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MAR BRAVIO

por

Astrid Ortiz

(Eiffel)

CANDY CANDY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 1976.

FINAL STORY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 2010.

Capítulo 4

La intensa luz del sol a través de la escotilla, así como un martilleo en sus sienes, la hicieron despertar de golpe; sin embargo, Candy mantuvo los ojos cerrados, mientras apretaba las sábanas con fuerza, deseando que fuera otra la fuente de calidez.

Terry...

Permaneció así, sin alzar uno solo de sus párpados por miedo a que la realidad de la mañana-y de su jaqueca-borrara de sus sentidos la increíble noche de cara al imponente mar. En un gesto inconsciente, se llevó una mano a los labios, que de pronto se sentían carnosos y prominentes... y no hacía falta abrir los ojos para saber que se había sonrojado al recordar cómo él la había besado con sutileza y dominio al mismo tiempo. Definitivamente Terry era un hombre de mundo que había tenido, a temprana edad, experiencia previa con las mujeres, de eso no le cabía la menor duda; la pregunta era: ¿había continuado buscando amigas luego que hubiera formalizado su noviazgo con Susana, o se había guardado para cuando llegara el momento de desposarla? Un pálpito en el corazón le indicó que ninguna de las posibilidades era agradable, y se recriminó por pensar de esa manera.

¡Y el modo como la llevó en brazos hasta el camarote! No era la primera vez que lo hacía, y para su asombro, tampoco deseaba que fuera la última. En sus brazos se sentía a salvo de la tormenta y de todos cuantos la miraban con arrogancia, aunque esto último le tenía sin cuidado; el detalle era que el Terry que la había cargado y abrazado la pasada noche ahora tenía unos brazos más fuertes, una espalda más ancha... despertando en ella la dualidad de estar con un hombre diferente al que había conocido, hasta que encontraba el espejo de sus ojos verdes en esa mirada azul que parecía confabularse con el turbulento mar, y como si nunca se hubieran separado, se entregaba de lleno a sus bromas, sus atenciones, admirando su esencia así como sus cambios, aunque por algún motivo tenía la impresión de que el mundo de Terry se había trastocado un poco al haber asistido por tanto tiempo a Susana. "¿Tanto daño te hice al dejarle el camino libre?", preguntó al vacío; y por primera vez en más de diez años, sintió una punzada de culpa que laceraba su conciencia: en su altruismo al permitir que Susana tuviera a Terry para sí, Candy no había pensado en el daño emocional que estaba infligiendo al actor. ¿Qué tal si su incipiente carrera actoral se hubiera visto comprometida por todas las horas invertidas en el cuidado de la enferma? El tiempo demostró que no fue así, mas no dejaba de preguntarse cuán lacerado había quedado el corazón del pobre muchacho que en plena adolescencia tenía que asumir tanta responsabilidad. "De todos modos debiste haberte enamorado de ella", dijo en voz alta con terquedad, "hiciste que renunciara a ti en vano, ¡y ahora te apareces en el barco, haciendo de cuenta que no ha pasado nada!", y dando varios puños contra las almohadas agregó: "¡Sólo abriendo tu corazón a ella hubieras sido feliz!"

Para no pensar más en él, trató de volver a conciliar el sueño manteniendo los ojos cerrados, pero mientras más lo intentaba, mayor era su emoción al saberlo cerca, contemplando su bello rostro como no había podido hacer en años. En eso, recordó el efecto de la proximidad entre ambos al abrazarse, y también al besarse, y tembló de emoción, y otros sentimientos a los cuales no hallaba explicación. Siempre había considerado a Terry un hombre atractivo a más no poder, lo que justificaba en gran parte el asedio de sus fanáticas; pero en esta ocasión, había un magnetismo, una estática entre ellos que los empujaba a una misma dirección con la fuerza de un imán. "Es deseo", descubrió, y para su sorpresa, el hallazgo no le resultó repulsivo ni vergonzoso, "me gusta su persona, pero también me gusta su cuerpo", y en respuesta a su divagación, su respiración comenzó a agitarse, y un revoloteo de mariposas se había formado en su vientre. "¿Qué es esto?", preguntó a la nada, "¿Por qué estoy tan inquieta... y por qué me gusta sentirme así?" Y habiendo fallado en su objetivo de arrancarlo de su interior, apartó las sábanas a un lado, y abrió los ojos para recibir el día con la incertidumbre de no saber cómo transcurriría el día de hoy con Terry, sólo que-

Su valija estaba abierta y vacía contra la pared, que ahora era el suelo, y la lámpara de techo había caído sobre el suelo... ahora una pared.

