¡Saludos a todos! El siguiente es mi más reciente Terryfic. Quiero advertir que este trabajo está orientado a un público MAYOR de 18 años, y ocurrirán sucesos a continuación:

1. escenas de amor físico sugerentes, que pudieran ser consideradas por algunos como muy explícitas
2. situaciones de temática fuerte sólo comprensibles por adultos
3. tragedias y tristes sucesos que ocurren en la vida real de algunas personas(lo siento, no todo puede ser miel sobre hojuelas)

Quienes conocen mis anteriores trabajos saben que hago todo lo posible por presentar dichos episodios con el mayor tacto posible. Aún así, es mi deber también hacer la aclaración desde el inicio, pues no vale la pena para una lectora perder de su valioso tiempo comenzando a leer el fic para luego detener o cancelar su lectura por toparse con una escena que no sea de su agrado...

Finalmente, quiero recordar que no me he olvidado de continuar la historia crossover que comencé hace dos años, PRISMA. Me gusta terminar lo que comienzo y aunque se trata de una historia densa y compleja, cuando termine Mar Bravío, y con Dios por delante, espero dar seguimiento a este crossover...

Bueno, pues sin más preámbulos, aquí les dejo el primer capítulo de Mar Bravío... mil gracias a todos por su atención, ¡y que lo disfruten! Un abrazo...

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MAR BRAVIO

por

Astrid Ortiz

(Eiffel)

CANDY CANDY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 1976.

FINAL STORY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 2010.

Capítulo 1

Puerto de Nueva York

10 de noviembre de 1928

Lo había pensado mucho antes de llegar hasta allí.

Bajo el vespertino sol de otoño, Candice White Andley apresuró el paso por la escalera que la separaría de tierra firme. Cuando al fin se halló libre del muelle y de todo lo que aquel lugar representaba, comenzó a reír a carcajadas, ante la mirada de consternación de otros pasajeros. ¿No se suponía que ya hubiera dejado atrás su anterior partida de la ciudad neoyorkina? Ya no era una adolescente ilusa que jugaba al amor, sino una campesina de treinta años procedente de Illinois, quien ahora se aprestaba a retomar, luego de más de una década, su antigua profesión de enfermera. ¿Entonces por qué le costaba tanto trabajo estar en Nueva York, aunque sólo fuera por unos minutos, antes que saliera rumbo a Barbados? 'Crece, Candy', se dijo, llevando en sus labios la patética sonrisa de quien no abandonaba el estupor de toparse con un trozo de su pasado, 'es una ciudad enorme, y sólo representa una parada antes de salir de América...' Y respiró hondo, con la intención de no enlazar su ayer y su hoy en un mismo pensamiento, mientras que la sencilla, pero esplendorosa máquina de vapor que la llevaría a su destino tropical, la recibía con pomposa elegancia.

Aunque no era tan magnánimo como el Mauritania o el Titanic, el RMS Vestris exudaba clase y distinción, y ya moría de ganas por visitar cada uno de sus confines. No tenía previsto realizar su travesía a Barbados en tan lujosa nave, de manera que le tomó por sorpresa la más reciente notificación de Albert sobre el barco que habría de tomar rumbo a la isla caribeña. Albert... ¿por qué no había optado su padre adoptivo por un buque de carga cuando ya era sabido por casi toda la nación de la inminente ruina que estaba por arropar a los Andley? La economía en el país había colapsado de tal modo que no se pronosticaba un 1929 muy alentador, al punto en que muchos norteamericanos habían recogido sus bártulos y marchado rumbo al continente europeo, el cual ya se había recuperado de la guerra acaecida diez años antes. Siendo así, no consideraba prudente llevar a cabo su misión de salud haciendo su llegada en un pequeño, pero pretencioso barco de pasajeros. ¿Acaso Bert quería que ella tuviera un breve instante de opulencia antes que el imperio de los Andley llegara a su fin?

