Estos últimos días han sido horribles. Acabe reprobada en una materia, necesité tiempo para estudiar y aún no me he repuesto. Encima me quiero enfermar.

Lamento la demora, y continuaré por seguir disculpándome por todas les emociones y sinsabores que esta historia ha provocado y continuará haciendo... ya solo nos faltará el Viernes... (si es que aún quisieran pasar a leerlo).

Tengo el tiempo contado así que los dejaré con el chap...

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Jueves 1 de Mayo, 1851 Día de la Gran Exposición

V

«El humo salió de mi arma, y el calor del metal se sintió en la piel de mi mano quemándome. El tiempo no corrió lento, seguía igual, y el Dr. Grisha Jaeger, el hombre que me dio la vida, por el que yo me sentía tan orgulloso y admiraba tanto cómo a un ídolo, cayó de rodillas con una herida en el pecho junto al corazón.

No discerní lo que había hecho hasta que escuché a Mikasa sollozar. El que había disparado había sido yo.

—¡Papá!... —me daba cuenta demasiado tarde–, ¡Padre! —solté el arma corriendo hacia él que caía hacia el piso ahora completamente.

Lo tomé de los brazos, sangraba demasiado, su ropa empapándose. Me miró, parecía complacido, en sus ojos veía que había dolor, pena, más no arrepentimiento.

—No le digas a tu madre… o nunca nos perdonará por esto… —sujetó mi brazo seguro de lo que estaba diciendo. Le estaba costando respirar.

—Papá no… por favor… no mueras…

—Lo siento Eren… —me dijo —solo espero que el infierno no exista o nunca volveremos a ver a tu madre del otro lado… si es que existe…

—Papá…

—Frío. Tengo frío… —empezó a desvariar —existen… los ángeles… ellos viven en la misma tierra que nosotros… Oscuro Cegador… él tampoco...

—Papá… —lo empapararon mis lágrimas.

—Este mundo… es tan fantasioso…

Una gota rodó por la mejilla de mi padre y sus ojos se fijaron en la nada.

—Eren… —escuché la voz de Hanji a mis espaldas. Empecé a gritar.

¿Qué había hecho? Acababa de matar a mi propio padre.

Entre mis sollozos lo único que alcanzaba a escuchar era a Levi soltando las cadenas de Hans detrás de mí. Mi rodilla se vio empapada, bajo el cuerpo de mi padre se había creado un charco de sangre. Sujeté su ropa entre mis manos, sus manos seguían tibias, no había más movimiento en él pero me resistía a creer que hubiera muerto, aún seguía tratando de reanimarlo inútilmente.

Levi… Levi. Non… les gars…

Levi escuchó las palabras de su esposa, a cierta distancia Bertholdt y Reiner seguían teniendo a Mikasa amarrada que lloraba por mí. Había un chico de cabello plateado junto a los que habían llegado con Lord Leonhardt a mi casa, uno del servicio. Él sacó un cuchillo. Levi se puso alerta.

—Boris, ¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó otro de los que estaban de guardia. El chico estaba cortando las sogas que ataban a Mikasa que le veía como a un bendito. No dijo nada y la ayudó a ponerse de pie, le dio las gracias y caminó hacia mí descalza, había perdido sus zapatos de madera. Ni siquiera Bertholdt o Reiner hicieron algo para intervenir, lo contrario a los que quedaban.

—¡Ella es lo único que nos quedaba! —empezaron a quejarse.

—Ella fue un error desde el principio —dejo en claro Boris.

—Eren… —vino Mikasa hacia mí tratando de despertarme de mi sopor —Eren… —me atrajo de los hombros.

Ella siempre había mantenido su distancia por la cultura de la que proviene y su educación. Los ingleses no somos así de abiertos y expresivos tampoco, sin embargo también era germano, y de vez en cuando requería calidez.

En ese momento sus manos en mi cuello tratando de despejarme fueron mi único conforte. Me pegó a sí misma y me abrazó.

La tela de su kimono era suave, me transmitió tranquilidad. Tuve que cerrar los ojos, quería escapar de lo que había pasado. Estaba derrotado.

—¡Imbécil! —gritó el tipo junto a Boris golpeándolo y corriendo armado contra Mikasa.