Candy lanzó un grito de espanto. ¿Qué había pasado en la habitación? Bajó de la cama a toda prisa, sólo para caer justo al lado de la valija. "Mi ropa, la que me regalaron los niños de Pony", musitó, con lágrimas en los ojos, "¡está regada por todas partes!" Temiendo lo peor, levantó del suelo una liviana prenda azul añil, y corrió a asearse al cuarto de baño. El Vestris... no se estaba hundiendo, ¿o sí? ¡Tenía que salir del camarote cuanto antes!

Sin más tiempo que perder, buscó bajo la cama esperando agarrar el primer par de zapatos que encontrara, aunque terminara montándose en zancos. Al no ver ninguno, avanzó, tambaleándose, hasta el escritorio donde se encontraba el sobre que había conservado día a día, noche tras noche, y que siempre le quemaba las manos... el sobre que la ayudaba a mantener sus pies sobre la tierra para no sucumbir a la seducción de Terry. Colocó el mismo y su contenido en medio de su busto, ya que el vestido no tenía bolsillos; acto seguido, se agachó en el nuevo suelo, y justo cuando comenzaba a colocar las desparramadas piezas de ropa dentro de la valija, escuchó que tocaban a la puerta, y su corazón dio un sobresalto. "¡Terry!", exclamó, esperando que a estas horas él estuviera despierto, con una idea más clara de lo que estaba ocurriendo. Corrió hacia la puerta, y la abrió casi con violencia, esperando ver una respuesta en los oceánicos ojos del duque; pero en su lugar, un marinero de rudo semblante irrumpió en la cabina, la agarró del codo, y sin contemplación alguna informó: "El Vestris está a punto de hundirse, señora Granchester, así que debo colocarla en un bote cuanto antes-"

Como una autómata, Candy se dejó guiar por el sujeto hacia la salida, antes que la puerta cediera a la fuerza de la gravedad dado el grado de inclinación del lugar. "No soy la señora Granchester", murmuró.

El hastiado hombre se volteó a ella con tedio. "El señor Granchester supuso que usted diría eso, y pidió que la lleváramos a lugar seguro, independientemente de lo que usted opinara."

Candy iba a mostrar su indignación por la actitud autoritaria de Terry, pero se detuvo. ¿Así de grave era la situación en el barco que él había enviado por ella, manteniéndola a salvo? Ignorando el aviso de su trepidante corazón, preguntó al empleado: "¿Dónde está él... el señor Granchester?"

El otro movió la cabeza. "Usted no podrá reunirse con el duque, señora, al menos no por ahora... está ayudando a mujeres y niños a subir a los botes, que son muy pocos, y sólo así podrá ver a su esposo." Y con suma dificultad, la condujo fuera del camarote antes que la puerta del mismo se cerrara sobre ellos causándoles un duro golpe... y lo que vio Candy a continuación la dejó sin palabras.

Por un milagro del Todopoderoso, su cabina se encontraba en sentido opuesto al lado del barco que ya estaba sumido en el agua. Sosteniéndose de la baranda en cubierta, hizo todo lo posible para no rodar por el desnivelado suelo mientras el hombre que le había avisado ayudaba a un compañero a levantarse. Objetos rodaban de un lado a otro mientras un grupo de pasajeros del género masculino, llevando puestos sus chalecos salvavidas, se aferraba a una cuerda sostenida por uno de los oficiales, quien poco a poco iba halando de la misma hasta hacerlos bajar por una pequeña escalera que los llevaría a un lugar más seguro y estable, tarea algo difícil tomando en cuenta la posición desbalanceada del barco. "¡Mantengan la calma!", gritó el oficial a cargo, "¡no olviden que las mujeres y los niños deben ser los primeros en subir a los botes!"

"¡No hay suficientes botes!", reclamó uno de los viajeros, con las piernas abiertas de par en par para evitar deslizarse por el suelo, "¡Y dos de ellos no se pueden usar porque están rotos!"

El oficial no ocultó su impotencia y enojo. "¡Cállese! Usted no sabe de lo que está hablando.."

