El viaje.
Disclaimer: Ni Star Trek ni "El principito" son de mi propiedad.
La nave.
(XIX)
El principito subió a una alta montaña. Las únicas montañas que había conocido eran los tres volcanes que le llegaban a la rodilla.
Abrumado por la cantidad de personas que iban y venían Jim logró escalar una estatua de cobre posicionada sobre un podio de más de medio metro. Jim agradeció mentalmente que hubiera un banco contra la espalda de la estatua, pues si no le hubiera resultado imposible. Spock—durante la amena cena familiar—le miró sorprendido ante ese hecho.
¿No se consideraba aquello vandalismo?
Jim no había respondido—tenía la manía de responder solo a lo que quería—y siguió contando la historia con una sonrisa encantadora.
Ese, reconoció Spock, era la táctica de Jim para salirse con la suya.
Jim les contó como examinó a las personas con gesto grave, sorprendiéndose de que tan solo había hombres trajeados y más hombres trajeados—excluyendo a algún que otro vulcano—. ¿Era ese acoso el fin de su viaje? ¡Era inadmisible!, tenía que llegar a Vulcano fuera como fuera sin importar nada más.
Era su sexto aniversario.
Pero sólo vio agujas de rocas bien afiladas.
Jim se sentó junto al pie del hombre de bronce, con gesto grave y la sensación de haber fallado carcomiéndole las entrañas. Pero entonces, como venido del cielo—o de un matadero—, escuchó unos lamentos y quejas que provenían de la derecha de su estatua. Así que, con gran valor, se acercó a ese lugar sin bajarse de la estatua.
Allí encontró a un muchacho de unos diecisiete años de cabello oscuro y cara de desmayarse de un momento a otro—después de haber golpeado a un par de personas por el camino—. A Jim le recordó a los animales salvajes de los documentales, los que atacan cuando se sienten acorralados.
Y pensó, con aquella impulsividad que hacía a Spock llevarse las manos a la cabeza—figuradamente—, que sería buena idea hablar con el adolescente. Total, explicó en la cena, ya había hablado con muchos desconocidos, ¿qué más daba agregar a uno más?
Spock no supo si debía alegrarse por la confianza de Jim—porque sino no se abrían conocido—o preocuparse por ella. Desgraciadamente no logró hallar la respuesta, necesitaría realizar un concienzudo estudio sobre ello.
En cualquier caso Jim se había asomado a hablar con un desconocido.
—Hola ¿Qué te pasa? —Preguntó mientras balanceaba los pies desde su puesto de vigilancia.
El adolescente frunció el ceño, comenzando a hablar mientras se giraba para encarar a Jim.
—¿¡Qué qué me pasa!? —Farfulló furioso. —¿¡Qué haces hay montado?! ¿Quieres matarte? ¡Soy adolescente, cielo santo, no cirujano! Si te caes vas a quedar como una caricatura en el suelo —Exclamó mientras extendía los brazos para tomar a Jim en brazos y bajarlo. —Y no pienso arreglar ese desastre.
Jim se dejó bajar con una sonrisa divertida. Le gustaba ese chico, era divertido. Era muy divertido ahora que lo pensaba.
—Así mejor. —Masculló una vez le hubo dejado en el suelo. —¿Qué hacías ahí, niño? A parte, obviamente, de atentar contra tu salud física.
El muchacho le miró de forma interrogativa pero Jim jamás dejaba una pregunta sin responder una vez la había formulado.
—¿Qué te pasa? —Repitió obstinado, y el muchacho suspiró con resignación mientras se masajeaba el puente de la nariz.
—Mi madre me ha obligado a montarme en una nave, ¡Una nave espacial! —Exclamó con voz lúgubre. —¿¡Te lo puedes creer!?
Jim sonrió.
—¡Pero eso es genial!
El muchacho negó.
—Nada de eso chico; ¡el espacio es enfermedad envuelta en oscuridad y silencio! —Murmuró con el ceño fruncido. —Sufro de aviofobia. ¡Significa miedo a morir en algo que vuela! —Exclamó sentándose en el suelo con la espalda apoyada contra el podio de la estatua.
Jim se sentó junto a él; dejando a un lado su mochila de Spiderman.
—Pues yo creo que las naves son muy seguras.
El muchacho dejó escapar una risa irónica al mismo tiempo que negaba.
—No trates de complacerme, chico. Una pequeña grieta en el casco y nuestra sangre hervirá en trece segundos. Una llamarada solar podría surgir y cocinarnos en nuestros asientos. Y espera a coger un herpes Andoriano; ¡a ver si todavía estás tan relajado cuando te estallen los globos oculares en las cuencas! —Exclamó mientras agitaba los brazos en el aire. —¡El espacio es enfermedad envuelta en oscuridad y silencio! —Volvió a repetir con la mirada baja.
Jim se acercó un poquito más a él. Pobrecito, pensó con tristeza.
—Bueno, odio tener que decirte esto pero las naves van por el espacio. —Le dijo Jim a modo de consuelo.
No sabía que decir aparte de que tenía una estrella que devoraba sombras.