Recibí una patada en la cara apartándonos.

—¡Eren!

Fui empujado, yo también estaba armado, de mi bolsillo traté de alcanzar el tanto de Mikasa que me había llevado de la casa de Armin. Fui golpeado por este individuo, el cuchillo cayó, rodó medio metro. Seguí forcejeando contra quién querría matarme, el llevaba una navaja en la mano porque quería destruirme, su cara de locura me lo indicaba.

No recibimos ayuda durante esta pelea. Lo pateé e intente arrastrarme lejos, pero entonces fui atrapado de los pies, jalado y vi a Mikasa abalanzarse en su contra.

Había alcanzado su cuchillo... Lo acababa de enterrar en el cuello de mi atacante.

Fue empujada y cayó conmigo, la recogí e intenté apartarla del peligro, pero en cuanto este matón de Leonhardt se dio cuenta de que había sido apuñalado se quitó el tanto de la carne y ríos caían de su herida. En el kimono de Mikasa quedaron manchas sangrientas. El sujeto no se pudo mover mas, intentó volver con nosotros con un rostro indescriptible de odio, pero, de rodillas se desplomó y se desangró hasta morir.

Mikasa acababa de matarlo para salvarme. Una mano manchada de la vida que acababa de extinguir pegada a mi pecho jalando aire.

Estaban a un lado dos cadáveres, a dos personas acabábamos de matar, uno de ellos mi padre.

La sentí igual de perdida que yo.

—Ese idiota… —empezó a murmurar Boris. Tiró unas llaves al piso y se alejó, caminó hacia una la puerta, se marchaba. Ya era demasiado para seguir. Sin embargo la figura que se movió fue la que estaba junto al ángel.

—¡No Levi... ya no… —escuché a Hans hablar con Levi —Ya basta… déjalos ir…

Los miré abrazando a Mikasa temiendo aún que debiera protegerla de algo más. Levi siguió quitándole las cadenas a Zöe una vez desistió de buscar más culpables. Los demás hombres contratados por el difunto Lord Leonhardt y mi padre muerto también empezaron a rendirse y a salir.

—¿Alguien más va a intentar querer llevarla a la Exposición? —preguntó Reiner desde su sitio.

Nadie se atrevió a contestar. Levi en ningún momento dejó sus armas ni yo a Mikasa. Estuvimos quietos, inmóviles mientras la sala era abandonada. La tienda iría a quedar vacía.

Finalmente los únicos que quedamos fuimos nosotros y el par de Bertholdt y Reiner.

Levi regresó a su tarea de terminar de liberar a su esposa que en algún punto respiró aliviada de que ya todo fuera a acabar.

—Hanji… —mascullaba. Ella había empezado a llorar.

—Levi, lo siento... No sabía que esto iba a pasar

—Yo sí. Te lo advertí —le adjudicaba su regaño en medio de besos que se desvivía en darle una vez. Cayó la última cadena quebradas con su espada, una de un metal tan fuerte que no se comparaba con mi manera de querer liberarla un día antes—Te dije que no confiaras en los pestilentes humanos —volvía a besarla —No valen la pena. Todos están corruptos

Hanji derramó más lágrimas que Levi se detenía a secar con afecto. No se molestaba en ocultarle su enojo, pero la amaba demasiado para dejar de sostener su rostro.

—Yo quiero creer en ellos. Tienen salvación, son maravillosos, deberíamos volver a cuidarlos Levi

—Sabes que no son nuestra responsabilidad

—Deberían volver a serlo —replicó, inflándose el pecho de orgullo —Mira esa magnífica exposición, inventos y adelantos de toda partes del mundo. Avanzan a pasos gigantes ahora. Toda esa tecnología los beneficiará si saben cómo enfocarla. Ellos quieren salvarse. Quiero ver los caminos que tomarán…

—Hanji— la sujetó de la barbilla queriéndola hacer desistir de sus ilusiones —Con los que nos controlan persiguiéndonos ¿crees que tenemos tiempo para esto? Nadie apuesta por los mortales, son ingenuos y maleables, tontos, frívolos. Ni siquiera se piensa en destruirlos porque ellos mismos lo harán tarde o temprano, ¡no nos necesitan!, ellos mismos son demonios, y tú que eres un ángel pensaban en matarte con el fin de reunir más conocimiento. ¿Es en ellos en donde depositas tu fe? No serás prisionera de nadie, tu lugar es conmigo

Hans empezó a llorar más profusamente.

