/
MAR BRAVIO
por
Astrid Ortiz
(Eiffel)
CANDY CANDY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 1976.
FINAL STORY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 2010.
Capítulo 3
El incesante sol de la mañana cegó sus ojos, haciendo que se incorporara en el asiento. Con la esperanza de que ella saliera de su camarote la noche anterior, Terry había vagado sin rumbo por cada esquina del Vestris hasta memorizar cada diseño como si se tratara del libreto de alguna de las tantas obras que había protagonizado. Y ya de madrugada, cuando había acudido al solitario salón de cocteles a fumar su primer cigarrillo en más de diez años, dejó que el sueño hiciera su efecto sobre él, y allí pasó dormido el resto de la noche, sentado en una de las mullidas butacas. 'Quien me viera en este momento pensaría que estoy borracho', pensó, mientras estiraba sus largas piernas. Lanzó un bostezo, y en su letargo miró a su alrededor, siendo recibido sólo por el silencio. "No deben ser más de las seis de la mañana", murmuró, arrastrando las palabras como si estuviera llevando una gran carga, cuando en realidad le había sido quitado un gran peso de los hombros...
En respeto a la memoria de Susana, había guardado poco más de un año de luto antes de escribir al hogar de Pony. Por varios años la había acompañado a sus citas médicas, como también había acudido con ella a una que otra obra de teatro de algunos colegas en calidad de espectadores, pues la enferma se resistía a quedar en el lente público, expuesta a las curiosas miradas de las admiradoras, y con mayor renuencia afrontaba el asedio de las fanáticas. "Es el precio de mi fama", había explicado él, aunque detestaba hacer uso de dicho término, "tú también eres actriz, y debes comprender esa parte de mi trabajo..." Pero ella no entendía razones, e incluso rechazaba cualquier oportunidad de trabajo que no fueran las obras que ella misma escribiera, prácticamente obligada por su novio. Sintiendo pena de sí misma, habría cerrado las puertas al arte dramático, haciendo de Terry su única razón de existir, a no ser porque este último la instara a hacer algo con su vida.
En nada había aportado tampoco la actitud de la madre de ésta, para quien las múltiples presentaciones del joven Granchester alrededor del país no habían sido sino una vaga excusa del jovencito para dilatar la fecha de la boda, como si el plan de trabajo de Hathaway gravitara enteramente alrededor de su actor principal. Era increíble la paciencia con la que había estado al servicio de Susana-pues así se sentía a su lado, como un sirviente- en adición a haber tenido que soportar a la señora Marlowe, quien lejos de alentar a su hija a valerse por sí misma, la victimizaba aún más, creando un círculo vicioso entre los tres.
¿En verdad Susana lo había amado tanto como decía? A lo largo de los pasados años, se había propuesto expresarle afecto a través de la magia de un beso, pero sus mejores dotes actorales no lo habían capacitado para intercambiar tan siquiera un abrazo con ella. En sus circunstancias, ella le hubiese reclamado al respecto, e incluso suplicado que al menos la tomara de la mano, mas no hubo expresión alguna en Susana que le hiciera pensar que ella deseaba llevar las cosas más allá del nivel en el que estaban.
Temiendo que ella se sintiera rechazada físicamente, había considerado la posibilidad de seducirla, pues tal vez así hubiera despertado algo de deseo en él, y de este modo ella se llevaría la impresión de que él reciprocaba su cariño, al menos en la intimidad. Sin embargo, cada vez que él la levantaba en brazos para llevarla de un lugar a otro, ella se encogía de brazos, evitando a toda costa un mayor contacto con él. ¿No se suponía que ella hubiera colgado los brazos de su cuello, descansando una sonrosada mejilla sobre el pecho de su prometido, y sonriendo como toda una novia enamorada... o acaso pretendía también que él hiciera todos y cada uno de los movimientos?
El tiempo había transcurrido hasta que las úlceras hicieran estragos en el cuerpo de Susana, a consecuencia de su inactividad física y falta de ejercicio. Desde entonces, la señora Marlowe no dejaba de hacerlo responsable de su muerte, como si de él hubiera dependido una mejoría en la condición de su hija. Aún así, no negaba su tristeza por la pérdida de quien había sido su compañera de actuaciones, aquélla que había ofrecido su pierna con tal de salvarle la vida, y a quien, en su abnegación por retribuir a ésta el sacrificio que había hecho, había llegado a tomarle aprecio.
Cuando al fin había decidido que era el momento de escribir a Candy, un gran obstáculo emocional se interpuso en su camino. ¿Qué tal si estaba casada, con hijos... o simplemente era feliz con un amante, algo que se hacía cada vez más presente en las mujeres a raíz de la Guerra Mundial? El sólo imaginarla en brazos de otro lo había llenado de desespero... injustificado, por cierto. Candy era tan sólo un año menor que él, y a menos que hubiera seguido los pasos de la hermana María en el hogar de Pony, era de esperarse que rehiciera su vida al lado de un buen hombre. Más de una década había pasado desde aquella noche invernal en que ambos compartieran el amargo sabor del final, y a decir verdad, no estaba seguro de que ella estuviera dispuesta a retomar lo que una vez habían iniciado con tropiezos, con o sin rival de amores. Y justo cuando iba a resignarse a no verla nunca más, presto a cerrar ese capítulo de su vida, tuvo la suerte de encontrar la luz al final del túnel, y para ello no fue necesario tan siquiera salir de Nueva York. A partir de ese momento en que se renovaron su alma y sus fuerzas, retomó su empeño en recuperarla a toda costa, y no estaba dispuesto a perderla otra vez, aprendiendo finalmente de sus errores... y hoy habría de platicar con ella sobre eso y muchas otras cosas que habían quedado sobre el tintero, pues a estas alturas Candy debía estar bastante confundida acerca de su conocimiento sobre el episodio en Rockstown, y su aparente "falta de interés" en conocer los motivos que la habían hecho viajar en el Vestris.
Frotándose los ojos para aclarar la vista mañanera, caminó despacio rumbo a su habitación, y de pronto, pensó en Eleanor Baker, quien terminó por disipar las dudas de su vástago respecto a tomarse un descanso de la compañía de Robert, y lo cierto era que necesitaba alejarse de Broadway, especialmente ahora que Susana se había marchado, puesto que cada butaca, cada camerino, cada rincón oscuro de los teatros eran un recordatorio constante de todo cuanto había tenido que atravesar a partir del momento en que ella le abriera las puertas del teatro por vez primera. Incluso había mudado sus cosas a la enorme residencia de Eleanor, y aprovechó la ocasión para pasar un tiempo de calidad con su progenitora, contrario al duque de Granchester, quien se había limitado a unas escuetas cartas en las que manifestaba lo orgulloso que se sentía del éxito de su primogénito. "¿Acaso la cara de cerdo de su esposa lo estaba amenazando con una pistola mientras escribía?", había preguntado a Eleanor entonces, aunque una parte de él se había conmovido ante la admisión que había hecho Richard sobre el éxito del mayor de sus hijos, y viniendo de él, dicho elogio podía considerarse como un gran adelanto.
Buscó las llaves de su camarote, y de inmediato rememoró la pasada noche en que tuvo que auxiliar a una desconcertada pecosa para que entrara a su propio aposento, y rió en voz alta diciendo: "Te has alejado tanto del mundo, mi damisela, que ahora tienes que aprender a vivir de nuevo", y entró de lleno a la habitación, desprendiéndose rápidamente la ropa. Aún no podía creer el modo en que se habían reencontrado, con esa clásica manera que ella tenía de hacer sus apariciones...
¡Y vaya aparición! Era obvio que, a sus treinta, la chica no llevaría como peinado sus infantiles colas de caballo, mas no contaba con que se había cortado el cabello un poco más arriba del hombro, al igual que tantas otras mujeres de este siglo. Al principio lamentó no poder apreciar los voluminosos rizos en toda su magnitud, pero para su sorpresa, la nueva imagen que llevaba la hermosa mujer le sentaba a las mil maravillas, en especial con ese vestido tan corto que dejaba ver unas piernas bien desarrolladas por sus juegos y carreras en el hogar de Pony... y por primera vez en toda su vida, llevó la temperatura del agua de la ducha al nivel más frío que hubiera podido imaginar. Nunca dudó de su belleza, pero con el brillo de la experiencia y el esplendor de su femineidad, el amor que sentía ahora iba acompañado de un intenso deseo de conocer su cuerpo así como su corazón.
Por otro lado, la intención inicial de la rubia en no tutearlo lo tomó desprevenido. ¿No se suponía que habían sido buenos amigos? Aunque era normal sentirse incómodos al volverse a ver luego de tantos años, no esperaba que Candy sintiera un abismo tan profundo entre los dos; y no era para menos, pues el Terry de cabello corto y vestimenta formal contrastaba mucho con el rebelde de Londres, por lo que terminó comprendiendo la aprehensión de ella, y de él dependería hacerla entrar en confianza nuevamente, pues tan sólo le bastó escuchar su voz en el salón de dibujos y ver cómo se desenvolvía en público luego de su caída, para descubrir, con suma alegría, que diez años de incomunicación del resto de la sociedad no habían agotado su energía, ni removido una sola pieza de su vibrante personalidad. ¿Y cómo estaba tan seguro? Muy sencillo: porque él mismo estaba experimentando el regocijo de sentir que volvía a ser él mismo en el momento que sus ojos se toparon con las enormes y expresivas esmeraldas en las pupilas de ella. No era que había perdido la voluntad de vivir, permaneciendo como un hombre amargado a causa de Susana, pues tenía a su madre que se preocupaba por él, y a su público a quien debía su honrosa posición en el teatro-aunque mostrara lo contrario-así como en su momento tuvo a las Marlowe, quienes habían pendido de él como un hilo, de manera que le debía a todos ellos el componerse y mantener un poco de sosiego en su alma... incluso había recurrido a Dios, a quien respetaba incluso durante sus alzadas en el Real San Pablo, con el propósito de sentirse en paz con las circunstancias, y así lo hizo, continuando adelante como de seguro lo había hecho Candy, a pesar de las adversidades. Por ella, y por todos los momentos que habían compartido, habría de hallar en el mundo la respuesta a sus necesidades... y ahora que estaban tan cerca uno del otro, entendió que bien había valido la pena no dejarse vencer ante los problemas, y fue así como sintió que su sarcasmo, su modo de burlarse ante la hipocresía, y hasta su indiferencia a la opulencia, regresaban a sus venas con furia, infiltrándose en sus poros, e irradiando en destellos de luz a través de sus ojos. Era como volver a nacer.
Tiritando de frío por el agua congelada, se envolvió en una toalla, y en cuanto salió del baño, corrió a la cama, y se envolvió en el edredón, logrando concentrarse en la temperatura de su cuerpo y no en la hermosura de Candy. Si bien era inevitable concebir toda clase de fantasías alrededor de su diminuta y esbelta figura, debía enfocarse en reanudar una buena comunicación con ella, derribar sus defensas, de modo que pudiera contarle todo, admitirle todo... confiarle todo hasta vaciar su corazón. Con esa resolución en mente, se levantó de la cama, y en dos pasos avanzó hacia el ropero, buscando un cómodo atuendo para comenzar el día... junto a ella, por supuesto. "No te dejaré ir esta vez", dijo con firmeza, a medida que se vestía, "menos mal que dejé muy claro a mi llegada al barco que no quería que nadie se me acercara...", y lo que no imaginaban sus asombrados admiradores era que el actor había tenido una muy buena razón para hacerlo... mucho antes de haber puesto un pie en el Vestris.
/
En la placidez de su camarote, Candy caminaba de un lado a otro con sus nuevos tacones negros. No quería ser malagradecida con los chicos de Pony, pero el calzado que le había sido obsequiado le provocaba tanta molestia que en cuanto pisara tierra firme en Barbados se aseguraría de regalar su colección a cualquiera que estuviera dispuesto a darle un mejor uso. Con su inseparable valija balanceándose sobre su cabeza, marchaba como valiente soldado de una esquina a otra de la habitación, procurando mantenerse erguida en el trayecto. "No voy a andar descalza el resto del viaje", declaró, a medida que perfeccionaba su estilo.
