N/A: Creo que todxs necesitamos un poco de fluff. Bueno, la verdad es que no sé si esto se puede calificar de fluff. Vosotrxs diréis.
Arakita es básicamente un gatito gruñón y yo sigo empeñada en forzar tradiciones españolas (siesta, botellón) en fics sobre personajes japoneses. Pero no pasa nada. A lo loco, que lo bueno dura poco.
Perdón por todos los regionalismos, por cierto. ¡El 99% se me pasan por alto porque no sé que lo son!
Siesta
—Puedo usarte como almohada, ¿verdad?
Arakita todavía no ha terminado la pregunta y ya ha apoyado la cabeza en el hueso de la cadera de Kinjou. Kinjou emite un suave gruñido como respuesta, sin molestarse siquiera en contestar, harto de saber que Arakita va a hacer lo que quiera, como siempre; y Arakita se pasa los siguientes tres minutos empujándolo y retorciéndose sobre el sofá, en busca de la posición más confortable. Después, se tapa con la manta hasta las orejas.
—Sube el volumen —dice, pinchando a Kinjou en las costillas con uno de sus huesudos dedos—.
Kinjou alarga el brazo izquierdo, toma el control remoto del televisor y pulsa el botón del volumen dos veces.
—Creía que no te gustaba este programa —dice con una sonrisa, mientras deja el control remoto sobre la cabeza de Arakita—.
—¡Para! —exclama Arakita, sacudiendo la cabeza hasta que el control remoto cae al suelo. E inmediatamente añade —: Y no me gusta. Es lo más aburrido que dan en la televisión a esta hora, pero es mejor que darte conversación.
Kinjou vuelve a sonreír.
—Puedes cambiar el canal —dice—.
Arakita refunfuña, hunde la nariz en la pierna derecha de Kinjou, y cierra los ojos. Sería típico de él rezongar y decir algo así como "no me molestes"; tal vez incluso golpear a Kinjou en la cabeza con bastante fuerza como para molestarlo, pero con cuidado para no hacerlo enfadar; pero, esta vez, Arakita permanece quieto y en silencio durante los siguientes quince minutos, acostado tranquilamente, mientras Kinjou mira la tele.
A veces, Arakita tiene días así, que suelen tomar a Kinjou por sorpresa, y durante los que, contra todo pronóstico, no suelta insultos y obscenidades ante la más mínima provocación. Muy, muy ocasionalmente, cuando los dos están a solas, Arakita relaja las facciones de la cara y hasta sonríe una sonrisa diminuta sin motivo aparente. Cuando esto ocurre, Kinjou tiende a mirarlo fijamente durante minutos y minutos, temiendo que la cara de Arakita sea una ilusión que podría desvanecerse si parpadea. Y el hecho de que Arakita no le grite un "¿Tengo monos en la cara o qué?" lo hace todo, si cabe, todavía más fascinante.
Kinjou aparta la vista del televisor y la dirige hacia Arakita, que, si no se ha quedado dormido, al menos lo parece. Hoy es una de esas rarísimas ocasiones. Arakita mantiene una expresión de total serenidad en la cara. Kinjou calcula que ésta debe de ser la quinta o sexta vez desde que lo conoce —poco menos de un año— que ha presenciado tal acontecimiento.
—No hay quien te entienda… —susurra Kinjou con un suspiro sacando su brazo derecho, que ya comenzaba a dormírsele, de debajo del cuerpo de Arakita y apoyando la mano sobre su cabeza—.
Arakita continúa sin decir nada. Su cabello es muy, muy, suave, inesperadamente suave, y antes de que pueda darse cuenta, Kinjou lo está acariciando, con la mirada fija de nuevo en el televisor, y Arakita respira cada vez más profundamente.
—Arakita —lo llama Kinjou en voz baja—, ¿te estás quedando dormido?
No hay respuesta, y Kinjou lo intenta de nuevo:
—Yasutomo…
Una mano vuela hacia su cara y Kinjou nota un suave empujón, que más bien parece una caricia, en la mejilla.
—¿Quién te ha dado permiso para usar mi nombre de pila? —dice despacio una voz somnolienta—. Duérmete.
—Sólo son las tres de la tarde.
A pesar de ello, ambos se quedan dormidos.
Más de una hora después Kinjou vuelve a abrir los ojos con una sensación de cansancio considerablemente mayor a la que tenía antes de haberse quedado dormido. Nota el cuello dolorido y las piernas agarrotadas. Al intentar moverlas, el peso sobre ellas le indica que Arakita sigue allí dormido, con la cabeza en su regazo, acostado en la misma posición que antes. Kinjou abandona de inmediato la idea de levantarse a refrescarse la cara y, en lugar de ello, saca su teléfono del bolsillo de su pantalón y se pone a comprobar su correo electrónico.
