Las justas del rey.

Roose estaba en el pabellón de los participantes despojándose de su armadura luego de haber ganado sus rondas contra Alfrid Hightower y Walder El Oso Frey, pero desmontado por Alec Connington. Aún así, el resultado no fue ningún tipo de deshonra para él pues Ser Alec era un guerrero maduro y curtido por muchas batallas, por lo que no había forma de que resultara victorioso contra alguien con tanta experiencia como él.

Usualmente, luego de que su participación en las justas terminaba, Roose se marchaba a su pabellón a liberar el estrés y limpiar su cuerpo, pero esta vez había algo que quería ver. Regresó al campo y buscó a su padre entre la multitud para sentarse a su lado. Lord Bolton no dijo una palabra, pero Roose supo que no estaba molesto por su desenvolvimiento en las justas, pues de ser así, definitivamente se lo haría saber.

Luego de la ronda entre Brynden Tully y Louis Strokeworth donde el ganador indiscutible fue el norteño, Ser Tywin Lannister reapareció en el campo ataviado en una armadura roja con un relieve de oro del blasón de su Casa en la coraza y montado en un semental tan negro como el vidriagón. Roose había notado que el Lannister era especialmente popular entre las damas jóvenes, quienes en cada ronda esperaban impacientes por su participación ya asegurando su victoria inminente; y Roose estuvo seguro que todas ellas mantenían la noble ilusión de ser escogida por el atractivo caballero escarlata como la Reina del Amor y la Belleza; aunque por supuesto, primero tenía que resultar campeón.

Su oponente fue Ser Paxter Redwine, quien había resultado ser una sorpresa para Roose en las justas, pues a pesar de su apariencia enclenque poseía fuerza en los brazos y había conseguido llegar hasta la semifinal aunque no sin esfuerzo; sin embargo el norteño apostó a que ya no lograría avanzar más.

Vio como el rostro felino del Lannister se escondió tras el yelmo antes de coger la lanza con su brazo derecho. Los sementales cargaron al asalto y el estruendo del choque se hizo escuchar por todo el campo, más ninguno de los dos cayó. Los caballos volvieron a la carga y Roose vio como la lanza de Paxter casi hizo añicos el escudo de Tywin, pero la fuerza con la que este le golpeó en el pecho le hizo caer de espaldas con tanta violencia que Roose creyó que se había quebrado el cuello. Desafortunadamente no fue así.

La ronda terminó con la victoria sobre Tywin, por lo que consecuentemente su siguiente adversario sería Brynden Tully.

Mientras el sur vitoreaba al Lannister, los norteños estaban del lado del Tully como era natural, más Roose Bolton deseó que la lanza de Tywin tocara la armadura del pez con tanta fuerza que la atravesara hasta llegar a la carne y le sacara el corazón por la espalda.

Los caballos se alinearon en el punto de partida, y Roose odió ver esa expresión arrogante en el rostro de Brynden ya seguro de su victoria antes de que la escondiera tras el yelmo en forma de pez. "Bastante original" pensó desdeñoso.

Los caballos comenzaron la veloz marcha y las lanzas se apuntaron unas a las otras mientras los caballeros apretaban las piernas y las riendas, y ajustaban la posición precisa de la lanza para emplear la fuerza suficiente en el brazo. Los enormes sementales se cruzaron y un poderoso estruendo se escuchó, más ninguno de los dos cayó. Roose notó como al dar la vuelta, Tywin flexionó la mano derecha varias veces antes de volver a tomar la lanza.

La segunda carga comenzó y las lanzas volvieron a chocar en los cuerpos armados de los caballeros. Tywin se tambaleó peligrosamente sobre su montura y el público gritó maldiciones y enhorabuenas al pez que había salido bien parado del encuentro; no obstante, para placer de Roose quien se mantenía en silencio al lado de su padre, Tywin no cayó, sino que logró recuperarse a último momento.

Los caballeros volvieron a los puntos de partida una vez más y ambos recibieron escudos y corazas nuevas para que la ronda fuera pareja. Los sementales comenzaron el trote de nuevo mientras los caballeros apuntaban con las lanzas hacia el pecho de su oponente. Roose apretó sus dedos sobre las rodillas cuando se encontraron y las lanzas volvieron a chocar contra el metal.

