Capítulo 1

A veces creo que ya no podré salir mucho, no solo por las prohibiciones de Marcus, sino también por lo adolorido que estoy de los golpes; me cuesta un poco moverme y disimular que estoy bien al mismo tiempo.

Estoy disfrutando algunos de los muy escasos momentos de libertad que mi madre me enseñó a tener. Sentado en el pasto a las afueras de Abnegación, me concentro en los sonidos que alcanzo a percibir mientras cierro los ojos: las aves cantando, el viento soplando, las hojas y ramas de los arboles chocando armoniosamente. Es tan pacífico. No como para lograr olvidar a Marcus y mi cuerpo adolorido, pero lo suficiente para relajarme.

Lamentablemente, como mi madre también me enseñó, estos momentos también se tienen que terminar. Y lo hace cuando oigo unos pasos dirigirse rápidos hacia donde yo estoy; no son lo tan pesados como para pertenecer a mi padre, aunque tampoco es común que aquí haya gente, sin mencionar que soy el único que corría por aquí. Abro los ojos y volteo para ver quién es.

-Tobias- grita la esposa de Andrew, Natalie. Cuando se acerca un poco más puedo ver que trae un arma en la mano, lo que me desconcierta. -¿Qué haces aquí?

Me levanto. –Nada. Solo… descansaba.

-No deberías estar aquí

-Lo sé pero…- me veo interrumpido.

-Ya no hay tiempo de volver

¿Y ahora de qué está hablando? ¿Por qué no hay tiempo de volver? ¿Y de volver a dónde?

-¿A qué te refieres?- frunzo el ceño.

-Te explicaré en el camino- responde, sin responder algo en realidad -, ahora corre y no te despegues de mí.

No me da tiempo de decir algo, ella se echa a correr. Hago lo posible por seguirle el paso y no mostrar señales de dolor. Pronto descubro que ya extrañaba correr, sentir la adrenalina en mis venas.

Tras un tempo, llegamos a las vías del tren, el cual está a punto de pasar frente a nosotros.

-¡Salta!- grita por encima del ruido del tren

-Pero solo Osadía puede…

-Solo hazlo

Aumentamos el paso. La señora Prior trepa al tren abriendo las puertas y luego entra. Mis músculos están rígidos por el dolor, pero sigo y me obligo a saltar. Apenas lo logro. ¡Pero fue tan emocionante!

El sudor cubre mi frente y hace que la playera gris se me pegue a la espalda. Mi corazón late rápido y con fuerza.

-¿Podría explicarme lo que ocurre?- pregunto una vez que logro controlar mi respiración

-Erudición- dice jadeante.

-¿Qué hay con ellos?

-Están atacando Abnegación, están matando a todos.

Por un momento no lo creo, pero me percato de que eso y más haría Erudición con tal de obtener el poder.

-No te preocupes por tu padre- Marcus es lo último en lo que hubiera pensado, probablemente ni siquiera se me hubiera pasado por la cabeza de no ser por Natalie -, Andrew lo llevó a él y algunos otros a un lugar seguro. Por eso me sorprendió verte, pensé que estarías con ellos.

-Solo quería aire fresco- digo indiferente.

-Qué bueno que disfrutaste algo de paz antes de esta locura- me dedica una sonrisa.

Me doy cuenta de que esta vez sí que terminó el momento libre de toda la ciudad.

Permanecemos en silencio un rato. No puedo imaginar todo lo que está pasando en Abnegación, pero ¿cómo es posible que tan solo Erudición esté tras esto? Deben haber tenido aliados, y quiénes mejor para el trabajo sucio que Osadía. No sé porque lo harían pero eso no importa por el momento. Lo que importa ahora es que la mayor cantidad de personas sobreviva a la guerra.

-Ya casi hemos llegado- dice Natalie desde la puerta, ni siquiera me he dado cuenta de cuándo se ha levantado

-¿A dónde?

-La sede de Erudición- dice firmemente -. Cuando te lo indique, saltas, ¿bien?

Asiento y espero a su señal. Siento de nuevo el aire en mi cara mientras me paro en la orilla de la puerta, pero en mucho más fuerte.

-¡Ahora!- salto y ruedo en el suelo hasta detenerme. Natalie hace lo mismo y se estabiliza antes que yo, inmediatamente después, corre y yo la sigo.

Al comenzar a adentrarnos en Erudición, ella comienza a disparar a los guardias. Me sorprende la forma en la que maneja el arma: con tanta confianza, perfección, tanta familiaridad para un abnegado.

Cuando ya no hay guardias a la vista, Natalie suspira.

-Esto me estorba- entonces rasga las mangas largas de su vestimenta, dejando a la intemperie sus tatuajes. Era de Osadía. Recoge otra arma del suelo junto con un cuchillo –Ten- Tiende el arma frente a mí -, la necesitarás.

Luego se agacha y dice: -Pondré el cuchillo en tu bota, escondido para emergencias- lo hace y se levanta para darme más instrucciones. –Algo me dice que tu instinto te dirá que hace con eso- señala con la cabeza el arma en mi mano izquierda.

No digo nada. En los últimos 40 minutos tuve más acción que en 18 años.

Continuamos la carrera hasta llegar a la esquina del pasillo principal de uno de los edificios, cerca hay un retrato enorme de la líder erudita: Jeanine Matthews. También hay dos guardias.