/

MAR BRAVIO

por

Astrid Ortiz

(Eiffel)

CANDY CANDY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 1976.

FINAL STORY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 2010.

Capítulo 2

En el baño de su austera cabina(pues se había impuesto sobre Albert para que éste no la alojara en una lujosa habitación), Candy verificaba que el vapor que había dejado el agua caliente de la ducha al bañarse hubiera terminado por alisar el arrugado vestido azul celeste que le había sido obsequiado en el hogar de Pony. Al revisar que el mismo ya estuviera en condiciones de usarse, procedió a vestirse, y al terminar se contempló en el espejo del baño, sonriendo con gratitud por la pieza de ropa confeccionada. Se trataba de un entalle suelto cuya longitud apenas llegaba a la mitad del muslo, tendencia que estaba muy en boga ese año. Los tirantes resaltaban los hombros bastante tonificados por sus faenas en la casa Pony, y el color del vestido contrastaba muy bien con el verde de sus ojos, al igual que con sus zapatos plateados. "No seas vanidosa", sonrió a la imagen en el espejo, "aunque debes aceptar que es un traje maravilloso...", y colocándose un broche, también plateado, a un lado de su cabellera, salió con mucho cuidado del camarote.

Era de noche, y su estómago comenzaba a reclamar un poco de alimento; pero al ser la primera ocasión en que llevaba puestos unos tacones tan altos, procuró disminuir la marcha, hasta que llegó a la sala de dibujos, ubicada justo a la salida del salón comedor, y el olor a comida proveniente de la cocina era tan agradable que se detuvo a estudiar el panorama antes de salir en estampida a engullir la cena.

A la izquierda del vestíbulo de dibujo, un hombre espigado y elegante de corto cabello(también de moda) que se encontraba de espaldas a ella, tocaba música, con aparente maestría, en un fino piano de cola. A medida que la triste, pero hermosa melodía apaciguaba sus sentidos, observó las decenas de pasajeros congregadas en el lugar, a la espera de que fueran abiertas las puertas hacia el gran comedor. "Tienen tanto apetito como yo, no pueden disimularlo", musitó entre risas, reparando en la indumentaria de las mujeres. 'No luzco tan mal', pensó, conteniendo el deseo de salir disparada hacia el salón donde se servía la comida. ¡Tenía un hambre voraz! A no ser porque el pianista estaba realizando un magnífico trabajo con la melodía, no hubiera soportado su necesidad de abastecerse, a lo que se concentró en los rostros del resto de los pasajeros, absortos en la figura del hombre del piano. ¿Qué les atraía tanto de él... acaso era su pulcro y refinado traje negro, o la precisión con la que interpretaba el tema musical?

De repente, las puertas que conducían al comedor se abrieron de par en par, intensificando aún más el olor de los platillos. Sin más tiempo que perder, Candy apretó los puños, tomando impulso hacia atrás. "¡Ya no aguanto más!", exclamó, y como en los viejos tiempos, inició su carrera rumbo a una de las mesas; pero no pudo llegar muy lejos, pues no contaba con que uno de sus traicioneros tacones tomara un rumbo diferente al que habían tomado las plantas de sus pies. Girando con violencia hacia un lado, el zapato sucumbió a la voluntad del insoportable tacón, haciendo que ella perdiera el balance, y en cuestión de segundos, había aterrizado de bruces sobre el frío y alfombrado suelo, atrayendo la atención de todos, o casi todos.

La música no se había detenido, como si a su intérprete le tuviera sin cuidado lo que acontecía a su alrededor, aunque estando de espaldas a ella, totalmente concentrado en su tarea, era casi imposible que se hubiera dado cuenta de lo que ocurría, contrario a los demás, que ya comenzaban a reír, incluyendo una chica que, señalándola con el dedo índice, repetía en son de burla, "Ooooohhh, pobre señora, no sabe caminar con tacones altos..."

