CAPITULO5
-Demonio chupa sangre… Cómo puede ser que nunca te encuentro?...-
Kyoko sintió un profundo escalofrió que le caló los huesos de la espalda, seguido de una sensación de nauseas que le revolvían el estomago violentamente. Ni lerdos, ni perezosos, los mini personajes demoníacos de su interior salieron en un sorprendente estruendo, alertados por las malas vibras de ese ser idiota que atacaba por la espalda.
-No me molestes… Prefiero estar lo más posiblemente alejada de ti…- bufó agotada, caminando a toda prisa hacia su camerino.
Antes de que la chica huyera, Shotaro accionó un plan de último momento, para evitar que se escape.
Llegando ya al camerino, la tomo de un brazo, sin ningún tipo de delicadeza por cierto, y la metió al pequeño habitáculo en un rápido movimiento. La puerta se cerró con fuerza y un estruendo recorrió el pasillo.
En el interior de aquel camerino, la escena nada cómoda. Kyoko estaba aprisionada contra la puerta, como si fuera una delincuente que huyó infructuosamente de la policía y quedó en un callejón sin salida. Shotaro, inclinado contra la puerta, apoyaba su mano de forma posesiva por la derecha de la cabeza de Kyoko, impidiéndole cualquier tipo de movimiento de escape.
-Qué haces?!- gruño la chica. –Salí! Andáte!- Replico Kyoko empujando al muchacho para poder liberarse, un esfuerzo totalmente en vano, ya que él ni se inmutó.
-Qué pasa Kyoko…? Se supone que estas enamorada de mi… trátame como una enamorada trata al amor de su vida… Marianela- Le susurró al oído.
Enseguida, una ensombrecida Kyoko afloró de o más profundo de su ser, tan tenebrosa que hasta sus mini demonios huyeron despavoridos. Esto Sho, no le afectó en lo más mínimo, incluso él tomó la forma del rey Deva.
-Realmente crees que hago esto porque me gusta andar chupándote las medias por la vida?... Lo hago porque es mi trabajo, y quiero ser la mejor actriz de este país.- Dicho esto, la joven tranquilizó su expresión, y se propuso no prestarle atención hasta que decidiera irse por su propia cuenta.
-Ah… Entonces, supongo que no te afecta en lo más mínimo que yo esté aquí tan cerca de ti…- le dijo al oído, mientras acercaba su pesado cuerpo al de ella.
-Ya no representas nada en mi mundo. Un cero a la izquierda, no me sumas ni me restás nada.- Refutó indiferente.
El muchacho gruño y se corrió para sentarse en una silla frente al espejo. En ese momento el teléfono de Kyoko vibró. Sorprendida, ella lo sacó de un bolsillo de su vestido y miró para saber quien llamaba. Felizmente atendió, hubiera olvidado que ese sujeto estaba en los mismos 27 metros cúbicos de aire que ella, si no fuera porque hacía demasiado ruido dando vueltas en la silla giratoria.
-Tsuruga-san!- contestó eufórica al momento que el ruido de la silla cesó.
~-Kyoko, ya estás lista?-~
-Enseguida… ahora no puedo usar mi camerino, tengo una visita indeseada.- Contestó saliendo del habitáculo y cerrando la puerta.
~-Debería preocuparme?-~
-Para nada… en 5 minutos estoy afuera. Disculpá el retraso- contestó dispuesta a colgar.
~-Esto… Kyoko…me gustaría que me llames por mi nombre, como yo te llamo a ti… Está bien? Te espero aquí.-~
-Ah… mhju… si claro…- seguidamente la llamada se cortó y la chica se dispuso a entrar en su camerino.
Ni bien abrió la puerta percibió la pesadez del aura emitida por su olvidado e indeseado visitante. Con rabia, él notó las sonrosadas mejillas de la joven actriz. Eso era provocado por aquella persona. Era inaceptable.
-Tengo que irme y para eso tengo que cambiarme.- La chica entró dejando la puerta totalmente abierta. –Afuera!- gruñó colocándose a un lado de la puerta, invitándolo cortésmente a retirarse, cual vallet de hotel.