Esa mañana se había ataviado con un diseño similar al anterior, esta vez en un alegre tono lila que hacía juego con los zapatos. Debido a que el desayuno no se adhería a un código de vestimenta específico, la ocasión no ameritaba llevar tocado alguno en la cabeza, a lo que ella simplificó su peinado llevando su mojado cabello hacia atrás, sintiéndose satisfecha con el resultado. "Mientras menos atraiga la atención de otros, mejor", explicó a la imagen que la saludaba desde el espejo según continuaba practicando con los antipáticos tacones, "y mucho menos la de él..."
Sería imposible no toparse con Terry en los limitados espacios comunes en el barco, y por tal razón permanecería el mayor tiempo posible dentro de la cabina, pues no estaba realizando una travesía de placer en primer lugar. "No olvides por qué estás aquí", se reprendió, aumentando la velocidad de su marcha para acostumbrarse al peso de las plataformas bajo la planta de sus pies. Si bien no consideraba necesario salir tan menudo a cubierta, habría horarios en que no le quedaría otro remedio que ir en busca de sus alimentos, como ahora que se disponía a tomar el desayuno, aprovechando que eran apenas las seis de la mañana, y que con toda probabilidad él continuaría durmiendo en su propia habitación. Sonrió al imaginar a un soñoliento Terry batallando con pereza con las sábanas, aunque sabía que en materia laboral él mantenía una disciplina envidiable, incluso en las tareas domésticas, tal y como había demostrado el breve momento en que ambos habían disfrutado de la compañía del otro en su departamento en Broadway... y su rostro adquirió toda una gama de colores. 'Estuve a solas con él', pensó con emoción, aunque no era correcto para una dama alegrarse de estar con un hombre en su departamento de soltero. '¿Qué hubiera pasado si me hubiera quedado allí más tiempo?', y se llevó un puño a la boca para acallar sus voces internas. ¡No era el tiempo ni el lugar para semejantes reflexiones!
Transcurrida media hora, resolvió salir a desayunar. En base a su anterior viaje en el legendario Mauritania, pudo observar que la mayoría de las personas que viajaban en barco gustaban de levantarse tarde, y sus respectivos desayunos más bien se convertían en almuerzos. Así pues, Candy abrió la puerta de su camarote, con la sabiduría de adelantarse al resto de los pasajeros en degustar el suculento manjar matutino, y después-
Recostado contra una baranda, Terry la esperaba justo frente a la puerta. "Buenos días, Tarzán pecosa."
El corazón de Candy dio un vuelco. Definitivamente aquellas nobles facciones eran más visibles gracias a su corto cabello, acentuando el garbo y donaire que en el actor ya eran innatos. Llevaba puesto un conjunto de pantalón blanco y camisa en un amarillo pálido, pero lo más notorio de su presencia era el frenético movimiento que realizaba en el suelo con la punta del pie. 'Eso no ha cambiado', pensó, conteniendo los deseos de reír. No quería dar a Terry ningún motivo para que éste pensara en la idea de volver a iniciar una relación, si alguna vez la hubo en todo el sentido de la palabra. "Buenos días. ¿Qué haces aquí?", preguntó, en un pésimo intento de enojo.
El cruzó los brazos, no sin antes dispararle al alma con una de sus encantadoras sonrisas. "A ver, a ver... hoy desperté temprano, y como tenía miedo de que alguien me pidiera un autógrafo en pleno desayuno si me demoraba más tiempo, tomé un baño, me vestí, y aquí me tienes."
"Pues te equivocas de camino", refunfuñó ella, señalando el dibujo de una flecha en la pared de la cubierta que apuntaba a cierta dirección. "El comedor está por allá."
Pero él no descansaría hasta estar seguro que ella pasaría el día entero a su lado, aunque para ello tuviera que estar la mañana entera soportando el frío de la baranda. En sólo unos días, arribarían a Barbados, y en un abrir y cerrar de ojos la escurridiza Candy volvería a evaporarse de su vida, dispuesta a internarse en un remoto bosque si fuera necesario. "De repente se me ocurrió que estarías sola y desamparada en tu camarote, pensando en múltiples maneras de no enredarte en tus zapatos", sonrió con mofa, aunque lo cierto era que hoy Candy lucía espléndida con el cabello echado hacia atrás, resaltando sus verdes pupilas. Y ni hablar de sus piernas; en definitiva el calzado de tacón alto le sentaba muy bien puesto que daba un aire de gracia a su diminuta figura y alargaba sus extremidades.
Ella correspondió a su tono burlón con un puchero, también mal fingido. "Pobrecito", ronroneó, "debo llamar a la tripulación para avisar que un bebé anda perdido en el barco...", y se detuvo al escucharse a sí misma siguiendo el juego del actor, y al ver tan patética interpretación, Terry estalló en un ataque de risa, y al oírlo, Candy escuchó un imaginario revoloteo de pajarillos a su alrededor. ¡Cómo había echado de menos esa risa, aunque sólo fuera para burlarse de ella! Sosteniéndose de la baranda para no perder el balance, Terry continuaba riendo, mientras ella lo contemplaba en silencio. '¿Cuándo fue la última vez que reíste así?', preguntó con la mirada, hasta que en un nuevo arranque de risotadas, él cayó sentado en el suelo, sin que por ello mermaran sus carcajadas. "¿Viste lo que sucedió?", cuestionó ella con las manos en la cintura. "Eso te pasa por ser tan payaso y tan..." Sus palabras se perdieron en la densa niebla al observar cómo él se aguantaba el estómago para controlarse, e incapaz de contenerse más tiempo, Candy se contagió del buen humor del duque, y se unió a la cadena de risas. Al igual que él, ella necesitaba liberar un poco la tensión de estar juntos en altamar, con un océano de inquietudes que les impedía sincerarse, aunque lo cierto era que desde un principio él había sentado las bases para sentarse a conversar como los adultos jóvenes que eran, y aclarar las cosas entre ellos... y era ella la que se mostraba siempre en negativa. 'En eso te lleva un punto', pensó, sin parar de reír, 'y está afrontando la situación con madurez, a diferencia de ti...' Y siguió riendo, sin darse cuenta que, desde el suelo, Terry había rodeado sus piernas con ambos brazos, y en un abrir y cerrar de ojos, estaba tumbada sobre él en plena cubierta.
Como era su costumbre, ella intentó incorporarse primero, y él, como siempre, tenía apoyados los codos en el suelo, como si por instinto ambos supieran cómo posicionarse. Candy iba a reclamarle por haberla derribado cuando sus ojos esmeralda se encontraron con los zafiros de él, y al ver su propio reflejo en las pupilas de Terry, ella se estremeció. Era el adorable rebelde de siempre, sólo que se había convertido en un hombre, ¡todo un hombre! Se sentía un poco intimidada por su cercanía, aunque para su sorpresa, ninguno de los dos había hecho esfuerzo en ponerse de pie. ¿Acaso era eso lo que ella tanto había temido todos estos años... encontrar a un Terry adulto en lugar del mocoso insolente que correteaba detrás de ella en la segunda colina de Pony? Sin embargo, y lejos de lo que había imaginado, el Terry que ahora la contemplaba en silencio mostraba, a través de esos ojos tan bravíos como el mar, que continuaba siendo él mismo...
Quiero ser yo mismo toda mi vida.
'Oh, Dios mío', descubrió ella con asombro, 'él ya tenía sus metas bien definidas desde el principio, lo que significa que también-'
Nada ha cambiado.
"Nada ha cambiado."
Al escucharlo hacer coro a lo que él mismo había revelado en la carta, ella retrocedió muy despacio, hasta que se puso en pie nuevamente, contrario a él, que aún no salía de su estupefacción. '¡Eres un grandísimo idiota!', se amonestó. ¿En qué estaba pensando al proferir en voz alta las palabras que terminarían por ahuyentarla? Era como si hubiera perdido el control de sí al ver su propia imagen en las pupilas dilatadas de la rubia, intuyendo que no le era del todo indiferente, como si en sus años escolares ya ella hubiera adquirido conciencia de lo que quería... y deseó con todas sus fuerzas formar parte de su propósito de vida. "Lo siento", se disculpó, levantándose al fin, "creo que he perdido un poco el toque con las mujeres..."
Esta vez fue Candy quien mostró una sarcástica sonrisa. "Luego de haber estado comprometido tanto tiempo, me preocuparía que no lo perdieras." Y evitando a toda costa abundar en el tópico de Susana, inició su marcha rumbo al salón comedor. A esta hora le daba igual si él se dedicaba a perseguirla el resto del viaje; una vez terminara el desayuno, cerraría la puerta del camarote en las narices de Terry, quien caminaba plácidamente a su lado... como si fueran una pareja de casados. 'Es incorregible', pensó con resignación.
"Veo que no pegaste un ojo en toda la noche", dijo él conteniendo la risa.
Candy se detuvo. "¿Por qué lo dices?"
Pasaban cerca de unos escaleras cuando él se interpuso en su camino y respondió: "Es como único hubieras aprendido a caminar en tacos", esbozó una sonrisa demencial, "Lo hiciste por mí, ¿verdad?"
"¡Eres un presumido!" Por más que intentaba marginarlo de su conciencia, él se mantenía en pie de guerra, incluso en plan de lazarillo. ¡Ella no era una inválida! ¿Tan dependiente había sido Susana de su novio que él había asumido el rol de nana o algo parecido? 'Eso no', rogó al Todopoderoso, 'de haber sido así, no me lo perdonaría...' Sosteniéndose del pasamanos de la pequeña escalera, tomó impulso para descender peldaño a peldaño. "Para tu información, lo hice por mí, ¡así que déjame tranquila!"
El alzó el mentón en abierto desafío. "Pues no lo haré."
"¿Y eso por qué?"
"Porque vas por el camino equivocado", explicó él, señalando las escaleras que ya ella había bajado a la mitad. "Te diriges justo hacia las calderas, pecosa."
"¿Eh?" Candy observó el final de la escalera, donde destacaba una puerta de acero con un rótulo que leía: PROHIBIDO EL PASO, ENTRADA SOLO PARA EMPLEADOS. No obstante, advirtió una densa oscuridad en el angosto camino, como si algo no estuviera bien. ¿Qué había pasado con la iluminación? Aún los hombres a cargo de las calderas necesitaban una ruta de entrada visible y segura para reportarse a sus labores sin que se suscitara un accidente. En eso, sus pies-o más bien los incómodos zapatos-dieron con una sustancia líquida en el suelo, y al inclinarse a ver de qué se trataba, su estómago se agitó en incesante anticipación. Temiendo lo peor, ignoró el aviso en la puerta y la abrió de golpe, y en seguida se arrepintió de haberlo hecho. 'En mal momento decidí tomar un barco hacia Barbados', dijo para sus adentros, y emprendió una carrera de vuelta a las escaleras. "¡Terry!", llamó a gritos.
Aguardando con paciencia por su regreso, él permanecía recostado sobre el pasamanos, y por primera vez desde su llegada al Vestris, Candy dio gracias a Dios por su intromisión. "¡Terry!", insistió.
Un atisbo de consternación frunció el ceño del inglés. "Debes haberte llevado una impresión muy fuerte para que subieras las escaleras más rápido que un avión. Pareciera que calzaras turbinas en vez de tacones-"
"¡El barco se está hundiendo!"
Confundido, él la tomó de un brazo, llevándola hasta una pared. Atrás habían quedado las bromas; su pecosa estaba muy nerviosa. "¿De qué estás hablando?"
Haciendo a un lado el súbito tintineo en su pecho por la gentileza con la que él la había tomado del brazo, ella señaló: "Al terminar de bajar las escaleras, sentí agua bajo mis pies, y abrí la puerta que permitía el paso sólo a los empleados y..."
Terry comenzó a frotar los hombros de la asustada enfermera. "Despacio, Candy, no te agites demasiado..."
