Katekyo Hitman Reborn! No me pertenece. La historia la escribo por diversión propia y del que lo lea.
Advertencia: Yaoi. Universo Alterno sumamente retorcido. No descarto la futura posibilidad de un lemon-hard-yaoi de dudosa calidad.
Parejas:Xanxus x Squalo. Yamamoto x Gokudera. Y posiblemente más.
Se busca.
2.
En las húmedas, empedradas y empinadas calles de los barrios romanos, el sol inundaba los rincones, iluminando los desayunos que despedían olor a pasta. Cuando el despertador resonó anunciando las siete de la mañana, por el pequeño balcón, un rayo de luz se coló y pegó justo en su rostro.
Despertó cansado y con los ojos plateados hinchados por no haber podido dormir ni cinco horas. Quitó de su cara los largos cabellos plateados que se hacían nudos entre sí por no haber sido previamente amarrados. Se estiró con pereza, apagó el despertador y se dirigió al pequeño baño personal ha acearse. Al salir, aún adormilado, enredó su larga melena en una toalla. Se colocó unos jeans, sus botas y una sudadera roja.
Salió de su pequeña habitación rumbo a la cocina, chocando de paso con algunos libros sobre Ingeniería hidráulica, antiguos acueductos de Italia y una que otra enciclopedia, entre otros libros de los cuales desconocía la finalidad.
Se acercó cansado a la cocina. Los ojos le ardían como nunca. Miró los anaqueles y el refrigerador, suspiró y sacó unos huevos del último. Tomó una sartén y la colocó al fuego de la estufa, donde después de unos minutos, vertió cuatro huevos. Con algo de torpeza aún, buscó la cafetera de peltre y le colocó agua, para después ponerla a fuego lento.
–¡Voiii, Hayato, mueve tu maldito trasero que el desayuno se enfriará! –Gritó hacia el interior de la casa donde se encontraban las habitaciones.
Del pasillo que conectaba dos habitaciones y el baño principal con la sala-comedor-cocina, a paso lento y perezoso, un joven de rasgos similares al primero se dirigía a desayunar, con una mochila a cuestas y tallando su ojo izquierdo con el reverso de su mano.
–¡Ya voy, ya voy, maldición Squalo! –El chico era más pequeño que el primero; de melena plateada hasta los hombros y ojos verdes metálicos. Se sentó en el comedor junto a la cocina. –Mierda, que maña la tuya de gritar a tan tempranas horas.
–Cállate, mal agradecido. –Sirvió platos para ambos y se sentó junto al chico.
Por la rectangular ventana del comedor se oía a su regordeta vecina gritarle a sus hijos que se apresuraran o perderían el transporte hacia la escuela. De trasfondo, el anciano Felivene riéndose a carcajadas de en realidad nada y todo a la vez. El día, aunque frío, mostraba un resplandeciente sol que a ratos se escondía entre las nubes.
–Tengo malas noticias –avisó más calmado el hombre de larga cabellera.
Su acompañante rodó los ojos fastidiado, ya harto de tanta mala suerte.–Hmm, ¿y ahora qué?
–Perdí mi segundo empleo. –Contestó descuidado el mayor, sin ánimos de explicar cualquier cosa.
–¡Qué! –Gritó el de ojos verdes, golpeando con ambas manos la mesa, levantándose de la silla, y dilatando sus pupilas de la impresión.– ¿Pero tú estás loco?... ¡No ves que a penas si nos alcanzaba con tus dos miserables empleos y ahora pierdes uno...!
–¡Voi, no es mi culpa! –Gritó alzando el tenedor en señal de amenaza –La hija loca del dueño del acuario comenzó ha acosarme, y el dueño ha dicho que si no me caso con ella me despedía. –remató su expresión cruzando los brazos indignado.
El menor se dejó caer en la silla y soltó un hondo suspiro. Negó con la cabeza levemente y perjuró unas cuantas maldiciones.
–Pues hubieras aceptado. –Terminó sagaz.
–¿Dónde me vez la cara de puta, bastardo? –El tenedor voló de la mano del mayor, viajando por un costado de la mejilla izquierda del otro chico, el cual quedó estático por el repentino movimiento. De la impresión, sus músculos se tensaron y las pupilas se le dilataron, contuvo el aire para retraer más su cuerpo y evitar que ese tenedor acabase en su rostro.
Squalo estaba loco. Y no era un loco agradable.
