Aquí está el primer capítulo de la historia del Amigo Invisible :)

Disclaimer: Estos no son mis personajes.


FROM DARKNESS TO LIGHT


CAPÍTULO I

VIDA EN LA CORTE

Caroline Forbes amaba la vida en la corte. Era la primera vez que pasaba tiempo allá, entre nobles y caballeros, y estaba adorando la experiencia. Todo eran lujos, festejos y amabilidad. Totalmente diferente de su vida en casa, donde el único trato que tenía era con sus hermanas y los sirvientes. Antes, su vida había sido muy aburrida. Ya no.

Aquel día, la joven de diecisiete años llevaba un vestido azul cielo, con un amplio escote y brillantes joyas a lo largo del torso. Su cabello, que en casa siempre llevaba sujeto en un moño, caía en suaves rizos dorados, decorados con una diadema tan brillante como el vestido. La chica adoraba vestirse elegantemente, y peinarse, echarse polvos en las mejillas y mordisquearse los labios, para parecer todavía más hermosa de lo que ya era.

No era como si no lo supiera. Desde que tenía apenas catorce años, hombres de todas las edades, de todas las nacionalidades, y de todas las clases sociales, habían intentado cortejarla. Su padre, sin embargo, no había permitido que se acercaran demasiado, sólo lo suficiente para que ella supiera que estaba en su poder decidir quién se casaba con su hija y quién no era suficiente para la familia.

Caroline caminó tranquilamente, acompañada de su mejor amiga en la Corte, Jenna Sommers. A pesar de ser mayor que ella, las chicas se habían llevado bien casi instantáneamente, y cada día disfrutaban juntas de los festejos organizados en la Corte. Entraron al salón del trono, que estaba totalmente abarrotado. Nobles se habían desplazado desde todos los demás reinos para aquel festejo. El bautizo del heredero al trono. Era una ocasión especial, y todos lo sabían. Aquel bebé era importante.

Caroline divisó a lord Tyler Lockwood al otro lado de la sala, mientras que este caminaba hacia ella. Era un joven de veintipocos años, más moreno de lo normal, y de pelo oscuro, alto y atractivo. Y él la cortejaba. Caroline disfrutaba del flirteo, y su padre lo permitía, por lo menos hasta ahora, a pesar de dejarle claro a su hija que nunca la casaría con alguien como Tyler Lockwood. Sus tierras apenas eran un cuarto de las tierras de los Forbes, y su título era del mismo nivel que el de ella. La única diferencia: la antigüedad.

William Forbes llevaba poco tiempo siendo un respetable noble, a diferencia de la familia Lockwood, que se remontaba a doscientos años atrás. A Caroline le hubiera encantado casarse con alguien que viniera de alguna familia importante, pero sabía que no era su decisión. Su padre elegiría quién era el marido conveniente para Caroline, y ella lo aceptaría. Y si no lo aceptaba, tampoco importaba mucho. Al menos, eso le decía su padre.

- Lady Forbes-saludó Tyler, tomándola de la mano enguantada y besándosela suavemente. Seguidamente, hizo lo mismo con Jenna-. Lady Sommers.

- Tyler-saludó Jenna, a quién no le importaban los formalismos-. Lamento que no hayamos charlado mucho, pero tengo asuntos que atender. Disfrutad de la fiesta.

- Tú también. ¿Tienes sed?

Caroline asintió, y rápidamente, Tyler le llevó un poco de vino. Charlaros sobre temas triviales, tal y como correspondía. No correspondía a una dama en la Corte hablar de nada remotamente importante. Al fin y al cabo, era una mujer, y no vería las cosas objetivamente. Así que hablaron de las tormentas, de la decoración de la fiesta, y del último torneo celebrado en la Corte, la semana anterior, en la que el Rey había ganado en todas las justas en las que había participado.

Ambos disfrutaban de aquellas conversaciones. A Caroline le gustaba ser el centro de atención, que Tyler sólo tuviera ojos para ella y que la escuchara atentamente. Era todo lo que una joven dama como ella podría pedir. Tyler, en cambio, adoraba flirtear con ella, darle las respuestas que ella esperaba escuchar, enamorarla. Sabía cómo conquistar a una mujer; y sin duda, disfrutaba haciéndolo.

Su conversación terminó abruptamente cuando su padre entró a la sala. Caroline ni siquiera se había percatado de que no estaba; tendía a olvidarse de su padre siempre que estaba con Jenna o con Tyler. Iba acompañado de dos de sus hombres, que arrastraban a una muchacha vestida con harapos, a la que le sangraban los pies y una herida en el labio. Sus ojos castaños estaban apagados, y su pelo consistía en rizos oscuros totalmente descontrolados.