-Qué diablos pasa Kyoko…?- Se acercó y cerró la puerta violentamente, acorralándola nuevamente. –No que ibas a usar a ese sujeto para ser más famosa?... No que ibas a volver a Kyoto si te llegases a enamorar de alguien como él. Incluso prometiste, que si eso pasaba servirías en mi casa por toda tu vida.- Las palabras salían con malicia hacia los oídos lastimados de la chica que intentaba mostrarse indiferente.
-Madura ya. Yo ya no somos uno niños Shotaro. Ya… déjalo...- Dolían… esas palabras dolían… Le dolían a los dos. –En todo caso, si eso hubiese pasado, ya no es de tu incumbencia. Y no voy a hacer tal cosa, eso de servir de por vida en tu casa…-
Unas tímidas lagrimas en los ojos de la chica comenzaron a salir sin permiso. Sorprendido y triste Sho se apartó de ella. Odiaba verla llorar.
–Tu creaste a esta Kyoko que ves ahora, y sinceramente te doy las gracias… Me has hecho mejor… Pero yo no te debo nada…- Levantó la vista directamente a la de él. –Ya vete.- Susurró. –Por favor.- Acto seguido, abrió la puerta, y aun con la mano en el picaporte se paró a un lado, abriéndole paso hacia afuera.
Un sorprendido Shotaro hizo un intento fallido de acariciar el rostro de la chica, pero se reprimió antes de llegar a tocarla y se retiro. La puerta se cerró con suavidad. Dentro, Kyoko quebrada se apoyaba en la puerta con resignación. Porque le dolía tanto haberle dicho las cosas directamente a su ex mejor amigo?... Tal vez, esto significaba cierre de una etapa, el de toda una vida.
~-Kyoko… quiero que sepas… aunque jamás lo acepté frente a ti... si soy lo que soy, si Fuwa Sho existe, es por ti… gracias… y que yo… aunque nunca te lo haya demostrado… te quise muchísimo… es decir, te quiero -~
Esas palabras, atravesaron la puerta como mil dagas que redujeron al polvo el aire de aquella pequeña habitación. La sensación era de asfixia, pero Kyoko sabía que por fin estaba hecho. Tarde o temprano debería aclarar las cosas, si no, no podría comenzar plenamente la nueva etapa que hoy su carrera y su vida atravesaban.
Con un largo suspiro acomodó sus cosas, se quitó el traje de la Nela, vistió con sus ropas y salió rumbo al estacionamiento a paso firme.
Un lujoso porche blanco la esperaba cerca de la puerta.
Mientras más cerca lo sentía, más le atormentaban los recuerdos de hace unos días, en la habitación de LoveMe. Aunque le gustaban, le provocaba una vergüenza terrible. En algún momento se acostumbraría, pensaba. Tal vez debiera actuar con la mayor naturalidad posible. Como lo haría Setsu-chan.
Abrió la puerta delicadamente, allí dentro estaba él, esperándola. Se agachó para verlo y le dedicó una sonrisa cómplice, que fue correspondida. Subió y tiró su cartera en el asiento trasero. Decididamente se acomodó en el asiento, de costado para ver bien a su Ren y se acerco a él
-Hola…-
-Hola, hime-sama.-
Ella rió suavemente a la vez que se sonrojaba. No hizo falta componer ningún personaje para sobrellevar la situación. Apenas habían pasado poco desde aquello, pero definitivamente podría acostumbrarse a esto.
Le plantó un beso en los labios, y él le respondió con una dulce caricia en la mejilla.
…
..
.
[FLASHBACK]
…Yashiro Yukihiyo, el manager del primer actor de LME estaba incómodamente asomado de medio cuerpo en el umbral de la puerta, entre abierta, mirando a su cliente favorito y su amada aprendiz en una situación que podría ser vista como extraña por cualquier otra persona. Los pocos segundos que duró el engorroso momento parecía no querer terminar nunca.
-Lo siento.-
El sonido de la puerta cerrándose se replicó en toda la habitación. Nuevamente estaban solos.
-Diablos… Lo siento Mogami-san… Discúlpame- dijo el actor apartándose de la aturdida joven.
-Tsu… Tsuruga-san…-
-Perdóname… me voy, adiós…- Ren comenzaba a alejarse de Kyoko y acercarse progresivamente hacia la puerta.
-Tsuruga-san…!- Gritó la joven cuando Ren puso una mano sobre el picaporte. Él se dio vuelta violentamente y la miró sorprendido.
