CAPÍTULO III

TERRIBLES CONSECUENCIAS

Caroline Forbes subió al carruaje en el que ya esperaba Tyler Lockwood. Su padre, que llegaría en apenas unos momentos, había preparado un viaje a Alemania para conocer al que era ya el prometido de Caroline: Matthew Donnovan. La chica no quería casarse con él. Sin embargo, era mejor que el hombre que se encontraba en frente de ella, y que la miraba como si quisiera matarla. Era comprensible. Por culpa suya, Tyler ya no se casaría con ella, ni probablemente con nadie. Gracias a ella, Tyler había quedado en ridículo frente a todos.

La joven recordaba perfectamente la escena, casi un año atrás, cuando su padre y varios guardias lo habían encontrado en la celda que había pertenecido a Kol Mikaelson, el hombre más peligroso de Francia, el más buscado. Por lo visto, Kol lo había noqueado cuando este abrió su celda para poder darle una paliza. Incluso el preso de la celda de enfrente atestiguó haber visto lo sucedido.

Sólo Tyler, Kol y la propia Caroline sabían lo que realmente había sucedido. Pero no importaba lo que realmente hubiera sucedido. Lo que importaba era lo que hiciera que Caroline todavía fuera una dama, una joven muy pretendida que contraería matrimonio durante los próximos meses. Así que la chica había permitido que su padre golpeara a Tyler frente a ella y todos los demás nobles, por haber cometido aquella estupidez. Y luego… Tyler se había asegurado de que la venganza doliera. Caroline no había vuelto a hablar con él para nada que no fuera insultarlo o reírse de él. Y tampoco parecía que él estuviera muy dispuesto a ser su mejor amigo.

- Ya estoy aquí-dijo William Forbes, subiéndose al carromato con una gran sonrisa en el rostro. Hacía tiempo que parecía muy feliz, y Caroline no era capaz de averiguar por qué. Kol se había escapado antes de que lo matara, y su riqueza había disminuido bastante por todo lo que se llevaron los otros hermanos Mikaelson. Y sin embargo, parecía más feliz que nunca-. Este será un viaje largo. Más os vale guardar silencio y no molestarme.

- Por supuesto, lord Forbes-contestó Tyler, siendo el perrito faldero que siempre era-. No se preocupe.

Caroline rodó los ojos, pero no dijo nada. Había aprendido que era mejor no hacerle caso a Tyler cuando su padre estaba presente. Por mucho que se hubiera enfadado con él, desde entonces el joven noble se había convertido en el mayor seguidor de su padre, hasta tal punto que Forbes lo defendía si alguien se metía con él. Así que Caroline giró la cabeza, y miró el paisaje a través de la translúcida cortina. No era un buen día, había grandes nubes oscuras en el cielo. Sin embargo, Caroline adoraba aquel clima. Cuando era pequeña, pasaba horas jugando en la lluvia con su padre y sus hermanas. Todo había cambiado tanto, en tan poco tiempo…

El viaje transcurría tranquilamente. Tyler también miraba el paisaje, y el señor Forbes escribía algo en un pequeño cuaderno con tapas de cuero negro. Podía parecer un simple diario, pero probablemente estaba escribiendo algún plan de dominación mundial, pensó Caroline. Así era su padre. Ocultaba sus maquiavélicos planes en cosas tan simples como un diario que mostraba en público.

Los caballos se detuvieron repentinamente, y comenzaron a relinchar inquietos. La mirada de Caroline se dirigió rápidamente hacia su padre, pero este la ignoró por completo y miró a través de la cortina. Su expresión, que había sido totalmente serena y calma hasta el momento, cambió a una máscara de odio y enfado tan grande que sorprendió a Caroline. Sólo lo había visto así dos veces: cuando atacaron su casa, y cuando su preso escapó.

- Son ellos-dijo solamente, pero tanto Tyler como su hija supieron a quién se refería-. Quédate aquí, Caroline. Tyler, mata al cabrón que te dejó en ridículo ante toda la nobleza. Yo me encargaré de sus hermanos. No van a salirse con la suya y robarme dos veces.