Un año entero, antes que retornara al hogar de Pony... un año en que ofrecería sus servicios a la población de Barbados, respondiendo a un aviso que había leído en la pared de la oficina de correos del pueblito cercano a Pony. Al principio se había negado a la idea de abandonar Illinois, pero la señorita Pony y la hermana María ya no aceptaban más excusas de la rubia para no reiniciar su vocación, y fue entonces cuando Candy reparó en los extenuados rostros de sus tutoras. ¿Por qué estaban tan fatigadas? Los niños a su cargo eran un remanso de paz, un modelo de excelencia, y no duraban mucho tiempo viviendo en el hogar pues su comportamiento ejemplar había sido sumamente llamativo a muchas parejas que posteriormente se convertían en sus padres, así que no veía la razón de su deterioro que no fuera la edad, hasta que un buen día descubrió el motivo por el cual se habían demacrado en estos últimos tiempos...

Ella.

¿Quién, si no ella misma, había permanecido tanto tiempo en el hogar consumiendo la energía de esas dos mujeres que ya comenzaban a mostrar en sus rostros el paso de los años? ¿Quién, además de ella, hablaba sin cesar hasta resecar los labios de aquéllas que con mucha paciencia participaban de la plática? ¿Quién, que no fuera ella, había sido objeto de muchas conversaciones "en privado" de ambas señoras, en las cuales manifestaban su preocupación porque su adorada niña no salía al mundo a enfrentar sus miedos? Fue así como decidió, por voluntad propia, dar un respiro a sus dos madres, y tomar la primera oportunidad que se presentara de servir a los demás, haciendo lo que tanto le gustaba. Sabía que la señorita Pony y la hermana María no le pedirían que se marchara, sino todo lo contrario, dejarían las puertas del hogar siempre abiertas para ella; pero precisamente en agradecimiento a ambas por tantos años de prodigarle cuidados y mucho amor, como también para mostrar al resto de los huérfanos que en un futuro sí podrían salir hacia adelante, envió un comunicado a Albert, a pesar de lo ocupado, y agobiado, que debía estar este último.

"¡Oye, tarado, fíjate por donde caminas!", gritó una niña.

Candy se volteó para ver de quién se trataba. La menor que se había quejado, acompañada de un posible hermanito, aún lo miraba con enfado. "¿Cuántas veces te he dicho que siempre doy un paso adelante?"

El varoncito la miraba sin comprender. "¡Cada vez que lo hago me dices que no me comporto como un caballero!"

Sin poder evitar el deseo de calmar los ánimos de ambos chicos, Candy intervino. "¡Hola, amiguitos! Traje unos caramelos. ¿Quieren compartirlos conmigo?"

Haciendo a un lado sus rencillas infantiles, ambas criaturas intercambiaron miradas, para el alivio de Candy, quien ya comenzaba a sonreír gracias al buen efecto que siempre tenían los dulces sobre los más pequeños, hasta que ambos hermanos le gritaron al unísono: "¡No te metas en lo que no te importa!"

Desprevenida, Candy no supo qué hacer. Innumerables veces había tomado control de pequeños pacientes que, en su desespero de estar postrados en la cama de un hospital, formaban rabietas y hacían berrinches, pero luego de tantos años sin haber pisado el suelo de una clínica o facilidad hospitalaria, sentía que había perdido el toque para manejar estas situaciones. 'Es como empezar de nuevo', pensó, mientras que los hermanitos se alejaban a toda prisa, y de inmediato recordó a Eliza y Neil, y las peleas entre ambos; y muy a su pesar, sonrió al rememorar las peripecias de ellos, aún cuando fuera ella la víctima de sus maldades. Tal y como había indicado a Albert al marcharse de regreso a Pony, no había vuelto a acercarse a la residencia de los Andley, pues luego del frustrado intento de los Legan en desposarla con Neil bajo engaño, era conveniente no asomarse por esos lares. Sin embargo, Albert se había mantenido muy al pendiente de las novedades en el hogar de Pony, y aunque ella se había negado múltiples veces a las ayudas económicas que él le ofrecía, en esta ocasión no le quedó otro remedio que aceptar el pasaje para abordar el Vestris.