(-Dios, qué acabo de hacer? No quiero que se valla...)
-Es… es que ti… tienes mi teléfono. Te lo guardaste después de la llamada…- le dijo la avergonzada actriz.
-Oh… es cierto- dijo tocándose el bolsillo delantero derecho. –Lo siento.- y comenzó a caminar lentamente hacia ella, mientras lo retiraba.
-Está bien… Esto… eh… Me dijiste que tenías que decirme… algo… hace un rato… antes de que nos interrumpieran.- Reprochó la chica para la sorpresa de Ren.
-Ahora?...- Preguntó indeciso. Kyoko encogió los hombros. –De acuerdo…- suspiró mientras volvía a cerrar la distancia entre ellos. –Quería hablarte acerca del drama en el que participaremos juntos, y también quería hablarte de… la otra noche… que comimos juntos, y luego te enfermaste…- Hizo una pausa. –No recordás nada?-
Kyoko asustada negó enérgicamente con la cabeza. Estaba nerviosa.
-Qué debería recordar?- Preguntó con los hombros encogidos.
-Mh… es que…- Hace una pausa nervioso y toma a la chica por los brazos delicadamente. –Kyoko, nosotros… íbamos caminando al Daruma… y paso algo y luego te desmayaste.- le dijo mirándola a los ojos.
-Qué… qué paso?- Preguntó asustada. Los ojos color miel le brillaban al borde del llanto. –Hice algo extraño? O tal vez dije algo...- Reiteró pensativa.
-No… es que nosotros…- silencio –Kyoko, yo te amo. Te dije que eres la mujer que más quiero en este mundo y luego…-Hizó una pausa pensativo si debería decirle lo que pasó después.
-Y Luego nos be… sa… mos…- Completó ella mientras fijaba la vista en el piso totalmente avergonzada. –No fue u sueño…- susurró y al memento cayó en cuenta de lo que había dicho se tapó la boca con las manos enérgicamente.
-Oh por Dios!- Gritó la chica apartándose violentamente del actor. El de un respingo dio un paso atrás. –Tsuruga-san… no ve veas!- dijo corriendo a esconderse al sector de vestuario. –Me da muchísima pena.- Le gritó mientras se tapaba la cara con las manos a la vez que hacía señas y ademanes negativos a Ren para que no se le ocurra acercarse a ella.
Ren no podía pensar. La reacción de Kyoko definitivamente no podía ser buena. (-Y ahora qué hago…? Me voy…-) Comenzó a caminar hacia la puerta. Cabeza gacha. Kyoko en el piso podía oír los pasos secos del muchacho que se iban alegando lentamente. De pronto sintió que el ruido cesó. Luego comenzaron a sonar nuevamente, esta vez cada vez más alto.
Ren apareció en la zona de vestidores, bajó la vista y vio una bola rosa en el piso. Kyoko estaba sentada en el suelo, con la cabeza entre las rodillas, abrazadas por sus delicados brazos. El primer actor de LME se arrodilló frente a ella y suavemente le habló.
-Kyoko… Escuchaste todo lo que dije?-
Ella levantó la cabeza, tenía las mejillas sonrosadas. Sus miradas se encontraron y toda su cara se volvió roja, pero no puedo bajar la vista otra vez. Se la sostuvo solemnemente.
-Te dije que te amo…- Le repitió tomándole las mejillas para acariciarla.
Quiso besarla, pero no se atrevió, pensó que era mejor dejarlo ahí. Se reprimió para no asustarla más de lo que estaba. Se levanto de su posición y retomó su huida.
Kyoko comenzó a sentirse sola. Sola ella y esa habitación vacía. Los pasos secos volvían a resonar duramente en sus oídos. Cerró los ojos intentando que ese ruido no le perforara el corazón. Cerró más fuerte. El dolor no cesaba. Apretó las manos. No quería quedarse sola. No ahora.
-Ren!-
El actor a punto de tomar el picaporte sintió a Kyoko pronunciar su nombre. La voz de la chica cortó el aire tal navaja recién afilada se tratara. Sintió su corazón latir fuerte, como si hubiese estado en un estado de coma interminable y de un golpe al pecho volviera a la vida. Sintió el estómago revuelto, eran las famosas mariposas en la panza que siempre hablaba Lory. Se sintió vivo, por primera vez.
