Se busca.
4.
Para cuando el agua dejó de caer por la regadera, el cuerpo moreno había descansado lo suficiente como para lidiar una vez más con su cruel realidad. Xanxus salió del cuarto de baño enredado con una toalla a la cintura, y con otra más pequeña secaba su cara y cabellera. Ni con la casi hora y media que estuvo bajo el chorro de agua se le acababa de ocurrir qué hacer con la «cosa». Solo lo reconfortaba la idea de saber que el problema ahora también era responsabilidad de un tipo muy afeminado.
Se dirigió a la sala con pasos cortos pero firmes, no quería volver a ver a la bola de carne humana y menos al remedo de hombre. Cuando atravesó el marco del umbral divisó todo muy en calma. Frente al fino sofá de cuero el albino, quien un tanto acelerado gritaba a su celular, se encontraba de pie y dando vueltas en su lugar, paseando en círculos como si fuese un tiburón acechando a su presa; las mejillas las tenía levemente coloreadas de carmín suponía por la furia de la conversación, la melena enmarañada torpemente amarrada en una coleta, y el ropaje desalineado. El máximo ejemplo de un tipo de clase media frente a sus ojos, y tal vez lo sorprendente de la escena era que el mocoso dormitaba a gusto en el sofá sin alterarse por los chillidos del hombre pálido.
–Sono sulla mia strada. Ok, ciao. –Squalo terminó la llamada y soltó un gruñido que murió en su garganta, guardó el teléfono en su bolsillo. Miró cómo los rayos del sol se colaban por el ventanal frente a él. Se tomó la cabeza a modo de canalizar su desesperación. –Hayato, estúpido bastardo...
El albino se dio la vuelta y se topó de imprevisto con el escultural cuerpo moreno semi desnudo, húmedo y con algunas gotas de agua escurriendo por los músculos. ¿En qué trabajaba ese tipo? Era joven, se vestía bien, y tenía un cuerpo envidiable; músculos marcados, estatura fuera del promedio y mirada seductora; su tono de voz era el indicado para engatusar y su caminar se asemejaba al de la realeza, altanero y bastardo. Tosió incómodamente al notar que lo estaba mirando fijamente. Y le dieron ganas de tirar a su sensual jefe por la ventana cuando este, al darse cuenta de la mirada plateada, se irguió más en su lugar y soltó una risa burlona.
–Me tengo que ir. –Dijo el menor tomando su chaqueta del sofá, dispuesto a marcharse.
–¿Eres estúpido, basura? Si tu día acaba de comenzar.
–¡Voiii! ¡Deja de llamarme así, maldito! –Le lanzó una mirada con saña, que le fue devuelta con mayor intensidad por parte de esos ojos rojos que robaban el aliento. –No tardaré nada. –Fue lo último que soltó antes de salir corriendo por la puerta principal, dejando a Xanxus en un silencio vacío.
El entrecejo moreno se frunció a tamaños descomunales. Ese pedazo de basura, se atrevió a desobedecerlo a él, a Xanxus Di Vongola. En cuanto lo volviera a ver le dispararía tantas veces que tendría más hoyos que un queso. ¿Quién se creía ese pobretón? Maldecirlo, retarlo, ponerse a la par con él, desobedecerlo, ¡Tomarlo como un igual! ¡Inaudito! Ese tipo era tan..., tan..., tan... diferente. Odiaba lo diferente. Mataría a lo diferente.
[I]
Los ojos verdes amenazaban a los marrones del viejo señor que escribía atento frente a un computador. Llevó una de sus manos a sus ojos, desesperado, sin creer en tremendo problema al que se fue a meter. Nunca le tuvo miedo a Squalo, pero esta vez estaba seguro que le daría una paliza; y no una como la de sus estúpidos compañeros, que ni siquiera dolían. No. Squalo tenía los blanquecinos puños duros como roca, y podía volver cualquier vara a una dolorosa espada. El dañino humo del tabaco que le recorría la garganta y los pulmones lo relajaba al extremo. Soltó con lentitud el humo, haciendo pequeños aros con él a modo de distracción. A cada minuto sentía más reales los fuertes nudillos de un peli-largo incrustándose en su abdomen, rostro y costillas.