'¿Cómo no voy a agitarme cuando me tocas así? No me dejas pensar con claridad', pensó para sí. "En efecto, es el área de las calderas", confirmó, "y detrás de esa puerta, el agua llega hasta la mitad de los pantalones de esos hombres..."
"¿Y qué fue lo que te dijeron?", preguntó él, sin dejar de apaciguarla con sus manos. ¡Su pecas jamás bromearía con algo así!
Ella suspiró. "No creo que alcanzaran a verme... estaban todos muy fatigados, con los ojos puestos en ese agujero por donde estaba entrando el agua y..." No pudo continuar, pues la idea de perecer ahogada no era para nada agradable. Con un nudo en la garganta balbuceó: "¡Terry, tengo un terrible presentimiento!"
"¿Sobre este barco?"
Al ella asentir con la cabeza, él evitó entrar en pánico. Candy no tenía la más remota idea de todo cuanto él conocía sobre ella de antemano, y entre dichos asuntos se encontraba su instinto muy agudo y certero, por lo que no le molestaría que esta vez estuviera equivocada. "De seguro se trata de algo sin importancia", mencionó, "de no ser así, ya los pasajeros se hubieran enterado, ¿no crees?" No obstante, sintió que la ansiedad se apoderaba de él, algo que no se había dado el lujo de permitir dadas las exigencias de su vocación... y entonces recordó cómo Candy había estado a punto de caer al suelo por segunda ocasión la pasada noche a consecuencia de un repentino giro del Vestris. "¿Qué te parece si vamos con el capitán y hablamos con él al respecto?"
Una vez más, Candy mostró desconcierto ante la excesiva amabilidad de Terry. No era que no lo hubiera sido cuando era más joven, sólo que había notado, desde su reencuentro horas atrás, que ahora se aprestaba a ofrecer su ayuda con demasiada facilidad, como si estuviera al... servicio de los demás. Cierto, el actor se debía a su público, mas algo no encajaba bien en este cuadro, o pensándolo mejor... creía saber a la perfección lo que había detrás de tanto esfuerzo en atenderla, y no se trataba precisamente de ellos, sino de la vida que se había visto forzado a llevar junto a-
Moviendo la cabeza de un lado a otro, ella se deshizo de cualquier mal pensamiento alrededor de Susana, y del papel que esta última hubiera jugado en este pequeño, pero significativo fragmento en la personalidad de Terry. "Si sigues portándose así, como un niño que quiere agradarle a la maestra, tendré que enviarte a la esquina del burro..."
"Y existen niños que se enamoran de sus maestras."
Candy respiró hondo, pues no sería tarea fácil adaptarse al asedio de Terry el resto del viaje. ¡Estaba equivocado si creía que ella se rendiría como una tonta a su seducción! Seducción... apretó los labios para no saborear la connotación de la palabra. Ambos eran niños jugando a ser adultos, o más bien adultos jugando a ser niños, pero a estas alturas del juego, lo que en un principio había sido un inocente coqueteo entre dos mocosos ahora pasaba a ser un cortejo con aires de formalidad. Lejos de asustarse ante esa posibilidad, ella reprimió una inminente sonrisa. "Vé tú primero", sugirió, "tal vez la tripulación no esté muy dispuesta a recibir visitas, pero tratándose de ti, nos recibirían como reyes." Y ambos siguieron las direcciones rotuladas a lo largo de la cubierta, manteniéndose en silencio, dando espacio a sus respectivas introspecciones.
A paso lento, pero firme, Terry hizo uso de sus técnicas de respiración que solía usar antes de cada presentación, para relajarse un poco. Era tanta su emoción al verla de nuevo luego de la inesperada ruptura, que sin darse cuenta la estaba alejando más de él. Una cosa era enamorarla en propiedad, comportándose como todo un caballero inglés, y otra muy diferente era empalagarla en atenciones al punto de espantarla, a lo que decidió ser un poco más paciente. ¿A esto lo había reducido su rol de enfermero con Susana, a mendigar por un poco de cariño... cariño sincero?
Antes que se dieran cuenta, ambos ya se encontraban frente a la entrada al cuarto de la tripulación. Sin más preámbulo, Terry tocó la puerta, siendo saludados por uno de los oficiales, quien sudaba copiosamente. "Buenos días, señor y señora-"
"Granchester", se apresuró a decir Terry, para enojo de la pecosa. "Disculpe la molestia a tan tempranas horas, pero mi esposa y yo queríamos saber si de casualidad ha ocurrido un incidente en el barco del cual los pasajeros debamos tener conocimiento." ¡Uff, cómo odiaba hablar con tanta propiedad!
Luego de mostrar una fugaz sonrisa de reconocimiento, el otro titubeó antes de dirigirse al actor más famoso de todo Broadway. "Le aseguro que todo está bajo control, señor..."
"¿Entonces por qué está tan nervioso?"
El oficial volvió a sonreír. "No siempre se tiene la suerte de contar con una celebridad entre los pasajeros, señor Granchester... aunque no tenía idea de que estuviera casado, ni que estuviera en compañía de su esposa-"
"Porque lo que yo haga o deje de hacer con ella no es de su incumbencia, así que deje de evadir la razón por la que hemos venido y díganos qué demonios sucede en el barco."
Candy contempló a Terry, reconociendo el disgusto en sus ojos. Al informarle sobre los breves segundos que había estado en el área de las calderas, ella había tenido la impresión de que él apenas había prestado importancia al asunto, como si no le hubiera creído, y de repente se mostraba un poco ansioso, y hasta irritado por la posibilidad de que una gran tragedia estuviera a punto de ocurrir en altamar. Estaba aterrada, ¡pero no era para tanto! ¿No habría exagerado un poco al contarle sobre el inundado cuarto de calderas, haciendo que él se contagiara con sus nervios... o más bien Terry, como buen actor, tan sólo había aparentado tranquilidad mientras que en el fondo estaba deshecho? Terry no podía ser tan iluso como para dejarse llevar por la intuición femenina, a menos que estuviera al tanto de aquella madrugada en la que había despertado con la corazonada de que él la necesitaba, mientras que a cientos de millas de distancia él pasaba la peor noche de su vida al enterarse de la amputación de la pierna de Susana. 'No alcancé a hablarle de eso, ni de cómo mis sentidos se pusieron en alerta cuando aquella adivina leyó las cartas de la muerte a Anthony...', no obstante, no abandonaba la sensación de que él la conocía demasiado bien como para reconocer que las suposiciones de la rubia acerca del barco eran las correctas... y fue entonces cuando recordó la cena que habían compartido, durante la cual él mencionó que la había visto en el teatro de Rockstown. ¿Cómo estaba segura que él realmente la había divisado entre el público, cuando el letargo producido por el alcohol apenas lo dejaba recitar sus líneas con claridad? 'Debió creer que fue sólo su imaginación, pues es imposible que en su estado-'
Entonces se dio cuenta de todo.
Candy iba a girar sobre sus talones y alejarse a toda prisa de Terry cuando un hombre ataviado con un pantalón blanco y chaqueta azul marino se acercó a la pareja, haciendo un ademán a su subordinado para que se marchara. "Es un gusto conocerlos, señor y señora Granchester; soy el capitán William Carey", estrechó las manos de ambos, "aunque no recuerdo haber visto su nombre en la lista de invitados, distinguida dama."
Para no causar un desaire al recién llegado, Candy se propuso dejar para más tarde el ajustar cuentas con Terry sobre su reciente hallazgo. "Me registré con mi apellido de soltera, y abordé el barco sin problemas", indicó, ante la mirada irónica de su falso marido. "¿Se imaginan ustedes la molestia de ver cómo las personas asedian a mi esposo?" Y lanzando un silbido, agregó: "No nos dejarían ni respirar con tantas preguntas y comentarios. ¡Sólo queremos un poco de privacidad!"
El capitán sonrió a la astuta señora Granchester. "Entiendo... ambos llegaron por separado y reservaron diferentes camarotes para no despertar sospechas. Eso explica la insistencia del señor Granchester en no ser importunado por nadie durante el viaje, según me han contado. ¿Supongo entonces que debemos mantener su luna de miel en secreto?"
"¡Por supuesto que no!", exclamó Terry airado.
"¡Por supuesto que sí!", gritó Candy al unísono.
Carey quedó aturdido al creer que no había escuchado bien a los recién casados, mas no quiso seguir aplazando el plan de contingencia. "Escuché que deseaban saber si había ocurrido alguna falla en el barco, ¿o me equivoco?" Al ver que el matrimonio asentía con la cabeza, respondió: "Así es; hemos confrontado una ruptura en una de las compuertas ubicadas en las calderas, a través de la cual se han colado varias pulgadas de agua..."
"¿Dijo varias pulgadas?" Candy se rascó la cabeza sin entender. "¡Pero si el agua me llegaba hasta los zapatos!"
"No es nada de gravedad", continuó Carey, obviando la observación de la señora, "al presente estamos moviendo la carga hacia otro lado del barco para así evitar que continúe entrando agua a la nave, pero ya nos estamos haciendo cargo, así que no hay de qué preocuparse."
"¿No cree que debería alertar al resto de los pasajeros para que no se alarmen?", preguntó Terry.
El capitán volvió a sonreír. "No será preciso hacerlo, pues ya se están tomando las previsiones necesarias para sellar la grieta y extraer el agua por completo", extendió las manos en señal de despedida. "Les ruego me disculpen si no logro atenderlos como es debido, pero dejé al segundo al mando al timón, y eso me tiene muy celoso..."
"Aguarde un momento, capitán", dijo Candy, pues no quería marcharse sin antes asegurarse que, en efecto, todo marchaba sobre ruedas, "si usted lo permite, podemos hablar con otros pasajeros y decirles lo que está pasando, y así no tendrán de qué preocuparse cuando vean agua por todas partes..."
"Temo que no es una buena idea, señora", murmuró el capitán Carey; e inclinando la cabeza a la pareja, retrocedió unos pasos, hasta casi alejarse de la vista de ellos. "Con su permiso... que tengan una feliz luna de miel", y lentamente cerró la puerta, dejando a ambos con la boca abierta, sin retirar la vista de la puerta, y fue Terry quien rompió el silencio. "¿Soy yo, o este capitancito se quería deshacer de nosotros?"
Absorta en las últimas palabras del capitán, Candy miró a Terry y cuestionó: "¿Insinúas que está mintiendo? Tal vez está muy ocupado llevando el barco a todo vapor."
"¿Y por qué habría de hacerlo a sabiendas que se está filtrando agua en el cuarto de las calderas?"
"¡Eres un actor, no un marinero!" Esta vez Candy no podía disimular su furia hacia él, la cual se había acumulado en su interior luego de haber descubierto la verdad. Ahora más que nunca deseaba llegar al salón comedor, tomar el desayuno, enviarlo a freír espárragos y abandonarlo allí, en medio de todo, y de preferencia con algún buen mozo que apareciera por esos lares. 'Debes aprender a respetar a las mujeres', pensó, aunque en el fondo estaba de acuerdo con él en una cosa: la actitud del capitán sí había sido muy extraña después de todo. Si la situación estaba bajo control, según él, ¿qué había de malo en prevenir a los demás viajeros para evitar que la histeria se apoderara de ellos? 'Qué cosas piensas, es un hombre de mar', se dijo, 'él sabe bien lo que está haciendo...'
En su reflexión, no se había dado cuenta que había llegado al comedor, y que tanto ella como Terry se habían mantenido en silencio durante el trayecto. Por suerte, no había muchos comensales en el lugar, y al tomar asiento, el actor estudió los gestos de la pecosa. Se había tornado fría y distante, y no sabía si atribuirlo a la incertidumbre producida por lo que acontecía en el Vestris, y de ser así, él no estaba menos desconcertado. Si bien el capitán no contaba con estudios actorales, la experiencia del duque en el teatro era más que suficiente para darse cuenta que William Carey no estaba diciendo toda la verdad; no obstante, y por la tranquilidad de Candy, no debía mostrar consternación alguna, y aún existía la posibilidad de estar equivocado, y de que el Vestris tan sólo presentaba una falla estética fácil de reparar. "Y bien, señorita enfermera", se aclaró la garganta, impaciente por hablar con ella de una buena vez, "si estás tan hambrienta como anoche, lo mejor será que nos demos prisa con el desayuno, pues tengo algo importante que confesarte." Aguardó a que le sirvieran los alimentos del día, y mientras colocaba la servilleta sobre su ropa, notó que ella lo miraba fijamente, y sonrió con deleite. "¿Qué sucede, mona con pecas?", preguntó con curiosidad, a medida que masticaba trozos de fruta fresca, "¿Acaso te comieron la lengua los ratones, o descubriste que soy demasiado irresistible?"
