Capítulo Uno.

Londres, 21 de Septiembre, 2012

-¡Adiós mamá!

-Suerte en el instituto Christie.

La joven muchacha salió de casa a trompicones para llegar al jardín, donde esperaba su compañero de clase, James. Llevaba saliendo con él un tiempo, aunque Christie siempre pensaba que había algo raro en él.

Después de saludarse entraron en el coche de él, y se dirigieron al instituto. Christie tenía dieciseis años, tenía el pelo castaño rojizo, y los ojos de color avellana; pálida, pequeña y delgada, tenía alguna peca en la nariz. Acostumbraba a vestir ropas de colores poco llamativos, no era la clase de chica a la que le gustaba llamar la atención. James, era alto, tenía el pelo de color negro azabache al igual que sus ojos, que podrían resultar fríos en cualquier otra persona, pero en él resultaban los más cálidos.

-¿Estás bien Christie?-James hablaba desde el asiento del conductor, sin apartar la vista de la carretera.

-Sí, siempre estoy así los primeros días de instituto, se me pasará.

En realidad, sí que estaba mal. Desde que empezó el colegio le daba la impresión de que la vigilaban. Una sombra, una ráfaga de aire, cosas estúpidas por las que no debería preocuparse, pero la paranoia no se marchaba.

Llegaron al instituto cuando quedaban diez minutos, y solo les quedó esperar sentados en uno de los bancos. Hablaron de cosas insustanciales hasta que un comentario de James la sobresaltó:

-¿Quieres venir esta tarde a mi casa? Mi padre estará allí.-La proposición estaba clara: ven a conocer a mi padre.

-¿Qué?¿Esta tarde? Pues...-No sabía que hacer: no es que no tuviese ganas, pero nunca había conocido a ningún padre de los pocos chicos con los que había salido, no sabía como imaginárselo. Sabía que su madre y él no se llevaban bien, que tenía una medio hermana con la que no hablaba, y que solo vivía con su padre. Bueno, tendría que conocerlo en algún momento.

-Claro, si no quieres...

-No, no, está bien, esta tarde entonces.

No volvieron a hablar más, y entraron a clase. No se veían en todo el día, ya que James iba un curso por delante de Christie, así que se volvieron a ver a la hora de la comida. La pasaron en silencio, y Christie solo respondía con monosílabos, mientras jugaba distraída con el tapón de su botella de agua, pensando que tendría que cambiarse e ir un poco más arreglada para conocer a su suegro...Sonaba tan rara la palabra...

-Christie, ya es la hora.-La avisó James. La miraba con una mueca, pensando lo que era obvio: que Christie no tenía muchas ganas de conocer a su suegro.

La última clase era la de historia. En la clase ya esperaba la profesora King. Era una mujer alta y muy delgada, con una piel de porcelana, y el pelo negro entrecano pegado al cráneo y atado en un moño bajo. Sus ojos eran pequeños y rápidos, sus mejillas afiladas, y sus brazos esqueléticos. Era estricta, y nunca dejaba pasar una: parecía que tenía ojos en la nuca. En sus clases nunca sucedía nada. Nunca.

La clase de hoy no fue una excepción. Pasó sin ningún altercado. Cuando la clase acabó y todos estaban recogiendo, para su sorpresa, la profesora King le dijo a Christie que esperara.

-¿Se encuentra bien Señorita Jones? Parece descompuesta.-No parecía preocupada, más bien parecía estar dejando claro que tenía mal aspecto.

-Sí, sí, estoy bien, no se preocupe.

-Bien, entonces puede marcharse, presiento que el de hoy será un día interesante, ¿no cree?-La profesora King recogió y se marchó de clase sin girarse a mirar atrás.

Cuando salió de clase James ya le esperaba allí. Estaba apoyado en el coche de forma casual. Cuando Christie llegó guardó la mochila, besó a su novio y entraron en el coche. Allí, de camino a casa, se decidió a contarle lo que le había dicho la profesora de historia.

-¿De verdad? Vaya, que raro. No parece la clase de personas que se preocupan por sus alumnos.