–Gokudera, está prohibido fumar aquí. –El semi calvo hombre frente a él, habló con su lastimada voz sin despegar la vista del computador.
Paseó la mirada por el escritorio y se topó con un cenicero repleto de colillas de cigarrillo. Irónico. Sin decir más remolió el cigarrillo un tanto molesto, era el último que le quedaba y el bastardo de su hermano no le daría más dinero hasta la siguiente semana. Aunque con este problema, no le daría dinero hasta que estuviera muerto de hambre.
–Muchacho, conozco a tu hermano. Dime ahora qué fue lo que realmente pasó y le diremos que todo se ha solucionado. Anda, así todos salimos ganando. ¿Fue ese tipo nuevo, no?
El menor miró la arrugada cara del consejero. ¿Qué tenía de especial el «tipo nuevo» que a todos intrigaba? Tenía cara de estúpido de hecho, alguien con cara de retrasado no puede ser mínimamente interesante. Aún así, Hayato nunca se consideró un soplón..., y en parte, fue enteramente su culpa. Se acomodó mejor en la fría silla de plástico y metal. Se arregló el cabello con una mano.
–Yo fui el que participó en la pelea. No entiendo por qué involucrar a terceros. –Sonrió, altanero ante la clara molestia del hombre frente a él. Ese sujeto odiaba a las personas, y aún así estudió ciencias sociales. Una contradicción, según el peli-plateado. O tal vez odiaba a las personas a raíz de su trabajo. –Mi hermano entenderá. –Soltó una risa entre nerviosa, preocupada y divertida. –Ya me acostumbré a sus «sermones».
El hombre calvo se apartó del computador. Miró fijamente los ojos verdes metálicos del muchacho. Se levantó de su asiento y caminó hacia la ventana de la oficina. Suspiró pesado.
–Gokudera, ¿son ciertos los rumores, no?
El albino abrió desmesuradamente los ojos. Se sonrojó, no supo si por la furia o por la vergüenza. Comenzó a jugar con sus dedos sobre el escritorio y buscó dónde esconder la mirada. Sentía que la sangre le corría más a prisa por las venas y que el corazón le saldría del pecho. Sintió la boca seca y que la lengua se le atoraba al tratar de hablar. Apretó los dientes tan fuerte que comenzaron a doler. Quería matar a alguien. Y todo volvió a la serenidad cuando por la puerta entró su hermano.
Se veía desarreglado, un poco agitado y claramente enojado. Aunque esa fas de furia la traía la mayoría del tiempo. Se acercó con ese pasó tan erguido que tenía. Hayato se levantó al tenerlo a un costado, debía admitirlo, le tenía respeto... o miedo... o ambas. Buscó los ojos metálicos del mayor, que en cuanto se toparon con los verdes suyos le clavaron mil puñales invisibles. Squalo divisó la cara amoratada de su hermano, tenía un labio roto y un pómulo hinchado; los puños cubiertos con nívea piel enrojecidos. Se habían ensañado esta vez. Aún con la respiración agitada, el mayor trató de hablar con la mayor seriedad.
–buon giorno.
–buona sera, signior Superbi.
El peli-largo rodó los ojos. Miró de reojo a su hermano, que estaba en un extraño estado sumiso. Algo estaba mal, peor de lo común.
–En estos momentos me encontraba trabajando, así que no dispongo de mucho tiempo. ¿Cómo arreglaremos la situación?
–¿Trabajando? No creo que los peces lo extrañen si se ausenta mucho –soltó un venenoso comentario, sabiendo que el albino mayor no podría golpearlo –pero, el punto es que el señor Gokudera a infringido una regla del plantel. Como universidad tratamos a los jóvenes como sujetos independiente a un tutor, más aún si estos ya son mayores de edad, pero creemos que cuando un tercero es quien aporta el dinero para la manutención de la colegiatura, es necesario que este último responda o se entere de los actos del estudiante. Señor Gokudera, ¿quisiera usted decir algo antes de que se dictamine la sanción?