Entonces los Señores del sur se levantaron de sus asientos eufóricos cuando el pez de Aguasdulces cayó al suelo y su ridículo yelmo voló por los aires en dirección a uno de los graderíos. Roose se quedó donde estaba, sin decir una palabra, pero en el fondo compartió el regocijo de los sureños al ver al Tully siendo asistido por los mozos de cuadra y el maestre mientras se recuperaba del fuerte impacto.

Tywin entregó el yelmo y las armas al mozo que aguardaba de su lado y permaneció en el campo para ser premiado como Campeón de Justas por el mismo Aegon Targaryen, quien le dio un fraternal abrazo cuando este se acercó al estrado real. Tywin no dio ningún discurso y apenas saludó al público con su mano izquierda. Roose se dio cuenta de que se sentía bastante adolorido. Cuando la ceremonia concluyó, lord Bolton no aguardó más tiempo para levantarse e irse de una vez por todas a su pabellón, lo cual Roose agradeció de sobremanera, no porque quisiera acompañarlo, sino porque quería ir al pabellón de los participantes para encontrar a Tywin. Su pretensión le hubiese provocado repugnancia en el pasado si no fuera porque realmente deseaba verlo, tanto que ese deseo era aún más fuerte que su orgullo, por lo que sin pensarlo demasiado, se excusó de su padre y se dirigió hacia su destino, no sin antes disfrutar del cuchicheo de las jóvenes damas ante la sorpresa de que no fue escogida ninguna Reina del Amor y la Belleza por el campeón en aquella oportunidad.

La cámara del maestre.

Cuando Roose arribó al pabellón de los participantes, lo encontró atestado de caballeros atendiendo sus heridas o dolencias, pero al recorrerlo no vio rastros del Lannister por ningún lado, y al atravesarlo dos veces sin éxito, se armó de valor para preguntarle a una de las enfermeras que estaba lavando vendajes ensangrentados a las afueras del pabellón.

- ¿Dónde está Ser Tywin Lannister? – exclamó ignorando el sobresalto de la muchacha ante su presencia.

- N-no se encuentra aquí, mi Señor. – respondió con torpeza.

- Ya sé que no está aquí, por eso os pregunto. – dijo Roose sin siquiera elevar la voz en su tono bajo-casi inaudible- habitual, pero la enfermera se sobresaltó de nuevo soltando las vendas que tenía en las manos que aterrizaron al suelo embarrándose de lodo, y por qué no, quizás hasta de mierda pisoteada de caballo. Estuvo seguro que los cuentos de Fuerte Terror habían llegado hasta sus oídos y no pudo evitar preguntarse si la joven era del Norte o había escuchado los horripilantes hechos del Lord y el Ser Sanguijuela mientras servía en el castillo.

- S-sí mi Señor, perdón mi Señor… – balbuceó mientras recogía las vendas con dedos torpes – Ser Tywin Lannister e-está siendo asistido en la cámara del maestre como fue su petición, mi Señor...

Roose entonces se alejó desalentado e indeciso. Definitivamente sería una invasión si decidía presentarse a la cámara del maestre para corroborar el estado de alguien que ni siquiera conocía. Sería extraño e incómodo para todos los involucrados y definitivamente no sabía como Tywin reaccionaría ante la inusual visita. No tuvo más remedio que vagar unos minutos por los alrededores, en medio de un debate interno. Lo más lógico era esperar a que sucediera un encuentro casual, tal y como se había dado en el Bosque Real, pero su lado irracional quería ir a su encuentro de inmediato, en aquel momento.

Luego de un rato, sus pies comenzaron a caminar hacia el interior del castillo, decididos, mientras se repetía a sí mismo "a la mierda lo que piense, ya estoy acostumbrado a que se hable mal de mi persona a mis espaldas de todos modos."

En el camino preguntó a un par de doncellas sobre la locación de la cámara del maestre sin atreverse a buscarla en aquel colosal laberinto por su cuenta, y se encaminó hasta ahí sin darle demasiadas vueltas al asunto. Si había errado en su decisión lo sabría tarde o temprano, ahora iba a satisfacer su capricho sin culpas.

Cuando sus piernas le condujeron frente a la pesada puerta de roble de las estancias del maestre Merion, Bolton no permitió que la duda invadiera su estúpida convicción y con el nudillo tocó tres veces, rogándole para sus adentros al viejo idiota que no se demorara tanto en atender y así no tener tiempo de repensar su situación.

