué hacía lo mismo, mientras alrededor de ellos el personal del hospital proseguía como si no hubiera nada extraño en traer al mundo bebés prematuros.

Entonces surgió... ese primer y débil grito que reverberó por la sala.

Bella soltó un sollozo contenido y Edward tuvo que cerrar los ojos mientras libraba una dura batalla para mantener el control.

Entonces se oyó otro grito... y otro.

-Tienen un luchador -comentó alguien-. El pequeño va a estar bien...

Edward recorría el pasillo en el exterior de la habitación de Bella y trataba de reconciliarse con el milagro que acababa de presenciar. ¿Por qué las mujeres pasaban gustosamente por todo eso? ¿Por qué los hombres se aferraban a la creencia de que tenían el derecho a hacerlo suceder?

Una enfermera salió de la habitación de Bella.

-Ya puede entrar de nuevo -sonrió.

Cruzó la puerta disparado y la encontró reclinada sobre unas almohadas, con aspecto sereno y tan maravillosamente hermosa, que no titubeó. Fue directamente a la cama, se sentó en ella y la miró a los suaves ojos chocolates.

-Te amo -dijo, luego le dio un beso delicado en los labios, con la intención de sellar la declaración-. Quería que lo supieras antes de que intercambiáramos otra palabra -explicó en cuanto quebró el contacto-. Debería habértelo dicho hace meses, pero pensé que no iba a significar nada después...

Los dedos de Bella le cubrieron los labios y le dedicó una sonrisa llena de ternura.

-Sólo repítelo -ordenó con amabilidad.

Le tomó los dedos y la pasión brilló en sus ojos oscuros.

-Te amo... ti amo -repitió con voz ronca-. Sempre e per sempre -le besó la punta de los dedos y vio cómo los ojos de ella se nublaban con lágrimas de felicidad-. Eres mi vida... le¡ é la mia vita... mi alma... la mia anima.

Bella no pudo evitar soltar una risita.

-No tienes que repetir todo dos veces.

-Sí que tengo -afirmó serio-. Te debo estas palabras. Te las debo por cada día que he dejado pasar sin decirte lo mucho que significas para mí.

-Yo nunca te las he dicho -señaló ella con sinceridad.

-No tienes necesidad de decir nada. Te casaste conmigo sabiendo lo que yo creía, eso es suficiente.

-Y tú te casaste conmigo creyendo lo que pensabas que sabías -replicó-. ¿Significa eso que he de decirte esas palabras para que sepas que siento lo mismo por ti?

-Sí -apareció un destello de su antigua arrogancia-. ¿Qué hombre desnuda su corazón sin esperar que su amor haga lo mismo por él?

-Tonto -rió suavemente y liberó los dedos para poder rodearle el cuello-. Te amo -susurró-. Siempre te he amado y siempre lo haré... a pesar de que eres un oportunista -se burló-. Decidiste que hoy era un buen día para decírmelo porque te he dado un hijo hermoso y estás tan lleno de amor y orgullo, que no sabes que hacer.

-Ah, bueno... -le dedicó una sonrisa-. También está eso, supongo –de inmediato se puso serio-. Nunca más lo repetiremos -anunció-. Que una mujer en el siglo XXI tenga que pasar por tanto para dar a luz es bárbaro.

-Los actos primitivos de lujuria ilimitada producen resultados primitivos - respondió. Luego frunció el ceño-. ¿Por qué me miras de esa manera? No he estado tan mal, ¿verdad?

-Has estado asombrosa -le tomó la cara entre las manos y la besó otra vez… en esa ocasión con profunda pasión-. Has sido fuerte y valerosa, y yo he sido un inútil...

-Me sostuviste la mano y me besaste durante todo el proceso -le recordó con ternura-. Hiciste que aguantara, Edward.

-No obstante, no vamos a repetirlo -insistió-. ¡Me case contigo para amarte y cuidarte, no para obligarte a ser fuerte!

-¿Dónde está mi hijo? -se inquietó de repente-. Cuando se lo llevaron, dijeron que sólo tardarían unos minutos. Y eso ha sido...

-Tranquila. Está en manos seguras -la apaciguó con una caricia suave en la mejilla-. Lo tiene mi madre -sonrió entonces.

-¿Tu madre está aquí? -abrió los ojos sorprendida.

-Y también Alice y Renata -asintió-. La última vez que las vi, trataban de decidir si el pequeño parecía irlandés o florentino.

-¡Santo cielo! -jadeó horrorizada-. No le habrá salido pelo castaño rojizo desde la última vez que lo vi, ¿no?

-No, sigue siendo tan cobrizo como el mío -rió-. Es hermoso. Tú eres hermosa. Adoro el pelo castaño. Te adoro a ti. Y cuando te lleve de nuevo a casa, disfrutaré demostrándote cuánto te adoro.

-Ya empiezas a hablar de sexo -suspiró con fingida seriedad.

-Hablo de amor -corrigió Edward, y se dedicó a mostrarle la diferencia.

FIN

Hola buenas lo que sean, para mi es noche y de actualización, espero que les haya gustado tanto esta historia como me gusto a mi no ves leemos hasta la próxima aun no se cual sera la próxima adaptación espero tener una para el siguiente fin de semana, ademas de que las invito a que se pasen por mi otra historia Edward & Bella es un fic cortito.

Besos Ana Lau y hasta la proxima