La mirada marrón y la plateada se centraron en el más joven. Hayato observó al calvo, quien sonreía victorioso, deseaba quitarle los pocos cabellos que le quedaba a punta de navajazos. Después pasó a la firme y aterradora mirada de su hermano, quien por la furia en sus ojos no se sabía si apoyaba la idea de no ser un soplón o quería que dijera todo lo que realmente sucedió, porque Squalo sabía que su Hayato ocultaba algo.
–No.
El hombre mayor en la sala chocó una de sus manos contra el escritorio a manera de celebración.
–Serán dos semanas limpiando los laboratorios y una remuneración del diez por ciento extra de la siguiente colegiatura..., del costo real sin la beca. Eso es todo. –El hombre se sentó una vez más en la silla de su escritorio. –El cargo se hará automáticamente, y la sanción comienza a partir de mañana. Buona giornata, Signori.
Ambos albinos salieron de la oficina; Un «¡Voiii, estúpido hermano de mierda!» acompañado de un grito de dolor, le informaron al consejero que Hayato había recibido un castigo extra.
[II]
La hermosura del último día de la semana escolar se sentía en la sonrisa de cualquier alumno de aquella universidad. Todos amaban ese día en el que podían volverse salvajes por una noche, donde el ser joven lo era todo, y el porvenir del siguiente día no tenía importancia alguna. Los viernes eran mágicos en todo el sentido de la palabra.
A Hayato le gustaban lo viernes, sí. Gokudera Hayato era esa clase de chicos que tenían cara de odiar al mundo en todo momento. Pero los viernes eran la gran excepción. Porque todos, todos aman los viernes; y cómo no amarlos si salía de la estúpida escuela exactamente a medio día y no volvía a ella sino pasados dos días, dos hermosos y veloces días de sol, felicidad y descanso. Porque ese día le daban sus clases favoritas, y porque ese día no veía ni una sola vez al grupo de simios que lo tenían harto. Por eso era que su perenne cara de amargura cambiaba por una de felicidad..., felicidad a su modo.
Pero este viernes algo cambió. Cuando las clases habían por fin terminado, y él podría correr a su casa ha leer un libro o jugar algún video juego, la primavera golpeó en diciembre. Un tipo se atravesó en su camino. Al verlo el corazón se le paralizó un segundo, el aire desapareció y el frío que azotaba la ciudad se convirtió en una suave brisa. Un tipo se atravesó en su camino y cuando su radiante sonrisa de dientes blancos y alineados se mostró imponente ante él, supo que algo saldría mal aquél día.
No era cualquier chico del cual uno pudiera olvidar en un segundo su existencia; era un tipo alto, demasiado alto, tan alto que su estatura molestaba en demasía a Hayato; con una sonrisa enorme, radiante y cálida; unos ojos marrones claros, casi como el ámbar, que rebotaban la luz y brillaban como el sol; un cabello azabache alborotado y lacio; y una espalda ancha y varonil, como la de los deportistas profesionales que imponen con su presencia.
–¡Hola!
Su tono de voz, a pesar de ser grave y masculino, desbordaba calidez y alegría. Parecía sacado de uno de esos estúpidos programas para niños, donde el presentador es siempre amable y estúpido. En el momento en el que una deforme sonrisa amenazó con escapar de los pálidos labios del oji-verde, se abofeteó mentalmente y fue como si el mundo hubiera vuelto a la normalidad. Ese sujeto empezaba a incomodar al albino, se sentía tan incómodo que las manos le comenzaron a sudar, la boca se le secó y el corazón le empezó a bombear sangre con más fuerza, sí, incómodo.
Lanzó algún monosílabo a manera de saludo, evitando el contacto visual, y rodeó al joven siguiendo por su camino con un paso más apresurado del habitual. Los pasillos se comenzaban a vaciar, se notaba cuando el tradicional murmullo de decenas de voces que decían todo y nada a la vez desaparecía pausadamente, y os pasos que daba el albino comenzaron ha hacer un eco más grande. Ni de loco él se quedaría con aquél tipo «rayo de Sol» en un lugar tan solo, había tanto silencio que los salvajes latidos de su corazón lo pondrían en evidencia.