- Majestad-saludó su padre, arrodillándose ante el trono. Los hombres de William Forbes soltaron a la chica, que cayó al suelo detrás de Forbes. No se movió de donde estaba, y Caroline temió que estuviera muerta. Sin embargo, su padre se acercó de ella, la agarró del cabello y levantó su cabeza. Los ojos de la chica miraron fijamente al Rey, sin ningún miedo o respeto-. La he encontrado en el bosque, mientras cazaba. Estaba llamando al demonio. Creo que llegué a tiempo para detener a la bruja.

- ¿Cómo te llamas?-preguntó el Rey, sin aparentar nerviosismo. Sin embargo, Caroline vio como sus ojos brillaban ante la expectativa. Los ojos de su padre brillaban tanto o más.

- Katerina Petrova-contestó Forbes, ante el silencio de la acusada-. Lo dijo a gritos mientras rompíamos su ritual satánico.

- Katerina Petrova. Debes saber que la práctica de la magia está totalmente prohibida, y que su ejercicio trae consecuencias.

- No me importa morir-dijo Katerina, hablando por primera vez. A pesar de la situación, su voz sonaba fuerte y decidida-. No rompieron nada. El ritual estaba completo. Y pronto, todo este sitio será destruido.

- Ya sabéis lo que hacer-les dijo el Rey a los guardias que se encontraban junto a él. Estos se acercaron y levantaron a la bruja del suelo. Los nobles rieron.

Desde su posición, Tyler también reía. A decir verdad, Caroline era la única que no encontraba graciosa la situación. Sabía lo que ocurriría. Y no quería verlo. Mientras que Tyler avanzaba para situarse en primera línea del espectáculo, Caroline se apresuró a salir de la sala. Sabía que Jenna también querría ver aquello, y no quería juzgarla, pero a veces no podía evitar sentir que estaba rodeada de psicópatas sádicos.

Porque no iban a simplemente matarla. No. Pretendían torturarla de todas las maneras posibles, y hacer de ello un espectáculo para los nobles. No llevaban mucho tiempo haciéndolo, pero era una práctica que había ganado popularidad muy rápidamente. Cada vez que pensaba en ello, a Caroline le apetecía salir de allí, huir, volver a casa y no volver a ver a aquella gente nunca más.

Ya fuera de la sala, Caroline se permitió soltar un suspiro. Sin embargo, sabía que no estaba totalmente fuera de la escena, pues podía escuchar risas y gritos desde el pasillo en el que se encontraba. Sin dudarlo, caminó rápidamente, y se dirigió a las puertas del enorme castillo. Los guardias con los que se encontró por el camino se quedaron mirándola fijamente, pero a ella no le importó. Sabía que lo que estaba haciendo no estaba bien, que no debería marcharse sola en mitad de la noche. Pero no iba a irse muy lejos.

Se quedó en el patio. Se apartó de las puertas, y se apoyó en la pared no muy lejos. No había pensado en la temperatura exterior, y estuvo a punto de dar media vuelta y entrar de nuevo. Pero no quería arriesgarse a tener que escuchar nada de lo que estaba sucediendo en el salón del trono, por lo que se abrazó el cuerpo con los brazos, y esperó.

No sabía a qué estaba esperando. Pero sí sabía que no iba a marcharse hasta que algo sucediera.

Y no tardó en suceder. Escuchó los cascos del caballo antes de verlo. Levantó la cabeza, y acercándose desde la distancia, vio a un caballo casi blanco corriendo al galope. Su jinete, un hombre alto y de cabellos largos, parecía apresurado.

Caroline lo reconoció en cuanto entró en el patio. Era uno de los mensajeros de su padre. Al marcharse su padre y ella, él también había tenido que marcharse, para mandar un mensaje a otro noble con el que su padre tenía relación. Si había viajado hasta allá, a pesar de ser ya de noche, y al galope, significaba que algo iba mal.

Los pensamientos de la chica se dirigieron rápidamente a sus hermanas. Eran muy pequeñas. Ella sabía que no debían haberlas dejado sola, pero su padre dijo que estaban seguras y en compañía de los sirvientes. Como si eso fuera a importarle a ellas. William no las había llevado a la Corte con él porque eran una preocupación más, y porque eran, desde siempre, más rebeldes que Caroline. Su padre siempre decía que habían salido a la madre.

- Jeremy-Caroline se acercó rápidamente al mensajero, que pareció aliviado y a la vez asustado de verla-. ¿Qué sucede?

