El viaje.

Disclaimer: Ni Star Trek ni "El principito" son de mi propiedad.


Transbordo.

(XXII)

Dejaron los platos donde habían comido tarta de manzana en la mesa, mientras Spock se rendía en su intento de decir que Nero no era su primo. Sarek no había interrumpido la discusión, explicándole después a Amanda que era inapropiado interrumpir una discusión de pareja.

Amanda había reído de buena gana, encantada porque su marido aceptara la relación de Spock y Jim finalmente.

—Pero entonces, si ibas con Leonard y la señora Mccoy ¿cómo te has presentado solo ante nuestra puerta?

Jim miró a Amanda con una sonrisa, acomodándose en su asiento junto a Spock con tranquilidad.

—Porque ellos no venían a Vulcano, iban a visitar a unos familiares en una colonia. —Explicó. —Bones estaba en contra, pero poco pudo hacer. Por cierto Spock, Bones quiere conocerte.

Spock asintió suavemente.

—Debo suponer pues, que en algún momento te separaste de la familia Mccoy.

—Correcto Spock. Fue ayer por la mañana…

Y así comenzó el relato de Jim sobre como se había separado de los Mccoy y había recibido la tarta de manzana—dato de suma importancia para Jim—.

La mañana anterior a su llegada a casa de Spock se había despertado gracias a la voz de Bones, que le apremiaba a abrir los ojos.

—Jim, despierta. Maldita sea, soy tu amigo, no tu despertador; no tengo que estar pendiente de que te levantes o no.

Jim abrió los ojos con pesadez, encontrándose con la mirada de Bones al mismo tiempo que le sonreía divertido. Bostezó suavemente, removiéndose en el asiento con suavidad soñolienta. Había dormido realmente bien.

—¿Ha habido otra turbulencia? —Preguntó haciendo mención a las dos veces que Bones le había apretado la mano temiendo morir.

Era divertido, sobre todo cuando amenazó a la azafata con abrir una ventana si no le daba inmediatamente el código de las lanzaderas de emergencia. Decía que en cuanto la nave diese más trotes de la cuenta iba a abandonar el barco.

—Soy pasajero, maldita sea, no el capitán. No pienso hundirme con la nave. —Le había medio gritado a la enfermera mientras fruncía el ceño.

A Spock, sin embargo no le había hecho gracia. Jim podía haber resultado herido en un ataque de histeria por parte de Leonard.

—Spock, Spock. —Había susurrado Jim. —El mayor mal que podía haber sufrido por parte de Bones habría sido un discurso sobre cómo tratar mi salud.

Spock, perplejo, no halló ningún mal en eso.

En cualquier caso Bones no le había despertado por ninguna turbulencia, sino más bien porque la nave había parado en una estación; en la estación en la que tendrían que separarse.

—Vamos chico, coge tu maleta que te acompaño hasta el hangar de las naves con dirección a Vulcano.

Jim obedeció a Bones y salió de la nave justo a tiempo para ver la estación que dirigía naves a cincuenta lugares diferentes de la galaxia. Era un tanto caótica, pensó mientras pasaba al lado de una ventanilla de información.

Y un rápido iluminado, rugiendo como el trueno, hizo temblar la cabina e las agujas.

La señora Mccoy le dio a Jim una tarta de manzana, la que tenía pensado llevar a sus parientes en la colonia para que la guardase en su fiambrera.

—Pienso que a ti te hará más bien. —Explicó con una sonrisa antes de besarle la mejilla y desearle buena suerte.

Jim sonrió agradecido.

—Estoy seguro de que a Spock le gustará. —Dijo con emoción mientras guardaba la tarta con cuidado.

—Tened cuidado. Leonard vuelve en diez minutos, no podemos perder este vuelo; ya sabes cómo se pone mi hermana cuando nos retrasamos más de la cuenta. ¿Recuerdas aquella vez que llegamos una hora tarde y estaba comenzando a hacer los preparativos del funeral? ¡Qué susto me dio! —Exclamó la señora Mccoy con las manos en la cadera, negando sutilmente con la cabeza.

Bones rodó los ojos.

—Si mamá, ya lo sé.

Bones suspiró y tomó de la mano a Jim con preocupación mientras le acompañaba hasta la sub estación dedicada a Vulcano, despidiéndose de su madre con un gesto de la cabeza. Esa mujer iba a matarlo de un disgusto.

