Katekyo Hitman Reborn! no me pertenece. La historia la escribo por diversión propia y del que lo lea.
Advertencia: Yaoi. Universo alterno sumamente retorcido. Lenguaje "vulgar". No descarto la posibilidad de un lemmon-hard-yaoi de dudosa calidad.
Parejas: Xanxus x Squalo. Yamamoto x Gokudera. Probablemente más (para más información, consultar mi perfil para saber qué parejas son de mi agrado).
Se busca.
3.
La noche caía a cada minuto más profundo. El frío viento de Roma obligaba a todos ha quedarse arropados en casa. Las ocho treinta marcó el reloj cuando la mandíbula de Squalo regresó a su lugar. A las ocho treinta y uno enlazó las ideas correctas para no responder incoherentemente.
Como primer acto, pensó que tal vez era algún tipo de broma bizarra, pero como el hombre no se rió ni siquiera un poco, supo que hablaba en serio... si es que a esa pregunta tan venenosa se la podía considerar como seria. Como segunda opción, y la que más le agradaba, creyó que lo mejor sería golpear con todas sus fuerzas la perfecta y hermosa cara de macho italiano que tenía ese tipo y de paso deformarla. Pero lo que en realidad hizo fue la tercera opción; ignorar el afilado comentario.
–¿Q-qué?
–Como sea. –El moreno entró al lugar dejando la puerta abierta, invitando al peli-plateado a entrar.
El hombre de larga melena entró desconfiado y cerró a sus espaldas la puerta. Caminaron por un pequeñísimo pasillo blanco y al final se encontraron de frente con la sala de estar de aquél lugar. Squalo miraba todo con gran asombro, todo tenía aspecto de costar más que todo el dinero que alguna vez tuvo. Incluso el hombre de cabellos azabaches, aunque parecía desalineado; con la camisa desfajada, los pantalones arrugados y la corbata floja, parecía tener puesta ropa más cara que la colegiatura de Hayato.
El hombre de ojos carmín se echó en un sofá enorme de piel, sin decir ni una palabra en todo ese tiempo.
–Ahí está la «cosa». Haz que se calle.
El hombre señaló con la mano una canasta sucia encima de una mesita de centro con pulcros acabados en cristal. De dicha canasta, el incesante llanto de un bebé salía y se esparcía por los rincones de la casa y parte de la calle. El cesto llamaba la atención en aquella pulcra casa, llena de pintura hermosas y esculturas finísimas; con muebles de piel y caoba, pisos de mármol y aparatos caros.
Squalo se quitó la bufanda. El moreno le hizo una seña de dejar sus cosas en cualquier lugar. El peli-plata se quitó también el abrigo que le impedía moverse con libertad. Con algo de torpeza se amarró la cabellera en una coleta alta. Y el bastardo nunca le quitó la mirada carmín de encima. Lo ponía de mal humor. Lo ponía nervioso.
Se asomó al cesto y se encontró con un pequeño niño llorón sumamente parecido a quien creyó era el padre... sólo que menos egocéntrico. Desde su lugar notó el terrible olor que emanaba del chiquillo, y supuso por su forma de babear que también tendría hambre. Lo cargó en brazos y el bebé dejó de llorar automáticamente. Notó que en la misma canasta se encontraba un papel arrugado, un cambio de ropa y pañales. Miró al menor, quien aún gimoteaba escurriendo lágrimas. Pobre diablillo, su padre era un maldito, lo presentía.
Xanxus resopló indignado. Él trató toda la tarde de callar a la bolsa de lágrimas, y con un sólo movimiento el remedo de hombre frente a él lo había silenciado. Debía ser brujo... o mujer.
–Necesita un baño. –Informó el de ojos grises, pero Xanxus ni se inmutó. Bebió tranquilo su alcohol, disfrutando el nuevo silencio, sin quitarle la mirada ni un momento. Squalo estaba llegando al corto límite de su paciencia. Y ese bastardo se ganaría una paliza. –¿dónde...?
–Al fondo del corredor.
Squalo se quedó de pie. Habían dos corredores frente a él, ¿cómo quería que adivinara de cuál hablaba? El moreno, al notar perdido a su niñero, se levantó con fastidio y lo guió por el pasillo de la derecha. Squalo lo siguió con el ceño fruncido, era una persona odiosa, a decir verdad. Cuando entraron al gran cuarto se encontró con que la pulcreza de la recepción se conservaba en todo el lugar. La tina era enorme y blanca, al igual que los pisos y paredes.