Al desconcertado azabache se le borró un segundo la sonrisa que parecía eterna. Dio media vuelta y divisó la silueta del albino alejarse por las escaleras sin siquiera voltear la mirada, titubeó un poco, emprendió la marcha y lo alcanzó nuevamente, compuso una vez más la sonrisa de catorce kilos, carraspeó la garganta.
–Perdón por molestar, –comenzó con el tono más amable que pudo tener– pero verás, necesito inscribirme y no encuentro las oficinas de servicios escolares. Podrías...
–Segundo piso, al final del corredor del lado izquierdo. –El oji-verde soltó un murmullo acelerado tratante de no abrir la boca, apretando el paso, pero el tipo parecía no cansarse de seguirlo.
–¡Oh, muchas gracias! –Pensó en retirarse y seguir las instrucciones del muchacho, pero una fuerza mayor lo impulsó a seguirlo– Mi nombre es Takeshi Yamamoto.
El albino ignoró lo más que podía la plática, cosa fácil, Hayato ignoraba a todos. Llegaron a la planta baja, y Takeshi parecía seguir con más ahínco al oji-verde. Cuando atravesaban el estacionamiento, el olor a colonia cara del moreno acabó con la paciencia del albino, quien se volteó bruscamente, topándose de frente con el «rayo de Sol», abrió la boca para gritarle algunas verdades y...
Y...
Y no dijo nada. Porque la sangre se le heló y los pensamientos se disolvieron en un parpadeo. No dijo nada porque un grito interrumpió sus ideas. Un grito que aunado al señor sonrisa de comercial eran la equivalencia a problemas.
–¡Marica!
El sonido de una voz casi primitiva, de hosco timbre y con las palabras bien acentuadas, se acercaba con rapidez al albino y el moreno. Gokudera suspiró resignado. Sacó de uno de sus bolsillos la cajetilla de cigarrillos y se llevó uno a los labios; y él que creía que se había librado de esos simios. El azabache era otra historia, observaba intrigado cómo tres tipos de espaldas anchas y facciones fuertes se acercaban a toda marcha a ellos.
–Miren nada más, la nena acosa al nuevo. –Un tipo rubio y bronceado a niveles descomunales rodeó a Hayato. Los tres tenían un jersey de algún equipo de la escuela y la sonrisa de imbécil tatuada en el rostro. –¡Eh, nuevo! Dicen por ahí que eres una estrella del deporte.
–¡Miren esta espalda! Seguro es un excelente jugador. –Otro moreno, el más menudo de los tres, golpeó la espalda de Takeshi, riendo.
–Pero nuevo, cuidado, –Susurró con indiscreción el rubio, mientas miraba con asco al albino– que si te juntas con este, te puede ir muy mal.
El de mirada ámbar observaba serio, por primera vez, al albino. Hayato por su parte fumaba tranquilamente, como cohibido del mundo, pero con una mirada tan afilada que cortaba con cruzarse con ella. Algo no iba bien.
–Sí, sí. –Apoyó el tercero, un pelirrojo de múltiples pecas en la cara y dientes desviados. –Porque en una de esas, el marica te puede ¡muack, muack! –hizo ademán de soltar besos al aire– volver un maricón como él.
¡Crack! No sabía si había sido el sonido de su corazón rompiéndose al ver la cara de sorpresa y pánico del chico con ojos de ámbar, o por el puñetazo que se impactó contra su rostro. El cigarrillo salió volando de su boca y un delgado hilo de sangre escurrió de su labio. Se pasó los dedos por la boca, limpiando su sangre.
–Será mejor que te largues, nuevo. –Habló el rubio. –A no ser... ¡A no ser que nos quieras ayudar!
–¡Sí, nuevo, ayúdanos con el marica! –El pelirrojo soltó un gancho limpio que se estrelló en las costillas del albino.
Takeshi retrocedió un paso, con los ojos bien abiertos y la boca seca. Una jauría de perros salvajes atacaban sin compasión a un pobre venado, golpeando su rostro, su abdomen, pateando sus piernas y riéndose como hienas. Pero el venado no se defendía, no gritaba; gemía de vez en cuando, cuando el aire se le escapaba o los golpes eran demasiado salvajes. Y Takeshi hirvió en rabia.
