Canciones Inspiradoras: Elastic Heart de Sia y algunas de Alejandro Sanz xD


Naranjo y Olivo

Capítulo tres: "Mimi"


—El maldito te entregó las llaves del auto, ¿eso quieres que crea? —dijo Tai, mirando lo que iba a convertirse en una piscina. Rodeó el auto para analizar cada detalle y verificó que no había engaño en esa extraña acción—. Chizuru debió golpearlo después de hacer eso.

—Llueve mucho…

—También me mojo y no por eso recibo un auto —respondió áspero y abrió la puerta del copiloto para inspeccionar desde adentro. Se sentó en el mullido sillón y abrió la gaveta, se miró en el espejo y luego, con el tacto, exploró lo que había debajo de él. Nada, bufó intranquilo y salió del auto.

—La mitad del auto era mío.

—Por todo lo que has pagado por él es tuyo, querrás decir —corrigió y se fue a sentar en el asiento del piloto esta vez, puso las manos en el volante, corrigió el ángulo del espejo retrovisor y acercó la silla. Kido tenía unas enormes y largas piernas, de las cuales, Chizuru podía alardear con sus amigas, claro, si las tuviese.

—Lo compré durante el matrimonio, si la ley todavía no ha cambiado, la mitad es de ella. Deberías ir con Cody a que te lo explique, no me fastidies más —replicó bromeando con lo último, sabía que a Tai no le gustaba el abogado desde que… bueno, se peleó con todos a causa de la francesa.

—No hablaré con ese hijo de puta —indicó y salió del auto—. Acuerdo prenupcial, siempre te lo dije. Nunca me escuchas.

—No se sentía bien —reconoció. Chizuru estaba embelesada con la idea de pasar el resto de su vida con él, y él… Aunque no imaginaba lo que pasaría a partir de un año más, sentía que ese paso era el que debía tomar con ella. Además, el matrimonio se construía a base de confianza y un acuerdo como ese no parecía correcto. Su madre lo alabó, Tai lo rechazó.

Un celular vibró pero no era de él. Tai se fue a una esquina del estacionamiento del edificio y sonrió, tecleó algo de vuelta para luego caminar otra vez hacia el auto en peritaje.

—Trabajo —le dijo y guardó su celular en su bolsillo.

—Sí, sí, salúdame a Catherine cuando la veas. —Cerró el auto y se dispuso a caminar de vuelta al edificio. Su hija debía estar en su cama, batallando contra el sueño solo para alcanzar a ver el final de la película que ya había visto infinitas veces. A su madre no le gustaba ver más de dos veces las películas ya que perdían la magia y la emoción, como su matrimonio. Por eso ella le había pedido verla apenas salió de la ducha y se metió dentro de su pijama. La lluvia seguía tan intensa que solo apetecía hacer eso.

—Dile a Mimi que quiero que me compre una camisa —respondió luego de un rato. No debía sorprenderse de que supiera, después de todo, Mimi y la francesa eran amigas y vivían juntas. Por esa misma razón, no era ilógico pensar que Tai lo llamara después de ver a Mimi llegar congestionada a la casa. Quería confirmar las sospechas de su novia, pero solo confirmó que volvía a tener auto.

—La ves más que yo —resolvió antes de cerrar la puerta que daba hacia el edificio.

—Sigue mintiéndome, maldito.

Se subió en el ascensor, las puertas se cerraron y se arrepintió. Su reflejo le dio crédito a las palabras de su mejor amigo «Estás gordo y deprimido.» Su estómago se comenzaba a abultar debajo de esa camisa, una visión deprimente. Repasó su estilo de vida desde que su exesposa le había arrojado las llaves y siempre era lo mismo: trabajar todo el día con una taza de café a su lado y en la noche llegaba a su casa a ordenar algo. Ese día, Mimi lo había obligado a comer pizza en el almuerzo pero no por eso debía felicitarse por ser más sano.

Las puertas se abrieron y caminó hasta su departamento. Su hija se estaba perdiendo el final pero al menos parecía estar tranquila durmiendo. Se acostó a su lado y sintió su respiración pausada, y decidió que la quería de vuelta. No con Chizuru, claro, pero con Mimi cuidando de ella junto a él. Se sintió idiota y trató de dormir.