Pero el maestre Merion respondió oportuno. "Adelante." dijo la voz débil y temblorosa del anciano y Roose giró el pomo de la puerta sin demoras.

Al abrir, lo primero que sus descoloridos ojos vieron fue un enorme estante repleto de frascos de extraños contenidos tras una larga mesa de madera demasiado desordenada como para que deseara prestarle demasiada atención.

- ¿ser Bolton? – exclamó Merion con extrañeza. Roose le ubicó con la mirada. Estaba sentado en un banco a un costado de la estancia, frente a Tywin Lannister, que permanecía sentado en una silla reclinada, con el pecho desnudo y un enorme coagulo de sangre en el hombro.

- Sólo venía a corroborar tu estado, ser Tywin. – exclamó con calma desde la entrada, ante las miradas desconcertadas de sus oyentes.

- Estoy bien. – respondió el Lannister luego de una pausa, a secas.

Entonces un silencio sepulcral cayó en la habitación, pero aquello no hizo sentir incómodo a Roose. De hecho le gustó ver como el Lannister se había inmutado ante su repentina presencia. Pero quien más parecía sufrir de la falta de palabras fue el maestre, quien se aclaró la garganta y dijo – Por favor no os quedéis de pie en la puerta, mi Señor. Si ser Tywin está de acuerdo, os ruego que paséis y toméis asiento, si así lo deseáis.

Roose no respondió, pero sus ojos se clavaron en la cara osca de Tywin, esperando por respuesta.

- Ya estás aquí. – exclamó cortante, sosteniéndole la mirada con sus ojos felinos.

Cuando entró, el maestre se encargó de proporcionarle el asiento frente a Tywin; entonces continuó masajeándole el brazo lastimado con un ungüento amarillento, mientras el rostro del Lannister reaccionaba ante el doloroso contacto.

- Maestre, - dijo Roose luego de otro silencio - ¿no sería más beneficioso y menos tormentoso para ser Tywin que le sacara la sangre envenenada?

- Os referís a las sanguijuelas, lo sé. – respondió Merion – pero ser Tywin me prohibió utilizarlas.

Tywin entonces miró a Bolton desafiante, y este con una sonrisa extraña sobre sus labios finos, se dirigió directamente a él. – Aliviaría la hinchazón y el dolor. – le aseguró - No les tomará más de unos cuantos minutos.

- Fuera de cuestión. – le cortó – No tendré esas malditas alimañas asquerosas sobre mí a menos que mi vida dependa de ello, y este no es el caso. No insistáis.

Roose asintió y continuó en silencio donde estaba por otros 10 minutos mientras el maestre continuaba esparciendo el ungüento por el hombro y el largo del brazo de Tywin. Le gustó ver como el león se sentía incómodo con su presencia y rara vez desviaba la mirada del punto al azar donde se había obstinado en fijarla; no obstante, Roose no se prohibía de la oportunidad de apreciarlo desde su posición, especialmente si aquello era causa de molestia para el copero bajo su mirada.

A esas alturas no pudo negar más que lo que sentía por el Lannister era atracción auténtica. Por supuesto que poseía una gran belleza, pero no era eso lo que llamaba tan desesperadamente su atención. Si no fuera por su historia familiar, en especial la de su padre, lo más probable es que Tywin no hubiera crecido siendo muy diferente a Stark o Tully, que se creían los reyes en la cima del mundo sin siquiera haber probado sus espadas en una guerra real. Todavía eran niños de verano, como solía decir Devron Bolton. Pero Tywin Lannister era distinto. Tywin era el hijo de un Señor rico y heredero de una casa poderosa que cargaba con la humillación de su familia sobre los hombros, y quien siempre parecía estar a la defensiva dispuesto a tomar cualquier comentario mal intencionado o no demasiado personal. Roose podía oler esa debilidad, y se sentía fascinado por ella.

- Tendréis que venir de nuevo mañana, mi Señor. – dijo Merion rompiendo el silencio – sino el hombro volverá a doleros mucho más. No puedo hacer más con los ungüentos, así que os daré un frasco de leche de amapola si se os dificultara dormir.

Tywin se vistió con dificultad y tomó el frasco de los dedos frágiles del maestre para luego dirigirse a la salida, seguido de cerca por Roose Bolton.

Desde la perspectiva del león.