Cuando volteó en dirección de donde escuchó su nombre sintió la embestida de la chica que lo abrazaba. Se quedó helado, procesando los últimos sucesos. Al final, correspondió el abrazo firme de la chica.
-Yo… yo también…- Pronunció débilmente la pelirroja. –Yo también te… te amo.- Terminó a la vez que levantaba la mirada para encontrar la de su amado sempai que la miraba tiernamente.
Continuaron abrazados un momento. Luego cerraron aquel hermoso pacto de amor con un dulce y casto beso en los labios.
[ FINAL FLASHBACK ]
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[ALGÚN TIEMPO DESPUÉS]
…
¡Viene! - exclamó Golfín, participando del terror de su enferma.
-Es él- dijo Florentina, apartándose del sofá y corriendo hacia la puerta. Era él. Pablo había empujado la puerta y entraba despacio, marchando en dirección recta, por la costumbre adquirida durante su larga ceguera. Venía riendo, y sus ojos, libres de la venda que él mismo se había levantado, miraban hacia adelante. Apenas percibía las imágenes laterales. Podría decirse de él, como de muchos que nunca fueron ciegos de los ojos, que sólo veía lo que tenía delante.
-Primita- dijo avanzando hacia ella. -¿Cómo no has ido a verme hoy?, yo vengo a buscarte. Tu papá me ha dicho que estás haciendo trajes para los pobres. Por eso te perdono.
Florentina no supo qué contestar. Estaba contrariada. Pablo no había visto
al doctor ni a la Nela. Florentina para alejarle del sofá, se había dirigió hacia el balcón, y recogiendo algunos trozos de tela, se había sentado en ademán de ponerse a trabajar. Bañábala la risueña luz del sol, coloreando espléndidamente su costado izquierdo y dando a su hermosa tez moreno rosa el realce más encantador. Brillaba entonces su belleza como personificación hechicera de la misma luz. Su cabello en desorden, su vestido suelto llevaban al último grado la elegancia natural de la gentil
doncella, cuya actitud casta y noble superaba a las más perfectas concepciones del arte.
-Primito- dijo contrayendo ligeramente el hermoso entrecejo -D. Teodoro no te ha dado todavía permiso para quitarte hoy la venda. Eso no está bien.-
-Me lo dará después- Replicó el mancebo riendo. -No me puede suceder nada. Me encuentro bien. Y si algo me sucede algo, no me importa. No, no me importa quedarme ciego otra vez después de haberte visto.
-¡Qué bueno estaría eso!...- dijo Florentina en tono de reprensión.
- Estaba en mi cuarto solo; mi padre había salido, después de hablarme de ti... Tú ya sabes lo que me ha dicho...-
-No, no sé nada- replicó la joven, fijando sus ojos en la costura.
-Pues yo sí lo sé... Mi padre es muy razonable. Nos quiere mucho a los dos... Cuando mi padre salió, levanteme la venda y miré al campo... Vi el arco iris y me quedé asombrado, mudo de admiración y de fervor religioso... No sé por qué aquel sublime espectáculo, para mí desconocido hasta hoy, me dio la idea más perfecta de la armonía del mundo... No sé por qué, al mirar la perfecta unión de 119 sus colores, pensaba en ti... No sé por qué, viendo el arco iris, dije: «yo he sentido antes esto en alguna parte...» Me produjo sensación igual a la que sentí al verte, Florentina de mi alma. El corazón no me cabía en el pecho: yo quería llorar... lloré mucho y las lágrimas cegaron por un instante mis ojos. Te llamé, no me respondiste... Cuando mis ojos pudieron ver de nuevo, el arco iris había desaparecido... Salí para buscarte, creí que estabas en la huerta... bajé, subí, y aquí estoy... Te encuentro tan maravillosamente hermosa que me parece que nunca te he visto bien hasta hoy... nunca hasta hoy, porque ya he tenido tiempo de comparar... He visto muchas mujeres... todas son horribles junto a ti... Si me cuesta trabajo creer que hayas existido durante mi ceguera... No, no, lo que me ocurre es que naciste en el momento en que se hizo la luz dentro de mí, que te creó mi pensamiento en el instante de ser dueño del mundo visible... Me han dicho que no hay ninguna criatura que a ti se compare. Yo no lo quería creer; pero ya lo creo, lo creo como creo en la luz.-
Diciendo esto puso una rodilla en tierra. Alarmada y ruborizada Florentina
dejó de prestar atención a la costura.
