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Martes 29 de Abril, 1851

I

«—Eren, levántate, Lord Leonhardt está esperando por nosotros para desayunar—, me despertó mi propia madre en la mañana—, Annie, Reiner y Bertholdt aguardan en el comedor, ¡date prisa! —jaló las sábanas, una doncella recorrió las cortinas. La luz nunca me lastimó tanto como en ese día. Abrí los ojos directos a la ventana, sentí que la visión me cosía.

La idea de ser el último en estar listo la aborrecí. Dormí mal y esto me había jugado una mala pasada para despertar. Me apuré, en cuanto me lavé la cara me sentí de nuevo en mí, debí vestirme rápido, reparar lo mínimo en mi aspecto. Abajo Annie platicaba con su doncella Mina Carolina.

—Recibí un mensaje de tu padre—, me era servida una taza ante las soberbias palabras de Lord Leonhardt —A mediodía nos encontraremos con él para que veas a nuestro espécimen. Deberemos llevar comida, no se ha querido alimentar

Annie no comía a una velocidad normal, mantenía el filo de la tacita a poca distancia de su boca ocultándola. A penas si tocó su plato.

—Tal vez si empujas la comida por su garganta funcione

No podría encontrar la forma correcta de describir lo que la imagen de Annie me dejó ese día en el desayuno. Su padre, Lord Leonhardt, podría haberse parado a golpearla enfrente de nosotros sin ocuparse de ser visto. Estoy seguro que se contuvo perfectamente para no hacerlo.

Annie tomó su taza con ambas manos, nosotros perplejos, y derramó el líquido caliente sobre su regazo sin molestarse en mostrar dolor o alguna reacción ante la bebida.

—Mina—, se dirigió luego a su doncella dejándonos a todos con la boca abierta —Este vestido está arruinado. Usaré el azul que acaba de llegar —se fue poniendo de pie. No se despidió y salió del cuarto.

Al salir mi madre se tocaba una mejilla en su asiento junto a nuestro invitado.

—Lord Leonhardt, ¿se encuentra bien la señorita Annie?

—Sí—. Se limitó a mentirnos —Está en una etapa de rebeldía.

Lo que pasó por mi mente en esos momentos fue que lo fuere que le pasase a Annie no podía ser algo normal en una señorita, mucho menos ligado al grado religiosidad que estaba demostrando.

Después de comer me retiré de la mesa a buscarla. La encontré haciendo jirones el vestido que había manchado con la espada que le quitó a una armadura de decoración de la casa. No tenía filo, era más su furia.

—¿Qué pasa Eren? ¿Quieres entrar a mirar? —en la puerta Annie me sorprendió estático al descubrir lo que pasaba.

Mina pegó un pequeño grito. Me oculté detrás de la hoja sin cerrarla, torpe. Me preocupaba cómo para seguir preguntando.

—¡No! ¡Lo lamento! No quería mirar, debí haber aguardado una respuesta. Estaba preocupado

Annie no me tomaba en serio, siguió en su tarea de desvestirse.

—¿Sabes que la familia Arlert también está involucrada?

—No lo sabía —moría de la pena desde el pasillo —Armin no me comentó nada

—Claro que no —abrió la puerta. Ella de paños menores detrás, corsé puesto en medio de ropaje con holanes—. Eren. Lo que sea que vaya a pasar hoy tienes que prometerme que a Armin no le pasará nada

—¿Ocurrirle algo? ¿Por qué? —la miré directamente a los ojos, no me resultó difícil, su cabello peinado suelto en el rostro. Lo que decía era de importancia.

Los ojos azul platino de Annie se mostraba inexpresivos, pero para mí podía indagar que ella sentía un miedo tremendo. Pegó la mejilla a la madera de la puerta, una mano en la frente teniendo la vista fija en ningún punto. Pensara lo que pensara no podía retener una inmensa tristeza que empapaba en sal sus ojos.

—Lo sabrás pronto —resolvió a decirme antes de cerrarme en la cara golpeándome la nariz.

De mal humor y más confundido le escribí a Armin un recado para saber sobre lo que estaba pasando y porqué nuestros padres estaban involucrados. Armin dijo que no le había sido dicho nada y que no tenía planes concretos de salir aunque sentía deseos de ver a Annie. Se quedaría a estudiar. No me atreví a invitarle a ver el descubrimiento porque no contaba yo con ese derecho, pero me aseguró que cuestionaría a su abuelo si un hombre de parte de Lord Leonhardt había pasado de visita a su casa por asuntos aparentemente de vida o muerte respecto a varios negocios y no supo de él en todo un día sin que su abuelo le dijera algo.

A una hora antes o menos de mediodía bajé al salón de la planta baja para reunirme con la comitiva que saldríamos, y caí en el disgusto de encontrar una pelea entre Annie y el joven Fubar sorprendentemente privada.