"¡Sí, cállate, imbécil!", gritaron otros.

Pero el amargado pasajero no le daría el gusto a los otros de ser silenciado. "¿No me creen? ¡Entonces aguarden porque se llenen los botes y nos hundamos para que vean que lo que les digo es cierto!"

El sujeto que iba detrás del frustrado viajero comenzaba a dar indicios de desesperación. "¿De veras hay pocos botes en el barco?" Al ver que el otro asentía, comenzó a llorar con descontrol, y todos empezaron a gritar y a forcejear entre la tripulación en cubierta. "¡No quiero morir!", gritaban algunos.

Desde la ya resbaladiza baranda, Candy contemplaba la escena como si se tratara de un acto teatral mal montado. "¿Terry, dónde estás?", preguntó en voz alta, "Espero que estés a salvo-"

"¿Hay un médico a bordo?"

En medio de la pelea, la voz de un hombre de tez oscura, vestido de marinero, resonó por encima de las acaloradas voces. "Tenemos un bote que aún no hemos soltado pues adentro va una mujer con una seria herida en la frente. Debemos ayudarla cuanto antes, ¡o de lo contrario morirá desangrada!"

La multitud se apostó alrededor del marinero. "¿Y quiénes creen ustedes que morirán en un par de horas... quizás minutos?", cuestionó un viajero con mirada desafiante, "¡Nosotros!" Y entre todos, comenzaron a empujar al hombre moreno hasta llevarlo al borde de la cubierta.

"¡Aguarden!", gritó el oficial a cargo. "¡Lionel sólo quiere ayudar!" Pero el grupo hizo caso omiso a las palabras del hombre, y ya habían levantado al aire a Lionel cuando Candy apareció entre ellos, arrastrando sus pies descalzos por el suelo. "¡Esperen!", exclamó, con mil y una revoluciones en su interior. ¿Qué pasaba con Terry? "Soy la enfermera White; llévenme con la mujer que está herida, por favor..."

Los hombres que habían hecho a un lado su propia seguridad para lanzar a Lionel por la borda se dirigieron a ella con burla. "¿Enfermera... usted?", cuestionó uno de ellos, avanzando peligrosamente hacia ella. "Una enfermera sin zapatos no debe ser de fiar", señaló, provocando la risa de todos; pero Candy no cesó en su empeño por asistir a la herida, mucho menos cuando de esta última dependía que saliera el bote. "No traigo documentos conmigo, pero si me permiten, puedo ver de qué se trata el golpe", y entonces pronunció las palabras que ellos tanto deseaban oír, "y les prometo que no pondré un solo pie dentro del bote."

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El resto de los botes ya se había alejado de la parte aún visible del Vestris, pero sólo uno quedaba por salir, y Terry comenzaba a impacientarse. ¿No se suponía que a estas alturas la pecosa ya debiera haber bajado con el resto de las mujeres pasajeras? Al quedar separado de la cubierta donde ubicaba el camarote de Candy, recurrió a la ayuda de un oficial, firmándole un autógrafo, y el mismo, ni corto ni perezoso, había salido corriendo a la habitación de ella para asegurarse que estuviera fuera de la misma y a salvo en uno de los botes.

Luego de haberla dejado aturdida por el mareo y el alcohol en su cabina, él había pasado toda la noche caminando sin cesar a las afueras del aposento de la enfermera, cual caballero montando guardia frente a la torre de su reina. Dando pasos de una esquina a otra del corredor, no se había despegado de la entrada al camarote, pues no quería aprovecharse de Candy en el estado en que ella se encontraba, pero tampoco quería abandonarla un solo segundo. Habían unido sus almas a través de un emotivo baile, y más tarde, había probado la dulce miel de sus besos... y sus labios aún palpitaban de gozo al recordar la suavidad de ella, la inocencia con que devolvía sus caricias a pesar de su madurez, y el sentir cómo despertaba en ella su corazón dormido, haciendo más radiante su belleza de mujer.

