.

.


.

Martes 29 de Abril, 1851

III

«—Iré de compras, pasaré por antigüedades y también iré con la modista —decía Annie Leonhardt frente a su padre a los pocos minutos de haber acordado atentar contra los planes de nuestras familias y el Ángel de Yorkshire en la Gran Exposición del Crystal Palace que se llevaría a cabo dentro de dos días.

—Es una locura, a esta hora, ¿a dónde quieres ir? Solo dices tonterías —refutaría Lord Leonhardt a su hija.

—No me importa lo que digas, saldré

—¡No! ¡Sin Bertholdt o Reiner no saldrás! Tú sola en las calles de Londres no pasará nunca

Annie miró con superioridad a su propio padre y luego a mí.

—No quiero a Bertholdt —anunció —y si realmente alguien debe estar cuidándome la espalda que ese sea Eren

Su plan surtió efecto, la dejarían ir, pero agregó algo más.

—Y padre, por favor, no envíes espías porque a Eren lo respeto tanto como a ti

Salir de esa habitación fue embarazoso, mis padres y Lord Leonhardt me encomendaron la protección de Annie encarecidamente. Tomé la galera, Annie su capa y nos marchamos en un carruaje, Mina Carolina acompañándonos.

Le pedí al cochero que se fuera pagándole para que no hablara a unas cuantas calles, yo sería el conductor de la señorita Annie. Tuvimos problemas en reconocer el camino en la zona industrial, hasta que nos encontramos con diversas referencias que nos llevaron al edificio visitado en la tarde donde Hans Zöe estaba prisionera.

Enfrente nos encontramos con los vigilantes, Annie tomó las riendas de nuestra incursión, por haber estado ahí antes sabía por donde dirigirnos para su plan. Ella había pensado liberarla mucho antes que yo lo sugiriera. Me llevó por las escaleras del edificio contrario donde las ventanas ya estaban rotas, debajo del vestido llevaba un calzado cómodo para caminos difíciles, botas. Saltó perfectamente de entre los ventanales hacia el techo del otro edificio, aguardó por mí viéndome como a un niño.

Tuvimos que deshacernos de un par de guardias, esperar a que yo derribara a alguno de los centinelas se le hizo una espera fútil, apareció entre las manos enguantadas con un pedazo de tubo y se deshizo de nuestros problemas. Quizás yo estaba demasiado conmocionado para entender que lo que estábamos haciendo era peligroso, requería sigilo y no debíamos descubrir nuestras identidades. Tuve que esperar a Annie que se cambió de ropa pidiéndole a Mina que le regalara una valija, regresó vestida como un mozo y se ocultó el cabello en la gorra de conductor de tren, ligeros rizos salían de la misma al lado de su cara.

Seguimos nuestro descenso, arrebatamos armas a quienes debimos, y cuando llegamos a la puerta que cruzamos para ver al Ángel de Yorkshire ella buscó una bujía para guiarnos con un revolver en la mano.

Al entrar en ese cuarto la humedad era mayor que la del mediodía, la noche hacía del sitio un lugar tétrico y lúgubre. Anduvimos los casi quince metros a donde las cadenas la sostenían en el aire como una tortura agregada a su carga de captiva en esa bodega.

Aunque respiró más agitada al escucharnos parecía acostumbrada a que se le acercaran, y la idea de que le fuera habitual ser visitada en las noches la desprecié con mayor horror.

Annie se guardó el arma en el chaleco y descubrió a Hans, seguía tal y como la habíamos visto. No pude decir nada o quizás Annie no tenía intenciones de dejarme hablar porque lo primero que hizo fue cuestionar a Hans Zöe por lo que le había dicho en la mañana sobre sus sueños.

—Dijiste que me amaba, ¡jamás he visto algo así!

Hans se sorprendió poco de vernos ahí.

—Te digo lo que veo Annie Leonhardt, eres amada-. le sonrió -Él te ama

Annie se guardó sus sentimientos de nuevo callándose lo que de todas formas no tenía intenciones de decir.

—Eren—, me llamó antes de que pasara el minuto. Me acerqué con el hacha que tomé del edifico de al lado, Mina Carolina no había venido con nosotros en nuestra desventurada misión.

Me acerqué alzando el filo al aire ante una mirada sorprendida de la mujer ave. Al bajar la cadena no se había roto del todo y necesitaría aún más golpes.

—No… ¡No Eren Jaeger! Si tu padre se entera te condenará por liberarme, no lo hagas. No sabes de lo que ese hombre es capaz…

—Lidiaré con él después —dije, las mangas alzadas para dejarme trabajar, volví a golpear.

—Hablaré bien de ti. Estarás a salvo, tú y Annie, pero no te ruego que pares, aunque quisieras hacerlo no les alcanzará el tiempo ni la vida para hacerlo. Deben irse…

—¡No! —arremetí—. Tenemos que sacarte de aquí…

Annie subió la bujía a ver a Hans con atención cuando un ruido del exterior sonó dejándonos en silencio. Había algo o alguien afuera.

—¿Qué es lo que ven tus ojos? —le preguntó al ángel.

