Capítulo 6
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Su fiesta de bodas, una de las más ruidosas de las postrimerías del siglo pasado, transcurrió para ella en las vísperas del horror. La angustia de la luna de miel la afectó mucho más que el escándalo social por el matrimonio con un galán como no había dos en esos años.
Fermina Daza llegó al altar mayor de la catedral del brazo de su padre, a quien el traje de etiqueta le infundió por un día un aire equívoco de respetabilidad. Se casó para siempre frente al altar mayor de la catedral en una misa concelebrada por tres obispos, a las once dela mañana del viernes de gloria de la Santísima Trinidad, y sin un pensamiento de caridad para Florentino Ariza, que a esa hora deliraba de fiebre, muriéndose por ella, en la intemperie de un buque que no había de llevarlo al olvido.
Durante la ceremonia, y después en la fiesta, mantuvo una sonrisa que parecía fijada con albayalde, un gesto sin alma que algunos interpretaron como la sonrisa de burla de la victoria, pero que en realidad era un pobre recurso para disimular su terror de virgen recién casada.
-Corte!- Vociferó el director Matsumoto Yukari. –Excelente boda, ahora Kyoko-chan, Ren-san prepárense para la luna de miel, nos vemos en el set 14 en 20 minutos. – Ordenó y se retiró a buscar un café
-Luna de miel….- Resonaba en la cabeza de Kyoko, que sonrojada, llevaba puesto un sencillo vestido recto y liso, de brocatto de color blanco que le cubría los pies, con mangas largas trasparentes, luciendo el pelo corto, ahora castaño obscuro, peinado hacia atrás, sostenido con hebillas de brillantes, que hacían juego con los aros de perlas y brillantes.
-Kyoko…- Pronunció Ren son suma suavidad. – Hay que cambiarse.
-…Sí… Ya voy…- Suspiró y comenzó a caminar a la par de Ren hacia su camerino, tomándose la falda del vestido para no pisarla.
Estaba por entrar a su camerino, cuando sintió un susurro suave en su oreja –Te ves hermosa- Ren le dio un corto beso y siguió hacia su camerino.
Dentro del camerino la esperaba su asistente con el próximo vestuario, que consistía en un camisón color hueso, largo hasta arriba de las rodillas, cerrado al pecho, con mangas tres cuartos, finalizadas en puntillas blancas; un corpiño de silicona color piel, que se adhiere a la piel, y una vedettina del mismo color.
-Qué es eso…?- Preguntó sorprendida señalando el conjunto de ropa íntima sobre el tocador.
-Tu cambio para ahora, debes ponértelo debajo del camisón.- Contestó risueña la asistente mientras se acercaba ella a desprenderle el cierre del vestido en la espalda. -Te ayudo con esto.
-E….eso debo… usar?... – Cuestionó azul del pánico – Va a parecer que no tengo nada puesto…
-Esa es la idea Kyoko-chan, luego en los chicos de post producción se encargarán de hacer que parezca que realmente estas desnuda, si usas algo de otro color, esa tarea se vuelve realmente difícil. – Le explicó emocionada viendo como la chica empezaba a ponerse pálida. – Vamos Kyoko-chan, saldrá todo bien, está muy cuidado todo...-Trataba de tranquilizarla, cuando se le ocurrió -Además vas a disfrutar del bombón de Tsuruga-san en boxers del mismo color...- Terminó diciendo eso codeando a la chica que la miraba ahora toda roja. –Qué suerte tienes Kyoko chan.-
-Sakura-san, que cosas dices…
Resignada, y totalmente avergonzada, tomó la ropa y fue detrás del biombo a cambiarse. Se quitó el vestido, y lo colgó sobre el biombo, cambio su ropa interior y se puso el camisón encima. Se sentó frente al tocador, y Sakura comenzó a removerle el maquillaje de fiesta, y el poco tiempo tenía un nuevo maquillaje, más natural. Le quitó las hebillas del pelo y la peinó con una raya al costado, agarrando los mechones detrás de las orejas, dejando todo su rostro a la vista.