Candy no podía creer la indiferencia con la que los pasajeros se divertían a costa suya, sin que uno solo de ellos moviera un músculo para ayudarla a levantarse. En sus ansias por disfrutar de la cena a la mayor brevedad, había hecho un papelón de grandes proporciones, pero eso no daba pie a que el grupo de adultos se mofara de su accidente. Después de todo, no era una niña quien había caído, aunque las criaturas pequeñas también eran dignas de respeto; pero en esta ocasión se trataba de una mujer que había sido paciente con el prójimo toda su vida, paciencia que ahora estaba a prueba ante todos estos hombres y mujeres para quienes la clase y la buena posición eran más importantes que hacer un minúsculo favor a otro ser humano. Terminando de levantarse, se arregló el vestido, y sacando la lengua tal y como lo hacía en su niñez y adolescencia, exclamó: "¡Apuesto a que llegaré primero de todos modos!" Y caminando a la mayor velocidad que le permitían los erráticos tacones, comenzó a abrirse paso entre la gente, hasta que un pequeño detalle la hizo pararse en seco.

La música se había detenido.

Con su corazón galopando sin control, tal vez por la caída, por su desilusión ante la superficialidad de quienes la rodeaban, o por quién sabía qué otra razón, Candy desvió, casi por instinto, sus ojos a la figura del sujeto del piano, y sintió que iba a desfallecer. Estaba erguido, como si sus sentidos estuvieran en alerta, y cuando se viró de perfil, las facciones, más que reconocidas, eran un cruel espejismo. "No puede ser", musitó, deseando que todo se tratara de un lapso de locura producida por el hambre, "este hombre lleva cabello corto, y luce más alto y corpulento que..." No pudo terminar de coordinar sus pensamientos, pues el caballero fue moviendo la cabeza precisamente en dirección a ella. 'Debe haberme escuchado', pensó con horror, y cuando el pianista se puso de pie, sintió una fuerte sacudida en el pecho. 'No me mires', rogó en su interior, 'temo que seas tú, así que por favor, no me mires, no me mires, no me mi-"

Ambas miradas se encontraron.

Ella tragó saliva, incapaz de proferir palabra alguna. Jamás hubiera imaginado que tener el estómago vacío ocasionara tantos delirios y alucinaciones. 'Entonces así luciría si fuese real', concluyó. Se había propuesto no ver más fotos de él en los diarios, aunque de todos modos siempre un niño de Pony se aseguraba de informarle novedades sobre él. El Terry que había conocido y del cual se había enamorado jamás se habría cortado el cabello, por su rebeldía, y porque sabía que con su melena lucía atractivo para las mujeres, algo de lo que estaba consciente desde su juventud. ¿Pero en qué estaba pensando? ¡Pobre señor del piano, siendo objeto de frustraciones amorosas que no venían al caso!

¿Entonces por qué el otro la miraba con asombro y curiosidad?

"Debes cenar lo antes posible", se dijo entre dientes, incapaz de aminorar los latidos de su corazón. Buscando controlarse un poco, alzó la cabeza fingiendo altivez, e ignorando la mirada inquisitiva del pianista, se dispuso a continuar la marcha, dispuesta a seguir hacia adelante; pero justo cuando estaban cerca uno del otro, se volteó con osadía, de manera que ambos quedaron mirándose frente a frente y le dijo: "Puede continuar tocando, señor pianista; estoy bien y no he sufrido daño algu-"

"¡Oooooooohhhhh!", gritaron todos.

La muchacha que en un inicio se había reído a mares al verla caer, ahora emergía con indignación de su refugio social. "¿Cómo se atreve siquiera a dirigirle la palabra... acaso usted no sabe que él dejó muy claro que no quería que nadie se le acercara mientras estuviera en el barco?" Movió la cabeza de un lado a otro. "¡Al parecer estaba pensando en musarañas para no haberse enterado! Incluso el capitán Carey dejó una notificación en cada camarote informando al respecto." Sin apartar su furiosa mirada de la de Candy, se acercó al impostor de Terry. "Olvide la mala educación de esa pasajera, señor", imploró, "y vuelva a deleitarnos con su música y su presencia."

Candy quedó petrificada en medio del salón. Estaba supuesta a continuar hacia el comedor, cenar a la velocidad de un tren y regresar de vuelta a su cabina lejos de todos ellos y del mundo entero. Quería estar sola con sus pensamientos, sin un solo rostro cercano con quien pudiera asociarlo. En eso, el hombre se cruzó de brazos, y antes que ella pudiera reaccionar, estalló en unas sonoras carcajadas.