—Por favor, no me hagas elegir

Levi la tomó del cabello.

—Te obligo a elegir a ahora —recalcó mostrando los dientes, sus ojos reptiles rojos de nuevo —O son los mortales o soy yo. Elige Hanji

La mujer nos miró a Mikasa y a mí, a Bertholdt y Reiner. Lágrimas se le escaparon de las comisuras de sus grandes ojos cafés, se mordió los labios y se echó a brazos de su esposo.

—¡Te odio!... Sabes que siempre te escogeré a ti. Deja de torturarme con ello…

Se puso de pie de la silla, lo que había distinguido en un pensamiento se volvía verídico a unos pasos de nosotros. Hans era más alta que Levi y sus alas se arrastraban en el piso, ensuciándose de sangre y tierra. El vestido de seda vaporoso.

Y como si hubieran pasado un siglo de su vida sin verse, abrazados, encontrados finalmente, la pareja se empezó a besar efusivos sin importarles más ya nada. Estaban bien, y estaban juntos.

Eso era lo único que valía.

Por un largo rato Mikasa se quedó en mi pecho. Había logrado tranquilizarme ante la alerta de peligro no solo para salvar mi vida sino la de Mikasa también. Levi tenía a su mujer de nuevo, su juramento había sido completado. Sir Arlert se había quitado la vida. Lord Pixis, Mr. Garrison, Lord Leonhardt y mi padre estaban muertos.

Ya todo había terminado, así que con todo pesar y con todo el dolor de mi alma por lo que había perdido y logrado proteger, me sentí aliviado, y sumamente destruido.

Y aún con todos los destrozos a su paso el fin del cataclismo siempre tendrá el sabor de la paz, así duela…

—Tenemos que dejar nuestra esencia a un lado para sobrevivir… ¿no es cierto Eren?... —llegó a mis oídos el murmullo de Mikasa en mi cuello.

Sé que algo en ese día murió en nuestro interior.

Lo único que pude hacer para contestarle fue abrazarla más fuerte. Si debía protegerla entonces no era tan inútil, tenía un propósito, me sentía capaz de hacer cualquier cosa -aún las más estúpidas, con tal de salvarle.

Levi y Hanji no paraban de besarse, y lo hacían con tanta necesidad que aún en lo más lúgubre y frío que era ese demonio para matar tenía una importante razón para hacerlo, esta se desvivía en corresponderle pese a lo prohibido y profano de esa unión. Era su esposa. Un ángel. Hans Zöe.

El sonido de un cuchillo me distrajo.

—¡Bertholdt! ¿pero qué haces? —escuché a Reiner gritar con enfado y con lo más cercano que le había oído a pánico. El joven Fubar a su lado se había cortado las muñecas.

Se recargó en él un momento para no caerse. La daga al piso, Mikasa levantándose en su espina también.

Hanji y Levi se separaron. El rostro de la castaña se deformó, lágrimas se le juntaron en los ojos avellana.

—¡Bertholdt! —gritó yendo a su lado a paso rápido, los pies descalzos aún con los grilletes en ellos pero las cadenas rotas, se cayeron a su andar. El chico había caído sobre Reiner que le sostenía.

El ambiente se había vuelto sumamente melancólico y triste. No había nadie ahí que no hubiera perdido algo.

—Hans… —la llamó, estaba seguro de que iba a morir. Reiner lo sostenía en el piso.

—Berholdt, por favor… no…

—No, Hanji, no derrames lágrimas por mí. No soy digno de ellas —trataba de confortarla.

—Eso tú no lo sabes

—El dolor tampoco limpiará mi alma

—¡Eso es lo más arcaico que has dicho!... y es una tontería. Bertholdt —subió su mano a empaparlo con las lágrimas de su cara, no supe que quiso lograr con esto pero no funcionó y empezó a llorar con más fuerza—. ¡Idiota! Nada de esto fue tu culpa…

—Para Annie lo fue

—Ella aún podría perdonarte

—No, no lo hará. Ni yo viviré para constatarlo… no quiero hacerlo

Levi llegó siguiendo a su esposa que se había puesto de rodillas junto a los dos varones. Afuera se escuchaba ruido, algo parecido a un tumulto. Reiner bajó la cabeza, pareció tomar una decisión.