Soñó una incoherencia tras incoherencia, en un momento estaba en un lugar y, al cruzar una puerta, estaba en otro. Él era sí mismo y luego se transformaba en otra persona. Aparecieron conversaciones pasadas con su hija, discusiones con Chizuru y el beso de Mimi. Al final de las tonterías, Kido aparecía con las llaves de su casa, diciéndole que todo era suyo, incluyendo la piscina.

Despertó ya en la mañana, cuando su hija decidió despertarlo arrojándose sobre él. Se despertó sobresaltado, pero lo primero que vio y oyó fue su hija.

—Dormiste mucho —dijo ella. Se sonrió somnoliento, sin su exesposa no había horarios estrictos de los cuales aferrarse, pronto había comenzado a desprenderse de ellos. Dos semanas le había llevado acostumbrarse a la vida solo. Coincidía con el tiempo que transcurrió desde el quiebre con la madre de su hija hasta la pizza con piña de Mimi.

—Estaba cansado —respondió luego, con voz calma, era la primera vez que dormía tan bien, aunque no había algo memorable que recordar durante el sueño. Ahora, podía decirse que estaba tranquilo con la vida que había cambiado Chizuru al abandonarlo.

—Sí, por eso mamá dice que deberías dejar de trabajar. —Gateó hasta la punta de la cama y saltó, dispuesta a irse a la cocina pero se detuvo al umbral de la puerta—. ¿Por qué el novio de mi mamá gana más dinero que tú? Tú trabajas más.

—Es mi jefe —respondió no muy contento, no era pertinente que una niña de su edad pensara en ello—. ¿Mamá te habla de eso?

—La escucho hablar, ella no sabe.

—No escuches —ordenó y se levantó de la cama para dar por terminado el tema. Ella asintió y retomó su camino hasta la cocina. Se sentó en la mitad de la mesa con un vaso y la caja de jugo que su madre había enviado junto a ella. Él encendió la cafetera y tostó dos rebanadas de pan, mientras bostezaba.

—Te gusta mucho esa camisa —indicó su hija con un bigote naranjo de los colorantes artificiales del jugo. Llegó con una servilleta de papel a su lado y se lo removió entre las risas de la pequeña. No le gustaban esos jugos, si sus tostadas podían producirle cáncer a su hija, ¿qué le provocarían esos jugos naturalmente artificiales?

—¿Por qué? —preguntó finalmente, botando la servilleta usaba a la basura.

—No te la quitaste para dormir, no te quitaste nada de hecho.

—Estaba cansado —se excusó, pero sí le gustaba la camisa aunque no le gustara reconocerlo y tuviese el color de un árbol de aceitunas. Su cabello resaltaba pero no de mala manera. Sacó las tostadas y se las extendió a su hija en un plato. Rápidamente ella les untó mantequilla para echárselas a la boca casi con placer.

—¡Tus tostadas son las mejores!

Él rio, no había nada especial en ellas, su hija las hacía especiales. Seguramente, Kido las hacía exactamente iguales a escondidas de Chizuru para complacerla, pero él no era su padre y ella no lo quería mucho.

El teléfono sonó y fue a contestar con una taza de café amargo en la mano.

—Ven a verme —pidió Mimi del otro lado, estaba riéndose y la imaginó sentada en el sillón de Catherine mirando a través de la ventana empañada con su atuendo para dormir.

—No puedo —respondió con voz queda, mientras observaba a su hija untar la segunda tostada y sonreír.

—¿Estás con otra chica?

—Sí… —dijo—. Mi hija vino ayer en la noche.

—Lo sabía, sabía que no podías engañarme con otra —bromeó—. ¿Qué estás tomando de desayuno? No me hables de ese asqueroso café amargo. Toma agua y limpia tu sistema.

—Quizás lo haga.

—Es tu deber —resolvió calmada. No pudo evitar sentir que ella solo maquinaba un hechizo cruel al recordar que Chizuru había usado esas exactas palabras la última vez que lo llamó—. Estoy nerviosa por lo del museo el lunes, porque sigue en pie, ¿cierto?