Ya entrada la madrugada, estaba de vuelta en su camarote, y se dio una ducha helada que pusiera a su cuerpo en su lugar, pues la imagen de ella con su corto vestido revelando aquellas fuertes y bien formadas piernas empezaba a hacer mella en el interior de sus pantalones. No podía negar que siempre la había deseado, mas al enamorarse de ella, había procurado mantener a raya todo pensamiento pasional y centrarse en el cariño, la amistad, el romance que se había suscitado entre ambos; pero ahora, sin ningún obstáculo entre ellos que no fuera la terquedad de Candy, ese delirio que había resguardado en un baúl de su ser, había resurgido con la fuerza de un volcán en erupción. Ya no eran unos chicos de colegio sin preocupaciones ni responsabilidades, aunque el amor entre ellos-porque ahora sabía, con toda certeza, que ella seguía amándolo tanto como él-permanecía indeleble, pero a decir verdad, ellos habían tenido, como jóvenes, que asumir roles y decisiones que sólo correspondían a los adultos. ¿Acaso ambos ya habían madurado emocionalmente al momento de haberse conocido? De ser así, eso explicaba que los sentimientos de ambos no se hubieran alterado en lo más mínimo, sino todo lo contrario... la triste separación, compensada sólo con el sabor de los recuerdos, habían fortalecido más esa conexión entre ellos. Fue así como él, celebrando en silencio la dicha de que Candy le abriera un poco su corazón, se permitió al fin relajarse, conciliando un pesado y agradable sueño. Candy y él viajaban juntos rumbo a un mismo destino... ¿qué o quién, si era posible, los podría separar?

El Vestris.

Al despertar esa mañana, no había abierto los ojos de inmediato, pues no quería dar por terminado el hechizo de luna que había revestido a los dos rebeldes de Londres de una paz que no podía describir. 'Este es mi lugar', había pensado entonces, concluyendo que había hecho lo correcto al haber tomado, por impulso, la decisión de abordar el Vestris. '¿Me crees estúpido, Albert?', había preguntado en su interior, '¿de veras no me iba a imaginar que me habías contado todo precisamente porque querías que tomara el primer paso?' Y sonrió con gratitud al amigo en común de ambos por ser el ángel guardián de Candy, quien velara por su bienestar. Finalmente, y luego de una larga pausa, abrió los ojos con la intención de cambiarse de ropa y salir al encuentro de su pecosa, esta vez para tomar el desayuno... sólo para encontrarse con que la cabina estaba boca arriba.

Confirmando sus temores de las pasadas horas, Terry había corrido, a duras penas debido a la orientación actual del barco, en dirección al ropero, y se vistió con un pantalón blanco y camisa del mismo color. No era el momento para pensar en su mejor atuendo, sino en sacar a Candy de su camarote y ambos tomar un bote que los llevara lejos. Estaba empacando sus cosas cuando un oficial entró intempestivamente a la habitación, y en pocos minutos era una de las primeras personas en ser colocadas en la fila de espera para subir a uno de los botes. "¿No se supone que mujeres y niños vayan primero?", cuestionó al personal del barco, fastidiado de que se le diera trato preferencial por tratarse de una figura pública. Al no recibir respuesta alguna, se acercó a otro miembro de la tripulación con motivo de procurar por Candy, y rogó porque Tarzán hubiera despertado a tiempo de su exceso con el trago de whisky, y que llegara rápido a tomar el bote, aunque para ello tuviera que ser tragado por el mar. 'Ya una vez sacrifiqué mi felicidad por Susana', pensó, 'y esta vez lo haré por la mujer que amo...' La mujer que amo... la frase se escuchaba tan contundente en el corazón del duque que apenas podía creerlo. Candy ya no era una niña que se había convertido en enfermera mientras que Eliza, la gordita y la tímida aún jugaban a las muñecas; ahora era una mujer de la cual se había enamorado tanto o más que la primera vez. "¿Dónde te has metido?", preguntó en voz alta, esperando que ella apareciera en cualquier momento. "Siempre has sido un Tarzán mocoso y entrometido, ¿cómo es que no terminas de llegar al bote?" La ansiedad comenzó a apoderarse de él, aún cuando era todo un experto en canalizar los nervios dada su formación en la compañía Stratford; y para ahuyentar malos pensamientos de su cabeza, se dedicó a llevar a mujeres y niños a los botes, acallando las voces de alarma que lo alertaban sobre la tragedia que se avecinaba...