—No dejaran que salga nadie de aquí vivo. Harán volar el edificio —nos dijo. Con eso fue suficiente para que me pusiera de pie y Mikasa me siguiera dándome la mano. Me quité la levita que no era mía y se la puse.

Levi estaba frío y rígido a lo que oía.

—¿Cuántos?

—Los suficientes —se quedó con el brazo de Bertholdt que se alejó del toque de Hanji—. Tienen que salir de aquí. Creen que pueden matarlos todavía, con un cuerpo si muestran las alas del ángel aún pueden creerles en nombre de los amos que los contrataron…

La teoría expuesta tenía sentido. Hanji miró a su esposo.

—Levi…

—Nos vamos de aquí

—No podemos dejarlos solos —nos rebatió.

Reiner bajó la cabeza a ver a Bertholdt que pese a respirar con algo de dificultad aun tenía fuerzas para hablar quedándose pálido.

—Reiner, te tienes que ir

—No —se veía decidido a quedarse con él.

—No seas necio. Vete

—Recibiste un disparo por mí, más de una docena de golpes en mi lugar. Te debo la vida. Si has decidido morir me quedaré contigo a saldar mi deuda… Bert, eres mi mejor amigo

Bertholdt calló, pero se quedó viéndole con una sonrisa triste. Cerró los ojos respirado hondo. Su muerte sería lenta.

—Nos vamos —tomó Levi de la mano a su esposa y nos miró, yo llevaba a Mikasa de los hombros.

Nos pusimos en camino hacia la puerta y aún ahí escuché una daga de nuevo, Mikasa no volvió la vista pero yo sí. Reiner se cortaba las venas por igual.

—¡Enkidu! —gritó Hans de repente sabiendo de los dos amigos mientras nos íbamos. Ella detuvo su paso y los miró —Levi, aún puedo…

—Hanji no, no de nuevo… ¡Esta no es alguna leyenda de Gilgamesh! ¿Crees que si se les ofreciera la inmortalidad a esos humanos le devolverías las ganas de vivir?

—¡Sí! Lo creo

—No Hans… no cambiaría nada… —me giré para escuchar a Reiner aún pendiente de un moribundo Bertholdt que se desangraba lentamente, él esperaba morir por igual—. Váyanse.

A Hans, aunque se rehusaba a verlos rendirse, Levi no la dejó quedarse más tiempo. La volvió a tomar de la mano, tiró, y ella empezó a caminar tras él obligada a abandonar su idea de intentar prestar ayuda que no quería ser recibida.

Avanzando hacia la salida sabíamos que había una horda de hombres furiosos y llenos de ambición por mostrar a Hans al mundo. Levi estaba preparado y yo quería confiar en él así cómo me había salvado la vida en más de una ocasión pero la mayoría corriendo peligro por su culpa aunque tuvo que pensarlo mejor.

Él no había intervenido cuando mi padre quería cortar el cuello de Hans casi como si supiera que no iba a lograr su cometido. El solo dejó que yo me ocupara del trabajo sucio aún si no sabía lo que iba a ocurrir. Levi dejó que pasara. Dejó que manchara mis manos con la sangre de mi padre...

Y luego, en ese momento, en el que me culpaba y lo culpaba a él por las vidas arrebatadas, el demonio en el que pensaba volteó a verme con una mirada siniestra. Debió haberme leído la mente.

Hans acortó su paso para quedarse hombro a hombro con nosotros. Mikasa estaba herida en la palma de las manos por haber apuñalado al hombre que quiso matarme. Sangraba. Hans recogió las lágrimas de uno de sus ojos, del mismo lado con que se quedó manchada de la sangre de Bertholdt, y tomando a Mikasa puso las gotas en su piel.

Mikasa pareció sentir algo que la estremeció.Su piel se cerró.

—Hanji… —me vi absorto y de inmediato lleno de rencor —¡¿Por qué si puedes curar no salvaste a mi padre?! —le reclamé. La voz quebrándoseme.