–Sosténgalo. –Hizo ademán de entregarle al niño, y como acto reflejo Xanxus retrocedió un paso. Squalo rodó fastidiado los ojos. –No puedo calentar el agua y cargarlo al mismo tiempo... –el moreno no dio señal de hacerle caso –¡Ah! –Suspiró cansado –olvídelo.
Como pudo, llenó lo suficiente la bañera como para que el nivel del agua no tapara al chiquillo, que en todo momento se mantuvo más tranquilo y sólo gimiendo de vez en cuando. El azabache tomó asiento a un lado de la bañera, en alguna silla de por ahí, mirando cada pequeño movimiento realizado por Squalo. La tensión se podía cortar como la mantequilla. Incómodo. Desvistió al menor y dejó el pañal sucio a los pies de Xanxus, claramente para molestarlo.
Xanxus pateó lejos la repulsiva «cosa esa» lejos de él, y pensó en dispararle a la cara al niñero cuando una burlona sonrisa surcó sus labios. Squalo se sentó a la orilla de la bañera, lavando al menor, pasando el jabón por el sucio cuerpo y acariciándole de vez en cuando la cabellera, siempre bajo la mirada carmín. ¿Por qué le miraba tanto? ¿Acaso quería saber si él era capaz de cuidar bien de su hijo? ¿o tenía monos en la cara?
–¿Cómo se llama él? –Rompió la tensión el peli-largo, porque se empezaba a incomodar... más.
–No lo sé.
Squalo miró sorprendido al moreno. ¿Cómo no sabrías el nombre de tu hijo? Xanxus, al sentirse atacado con la mirada, echó la cabeza hacia atrás, tratando de recordar el nombre. Nunca había recordado el nombre de casi nadie y si lo hacía era casi imposible que lo llamara por el, por eso todos eran basura, bastardo, escoria... así era más fácil.
–...Stephano... o algo así.
–¿cuántos meses tiene?
–¿quién crees que soy para saber todo eso, basura? –Preguntó indignado.
–¡Voiii! Supongo que es su padre, ¡tendría que saberlo!
–Basura, ¡A mi nadie me grita y sale vivo! –aventó su vaso con dirección hacia su niñero, quien con reflejos de gato, se agachó y evitó el impacto. Xanxus se sorprendió. De verdad tiró a matar, nadie podría esquivar ese tiro.
–¡Voiii! ¡Está loco! ¡Pudo lastimar a alguien, maldita sea! –Squalo amenazó al moreno con la barra de jabón.
La mirada plateada se afiló y las mejillas se le encendieron levemente de la rabia, apretaba los puños dispuesto a lanzarse al azabache si fuese necesario, él había estado en incontables peleas con hombres más robustos... este machito italiano no sería un gran problema. El moreno cargaba con un profundo sentimiento de irreverencia a su persona, lamentablemente había dejado la funda y su pistola en la mesa de la sala, tendría que matar a esa pequeña escoria a puño limpio. En medio de los gritos explotó el desgarrador llanto del bebé asustado, llamando la atención de ambos adultos.
Ambos miraron por acto reflejo al causante del hiriente sonido, y después sus miradas chocaron una vez más. LA jaqueca regresó a Xanxus quien para proteger sus tímpanos de tan horrible sonido, se llevó las palmas a los oídos, tratando inútilmente de bloquear el ruido.
–¡Mira lo que provocas, basura! ¡Ahora la mini-basura no se callará!
El peli-plateado apretó más la mandíbula. Maldita y mil veces maldita la hora en la que se fue a meter a esa estúpida situación. Quería moler a golpes al oji-carmín. Pero decidió que no merecía una muerte tan rápida y placentera. Lo mejor sería dejar a su cuidado pequeño saco de fluidos humanos, seguro se volvería loco una hora. Esa tortura era algo que merecía más.
Squalo ignoró el comentario del moreno quien ya había colmado su paciencia. Envolvió al pequeño en una toalla que agarró de por ahí. El niño, al sentir el cálido contacto y al no escuchar más los gruñidos de los hombres se consoló en los brazos del mayor, y una vez más Xanxus no podía creer lo dócil que la mini-basura se estaba comportando frente al afeminado sujeto.