Despacio, Candy se llevó una cucharada de cereal a los labios, dibujándose en la comisura de los mismos los trazos de una cínica sonrisa. "¿De qué quieres que hablemos... querido?", preguntó, con centelleantes ojos esmeralda, "¿de cómo quieres mantener engañada a la tripulación con la historia de un falso matrimonio para tenerme en tus manos... o de tu encuentro con Albert en Nueva York?"
Terry quedó de una pieza. Nunca antes había visto a Candy dirigirse a alguien con tanto reproche, y lo que era peor, era él el recipiente de esa ira reprimida. Tratando de calmar un poco el ambiente, intentó una nueva estrategia para hacerla entrar en confianza. "No sabía que tuvieras una imaginación tan privilegiada, pecosa; de hecho, deberías dedicarte a escribir obras. Lo que no has tomado en cuenta es que si deseas estar al tanto de lo que ocurre en este barco, te conviene mantenerte conmigo pues todos aquí se desviven por complacerme."
"Y supongo que eso te halaga", replicó ella, probando un sorbo de un vaso de jugo. "Aún así, no me has dicho en qué momento conversaste con Albert en Nueva York. ¿Era eso de lo que querías hablarme?" Sacó la lengua en señal de triunfo, aunque conociéndola, sabía que ella no había tomado el asunto tan a la ligera. "El sarcasmo sólo me sienta bien a mí, pecas", comentó, sintiendo un nudo de tensión en la nuca. ¿Cómo pudo ser tan imbécil? En un descuido ella se había dado cuenta de todo, y lo último que deseaba era perderla por no haber sabido manejar bien las cosas... y por no haber hablado con ella a la primera oportunidad que se hubiera presentado, aunque ella tampoco había facilitado las cosas.
Pero Candy no se daba por vencida. Si de veras quería deshacerse de su presencia, y hacerlo desaparecer de su vista hasta que llegaran a puerto seguro, ésta era la primera- y tal vez la única-ocasión en que podría mantenerlo a raya. "No estás aquí por pura casualidad. ¡Todo estaba planeado desde el principio!"
Al principio él no emitió palabra alguna, como si todas sus defensas se hubieran derribado en ese instante, o simplemente se cansó de jugar al desentendido. Se sirvió una taza de té, y luego de remenearlo un poco con una cuchara, la miró directamente a los ojos. "De acuerdo, Candy, quise explicarte desde anoche, pero en vista de que nunca me diste el espacio para hacerlo, hablaremos según tus términos", se echó hacia atrás en el asiento, revelando un largo y atractivo cuerpo varonil, así como una incuestionable exasperación en su rostro. ¡De veras lo estaba haciendo enojar! "Antes que nada, Tarzán pecoso y entrometido, nunca busqué a Albert, ni él me buscó a mí. Nos encontramos por casualidad en plena calle durante uno de sus viajes a Nueva York, eso fue todo."
"¿Y por qué Bert no me contó nada de eso?"
"Supongo que no deseaba contrariarte, y yo también le pedí que no te dijera una sola palabra... aún no estaba seguro de que hubieras recibido la carta que te escribí, y tampoco abusaría de la confianza que tienes hacia Albert", sonrió con ironía, "aunque de haber sabido que sí la habías recibido, hubiera hecho un alto en mis giras para llegar hasta el hogar de Pony sólo para estrangularte y sacar de ti toda la información posible."
A pesar de su enfado, Candy no pudo evitar reír al escucharlo; y aunque había pasado del enojo a la curiosidad, retomó su pose de mujer ofendida, y formuló una nueva pregunta: "¿De qué hablaron?"
"Así que la curiosidad mató al gato", dijo él con mofa, aunque en el fondo estaba hecho un manojo de nervios. De esta conversación dependería el futuro de ellos en el barco, y en sus propias vidas. "Desde luego me había comentado sobre tu interés en ayudar a los pacientes pobres en Barbados, aunque no tiene idea de que me encuentro aquí contigo."
"Es por eso que no me preguntaste el motivo por el cual viajaba", dedujo ella con reproche, "ya sabías lo que iba a hacer."
"No te enojes con Albert", advirtió Terry, con el remordimiento de ser el posible causante de una inmerecida discordia entre los Andley, "ni siquiera comenzamos a hablar sobre ti de inmediato..." 'Y me costó un gran trabajo no hacerlo', pensó.
Candy comenzaba a impacientarse. ¿Realmente estaba furiosa con él por haber calculado tan fríamente el encuentro de ambos, o más bien deseaba escuchar otra clase de detalles? ¿Qué había pasado por la mente de Terry al enterarse que ella iba a compartir con él el suelo neoyorkino, aunque sólo hubiera sido como una parada para llegar a su destino? "¿Entonces qué fue lo que platicaron?"
Disimulando su alivio al verla más relajada, él alzó las cejas, como todo un seductor. "No seas entrometida", dijo, aunque no le molestaba para nada que ella hiciera tantas indagaciones... sólo quería hacerla sufrir un poco más antes de revelarle todo. "Existen temas que sólo se hablan entre hombres... y a tu edad ya deberías saber eso", indicó, limpiándose con la servilleta.
'Resiste, Candy', ordenó la rubia a su propio corazón, 'no debes permitir que tome el control de nuevo', y cruzando los brazos frente a su pecho, alzó el mentón y lo miró con desafío, algo casi imposible dada la magnética mirada del duque. "Si se trata de cómo otros quieren gobernar mi vida, tengo derecho a saber", y agregó, "así fue como me sentí cuando no sabía quién era el abuelo William en realidad."
"Yo tampoco estaba al tanto hasta que vi la noticia en los periódicos, poco después de la muerte de Stear."
Ella abandonó su pose de indiferencia. "¿También te enteraste?"
El asintió. "En un principio pensé en ir a Chicago a dar mis condolencias, pero justo entonces vi la noticia sobre ti y el señorito Legan y..." , sus palabras se perdieron en el vacío al rememorar la terrible mañana en que había leído en los diarios que su enfermera estaba por contraer matrimonio con el bueno para nada de Neil, y lo peor de todo era que había sido Susana quien lo había recibido en su silla de ruedas con el comunicado en sus manos, queriendo disipar toda posibilidad de un nuevo acercamiento entre su nuevo novio y la rubia de colas.
Candy reparó en la sombría expresión de Terry al referirse al engaño de Neil, y su corazón corrió desbocado hacia el precipicio del amor. ¡Estaba celoso! "No era cierta la noticia sobre Neil y yo", se apresuró a decir, y en cuanto lo hizo, se ruborizó a tal grado en que se llevó las manos al rostro, y el gesto no pasó desapercibido para él, quien estalló en carcajadas. "No era necesario que lo aclararas, Tarzán... el abuelo Bert ya se había encargado de eso", indicó entre risas, para furia y emoción de ella... así de diversos y simultáneos eran los sentimientos que en ella causaba Terry.
Al terminar de reír, él decidió no hacerla esperar más por el bien merecido relato. "Tu abuelito me contó sobre los problemas que tenía en sus negocios, y acordamos ponernos de acuerdo posteriormente para discutir las maneras de ayudarlo..."
"¿En serio hiciste eso?"
"Es lo menos que podía hacer por él", sostuvo él, encogiéndose de hombros, "ha sido un gran amigo para nosotros."
Desde que arribaran al salón comedor, Candy esbozó, por vez primera, una genuina sonrisa de agradecimiento y admiración. Este era su Terry de siempre, el que había conocido y que nunca cambiaría, como bien expusiera en su breve, pero enfática carta... el Terry que, escudado bajo una gruesa capa de rebeldía y altanería, mostraba una nobleza de corazón imposible de medir. "¿Y sólo eso hicieron?", insistió, jugando con la cuchara que descansaba sobre el plato vacío.
Derretido con su hermosa sonrisa, él complació la petición de ella, con ensayados aires de aburrimiento. "No tuve que preguntar novedades sobre ti, pues enseguida Albert me contó sobre tu vida en Pony, tus planes, y me confirmó algunas cosas de las cuales no estaba seguro-"
"¿Como cuáles?", inquirió ella sin pensar. Ya no podía disimular su interés en que Terry prosiguiera con la historia. Si quería saberlo todo, debía mostrarse más amable; sólo así podía permitir que él continuara.
El arregló un rebelde mechón en su repelado y brillante cabello del color del chocolate. "En primer lugar, está preocupado por tu propensión a los miedos..."
"Si se refieren a mi temor de montar a caballo", recordó ella, "ya lo dejé atrás". Quiso decir 'Gracias a ti', pero se contuvo.
"No me refiero a eso solamente", una vez más, se apartó el flequillo de la frente, "sino a un suceso que yo desconocía, pero Albert no sabía que yo estaba ajeno a ello, y me habló sobre eso suponiendo que ya me habías contado al haberte reunido conmigo en Broadway."
El joven y discreto camarero que les había servido se acercó a la mesa a retirar los platos. Para fortuna de ambos, había bastantes espacios disponibles en el salón para platicar a sus anchas en una mesa apartada. Al ver al empleado, Terry extrajo la billetera de su pantalón para dejar una propina cuando Candy lo detuvo del brazo. "Déjame a mí", dijo.
Ambos retiraron sus respectivos brazos de la mesa ante el contacto, como si una descarga magnética los hubiera atraído. En un gesto inconsciente, ella se frotó la palma de la mano que lo había tocado; y a modo de distracción, alzó la vista al confundido mesero. "Permita que yo le pague la propina", dijo con un guiño de ojo.
El camarero observó a Terry, quien dejó una considerable franja de billetes sobre la mesa. "Es obvio que a mi esposa le agradó mucho la atención que nos ha brindado", señaló, y casi podía asegurar haber visto a Candy echar humo por los oídos, hasta que en un movimiento súbito, ella colocó una no menos importante cantidad de dinero en el bolsillo del pantalón del chico. "Ha sido usted muy amable", se explicó, dando una palmada al pantalón, esperando dar por terminado el asunto.
Terry lanzó un silbido en medio del salón, atrapando la atención de los pocos viajeros que allí se encontraban. "Qué osada ha resultado ser mi mujercita", comentó entretenido.
Llena de furia, Candy tiró su servilleta sobre la mesa, y caminó a toda prisa hacia la salida, sin alcanzar a ver la mirada de satisfacción en el rostro del camarero que se había llevado doble propina recién cuando el día apenas comenzaba.
En cuestión de segundos, Terry la alcanzó con facilidad. "¿Estás en tu período o algo parecido?"
Ella se dio la vuelta. "¡No es de caballeros preguntar eso!" Ambos se encontraban a las afueras del salón comedor, precisamente en el vestíbulo de dibujo donde se habían encontrado la noche anterior. De repente, pensó en lo peor, y para sorpresa del actor, se viró de espaldas, intentando revisar la parte trasera de su vestido. Dejando a un lado su orgullo, no le quedó otro remedio que recurrir al propio duque en busca de asistencia. "Por favor, dime que no tengo una mancha en mi ropa..."