-Estás lista.- Le dijo volviendo al vestido para guardarlo en una bolsa plástica, para que no se arruine, saludó y se retiró dejándola sola.
Ella seguía mirando su reflejo en el espejo. –Había olvidado completamente esta escena- pensó viendo como se le encendían las mejillas nuevamente. Suspiró. Se paró y salió del habitáculo.
Ren estaba leyendo el guión recostado en el sillón, cundo sintió que la puerta se abría, miró de reojo y vio entrar a la chica. Cerró el libro, y se enderezó para ofrecerle una sonrisa.
-Estás nerviosa…
-No…bueno…no se… sí…
-Ya habíamos hablado de esta escena, debes estar tranquila, es solo trabajo.- Le dijo viendo cómo se acercaba y se sentaba junto a él. -Además no vamos a hacer nada que no hagamos hecho.- Le dijo mostrándole una sonrisa coqueta para después abrazarla por la cintura y besarla.
-Eso… eso ya lo sé… pero me da vergüenza que estén todos mirando…- dijo sentándose sobre sus piernas, de frente, para devolverle el beso, que comenzaba a ponerse más apasionado y entre abrazos y caricias, las manos de Ren comenzaban a subir por sus piernas hacia debajo del corto camisón que además por la posición se había subido más de la cuenta.
-Ya… basta… se me va… a correr… el… maquillaje… - Le decía entre besos. –Además… puede… entrar mhh alguien…
-Es tú culpa… Venís vestida así, tan sexi, y te me sentás arriba… Qué querías que haga?- Le respondió soltándola y echándole un vistazo mientras ella se paraba.
Sonrojada se acercó al tocador de Ren, y sin sentarse en la silla, como es debido, se agachó un poco, regalándole un espectáculo a Ren que la miraba desde atrás sorprendido. Se acomodó el camisón, se revisó el maquillaje y retocó el cabello. Se dio vuelta y se apoyó sobre el tocador, cruzó las piernas y miró fijo a Ren. Él la miraba con una sonrisa.
-Te has puesto muy traviesa…- Habló mientras caminaba hacia ella.
La puerta del camerino se abrió y apareció Yukihito. Ren se paró en seco a mitad de camino y Kyoko descruzó las piernas y de enderezó con rapidez. El manager los miró uno a uno, entrecerró los ojos y ladeó la cabeza, como queriendo descubrir algo. Finalmente habló.
-Los están esperando.- Sonrió
-Bueno, vamos. –Dijo Ren mirando a Kyoko. Ésta asintió y salió primero del cuarto. Seguidamente se movió Ren, pero al pasar por al lado de su manager este le dijo.
-Ren, dónde vas así? –Preguntó risueño.
-Así cómo? –Cuestionó el actor mirándose la ropa, los pies, adelante, atrás…
-Si sales así, detrás de Kyoko, todo mundo se dará cuenta de su relación. –Le dijo en estado de fan girl con los ojos brillosos.
-No sé de qué relación estás hablando…? –Se defendió el actor, caminando hacia la puerta
-Ay por favor Ren… No intentes mentirme, tienes labial en la cara.
El primer actor de LME se frenó en seco justo antes de agarrar el picaporte, se dio vuelta y miró a su manager que se estaba descostillando de la risa.
-Podrías haberlo dicho desde un principio. –Volvió resignado al tocador, se limpió y se pasó algo de polvo. –Vámonos.
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Por fortuna, las circunstancias imprevistas, junto con la comprensión del marido, resolvieron sus tres primeras noches sin dolor. Fue providencial. El barco de la Compagnie Générale Transatlantique, con el itinerario trastornado por el mal tiempo del Caribe, anunció con sólo tres días de anticipación que adelantaba la salida en veinticuatro horas, de modo que no zarparía para La Rochelle al día siguiente de la boda, como estaba previsto desde hacía seis meses, sino la misma noche. Nadie creyó que aquel cambio no fuera una más de las tantas sorpresas elegantes de la boda, pues la fiesta terminó después de la medianoche a bordo del transatlántico iluminado, con una orquesta de Viena que estrenaba en aquel viaje los valses más recientes de Johann Strauss. De modo que los varios padrinos ensopados en champaña fueron arrastrados a tierra por sus esposas atribuladas, cuando ya andaban preguntando a los camareros si no habría camarotes disponibles para seguir la parranda hasta París.