-Primo... ¡por Dios!...- murmuró.
-Prima... ¡por Dios! - exclamó Pablo con entusiasmo candoroso
-Por qué eres tú tan bonita?... Mi padre es muy razonable... no se puede oponer nada a su lógica ni a su bondad... Florentina, yo creí que no podía quererte; yo creí posible
querer a otra más que a ti... ¡Qué necedad! Gracias a Dios que hay lógica en mis
afectos... Mi padre, a quien he confesado mis errores, me ha dicho que yo amaba
a un monstruo... Ahora puedo decir que idolatro a un ángel. El estúpido ciego ha
visto ya y al fin presta homenaje a la verdadera hermosura... Pero yo tiemblo... ¿no
me ves temblar? Te estoy viendo y no deseo más que poder cogerte y encerrarte dentro de mi corazón, abrazándote y apretándote contra mi pecho... fuerte, muy fuerte.
Pablo, que había puesto las dos rodillas en tierra, se abrazaba
a sí mismo.
-Yo no sé lo que siento- añadió con turbación, torpe la lengua, pálido el rostro-. Cada día descubro un nuevo mundo, Florentina. Descubrí el de la luz, descubro hoy otro... ¿Es posible que tú, tan hermosa, tan divina, seas para mí? ¡Prima, prima mía, esposa de mi alma!- Parecía que iba a caer al suelo desvanecido. Florentina hizo ademán
de levantarse. Pablo le tomó una mano; después, retirando él mismo la ancha manga
que lo cubría, le beso el brazo con vehemente ardor, contando los besos.- Uno, do
s, tres, cuatro... ¡Yo me muero!-
-Quita, quita - dijo Florentina, poniéndose en pie, y haciendo levantar tras ella a su primo.- Señor doctor, ríñale usted.
Teodoro gritó: -¡Pronto... esa venda en los ojos, y a su cuarto, joven! Confuso volvió el joven su rostro hacia aquel lado. Tomando la visual recta vio al doctor junto al sofá de paja cubierto de mantas.
-¿Está usted ahí, Sr. Golfín? - dijo acercándose en línea recta. -Aquí estoy- repuso Golfín seriamente.- Creo que debe usted ponerse la venda y retirarse a su habitación. Yo le acompañaré.-
-Me encuentro perfectamente... Sin embargo, obedeceré... Pero antes déjenme ver esto.-
Observaba la manta y entre las mantas una cabeza cadavérica y de aspecto muy desagradable. En efecto, parecía que la nariz de la Nela se había hecho más picuda, sus ojos más chicos, su boca más insignificante, su tez más pecosa, sus cabellos más ralos, su frente más angosta. Con los ojos cerrados, el aliento fatigoso, entreabiertos los cárdenos labios, la infeliz parecía hallarse en la postrera agonía, síntoma inevitable de la muerte.
-¡Ah! - dijo Pablo - Mi tío me dijo que Florentina había recogido una pobre... ¡Qué admirable bondad!... Y tú, infeliz muchacha, alégrate, has caído en manos de un ángel... ¿Estás enferma? En mi casa no te faltará nada... Mi prima es la imagen
más hermosa de Dios... Esta pobrecita está muy mala, ¿no es verdad, doctor?
-Sí- dijo Golfín- , le conviene estar sola y no oír hablar.
-Pues me voy.-
Pablo alargó una mano hasta tocar aquella cabeza que le parecía la expresión más triste de la miseria y desgracia humanas. Entonces la Nela movió los ojos y los fijó en su amo. Pablo se creyó Pablo mirado desde el fondo de un sepulcro; tanta era la tristeza y el dolor que en aquella mirada había. Después la Nela sacó de entre la
s mantas una mano flaca, tostada y áspera y tomó la mano del señorito de Penáguilas, quien al sentir su contacto se estremeció de pies a cabeza y lanzó un grito en que toda su alma gritaba. Hubo una pausa angustiosa, una de esas pausas que preceden a las catástrofes del espíritu, como para hacerlas más solemnes.