El oji-verde soltó el aire que contuvo, ya aliviado de haber salvado su pellejo. Se pasó una mano por los plateados cabellos, quitándolos de su rostro. Dejó caer todo el peso de su cabeza en la palma de su mano derecha, que a su vez era recargada en el filo de la mesa. Y soltó una altanera carcajada seca.
–Todo esto se arreglaría si me dejaras trabajar. –Masculló entre dientes, como no queriendo la cosa.
–¡Jamás! –El mayor se levantó tan veloz como la luz, haciendo volar, ahora, el cuchillo de la mantequilla a la dirección contraria por la que antes pasó el primer cubierto. –Tú tienes que terminar la maldita universidad lo antes posible. No me he matado todos estos años educándote para que tires todo a la mierda.
El burbujeo del agua dentro de la cafetera rogaba a gritos que le retiraran de la flama. Squalo se tomó el cuello con algo de cansancio. Se acercó a la estufa con la cafetera hirviendo y la retiró del fuego. Sacó una taza blanca de entre los anaqueles y se sirvió paciente el agua. De entre las especias, tomó un enorme frasco de cristal con su nombre escrito bien en grade al centro de una etiqueta. Vertió tres cucharadas de café y dos cubos de azúcar, como a él le gustaba.
Se dio media vuelta aún de pie y miró a Hayato con altanería.
–Tu concéntrate en tus asuntos, que yo resolveré los míos.
–Como sea. –El menor se levantó limpiando su boca con la servilleta. Se estiró perezosamente y bostezó profundo. Se acercó al único sillón de la sala y tomó las llaves de viejo departamento. Tomó del suelo su maleta y por el camino a la puerta introdujo más libros desperdigados en el suelo a la bolsa. Salió de la casa gritando mientras se despedía. –Te veo en la tarde.Y consigue otro empleo.
[..I..]
Tomó el periódico una vez más y revisó si algún empleo se le había escapado por tercera vez consecutiva, nada, ni una mierda. Parecía que la suerte no estaba de su lado..., nunca lo estuvo.
Al ser día libre en el empleo que aún conservaba, Squalo se tomó toda la tarde buscando empleo -o al menos eso decía hacer- y haciendo llamadas a algunos «amigos», y un rotundo rechazo era la respuesta en todos lados. Estaba jodido. Se sentía al borde de la maldita desesperación. ¡Ah, pero él quería trabajar! Porque a Squalo siempre le importó dos rábanos los estudios. El tiempo se le venía encima. Tenía que pagar el alquiler, servicios de red, la colegiatura, y las deudas de juego de su desgraciada hermana... ¡Ah! Y la comida.
–Maldición. –Aventó el periódico lejos de él y echó la cabeza hacia atrás.
Squalo Superbi era el segundo hijo en una familia de tres, compuesta de tres hermanos. Su madre había muerto desde hacía mucho tiempo atrás, y a su padre biológico nunca lo conoció, hecho que en realidad no le importaba. El padre de su hermano menor, quien fue como uno para él, murió cinco años después, dejando solos a Bianchi, la mayor, a él, y a Hayato, el menor de los tres.
Bianchi era una chica muy atractiva físicamente, pero todo un desastre emocional. Entregada por completo al alcohol, y que, al cumplir la mayoría de edad, se metió en problemas hasta con su propia sombra por ser una apostadora compulsiva, causa por la cual abandonó a sus hermanos, huyendo de la ciudad, del estado o incluso de país, dejando a Squalo a cargo de Hayato.
Squalo trabajaba por las mañanas en una cafetería y por las noches en un acuario en el centro de la ciudad, aunque el segundo empleo era más un hobbi, no podía negar que los tiburones blancos eran víctimas de su admiración. Hayato estudiaba ingeniería en la universidad privada de Roma, ayudado por una beca del ochenta por ciento por su raro y molesto don de ser un sabelotodo.
Pero ahora, estaban más jodidos que nunca, más que de costumbre. Sin su segundo empleo, los gastos se le venían encima al mayor.
Sacudió la cabeza y se enderezó en el sillón. Se colocó las botas y salió sin rumbo fijo de su hogar. Bajó las húmedas escaleras del viejo edificio, donde, en el segundo piso, chocó directo con la señora Felivene. Una vieja cuarentona e hipócrita, con complejo de celestina y el periódico ambulante del edificio, convenenciera y moralista, con un par de gemelos que parecían la reencarnación de Loki.
–¡Oh, no, no, no, no! Squalo, caro, casi me tiras. Debes fijarte por donde caminas muchacho.