Dicho esto, ambos hombres salieron del carromato. Caroline se quedó inmóvil unos segundos, sin saber qué hacer. Obviamente, debería quedarse donde su padre le había ordenado, o como mucho salir de allí y huir para que nadie la encontrara, como haría una dama que apreciara la opinión que se tenía sobre ella. Pero ella era Caroline Forbes, una dama propensa a no comportarse como tal. Así que abrió el baúl que su padre siempre llevaba consigo y extrajo de él una espada no muy pesada, la única que podía agarrar sin sentir que su brazo fuera a ceder y dejarla en ridículo por no poder siquiera coger una espada.

Cuando era pequeña, su padre le había enseñado a manejar una espada, porque él siempre le había dicho que las mujeres eran precisamente las que debían estar más preparadas para hacer frente a los agresores. Al fin y al cabo, eran bastante más débiles físicamente, y los atacantes tenían una gran tendencia a no dejarlas en paz. Por supuesto, sus entrenamientos de esgrima terminaron cuando se convirtieron en importantes nobles, por lo que su técnica probablemente estaba muy desmejorada, y lo más seguro era que no pudiera hacer nada para detener a los agresores. Pero ella no permitiría que su padre fuera atracado y quedarse quieta. No quería sentirse inútil.

Salió del carromato, y chocó directamente con un pecho que, tal vez a su pesar, ya conocía. Miró arriba y se encontró con la mirada de Kol, que parecía mucho más serio que antes, e incluso más guapo que meses atrás. Él no dudó, y la cogió, colocándola boca abajo sobre su hombro, como si fuera un simple saco de patatas. Rápidamente, ambos se alejaron del camino, que se había convertido en un campo de batalla. Caroline se quejó, gritó y golpeó la espalda del ladrón, pero nada dio resultado.

Kol se detuvo cuando ya estaban a muchos metros del carromato, y la dejó al lado de unos caballos con cuidado. Uno de los caballos relinchó, como si saludara al chico, y tal vez en otro momento él le hubiera prestado atención, pero aquel era un momento importante.

- ¿Por qué siempre tienes que robar a mi padre?-preguntó la chica-. ¿Tanto quieres que te mate? Prometiste que no harías daño a mi familia.

- No venimos a robar-contestó Kol, mirando fijamente a los ojos azules de la chica-. Venimos a vengar la muerte de nuestra hermana. Pero tú no tienes por qué ver nada. Así que corre, huye de aquí. Coge este caballo, es el mío. Sé que no suena muy bien, pero no quiero volver a verte. Considera esto mi manera de pagarte por tu ayuda el año pasado. Protege a tus hermanas tú misma.

Sin esperar respuesta, Kol cogió la espada de Caroline, y se marchó corriendo, dejándola totalmente boquiabierta. Ella no podía marcharse. No podía permitir que Kol matara a su padre. No lo había liberado para eso. Su padre podía ser un hombre ambicioso y no tener una gran empatía, pero, en el fondo, era su padre. No permitiría que lo mataran. Así que salió corriendo, maldiciendo su pesado vestido y sus incómodos zapatos.

Debía sacar a su padre de allí. Luego ya vería qué debía hacer. Cuando llegó al lugar de la lucha, su padre había desaparecido. Caroline no supo si eso era bueno o malo. Bien podría estar persiguiendo a alguien para terminar con él. O muerto, en alguna zona oscura del bosque en la que sólo los animales lo encontrarían. Caroline se forzó a sí misma a no pensar en la posibilidad. Tyler estaba intentando huir, agarrándose una pierna totalmente desgarrada y ensangrentada. La chica quiso ir a ayudarlo, pero tenía otras prioridades. Comenzó a acercarse a uno de los guardas de su padre, que estaba muerto a pocos metros de ella. En aquel momento, sin embargo, a Caroline sólo le importaba el hecho de que llevara una espada.

Un hombre se puso delante de Caroline, con una sonrisa que la asustó más de lo que nada la hubiera asustado jamás. Quiso correr, pero el hombre la agarró, y la alejó de allá, sin ninguna delicadeza. La tiró al suelo, en medio del bosque, y empezó a desvestirla. Caroline negó con la cabeza, e intentó pegarle una patada. Por el gesto que hizo, debió dolerle, pero el hombre ni siquiera emitió una queja; y pronto su vestido estuvo totalmente destrozado en el suelo. El hombre procedió a quitarse los pantalones, y Caroline gritó. Llamó a su padre, llamó a Tyler… pero, sobre todo, llamó a Kol.