Levi me miró con desaprobación y siguió su curso a la salida, recogió una soga que empezó a amarrar y estirar. Ella me devolvió una triste mirada y respondió:

—No hice nada porque no puedo curar a quién no quiere vivir…

La amargura siguió escurriéndose en mi garganta. Por lo mismo ella no pudo curar a Bertholdt.

Usaríamos la salida trasera. En el pasaje habían varios hombres que armados de palos, uno hasta llevaba un azadón, nos amenazaban. Mikasa se pegó a mí. Levi tomó la cuerda que había alzado, la lanzó al primero que vio capturándolo y lo lanzó hacia la tienda que habíamos dejado cómo si se tratara de un vaquero lazando una vaca. Un par corrieron asustados, los demás, entre ellos el del azadón, siguieron su amenaza. Levi volvió a ocupar la cuerda y nos despejó el camino lanzando en el aire a todos los incautos de vuelta al edificio del que escuchamos una pequeña explosión en sus cimientos. Los hombres parecían estallar en la pared como una mancha de tinta en el papel. Empecé a correr con Mikasa, la estructura que quedaba de la tienda empezó a temblar con las detonaciones que se hicieron una sola para escupir nubes humeantes de fuego. Hanji y Levi no tuvieron la misma reacción que nosotros, pero en Hans la negrura de la angustia la cruzó. Escuché algo tronando lenta y poderosamente, los muros cedieron y el edificio se fue deshaciendo hacia el interior bajo las mantas que lo cubrían levantando polvaredas.

Las sombras no iban a cubrir a Hans y sus alas, seguía siendo de día. La luz la alcanzó junto a su esposo y nada les ocurrió, él seguía sin incinerarse.

Levi pateó unos barriles de otra tienda y levantó una de las mantas de la construcción. La llevó a rastras a llegar con su esposa y sin previo aviso la envolvió y cargó. Ella pareció sorprendida, no abrió la boca. Levi empezó a caminar y nosotros seguimos nuestro camino en el pasillo de servicio. Quería que todo acabara de una buena vez. Debíamos salir de ahí, alejarnos de la zona antes de que descubrieran el otro asesinato en la calle Oxford con esa tienda destruida. Desconocía si Scotland Yard ya sabía sobre la masacre en el túnel debajo de la Cafetería del Titán dónde Lord Pixis y Garrison cayeron; mi padre y Lord Leonhardt ya lo tenían en su conocimiento.

A las afueras del pasaje había una figura en la última tienda cerrada, oculta en un portón, con el uniforme de un soldado americano sin embargo una espada antigua en su estuche a la cadera como el lazo de un centurión.

—Levi —le llamó cómo si ya lo conociera.

Llevando a Hanji en brazos aún si parecía demasiado pesada para él el nombrado se detuvo mirando al que estaba enfrente en el callejón, un hombre rubio de cabello peinado entre militar y libre, de rostro sereno no obstante vividos muchos escenarios en sus ojos experimentados, arriba cejas pobladas.

—¿Qué haces aquí? —intercambió miradas con Levi. El rubio solo le sonrió.

—Tú me llamaste

Hans le reconoció.

—¡Erwin!

—No te necesitamos— mostró una áspera mirada el demonio. Su esposa se movió en sus brazos y bajó a saludar al recién llegado con algo de detenimiento —Hanji, no arrastres las alas —Ella estaba atrapada en el hombre que la veía.

—Erwin. Hace tanto tiempo que…

—Que huiste Hanji

La mujer puso una expresión seria.

—Lo hice por una buena razón...

Al caminar un par de pasos adelante Erwin pudo dejar al descubierto su identidad, en su espalda llevaba alas quizás un poco más grandes que las de Hanji solo que estas eran de color blanco. No pude ocultar mi impresión recordando la charla con Levi sobre los estratos de la raza de su esposa, Mikasa se mantuvo más quieta que yo. Era un segundo ángel. Cada ala bien podría medir más de lo que altura del que las poseía, y como Levi se quejó de ello con su esposa, eran arrastradas. Erwin y Hanji compartieron un abrazo y ella besó su frente con un gesto de afecto parándose de puntas. Se veía triste y él abnegado.

—Es bueno verte

—¿Después de tanto tiempo?