—Claro que sí. —Oyó un suspiro aliviado en la otra línea. Volvió a ver a su hija, se levantaba para dejar el vaso y el plato de su desayuno en el fregadero como bien le había enseñado su madre, y luego iba por él. Era su día con su padre y no podía malgastar su tiempo—. Debo colgar, Mimi.

—Está bien —dijo—, puedes venir a verme cuando quieras.

Colgó.

—Papi, ¿quién era? —preguntó su hija, abrazándose de su pierna.

—Una amiga que quiere ir al museo.

—¿Mañana? —Parecía preocupada y molesta, pero pronto cambió la expresión de su rostro. Ocultaba su fastidio enterrando su cara en la tela del pantalón.

—¿Te molesta? Llevará a su hijo.

—No, no me molesta —indicó y se fue al baño con una mala cara.

Izzy se sentó en la cama mientras oía el agua corriendo y el vapor comenzaba a filtrar por la puerta entreabierta del baño. El sentimiento de culpa lo embargó, sensaciones que solo hablaban que no podía estar con Mimi, que solo su hija debía ocupar su mente. Se sintió dividido.

Su hija salió del baño con un vestido color naranjo.

—¿Estás lista?

—Sí —respondió tímida—, puede ir tu amiga si quieres, no me molestaré. —Sonrió, parecía que el agua se había llevado todo su fastidio.

—Solo si no te molesta.

—No, no me molesta. Si mamá puede tener su amigo, supongo que tú también.

—Kido no es su amigo, hija —resolvió.

—Lo sé, pero eso me decía mamá que era Kido antes de irnos de la casa. No puedo decirle de otra forma.

Entró una llamada por lo que no tuvo que responderle eso. Era Chizuru, dijo que estaban abajo y que podían bajar ya. Al colgar, vio que su pequeña copia había ido a su antigua habitación y buscó su pequeña mochila con lo poco que había llevado.

—Vamos —le dijo y tomó su pequeña mano.

El descenso fue lento y en silencio, la había llevado por las escaleras ocultando la verdadera razón de sus extrañas decisiones ese día. Las escaleras, la ropa del día anterior, su amiga. Su hija disfrutó ese camino.

—Desde hoy usaremos todas las escaleras posibles —decretó, él asintió.

Ya afuera, el enorme auto de Kido los esperaba. El motor andando, Izzy supo que debía subir a la niña rápidamente ya que su madre no quería quedarse, seguía enojada por la vida que había tenido con el pelirrojo. Ella miraba hacia delante mientras su novio lo saludaba animosamente, como si estuviese ciego a lo que había ocurrido por su causa.

—Abróchate el cinturón.—Ella obedeció gustosa, le revolvió el cabello que le había heredado y le besó la mejilla—. Nos veremos mañana.

—¡Sí!

El auto se fue con una velocidad que no le gustó. Subió las escaleras rápidamente, entró en su cuarto y se tumbó boca arriba sobre la cama deshecha. Mimi estaba esperándolo, con su sonrisa coqueta y su pelo malgastado, sus manos suaves podrían acariciarlo y sus labios dulces besarlo. Quería ir pero el olor de su hija impregnado en su cama no lo dejaba fantasear tranquilo con la neoyorquina. La niña quedaría devastada si sus dos padres se olvidaran tan inesperadamente uno del otro como su amor por su compañera de la infancia. Pero internamente sabía que siempre lo había hecho, era la única chica que había visto algo en él además de su baja estatura. O eso quería creer, ella era una criatura indescifrable. Cerró sus ojos, lamió sus labios intentando recordar los de Mimi sobre él. La imaginó entrar en su habitación, gatear por su cama hasta que su entrepierna estuviera sobre la de él.

Su corazón se aceleró, sus manos fueron hasta su cara y se la restregó. La novia de otro mundo y la chica del autobús lo observaban sentadas a un lado de la ventana, donde su hija antes se sentaba para observarlo dormir entre risas. Siempre abría la boca al dormir y su hija eso le parecía divertido. Las mujeres que ahora lo observaban disimulaban una sonrisa. Sabían qué estaba pensando, quería ir donde Mimi y arrancarle la ropa, algo que nunca había deseado antes. Era un hombre respetuoso y aburrido, pero Mimi lo hacía perder la cabeza con su sonrisa felina y su coquetería. Había aceptado a Chizuru cuando supo que ella se casaría con Michael, se había reprimido con los años, y su esposa, luego de incontables noches en vela, sabía qué era lo que sucedía con su esposo.