Nadie vino en su ayuda. Cuando aquel hombre estuvo dentro de ella, Caroline sólo pudo gritar. Gritó muy fuerte, y cuando el hombre la golpeó, comenzó a llorar. No se movió. Dejó que aquel hombre, aquel Mikaelson, terminara, y cuando finalmente se alejó de ella, se arrastró hasta el camino.

No fue consciente de lo que sucedía, pero supo el momento en el que dejó de estar tirada en el suelo. Fue depositada en un cuerpo, un cuerpo peludo y caliente, y no muy cómodo. No le importó. Sólo le importaba el dolor. Y el vacío. Estaba arruinada. Ya no podría casarse, nunca sería respetada, y jamás volvería a ser querida por nadie. Su vida terminaba en aquel momento.

Oyó un grito de dolor, y, con un gran esfuerzo, logró abrir los ojos. Vio a Kol, clavándole la espada que ella había cogido del baúl de su padre al hombre que la había violado. A su hermano. Caroline lloró. No sabía por qué. Sólo sabía que debía llorar. Cuando Kol dejó caer la espada y se giró hacia ella, Caroline le sonrió, con lo que pensó era una sonrisa de compasión y de comprensión. Luego, todo se volvió negro.


Cuando despertó, se sentía bastante mejor. Estaba tumbada en un colchón no muy cómodo, cerca de una chimenea encendida. En la sala había un olor que hizo que a Caroline se le aguara la boca. Estaba muy hambrienta, pero se sentía demasiado dolorida y agarrotada como para levantarse. Hizo, sin embargo, el esfuerzo de abrir los ojos.

Estaba en una cabaña no muy grande, que consistía en una sola sala. Ella estaba tumbada en un colchón bastante estrecho, colocado en el suelo, y en la chimenea había una olla de la que salía aquel olor que le había dado tanta hambre. Había una pequeña banqueta de madera, en la que estaba sentado… Kol.

No miraba hacia donde ella estaba, por lo que Caroline se permitió observarlo por unos minutos. El chico parecía muy cansado. Tenía la cabeza gacha, y miraba al fuego sin parecer percatarse de nada que sucediera a su alrededor. Sus hombros estaban caídos, e iba descalzo. Su camisa estaba mal puesta, y sus pantalones, sueltos.

Caroline recordó todo. Aquel Mikaelson, Kol rescatándola, y luego matando a su agresor… Le dolió, y tuvo que volver a cerrar los ojos. Notó cómo las lágrimas rodaban por su cara, y se las limpió. Kol se giró hacia ella y se percató de que ya estaba despierta. Se acercó a ella, pero no la tocó. No estaba seguro de cómo reaccionaría ella ante el toque de nadie.

- ¿Cómo te encuentras?-le preguntó, casi susurrante.

Caroline quiso contestarle, pero su garganta estaba muy seca, y lo único que salió de su boca fue un ronco sonido poco parecido a su habitual voz. Kol le alcanzó un poco de agua, y tras beber lentamente, la chica pudo finalmente contestar.

- Bien. Creo. Kol…

- No digas nada. Sé que viste lo que pasó. Sé que recuerdas todo. Y sé que duele. Pero no te preocupes. Todo va a salir bien.

- Tu hermano…

- Finn ya no es mi hermano. Les dije a ambos que no te tocaran. Y él no sólo no me hizo caso, sino que…-el chico no terminó la frase. No hacía falta. Caroline volvió a llorar, en total silencio, y Kol se movió incómodamente desde su posición, queriendo acercarse a ella, pero temiendo hacerle daño-. No te preocupes, Caroline. Te prometo que te protegeré. Nunca dejaré que nadie te haga daño.

La chica asintió, dispuesta a dejarse cuidar. Hacía mucho que no sentía que alguien la cuidaba, que alguien se preocupaba por ella. Y lo echaba mucho de menos, más de lo que pensaba.

- Kol-dijo ella minutos después, cuando sintió que las ganas de llorar habían disminuido. Kol estaba sentado junto a ella, dispuesto a ofrecerle cualquier cosa que ella quisiera-. Gracias. Gracias por cuidarme, y por salvarme la vida. Pero debería volver.

- No dejaré de protegerte, Caroline-le dijo él, mirándola fijamente a los ojos-. Mi hermana murió por culpa de tu padre, y sé que en el fondo tu padre acabará haciendo lo que sea para conseguir más tierras, incluso si debe hacerte daño así. Así que estás mejor conmigo, créeme.