El adolescente suspiró, asintiendo con la cabeza en un gesto algo brusco. Parecía haberse relajado un poco.
—Sí. Bueno, no tenemos otro lugar al que ir. —Le confesó en un ligero susurro. —El divorcio de mis padres parece haber quemado todo el planeta para no dejarnos nada a mi madre y a mí. —El muchacho suspiró. —Todo lo que me queda son mis huesos.
Jim le miró con gesto grave, tomando la mano del muchacho con cariño. Él también sabía que era no tener nada en la Tierra; como si toda la vida se hubiese esfumado por culpa del malvado hechizo de una bruja. Y era tan aterrador saber que no te quedaba nada y que estas solo; más solo que un pozo en el Sahara.
Pero él tenía a Spock, pensó, y el adolescente parecía realmente deprimido mientras le contaba sobre el divorcio.
—No te preocupes. —Le dijo con voz suave. —Tengo una estrella, una estrella que come sombras. Puede ayudarte. Es peligroso estar rodeado de oscuridad; puedes acabar perdiendo el corazón.
El muchacho le miró atónito durante unos segundos, incapaz de creer lo que veía. ¿De dónde había salido aquel niño?
—Me llamo Mccoy, Leonard Mccoy. —Se presentó con una sonrisa suave. —Y me encantaría que tu estrella me ayudase.
Jim sonrió ampliamente.
—Yo soy Jim, Jim Kirk. —Respondió afablemente. —Y mi estrella se llama Luz, me la cogió Spock solamente para mí.
Leonard le miró con una ceja alzada.
—¿Qué demonios es un Spock?
Jim rió.
—Qué no, quién. —Corrigió divertido. —Spock es la persona que más quiero en toda la galaxia; es un vulcano y tengo que ir hasta su planeta para verle. Es nuestro sexto aniversario.
Leonard le miró en silencio, escuchando la emoción del pequeño niño con atención. ¿Cuándo había sido la última vez que había escuchado a alguien hablar así sobre alguien? Parecía sacado de un libro, pensó, porque nadie en el mundo podía querer tanto a una persona—vulcano en este caso—.
—¿Y cómo piensas llegar? —Preguntó con curiosidad, alisando el chaleco de estrellas de Jim.
Ese niño era un poco desastre.
—Voy a colarme en una nave.
Leonard estalló en una carcajada.
—¡No estamos en una película! —Exclamó entre risas. —Pero si quieres mi madre y yo podemos ayudarte.
Jim le miró emocionado, con los ojos brillando cual cielo primaveral en su máximo apogeo.
—¿De verdad? ¿Harías eso por mí? —Le preguntó emocionado, tomando la mano de Leonard con emoción.
Mccoy asintió.
—Lo prometo, siempre y cuando impidas que las sombras le quiten el corazón a mi madre.
Jim asintió enérgicamente.
—¡Lo prometo!
Leonard le sonrió, levantándose mientras buscaba a su madre con la mirada. Jim le imitó, tomando la mano de Leonard mientras se colocaba la mochila al hombro con una gran sonrisa.
—Sacúdete. ¿No ves que te has manchado los pantalones? —Le regañó mientras le ayudaba a limpiarse como si fuera su madre. —Soy estudiante, por Dios, no niñera. No voy a estar atendiendo cada pequeño detalle, Jim.
Jim comenzó a reír, aferrándose a la mano de Leonard con una sonrisa enorme.
—¡De acuerdo, Bones! —Le dijo con una sonrisa traviesa.
—¿Bones? ¡Genial, lo que me faltaba! —Dijo en un suspiro cansado. —Estoy demasiado mayor para estas cosas.
Jim rió.
—¡No eres tan mayor!
Bones se encogió de hombros.
—Tengo diecisiete, ya voy para los treinta. Sino muero antes durante el viaje, claro. —Masculló mientras comenzaba a guiar a Jim a través de la gente.
Jim sonrió, siguiendo a Bones sin soltar su mano. Eso, le confesó más tarde a Spock, era lo que siempre había pensado que debía ser un hermano mayor. Era diferente al trato con Sam; era más cercano y atento. Por ello, tan ilógicamente como siempre, había decido que Bones sería su mejor amigo, porque así podría comprender realmente que era ser cuidado por un hermano mayor y que era cuidar de un hermano.
Continuará...
Aclaración: Según Memory Beta y Memory Alpha Bones—Leonard— nació en 2227, por lo que se lleva seis años con Jim—recordemos que Jim nació en 2233— y tres con Spock—que nació en 2230—. Ergo, en esta historia, tiene diecisiete años.
¿Os esperabais que fuera Bones? Posiblemente haya sido de esperar, pero me rió tanto cuando Bones y Jim hablan que no lo he podido evitar—y eso que Spock y Bones aún no han salido discutiendo—. Como habréis notado la conversación de Bones y Jim mantienen en el capítulo es muy parecida a la que tiene en la película de 2009, pero lo cierto es que no se me ocurría otra forma de hacerles amigos—tal vez si pero esa es mi favorita—.
Espero que os haya gustado el capítulo.
Como siempre se admiten dudas, quejas, sugerencias, correcciones...