–Claro –rodó despreocupado los ojos. –Lo...
–¡Oh, no, no, no, no! No te disculpes, caro, mejor toma. –lo cargó de bolsas abarrotadas hasta el tope de víveres, pesadísimas, por cierto. –Ayúdame a llevar esto a mi puerta.
–Ahora mismo voy de salida, señora Felivene.
–¡Oh, caro! Si no te quitará más de cinco minutos –y sonrió con esa falsa sonrisa llena de maldad– por cierto, el alquiler de este mes-...
–¡Vámos, vamos! –el de ojos plateados le interrumpió cuando el tema fue dado a luz, porque, para colmo de sus males, la regordeta Felivene era, además, la encargada del edificio. Capaz de correrte a patadas si se le daba la maldita gana.
Resoplando dio media vuelta, de nuevo a subir las escaleras un piso, donde en el número treinta y uno se detuvo a esperar que la mujer, cómoda como la fresca mañana, se tomara su tiempo buscando las malditas llaves. Una vez dejado los víveres en el comedor de la mujer, con un gruñido de fastidio y una maldición mental hacia la señora Felivene y sus dos engendros -quienes casi lo hicieron caer al entrar al lugar poniéndole el pie- se dispuso a salir de ahí. Pero no, ese día sólo empeoraba.
–¡Oh, Squalo, caro! Que me he olvidado de algo súper importante. Por favor, cuida de mis angelitos en lo que regreso a la tienda.
–En realidad, no tengo tiempo ahora.
–Claro... entonces te recuerdo que el alquiler del mes-...
–¡Voii, vaya por sus cosas que yo cuido a sus...niños!
La mujer sonrió, tomó su abrigo y bolso, y salió corriendo del lugar. –Vuelvo pronto, bambinos, addio.
[..II..]
La mujer, que ya había tardado más de cuarenta minutos, ya había sido mil y un veces maldecida por Squalo. Y es que esos vástagos del mal ya le habían tirado tantas veces el cabello que el cuero cabelludo le ardía como el infierno, gritaban con la misma potencia de mil bocinas y se golpeaban entre sí tirando todo a su paso.
–¡Voiii, malditos bastardos, es suficiente!
Los niños, asustados, se pararon estáticos frente a él. El mayor sonrió, había funcionado. Mas no advirtió cuando las cuencas avellana de los pequeños se llenaron de lágrimas y sus estridentes gritos eran aún peor que antes. Se tallaban los ojos sus fluidos corporales se desbordaban, y cuando parecían consolarse, los gritos volvían.
–¡Voiii! ¡Que se callen les he dicho! –Los castaños, nuevamente helados, dejaron de berrear. –¿Quieren que les diga qué les sucede a los mocosos que lloran y desobedecen? –los niños Felivene asintieron con temor, cubriéndose uno con el otro –Viene un gran hombre, enorme, de ojos rojos como la sangre y los roba; los lleva a su guarida, les corta la lengua y les saca los ojos. Después los abandona en una villa olvidada en Toscana y los deja morir de hambre.
Los gemelos, temblando, se dejaron caer de centón en la sucia alfombra. abrazándose y al borde de mojar sus pantaloncillos. La mujer cortó la tensión al abrir escandalosamente la puerta, acto que asustó -más- a los pequeños, haciéndolos salir corriendo a su habitación.
–¡Oh, Squalo, caro! Me tardé más de lo esperado. –El hombre gruñó. –Pero mira que callados están mis angelitos. Caro, tienes toque con los niños ¿cuál es tu secreto? ¡Deberías dedicarte a esto!
–Como sea, me largo.
[..III..]
Al llegar a su hogar azotó furioso la puerta, que a su vez hizo vibrar las ventanas. Aventó las botas por toda la sala y se tumbó en el sofá. El maldito día casi acababa y el seguía sin empleo. ¿Pero qué más podía hacer? Revisó todos los periódicos y uno que otro programa basura en televisión, pero parecía que ese día había amanecido con el pie és de un rato, recordó, aún no agotaba todas las posibilidades. Aún había una.
Desesperado por no encontrar nada y ya casi acabado el día, Squalo buscó un tanto desconfiado por Internet. Tantas noticias sobre fraudes era lo que no le permitía confiar del todo en esos sitios. Cuando entró a la primera página de empleos que encontró al azar, un enorme anuncio en brillantes colores saltó llenando toda la pantalla del ordenador.