- Sí. Tampoco es que me apetezca volver a la Corte. Ya no tengo nada que hacer allí. No me puedo casar, mi padre probablemente me abandone cuando se de cuenta, y…

- Y si ninguno de esos hijos de puta quieren estar contigo después de que hayas sido atacada, significa que tú tampoco deberías querer estar con ellos. ¿Quieres?

- No lo sé. He sido criada para ser vendida a un noble, Kol. Sólo sé ser buena esposa.

- Una buena esposa merece un buen marido. Cuando encuentres al hombre apropiado, dejaré que te cases con él. Hasta ese momento, si es necesario, te llevaré a rastras conmigo.

Muy a su pesar, Caroline rió. Lo creía muy capaz de hacer lo que había prometido. Tal vez aquello no saliera tan mal. Tal vez no lo odiara. Tal vez, incluso... le tuviera cariño.


Vivir con Kol Mikaelson era bastante estresante. Él no podía parar quieto. La cabaña en la que vivían, que había estado abandonada por algunos años, estaba vacía cuando llegaron, por lo que Caroline tuvo que vender todas las joyas que llevaba encima para poder conseguir todo lo que necesitaban. Al menos, estaban prácticamente autoabastecidos. Kol cazaba todos los días, y si no tenía suerte, se aseguraba de que Caroline hubiera recogido frutos. Ambos iban hasta el río, y mientras uno lavaba, el otro cogía agua que llevarse para que les durara todo el día. Incluso había conseguido montar una mesa a base de madera encontrada en el bosque y trabajada con un cuchillo que había comprado en el pueblo.

Desde luego, no se aburrían. Caroline se echaba en la cama cada noche sintiéndose totalmente agotada, y ni siquiera tenía fuerzas para quejarse de Kol, que siempre acababa ocupando casi toda la cama, dejándola a ella acurrucada contra la pared. Tampoco le molestaba. Hasta cierto punto, sabiendo que él nunca le haría daño, le gustaba sentir el calor de su cuerpo cerca del suyo. La hacía sentirse... protegida.

Unas semanas después, empezó a sentirse enferma. Se sentía más débil, y vomitaba casi todas las mañanas, apenas después de desayunar. Comenzaba a sospechar que tal vez estuviera embarazada, pero decidió no contárselo a Kol. El chico estaba últimamente de muy buen humor, y no quería enfadarlo con suposiciones.

Sin embargo, sus sospechas fueron reafirmadas cuando comenzó a sentirse algo hinchada, hasta el punto de dejar de usar corsé. Se había negado a dejarlo, intentando no dejar de lado por completo su antigua vida. Sí, era incómodo, pero también era un recordatorio. Un recordatorio de su tranquila y pacífica vida anterior.

- Kol-le dijo un día, cuando ya estaba segura de estar encinta. Estaban ambos en el río. Era un día soleado, y habían tenido los pies en el agua el tiempo suficiente como para que se les arrugara la piel. Kol se encontraba a pocos metros de ella, lavando su camisa mientras silbaba.

- Caroline-contestó él, dirigiéndole una deslumbrante sonrisa. Ella se quedó en silencio por varios minutos, por lo que Kol incluso terminó de lavar su camisa. Se levantó de donde estaba, y dejó su camisa en una roca, a la que siempre le daba el sol. Se acercó y se sentó junto a ella, y cerró los ojos.

- Estoy embarazada-tal vez debería haber sido algo más sutil a la hora de decírselo. Tal vez debería haber roto el hielo antes de darle la gran noticia. ¿Por qué demonios no lo había hecho?-. Quiero decir…

- No creo que haya ambigüedad en palabras como esas, Caroline-la expresión de Kol había cambiado por completo. Estaba muy serio, y en su expresión se observaban la furia y… el miedo-. ¿Desde cuándo lo sabes?

- Sospechaba desde hace pocas semanas pero…

Ya sabía yo que no te quitarías el corsé a no ser que fuera estrictamente necesario-comentó el chico, pero sin dirigirse específicamente a ella. Se levantó, y le ofreció una mano. Ella la tomó, y se levantó-. Nos vamos a ver a un médico ahora mismo. Deberías habérmelo contado antes.

- Lo siento.