Los ojos de la enfermera se llenaron de lágrimas. La imaginación le estaba jugando una mala pasada, o más bien el Padre Celestial estaba poniendo a prueba su cordura, ¿pero por qué y para qué? Respiró hondo para no perder la poca dignidad que le quedaba ante semejante espectáculo público, y justo cuando había ordenado a sus piernas moverse y escapar del imaginario sonido de una nostálgica risa, el segundo objeto de atención-luego de ella-en el lugar, al fin tomó la palabra. "¿Tienen idea de la razón por la que río? De seguro están pensando en que estoy compartiendo con el público mi desprecio por esa chica, ¡pero la realidad es que no me río con ustedes, sino de ustedes!"

Candy se abrazó con fuerza para no caer. El impacto que tuvieron en ella esas palabras había sido tal que ni siquiera el apetito desmedido que tenía impediría que se diera la vuelta y se marchara a su camarote. No fue el sarcasmo con el cual él se había dirigido a los pasajeros- y que tanto había extrañado- lo que la había conmocionado, sino esa voz... esas notas guturales que aunque más graves que en el pasado, contenían la misma dicción y elocuencia de ese actor que se había adueñado de sus días, aún en la distancia. Y como si fuera poco, la joven que con tanto ahínco insistía en que él continuara en el piano, avanzó hacia él en forma desafiante. "¿Nos está insultando, señor Granchester?"

Al oír el apellido del actor, él y Candy intercambiaron miradas, como si en silencio estuvieran terminando de asegurarse que aquel encuentro era mucho más que un sueño. La mirada azul de Terry era tan intensa como ella había recordado; por otro lado, su estatura, ahora más imponente, así como su cabello repelado, producía en ella la sensación de que apenas lo acababa de conocer. 'En serio, es él', pensó con asombro, '¿Cómo no iba a cambiar si ahora es todo un hombre?' De pronto, reparó en una minúscula, pero significativa observación, y antes que ordenara a su cerebro no emitir comentario alguno, las palabras escaparon de sus labios: "¿Por qué no llevas barba y bigote?"

Los ojos de Terry se transformaron por completo. Había algo en esa mirada que la aturdía... ¿nostalgia, cariño de hermanos? De súbito, recordó su propio aspecto, y que su cabello era muy distinto al de antes, e incluso ahora mostraba un poco más de su figura siguiendo el actual código de vestimenta. ¿Qué tal si realmente no la había reconocido, y más bien creía que la pasajera que había hecho su entrada triunfal al salón de dibujos tan sólo se parecía a ella? Iba a girar sobre sus talones cuando de repente él la tomó con gentileza del codo, y acercando sus labios al oído de ella, preguntó, en un varonil ronroneo, "¿Es eso lo primero que se te ocurre decirme, Tarzán pecosa?"

Con sus temblorosas rodillas amenazando con volverla a derribar al suelo, ella abrió sus ojos cuan grandes eran. Debía estar feliz de volver a ver a su viejo amigo, mas no esperaba que la embargara la misma emoción que la había arropado cada vez que él la había alzado en brazos, o abrazado en silenciosa despedida... e incluso durante aquel único beso forzado, y fue entonces cuando descubrió que ese choque de labios, el único que había recibido en toda su vida, no le había desagradado como ella quería hacer creer. ¡Qué tonta había sido! Debió haberse dejado llevar por el júbilo del momento, y corresponder a aquella grata sorpresa que había recibido en su boca-

Apartando la omnipresente mezcla de imágenes y sentimientos de su memoria, Candy se frotó la piel erizada de sus brazos, y armándose de valor, miró al cotizado actor a los ojos y le dijo: "Ya estoy grande para que me pongas apodos, Te...", sus palabras se desvanecieron con el viento, no sólo porque había quedado subyugada a aquellas invariables pupilas azul zafiro, sino también ante el descubrimiento de que él se conducía con ella con el mismo desenfado y naturalidad de antes. 'Ha vuelto a ser el Terry de siempre, así que no ha vuelto a beber', pensó con orgullo, sin haber dudado un solo momento de que el joven duque superara su gran depresión... angustia que en cierta parte había sido propiciada por ella. Sumergida en las profundidades de los ojos ingleses, suspiró hondo y admitió: "Ya no sé cómo llamarte... incluso creo que debería tratarte de usted."