Los últimos que desembarcaron vieron a Lorenzo Daza frente a las cantinas del puerto, sentado en el suelo en plena calle y con el traje de etiqueta en piltrafas. Lloraba a grito pelado, como lloran los árabes a sus muertos, sentado sobre un reguero de aguas podridas que bien pudo haber sido un charco de lágrimas.
Ni en la primera noche de mala mar, ni en las siguientes de navegación apacible, ni nunca en su muy larga vida matrimonial ocurrieron los actos de barbarie que temía Fermina Daza.
La primera, a pesar del tamaño del barco y los lujos del camarote, fue una repetición horrible de la goleta de Riohacha, y su marido fue un médico servicial que no durmió un instante para consolarla, que era lo único que un médico demasiado eminente sabía hacer contra el mareo. Pero la borrasca amainó al tercer día, después del puerto de la Guayra, y ya para entonces habían estado juntos tanto tiempo y habían hablado tanto que se sentían amigos antiguos.
La cuarta noche, cuando ambos reanudaron sus hábitos ordinarios, el doctor Juvenal Urbino se sorprendió de que su joven esposa no rezara antes de dormir. Ella le fue sincera: la doblez de las monjas le había provocado una resistencia contra los ritos, pero su fe estaba intacta, y había aprendido a mantenerla en silencio. Dijo: "Prefiero entenderme directo con Dios". Él comprendió sus razones, y desde entonces cada cual practicó la misma religión a su manera. Habían tenido un noviazgo breve, pero bastante informal para la época, pues el doctor Urbino la visitaba en su casa, sin vigilancia, todos los días al atardecer. Ella no hubiera permitido que él le tocara ni la yema de los dedos antes de la bendición episcopal, pero tampoco él lo había intentado.
Fue en la primera noche de buena mar, ya en la cama pero todavía vestidos, cuando él inició las primeras caricias, y lo hizo con tanto cuidado, que a ella le pareció natural la sugerencia de que se pusiera la camisa de dormir. Fue a cambiarse en el baño, pero antes apagó las luces del camarote, y cuando salió con el camisón embutió trapos en las rendijas de la puerta, para volver a la cama en la oscuridad absoluta. Mientras lo hacía, dijo de buen humor:
-Qué quieres, doctor. Es la primera vez que duermo con un desconocido.
El doctor Juvenal Urbino la sintió deslizarse junto a él como un animalito azorado, tratando de quedar lo más lejos posible en una litera donde era difícil estar dos sin tocarse. Le cogió la mano, fría y crispada de terror, le entrelazó los dedos, y casi con un susurro empezó a contarle sus recuerdos de otros viajes de mar. Ella estaba tensa otra vez, porque al volver a la cama se dio cuenta de que él se había desnudado por completo mientras ella estaba en el baño, y esto le revivió el terror del paso siguiente. Pero el paso siguiente demoró varias horas, pues el doctor Urbino siguió hablando muy despacio, mientras se iba apoderando milímetro a milímetro de la confianza de su cuerpo. Le habló de París, del amor en París, de los enamorados de París que se besaban en la calle, en el ómnibus, en las terrazas floridas de los cafés abiertos al aliento de fuego y los acordeones lánguidos del verano, y hacían el amor de pie en los muelles del Sena sin que nadie los molestara. Mientras hablaba en las sombras, le acarició la curva del cuello con la yema de los dedos, le acarició las pelusas de seda de los brazos, el vientre evasivo, y cuando sintió que la tensión había cedido hizo un primer intento por levantarle el camisón de dormir, pero ella se lo impidió con un impulso típico de su carácter.