Terry se llevó una mano a su pronunciado mentón. ¡Vaya que las mujeres eran impredecibles! Con lo que no contaba, sin embargo, era en ver este lado femenino de su pecosa, preocupada ante la idea de haber tenido un accidente que sólo afectaba su apariencia. De pronto, el hecho de que ella tuviera sus flujos mensuales con regularidad había activado una alarma en su corazón, dejándolo en carne viva: Candy ya estaba completamente desarrollada como mujer, siendo capaz incluso de concebir. ¿Qué tal si ella decidiera tener relaciones físicas como otro hombre, quedando embarazada de plano? Ocultando su pesadumbre al respecto, movió la cabeza en señal de negativa. "No, enfermera White, no tiene ninguna mancha en su vestido...", y aprovechó el momento para llenar su pupila, en forma abierta y desmedida, con el espectáculo visual que ofrecían las abultadas posaderas. Cuando al fin terminó de hacerlo, ella lo observaba, con el rostro tan pálido como la luna misma. "¿Entonces por qué preguntas si tengo el período?", cuestionó, con sus peculiares pecas adornando la tersa piel.
"Tengo entendido que muchas mujeres sufren cambios de humor cuando están en esos días del mes. Se ponen irritables, hurañas, sensibles", comentó él, a medida que iniciaban la marcha de vuelta a la cubierta."
"Tu temperamento también cambia a cada rato", contraatacó ella, aunque ambos sabían que era cierto. Desde chico, Terry había mostrado varias facetas de su personalidad, y no precisamente a causa de la menstruación. Rió al imaginar a un Terry retorcido del dolor por los embates mensuales, algo tan absurdo como gracioso. "¿Ves lo que te digo?", confirmó él, provocando un mayor ataque de risa en la joven, "¡Es a eso a lo que me refiero!", y comenzó a reír con y para ella. No tenía idea de qué o quién había desencadenado la risa de la pecosa, pero no cabía la menor duda de que le encantaba oírla reír, aún si fuera a costa suya como ahora sospechaba.
Candy tomó una bocanada de aire. ¡Cuánto tiempo hacía que no reía de ese modo! Había sido muy feliz en el hogar de Pony, pero en el fondo, su felicidad no era completa, y ella lo sabía; y ahora todo parecía tan sencillo, como si los peros y los por qués nunca hubieran interferido en su camino hacia Terry... y fue entonces cuando recordó que tenían un tema pendiente por discutir. "¿Qué era eso que Albert te había contado y que no supiste hasta entonces?"
"Creí que lo habías olvidado", dijo él, metiendo las manos a los bolsillos para no abrazarla en ese momento. "Según tu tío, o abuelo, o como se llame, poco antes que partieras a Broadway, tuviste una pesadilla, y esa pesadilla guardaba relación conmigo."
Ella se abrazó con fuerza. ¿Cómo olvidar aquella noche en que había despertado sobresaltada y empapada en sudor, con la certeza de que él la necesitaba con urgencia? "No recuerdo el sueño en sí", confesó, sintiendo un poco de vergüenza de confiarle sobre la experiencia ahora que no sostenían ningún vínculo romántico, "sólo sé que desperté con la angustia de que algo grave te había pasado, y al principio estuve inquieta sobre la cama, pero luego me volví a dormir-"
"Y ahora que sabes lo que ocurrió con Susana, ¿no has pensado en la posibilidad de haber tenido esa sensación al mismo tiempo que me informaban sobre la pérdida de su pierna?"
Candy se aprestó a mirar a Terry, a sus intensos ojos azules, esperando ver un destello de burla en ellos; en su lugar, encontró la seriedad de un hombre atormentado por una vida llena de responsabilidades, y en especial de soledad. "¿Qué quieres decir, Terry?", preguntó nerviosa, "¿y qué tiene que ver una pesadilla con mis miedos, según tú y Bert?"
Terry no tenía que auscultar mucho en las profundidades de esos ojos esmeralda para leer sus temores. "No te asustes; en ningún momento he pensado que eres una adivina ni nada parecido."
"¿Entonces?"
"Si agregamos todo lo que me contaras una vez mientras practicábamos al piano en Escocia, acerca de tu terror a los caballos por la muerte de Anthony", finalmente había quedado en paz con el pobre chico que había alegrado un poco la vida de Candy en Lakewood, "y encima añadimos el supuesto presagio de la dama que le había leído las cartas, es lógico que sientas miedo de ti misma y de tus instintos... y es por eso que no te atreves a salir del hogar de Pony en realidad."
"¿Y dices que Albert piensa igual?"
"Lamento no ser tan reservado como él en esos asuntos-"
"¡Un momento!" Lejos de estar molesta con él por haberle brindado lo que pudiera ser considerada la epifanía de su vida, su mente se detuvo en un momento particular... ocurrido apenas esa misma mañana. "¿Es por eso que fuimos a hablar con el capitán Carey... porque confías en mi intuición?"
'Confío en ti aún con los ojos vendados', pensó él, pero no quería hacer tales admisiones aún, pues debía tomarse su tiempo en enamorarla, en su pasado y su presente, con el antes y también con el después. "La diferencia es, Candy White Pecosa, que los problemas del barco no son producto de tus corazonadas ni de tu imaginación. Realmente está sucediendo, y ninguno de nosotros es marinero para saber lo que está pasando en el centro de mando ahora mismo." Comenzó a caminar de un lado a otro de la cubierta. "Esa tarde, mientras conversaba con Albert, me di cuenta de cuánto te habías sincerado conmigo en Escocia-"
"¿Sobre qué?"
"Sobre cómo había sido tu vida antes que llegaras a Londres", y a mi vida. "Sólo obviaste el lado oscuro de tu historia, esos detalles que me hubiera gustado saber de antemano para encerrar a Eliza en un calabozo y golpear a Neil hasta dejarlo sin sentido". Cerró los puños dentro de sus bolsillos para evitar lanzar un golpe contra la pared, y para no incomodarla más con la conversación, se concentró en otro aspecto de su pasada experiencia con Albert. "También pude confirmar otra cosa, Tarzán."
Candy se mantuvo en silencio contemplando la creciente frustración del actor. Tal y como él había afirmado, había confiado en él lo suficiente como para relatar casi toda su vida durante sus ratos de música en la villa escocesa, pero siempre procuraba mantenerlo a raya de cuán capaces eran los Legan para herir a quienes consideraban una amenaza. "¿Qué fue lo que descubriste?", preguntó con suavidad.
El se acercó de modo que sólo ella pudiera escucharlo. "A ti... en aquel teatro de pacotilla, mientras yo ofrecía aquel deshonroso espectáculo. Creí que era un espejismo, producto de mi borrachera y mi amargura", esquivó la mirada de la rubia para que no atinara a ver el dolor y remordimiento agrupados en sus ojos. "Entonces un buen día decidiste contarle a Albert sobre tu experiencia", se frotó la sien para borrar esa desconcertante noche de su cabeza, "y antes que creas que es un chismoso, creo que más bien me describió tu visita a Rockstown para hacerme ver la realidad, que no lo estuve soñando como estuve creyendo tantos años y..."
El silencio terminó de hablar por él. Inclinándose sobre la baranda, y colocando la cabeza entre sus brazos, preguntó con voz entrecortada: "¿Qué demonios fuiste a hacer allí... aún te importaba acaso?"
"Terry...", sin pensarlo dos veces, ella lo tomó del hombro, apretándolo con fuerza como muestra de apoyo. Claro que me importabas, como también me importas ahora. "Estaba muy preocupada por tu estado, y al verte allí tan abatido, yo...", y esta vez fue su turno de acallar la voz de su alma que se manifestaba a gritos, y retrocedió unos pasos, los suficientes para que él no alcanzara a ver el caudal de lágrimas que comenzaba a rodar por sus mejillas.
Con su corazón estrujado al sentir la fatigada respiración de la pecosa a sus espaldas, él recuperó el control sobre sí mismo, y cuando se dio la vuelta para enfrentar a Candy sobre los sentimientos de ambos, lo que vio lo dejó sin habla. Con los ojos cerrados, ella permanecía sin moverse, en un silencioso llanto... y olvidando todo lo demás, él alargó una mano hasta rozar el travieso y angelical rostro, y enjugando una espesa lágrima que resbalaba por sus pómulos, dijo con voz grave: "No llores por mí, pecosa, ahora estoy bien... ambos estaremos bien", y decidió que había llegado la hora de dejarla sola con sus reflexiones, brindarle ese espacio que tanto necesitaba para meditar las cosas y explorar nuevas posibilidades para estar juntos. Retirando los dedos de aquellas facciones de porcelana, él se apartó de ella diciendo: "Veré qué puedo hacer para no aburrirme en altamar. ¡Ni siquiera hay un teatro donde pueda distraerme!"
Lentamente, Candy abrió los ojos, con la sensación del contacto de Terry abrasándole la piel. "¿Adónde vas?"
El sonrió, retomando su histrionismo. "Me temo que no puedo ir muy lejos, Tarzán. Hay agua rodeándonos por todas partes, y cuando digo 'por todas partes', me refiero a que en serio la tenemos... hasta debajo de los pies", y se alejó casi corriendo, no sin antes exclamar a viva voz: "¡No te sientas culpable!"
"¡Terry, espera!", gritó Candy, pero todo fue inútil, pues el hombre se había esfumado como la neblina que arropaba todo el litoral del Atlántico. "No te vayas", suplicó en silencio, con el súbito temor de no volver a verlo el resto del viaje. No necesitaba tener dos dedos de frente, ni una declaración jurada de él, para darse cuenta que Terry iba a bordo del RMS Vestris por ella, en un nuevo y desesperado intento por reanudar su alianza de amor. Despacio, regresó a su habitación, pues era más que obvio que él aún estaba avergonzado por sus excesos en Rockstown, pero más que nada, por haber descubierto, a través de Albert, que ella había presenciado semejante humillación en público. "Claro que me siento culpable", murmuró, "fui yo quien te llevó hasta allí."
/
Y de regreso a su camarote, Terry dejó escapar, por derecho, su propio caudal de llanto. Había sido más de una década de reprimir sus emociones, con pocos o nadie con quien desahogar sus penas, pues ni siquiera Eleanor comprendía en su totalidad la tristeza que arropaba el corazón de su unigénito. Nadie que lo escuchara, que lo consolara, ya que su fallecida novia sólo había sentido pena de sí misma, y de nadie más. "Mi amor es más fuerte que el tuyo, Susana", sostuvo con firmeza, ahogado en sus propias lágrimas, "y esta vez no tengo nada que perder que ya no haya perdido."
/
Anochecía, y en el salón de cocteles, Candy miraba a todos lados, en busca del escurridizo Terry. ¿Dónde se había metido? ¡No era posible que hubiera pasado el día entero encerrado en su cabina! '¿No era eso lo que querías, Candy White... que te dejara en paz?', reclamó una vocecilla interna. Sin embargo, la tensión que se había generado entre ambos en la mañana había tenido tanto impacto en ella, que sentía que algo había quedado inconcluso entre ellos. ¡Tenía tantas cosas que decirle, y al mismo tiempo tantas cosas que callar! Incapaz de comprenderse a sí misma, había paseado por todo el barco en el transcurso del día, buscando respuestas a todas sus inquietudes, pero más que nada, buscándolo a él... no tenía idea alguna de dónde ubicaba su camarote, y aunque no era propio de una dama de su edad irrumpir en la habitación de un hombre que viajaba solo, estaba dispuesta a burlar los esquemas sociales con tal de asegurarse que estuviera bien. '¿Estás segura que es sólo por eso que lo deseas ver?', volvió a cuestionar la razón al travieso corazón, y bastante que se había equivocado la primera las pasadas horas. Así pues, había llegado al salón de cocteles con la esperanza de que él apareciera en cualquier momento para fumar un cigarrillo, tocar el piano, e incluso para tomar un trago. ¿Pero por qué no llegaba? Era como si se lo hubiera tragado la tierra, y ya comenzaba a temer que algo malo le hubiera sucedido cuando...
Aunque la mayoría de los presentes era del género masculino, todos se pusieron en pie a la llegada del notorio y enigmático actor Terrence Granchester. Llevando un impecable traje gris, el duque ladeaba su cabeza hacia un lado, dándose un masaje en el cuello, y su instinto de enfermera le indicaba que estaba tenso, muy tenso. Sin importarle un rábano la turbulencia emocional que los envolvía, ella se aproximó a una mesa donde dos hombres de avanzada edad conversaban animadamente, y tomando una copa de licor que descansaba en la superficie, la bebió de un solo trago, y caminó apresuradamente hacia el mocoso que le hiciera la vida imposible con sólo haberla conocido. "¡Qué diablos...!", exclamó el sujeto desprovisto de su habitual dosis de alcohol, a medida que la alocada mujer que había hecho un despliegue de vulgaridad la noche anterior se dirigía en dirección al señor Granchester.