—No saldrán con vida si se quedan, deben partir ahora o no estarán a salvo, váyanse

—¿Quién vendrá tras nosotros?

—Hombres, de los suyos Annie, no criatura celestial ni demonio, mortales, carne y hueso como los suyos

Quise golpear más fuerte para romper la cadena, lo logré con la primera y busqué la segunda, pero eran más de veinte solo de abajo. Annie empezó a tronar con otra herramienta las cerraduras de las mismas que no podría romper. Hans se veía nerviosa, no queríamos parar.

—Escucha. Escucha Eren Jaeger, eres un buen hombre, muy joven aún para entender, vuelve a ponerme esas cadenas, cierren esos candados ahora. Deben irse, Annie y tu deben hacerlo antes de que los descubran intentando liberarme. Annie, no te puedo hablar del cielo que te gustaría que existiera si no solo aconsejarte que vivas esta vida cómo si no hubiera otra después. Y Eren, si eres capturado no dejes que te maten. Solo sobrevivirán con una clave, deben aprenderla. Debes decir Hanji. Si Él aparece deben decir Hanji, se entenderá cuando sea dicho. ¡Ahora váyanse!

Escuchamos ruido tras la puerta en la que entramos, Annie le pidió perdón en nombre de Bertholdt que hizo al ángel castaño rodara un par de lágrimas.

—Váyanse… —susurró.

Ayudé a Annie a jalar las poleas que subían la manta que cubrían al espécimen nombrado el Ángel de Yorkshire, apagó la bujía dejándonos en la sombras, tomó mi mano y me guió por otra salida, una que yo desconocía.

Mi respiración en el frio aire pegaba como vapor en la cara, hacia mi pecho entraba el gélido clima húmedo de la noche, y como no podía ver por dónde andábamos en esa profunda oscuridad de vez en cuando regulada por el halo de luz de una ventana a cada tantos pasos, cerré los ojos dejándome guiar por ella y su tibia mano enguantada.

En el edificio aledaño Mina recibió la ropa de incógnito dejándose las botas. En el carruaje la doncella se dedicó a conducir, Annie miraba por la ventana, no queríamos hablar, habíamos fallado, y el habernos dado por vencidos si habíamos llegado tan lejos era aún peor. Aunque no haber movido un dedo hubiera sido lo más bajo.

Me fue entregado en un arrebato de ira el gorro que había usado en nuestra incursión para hacerse pasar por un muchacho, en mis manos tenía tanto significado como nuestras esperanzas interrumpidas.

Cuando el carruaje se detuvo miré hacia la calle. No estábamos en casa.

—¿Qué es este lugar?

Mina bajó del pescante de un salto hacia un edificio que tenía sus luces encendidas, le abrieron la puerta al tocar, ella entregó una carta que fue leída por el encargado, cerró y luego regresó con un par de paquetes y le ayudó a llevar un cuadro forrado de mediano tamaño hacia nuestro carruaje.

—¿Para qué es?

Annie tenía recargado el mentón en la mano, la otra mano sobre las faldas.

—No se puede justificar el capricho de compras nocturnas sin las compras Eren… es cuestión de sentido común

Vi como a Mina le ayudaban con una lámpara para subirla con ella y retomamos nuestro camino.

De regreso, abatidos por nuestro fallo, no me di cuenta de mi aspecto hasta que miré mi reflejo en el espejo del hall. Mi madre se había quedado a esperarnos en la sala de estar.

—Madre mía, pareciera que saliste a cazar patos, no de compras —me admiró mi madre que angustiada junto a nuestros invitados no se habían ido a dormir hasta que regresáramos. Lord Leonhardt fumaba, Reiner y Bertholdt mirándome también acompañando a la señorita Annie. Guardé en un bolsillo el gorro. Annie me cubrió.

—Su hijo es un buen mozo, sabe cumplir los caprichos de una mujer señora Jaeger

—Mi querida Annie, esa es una debilidad que no le conocía a mi hijo —se dejó decir mi madre mandándose sonrisas con Lord Leonhardt que le devolvía el gesto con su pipa.

Annie se retiró y no me quise quedar, mi madre se fue conmigo, mi padre y el padre de Annie se quedaron solos, Reiner y Bertholdt también se retiraron pronto. Tuve que molestar con que me prepararan el baño, debía asearme. Entré a la tina cansado. Tenía mucho que pensar sobre lo que había pasado ese día.

Fue cuestión de suerte no quedarme dormido en el agua, la cabeza afuera, los brazos recogiendo mi entidad que no quería pensar ni imaginar ni cerrar los ojos, no obstante lo hacía.

Me restregué el cuerpo y salí, me sequé y vestí. Me vi arrastrándome hasta la cama, sentado miré hacia mi escritorio donde una vela iluminaba el sitio donde había meditado todo el día libertar al ángel del cual me había enterado de su existencia hacía horas que me parecían semanas a mí. Días para tan corto tiempo.

Volví a mirar el gorro junto a la luz del cuarto, era el objeto muestra del fracaso. Me irrité.