-Yo lo sé hacer sola- Se lo quitó, en efecto, y luego se quedó tan inmóvil, que el doctor Urbino hubiera creído que ya no estaba ahí, de no haber sido por la resolana de su cuerpo en las tinieblas.
Al cabo de un rato volvió a agarrarle la mano, y entonces la sintió tibia y suelta, pero húmeda todavía de un rocío tierno. Permanecieron otro rato callados e inmóviles, él acechando la ocasión para el paso siguiente, y ella esperándolo sin saber por dónde, mientras la oscuridad iba ensanchándose con su respiración cada vez más intensa. Él la soltó de pronto y dio el salto en el vacío: se humedeció en la lengua la yema del cordial y le tocó apenas el pezón desprevenido y ella sintió una descarga de muerte, como si le hubiera tocado un nervio vivo.
Se alegró de estar a oscuras para que él no le viera el rubor abrasante que la estremeció hasta las raíces del cráneo.
-Calma -le dijo él, muy calmado-. No se te olvide que las conozco.- La sintió sonreír, y su voz fue dulce y nueva en las tinieblas.
-Lo recuerdo muy bien -dijo-, y todavía no se me pasa la rabia.
Entonces él supo que habían doblado el cabo de la buena esperanza, y le volvió a coger la mano grande y mullida, y se la cubrió de besitos huérfanos, primero el metacarpo áspero, los largos dedos clarividentes, las uñas diáfanas, y luego el jeroglífico de su destino en la palma sudada. Ella no supo cómo fue que su mano llegó hasta el pecho de él, y tropezó con algo que no pudo descifrar.
-Es un escapulario- Ella le acarició los vellos del pecho, y luego agarró el matorral ompleto con los cinco dedos para arrancarlo de raíz.
-Más fuerte- dijo él. Ella lo intentó, hasta donde sabía que no lo lastimaba, y después fue su mano la que buscó la mano de él perdida en las tinieblas. Pero él no se dejó entrelazar los dedos sino que la agarró por la muñeca y le fue llevando a mano a lo largo de su cuerpo con una fuerza invisible pero muy bien dirigida, hasta que ella sintió el soplo ardiente de un animal en carne viva, sin forma corporal, pero ansioso y enarbolado. Al contrario de lo que él imaginó, incluso al contrario de lo que ella misma hubiera imaginado, no retiró la mano, ni la dejó inerte donde él la puso, sino que se encomendó en cuerpo y alma a la Santísima Virgen, apretó los dientes por miedo de reírse de su propia locura, y empezó a identificar con el tacto al enemigo encabritado, conociendo su tamaño, la fuerza de su vástago, la extensión de sus alas, asustada de su determinación pero compadecida de su soledad, haciéndolo suyo con una curiosidad minuciosa que alguien menos experto que su esposo hubiera confundido con las caricias.
Él apeló a sus últimas fuerzas para resistir el vértigo del escrutinio mortal, hasta que ella lo soltó con una gracia infantil, como si lo hubiera tirado en la basura.
-Nunca he podido entender cómo es ese aparato -dijo.
Entonces él se lo explicó en serio con su método magistral, mientras le llevaba la mano por los sitios que mencionaba, y ella se la dejaba llevar con una obediencia de alumna ejemplar. Él sugirió en un momento propicio que todo aquello era más fácil con la luz encendida. Iba a encenderla, pero ella le detuvo el brazo, diciendo:
-Yo veo mejor con las manos- En realidad quería encender la luz, pero quería hacerlo ella y sin que nadie se lo ordenara, y así fue. Él la vio entonces en posición fetal, y además cubierta con la sábana, bajo la claridad repentina. Pero la vio agarrar otra vez sin remilgos el animal de su curiosidad, lo volteó al derecho y al revés, lo observó con un interés que ya empezaba a parecer más que científico, y dijo en conclusión:
-Cómo será de feo, que es más feo que lo de las mujeres". Él estuvo de acuerdo, y señaló otros inconvenientes más graves que la fealdad.