Se levantó de la cama y se metió en la ducha, sin quitarse las manos del rostro. Restregándose para la piel para quitarse esa sensación. Las chicas de su imaginación negaban enérgicamente con la cabeza, estaba a punto de explotar y no había nada que él pudiese hacer para impedirlo. Cada una de ellas representaban un hito en su vida; la primera, la novia, era el día que decidió aceptar a Chizuru, la alumna en práctica que lo amaba en secreto, y la segunda, la chica del autobús, había sido el presagio de algo que él sabía que ocurriría: vería a Mimi y finalmente pasaría algo entre ellos.

Salió de la ducha, volvió a vestirse con la camisa de color de un árbol de aceitunas. Sacó las llaves de su nuevo (o viejo) auto y bajó de prisa por las escaleras. Debía verla o su cabeza estallaría. Ambas chicas iban sentadas en los asientos traseros y juntaban sus manos como si fueran cómplices.

No sabía lo que estaba haciendo, llovía torrencialmente allá afuera y él no había puesto un impermeable sobre su camisa de color olivo. Se detuvo frente a la casa de la francesa y apretó el volante en sus manos, suspirando, abrazando la idea de volver a su departamento, pero una mirada hacia atrás hizo que se retractada, las chicas estaban molestas y él no podía aguantar disgustarlas. Salió del auto con un suspiro nervioso y se dirigió hasta la puerta de la casa, sus rodillas temblaban y cabeza martilleaba.

Una última mirada al auto y no hubo señal de las chicas que lo acompañaban para atormentarlo.

Tocó y no hubo mucho tiempo de espera.

—Estaba esperándote, cariño —dijo Mimi, cerró su mano sobre la tela de su camisa y lo atrajo hacia sí, su aliento olía a vino y sus ojos adormilados le daban la razón al grito de sus sentidos; la mujer estaba ahogada en una pena profunda. Era cobarde sin el licor burbujeándole la sangre, con unas copas hacía lo que se proponía. Mimi no sea veía confiada ni en la cafetería ni en su casa. Ahora, estaba sumida en la efervescencia de su depresión y haría lo que fuera por acallarla. Besó los labios de Izumi cerrando los ojos, como si no quisiera que ellos vieran lo que estaba haciendo. Trató de resistirse pero no era posible. Había venido a eso, y aunque Mimi se hiciera daño, no podía detenerse.

Negó con la cabeza mientras respondía el beso desesperado. Ella desabotonó lentamente la camisa olivo que le había dado el día anterior, botón tras botón, la piel estaba erizada ante la tortura de la camisa. Necesitaba tocar su piel con la suya, nunca se había sentido tan desesperado. Gimió y ella formó una sonrisa al oírlo. Las manos de Izumi ya no estaban engarfiadas y buscaban exasperadas el fin de la blusa de ella para cerrarlas en su cintura y atráela hacia sí. Su piel era suave y se movía convulsionada en su estómago, cada vez que él pasaba la yema de su dedo sobre él. Cada reacción de ella lo fascinaba.

Ella se separó, aumentando su tortura. Su camisa estaba a medio desabotonar y ella tenía levantada la camisa hasta el ombligo. Le sonrió coqueta, se llevó las manos a los botones y empezó a liberar sus pechos y su cuerpo para que él la viera desde su posición. Estaba atontado desde su posición y sonrió tontamente cuando ella se sacó el corpiño y lo dejó caer al suelo. Sus pechos eran pequeños y seguían levantados con sus pezones endurecidos. Soltó una risa angelical cuando vio su rostro y sacó la lencería femenina de su trasero para tener el mismo fin en el piso. Se volteó, mostrándole los muslos y esperó a que él se le acercara.