La adorable sonrisa retorcida de Terry ahora daba paso a una expresión de ternura, y ella cruzó los brazos sobre su pecho para evitar lanzarse hacia él, para confortarlo, y para ser confortada también. "¿Crees que soy como Sansón, que pierde su fuerza sin su larga melena?" Sin previo aviso, se colocó en cuclillas frente a ella, y mientras le quitaba uno de sus zapatos añadió: "Tú tampoco luces exactamente como una enfermera, ni tienes el cabello de Rapunzel", arrojó el zapato contra una pared, para disgusto de todos los que allí se encontraban, y se dispuso a continuar con el siguiente, "pero si de algo estoy seguro, es que esa voz estridente y tu cara llena de pecas son inconfundibles", se deshizo del segundo tacón del mismo modo en que lo había hecho con el primero, "y además sigues siendo tan diminuta como Pulgarcita..."

Ella apretó los puños con el mal fingido enojo de antaño. "¡Mocoso insolente! ¿Vas a ponerme un nuevo nombre ahora?"

El quedó inmóvil en el suelo por unos segundos, hasta que alzó la mirada para enfrentarla. "¿Quién comenzó diciendo que no debíamos usar las mismas palabras de antes?" Sonrió con ironía. "No soy un extraño, y mucho menos voy a morderte, pecosa", y sin decir más, la tomó en brazos, con la misma agilidad con la que una vez lo había hecho, y avanzó hacia el interior del comedor.

Candy no dejaba de mirar hacia el suelo. Sabía que era alto desde el primer momento en que lo vio, pero diez años de separación lo habían convertido en una viva competencia de la Estatua de la Libertad. Su corazón volvió a adquirir su propio ritmo al sentirse tan cerca de ese pecho masculino que le brindara protección cuando la hiciera superar su trauma por los caballos, o una llamarada de calor cuando la alcanzó en las escaleras aquella horrible noche en las escaleras del hospital St. Joseph. "¡Me has dejado sin zapatos!"

Ignorando las labores de los porteros y otros empleados, Terry alcanzó a cerrar, con la palma de una mano libre, la puerta a través de la cual había entrado, y como consecuencia, el resto de los pasajeros comenzaron a golpear la misma gritando: "¡Es usted un grosero, Terrence Granchester!"

Olvidando sus defensas, Candy frunció el ceño. "¿No se supone que hay otras puertas abiertas?"

Mostrando su peculiar sonrisa retorcida, él respondió: "Esa manada de hipócritas sólo gusta del drama y las apariencias." Llegaron a la mesa más extrema del salón comedor, y con cuidado colocó a la rubia en una de las sillas. "Será mejor que nos apresuremos antes que vengan más personas a hacernos compañía..."

Por primera vez en toda la noche, ella esbozó una sonrisa. "Gracias por haberme alejado de ellos... aunque no sé qué voy a hacer ahora que me has dejado sin zapatos."

"Para haber formado parte de la familia Andley, no tienes mucha experiencia en esa clase de calzado", comentó él. "¿Acaso tu adorada pariente Eliza no te enseñó a comportarte como una dama?"

Candy sabía que él la estaba provocando, pero no estaba de ánimos para seguirle el juego; y en efecto, cuando los mozos aparecieron rápidamente con la comida, su estómago emitió un fuerte gruñido, ante el asombro de ambos. "Vaya vaya", rió Terry, llevándose una mano al mentón, "ahora entiendo por qué corriste como gacela allá afuera..."

Los demás comenzaban a tomar asiento en mesas aledañas, evitando todo contacto con el irrespetuoso actor de Broadway y la arrimada que sólo pensaba en comer; pero nada de eso importaba para Candy, quien atacaba su pollo asado y patatas gratinadas como si fueran el último alimento existente en el mundo. "¡No contestaste mi pregunta sobre tu bigote!", exclamó con la boca llena de comida.

El aguardó a que ella bebiera un poco de agua para no ahogarse y explicó: "Si te refieres a tu escrutinio sobre mi apariencia, permíteme informarte que los vellos faciales no han formado parte de mi anatomía, al menos no por el momento-"

"¿Dijiste en toda tu anatomía?"

Ella guardó silencio tan pronto como brotaron las palabras de su boca. Llevándose una mano a los labios, abrió los ojos desmesuradamente, mientras que él había quedado absorto y sin palabras. ¿Qué pasaba por la mente de Terry Granchester en ese instante, o más bien... qué había pasado por la mente de Terry Granchester desde el momento en que ambos cruzaran miradas junto al piano? 'Debí suponer que era él desde que lo vi', pensó, '¿cómo no pude reconocer el dominio con que toca su instrumento favorito?'