Los tres salieron del baño y se dirigieron a la sala, Squalo fúrico y azotando los pies en cada paso, el niño bostezando el los brazos del albino, y esta vez el moreno era el que seguía al de ojos grises. Y el silencio incómodo regresó mientras el niñero le colocaba ropa al niño.
[..I..]
Eran casi las once cuando el pequeño cerró los ojos y su sueño comenzó. Xanxus y Squalo no se habían dirigido ni la mirada desde el incidente de la bañera, porque sabían que si alguno de los dos decía algo, ahí acabaría muerto alguien. El menor de la sala descansaba en el pecho del albino, tan relajado como si de nubes fuera su cuna, removiéndose de vez en cuando pero domado por la mano protectora del pálido hombre. Squalo se encontraba tumbado en una orilla del inmenso sofá de piel, cabeceando de vez en cuando, con los ojos cerrándose por el sueño, su cuerpo necesitaba reponer todas la horas que no había descansado en toda la semana. Tenía suficiente de niños por ese día.
Con sumo cuidado colocó al pequeño azabache en el sillón junto a una almohada. Se levantó, se estiró, bostezó. Tomó su abrigo y su bufanda. Bostezó una última vez y se dirigió a la salida, listo para volver a su casa.
Donde seguramente Hayato estaría haciendo rabietas por haber tenido que cocinar y por haberse quedado solo tanto tiempo, diría algo como «¿Tu también querías abandonarme, no?». Donde la señora Felivene estaría gritándole a sus engendros que se largaran a dormir de una buena vez o no se levantarían a tiempo para el colegio a la mañana siguiente. Donde su cama, con ya años de leal servicio, lo seducía a dormir todo un día sin interrupciones. Sí, quería volver a casa.
Pero una mano lo detuvo antes de que cruzara el umbral.
–¿A dónde vas, basura?
Miró al moreno algo sorprendido. No notó cuándo se había levantado tan rápido. Pero tal vez lo que más lo sorprendió fue el notar el brillo de la incertidumbre y el miedo en sus fríos ojos rojos. Porque muy pocos lo sabrán, y sólo las personas que verdaderamente fueron abandonadas lo comprenderán, que Squalo podía notar el débil destello del miedo hasta en la persona más fría, arrogante, ególatra y bastarda. Pero no dijo nada. Sabía que alguien como ese hombre en su jodida vida admitiría el estar asustado. Era más fácil ver volar un camello.
Volvió tranquilo y soltando su brazo del agarre, un poco resentido por su forma de llamarlo.
–A mi casa.
–¡Jajá! –la risa burlona daba mal augurio. –Eres niñera tiempo completo, aquí vivirás de hoy en adelante.
–No. Le dije al tipo ése que no podía cuidar tanto tiempo a un mocoso, él dijo que aceptarían que trabajara nueve horas, así que, por hoy, me largo.
Xanxus hizo la anotación mental de mandar a que cuarenta hombres abusaran de todas maneras de Lussuria, pero después pensó que sería más una recompensa. Ese bastardo homosexual de Lussuria se las pagaría caras. Soltó un suspiró que murió en una rara mueca de gruñido.
–Bien, si te vas ahora ni te molestes en volver. No me sirves así. Conseguiré a alguien mas.
–¿En serio? –El moreno notó la risa de burla malvada que adornó los labios del albino. En ese gesto se podía notar como si el hombre tuviera colmillos de tiburón. No era buena señal. –Por lo que el tipo me contó, me contrataron porque nadie mas aceptó el trabajo... ¿dónde consegurás otra niñera?
El capo pensó que no solo mataría a Lussuria, sino lo mandaría torturar cortándole la virilidad y tapándole el culo. Miró al pequeño y mañoso bastardo frente a él. Sabía jugar bien sus cartas. Chasqueó la lengua.
–Lárgate, no te necesito, basura.
El infante a espaldas de los hombres gimoteó en ademán de despertar de su sueño, y un pequeño puchero se incrementaba en su semblante conforme se movía para despertar. Xanxus miró horrorizado cómo su pesadilla despertaba para armar alboroto. Volteó la mirada al hombre de larga cabellera y le dieron ganas de estrangularlo cuando su burlona sonrisa se ampliaba más y hacía el gesto de irse.
–Bastardo. Bien... Te pagaré quinientos euros si te quedas esta noche.