No bien Candy había iniciado su marcha cuando sintió que el salón de cocteles comenzaba a girar a su alrededor. ¿Acaso el barco se había volteado? Se mantuvo erguida en medio del salón, y cuando sus pies retomaron el camino iniciado, se movió con tal brusquedad que tuvo que sostenerse de una columna para no caer. Tambaleándose sobre las plataformas de sus zapatos, se aferró a la amplia cola de la chaqueta de un pasajero que caminaba cerca, y este último la zarandeó con fuerza. "¡Desvergonzada!", gritó, empujándola hacia la salida, "¡te llevaré con el capitán!"
"Eso no será necesario", sostuvo Terrence Granchester, quien había llegado justo a tiempo para agarrar a la enfermera por la cintura antes que ésta visitara el suelo por segunda vez en el Vestris, "la señora viene conmigo-"
"No soy tan anciana para que me digas señora", protestó ella, a lo que él se acercó, susurrándole al oído: "Tampoco eres una mocosa, aunque insistes en creer que eres una niña..."
"¡No es verdad!"
"¿Ah, no?" Alejándose del enfurecido hombre del traje pisoteado, la había conducido por el brazo hasta llevarla a un rincón apartado del salón, y ella le agradeció en silencio por ello, pues el lugar se había convertido en un espacio protagonizado por el humo y el alcohol. "¿Y cómo puedes llamar entonces a beber un trago colocado en mesa ajena, caminar más desbocada que un caballo sin jinete, y sostenerte del ridículo traje de pingüino de otro tipo... o es que acaso necesitas embriagarte para verme?"
Candy se recostó con firmeza contra una pared. "Gracias por ayudarme, pero no necesito estar pasada de tragos para estar contigo..."
"¿Pero sí para correr hacia mí?", insistió él.
Ella lo miró estupefacta. "¿Me viste todo el tiempo?"
El asintió, incapaz de sostenerle la mirada. Ataviada con un vestido amarillo en tirantes, con amplia falda hasta la rodilla, Candy estaba completamente ajena al efecto que era capaz de crear en un hombre. Inocente de su propia belleza, mostraba una ingenuidad poco usual en una mujer de su edad. "¿Puedo saber cuál es tu fascinación con el suelo de este barco?"
A punto de reír, Candy se sonrojó sobremanera. "Creí que el Vestris había dado un vuelco..."
"A juzgar por el whisky que ingeriste, bien podías haber visto volcarse al mismo cielo", indicó él, divertido.
Ella no ocultó su enfado. "¿Te burlas de mí, mocoso engreído?" Se cruzó de brazos. "Para que lo sepas, ¡iba corriendo hacia ti porque vi que te molestaba mucho el cuello!"
Terry arqueó una ceja ocultando su emoción. "¿Así que tú también me estabas buscando, enfermera Andley?"
Nuevamente, los colores se apoderaron del rostro de Candy. Por más que intentaba justificar su presencia a esa hora en el salón de cocteles, no hallaba una razón válida para decirle a Terry... aunque ella no tenía por qué darle explicaciones, a lo que recurrió a una falsa salida. "¿Te duele o no?", preguntó.
Esta vez fue Terry quien no encontró qué responder. ¿Cómo explicarle que, a modo de distracción, había pasado gran parte del día ayudando a transferir la carga de un lado a otro del barco... y que a juzgar por la gran cantidad de agua allí acumulada, sería cuestión de horas antes que el Vestris-"Estaba realizando trabajo pesado", se limitó a decir.
Ella frunció el ceño, haciendo que él tomara nota de sus bien definidas cejas. "¿Llevaste el piano a tu camarote?"
El movió la cabeza de un lado a otro a modo de juego. "Tuve que cambiar algunas cosas de lugar."
"¿Y te lastimaste el cuello?" En un impulso de su vocación, iba a auscultar la nuca del actor cuando de repente él la tomó por una de sus muñecas. "No tan rápido, Tarzán con pecas", ronroneó en su irresistible acento inglés, "antes, tenemos que bailar."
"¡Pero no están tocando ninguna música!", exclamó ella con sorpresa. "¿Y qué te hace suponer que yo quiero bailar contigo?"
"Tu danza alrededor del hombre pingüino ha sido tu mejor demostración", sostuvo él con una sonrisa, "y con todo el alcohol que llevas en la sangre, dentro de poco tus pies se moverán más rápido que un automóvil."
"¡Sólo fue un trago!"
"Un trago para reunir el valor de buscarme", enfatizó él, haciendo que ella bajara la cabeza. ¿Habían sido tan obvias sus intenciones? Al inicio del viaje no quería tan siquiera que él se le acercara; pero luego de la breve conversación que sostuvieran finalizado el desayuno, el panorama era cada vez más claro para ella, y a medida que habían transcurrido las horas, quería conocer más detalles sobre la dura vida que había llevado con Susana en Nueva York, aunque una vocecilla interna le repetía, una y otra vez, que no debía... no debía... no debía pensar más en él.
La voz grave de Terry interrumpió su remordimiento. "¿Entonces sí bailarás conmigo?"
Decidida a no flaquear más en su voluntad, ella caminó con paso firme hacia la salida del salón. "Me alegra que lo del cuello no sea nada grave", dijo, saliendo a toda prisa del humeante y masculino lugar... y de inmediato se arrepintió de haberlo hecho.
Afuera en cubierta, el mar era azotado por una gran tormenta.
"¡Oh, Dios mío!", exclamó ella con miedo, teniendo presente la situación en las calderas del Vestris. Negándose a contemplar el espectáculo en el océano, corrió lo más rápido que pudo, adentrándose en un corredor interior. Al quedar a salvo de las enfurecidas corrientes marinas, ella suspiró de alivio, y se volteó de espaldas a la cubierta... sólo para encontrarse con una peculiar escena.
Al otro extremo del corredor, la pareja de casados con la que ella había tropezado al abordar el barco estaba sosteniendo un encuentro... amoroso, por decirlo así. Ambos jóvenes se besaban con ardor, a lo que Candy se dio la vuelta para regresar a la temible cubierta, encontrando a su paso al altísimo Terry Granchester. "Déjame pasar, por favor", imploró ella con voz baja, "allí hay un matrimonio que está teniendo sus relaciones-"
Una conveniente alarma se activó en la mente de Terry, pues se había presentado el momento para descubrir, sin necesidad de hacer muchas indagaciones, aquéllo que lo atormentaba tanto como el mar mismo. "¿Qué hay de malo en eso? No están haciendo nada que ya no hayas hecho."
Candy dio varios pasos hacia atrás. ¿Qué había querido decir Terry con eso... acaso creía que ella había estado con otros hombres? Sabía que a su edad, ya debía haberse conseguido un marido, o al menos un amante, pero no lo había hecho por principios, ¿o en realidad se estaba guardando para-? "Déjame pasar", insistió; y al ver que él no se movía del minúsculo espacio en el corredor, se volteó, sin pensar, en dirección a la enamorada pareja.
En cuclillas, la mujer desabotonaba el pantalón de su esposo. Al quedar el mismo al nivel de sus rodillas, acercó la cabeza al interior de las piernas, perdiéndose entre ellas, a lo que Candy se llevó el puño en la boca para no gritar. "¿Qqqqqqqqué... le esttttá... haccciendo?" Se apoyó contra la pared para no observar el comportamiento de la pareja. No fue necesario ver las partes íntimas del hombre para saber a qué se estaba dedicando su compañera. "Sácame de aquí, Terry, ¡no quiero que ellos me vean!"
"¿Estás segura que es sólo por eso que quieres marcharte?", cuestionó él, sintiendo que llegaba más cerca de su objetivo. "Eres enfermera, así que debes estar más que acostumbrada a ver pacientes en toda su desnudez-"
"No, no es así", manifestó ella con desespero, incapaz de abrir los ojos y toparse con la candente estampa entre los fogosos amantes. "¡Nunca he visto a un hombre desnudo!"
Terry la miró extrañado, aunque con sus ojos cerrados, ella no se había percatado de su reacción. "¿Entonces cómo atendías la higiene de tus pacientes?"
Manteniendo su cabeza oculta en la pared, ella señaló: "Las enfermeras con más experiencia se encargaban de eso en el hospital Santa Juana. En su mayoría eran señoras de edad avanzada, pues a las más jóvenes no se nos permitía asear o cambiar de ropa a los hombres por miedo a que alguno de ellos se propasara con nosotras."
"Pues vaya política de trabajo la de ese hospital Santa Juana", opinó él, aunque su mente estaba muy lejos de los procedimientos de rutina en la facilidad hospitalaria de Chicago. Si Candy nunca había visto un hombre desnudo, y se horrorizaba con la escena de amor entre aquellos dos seres, entonces- "Eres virgen", dijo en voz alta y sin pensar, ocultando su alegría al saber que ella no había entregado su cuerpo a ningún tipejo por ahí, algo sumamente admirable considerando que la pecosa, a sus treinta años, ya era toda una mujer hecha y derecha.
Despacio, Candy salió de su improvisado escondite para encararlo. Había cometido la torpeza de mostrar pavor al ver a una mujer complaciendo a su amado en una forma que jamás hubiera imaginado, haciendo que Terry se diera cuenta de su falta de experiencia en el arte del amor. "Eso no es asunto tuyo", dijo en voz alta; y para probar su punto, alzó la vista en dirección a los dos tortolitos. El hombre emitía unos leves quejidos mientras que ella continuaba con su labor de placer. "Lo está lastimando", aseguró, "¡debo ir a ver cómo puedo ayudar!"
"Espera, Candy..." Para detenerla, él la había tomado del hombro, electrizándola en ese simple gesto. Candy sintió cómo su piel aún hormigueaba ante el casual contacto cuando lo oyó decir: "Puedes estar tranquila; ese tipo no padece dolor alguno... yo diría que la está pasando muy bien", explicó, mordiéndose los labios para no reír abiertamente ante la ingenuidad de la enfermera. ¡De veras que no sabía nada sobre lo que envolvía la intimidad entre un hombre y una mujer! ¿Acaso no le habían enseñado sobre eso en la escuela de enfermería?
Pero ella continuaba en absoluta ignorancia. "¿Cómo crees que la está pasando bien si está haciendo gemidos?" De pronto, la mujer apartó la cabeza del aposento de pasión de su esposo, y Candy giró sobre sus talones, encontrando refugio en el cálido y fragrante pecho del actor.
Tal y como había imaginado, la súbita cercanía entre ellos, propiciada por ella misma, había minado sus sentidos, provocando que su corazón comenzara a latir con una fuerza desconocida. 'Cálmate', pensó, 'o de lo contrario él sentirá tus latidos'... pero ya era tarde, pues bajo su rostro, el cuerpo de Terry se había tensado, tanto, que esta vez fue ella quien comenzó a sentir los latidos de él, y sin percatarse de ello, ambas respiraciones se alinearon en un mismo compás. Contra su voluntad, Candy sentía paz y alivio en el remanso de aquellos brazos de los cuales no había querido deshacerse en realidad...
Con una muy asustada pecosa entre sus brazos, Terry aún repasaba la dicha de tenerla apretada contra su pecho. En su miedo ante lo desconocido, ella, sin pensarlo, se había recostado contra su cuerpo; mas las razones ya no importaban, pues el tiempo se había detenido, o más bien había retrocedido a aquella noche en que ambos se habían abrazado con fuerza en las deprimentes escaleras del hospital St. Joseph. La piel temblorosa de la chica con colas que tan valientemente había salido de su vida sin tan siquiera haberle permitido llevarla a la estación era la misma que servía de lienzo a la bellísima mujer que se negaba a darse una segunda oportunidad en el amor. Ocultando su emoción para no contrariarla, se acercó a ella, y en un susurro tan suave como una caricia, le dijo al oído: "Ha llegado la hora de que sí aceptes bailar conmigo, Tarzán pecosa-"
"Allí está... ¡la lunática que se nos vino encima al abordar el barco!", vociferó alguien.