Aprisionó cada pecho con sus manos frías y ella soltó un suspiro, el tacto debió ser electrizante. Besó su espalda suave, sus hombros y pronto notó que su piel estaba erizada como la de él, que aún llevaba ropa puesta. Sus pantalones nunca se habían sentido tan molestos.

—¿Porqué sigues vestido? —Protestó ella, quitó sus manos de sus pezones y volteó a mirarlo con su rostro felino.

Tomó su mano y lo guió hasta su habitación.


Despertó sobresaltado, estaba en una cama que no era suya pero sonrió de todas formas. Se sentía rebosante de felicidad, como si por fin luego de años y años de espera insatisfactoria se hubiese terminado. Pensaba en su yo del pasado y quería decirle que, sin importar abrumador y deprimente de la noticia que había llegado de los Estados Unidos, que no se preocupara, ya que todo parecía solucionarse. Aunque llevara años.

Quiso saber la hora pero no encontró en su muñeca el reloj de pulsera que su madre le había regalado, no sabía si lo había dejado en su casa o estaba por allí tirado, entre el corpiño de Mimi y sus pantalones. Reprimió una risa al pensarlo, nunca el coito había sido tan estupidizante para él. La única mujer para él había sido Chizuru y su piel y gemidos no parecían responder como él hubiese querido ahora que había intimado con Mimi.

La puerta se abrió de pronto y la mujer que lo tenía idiota apareció detrás. Llevaba su camisa olivo puesta y una taza de té en las manos, la visión hizo que bajara la vista hacia el suelo y reprimiera una sonrisa, era un estúpido, pero un estúpido feliz. Mimi sonrió enternecida y tomó el pantalón que había tirado en el suelo, junto a su mirada negra, solo para no tropezarse con él. Dejó la prenda sobre la cama y gateó con el té en una mano que salpicó el cubrecamas.

Hizo que bebiera de la taza. Él obedeció preso de sus ojos, el brebaje era una infusión de hierbas, manzanilla era la única que podía reconocer.

—Sabe rico, ¿verdad? —Él asintió, aunque era muy dulce para lo que tenía acostumbrada a su lengua—. Limpiaremos tu sistema de amargura desde ahora.

Izzy amaba cuando usaba el plural y lo involucraba.

—¿Qué hora es?

—Más de las diez. —Mimi rió ante su rostro de sorpresa, alargó un dedo y peinó una de sus cejas. Beso sus labios para que la dulzura de su boca lo despabilara—. Sí, no fuiste al trabajo. Tu jefe te llamó un par de veces pero le dije que se fuera al diablo.

—¿Qué? —Sonrió, cualquier cosa que ella hiciera le parecería una ternura. Al igual que su hija, solo que a Mimi la deseaba con cada fibra de su ser. Su hija era su extensión, la que cumpliría con sus sueños todo lo que él no habría logrado.

Mimi rio.

—No es verdad, no llevas celular contigo. Según veo. —Su mirada pasó por el pantalón, tampoco estaba en la camisa que tenía puesta y que él quería arrancar. Con lo mejor que se veía era con nada, pero esa mañana se sentía tranquilo, ahíto, casi tímido, sin querer perturbar la mañana con su voz. Como si fuera a despertar de pronto y encontrarse en su departamento gris—. Tengo que ir al aeropuerto, ¿me acompañas?

—Claro que sí —dijo y al instante se reprendió por sonar tan estúpido. Mimi debía estar acostumbrada a ese trato por parte de los hombres con los que había estado y, de la nada, sintió una punzada de celos.

—Bien, vámonos, tomemos una ducha. —Tomó su mano, dejó la taza a un lado y le besó los labios, todo el alcohol se había disipado la noche anterior. La cercanía de ella, y la lejanía del agua caliente, hizo que él se sintiera como la noche anterior y la sentó en su regazo—. No aquí, en la ducha.

Rio y él obedeció.

Salieron de la casa de la francesa una hora más tarde. Izzy sentía que reventaría de felicidad. Ni Tai ni su novia estaban presentes pero no quiso preguntarse más, seguramente el castaño había decidido dejarse de rodeos y se la llevó finalmente a su casa, para que sea parte de su vida y su desastre. Dejando atrás sus pensamientos de su amigo, encendió el auto y le dedicó una última mirada a su acompañante antes de echarse a andar sobre la carretera, con destino al aeropuerto. Mimi llevaba una sonrisa plasmada en su rostro pero el delineador negro en sus ojos la acompañaba ese día, Izzy quiso quitárselo con besos pero todavía se sentía tímido ante su presencia.