—Un gusano es un ser menos pusilánime de lo que vos sois —estaban de pie sobre a alfombra, justo debajo del candelabro. Annie le volteó la cara, podría decir que lloraba en silencio. Berthold no se atrevió a detenerla.

—Annie —se sujetaba el golpe en la cara firme frente a ella rebasándola por mucho en la estatura —Yo aún te sigo amando

Annie le pegó con el abanico en el pecho. Siguió reclamádole.

—No hay nada noble en ti Bertholdt. No hay nada del hombre que parecías ser. Te dejaste engañar por mi padre

Permanecieron mirándose un largo rato, aunque punzantes sus tajantes palabras había sido frías y concretas, antes de que Annie se empezara a reír como desquiciada. Se tropezó con una mesa sujetándose de ella.

—No eres más que humano, débil e idiota… —se recogió las faldas del vestido —Espero que te pudras en el infierno cómo mereces

Corrió hacia la puerta, yo espiaba por una hoja entreabierta. Ella me descubrió que en el pasillo, supo que había escuchado lo ocurrido, me miró indiferente aun llorando y se fue a perder al salón de música. Por la escalera Reiner bajaba, también él se había dado cuenta de que había estado espiando. Adentro si Bertholdt lo sabía solo se quedó pensando en Annie y el golpe que le había dado en la cara.

Lord Leonhardt nos acompañó al minuto. Mientras mi madre escogió la calesa a los hombres nos dejó todos en el carruaje, quería hablar con Annie a solas, solo necesitaba a su doncella consigo. El recorrido fue largo e incómodo. Dejé que Lord Leonhardt hablara todo el camino porque no podía entablar comunicación con Bertholdt ni con Reiner además de que por ser de mayor estatura a la mía llegaba a sentirme incómodo en su cercanía.

Después de varios minutos hablando sobre Alemania y sobre el Príncipe Alberto -esposo de la Reina Victoria- llegamos a nuestro destino, un edificio industrial de la ciudad alejado y deteriorado, lleno de tubos y máquinas oxidadas que presentaban fugas de vapor por todos lados, vidrios rotos y suciedad.

—Perdonará el mal aspecto de esta guarida joven Jaeger pero es el sitio más seguro para resguardar nuestro tesoro. Hoy su vida cambiará, se lo aseguro o me comeré mi caja de abanos si no sucede

Desconcertado caminé a su lado, no dejaba de empujarme de los hombros a que lo siguiera, Reiner, Bertholdt y Annie se quedaban atrás, mi madre muy cerca de mí.

Al llegar a una puerta había que descender unas escaleras, llegar a una especie de sótano o cuarto de máquinas cuyo estado era igual de deplorable y estaba llena de cerrojos que Reiner abrió uno por uno. Al estar todos corridos empujó con fuerza sobre los goznes chirriantes y húmedos. Adentro oscuridad total. Encendió una bujía activando todo un circuito de velas, algo de esto me había mostrado Armin en un libro. De los Arlert no había paradero ahí. Bajamos todavía unos cuantos escalones y llegamos a una zona llena de cadenas sueltas y rectas, había una figura cubierta por una gran sábana. Me sobresalté un poco al ver que se movía abajo. Se oyó un ronquido y una respiración profunda, casi como si se olfateara. Mi madre se ancló a mi brazo.

—Carla, Eren —nos sobresaltó más la voz de mi padre a un lado del espécimen cubierto saliendo él de las sombras del lugar.

—Oh. Querido. Me has dado un susto de muerte —pretendió acercarse mi madre pero desistió temerosa de lo que había debajo de la sábana.

—No hay nada que temer. No nos hará daño —aseguró mi padre.

—Doctor, no hagamos esperar más a su familia

Lord Leonhardt se veía excitado. Él afirmó con el rostro regio ante lo que se veía era parte de su ciencia. Se dirigió de nuevo a nosotros.

—Esto es lo que han venido a ver y nosotros a mostrarle a todo el mundo—. Acto seguido retiró la sábana dejándola caer al piso lleno de charcos de agua, aceite y otras substancias, una de ella roja.

Lo que había ahí debajo cubierto el pecho por vendajes y una tela de lino en sus piernas como una falda desde la cintura, sujeta por un ceñidor, era una mujer encadenada; en los brazos brazaletes decorados, piedrecitas cayendo como en cascada. Una figura de proporciones adecuadas, delgada, sin muchos atributos aunque no por ello no curvilínea. Había sido esclavizada. Pero su vestuario pasaba por alto así cómo su precaria imagen de sometimiento porque lo imponente de esta figura aparentemente humana resultaban ser las enormes alas que sobresalían en su espalda inmovilizadas por estacas en las articulaciones.

—Más miradas… —susurró abriendo los ojos, demostrando que estaba viva. Subió la cabeza para mirarnos. Sus pupilas más humanas que las mías, oscuras. Inquietantes.

—Es un… Grisha, es un… —mi madre se descolgó de mí hacia su esposo tanto aterrorizada como extasiada.

—Es un ángel…»


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