"Oh, no", musitó Candy, aún embriagada por la brisa de aliento depositada por él en su oído, "¡me reconocieron!" Y para confirmar su suposición, el hombre que todavía llevaba el sudor del éxtasis en su rostro se aproximaba a ellos con mirada amenazante. "¡Iré a reportarlos con el capitán!"
Abandonando la deliciosa posición en la que se encontraban, Terry preguntó: "¿Los habías visto anteriormente?"
Ella afirmó con la cabeza. "¿Me darás paso ahora, o prefieres pasar la vergüenza de ser llevado con el capitán?"
El esbozó una burlona sonrisa. "Quisiera ver lo que tiene que decirnos cuando sepa que estuvimos fisgoneando", rió, agudizando la ansiedad de ella. Finalmente, la haló del brazo y exclamó: "¡Por supuesto que no estoy de humor para dar explicaciones al capitán sobre ese par de pervertidos! Vámonos de aquí", y eludiendo a los airados esposos, se alejaron corriendo del angosto corredor, regresando a cubierta. Al llegar, ambos se inclinaron contra la baranda, tomando aire luego de tan inesperada carrera, y sin poder evitarlo, comenzaron a reír, sosteniéndose el estómago a consecuencia del dolor que les ocasionaban las incesantes carcajadas. "¡Jajajajajajaja!", rió la rubia, compartiendo el ataque de risotadas de su acompañante. "¡Casi... nos lanzan... por la borda... jajajajajaja!"
Aunque no paraba de reír, Terry se contagió con la armoniosa risa de su pecosa. ¿Cuándo fue la última vez que bromearon así, burlando la autoridad de los superiores, o simplemente escapando de sus travesuras en común? El pasado se había convertido en su presente, aunque ahora ya no estaba seguro de que existiera tal cosa como una línea divisoria en el tiempo. "El muy... idiota", barboteó, incapaz de expresarse con claridad, "encima... se ofende... porque los vimos... ¿quién... los manda... a exhibirse?" Y volvieron a reír, esta vez con más fuerza, ante el absurdo de haber estado a punto de ser delatados como si fueran delincuentes. Aún continuaban con la risa cuando de pronto ella perdió el equilibrio de su cuerpo, y antes que se estrellara contra el helado suelo, él la agarró de la cintura, aprisionándola contra su cuerpo.
La risa había terminado.
¿Por qué tenía que haber luna llena precisamente esa noche? El reflejo de la misma entraba con toda naturalidad a las pupilas zafiro de él, haciendo muy visible la imagen traslúcida de ella en los mismos. Por impulso más que por instinto, recordó una noche de Año Nuevo en la que se encontraba en una embarcación aún más grande, en circunstancias parecidas, a excepción de que el mar no estaba tan alborotado como ahora... y que el Terry que no dejaba de mirarla fijamente llevaba otra apariencia y era todo un hombre. En cierto modo el escenario era diferente, pero el sentimiento era el mismo, con la misma emoción y anticipo que había experimentado aquella madrugada de enero.
Con la luna y la neblina a su favor, Terry contempló a Candy sin pena alguna, pues no tenía objeto guardar discreción en esa noche llena de magia y recuerdos, mucho menos luego de haber presenciado a la acalorada pareja de viajeros. Evocó lo que había dejado de ser para él la peor noche de su vida luego de su desagradable experiencia con Eleanor en Nueva York, para convertirse en el antes y después de su existencia. Tan genuina como siempre, igualmente había evolucionado, convirtiéndose en una mariposa que había salido de su capullo... "Me debes un baile, pecosa", murmuró, y sin darle la oportunidad de negarse, la ayudó a ponerse en pie; y sin molestarse en retirar la posesiva mano de la diminuta cintura añadió: "No te conviene apartarte de mí... no mientras continúes bajo el efecto del whisky, y del movimiento del barco-"
Ella contempló el conmocionado océano bañado por la luz de la luna. "El mar está furioso, como si tuviera vida propia..."
Sin romper el contacto en la cintura de ella, él asintió. "A veces pienso que es como Dios... unas veces lo admiras, y otras veces le temes, pues en cualquier momento deja de ser apacible, reclamando lo que es suyo."
Candy observó a Terry con asombro. Nunca había dudado de su inteligencia, pues aún siendo un rebelde en Londres, siempre se las había arreglado para obtener buenas calificaciones en el colegio, demostrando que era un alumno brillante, aunque no fuera el más aplicado. Una corriente de calor recorrió su cintura al sentir los largos dedos de pianista alrededor de la misma... "Es tan extraño oírte mencionar a Dios...", destacó, admirando su analogía entre la espiritualidad y la naturaleza.
Con la vista fija en el peligroso oleaje, él explicó: "Nunca he sido un hombre muy devoto en materia de religión", frotó su adolorido cuello con la palma de la mano que le quedaba libre, "pero eso no significa que no guarde cierto respeto al Ser Supremo." Luego de haber formalizado su relación con Susana, se había aferrado a su fe en busca de fortaleza para cuidar de la enferma en forma diligente y delicada.
Ella sonrió al conocer esa faceta nunca antes vista en él. "¿Y cómo así interrumpiste aquella misa en el colegio?"
El también sonrió, con la nostalgia de quien había aprendido de sus pasadas experiencias. "En aquella época luchaba contra todo, y contra todos." Apartó la vista de la tempestad que ahora hacía oscilar el barco, y se concentró en ella, y en su esbelta y femenina constitución física. Despacio, la atrajo hacia él, y enseguida las terminaciones nerviosas en su cuerpo se encendieron como el fuego, en especial al sentir cómo se erizaba, de igual manera, la piel de la rubia. "No recuerdo que bailáramos así en Inglaterra ni en Escocia", dijo ella con espanto al ver que él entrelazaba la mano de ella con la suya, levantándola en el aire, "ni siquiera se escucha música de fondo..."
"Nunca la hemos necesitado", sostuvo él con una mueca de burla, "además, yo soy un hombre, y tú una mujer, así que no debemos bailar como si estuviéramos haciendo piruetas en el circo... debemos hacerlo como los adultos sensatos que somos." Y dicho esto, dio un paso hacia adelante, lo que marcaría el inicio de una lenta y decadente danza nocturna.
Sin saber qué hacer con sus manos, pues en todos los años que llevaba viviendo en el hogar de Pony jamás se había acercado así a un hombre, Candy apoyó el mentón en el brazo del actor-apenas alcanzaba su hombro-aspirando una agradable esencia a lavanda que agudizaba sus sentidos a la vez que apaciguaba su ánimo. Al no tener la más mínima idea de cómo ni dónde dirigir sus pasos, se dejó llevar por el ritmo de él, manteniendo ambas palmas unidas, acelerando su ritmo cardiaco con sólo sentir la diestra mano artística tocando la suya... y a pesar de todo, agradeció en silencio al Todopoderoso por ese instante, que quizás sería el último antes de llegar a Barbados y tomar un rumbo distinto al de él. En medio del letargo inducido por el alcohol y el vaivén del barco, había hallado, en brazos de Terry, la paz que tanto había anhelado, y que no había logrado obtener en mucho tiempo, ni siquiera en la casa Pony. Cerró sus ojos a medida que él lideraba los pausados movimientos, disfrutando, muy a pesar suyo, de la proximidad entre ambos.
Terry temió romper el encanto con una sola palabra. Debía aprovechar ese silencio para que Candy se sincerara con ella misma y sus sentimientos. Ella precisaba, más que nada, de una conversación consigo misma, saber qué era lo que en realidad quería... aunque no guardara relación alguna con él. Había abordado el Vestris con la intención de enamorarla en propiedad, como no había tenido oportunidad de hacerlo en el pasado; pero si la rubia decidiera lo contrario, y persistiera en su deseo de mantenerse lo más lejos posible de su vida, no le quedaría la menor duda de que ella al menos hubiera reflexionado un poco al respecto, sin ataduras emocionales, ni conocido alguno alrededor de ellos. Aspiró el aroma de su cabello, descubriendo la misma textura de la cascada de rizos que en varias ocasiones llegó a sentir enredados en sus ojos, en sus manos... incluso en su boca. Se mordió los labios para no saborearlos, pues ella tomaría dicho gesto como una vulgar invitación.
Transcurrieron varios minutos, y ambos continuaban bailando pegados al compás de una música imaginaria-¿o de sus corazones?-sin prisa, pero sin pausa. De pronto, una fuerte ola azotó la cubierta, salpicándolos de golpe, y contra su voluntad, Terry se apartó diciendo, con un brillo de emoción en los ojos: "Debemos regresar a nuestros camarotes, antes que este mar bravío nos lleve enredados..."
"Tienes razón", acordó ella con voz entrecortada. La despiadada ola había roto el hechizo entre ellos, y aunque estaba supuesta a sentir alivio por no haber llegado más lejos con él, en el fondo lamentaba tener que separarse, a tal grado en que un golpe de lágrimas amenazaba con trastocar sus mejillas. Iba a darse la vuelta en señal de despedida cuando Terry formuló una pregunta que terminó por desconcertarla: "¿Qué habrías hecho diferente?"
Sonriendo, ella se rascó la cabeza. "No entiendo", dijo con timidez, "¿qué quieres decir con eso?"
El volvió a acercarse, pero en esta ocasión no pedía una pieza de baile. El modo en que Terry se aproximaba a ella acortaba la distancia entre ellos de manera impasible; y justo cuando ella consideraba la idea de salir huyendo, él contestó: "Tú sabes a lo que me refiero", y en un abrir de ojos, se adueñó por segunda vez de su cintura, esta vez con firmeza y un sentido de... ¿posesión, intimidad? "¿Qué habrías hecho diferente... la noche que nos conocimos en el Mauritania?"
Ella tragó saliva, ordenando a su corazón que no saltara fuera de su pecho. "¿Para eso tienes que atraparme en tus brazos?"
Terry sonrió; la velada no podía culminar sin que antes ella despejara esa última duda... al menos la última de ese día. "No te dejaré ir hasta que respondas..."
"¡De veras que eres imposible!", gritó ella, aunque la espesa niebla, así como el creciente estruendo de las olas, apenas permitía que se difundiera bien el volumen de su voz. La espesa niebla... "De acuerdo, tú ganas... pero antes, prométeme que vas a soltarme en cuanto te responda, ¿entendido?"
"No hay problema", aseguró él, afianzado las manos sobre la diminuta espalda. ¡Dios, qué difícil era tenerla tan cerca y no dejarse llevar por la pasión de amar!
Candy tragó saliva, buscando, en algún punto fijo en cubierta, cualquier instantánea y satisfactoria explicación. "Primero, no te hubiera confundido con Anthony-"
"No entiendo cómo nos comparaste en primer lugar", objetó él.
De repente ella continuó, dando rienda suelta a su imaginación y sinceridad. "Tampoco hubiera bebido champaña esa noche, pues no estaba acostumbrada a tomar alcohol, como ahora", aceptó, "y de haber sabido antes que habrías de burlarte de mis pecas, no me hubiera acercado a ti en primer lugar..."
"Lo hiciste porque yo estaba llorando..."
"¿Hasta ahora lo reconoces?" Ella rió al recordar la ocasión. "Por lo que me contaste en Escocia acerca de la señora Baker, supongo que estabas triste por lo que ocurrió entre tú y tu mamá...", iba a soltarse de aquellas largas y hermosas manos, pero en su lugar, él mantuvo las mismas fácilmente amoldadas a ella. "Qué curioso", dijo él con una sonrisa, "en ningún momento has mencionado algo así como 'hubiera dejado escapar el chal' o nada que evitara que fueras a mi encuentro." Se llevó una mano a la barbilla. "¿Quieres decir que a pesar de todo lo que ha pasado entre los dos, no cambiarías el haberme conocido?"