-Lo sé, ¿qué habrá querido decir?

-Quien sabe, quizás tiene una cita esta tarde.-Ellos rieron, parecía imposible que alguien como ella pudiese salir con alguien, parecía tan...antigua.

De repente James tomó un desvío, y se dirigió a las afueras por un camino de cabras, hasta una casa vieja de madera, más parecida a un caserío que a una casa de verdad.

-¿Qué hacemos aquí?- Christie miró por la ventanilla, con mirada extrañada.

-Vivo aquí.-Le respondió simplemente James, sonriendo con gracia.-¿Sorprendida?

Bajó del coche y la ayudó a salir, como acostumbraba a hacer. Mientras caminaban él le iba explicando donde estaban, y por qué le gustaba ese sitio. Christie agradeció el momento en el que se le olvidó pedir ir a casa, porque no seria cómodo ir por el campo con un vestido. Parecía increíble que viviese allí, se imaginó que vivía en una especie de mansión, algo grande y lujoso, no allí.

-A mi padre le gusta vivir aquí. Es mas tranquilo. Le relaja.- Se acercaron a la casa, hacia una vieja puerta de madera que tenía una enorme aldaba con forma de una cabeza de quimera.

-Es un poco...siniestro.-Dijo titubeante.

-Sí, bueno, es una casa vieja.-Dijo riendo quedamente.

Entraron a la casa. Se encontraban en un salón hecho de madera: las paredes, el suelo, los muebles... El sofá era de cuadrados amarillos y azules, había una pequeña televisión, y la cocina (de madera, como no) estaba anexada al salón. Allí se encontraba un hombre de unos cuarenta años, son el pelo marrón que empezaba a clarear, ojos castaños, y complexión fuerte. Podría pasar por un ex-soldado del ejército, o un policía.

-Papá, ya hemos llegado. Ésta es Christie Jones.-Dijo James, apoyando la mano en su espalda, empujándola ligeramente hacia delante.

-¡Ah! Así que ésta es la señorita Jones, un placer. Yo soy Arthur Labe.-Le estrechó la mano con seguridad, pero de forma delicada.

-Un placer señor Labe.

No sabía muy bien que decir ni que hacer, el momento de conocer a tu suegro no era especialmente uno de esos momentos en los que una persona desborda originalidad.

-Cuando cumpla 60 años podrás empezar a llamarme señor Labe, de momento solo Arthur.-Le sonrió con familiaridad, y se giró para seguir trabajando en la cocina.- Te quedarás a cenar, ¿verdad Christie? Luego James puede llevarte a casa.-James asintió con la cabeza, asegurando las palabras de su padre.

-No lo sé, tendría que preguntar a mi madre.- Sacó el móvil de su mochila, aunque no le pasó desapercibida la mirada rápida que cruzaron padre e hijo. ¿Qué pasaba con su madre?

-Bien, llámala. Mientras James pondrá la mesa.- Christie se alejó de la cocina y se acercó al sofá. El padre de James había dado por hecho que ella se quedaría a cenar, y al parecer James también, ya que estaba poniendo la mesa para tres.

Marcó el número de teléfono de casa, donde esperaba encontrar a su madre, que respondió al tercer timbre.

-¿Dígame?

-Mamá, soy Christie. El padre de James me ha invitado a cenar, y después James me traerá de vuelta a casa. ¿Puedo quedarme?-Preguntó con voz suplicante.

-No lo sé cielo, sabes que no me gusta que salgas de noche.

-Venga ya, si no voy a salir de su casa, y voy a volver en coche. Y además, no hay ningún secuestrador peligroso y sanguinario acechando, lo he comprobado.

-¡No hagas esas bromas, Christie! No tiene ninguna gracia.

-Estaré bien mamá, ¿puedo por favor?¿por favor?

-Está bien, pero vuelve pronto.

-Lo haré, ¡te quiero!

-Y yo a ti.

Colgó el teléfono y se acercó a la cocina, donde estaban James y su padre hablando distraídamente.

-¿Te quedas entonces?-Le preguntó el padre de James, que ya estaba preparado para servir la cena.