Dejé de pensar mientras la vela se consumía. Me repetía que debía apagarla porque se consumiría toda pero como le quedaba poco de vida no me interesó. Recargué la cabeza en la almohada mirándola extinguirse, finalmente quedó solo el pabilo incandescente brillando en la oscuridad del que salía un hilillo de humo, y cerré los ojos.

Lo que me fue trayendo de las mismas tinieblas de las que regresé en la tarde para reunirse con Annie a planear liberar a Hans, fue un ruido lejano que conforme me concentré recobrando mi consciencia descubrí era el ruido de vidrios siendo rotos.

Me levanté, alguien había irrumpido en la casa, y seguramente faltaba poco para que se escucharan gritos.

Un ladrón, pensé, pero pasando por los espias que pudiera estar detrás de mi padre y sus socios por Hans me preocupé primero por la maldad que podría atacarnos con sus delincuentes en lugar de pensar en el crimen que mi padre podría estar cometiendo por otra clase de maldad.

Me puse a pensar en lo que podría hacer yo solo, no tenía armas en mi cuarto pese a saber disparar, y la que me había regalado mi padre en caso de algún duelo de honor estaba del otro lado del piso en otra habitación.

Entreabrí la puerta con lo primero que pude alcanzarme, un candelero, como arma para atacar.

Afuera no había nada, el pasillo vacío, el vestíbulo vacío, las escaleras vacías, la luz de la calle en la alfombra esparciéndose como una mancha recreando las figuras del ventanal, y de pronto, alguien estaba empujando mi puerta de una patada.

Un respiro abrupto y me encontré con un individuo hecho de sombras que derribó la hoja de mi cuarto, frente a mí sujetaba una espada pese a que se veía preparado con armas de fuego, revolvers en cintas de piel en ambas piernas y en los costados.

—Jaeger… —caminó decido, la espada en la izquierda, tomando una pistola en la otra a su costado, su voz tan peligrosa como el filo del sable—, ¿dónde está? ¿En dónde la tienen?

Su interrogatorio tenía todo sentido pese a qué yo me veía desorientado.

Mejorando mi visión aún en peligro mi vida pude ver un rostro blanco de mirada destacable y seria, áspera, observándome con sumo odio desde la penumbra de la noche. Había un halo rojizo de luz desprendiéndosele de las pupilas como si fueran llamas que salieran de aquellos ojos infernales. Iba con la vestimenta de un distinguido caballero, corbatín, zapatos de piel en blanco y negro, pantalones con líneas claras delgadas, chaleco, camisa, frac, guantes para montar aunque sin sombrero. No supe que creer si parecía humano, su mirada era el rasgo que le imputaba su origen sobrenatural.

—Responde —vi amenazada mi vida con esas palabras entre dientes. La decisión nada trémula de matarme sin piedad en caso de no hablar.

No sentí calma hasta que me vi en la necesidad de recordar lo que fuere a salvarme la vida.

—¡Hanji! —grité de repente seguro de que la espada me atravesaría avanzada en el viento —¡Hanji! ¡Ella dijo que dijera Hanji!... ¡Hanji!

Bajo el haz de luna que entraba por los ventanales de mi cuarto escuché pasos afuera. El extraño caminó hacia mí descolocado por lo que acaba de decir, visiblemente molesto.

—Hanji... ¿Ella te quiso salvar?, ¿A ti?… ¿tu miserable vida? —torció los labios en su gesto viperino, los ojos se hicieron de reptil brillando como dos rubíes incendiados. Me tiró en el piso para poner su pie sobre mi esternón. El sable en el puente de mi nariz.

Vi correr toda mi vida frente a mis ojos. Corta, llena de locuras, tonterías y otras tantas bajezas e intrepideces. Estaba seguro de que me mataría. Casi húmeda la necesidad del sur de terror.

—Habla ahora mortal —siguió señalándome con su arma, a mi puerta acudían servidumbre en mi auxilio al escucharme gritar.

No quedaba tiempo. Instantes tal vez. El extraño siguió hablándome en ese pequeño lapso.

—Tu padre me debe su vida. Le ha robado a la persona equivocada. Dime —siseó más allá de lo humanamente enojado—, ¿Dónde está mi mujer?

Las ideas en mi cabeza se conectaron y luego vino a mi lo que mi madre había dicho después de ver al ángel. Levi, hijo de Jacob. Con su frase supe que podía dar mi vida por extinguida. Esa era la amenaza que Hans había querido evitarnos. Nosotros no alcanzamos a liberarla a tiempo, por ello corríamos el riesgo de pagar por el crimen de nuestros padres…

Y pensé en lo injusto que era al recordar a Bertholdt si yo era el primero que iba a morir»

.


.

Oh sí, es ese día, de los que tienes libre por obligación (así pueden imaginar cómo me encuentro en este momento). Quiero ser positiva, pero hay cosas que no comprendo, es decir, (me ha confundido mucho ese comentario así que debo preguntarlo ahora) ¿quieren que deje de publicar este fic o que lo borre o algo así? x.X U Me siento extraña por ese comentario diciéndome que deje de escribir...

.