Mientras caminaban por los pasillos del castillo e inevitablemente atraían cuanta mirada se cruzara por su camino, Roose trató de iniciar conversación otra vez para jugar con el ambiente tenso del momento.

- Felicidades por tu victoria. Fue una competencia dura después de todo. – dijo en su habitual tono de voz bajo.

- Lo fue, pero no estaba en mí permitir que el pescado del Norte me desmontara.

- Hubiera sido una pena, sí. – concordó Bolton en seguida.

- Una deshonra para vosotros, pues a fin de cuentas terminó siendo una batalla entre el norte y el sur, y la victoria os la quité de las manos. – se mofó buscando provocarle.

- Una deshonra para ellos. – le corrigió Roose – Si bien soy norteño, no comparto lazos de sangre con los Tully.

- ¿Qué acaso importa? Estáis unidos bajo juramento. Ambos juraron lealtad a la casa Stark.

Roose rió entre dientes – Y Stark le juró lealtad a la corona, igual que las demás Casas principales de Poniente incluyendo la tuya Ser Tywin, pero eso no detiene a los altos Señores de conspirar contra el reinado de Aegon cada vez que les llega la oportunidad.

Tywin lo miró con interés – Vigilad vuestra lengua, Bolton, que pisáis el castillo del rey del que habláis. – Luego de una pausa y de prestar especial atención a quienes estaban a su alrededor, preguntó – Pero si vuestra lealtad no es absoluta a aquellos a quienes la habéis jurado, ¿de qué se vale vuestro honor?, ¿a quién servís?

Roose le dedicó una sonrisa astuta – Estoy seguro que sabéis la respuesta, pues podría atreverme a afirmar que os moverás bajo la misma ideología cuando seas Señor de Roca Casterly.

Tywin no contestó, pero compartió las palabras no dichas del norteño.

Entonces sus ojos azules se cruzaron con aquellos tan extraños carentes de tono, casi como si estuvieran congelados. Había algo perturbador en su mirada, pensó Tywin, esa misma que había heredado del Señor de Fuerte Terror, y que sin duda sembraba malestar en los corazones de quienes la enfrentaban. Roose Bolton había resultado ser una sorpresa para él, pues de todos los caballeros jamás pensó que intercambiaría palabras con ese que siempre mantenía perfil bajo y del que nadie solía prestar demasiada atención por parecer un completo bicho raro. Se preguntó qué veía el norteño en él y qué clase de beneficio personal buscaba con la relación que intentaba forjar, pues el interés era evidente, y tampoco podía negar que en cierto modo él se sentía de la misma forma.

Tywin veía en Roose a un hombre que había sido criado para sobrevivir incluso a costa del honor y la lealtad, tan valorados por muchos. Era precisamente lo que convertía a los Bolton en esa clase de aliados contra quienes no era prudente bajar la guardia en temas de política. Aegon lo sabía y estaba seguro que Rickard Stark también, y era la razón principal por la que Devron Bolton nunca faltaba a ningún evento oficial de la corona, pues el rey siempre había preferido mantener un contacto estrecho con sus enemigos potenciales. Tywin supo que Roose no era en absoluto distinto a su padre.

A las puertas que daban en dirección al jardín, Tywin se detuvo. - Debo regresar con el rey Aegon. – anunció, notando que Roose había guiado la caminata adrede hacia la salida. – No tengo ningún asunto que atender en los campamentos, así que hemos de separar nuestros caminos aquí mismo.

- Si así lo queréis. – convino con una leve sonrisa – Aunque he de confesar que habría disfrutado de un poco de compañía. Tu presencia me agrada, ser Tywin.

Aquello le tomó por sorpresa. – A penas me conocéis. – se defendió con tono osco. No le gustaba sentir que el norteño le llevaba la delantera, como si él supiera o pretendiera algo que Tywin ignoraba y que definitivamente no lograba descifrar; y por lo que sabía del Bolton, no le parecía prudente tomarlo a la ligera.

- Precisamente por eso. – respondió Roose – Comprendo la desconfianza, - se aventuró – pero soy honesto cuando digo que me gusta la compañía.

- Basta ya. – cortó, reprimiéndose para sus adentros por sentirse nervioso. – Debo volver con el rey.

Y aquello fue lo último que dijo antes de alejarse de Roose, volviendo de nuevo hacia el interior del castillo.