¡Pobre Bert! Aunque no había insistido en que ella reanudara el contacto con los Andley, él siempre reservaba un espacio en su cargada agenda para acudir al hogar de niños y compartir con ella como siempre lo había hecho desde que entablaran amistad, como si el tiempo no hubiera transcurrido desde que abandonaran el departamento donde residían mientras éste convalecía de su amnesia. No obstante, ella percibía algo en esas visitas difícil de precisar, como si el rubio hallara en esos momentos con ella un oasis en el desierto, un santuario de tranquilidad en medio de tanto ajetreo laboral. 'Eres un pájaro enjaulado', pensó con tristeza, evocando aquellas conversaciones en las que su tutor desplegaba todo su amor por los espacios abiertos y la naturaleza, por lo que no se sentía culpable por separarlo por ratos de las enclaustradas oficinas donde día y noche el joven magnate intentaba conciliar los números para evitar llevar a los suyos a un nivel extremo de pobreza. 'Necesitas el cariño de una mujer que te ame tal y como eres', pensó con tristeza, '¡pero eres muy terco para enamorarte!'

El barco comenzaba a moverse, y una gran conmoción se apoderó de los pasajeros, a tal grado en que unos adolescentes, en su feliz y despreocupada carrera a lo largo de la cubierta, tropezaron con Candy, quien a su vez salió disparada hacia adelante, cayendo de bruces sobre un joven matrimonio. "Qué demon-", protestó el hombre, mientras ayudaba a su esposa a incorporarse.

Sin terminar de limpiar sus estropeadas rodillas, Candy sonrió a la pareja. "¡A la verdad que no hay nada como la juventud! Miren nada más a esos chicuelos...", y señaló en dirección al grupo que casi aplastaba a los tres, pero grande fue su asombro al percatarse de que los enérgicos muchachos ya se habían esfumado como el polvo, y fue entonces cuando escuchó al indignado marido que decía: "No temo a los jóvenes que viven en estos tiempos tan inciertos, pues corresponderá a ellos resolver la crisis en el país... más bien me aterra la gente solitaria como usted, que no sabe dónde tiene puesta la cabeza", y tomando a su mujer por el brazo, se alejaron a toda prisa de la alocada pasajera que no estaba pendiente a lo que ocurría a su alrededor.

Candy se rascó la cabeza. ¿Qué mosquito había picado a todos, y por qué ese súbito rechazo en los demás, como si el tiempo transcurrido desde su retiro involuntario la hubiera aislado del resto del mundo, o acaso todas las parejas casadas eran así de amargadas? "No", se respondió en voz alta, despertando la atención de los presentes, "Annie y Archie no son así." Y sonrió al configurar en su mente las innumerables cartas que la ahora señora Cornwell le había enviado, misivas que desbordaban la gran felicidad y orgullo de haber conquistado, al fin, el corazón del esquivo Archibald. Sólo un par de veces había recibido visitas de ambos en el hogar de Pony, mas no lo lamentaba, pues no podía pretender que el universo entero gravitara alrededor de su sedentaria vida en el albergue. Gracias a ellos, había tenido noticias de Patty, quien finalmente había aceptado con resignación la muerte de su amado Stear, y todo apuntaba a que permanecería en Florida hasta que el Padre Celestial así lo permitiera.