Repentinamente, Kol la atrajo hacia él, y la abrazó. Ella lloraba. Odiaba llorar, pero parecía que no podía parar, al menos no desde… el ataque. Tampoco había dejado que Kol la tocara, hasta aquel momento. Aunque, la verdad, tampoco es que hubiera tenido otra opción. Su instinto, un sentimiento que se había formado en su interior desde aquel día, le decía que debía apartarse de él, que la heriría. Pero no lo hizo. No lo hizo, porque necesitaba aquel abrazo. Y se lo merecía.

Kol le acariciaba la espalda con suavidad, casi arrepintiéndose de haberla tocado. Había sido muy respetuoso con ella, y a pesar de que debían dormir en la misma cama, nunca la había tocado. Se echaba después de que ella se hubiera dormido, y despertaba siempre antes que ella. Así evitaba situaciones incómodas.

Caroline se apoyó en él, y lloró hasta pensar que iba a deshidratarse. Siempre había querido ser madre, como cualquier jovencita. Al fin y al cabo, aquel era su mayor objetivo en la vida: casarse con un noble y darle hijos. Pero así, sin estar casada, y habiendo huido de su padre y de todo lo que siempre había conocido… Nunca hubiera imaginado que su situación fuera a desarrollarse así, ni siquiera después del ataque.

Y todo parecía estar bien, aparte de la conmoción inicial y del temor que se había instalado en el corazón de la chica. Kol la había llevado con un médico tan pronto como ella se encontró lo suficientemente bien como para dar su consentimiento. La habían revisado, y el médico había dicho que estaría bien, que sólo estaba conmocionada y agotada. Que no habría secuelas. Pues vaya que sí la había, y una muy difícil de esconder. Estando embarazada, no podrían vivir tan apartados de la gente. Él no sabía cómo tratar a una mujer embarazada: él era el segundo menor, por lo que había sido tan sólo un bebé cuando su madre estuvo encinta por última vez; y Rebekah había muerto antes de contraer matrimonio. Y Caroline necesitaría cuidados.

Así que sólo había una opción.

Kol se separó lentamente de ella, pero no quitó las manos de sus hombros. La miró fijamente, hasta que ella levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Él sonrió, intentando darle ánimos.

- Que nunca se te ocurra pedir disculpas por algo como esto-le dijo, negando suavemente con la cabeza-. No es tu culpa, y en cierto modo, es algo precioso. Obviamente, la situación podría ser mejor. Pero, si es necesario, yo seré el padre de tu bebé, Caroline. Te prometí que nunca dejaría que sufrieras, y no te voy a abandonar ahora.

- ¿Pero qué vamos a hacer? Si antes ya estaba arruinada por haber perdido mi virtud, ¿qué crees que sucederá si tengo un hijo fuera del matrimonio?

- Eso es lo que intento decirte, Caroline-Kol se separó un poco de ella, y sonrió, con aspecto inocente. Caroline frunció el ceño, totalmente confundida-. Cásate conmigo, Caroline Forbes. Sé que no soy uno de esos nobles estirados que te gustan, y sé que tal vez no vaya a poder darte los lujos que quieres. Pero prometo que, si aceptas, os protegeré a ti y al bebé con mi vida.

Caroline se quedó quieta, en silencio. Jamás hubiera imaginado que su vida fuera a tomar un rumbo como aquel. Y sabía que no tenía más opción que aceptar. No es que casarse con Kol fuera a ser horrible. No, para nada. Llevaban un tiempo ya viviendo juntos, y no tendrían problemas de convivencia. Pero Caroline no hubiera querido que ocurriera así.

Sonrió, sin embargo. Estaba segura de que no era una sonrisa feliz, pero Kol la aceptó, y le sonrió de vuelta. Le cogió la mano, y le besó el dorso suavemente, como hubiera hecho cualquier noble de la Corte. Caroline recordó a Tyler. Se preguntó que le habría pasado, pero no le preocupó mucho. Tyler la había tratado fatal desde lo que ocurrió la noche en la que Kol se escapó, e incluso la golpeó. Por supuesto, Caroline se aseguró de vengarse. Ambos sabían que desde aquella noche su relación había pasado de cortejo a odio. Y ninguno de los dos se arrepentía.

- De acuerdo-dijo ella al final, asintiendo con la cabeza-. Casémonos.