Luego de varios segundos, Terry alzó las cejas, divertido. "No creí que fueras a pensar en mí de ese modo", y para fortuna de ella, comenzó a tomar su porción de la cena. Físicamente parecía otra persona, y no era para menos, pues el paso de los años había dejado su huella en sus facciones, haciéndolas más, ¿atractivas? Haciendo un nuevo esfuerzo por borrar tan repentino análisis de su cabeza, optó por cambiar de tema, pues a estas alturas ya estaba más que avergonzada por los sucesos ocurridos hacía unos minutos, y muy especialmente, por su cuestionamiento sobre el... cuerpo de Terry, por así decirlo. "¿Qué haces aquí en el Vestris?"

El continuaba degustando de la pechuga de pollo. "Me disponía a tomar unas vacaciones... después de todo, han sido diez años de giras sin parar."

'Porque tenías razones para no descansar', dedujo ella con tristeza, y cuestionó: "¿Por qué Barbados?"

A diferencia del resto de la noche, en que la mirada azul no había dejado de traspasar el velo de ojos verdes de la enfermera, Terry contempló la lejanía... en un salón ahora atestado de gente. "Nada en particular." Tomó un sorbo de agua, y esta vez era ella quien no dejaba de observarlo. Bien podía él haber ordenado un vino o un cognac, pero era más que evidente su disciplina en evitar a toda costa el consumo del alcohol. 'Tan rebelde para algunas cosas, y tan serio y formal para otras...', como ahora, cuando por arte de magia se notaba un tanto esquivo. ¿Había hecho algo indebido al preguntarle sobre el motivo por el cual había escogido a Barbados como su destino vacacional? 'Una mujer', pensó, y su corazón dio un vuelco que casi se transformó en llanto. ¿Cómo era posible que él continuara produciendo tantas inquietudes y vaivenes en su estado emocional?

En medio del silencio, Terry sintió la mirada de ella sobre él, y sin apartar la vista de la copa de agua vacía, dijo con suavidad. "Sé lo que estás pensando", la miró directo a los ojos, "y te aseguro que no probaré una onza de licor ni aquí, ni en ninguna otra parte, como jamás lo he hecho desde que me viste actuar como perdedor en Rockstown."

A pesar de sus pies descalzos, ella se levantó de la silla. "¿Cómo sabes eso, Terry?" Aún estaba intacta en su mente la viva imagen de un Terry abatido por la bebida, arrastrando sus parlamentos en aquel vulgar escenario, siendo objeto de rechazo y de burla por parte del público. "¿Entonces me viste?" ¡Cuánta angustia debió haber experimentado el joven, habiéndola tenido a escasos metros del escenario, llorosa, sufriendo tanto como él! ¿Pero por qué no había mencionado nada al respecto en la carta que escribiera posterior a la muerte de Susana? "¡Susana!", repitió en voz alta, como si hubiera presenciado la aparición fantasmal de la actriz, "Susana está muerta, ¡y yo estoy aquí, conversando contigo, como si no hubiera pasado nada!"

Apresurando el último bocado de su comida, él la tomó del brazo con gentileza. "Candy, déjame explicarte-"

Ella lo miró con reproche. "¿Explicarme qué... cómo no hiciste el mínimo esfuerzo por enamorarte de ella, para que a la primera oportunidad en que ella desapareciera de tu vida, me buscaras como un perrito faldero?"

Soltando el brazo de la rubia, las cejas de él se arquearon, y su enojo no se hizo esperar. "¿Entonces recibiste la carta?"

"Oh, no", susurró ella, recriminándose, por enésima vez en la noche, por sus imprudentes comentarios. Tragó saliva, pues esta vez no habría escapatoria para encarar la verdad sobre lo que sentía por él. Moviendo la cabeza de un lado a otro, se mantuvo firme en su postura de no aceptar la entrada del duque a su corazón... aunque ahora comenzaba a creer que ya era demasiado tarde. "No he venido aquí a hablar de ninguna carta... y mucho menos tenía intenciones de encontrarte en el barco", y lanzó su servilleta sobre la mesa y le dijo: "Una vez más, gracias por haberme sacado de apuros esta noche... gracias de todo corazón", y con sus pies desnudos se alejó a toda prisa, recibiendo las miradas de desaprobación de los otros viajeros que allí cenaban. "No debí viajar a bordo del Vestris", repitió una y otra vez, avanzando por los largos corredores, "¡y es tan insolente que ni siquiera me ha preguntado por qué estoy aquí!"