Con voz temblorosa, que en todos produjo trágica emoción, la Nela dijo:
-Sí, señorito mío, yo soy la Nela.-
Lentamente y como si moviera un objeto de mucho peso, llevó a sus secos labios la mano del señorito y le dio un beso... después un segundo beso... y al dar el tercero, sus labios resbalaron inertes sobre la piel del mancebo.
Después callaron todos. Callaban mirándola. El primero que rompió la palabra fue Pablo, que dijo: -Eres tú... ¡Eres tú!...-
Después le ocurrieron muchas cosas, pero no pudo decir ninguna. Era preciso para ello que hubiera descubierto un nuevo lenguaje, así como había descubierto dos nuevos mundos, el de la luz, y el del amor por la forma. No hacía más que mirar, mirar y hacer memoria de aquel tenebroso mundo en que había vivido, allá donde quedaban perdidos entre la bruma sus pasiones, sus ideas y sus errores de ciego.
Florentina se acercó derramando lágrimas, para examinar el rostro de la Nela, y Golfín que la observaba como hombre y como sabio, pronunció estas lúgubres palabras.
-¡La mató! ¡Maldita vista suya!-
Y después mirando a Pablo con severidad le dijo:
-Retírese usted.-
-Morir... morirse así sin causa alguna... Esto no puede ser- exclamó Florentina con angustia, poniendo la mano sobre la frente de la Nela. - ¡María!... ¡Marianela!-
La llamó repetidas veces, inclinada sobre ella, mirándola como se mira y como se llama desde los bordes de un pozo a la persona que se ha caído en él y se sumerge en las hondísimas y negras aguas.
-No responde - dijo Pablo con terror.
Golfín tentaba aquella vida próxima a su extinción y observó que bajo su tacto aún latía la sangre.
Pablo se inclinó sobre ella, acercó sus labios al oído de la moribunda y gritó:
-¡Nela, Nela, amiga querida!
Entonces ella se agitó, abrió los ojos, movió las manos. Parecía que había vuelto desde muy lejos. Al ver que las miradas de Pablo se clavaban en ella con observadora curiosidad, hizo un movimiento de vergüenza y terror, y quiso ocultar su pobre rostro como se oculta un crimen.
-¿Qué es lo que tiene? - exclamó Florentina con ardor-. D. Teodoro, no es usted hombre si no la salva... Si no la salva usted es usted un charlatán.
La insigne joven parecía colérica en fuerza de ser caritativa.
-¡Nela! - repitió Pablo, traspasado de dolor y no repuesto del asombro que le había producido la vista de su lazarillo-. Parece que me tienes miedo. ¿Qué te he hecho yo?-
La enferma alargó entonces sus manos, tomó la de Florentina y la puso sobre su pecho; tomó después la de Pablo y la puso también sobre su pecho. Después las apretó allí desarrollando un poco de fuerza. Sus ojos hundidos les miraban; pero su mirada era lejana, venía de allá abajo, de algún hoyo profundo y oscuro. Hay que decir como antes que miraba desde el lóbrego hueco de un pozo que a cada instante era más hondo. Su respiración fue de pronto muy fatigosa. Suspiró varias veces, oprimiendo sobre su pecho con más fuerza las manos de los dos jóvenes.
Teodoro puso en movimiento toda la casa; llamó y gritó; hizo traer medicinas, poderosos revulsivos, y trató de suspender el rápido descenso de aquella vida.
-Difícil es- exclamó -detener una gota de agua que resbala, que resbala ¡ay!, por la pendiente abajo y está ya a dos pulgadas del Océano; pero lo intentaré.
Mandó retirar a todo el mundo. Sólo Florentina quedó en la estancia.
¡Ah!, los revulsivos potentes, los excitantes nerviosos mordiendo el cuerpo desfallecido para irritar la vida, hicieron estremecer los músculos de la infeliz enferma; pero a pesar de esto se hundía más a cada instante.
- Es una crueldad - dijo Teodoro con desesperación, arrojando la mostaza y los excitantes- es una crueldad lo que estamos haciendo. Echamos perros al moribundo para que el dolor de las mordidas le haga vivir un poco más. Afuera todo eso.-
-¿No hay remedio?-
-El que mande Dios.-
-¿Qué mal es este?-
-La muerte - Vociferó con cierta inquietud delirante, impropia de un médico.