- Debo entregarle un mensaje a su padre, señorita. No tengo tiempo.

- Tranquilízate-lo calmó Caroline, mostrándole una de sus encantadoras sonrisas. Se sabía capaz de lograr convencerlo-. Dame a mí el mensaje. Yo se lo entregaré a mi padre, y tú podrás descansar esta noche como un invitado más. Has hecho un viaje muy largo.

- De acuerdo, lady Forbes-aceptó el chico al final, tras unos segundos de duda. Aquel no era el procedimiento adecuado, y él lo sabía. Ella también, pero poco le importaban en aquel momento las normas-. Su casa ha sido atacada. Han matado a los guardias; y los sirvientes, así como sus hermanas, estaban encerrados. Los he liberado a todos, pero se han llevado muchas de sus riquezas.

- Poco me importan las riquezas-contestó Caroline. Lo único importante era que sus hermanas estuvieran bien-. De acuerdo. Guardias-llamó la chica-, aseguraos de que se lo trate como a un invitado más. No te preocupes. Has hecho bien en venir rápidamente a avisarnos. Me aseguraré de que seas gratamente recompensado.

Dicho esto, Caroline volvió a entrar en el castillo. Ya no le importaba que estuvieran torturando a aquella chica. Sus hermanas eran más importantes. Entró al salón del trono, e intentando evitar observar el "espectáculo", buscó a su padre entre la multitud. No le costó encontrarlo, pues estaba en primera fila, riendo a carcajada limpia junto a sus más fieles amigos. Caroline quiso vomitar. Sin embargo, se acercó a él, y le contó lo que había sucedido.

Su padre escuchó en silencio. Conforme Caroline iba hablando, su semblante se fue poniendo más serio, hasta alcanzar el límite en el que las orejas se le ponían rojas y su ceño estaba tan fruncido que parecía que le fuera a dejar una marca permanente. Olvidando los gritos de Katerina, llamó a sus hombres y les dio instrucciones. Luego, miró fijamente a su hija.

- Me las pagarán por haberme quitado mis riquezas.

Se marchó de la sala. Caroline se quedó parada, y no pudo evitar odiar a su padre por un momento. Ni siquiera se había preocupado por sus hermanas. Todo lo que le importaba era que le habían robado lo que tenía. La chica no se dio cuenta, pero dos lágrimas se deslizaron lentamente desde sus ojos hasta su barbilla, destrozando los polvos que tanto le habían costado a su padre.

Y entonces, Caroline giró la cabeza, y miró a Katerina. Estaba tirada en el suelo, totalmente desnuda. Le faltaban las uñas de ambas manos, y en aquel momento una mujer lo suficientemente mayor como para ser su abuela le estaba clavando agujas en las piernas. Katerina gritaba, pero sus gritos, acompañados de la sangre que se deslizaba desde sus piernas hasta el suelo de mármol, sólo parecían avivar el ánimo y entusiasmo de los nobles.

Caroline no pudo seguir aguantándose, y vomitó allí mismo.


Su vida cambió desde entonces. A pesar de seguir disfrutando ciertos aspectos de la vida en la Corte, Caroline no podía olvidar los gritos de Katerina, ni las palabras de su padre aquella noche. Por lo menos, no había tenido que enfrentarse a él. La mañana siguiente, William Forbes y sus hombres se habían marchado. Caroline se había quedado sola, sin nadie que la protegiera. Y, en cierto modo, se sintió aliviada.

Ahora, tres semanas después, Caroline asistía a otro bautizo. Esta vez, del hijo bastardo. Odiaba aquel aspecto de la nobleza, la tendencia a la infidelidad. Pero, claro, a pesar de ser las mujeres las que siempre estaban pidiendo, eran los hombres los que nunca estaban contentos con lo que tenían. Ni con las tierras, ni con las riquezas, ni con las mujeres. Caroline rodó los ojos.

Jenna, a su lado, alzó una ceja al ver el gesto de su amiga. La rubia sólo negó con la cabeza, indicándole que no era nada importante. Tyler, al otro lado de Caroline, también había notado el gesto, pero era su deber no hacérselo saber. Si Caroline quería criticar, que criticara. Si quería viajar, que viajara. Su deber era complacerla, no limitarla.