—Llegará en exactamente quince minutos, ¿crees que alcanzaremos a llegar?

—Sí, llegaremos en diez y tendremos cinco para caminar.

Mimi sonrió, tonta como él.

—Me gusta cuando hablas de nosotros. —A Izzy también le gustaba.

El aeropuerto estaba lleno de gente pero la castaña que lo tenía cautivado se abrió paso por la gente como si fuese un espacio abierto y vacío. Así lo sintió cuando le tomó la mano y lo guió por entre la gente. Sentía su corazón en la garganta y el pulso en su muñeca, al contacto con su mano, parecía que haría estallar sus venas. Miró el reloj digital de la tabla de vuelos y frunció el ceño. Faltaba hora y media para ir a buscar a su hija.

Esperaron a que los pasajeros desfilaran ante ellos y un pequeñín con el cabello y ojos de Mimi apareció con un bolso enorme. Izzy guardó las manos en los bolsillos inmediatamente, finalmente se había convertido en Kido y su necesidad de caerle bien al niño le daba repugnancia. Se vio a sí mismo preparándole tostadas al chiquillo y que este no le agradaban para nada, preferiría los waffles que su padre prepararía para él allá en el lejano continente. Sonrió cuando el niño lo miró al ser introducido por su madre.

—Hijo, él es Izzy, un amigo. —Con pesar recordó las palabras de su hija, «..., eso me decía mamá que era Kido antes de irnos de la casa. No puedo decirle de otra forma.» Él no era un amigo de ella y le mataba decirle esa mentira. ¿Y si Mimi pensaba que eso nada más eran? Ella lo necesitaba para que el chiquillo despegara la mirada de su pantalla—. Anda, salúdalo.

Yeah, right. —Puso sus ojos en blanco y estrechó su manita pequeña con la de él. Esa actitud desafiante era desagradable, y si fuera por él, no la toleraría. Miró a Mimi y ella pareció entender.

—No me gusta esa actitud, hijo.

—¿Desde cuánto? —Parecía impresionado, momentáneamente Izzy vio cómo el chiquillo malcriado se volvía sumiso, pero no fue más que unos segundos, luego de eso, volvió con la actitud berrinchuda.

—Desde siempre —murmuró altiva su madre, se levantó del suelo de donde estaba hincada para estar a su altura y rosó su brazo con el del pelirrojo. Se sentía segura a su lado, podía interpretar el papel de madre bien, no necesitaba un vaso de vino para darse ánimos. Lo miró de reojo y él asintió. Su hijo notó algo entre ellos pero no pudo replicar, Izumi empezó a caminar con las manos en los bolsillos.

—Nos vamos —dijo él, no quería confortamientos con el pequeño Mimi. Tomó la maleta del niño y se dejó guiar por la madre y el hijo por la muchedumbre, de vuelta al auto. Izzy trató por todos los medios calmar su corazón y las imágenes que lo asaltaban de pronto. La madre sobre él, gimoteando y riendo la noche anterior.

Era un maldito Kido.

Se subieron al auto, Mimi usó el asiento trasero a un lado de su hijo y lo instaba a que le dijera todo lo relativo a su vuelo, pero el niño tenía los labios sellados de resentimiento. Izzy miraba por el espejo retrovisor y los veía congeniar pobremente, y entonces, su mente le hizo una mala jugada: reemplazó a Mimi y a su hijo por Chizuru y su hija, y cuando la mujer le sonrió contenta, como si fuera una niña que consiguió el juguete que quería, cerró los ojos. No podía con esa presión.

—Buscaremos a la hija de Izzy a la escuela y haremos una visita al museo. —Mimi se veía radiante, como si todos los problemas se hubiesen desvanecido cuando Izzy apareció en su puerta. Lo tenía cautivo, encantado, y eso favorecía la relación que tenía con su hijo. La centraba.