Y ahora que se encontraba observando los pasajeros que aguardaban porque saliera el último bote, consideraba seriamente la idea de mandar todo al cuerno y salir corriendo a buscarla. ¿Qué tal si el oficial había ignorado su petición y simplemente no acudió al camarote de ella? Si el destino de Candy era morir en el barco, ¡él se hundiría con ella también! Ya una vez había cargado el peso de la culpa por lo ocurrido con Susana como para llevar en su conciencia el perder al gran amor de su vida. Iba a burlar la vigilancia de los oficiales y subir de regreso a los niveles superiores cuando un hombre moreno se abrió paso entre la atribulada gente, seguido por- "Aquí vengo con una enfermera", anunció Lionel al oficial a cargo de mantener el orden en el área de los botes... dando paso a Candice White Andley.

Candy soltó una gran bocanada de aire, liberando la tensión del momento. "¡Terry!", exclamó, con un inesperado caudal de lágrimas nublando su visión. Iba a correr a abrazarlo cuando sintió el liviano sobre con pesado mensaje en medio de sus pechos, y mantuvo la compostura, y se limitó a decir con voz casi inaudible: "Estás a salvo..."

Pero Terry no profería palabra alguna. En medio del bullicio generado por la histeria y el caos, él sólo la miraba con intensidad, además de un trasunto de reproche. Al fin, luego de clavar la furiosa mirada zafiro en la suya, preguntó, batallando con los gritos de los demás viajeros: "¿Dónde rayos te habías metido... acaso fuiste a servirte otro trago?"

Ella contuvo los deseos de reír al ver que él no abandonaba su humor ácido, aún dentro de las circunstancias que los rodeaban. "Se me hacía difícil caminar", explicó, "y casi se forma un motín en-"

"Por aquí, señora", interrumpió Lionel a medida que conducía a Candy al borde del bote, cuyos impacientes ocupantes vitoreaban la llegada de una profesional de la salud. 'El deber me llama', pensó, dándose la vuelta para asegurarse que Terry continuara a su alcance; y en efecto, ayudaba a una pareja de hermanas gemelas a incorporarse en una esquina de la pequeña embarcación. ¡No quería perderlo de vista otra vez! En eso, hizo un terrible descubrimiento, y preguntó con voz temblorosa a Lionel: "¿No hay más botes?"

El marinero negó con la cabeza. "Este será el último en salir, señora..."

"¡Pero aún queda más de la mitad de los pasajeros a bordo!" Y sin pensarlo dos veces, se aprestó a socorrer a la indispuesta mujer que tanto había necesitado de una mano amiga. Rasgando gran parte de la falda de su ya corto vestido, improvisó un vendaje en la cabeza de la adolorida mujer, no sin antes haberla limpiado con una porción del pedazo de tela arrancado. Lo aplicó con tal maestría que sus compañeras en el bote se doblaron a ver el proceso completo, olvidando que estaban a punto de naufragar. "Es usted una buena enfermera", señaló Lionel, contemplando la escena desde las afueras del bote.

En medio de la tragedia, Candy sacó la lengua y guiñó el ojo diciendo: "¡Se hace lo que se puede!" Y se dio la vuelta para alejarse del bote como había prometido al grupo de cautelosos hombres que aún aguardaban por su rescate en las cubiertas superiores, colapsando contra el amplio pecho y endurecido semblante de Terry Granchester. "Observé todo", indicó, "nunca antes te había visto en acción-"

"Sí lo hiciste", contradijo ella con una sonrisa, "aquella noche en que llegaste mal herido a mi dormitorio en el colegio..."

"Esa ocasión no cuenta", refutó él, esbozando al fin una fatigada sonrisa, "incluso no pensaste en la idea de ser enfermera hasta que te lo dije...", y sin decir más, tomó el rostro de ella entre sus manos, y la atrajo con tanta fuerza hacia él que no tuvo tiempo de moverse... y adentró su boca en la de ella.