Y la había complacido. Durante aquellas tres semanas, Tyler no se había separado de ella, y Caroline no sabía cómo agradecérselo. En aquellos momentos, la chica necesitaba alguien con quien hablar. Jenna hubiera cumplido aquel papel perfectamente, si no se hubiera enamorado. Desde que un noble alemán, un tal Alaric Saltzman, había llegado a la Corte, Jenna no había parado de hablar de él, por lo que ni siquiera dejaba que Caroline hablara. Así que la chica había recurrido a su galante pretendiente. Él la escuchaba sin interrumpir, y siempre tenía la respuesta adecuada para cada una de las dudas de Caroline. La chica empezaba a pensar que se estaba enamorando de él. Y sabía que era peligroso, porque su padre no lo aceptaría, pero no le importaba.

El bautizo transcurrió tranquilamente, sin contratiempos, y durante el banquete, Caroline comió hasta hartarse. No era el comportamiento propio de una dama, pero había comprobado que tanto ella como Tyler disfrutaban más si no hacían caso de las normas y convenciones. También bailó, con Tyler y con otros nobles, y disfrutó como no lo hacía desde que había llegado allá. Al final, la marcha de su padre había tenido más ventajas que inconvenientes.

Pero, obviamente, su padre se aseguraría de que no disfrutara demasiado. Volvió aquella misma noche. Y no venía solo. Llevaba a un preso consigo. Caroline ya se preparaba para marcharse del salón del trono, no queriendo tener que ver cómo torturaban a aquel hombre, cuando sus ojos se cruzaron con los del preso.

Era un hombre no mucho mayor que ella, de pelo castaño claro y ojos almendrados. Cuando la vio, sonrió, y su sonrisa le pareció tan atractiva que Caroline estuvo a punto de dar un paso adelante. Sin embargo, algo la detuvo. La mirada del preso se desplazó al escote de Caroline, y la observó sin ningún pudor, incomodando a la chica. Su mirada siguió desplazándose hacia abajo, pasando por el estómago de la chica, hasta llegar a los pies blancos como la leche, que los zapatos dejaban entrever.

La chica nunca se había sentido tan incómoda, y aquel sentimiento llegó al límite cuando su padre vio cómo la miraba el preso. La mirada de William Forbes se desplazó hasta el rostro de su hija, que observó con semblante calculador. Estaba claro que tenía un plan, y Caroline temió estar involucrada en él. No quería tener que sufrir a su padre de nuevo. Ella era feliz. ¿Por qué tenía que meterla siempre en sus problemas?

El preso fue llevado a las mazmorras, pero Caroline no pudo respirar tranquila. Sí, no lo habían torturado, pero aquello también significaba que los planes de su padre seguirían adelante. Y la chica estaba cada vez más segura de que aquellos planes tenían que ver con ella.

A pesar de todo, le sentó bien que no mandaran torturar al preso. No quería tener que volver a escuchar los gritos, volver a ver la sangre. Y sabía bien por qué el Rey no había accedido a torturarlo y matarlo desde un primer momento. Desde que William Forbes se había marchado, todos habían notado que el ambiente estaba más calmado. Era la influencia de Forbes la que convertía todo en tensión. Y los nobles no querían aquella tensión. Debían ser felices. Un extraño sentimiento de indiferencia se había desarrollado hacia Forbes desde entonces.

Por suerte, los sentimientos de la nobleza para con su padre no la habían afectado a ella. Caroline se decidió a disfrutar de lo que quedaba de la fiesta. Ya se preocuparía más tarde de lo que sucediera con el preso y con su padre.

Caroline estuvo investigando. El preso se llamaba Kol Mikaelson, y era parte de los que habían atacado su casa. Eso hizo que Caroline se sintiera un poco mejor, porque supo que su padre no había capturado a un hombre inocente. Sin embargo, también habían matado a la hermana, una tal Rebekah, y eso no le pareció tan bien. No debían haberla matado. Cortarle una mano, quizás. Pero matarla…

Aquella noche, cuando ya estaba a punto de meterse a la cama, su padre entró a su habitación. No se anunció. No le hacía falta. Era su padre, y podía hablar con su hija siempre que quisiera.

- Sabía que me serías útil en algún momento-dijo William Forbes, acercándose a la cama. Caroline había estado sentada en ella, leyendo un mensaje que le había mandado su mejor amiga Bonnie, desde España. La chica levantó la cabeza, y miró a su padre tal y como él esperaba: como una niña buena a disposición de su padre-. Kol. Tú lo convencerás.

- ¿De qué, padre?-preguntó simplemente Caroline. Tenía miedo, pero no quería que su padre lo notara.

- De que confiese. Bajarás a las mazmorras, y lo convecerás.