"¿Vas a seguir hablando sola, Candy?"

Ella se detuvo. La sola voz de él había erizado la piel, y casi podía sentir la aproximación de Terry a sus espaldas. Retomó la marcha, hasta quedar frente a la puerta de su camarote, y procedió a abrir la misma, pero sus manos comenzaron a batallar con las llaves. '¡Contrólate!', se ordenó, mas no lograba dar con el movimiento correcto, hasta que de una zancada, él tomó las llaves de sus manos, y de un giro abrió la puerta en toda su amplitud. "Tenemos que hablar, y lo sabes", dijo él con voz ronca.

Manoteando en el aire, ella replicó: "¿Para qué, Terry? ¿Qué sentido tiene tomar decisiones partiendo de una época en la que éramos sólo unos niños?"

El colocó un brazo en el marco de la puerta para evitar que ella entrara a toda velocidad. "Tal vez ya no lo éramos cuando nos conocimos. De haber sido así, ¿cómo explicas que estuve casi diez años comprometido con otra mujer? ¿Qué clase de responsabilidad era ésa para un chico?"

"No debemos mencionarla cuando no está aquí para defenderse", protestó Candy; y con todas las fuerzas que tenía almacenadas, apartó el brazo de Terry, pero al hacerlo, perdió nuevamente el equilibrio, y antes que se estrellara por segunda vez en el suelo, él la tomó por la cintura. "No tan rápido, pecosa", dijo entre risas, alivianando la tensión que se había generado entre ellos. "No sé qué es peor para ti, si correr descalza como animalito salvaje, o dejar la vida en esos rascacielos de zapatos."

A diferencia de él, Candy no pudo disfrutar del jocoso comentario. Las manos adultas que continuaban posadas en su cintura eran largas y firmes, pero al mismo tiempo gentiles. Ya una vez había sentido la presión de esas palmas contra su cuerpo, aquella noche en el hospital, y cuando ya se había resignado a no volver a sentir esa electricidad en su cuerpo, dicha descarga se volvía a generar, esta vez en la cubierta del RMS Vestris. "Nnnno sssé qué me pasó", balbuceó.

Luego de un prolongado espacio en el tiempo, él finalmente apartó las manos del diminuto cuerpo. "Sólo bromeaba, pecosa... el barco se movió de repente justo en el momento en que me alejabas de tu lado."

"¿No crees que va demasiado rápido?"

"De seguro pensamos así porque es una embarcación más pequeña que el Mauritania y otros barcos similares, y eso nos hace sentir más fuerte el movimiento."

Ella asintió con la cabeza. "Tienes razón... buenas noches, Terry." Avanzó al interior de la habitación, y al girarse para cerrar la puerta tras de sí, él sostuvo la misma con las manos y le dijo: "Quieras o no, lo cierto es que no podrás escapar de mí mientras estemos en altamar... así que no olvides que tenemos una conversación pendiente." Para alivio de ella, la expresión en su rostro finalmente se suavizó. "Buenas noches, Tarzán pecosa...", y se alejó, dejándola a ella en la soledad de la cabina.

Y una vez adentro, dio por fin rienda suelta a todo lo que se había agolpado en su alma. Riendo histéricamente, exclamó al vacío: "¡Estás aquí, Terry... te ves diferente... pero de veras eres tú!" Y de la risa pasó al llanto, en caudales de felicidad por volverlo a ver. "¿A quién pretendes engañar, Candy White?", se reclamó en voz alta, "¡Lo amas tanto o más que la primera vez!" Y siguió riendo y llorando al unísono. Así era él, capaz de producir esa dualidad de sensaciones en ella, algunas de ellas desconocidas hasta para sí misma. Continuó exteriorizando su mal disimulada alegría, hasta que el sueño se apoderó de su cuerpo. "Buenas noches, Terry", murmuró, extenuada por el cansancio, "buenas noches, mi amor...", y se rindió a los brazos de Morfeo, no sin antes formularse una última pregunta...

¿Qué estaba haciendo Terry en ese instante?