–Pero qué mierda... «Se solicita niñera veinticuatro horas. No se necesita experiencia...» sueldo... –El de ojos plata abrió la boca sorprendido al ver el número de ceros en esa cifra, y eso sólo a la semana. –¿Pues a quién mierda se tiene que cuidar?
Después de meditarlo un poco, tomó el teléfono y marcó presuroso los dígitos señalados. El timbre de espera sonó dos veces y del otro lado de la línea una femenina pero gruesa voz contestó.
–¡Ciao, usted está hablando por el empleo!
–Voi, s-sí, así es... ¿Cómo lo-?
–Dios mio, pero si es un chico.
–Bueno, en el anuncio no solicitaban sexo específico así que pensé que...
–Sí, sí. No importa querido. Bueno ¿y cómo te llamas?
–Superbi Squalo. Verá nunca he sido niñero, pero cuidé de-
–Eso no importa, querido. Ahora mismo te doy la dirección para que te mudes ya mismo y puedas cuidar al bodoque.
–Sobre eso... no puedo cuidar tanto tiempo al-
–¡Oh, ya veo! Que lástima, bueno, ahora tengo todos tus datos y te llamaré si el Boss acepta, cuidate Squ-chan ¡Ciao!
El tono que anunciaba la llamada finalizada resonó en la bocina. Squalo colgó, aún desconcertado, el teléfono. ¿Qué mierda acababa de suceder? Oficialmente, era la cosa más rara que había vivido en muchísimo tiempo.
[..IV..]
El moreno se paseaba por toda la casa tratando de imaginar que aquél horrible alarido era obra de una pesadilla, una horrible, ¡Horrible pesadilla! Además de los desgarradores llantos que emanaba la «cosa», un terrible olor empezaba a sustituir el aroma a fragancia cara. Tomó el teléfono en su mano libre, mientras con la diestra bebía su cuarto vaso de licor en aquella tarde-noche, y llamó lo más rápido que pudo a su estúpido asistente.
–¿Ciao? ¿Boss?
–Pedazo de escoria, ¿dónde mierdas está la maldita niñera? Esta cosa me volverá loco si sigue llorando.
–Pero, jefe, nadie a llamado. Llamé a todas las agencias de niñeras y ni una aceptó al enterarse de que usted era el que la solicitaba, mencionaban algo de acabar violadas por usted...–Xanxus rodó los ojos. –Y corrieron el rumor de que usted solicitaba niñera, así que ahora ninguna acepta. Incluso ofrecí duplicar el sueldo, pero nadie acepta... ¡Espere! Ahora que recuerdo, hace unos minutos llamó un chico por el empleo...
–¿Y? Me vale mierdas si es hombre, yo sólo quiero que callen los berridos de ese mocoso.
–Pero dijo que no pod-
–¡Contrátalo, maldita sea!
[..V..]
Hayato cayó de espaldas en la alfombra y su libro de hidráulica en su estómago, mandando a volar, a su vez, los lentes de su cara. Se tomó el estómago con ambas manos y unas lágrimas escaparon de sus ojos verdes. Se semi-incorporó en su antebrazo y miró sorprendido cómo su hermano mayor se colocaba una bufanda en el cuello.
–¿Niñero tú? Jajajaja –no pudo evitar seguir riendo. –Sí claro. Tú mismo has dicho que odias a los niños y ahora me dices que viviremos de eso. No jodas, Squalo.
–¡Voii, te he dicho que es verdad! –tomó las frías llaves de metal y las metió en uno de su bolsillos. –Y, además, bastardo, yo te crié desde que naciste...
–¡Y mira como estoy! Soy un mar de inseguridades. –El menor se levantó del suelo y se sentó en una fría silla del comedor, justo frente a su hermano.
–Cretino. Deberías agradecer que me aceptaran en este trabajo, sólo mira cuánto me pagarán.
El mayor le extendió al de ojos verdes un papel con una dirección escrita y unos cuantos párrafos más sobre un contrato, donde en letras negritas se remarcaba la cantidad a pagar. Hayato le arrebató la hoja y los ojos se le dilataron al ver aquél enorme número.
–¿Que te pagarán cuánto...? –El oji-verde se levantó bruscamente de la silla, dejando que se cayera secamente al piso. –Jajaja, ¿Pues qué tienes que hacer? ¿Acostarte con el padre?
–¡Voiiii! Pequeño bastardo, ¿por qué en cada situación que se nos atraviesa pretendes prostituírme, cabrón?