-Es como el hijo mayor, que uno se pasa la vida trabajando para él, sacrificándolo todo por él, y a la hora de la verdad termina haciendo lo que le da la gana- Ella siguió examinándolo, preguntando para qué servía esto, y para qué servía aquello, y cuando se consideró bien informada lo sopesó con las dos manos, para probarse que ni siquiera por el peso valía la pena, y lo dejó caer con un esguince de menosprecio.
-Además, creo que le sobran demasiadas cosas-dijo.
Él se quedó perplejo. La propuesta original para su tesis de grado había sido esa: la conveniencia de simplificar el organismo humano. Le parecía anticuado, con muchas funciones inútiles o repetidas que fueron imprescindibles para otras edades del género humano, pero no para la nuestra.
-Sí: podía ser más simple y por lo mismo menos vulnerable- Concluyó-Es algo que sólo puede hacer Dios, por supuesto, pero de todos modos sería bueno dejarlo establecido en términos teóricos- Ella se rió divertida, de un modo tan natural, que él aprovechó la ocasión para abrazarla y le dio el primer beso en la boca. Ella le correspondió, y él siguió dándole besos muy suaves en las mejillas, en la nariz, en los párpados, mientras deslizaba la mano por debajo de la sábana, y le acarició el pubis redondo y lacio: un pubis de japonesa. Ella no le apartó la mano, pero mantuvo la suya en estado de alerta, por si él avanzaba un paso más.
-No vamos a seguir con la clase de medicina-dijo.
-No -dijo él-. Esta va a ser de amor.
Entonces le quitó la sábana de encima, y ella no sólo no se opuso, sino que la mandó lejos de la litera con un golpe rápido de los pies, porque ya no soportaba el calor.
Su cuerpo era ondulante y elástico, mucho más serio de lo que parecía vestida, y con un olor propio de animal de monte que permitía distinguirla entre todas las mujeres del mundo. Indefensa a plena luz, un golpe de sangre hirviendo se le subió a la cara, y lo único que se le ocurrió para disimularlo fue colgarse del cuello de su hombre, y besarlo a fondo, muy fuerte, hasta que se gastaron en el beso todo el aire de respirar.
Él era consciente de que no la amaba. Se había casado porque le gustaba su altivez, su seriedad, su fuerza, y también por una pizca de vanidad suya, pero mientras ella lo besaba por primera vez estaba seguro de que no habría ningún obstáculo para inventar un buen amor. No lo hablaron esa primera noche en que hablaron de todo hasta el amanecer, ni habían de hablarlo nunca. Pero a la larga, ninguno de los dos se equivocó.
Al amanecer, cuando se durmieron, ella seguía siendo virgen, pero no habría de serlo por mucho tiempo. La noche siguiente, en efecto, después de que él le enseñó a bailar los valses de Viena bajo el cielo sideral del Caribe, él tuvo que ir al baño después que ella, y cuando regresó al camarote la encontró esperándolo desnuda en la cama.
Entonces fue ella quien tomó la iniciativa, y se le entregó sin miedo, sin dolor, con la alegría de una aventura de alta mar, y sin más vestigios de ceremonia sangrienta que la rosa del honor en la sábana. Ambos lo hicieron bien, casi como un milagro, y siguieron haciéndolo bien de noche y de día y cada vez mejor en el resto del viaje, y cuando llegaron a La Rochelle se entendían como amantes antiguos.
Hola amig s, creo que me perdí por bastante tiempo... demaciado
(hace una exagerada reverencia al mejor estilo Kyoko con un cartel enorme detrás que dice "SORRY")
Perdón, pero he estado ocupadisima con la facultad, este fue mi último año por suerte... :D
Espero que les haya gustado el capítulo tanto como ami escribirlo, extrañaba escribir... Estaré actualizando más pronto, espero.
Un beso grande y u abrazo, nos leemos!