¡Cómo extrañaba a sus amigos! Recordó la última vez que vio a Annie, con su nuevo corte de cabello muy a la usanza de la época, y en un gesto inconsciente, pasó una mano sobre su diminuto cabello rizo, y rió al recordar las circunstancias bajo las cuales ahora asumía una apariencia un poco más... moderna. Cansados de verla siempre con sus inseparables colas de caballo, una noche los niños del hogar de Pony se acercaron a la cama donde ella dormía plácidamente, y con sigilo desprendieron con unas tijeras, una a una, las enormes coletas, y luego se marcharon de la habitación, llevándose de plano el resto de las cintas para el cabello que descansaban sobre un tocador. Al día siguiente, ella no pudo menos que reír ante el ingenio de los chicos, y aunque en un principio había considerado dejarse crecer su abundante melena, al final decidió complacerlos, a lo que los niños no perdieron el tiempo, y en completa complicidad con la señorita Pony y la hermana María, confeccionaron unos sencillos, pero hermosos vestidos de corto talle similares a los que veían en los escaparates de las tiendas del pueblo. De este modo, la enfermera a bordo del RMS Vestris lucía como la mujer en sus treintas que era en realidad... aunque su corazón se negara a aceptarlo, y fue así como volvió a repasar la única razón por la cual había estado a punto de cancelar su viaje: su paso por Nueva York.

En su inmadurez, no tenía la más mínima intención de siquiera posar sus pies sobre el mismo suelo que la despidiera con frialdad de aquel frío invierno. Sabía que no debía estancarse en el pasado, pero a pesar de ello, no lograba borrar el dolor ocasionado por la desgarradora separación. No había tenido ningún otro novio desde entonces, y casi a diario se preguntaba si debía o no atribuir dicha renuencia a enamorarse de nuevo a su ilusión- o desilusión- juvenil, y mientras más lo pensaba, más se convencía de que el trauma experimentado por su ruptura con Terry había sido imposible de superar. Ni siquiera estaba interesada en sostener contacto íntimo con hombre alguno, aunque fuera tan sólo para pasar un rato agradable, y tomando en cuenta la gran guerra que casi destruyera al mundo, así como la precaria economía vigente en la actualidad, ser una alegre solterona pesaba tanto como un crimen, al menos para el resto de la sociedad. ¿Por qué, entonces, no se entregaba de lleno a los placeres de la carne? 'Tú lo sabes mejor que nadie...', se reprendió, 'no has sido la misma desde que recibiste aquella carta.'

¡Por supuesto! ¿Cómo esperaba reunir todas sus fuerzas para estar en Nueva York, por sólo un instante, cuando estaba consciente de que en alguna parte de Broadway Terry la esperaba con los brazos abiertos? 'Nada ha cambiado', había escrito él, luego de haber guardado un tiempo de respeto tras la muerte de Susana. Aunque no llevaba la carta consigo, había memorizado cada línea como si se tratara del parlamento de una obra. ¡Terry no la había olvidado, y lo que era más increíble, ella también lo amaba! Pero su alegría al leer el contenido de la carta de Terry se había disipado al pensar en Susana, y no pudo evitar sentirse culpable por saberse recipiente del afecto de Terry mientras que la antigua actriz había partido del plano terrenal sin haber recibido siquiera una muestra de cariño de su prometido, con quien nunca se llegó a desposar. Si había tomado la decisión de romper con él, era para que tanto el actor como Susana fueran felices. ¿Quién era ella, pues, para usurpar el amor que la inválida se había ganado por derecho? Fue así como determinó desechar cualquier emoción producida por la reveladora carta, y continuar su vida tal y como la había llevado los últimos años. Probablemente Terry, al igual que ella, sentía nostalgia por el pasado, y tal vez confundía dicha añoranza con el amor. Después de todo, ahora era un actor consagrado, y no tenía por qué fijarse en una pecosa que lo había abandonado por su propia voluntad.

El viento comenzaba a agitar su corto cabello. El invierno se acercaba, y el frío en cubierta, en conspiración con el paisaje de altos y enormes edificios neoyorkinos, no aportaba nada a la telaraña de sentimientos que se agolpaban en su interior. Menos mal que había razonado un poco mejor hasta tomar la decisión de continuar con el viaje, pues su nueva misión habría de ser una gran distracción para su travieso corazoncito, y una buena razón para no pensar en Terry Granchester. "Gracias, Albert, por haberme conseguido el pase de abordar", susurró, "porque sabías muy bien lo que estabas haciendo al traerme hasta aquí." Y despejando con la mano el litoral costero, tomó su vieja valija, y comenzó a caminar en busca de su camarote.