Tomó al rubio de la playera y con el puño cerrado lo golpeó en la mejilla. El bravucón chilló como desquiciado y se llevó las manos al rostro, al quitarse la palma de la mejilla noto sangre, su pómulo se había hinchado tanto que la sangre acabó por reventarle la piel y la boca se le llenó de un sabor metálico al haber mordido su lengua por el impacto, se mareó un poco y cayó . Los otros dos dejaron un segundo en paz al albino, tirado en el suelo, y corrieron en ayuda del rubio.
–¡Hijo de perra! –Gritó el pelirrojo abalanzándose como toro hacia el moreno. Tirándolo por completo y tirándolo en el suelo.
Takeshi se cubrió el rostro con los antebrazos, y pataleó como desesperado buscando sacarse de encima al salvaje chico. Rodaron un momento en el suelo, golpeando sus rostros y el cuerpo de su contrario. El tercero del grupo, el moreno, sujetó de los brazos de Takeshi, obligándolo a quedarse quieto e inmóvil. El pelirrojo se sacudió la ropa y escupió sangre.
–¡Bastardo, no sabes con quién te metes! –Su puño golpeó a tal velocidad en el estómago del moreno que el aire hizo el sonido fugaz de ser cortado.
Hayato se reincorporó lentamente, sentía un leve mareo, y una fuerte punzada en las costillas..., pero Squalo le había dado palizas peores. Escupió un poco de saliva y sangre y cuando su vista volvió por completo, divisó al simio de cabellera roja golpeando como saco de papas al chico «rayo de Sol»; lo golpeaba enfurecido, como animal, mientras el tercero de los malandros lo sostenía. El rubio yacía inconsciente en el suelo, con la mejilla sangrada. El chico sonrisa perfecta se retorcía tratando de defenderse y su mirada cálida desapareció por una fría, sin miedo, enfurecida. Aún así, eran dos contra uno.
La sangre se le calentó y la ira lo invadió cuando de la ceja derecha de Takeshi botó un chorro de sangre. Se quitó la chaqueta y se tiró contra el pecoso. Lo derrumbó, tan fuerte que su cabeza golpeó el concreto del estacionamiento, sus blancos puños se volvieron rojos por los golpes que le dio a la cara llena de pecas; su contrario le arañó la cara al tratar de defenderse, pero esto solo logró enfurecer más a Hayato, quien comenzó a patearlo con todas sus fuerzas, le pateó las costillas, el abdomen y el rostro, brincó unas cuantas veces en sus piernas hasta que el pelirrojo suplicó piedad. El tipo que sostenía a Takeshi trató de derrumbar al albino con un tubo que encontró por ahí, pero era lento; golpeó la pierna izquierda de Hayato, y por la adrenalina, el albino pareció no sentirlo. Tomó con una fuerza descomunal el brazo del menudo moreno y lo tumbó al suelo, colocó su pie en el codo contrario y haciendo una palanca parecía querer arrancarle el brazo.
–¡Basta! –Gritó Yamamoto, tomando el brazo de Hayato.– Basta ya.
El albino se hundió en los ojos ámbar del mas alto, y su mirada muerta lo asustó un segundo. Dejó caer pesadamente el brazo dislocado del bravucón, quien solo gritó como animal en matadero mientras rodaba en el suelo. El silbato de un policía que corría presuroso al lugar cortó el juego de miradas verde y ámbar.
–Vete –soltó en susurro el albino. –¡Rápido, carajo, vete!
–Pero tú...
–No puedo correr, me duele la pierna. –El grito de los oficiales que ordenaban a todos quedarse en su lugar se hacían más claros– ¿Eres estúpido, o tu cerebro no tiene oxígeno por tus músculos? ¡Lárgate, con un demonio!
El moreno soltó a regañadientes el brazo blanquecino. Gruñó frustrado, y echó a correr.
Los oficiales llegaron. Hayato cayó al suelo por el descenso de la adrenalina y el horrible dolor en su pierna izquierda. Arrestaron a Hayato. Lo llevaron a la oficina del consejero estudiantil. Los otros tres al hospital. Llamada a Squalo. Y el viernes se convirtió en una mierda.