—A veces me pregunto por qué las mujeres son tan complicadas.

Jim le sonrió a Bones.

—Haz como yo. —Le sugirió divertido. —Enamórate de otro chico.

Bones rió suavemente, negando con la cabeza.

—Me temo, pequeño Jim, que me gusta más una falda que unos pantalones.

Jim frunció el ceño.

—Pero algunas chicas llevan pantalones, y los escoceses llevan faldas. —Explicó mientras caminaban por la ajetreada estación. —Ergo pueden no gustarte las chicas pero si los escoceses.

Leonard abrió y cerró la boca dos veces seguida, replanteándose lo que iba a decir con sumo cuidado. Finalmente se rindió.

—Me temo que no puedo responder a eso sin una bordería. Así que mejor dejémoslo en el aire hasta que tengas unos cinco años más.

—Como quieras Bones.

Y un segundo rápido iluminado rugió, en sentido invertido.

Finalmente llegaron ante la puerta de las naves de Vulcano, que resultaba un lugar muy ordenado teniendo en cuenta que estaban en una estación. Bones apretó con fuerza la mano de Jim, temiendo que al soltarlo algo horrible pudiera pasarle.

—¿Vas a estar bien? —Preguntó mientras le peinaba un poco y le abrochaba la chaqueta con mucho cuidado.

Jim sonrió de forma tranquilizadora, tomando las manos de Bones con cariño.

—Tengo mi estrella. Nada puede hacerme daño mientras la tenga.

Bones sonrió y le abrazó con fuerza.

—Tienes razón. Tienes toda la razón.

Jim le devolvió el abrazo con tranquilidad.

—Promete llamarme maña.

Jim rió divertido.

—Pero Bones, tu no llegas a la colonia hasta pasado mañana.

Leonard torció el gesto mientras dejaba de abrazar al pequeño.

—Pues pasado mañana. Y no pongas pegas.

—Lo prometo, te llamaré pasado mañana.

Bones suspiró con tranquilidad, aún inquieto. Volvió a acariciarle el pelo a Jim en gesto fraternal, prometiéndose que si algo le pasaba a Jim pensaba raparle las cejas al duende ese—Spock se llamaba si mal no recordaba—.

—Cuídate.

—Lo haré, lo haré.

Jim despidió a Bones, que caminaba no muy seguro hacia su madre, mirando una y otra vez hacia atrás. Pero Jim era incapaz de entender porqué Bones estaba tan preocupado, tenía su estrella—la que Spock le había regalado—y, para culminar su protección, estaba en una estación llena de vulcanos.

Y si algo había aprendido de Spock y de su suegro es que un vulcano siempre tiene que hacer la acción más correcta y lógica. Y ayudar a un niño a llegar a Vulcano bajo la excusa de que se había separado de su madre, y no la encontraba, y que sus conocidos más cercanos estaban en Vulcano era coser y cantar.

Además siempre podía recurrir a los tirulos de Embajadora Kirk y Embajador Sarek si le preguntaban de más.

Aunque seguramente, se dijo, no necesitaría ayuda hasta que llegase al planeta.

Spock por su parte no supo si debía reprender a Jim por usar sus conocimientos sobre Vulcano de esa forma, o felicitarle por lo ingenioso que había sido. Aunque por otra parte significaba que Jim le escuchaba cada vez que hablaba sobre su educación y eso, se dijo, era realmente bonito.

Tal vez, solo tal vez, pasaría por alto que se había aprovechado de la filosofía vulcana. Pero solo por esa vez.

Y rugió el trueno de un tercer rápido iluminado.

Jim caminó hasta la ventanilla, atendida por una maquina. Jim no tardó más de un minuto en conseguir un billete para la nave, usando su pasaporte y el código de emergencia que su madre le había confiado por si alguna vez necesitaba dinero. Ya se enfrentaría más tarde a Winona cuando, a la vuelta de su misión diplomática, recibiese la factura que delatase su escapada.

Con el billete en la mano se encaminó a la nave, lista para salir y llegar puntual a su sexto aniversario.

Continuará...


Dos capítulos más y la historia se terminará, ¿quién ayudará a Jim a llegar hasta la casa de Spock?

Como siempre se admiten dudas, quejas, sugerencias, correcciones...