-¿Pero qué mal le ha traído la muerte?-
- No me explico bien. Quiero decir que de qué...-
-¡De muerte! No sé si pensar que ha muerto de vergüenza, de celos, de despecho, de tristeza, de amor contrariado. ¡Singular patología! No, no sabemos nada... sólo sabemos cosas triviales.-
-¡Oh!, ¡qué médicos!-
-Nosotros no sabemos nada. Conocemos algo de la superficie.-
-¿Esto qué es?-
-Parece una meningitis fulminante.-
-¿Y qué es eso?-
-Cualquier cosa... ¡La muerte!-
-¿Es posible que se muera una persona sin causa conocida, casi sin enfermedad?... Señor Golfín, qué es esto?-
-¿Lo sé yo acaso?-
-¿No es usted médico?-
-De los ojos, no de las pasiones.-
-¡De las pasiones! - Exclamó hablando con la moribunda. -Y a ti, pobre criatura, ¿qué pasiones te matan?-
-Pregúntelo usted a su futuro esposo.- Florentina se quedó absorta, estupefacta.
-¡Infeliz!- exclamó con ahogado sollozo. -¿Puede el dolor moral matar de esta manera?
-Cuando yo la recogí en la Trascava, estaba ya consumida por una fiebre
espantosa.-
-Pero eso no basta ¡ay!, no basta.-
-Usted dice que no basta. Dios, la Naturaleza dicen que sí.-
-Si parece que ha recibido una puñalada.-
-Recuerde usted lo que han visto hace poco estos ojos que se van a cerrar para siempre. Considere usted que la amaba un ciego y que ese ciego ya no lo es,
y la ha visto... ¡la ha visto!... ¡la ha visto!, lo cual es como un asesinato.-
-¡Oh!, ¡qué horroroso misterio!-
-No, misterio no- gritó Teodoro con cierto espanto- Es el horrendo desplome de las ilusiones, es el brusco golpe de la realidad, de esa niveladora implacable que se ha interpuesto al fin entre esos dos nobles seres. ¡Yo he traído esa realidad, yo!-
-Misterio no, no - volvió a decir Teodoro, más agitado a cada instante- es la realidad pura, la desaparición súbita de un mundo de ilusiones. La realidad ha sido para él nueva vida, para ella ha sido dolor y asfixia, ha sido la humillación, la tristeza, el desaire, el dolor, los celos... ¡la muerte! Y todo por...-
-¡Todo por unos ojos que se abren a la luz... a la realidad!... No puedo apartar esta palabra de mi mente. Parece que la tengo escrita en mi cerebro con letras de fuego.-
-Todo por unos ojos... ¿Pero el dolor puede matar tan pronto?...¡casi sin dar tiempo a ensayar un remedio!-
-No sé - replicó Teodoro inquieto, confundido, aterrado, contemplando aquel libro humano de caracteres oscuros, en los cuales la vista científica no podía descifrar la leyenda misteriosa de la muerte y la vida.-
-¡No sabe! - dijo Florentina con desesperación-. Entonces ¿para qué es médico?
-No sé, no sé, no sé - exclamó Teodoro, golpeándose el cráneo melenudo.- Sí, una cosa sé, y es que no sabemos más que fenómenos superficiales. Señora, yo soy un carpintero de los ojos nada más.- Después fijó los suyos con atención profunda en aquello que fluctuaba entre persona y cadáver, y con acento de amargura exclamó:
-¡Alma! ¿Qué pasa en ti?-
Florentina se echó a llorar.
-¡El alma- murmuró, inclinando su cabeza sobre el pecho.- ya ha volado!-
-No - dijo Teodoro, tocando a la Nela. -Aún hay aquí algo; pero es tan poco, que parece ha desaparecido ya su alma y han quedado sus suspiros.-
-¡Dios mío!... - exclamó Penáguilas, empezando una oración.
-¡Oh!, ¡desgraciado espíritu! - murmuró Golfín. -Es evidente que estaba muy mal alojado...
Los dos la observaron muy de cerca.
-Sus labios se mueven- gritó Florentina.
-Habla.-
Sí, los labios de la Nela se movieron. Había articulado una, dos, tres, palabras.
-¿Qué ha dicho?-
Ninguno de los dos pudo comprenderlo. Era sin duda el idioma con que se entienden los que viven la vida infinita.