–Como sea... ¿y por qué vas a estas horas? La cena se debe comer en treinta minutos. –El menor volvió a la sala y se tiró en el sofá, removiéndose, buscando un punto cómodo.
–No lo sé. El tipo raro, con el cuál pregunté por el empleo la primera vez, me llamó hace unos minutos diciendo que al padre le urgía que me presentara con él en este instante. Me ha dado la dirección. El único edificio residencial en toda la Via dei Condotti. Deben ser una pareja muy rica, de esas que quieren que todo alrededor de sus hijos sea perfecto y mierdas como esa.
–Sí, sí. –El menor tomó de vuelta su lectura, con un marcador fosforescente en la mano –No tardes que tienes que hacer la cena.
–¡Voii, hazla tú, pequeño holgazán!
[..VI..]
Las calles estaban desiertas y el frío arrasaba cada rincón de Roma. No era un frío cualquiera, de los que se disfrutan los domingos por la mañana, cuando aún te encuentras arropado bajo las colchas de tu cama. No. Era ese frío que te congelaba la sangre haciendo que los músculos te dolieran, te partía los labios y congelaba tus mejillas, manos y pies. Un terrible frío que se empeoró con una oleada de viento que volaba todos los afiches del lugar. La noche estaba en su punto más joven al a penas haberse dado las ocho.
Squalo caminaba en la acera, con las manos escondidas en los bolsillos de su chaqueta, manteniéndose calientes y a salvo de la cruel intemperie, la cara escondida en la bufanda roja de felpa que sólo cubría un poco de su rostro. Su cabello ondeaba salvaje, movido por el fuerte viento. El camino al lugar se le estaba haciendo eterno cuando sólo eran quince minutos a pie. Cuando volviera a casa, tomaría un expreso bien caliente, metería los pies en agua caliente y dormiría hasta tarde viendo alguna vieja película nacional. Sí. Eso haría.
Su humor mejoró cuando, no muy lejos, su vista alcanzó la fuente típica de la glorieta. Miró a su alrededor y rápidamente encontró el edificio indicado. Era muy grande comparado con los edificios de los lados. En la puerta al área residencial del edificio, una serie de botones con diferentes numeraciones y un poco más abajo una pequeña bocina se incrustaban en una plaqueta de metal pulido justo a un lado de la rejilla por donde el correo entraba.
Tocó el número indicado, el último. Pasaron los segundos y no sucedía nada. Tocó de nueva cuenta y al instante la puerta se abrió con una peculiar chicharra anunciándolo. Entró al impecable lugar con escaleras de mármol. Cada fino detalle en la construcción era hermoso. Subió unos cuantos pisos, -tres, para ser exactos - La puertas en cada planta eran diferentes, aunque todas de fina madera y ostentosa herrería. Cuando llegó al punto más alto, en todo el lugar sólo se veía una doble puerta con algunas esculturas grabadas en ella.
Tocó una vez el timbre y esperó unos segundos. Se aclaró la garganta y se pasó una mano por la nuca, tratando de arreglar la desordenada y enmarañada cabellera. Fueran quienes fueran, serían sus próximos jefes que pagarían un ridícula cantidad de dinero por cuidar a un niño, tendría que dar una «buena impresión».
Cuando la puerta se abrió, lo último que imaginó encontrarse fue con un tipo grande, enorme; con cabello azabache y lacio, muy, muy, lacio; ojos rojos como la sangre más pura y la piel bronceada marcada con leves cicatrices. Con un vaso lleno de algo que a leguas se veía no era agua. El ceño fruncido y los dientes apretados. Enojado. Y al fondo, el potente llanto inconfundible de un bebé.
Abrió la boca para presentarse, pero el moreno le robó la palabra.
–...¿Se supone que tu eres hombre?
...
Gracias por sus comentarios, por marcar en favoritos y por seguir la historia. Veo que les agradó, y eso a mí me agrada.
Lynette Vongola Di Hibari Squalo niñera es como que un lobo te cuide; si quiere te puede matar, pero también te puede proteger. Gracias por comentar.
Momoocchi ¡Gracias por comentar!
Rub Lo sé, Luss-chan es la Nanny de todo Varia, puede ser lo que quiera y no salir completamente muerto.
Eritea ¡Yei~! Gracias. Sí, bueno, cuando los personajes tienen muletillas tienden a desesperarme, pero me gusta arreglárselas para darle un toque menos OoC (?)
Y bueno, ¿reviews?