–¿Quinientos? ¡Já! Buena broma, nadie pagaría tanto por una... –Atónito observó cómo el azabache sacaba de su cartera un hermoso billete lila y lo agitaba frente a su cara. Squalo no sabía qué lo molestaba más; la cara de satisfacción del moreno al ver su cara atónita ante tanto dinero, o el hecho de que necesitaba ese maldito billete.
[..II..]
–¡Voiii! ¡Que no me estoy acostando con nadie, pequeño bastardo!
Squalo gritaba por décima vez a la bocina del teléfono celular. Había decidido, por lo menos, avisarle a Hayato que no llegaría por esa noche. Pero ese maldito adolescente especulaba cosas demasiado bizarras. Además de no parar de quejarse por haber tenido que hacer la cena, y por tener que hacerce el desayuno a día siguiente.
Xanxus observaba de lejos la conversación telefónica de su niñero. Él afirmaba que era para que el hombre de cabellera larga no quisiera escapar. Mas en el fondo le picaba un poco la curiosidad saber a quién avisaba el peli-plateado que no llegaría a dormir. Por los gritos que pegaba de vez en cuando, supuso era un hombre. Este tipo era muy raro. Con sus manías afeminadas, como dejarse el cabello ridículamente largo.
Squalo se sentó junto al bebé que se hayaba aún durmiendo en el sofá, gracias a los arrullos del albino. El pequeño era como una barrera que separaba al moreno y al peli-plata, donde aún se sentía la tensión... o las ganas de matarse mutuamente.
–A todo esto, ¿cómo te llamas?
Nuevamente era Squalo quien rompía el hielo. El oji-carmín paseó su mirada momentáneamente por el rostro del oji-plata. Con desdén, y superioridad.
–¿Qué te importa? –Contestó altanero, bebiendo de su cuarto vaso de whisky de la noche.
–¡Voiii! Serás... –Squalo volteó indignado la mirada.
El silencio bochornoso se apoderó una vez más de la habitación. El moreno se vio un poco sorprendido por la poca insistencia del albino. Si fuera una chica, estaría rogando mil y una vez que le dijera su nombre. Si fuera una chica, estaría encima de él, pidiendo un poco de atención. Si fuera un chica estaría dispuesta a hacer cualquier cosa sin necesidad de pagarle quinientos euros. Si fuera una chica. El problema surgió cuando se dio cuenta que ese tipo, con la cara fina, la piel nívea, la melena larga y lisa, y los afilados ojos platas, no era una chica.
–...Xanxus Di Vongola. –Contestó después de un minuto de silencio. Decir su nombre era una sensación nueva. Nunca le decía a nadie su nombre, porque todos sabían su nombre. Todos lo conocían por buenos o malos rumores. No había la necesidad de presentaciones. Oír su nombre en su propia voz era algo casi mítico.
–¿Xanxus? –Repitió el albino. Al azabache le recorrió una mini descarga eléctrica desde la espina dorsal hasta la nuca. Su nombre sonaba tan..., en los labios de ese sujeto. Tal fue su sorpresa al sentir un mini éxtasis por una niñería, que apartó bruscamente la mirada de los ojos platas. La noche, el alcohol o el cansancio lo empezaban a trastornar. –Me llamo Squalo Superbi.
–No me importa, basura.
–¡Voiii! ¡Que no me llames así, bastardo!
El hombre de ojos carmín le miró sin inmutarse. Ese remedo de hombre tenía la capacidad única de desesperarlo con su tono de voz, su lenguaje vulgar, y su carácter explosivo. No podía creer la falta de respeto que le mostraba, esa actitud tan irreverente. Ese sentimiento de creerse un igual.
Porque nadie estaba a la altura de Xanxus, otra razón por la que nunca tenía una pareja estable. Nadie era tan bueno ni valía tanto como para estar a su lado.
Y en medio de la discusión el ya conocido llanto del infante explotó furioso por haber sido interrumpido en su sueño. La noche sería larga. Larguísima.
[..III...]
La mañana del viernes era sagrada en Roma, porque era el día en que la semana escolar terminaba, sinónimo de adolescentes revoltosos en las calles empedradas de la ciudad en busca de alcohol ilegal, carreras o vicios clandestinos y fiestas sin supervición adulta. Por esa razón, las calles parecían más animadas y movidas que otros días.
Pero en el enorme departamento de Xanxus, la felicidad no reinaba. Por el contrario, despertó de lo que creyó una pesadilla para toparse con que era una realidad.