[III]
El transporte público estaba congestionado a más no poder. El hedor a sudor, a pesar del frío, inundaba el vagón. Hayato observó el ceño fruncido de su hermano. Estaba que se lo llevaba el diablo. Dejó escapar un suspiro y un gemido ahogado, la pierna le dolía como nunca.
–¿A dónde vamos? –Preguntó a su hermano, pues se dirigían al lado contrario de su hogar.
–Con mi estúpido jefe. Veré que no haya matado al mocoso y después te largarás a casa. –Casi escupía las palabras. –Eres un estúpido. Te dije mil veces que no te metieras en otra pelea. Sabes que no puedes controlarte –comenzó a regañarlo a pesar de estar en público– ¡Puedes terminar en la carcel, demonios! Tienes suerte de que esos simios también te hayan golpeado, sino estarías encerrado ¡Con un carajo, qué puede ser tan importante como para golpear así a alguien!
–¡Squalo! –Gritó harto–...Cállate.
El peli-largo cerró la boca. Miró a su irrespetuoso hermano. ¿Cuándo había crecido tanto? Parecía que tenía ocho, y recordó que ya casi cumplía los veinte. Sonrió mostrando sus afilados dientes, apretó el sobresaliente moretón en la mejilla del de ojos verdes. Hayato hizo una mueca de dolor y apartó la mano de Squalo.
[IV]
–¿Es aquí? –Hayato alzó la mirada para contemplar el enorme edificio. Silbó.– ¡Es enorme!
–Apresúrate.
Ambos entraron al lugar después de esperar un rato a que la puerta se abriera, subieron la escaleras lo más rápido posible -para tortura del menor- y llegaron a la última planta. Squalo tocó la puerta, y antes de que fuera abierta se volvió hacia el menor.
–Escucha, este tipo está loco. No digas nada, no abras la maldita boca, no cuestiones nada, no toques nada, no respires si es posible.
Hayato asintió confundido. ¿Desde cuándo Squalo se ponía tan nervioso? La enorme puerta se abrió y un tipo enorme, moreno y de mirada aterradora; con un traje elegante y finísico, con el ceño fruncido y la ira tatuada en la cara fue lo primero que apareció ante ellos.
–¿Dónde se supone que estabas, escoria?
–Tenía que arreglar algo. –El moreno y Squalo entraron al lugar, y aún dudoso, Gokudera entró cojeando al elegante lugar. Todo era tan limpio y parecía tan caro.
Frente a él, su hermano y el enorme moreno disicutían hacerca de un niño, se lanzaban insultos y se retaban con la mirada. Squalo gruñó un «Quédate en la sala, no te muevas.» Y desapareció con el otro por un pasillo. Bufó molesto, lo trataba como a un niño. Siguió por el corredor. Cuando entró a la sala el corazón se le detuvo una milésima de segundo. Tumbado en el sillón, el señor «rayo de Sol» sostenía una bolsa de hielo en su ojo derecho.
...
Gracias por sus lindos comentarios, y por esperar.
tabris990 Muchas gracias.
Rin Tao No, no mató a nadie. Aún.
sumireko muchas gracias por leer los capítulos, por comentar todos, por stalkearme (?) (Hiruma, Midorima y Rin son míiiios) y por esperar. Te prometo no habrá D18, necesito a Dino para otras cosillas. Pero tampoco aparecerá Tsuna. De verdad, gracias por espera y así.
naruhi Gracias por tu comentario.
zehel Gracias, me encantaría decirte cada cuánto, pero lo cierto es que actualizo cuanto llega la inspiración. Gracias por comentar.
tsunayuki28 Gracias.
Svelis Hi sweetie. Obviously you're not annoying, but i can't answer your message cause don't had time, but I read your review and you message. I'm so happy from you like the story. I blush for your beatiful words about me :') So thank for you review, and I hope do you like the chapter. You inspired me for write this chapter. ¡Oh, I forgot! I'll send you a message from talk about something important. Again, really thanks.
Cola-Kao Bueno, ya te lo he dicho, pero te lo repito. Me siento HONRADA de que pienses eso de mi historia y por la maravillosa oportunidad que me das. Espero te guste mi trabajo.
Guest Muchas gracias.
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Mary'Love~