—No significa que no hubiéramos pensado en ti

—No lo dudo —echó un vistazo a Levi.

—¿Cómo se encuentran todos? —inquirió la castaña.

—Supongo que bien, extrañando un poco tu estridencia —le entregó algo envuelto en un pañuelo de seda. Hanji lo desenvolvió, le había dado unas antiparras circulares. En su cara se dibujo una discreta sonrisa abrazando al rubio agradecida.

—Gracias —dijo poniéndoselas en la cabeza, usando un mechón de cabello para atarse la mata de pelo largo y rebelde.

Levi se acercó a ella, pero aún inseguro de poder avanzar me quedé atrás con Mikasa mirando la escena que se desenvolvía. Dos ángeles, un demonio, nosotros éramos los únicos humanos ahí y Mikasa comprendía mi aprehensión.

—Esto no es precisamente mantener un perfil bajo Levi, ni aquí ni en Yorkshire—hablaba el que había sido señalado como Erwin y que pude relacionarlo con el nombre que Levi había mencionado sosteniendo la pluma blanca de su reloj al amanecer. En mi mente algo que no sabía muy bien de qué se trataba cobró sentido. El sol y Levi ya no eran dispares, solo podía deberse a una causa.

—Erwin, fue mi culpa. Esta vez todo fue mi culpa —excusó Hanji llamando la atención sobre si misma antes que su esposo.

—En lo anterior fue de los dos

Leví permanecía serio ante el rubio, no había intercambiado con él otra palabra ante el regalo que recibió su mujer de su parte. Hans se cubrió los hombros con las manos. Erwin retomó.

—Aún así no hemos vuelto a buscarlos. Dudo mucho que volvamos a hacerlo otra vez

Levi le miró extraño, entonces reclamó.

—¿De qué estás hablando? Explícate

Erwin mostró un rostro afable.

—Esta rutina no debe continuar. Iba a pasar algún día y ese día llegó. Después de lo que ha sido visto por tu tan nombrada obsesión con Hanji pese a ser una especie enemiga no queremos volver a ver una masacre cómo está en Londres o cómo la de Venecia. No ocurrirá en ningún otro lugar—. Mantuvo una seria expresión amenazante —A cambio me han enviado a informarlos que de parte nuestra no los volveremos a cazar, son libres, al menos de nuestra especie...

—Erwin —desanudó las manos Hans. Al parecer esas eran buenas noticias.

—Solo quedas tú Levi —se acercó Erwin levantando su mano a la espera de ser estrechada —has demostrado que harías cualquier cosa por Hanji, y eso es un asunto de respeto para cualquiera. Sigue haciendo un buen trabajo

Levi estrechó su mano.

—Nada le va a pasar

—Contamos contigo para que así sea

Erwin fue con Hanji por un abrazo. Hablaron en susurros de un idioma que jamás entendí bien tan lejos.

La despedida terminó pronto con el nuevo individuo que abrió de repente sus enormes alas blancas y de un impresionante salto, estas, poderosas en toda su extensión, lo elevaron hacia el cielo.

Desapareció tan misterioso cómo llego, como si nunca hubiera estado ahí. Camine mirando hacia arriba junto a Mikasa, se hizo un punto oscuro en las nubes, de inmediato nada, como si hubiera sido borrado.

Hanji quedó con Levi abrazada, observando la partida de lo que parecía ser un viejo aliado.

Viendo mi curiosidad o quizás leyéndola Hans expresó atrapada en una inmensa paz:

—Entre más alto llegues la luz deslumbrará a los que te quieran seguir con la mirada. Al final te pierdes en un destello brillante...

No podría asegurar si al escucharla lloré por lo que dijo, si aún seguía incapacitado de razón por lo de mi padre y la escena de Mikasa, o si el brillo del cielo me deslumbró; lo único que puedo asegurar es que mi cara seguía húmeda, y que mis ojos no podian detener el llanto. Pero comprendí otra cosa más que nunca, y era que la pesadilla había acabado; que pese a las pérdidas y las heridas todo tendría solución, y esto y la mano de Mikasa fueron lo único que logró reconfortarme.

Algo bueno saldría de todo esto. La tentación estaba superada...»

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Sorry (somebody kill me...)