Después sus labios no se movieron más. Estaban entreabiertos y se veía la fila de blancos dientecillos. Teodoro se inclinó, y besando la frente de la Nela, dijo así con firme acento:
-Mujer, has hecho bien en dejar este mundo.-
Florentina se echó a llorar, murmurando con voz ahogada y temblorosa:
-Yo quería hacerla feliz, y ella no quiso serlo.
-La Nena. Ella ha muerto de amor.- exclamó Golfin.
…
La tv encendida mostraba las últimas escenas de Marianela. La exitosa tira de la tv japonesa había llegado a su último capítulo, el desenlace, que acababa con el sufrimiento de la Nela, una pobre criatura que había vivido enamorada de un ciego, que la amaba, pero el día que pudo ver, vio la belleza del mundo, la belleza de su prima, de quien se enamoró, destrozando el corazón maltrecho de Marianela, acabando así con su vida en un final lleno de dolor. Aunque ella estuvo convencida que amar iba más allá de la belleza superficial, amar era dejar libre a su amor y esperar lo mejor para esa persona. Su forma de ser y dejar ser libre fue abandonar este mundo.
-La verdad es que Fuwa lo hizo muy bien…- Dijo Ren mirando a su novia. –Kyo…ko? Estas llorando?- Le preguntó algo risueño.
A su derecha y bajo su abrazo protector, la joven actriz, protagonista de la tira en pantalla, lo miraba con los ojos colorados al borde de las lágrimas, las manos entrelazadas en el pecho, una mueva de tristeza se dibujaba en sus labios, aún pensando en el sufrimiento de esa pobre criatura infeliz. Parecía un cachorro mojado en un día de invierno.
-Mmh… sip!- contestó haciendo una mueca risueña. –Costó pero el director y entre todos hicimos que sacara lo mejor. –repetición… tras repetición... tras repetición…- pensó la actriz risueña.
-Qué son esas sonrisitas mientras hablamos de Fuwa?- Le reprochó acercándose avasalladora mente hacia ella.
-Ja ja ja ja! Qué es eso? Celos?- Le dijo graciosa frenándolo con una mano en el pecho y levantándose del cómodo sillón frente a la tv. –No le queda bien, Tsuruga-san.- Le dijo burlona. Ella se encaminó a la cocina y desde allí le gritó.. -Que te gustaría comer.-
Ren estaba todavía congelado en la misma posición que Kyoko lo había dejado. Aún no se acostumbraba, de a poco había dejado su timidez. Y ahora, con toda confianza lo dejaba carburando bastante seguido. Tenía que buscar otra estrategia para atraparla.
Rápidamente se levantó y se dirigió a la cocina. Allí la vio acomodando los utensilios que había en la secadora.
-Y…? Que querés comer?...- Le dijo de manera muy superada sin siquiera mirarlo.
Se aceró a ella y le quitó las cosas de la mano. Suavemente las apoyó en el mesón, la tomó por un brazo para girarla y encerrarla con su mano en la espalda de la chica contra en mármol nacarado de la mesada.
-A vos…-
-Qué que…?- Preguntó algo desconcertada.
-Que te quiero comer… a vos.- Le dijo de forma segura y concisa con la mirada del Rey de la noche. Con la mano que tenía en la espalda de la chica la atrajo más a su cuerpo, y con la que tenía libre la agarró de la nuca, para poder besarla apasionadamente, casi a la fuerza.
Ella ni se resistió y se entregó a la pasión de aquel beso. El que estuvieran en la cocina, y no en la sala; en la mesada, y no en el sillón hacía más excitante el momento. Las manos de Kyoko se descontrolaron para acariciar cada milímetro de la interminable espalda del hombre. Ella estaba aturdida. De pronto Kyoko estaba flotando en el aire, y de pronto ya no flotaba y estaba sentada sobre la mesada. De pronto podía ver como aparecían prendas en el piso, alrededor de ellos. Y de pronto ya no estaban allí, estaban en un lugar feliz, algún lugar lejano, solo, los dos, en la blancura de la nada misma; ella y el amor de su vida.
-Te amo… tanto…-
-Y yo te amo mas…-
Bien, aqui concluye esta doble entrega, espero que les haya gustado. Un beso grando, espero sus comentarios y críticas, siempre que sean constructivas.
SALUDOS
AGUS :D