Está terminando de leer una noticia de actualidad política cuando, tras la pantalla de su teléfono, Arakita abre los ojos lentamente, con un aspecto tan desorientado como el que Kinjou probablemente tenía hace unos minutos. El peso sobre las piernas de Kinjou se aligera de pronto. Arakita se ha incorporado y ha comenzado a desperezarse y estirarse con una serie de sonoros crujidos en su espalda. Kinjou observa su enorme boca, bostezando abierta de par en par y, naturalmente, no puede evitar las ganas de bostezar a su vez.
—Buenos días —balbucea, vagamente vocalizando—.
Arakita emite por toda respuesta una serie de sonidos incoherentes que hacen reír a Kinjou suavemente. Arakita Yasutomo, el antiguo número dos de Hakone que aterrorizaba con sus gritos a más de uno de los conocidos de Kinjou, se encuentra en ese instante mal sentado en su sofá, despeinado, luchando por abrir los dos ojos a la vez, con las cejas alzadas y la boca entreabierta, tratando de comprender dónde y en qué momento del día se encuentra. Es una estampa demasiado rara y entrañable como para que Kinjou pueda escapar a su encanto. Ni siquiera el dolor de su cuerpo agarrotado por una mala postura logra sacar a Kinjou de la fascinación que siente por el modo aletargado en que Arakita pregunta qué hora es.
—Las cuatro y media —responde Kinjou incorporándose finalmente, y sonriendo sin quitarle los ojos de encima a Arakita—. Hemos dormido durante más de una hora y media.
—¿De qué te ríes? —pregunta Arakita, cuyo cerebro parece no haber procesado la información, arrastrando las vocales—.
Kinjou va a contestar cuando, al moverse, un dolor punzante le recorre súbitamente la pierna derecha.
—¡Ah! —exclama, cerrando los ojos con fuerza pero sin poder dejar de sonreír, bastante a su pesar—. ¡Ahh, me ha dado un tirón!
Llevándose las manos a la pierna, Kinjou se deja caer de nuevo sobre el sofá. Arakita se incorpora sin mediar palabra, pone sus dedos helados en el pie de Kinjou y lo fuerza a flexionarse. Kinjou se olvida por un momento de su pierna y lo deja hacer hasta que su lucidez regresa y se da cuenta de que no es ésa la parte del cuerpo que le duele.
—No —dice entre risas—. Es el gemelo, ¡ahh!
Arakita sube las manos. Coloca una por detrás de la rodilla de Kinjou mientras gira su tobillo con la otra. Kinjou suelta una carcajada y un grito de dolor, y se retuerce sobre el sofá. Arakita le lanza una fulminante mirada de sospecha.
—¿Te duele de verdad o estás de broma? —pregunta, irritado por la incesante risa de Kinjou—.
—¡No, me duele de verdad! —responde Kinjou entrecortadamente, secándose las lágrimas con el dorso de la mano, en cuanto nota que el dolor comienza a remitir—.
Arakita hace una mueca.
—Entonces no te rías a carcajadas como si fueras una maldita hiena —dice—.
Sus manos siguen encima de la pierna de Kinjou, quien se halla tirado sobre el sofá en una postura muy poco ceremoniosa mientras recupera poco a poco el aliento. La expresión facial de Arakita se ve ahora más despierta. Sus mechones de cabello negro continúan disparados en todas direcciones. Kinjou lo mira a los ojos y sonríe.
—¿Qué demonios pasa ahora? —gruñe Arakita—.
En lugar de responder, Kinjou alza una mano y la desliza por el suave cabello de Arakita, dibujando el contorno de su cabeza hasta detenerse sobre su nuca. Las mejillas de Arakita pasan poco a poco del rosado al rojo vibrante mientras Kinjou coloca la otra mano en su cabeza y tira de él lentamente hasta hacerlo caer sobre sí. Arakita amortigua la caída apoyando los codos a ambos lados de Kinjou y se deja besar sin pronunciar una sola palabra.
—Hoy estás rarísimo, Shingo —dice cuando Kinjou lo suelta por fin—.
—Sinceramente, tú también —responde Kinjou, sin dejar de sonreír—.
N/A: Sinceramente, no sé ni lo que estoy haciendo. ¿Qué os ha parecido este Kinjou? ¿Muy ooc? ¿?¿?¿? ¡No digáis que no sólo por quedar bien!
¡Gracias por leer!