El semblante de Caroline se oscureció. No quería. Tenía miedo. Del preso, y de su padre. Nunca nadie la había mirado como la miró aquel hombre. Como si fuera una… una cortesana. Como si fuera un trozo de carne. Un trozo de carne a su disposición. Sin embargo, también temía a su padre. Y no porque fuera a ponerle la mano encima. No sería la primera vez, pero hacía ya tiempo que había aprendido a hacer lo que su padre le mandara. Lo que más temía Caroline era la influencia de su padre. Si él quisiera, la podía humillar ante todos, o casarla con el hombre más terrible del mundo. O arruinarle la vida, impidiéndole contraer matrimonio.

Así que, al fin y al cabo, Caroline sólo tenía una opción posible. Lo sabía desde que su padre había entrado en la habitación, pero había querido intentar una solución diferente. Sabía que era inútil. Pero, a aquellas alturas, la esperanza era lo único que la salvaba de su padre.

- Tengo miedo, padre-dijo, sin embargo. Decir aquello no la mataría, porque no había dicho que no, y cabía la posibilidad de que su padre se ablandara un poco y pensara en otra salida.

- Me da igual-dijo Forbes, sin embargo. Su semblante era tan duro como la piedra-. Escúchame, Caroline. Si tengo que llevarte a rastras, lo haré. Si tengo que entregarte a él, lo haré. Si quiere quedarse contigo, y hacer contigo lo que le apetezca, que lo haga. Me da igual. Pero no voy a permitir que se libre de lo que ha hecho.

Caroline no se dio cuenta, pero había empezado a llorar. Su padre se quedó mirándola fijamente por un momento, y luego se marchó de la habitación. Caroline se permitió respirar hondo, pero la tranquilidad no duró mucho. Unos diez minutos después, Forbes volvió a presentarse en su habitación, esta vez acompañado de Tyler, que venía somnoliento y con la camisa abierta. La chica, como la buena dama que era, apartó la mirada.

- Llévala abajo-dijo Forbes simplemente, y se marchó de la habitación.

El silencio inundó la habitación de Caroline, mientras que Tyler terminaba de vestirse. Aquello estaba saliendo mal. Todo mal. Ahora no sólo tenía que bajar y "convencer" a Kol, sino que también estaba involucrado Tyler. Sin poder evitarlo, una pequeña esperanza se iluminó en su interior. Tal vez Tyler la ayudara. Tal vez no la obligara a ir, o igual la acompañaría, la protegería del criminal. Tal vez acabarían juntos, y aquel episodio quedaría simplemente como un mal recuerdo.

Pero no. No todo iba a ser tan sencillo. Cuando estuvo vestido, Tyler se acercó a Caroline y le tendió la mano. La chica se la dio, y el joven la ayudó a levantarse. Esperaba ver una expresión triste o enfadada en el rostro de Tyler, pero lo único con lo que Caroline se encontró fue con una expresión dura, fría. Caroline comprendió. A Tyler le importaba más la aprobación de William Forbes que la felicidad de su hija.

Caroline empezó a llorar, pero no hizo nada por evitar que el chico la sacara de su habitación, todavía en camisón, y la llevara hasta las mazmorras. Cuando vio aquel lugar sucio y oscuro, Caroline quiso salir. No podía entrar ahí. Sin embargo, Tyler la agarró del brazo, y la obligó a entrar. Cuando la soltó, la chica supo que al día siguiente tendría una marca. Tyler cerró la puerta, dejándola encerrada. La chica sabía que había un guardia junto a ella, que no tenía nada que temer. Y aun así, no pudo evitar llorar.

Cuando se tranquilizó un poco, ya había tomado una decisión. Iría allí. Lo convencería de que dijera la verdad. Luego todo volvería a la normalidad. O casi. Nunca volvería a hablar con Tyler, y la relación con su padre cambiaría para siempre.

Los presos se acercaron a las puertas de sus celdas conforme ella caminaba por el oscuro pasillo, apenas iluminado por las antorchas. Alguno de los presos ni siquiera tenía fuerzas suficientes para caminar, por lo que se acercó arrastrándose. Caroline sabía que esperaban ser el objetivo de la visita de Caroline, que esperaban salir de allí. Había un solo preso que no se había acercado a observarla. Y era justo al que Caroline iba a ver.

Se acercó con paso decidido, aparentando una tranquilidad y una frialdad que no sentía. Miró al interior de la celda. Dentro, Kol Mikaelson se encontraba sentado en el suelo, repantigado, con la espalda apoyada en la pared y las piernas cruzadas. A diferencia de los demás, parecía que estuviera cómodo allí dentro.

Kol sonrió cuando vio a Caroline.

- Me preguntaba cuánto tardarías en venir.


Primer capítulo, terminado. Esta historia, por cierto, tiene cinco capítulos + prólogo + epílogo.

Espero que os guste :)