-Claro.

Se sentaron a la mesa, donde hablaron de como les había ido el día, del colegio, y de otras cuantas cosas banales. Al terminar de comer se sentaron en el salón, donde siguieron hablando hasta que tres golpes en la puerta pararon la conversación.

-¿Esperas a alguien, papá?- James preguntó preocupado a su padre.

-De hecho, te iba a preguntar lo mismo.-Arthur Labe se levantó y fue a abrir la puerta, donde se encontraba la profesora King, con una chaqueta americana negra y una mirada severa. El padre de James frunció el ceño al verla, y miró por encima del hombro hacia el salón. El enfado parecía extraño en su rostro jovial.

-Buenas noches Arthur, ¿puedo pasar?-A Christie le pareció una pregunta rutinaria, pero James entornó los ojos al oírla.

-Podemos hablar fuera Julia, el salón está ocupado.-Julia King miró hacia el salón, y enarcó las cejas sorprendida cuando vio a Christie.

-Claro, mejor fuera.-Hizo un mohín después de volver a mirar a Christie, y salieron al porche.

Christie esperó a que ambos saliesen y se giró hacia James, que ya se había levantado de su sitio en el sofá, agarró de la mano a Christie y la guió a la parte trasera de la casa.

-¡Eh!¿A donde vamos?

-El coche de mi padre está aparcado atrás, iremos por ahí.-Le siguió hasta la parte de atrás de la casa, donde había una vieja furgoneta azul. Se subieron, y James arrancó sin darle tiempo a Christie para preguntar.

-Pero, ¿por qué nos vamos? Es solo la profesora King.

Pasaron por delante de la casa, donde se encontraban Arthur Labe y Julia King hablando. Se les quedaron mirando, el primero suspiró, y sus facciones se relajaron, aunque la segunda apretó los labios formando una sola línea, mirando con desaprobación.

-Verás Christie, ésto es mejor que te lo explique tu madre. Es algo...complicado.-Volvieron a pasar por el camino lleno de piedras, haciendo que el coche se tambalease.

-¿Por qué?¿Qué pasa con mi madre?¿Y con la profesora King?¿Piensas explicarme algo?

Cruzaban la ciudad, ya casi habían llegado a casa, pero cuando James iba a responder sus ojos se abrieron en horror. Christie no vio lo que James, porque éste dio un giro repentino al volante, y después aceleró el coche, con prisa por llegar a casa de Christie. Ésta se giró en el asiento del copiloto y vio en el arcén de la carretera el motivo por el cual James había dado semejante volantazo: a un hombre con ropa negra y la capucha echada. Christie, sabiendo que James no iba a responder, se quedó en silencio respirando agitadamente, tratando de recuperar el aliento.

Cuando llegaron a casa la madre de Christie ya estaba en la puerta con los brazos cruzados, intentando guardar el calor.

-¡Christie!-Su madre fue hacia donde ellos, y después de abrazarlos y preguntar si estaban bien, entraron a casa.

-Mamá, ¿como sabías que nos había pasado algo?

Christie miraba con sospecha a su madre, sabiendo que todos allí ocultaban algo allí.

-El padre de James me llamó avisando de que tu profesora había ido a hacer una visita, y que volveríais antes.

Entraron en el salón después de dejar la chaqueta en la entrada, la luz ya estaba encendida.

-¿Por qué tienes el teléfono del padre de James? ¡¿Quiere alguien decirme que está pasando aquí?!

Christie encaró a su madre y a James, que iba a responder cuando una voz a su espalda respondió por él.

-Yo puedo responderte.

Christie se giró para ver al hombre que salía de la cocina. Tendría unos 25 años, era alto, medía 1'90 metros fácilmente, grande y fuerte. Su pelo era castaño oscuro, algo más largo de lo habitual en los hombres de su edad, y lo llevaba atado en una coleta en la nuca. Sus ojos eran grises como las nubes cargadas de lluvia.

-Me llamo Alexei Ivánov. Siéntate por favor, tenemos mucho que hablar.