Una vez más, Candy se supo perdida... perdida en su admisión de no haber deseado cambiar el rumbo de las cosas... perdida en el embravecido mar de sus ojos azules. Entonces él inclinó la cabeza hasta que sus labios quedaron a sólo unos centímetros de su oído, y dijo con voz ronca: "Yo sí haría algo que no hice aquella vez."
Ella dio un pequeño salto al sentir el aliento de él en su oído, extendiéndose a la nuca. "¿Cómo qué?", preguntó a duras penas, "¿no haber mencionado mis pecas?"
El se separó, sólo un poco, lo suficiente para que ella pudiera auscultar en el inmenso océano de sus ojos zafiro. "Para nada", indicó, enfureciéndola sobremanera. "Era Año Nuevo, ¿lo olvidas?"
Ella cruzó los brazos frente a su pecho. "¿Qué hay con eso?"
Al oírla, Terry supo que había llegado el momento propicio para hacer su movida. Sin pensarlo dos veces, aprovechó que la tenía sujeta de la cintura, y la haló hacia él, quedando ambos frente a frente, mirada con mirada, aliento con aliento... "Permítame recordarle, señora Granchester, que cuando se despide un viejo año y se recibe uno nuevo, las personas se felicitan con un abrazo o un beso, aún si se tratara de perfectos extraños..."
Candy intentó zafarse de ese abrazo fuerte y protector al mismo tiempo. "¡No soy señora y mi apellido tampoco es Granchester!", exclamó, retorciéndose en brazos del duque, buscando la manera de escabullirse, "¡Y ni se te ocurra volver a besarme!" Entonces dio un paso atrás, con la esperanza de liberarse del abrazo, pero en su lugar, había quedado atrapada en medio de él y la inoportuna baranda. "Déjame ir, por favor", suplicó, pero ya era tarde para escapar. Bajando la cabeza con resolución, Terry observó con claridad las brillantes esferas esmeralda diciendo, con impecable acento británico, "Feliz Año Nuevo, pecosa...", e imprimió sus labios sobre los de ella.
Tal y como había ocurrido en Escocia, Candy quedó paralizada en el acto. Los labios de Terry sobre los suyos eran justo como los había recordado: ardientes como una brasa, y suaves como el pétalo de una rosa... y aunque en aquella época él no había llegado más lejos de un simple roce, esta vez tenía que reconocer que la huella que él dejaba impregnada en los pliegues de su boca era delicada, sincera y bella. A diferencia de aquella tarde en que había reaccionado como una perfecta ilusa, cerró los ojos, permitiéndose, por sólo un segundo, sentir el estimulante y fresco aliento de Terry cerrándose sobre el suyo... y antes que él avanzara en su tarea, dio un paso atrás, marcando los límites de su territorio. "No debemos", balbuceó con torpeza, antes que él la tomara con gentileza por las muñecas, colocándolas sobre sus fornidos hombros. "Hoy es primero de enero de 1914", se apretó contra el abultado pecho de mujer para frustrar cualquier intento de ella de escaparse, "y estoy haciendo las cosas como deben ser...", y ofreciendo una reconfortante y serena sonrisa, volvió a unir su boca a la de ella, en pequeños, pero definidos chasquidos, buscando el modo de atravesar los rosados y ya abultados labios, y explorar los confines internos más allá de los mismos.
'¡Cómo se atreve!', pensó Candy, iracunda por la osadía de él, y más aún por su propia impotencia. ¿Dónde había quedado la Candy White que con un derechazo se hubiera librado de ese castigo sobre sus labios... dónde estaba la chica traviesa que con un simple puntapié lo hubiera lanzado de bruces sobre el suelo? Casi de inmediato, obtuvo la respuesta: 'No está aquí, Candy, esa niña se ha ido, y ahora estás recibiendo un segundo beso del hombre que amas', y muy a su pesar, sonrió bajo las comisuras de él, quien palpó la dulce expresión... y se apartó de golpe, sacándola del trance en que se encontraba. "¿No vas a golpearme esta vez?", preguntó en broma.
Pero Candy no estaba de ánimo para jugar. Había descubierto, luego de tantos años, que el primer beso recibido en Escocia en realidad le había gustado, y mucho... sólo que no lo sabía, hasta ahora. "No debí hacerlo", dijo con tristeza, sintiéndose segura y protegida en sus brazos, "aunque tú también me golpeaste..."
"Y tú me devolviste el golpe", recordó él con remordimiento. "Era la primera vez que golpeaba a una mujer, y no esperaba que me rechazaras de ese modo así que-"
"¿Quieres decir que no estás acostumbrado a recibir un 'no' de parte de una chica?", preguntó ella con voz queda, para no arruinar la tranquilidad entre ellos, aún a pesar de la tormenta.
El volvió a sonreír, esta vez con la sabiduría de quien aceptaba sus errores. "Fui un estúpido al haberte golpeado-"
"Yo tampoco reaccioné de una buena manera", confesó ella, y al escucharse, cerró un puño sobre su boca, deseando tragarse las palabras que había pronunciado, y Terry, sin disimular su júbilo a través de sus brillantes ojos azules, tomó el tembloroso mentón de ella en su mano, y con expresión triunfante dijo: "Acabas de ponerte en evidencia, Tarzán pecosa", y sin despegar la mano de la suave y bien delineada barbilla, se acercó a ella nuevamente, y antes que ella lo abofeteara o saliera corriendo, aventuró su lengua más allá de la pureza de sus labios... sí, pureza, pues ahora estaba casi seguro de que, salvo por él, esa boca rodeada de pecas no había sido besada jamás.
Candy no esperaba tal intromisión por parte de Terry. ¿Así eran los besos realmente... húmedos, invasivos, efervescentes? A estas alturas ya debiera haberle llenado la cara de dedos por su maldad, pero él había dejado muy claro que estaban celebrando el comienzo del año 1914. ¿En verdad él había dispuesto a besarla sólo de verla la primera vez? Su piel se erizó de gozo de pensar en lo mucho que había significado para él aquella noche de niebla en el Mauritania... y sin poder contener la respuesta de su cuerpo por más tiempo, comenzó a seguir el ritmo de él dentro de su boca, correspondiendo, sin darse cuenta ni entrar en razones, a cada provocación, cada movimiento. "Hhhhmmmmm", suspiró, desconociendo su voz y sus acciones. ¿A quién trataba de engañar? Ella había añorado este beso tanto o más que él, y lo cierto es que él se conducía en su boca y sus labios con destreza y estilo, y para su sorpresa, ella amoldó su boca al incesante castigo que él aplicaba a la misma.
Dejándose llevar por la grata sensación de unir su boca a la de ella, Terry sintió la alegría resultante de un beso muy bien retribuido. Candy, su pecosa enfermera, no sólo había liberado su alma a través de dicho beso, sino que además se mostraba en toda su autenticidad. Ella lo amaba. Tal vez no quería aceptarlo, o ni siquiera lo sabía, pero lo amaba, y esta vez no se trataba de un malogrado sueño, ni de revivir los recuerdos: el 1914 se había convertido en 1928, con un hombre y una mujer cuyo amor había traspasado las barreras de la distancia y el tiempo.
Perdida en la inmensidad del beso, Candy se deslizó involuntariamente hacia un lado, pues se encontraba de puntillas junto a él; y para no caer por la borda, se aferró al cuello de Terry, y sin separar sus labios ni un segundo, palpó, con la punta de las uñas, el repelado cabello, haciendo que sus dedos se derritieran como mantequilla... 'Ya basta', se ordenó en vano, a medida que sus mentes y sus labios se configuraban en una misma galaxia de sentimientos, 'no debes, Candy, ¡no debes!', y como si acabara de despertar de un sueño, se apartó de él con brusquedad. "¿Cómo pudiste?", preguntó, con los ojos llenos de lágrimas. "¿Cómo pudiste, Terry?"
Aún sumido en la estupefacción del inconcluso beso, él, en un gesto inconsciente, pasó la mano por su cabello, en el mismo lugar que ella lo había tocado con sus pequeñas y deleitables manos. "¿Cómo pude qué, Candy?", preguntó con seriedad.
Ella iba a responder, pero un repentino giro del barco, así como una sensación de náusea a causa del alcohol y del errático comportamiento de la embarcación, la hicieron sostenerse de la baranda para no desmayarse en ese momento... al menos no frente a él. "¿Cómo... pudiste... hacerme... eso...?", murmuró, sintiendo una gran pesadez en la cabeza, "¿por qué... me besaste... Terry?"
Pero él no prestaba atención alguna a sus palabras de reproche. "Estás pálida", observó, sosteniendo a Candy por los codos para mantenerla en pie. "¿Te sientes bien, pecosa?" Al ver que ella sólo ladeaba la cabeza de un lado a otro, la levantó en brazos, y a paso apresurado la llevó de vuelta a su camarote.
Con Terry y el barco dando vueltas a su alrededor, ella apretó los párpados, y contra su voluntad, ocultó el rostro en el pecho del actor. "Debe... ser... la bebida... y... el mar... rabioso..."
Terry intentaba por todos los medios que ella se mantuviera en silencio; sólo así calmaría la indisposición de su estómago. "Shhhhh", dijo en voz baja, aunque en el fondo sintió deseos de estallar en risas de pensar hasta qué extremo había llegado ella para manejar su presencia en el barco... el regreso de él a su vida. Llegaron a la cabina, y Candy intentaba con torpeza extraer el juego de llaves del bolsillo de su vestido cuando él tomó las mismas, en absoluto dominio de la situación. "Permíteme...", y en un suspiro, había abierto la puerta del camarote, y sin tiempo que perder, Terry depositó a Candy sobre la fría y húmeda cama. "¿Segura que estarás bien?", preguntó con preocupación. "Puedo quedarme a dormir en la butaca si así deseas-"
"¿Hasta el amanecer?", preguntó ella de repente.
Terry la miró sobresaltado. De todas las experiencias que habían compartido previamente, jamás se le hubiera ocurrido que ella reparara en la íntima y reveladora Fiesta Blanca... y más aún, en el vano intento del joven duque de que pasaran la noche entera juntos en la propiedad escocesa. Toda la noche para qué... ¿para hacerla suya, a tan temprana edad? ¿Acaso ella, en su delirio por el licor, le estaba haciendo una invitación para... "Ya habrá otra ocasión para eso", respondió, reprimiendo el deseo de besarla allí mismo, sobre el lecho, "que sueñes conmigo, pecosa", y salió de la habitación, dejando a Candy sumida en una nube de alcohol y euforia. ¡Cuántas emociones entremezcladas, y cuánto remordimiento! 'No se puede tener todo', pensó con melancolía, teniendo muy presente, ahora que él se había marchado, la razón por la que no debía dirigirle tan siquiera una mirada. Pero el beso, ¡el beso! Despacio, se llevó el dedo índice a los labios inflamados por el impacto de la boca de Terry sobre ellos. "¿Se habrá dado cuenta de mi falta de experiencia?", preguntó en la soledad de la cabina, aunque a juzgar por el modo en que ella había reciprocado sus caricias, podía decirse que había aprendido bastante rápido a expresar físicamente su afecto. Físicamente... se abrazó con fuerza, deseando que fuera él quien la rodeara con sus brazos; y al contemplar la inhóspita cama de la habitación, pensó en cómo sería compartir el lecho con él, formando un nido de amor- "¡No!", exclamó, luchando, una vez más, contra su voluntarioso corazón, "para mañana todo será como antes...", y con la imagen de unos ojos zafiro en su memoria, dejó que los efectos calmantes del alcohol la sumieran en un profundo y conveniente sueño.
/
Y mientras Candy se rendía al cansancio y al mareo en altamar, Terry entraba con gran consternación a su propio camarote. Había decidido viajar a bordo del Vestris para encontrarla, y que juntos recrearan esos detalles que los habían hecho enamorarse, pero lo que había presenciado las pasadas horas en la planta baja del barco, lo alejaba cada vez más de su propósito... y rogó en silencio porque estuviera equivocado, y que la gran grieta que amenazaba con hundir el Vestris no fuera sino una simple y llana molestia.