Un delgado hombre de cabellera enredada dormía a sus anchas en el fino sofá. Por un momento, el capo se preguntó ¿de dónde había sacado Lussuria a ese tipo? Era bien parecido, admitía con dolor. Pero esas facciones tan peculiares no eran digno de un macho italiano. Por mera curiosidad deslizó sus dedos por las hebras de cabello y se topó con una suavidad sobre humana. Además de esos afilados ojos que ocultaba bajo los párpados, de un color gris tan brillante como el reflejo de una espada. Y sus finos labios que escondían una sonrisa burlona y engreída. Era un sujeto raro. Sobre su pecho, una bola de carne humana y cabellos de azabache, babeaba la playera del albino.
¿En qué momento se fue a meter en un lío así?
El moreno se levantó del sofá y un insistente dolor le aquejó el coxis. Dormir en un sofá era la peor cosa del mundo. Y algo peor era haber dormido cuatro horas por tratar que cierto «problema» se durmiera. Se estiró y sintió tensarse cada músculo de su espalda. Bufó furioso. Tomó su funda de cuero que resguardaba una de sus hermosas pistolas de oro y grabado rojo en forma de «X» de la mesa. Le sorprendió el hecho de que en toda la noche, el niñero, no había ni preguntado el por qué tenía un arma. Se dirigió a la tina, necesitaba un baño, uno muy largo, y tal vez el vapor desaparecería a la «cosa», al niñero, y todos los demás.
[..IV..]
Squalo se levantó con una sonrisa en el rostro. Había dormido tan cómodo desde hacía bastante tiempo. Sintió el peso de un pequeño cuerpo sobre él. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz divisó al pequeño bambino dormitando a gusto en su pecho.
Se levantó con sumo cuidado, cargando a la vez al niño. Se sentó en el sofá y miró los alrededores. No había nadie. Por un momento entró en pánico; seguramente el desobligado padre habría huido. Revisó la hora en su teléfono móvil: doce y cuarto marcaban los números digitales. Dejó al bebé en el sillón y se levantó a inspeccionar el lugar.
Al acercarse más al pasillo que recorrió el día anterior para ir al baño, escuchó el correr del agua. Resopló aliviado, al menos no había huido. Se hato el cabello en una coleta alta. Recordó que ese día era viernes, los viernes Hayato salía temprano. Como una navaja, el tono de llamada de su teléfono cortó el silencio de la sala. Presuroso contestó antes de que el ruido despertara al bebé.
–¿Ciao?
Una voz ronca y rasposa provocada por el humo del cigarrillo habló cansada por el otro lado de la línea. Squalo identificó enseguida de quién se trataba; el consejero estudiantil de la universidad. Lo que significaba problemas. Serios problemas. Después de saludos innecesarios, la noticia le llegó como agua fría.
–...Hayato se metió de nuevo en una pelea...
...
Me escribieron muchos bonitos comentarios que alegraron mi día. Espero este capítulo les agrde también.
Himesamy Onee-chan, lo siento, la verdad (y aunque probablemente muchas me odiarán por esto y seguro dejen de leer la historia TnT) a mi no me agrada Tsuna, lo siento, de hecho, no pienso ni mencionarlo aquí. Así que perdón. Espero continúes leyendo y si no, gracias por leer hasta aquí.
Rin Tao Lo sé, pero lo ama, así con su cabello de niña (Es broma... o tal vez no (?)
Cyan Reed Muchas gracias, creo que eso es a lo que le tengo miedo, a hacer OoC. Gracias por el comentario.
Lynette Vongola Di Hibari Recordemos que del odio nace el amor (?) Y sí, Luss-chan es mi héroe de colores favorito. Gracias por leer.
Sereitei Yamamoto-Gokudera Créeme cuando te digo que no sé de dónde saqué la loca idea de poner como hermanos a esos dos, pero supongo que funciona. Claro que lo continuaré, pero, como se darán cuenta, soy muy lenta para escribir y peor aún con toda la tarea que me dejan... pero gracias por leer.
madera Muchas gracias.
Rub Es inevitable reír como loca cuando lees FF, me pasa siempre. Muchas gracias por seguir la historia, y espero te guste el capítulo.
zehel Que bueno que te gusten las parejas prometidas, espero te guste el capítulo.
mizuki Gracias por el comentario.
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Mary'Love~