—¿Museo? —El niño parecía disgustado por la idea.

—Son artefactos antiguos, es interesante. —Los labios del pelirrojo se abrieron de pronto y la lengua comenzó a hablar como si tuviera vida propia. Mimi, con una sonrisa, había hecho que lo dijera.

—¿Antiguos? —Torció la boca en una mueca, el mismo gesto que su madre hacía cuando no estaba convencida.


—¡Papi! —la oyó segundos después de que la campana sonara y liberara a los pequeños de sus prisiones. La niña iba un año adelantada, luego de nacer, Izzy había encontrado la entretención en despertarle la curiosidad a su hija, uno que otro juego de ingenio o largas conversaciones con la chiquilla que todavía no dejaba el biberón. Chizuru siempre le decía que debía esperar hasta que fuese mayor y que perdía el tiempo, entre risas al principio, luego con fastidio estampado en su voz—. No vas a creer lo que pasó.

—No lo puedo adivinar.

—Hoy en matemáticas… —dijo ella pero reparó en algo en su padre—. ¿Todavía no te quitas esa camisa?

—Sí… —le respondió dudoso, obviamente Chizuru la interrogaría al llegar y Kido la premiaría con dulces como su fuese un perrito. Arrugó la nariz ante ese pensamiento—. Ayer no tuve tiempo de cambiarme de ropa.

—¿Y hoy tampoco? —Preguntó curiosa, juntó sus cejas ante la duda. Izzy frunció la boca, no debió haber confiado tanta información. Sin embargo, con su hija nunca había existido secretos. Y eso era novedad, no podía decirle que había pasado la noche en la casa de su amiga. Su pequeño cerebro no estaba listo para eso todavía, y para su parecer, quizás jamás. Era y sería para siempre su pequeña niña.

—No tenía ropa limpia —mintió y se encogió de hombros al hacerlo. Su hija se rió, probablemente pensaba que él sin su madre estaba perdido. Aunque se viera bonito con su nueva camisa, sin flecos ni adornos llamativos—. Ven, te presentaré a mi amiga.

—Está bien. —Y sonaba bien con la idea, como si lo hubiese pensado con detención y decidido que papá también podía tener una amiga.

Y era una muy linda. Su pequeña hija se detuvo de pronto cuando la vio parada a un lado del auto, con su pequeño vestido negro, sus tacones y su cabello suelto. La niña se sonrojó.

—Ella es Mimi, una amiga de mi infancia. Adentro está su hijo, juega la misma consola que tú.

A la niña se le iluminó el rostro con esto último.

—Buenos días, señorita —dijo educadamente y entró al auto cuando su padre le abrió la puerta.

Vio cómo la niña se le acercó al chiquillo maleducado desde la ventana, mientras aseguraba el auto, y suspiró cuando con tecnicismos del juego, la niña entró en la coraza del niño y comenzaron a platicar de la consola. Cerró los ojos aliviado y se volteó a ver a la madre.

—Es tan adorable y educada —murmuró—, y se lleva tan bien con mi hijo.

—Es un buen comienzo —dijo encogiéndose de hombros. Seguía nervioso con su nuevo rol como Kido.

Mimi leyó sus pensamientos, tomó su brazo con una de sus manos y le plantó un beso fugaz en la mejilla. Los niños estaban hipnotizados por la consola de juegos.

—Gracias por todo —dijo ella—, este día ha sido el mejor que he tenido en mucho tiempo.

Estaba comenzando, quiso decir pero las palabras se le atascaron en la garganta. No quería sonar como un fanfarrón, aunque fuese la verdad. Mimi se veía radiante, desde que había despertado, pasando por la visita de su hijo y en ese momento. Ni la novia ni la chica del autobús estaban presentes, por lo que asumió que estaba en una fantasía.

—Ha sido el mejor para mí —admitió.

Mimi sonrió y él se sintió estúpido otra vez, sonriéndole de vuelta.


¿Fin? Yo creo que sí.

Otro fic en donde Izzy la encamina hacia el bien xD

Agradecimientos a Digific, mtzrael, wakamaniac y May-Chi por sus reviews en el cap anterior. Los amito, como es usual.