Shinkai habla demasiado

—¿A quién le mandas tantos mensajes, Fukutomi?

Toudou habló un poco más alto de lo que había planeado. Su voz nunca le había parecido tan irritante a Fukutomi como en aquel preciso instante; ni tampoco lo habían hecho su sonrisilla autosuficiente ni sus cejas enarcadas. El aludido apagó la pantalla de su teléfono apresuradamente y se lo guardó en el bolsillo.

—No es nadie —respondió—.

Demasiado tarde. Todo el mundo, incluidos Kinjou y Machimiya, lo habían visto ponerse rojo.

—Oh —dijo Shinkai a su lado en voz baja—.

Fukutomi lo miró. Shinkai tenía una sonrisilla en la cara demasiado diferente de su habitual expresión amable y demasiado parecida a la que lucía también Toudou. Había dejado la copa sobre la mesa, convirtiendo aquel momento en una de las escasas ocasiones en las que dejaba de ingerir alimentos y/o bebidas para dedicar toda su atención a otra cosa. Fukutomi se temía lo peor. Su mirada se desvió durante una milésima de segundo a Arakita. Sentado en el otro extremo de la mesa, el joven trataba de dar conversación a Kinjou y a Machimiya por igual, pero mantenía los ojos fijos en Fukutomi; e incluso en la oscuridad de aquel bar se notaba que rebosaba curiosidad por todas partes. Arakita nunca había sido demasiado bueno ocultando sus pensamientos.

Fukutomi volvió a mirar a Shinkai. No sería capaz de…

—Fukutomi está saliendo con alguien —dijo Shinkai con una risita—.

Mierda.

—¡Ahá! ¡Lo sabía! —exclamó Toudou con un chillido ensordecedor—. ¡No has perdido el tiempo en Meisou! —añadió señalando a Fukutomi acusatoriamente. Y acto seguido, se inclinó sobre la mesa y añadió—: ¿Quién es? ¿Cómo es?

En lugar de contestar, Fukutomi volvió a dirigir una mirada furtiva hacia Arakita. El chico observaba ahora las burbujas de su vaso, que chisporroteaban en la superficie, estallando una tras otra. Su expresión facial parecía neutra, o, al menos, difícil de discernir; pero Fukutomi, muy a su pesar, sabía perfectamente lo que Arakita estaba pensando.

—Sí —Shinkai, con toda su indiscreción, se tomó la molestia de responder por él, e, inmediatamente, comenzó a describir a la chica con la que Fukutomi salía desde hacía escasas semanas, bajo la lluvia de preguntas de Toudou.


Machimiya todavía no tenía muy claro qué hacía en aquel bar, sentado a una mesa junto a cuatro sextos del equipo de Hakone Gakuen más Kinjou, quien sonreía serenamente mientras escuchaba al tipo aquél, Shinkai, relatar con pelos y señales cómo Fukutomi se le había declarado a su nueva novia. Mientras tanto, Arakita tenía la vista clavada en su vaso de Bepsi mezclada con sabe-Dios-qué y no había pronunciado una sola palabra desde hacía diez minutos.

¡Menudo descubrimiento! Aparentemente, el antiguo equipo de ciclismo de la academia Hakone estaba compuesto por una panda de idiotas duros de mollera. Y a Kinjou lo delataba el color rosado del que se tornaban sus mejillas cada vez que Arakita le hablaba, pero no por ello era menos idiota.

Machimiya frunció el ceño, suspiró ruidosamente y se frotó las sienes, preguntándose qué debía hacer en semejante situación, cuando Arakita ya lo había oído todo y no había vuelta atrás.


Kinjou estaba teniendo una de esas extrañas experiencias extracorporales en las que uno parece verse a sí mismo desde el aire y puede juzgar todos sus movimientos. Notaba cuatro pares de ojos clavados en su espalda, el corazón le latía como loco, el sudor le corría por la nuca y, a juzgar por el modo en que se aferraba a su nuevo compañero de equipo, sus manos habían cobrado vida propia. Arakita lo besaba con una furia insospechada.

—Arakita, vamos a mi casa —barbotó Kinjou—.

Arakita no se molestó en dejar de morderle el cuello para contestar:

—Nah, no quiero esperar.

—¿Estás muy borracho?

—No lo suficiente como para que tengas que hacerme esa pregunta. Soy perfectamente consciente de mis actos, Kin-chan.

Arakita lo arrastró sin miramientos por todo el bar hasta llegar al cuarto de baño. Un cuarto de baño... No era el lugar ideal, pero, al menos, allí no podía ver a Machimiya haciéndole gestos extraños con la cara; sólo a Arakita colgándose de sus hombros, besándolo como si le fuera la vida en ello y desabrochándole los botones de la camisa antes incluso de haber cerrado la puerta.

Para ser sinceros, Kinjou hubiera preferido ir un poco más despacio, pero cuando había salido de casa aquella tarde, la probabilidad de que la noche acabara así no había aparecido ni en sus mejores expectativas, así que, ¡qué importaba que fuese un poco apresurado! Sin pensarlo dos veces, Kinjou se arrodilló, se quitó las gafas y las dejó en un lugar seguro.

Arakita era terriblemente ruidoso —probablemente sin querer— y eso no tomaba a Kinjou por sorpresa, pero, por la forma en la que gritó el nombre de Kinjou, cualquiera hubiera jurado que pretendía que todo el bar los escuchase.


N/A: ¡Estoy intentando escribir kinaras felices, pero soy un fraude de escritora! ¡Lo siento!

¡Gracias por leer!