Con lágrimas de felicidad asomándose a la cuenca de los ojos que había cerrado por instinto, Candy no mostró resistencia al avance, ni siquiera tomando en cuenta la posesividad con que la estaba besando frente a todos, en aquella vorágine de asustados náufragos. '¡Está aquí!', pensó con júbilo, aunque una parte de ella sintió remordimiento al saber que con toda probabilidad ambos perecerían ahogados... y se dejó llevar por la oleada de amor y adrenalina que él inyectaba en cada movimiento de labios, y lo besó con fuerza, pasando las manos entre el corto y espeso cabello, como si al hacerlo reforzara el hecho de que estaba allí, a su lado. Con ímpetu, correspondió a esta nueva exploración con el desespero de quien estaba atravesando sus últimas horas de vida... y justo cuando sintió el roce del incómodo, pero significativo sobre en su pecho, Terry la empujó de repente, haciendo que cayera dentro del bote, cuyas amarras ya comenzaban a ser soltadas por el personal del barco. "¡Terry!", gritó, a medida que el bote comenzaba a descender, y entonces él la miró diciendo: "Ya una vez alguien me salvó la vida, Tarzán pecosa... y esta vez me corresponde pagar el favor, aunque sea a un tercero", y se dio la vuelta para marchar rumbo a la muerte cuando Lionel se interpuso en su camino. "¡Usted no puede quedarse en el barco, señor Granchester!", hizo un ademán con la mano para que sus compañeros de labores detuvieran el descenso del bote, "¡El mundo entero se haría pedazos si se difundiera la noticia de su muerte!"

Terry se dirigió, desconcertado, al incansable marinero. "Aquí lo único que se hará pedazos es este barco de segunda, así que más vale que mi señora permanezca sana y salvo en ese bote o de lo contrario-"

¡BURRUMMMMMMMFFFPPPPPPRRRRRRTTTTTTT!

No supo cuánto tiempo había transcurrido; sólo abrió los ojos y allí estaba, sujeto a una baranda, con el mar sonriendo a sus pies. En eso, sintió una mano sobre su hombro, y se dio la vuelta para propinar un puño a quien fuera que lo hubiese tocado, pero se trataba del hombre moreno al cual había escuchado ser llamado por el nombre de Lionel. "¿Está usted bien, señor Granchester?", preguntó, ayudándolo a ponerse en pie. "Debe darse prisa, pues el barco ya ha comenzado a sumergirse en su totalidad..."

Pero a Terry le tenía sin cuidado el hundimiento del Vestris. Subiendo al punto más alto de la baranda, pues el agua ya había comenzado a arropar el resto de la embarcación, se asomó a ver qué había sido del bote, y lo que vio lo dejó sin respiración. Unos metros más abajo, el bote donde había lanzado a Candy sin aviso previo y casi contra su voluntad, se había hecho añicos contra el acero del navío... sin rastro alguno de sus ocupantes. "¡Candy!", gritó, llevándose las manos a las sienes, tratando de asimilar todo cuanto había visto. "No es posible", dijo entre dientes, ignorando la peligrosa inclinación del barco, "nos conocimos en medio del océano, y en este mismo mar la vuelvo a perder-"

"¡Teeeeeeerrrrrrryyyyyy!"

A pesar del ruido ensordecedor de los que estaban próximos a morir, tanto Terry como Lionel escucharon el grito estridente de una mujer. "Viene de allá", indicó el moreno, apuntando hacia una zona repleta de cuerdas enredadas. "Las cuerdas para hacer bajar el bote...", dijo Terry con una punzada en el estómago, "ella es una experta trepando las mismas", y caminando en dirección opuesta a la única salida posible, se agachó sobre el suelo inundado de agua, y al pegarse un poco al borde para mirar al exterior, allí estaba... la enfermera que acababa de escapar de la muerte.

Con lágrimas en los ojos, Candy afirmó los pies sobre el magullado acero del barco, y comenzó a subir, poco a poco, y sin mirar atrás, el accidentado camino hacia el borde. Había sujetado la cuerda justo en el instante en que el Vestris comenzaba a hacer su descenso a las profundidades del mar, mientras el bote caía pulverizado al agua, haciendo desaparecer a todos cuanto estaban dentro del mismo. 'Mujeres y niños', pensó, lanzando un gemido de dolor. Había estado a punto de sucumbir a las garras del cruel y despiadado mar cuando comprendió que había una razón poderosa para mantenerse en pie: Terry. Así pues, guardó sus miedos y su temor a la muerte en un espacio recóndito de su interior, y prosiguió su ascenso rumbo a quién sabía cuál parte del barco, no sin antes gritar su nombre, tal y como lo había hecho tantas veces antes, al soñarlo, al ir tras él en el teatro, al saludarlo cerca de las vías del tren, al seguirlo a su salida de Londres...

Y entonces lo vio, recostado sobre el borde, como si hubiera escuchado al llamado con sólo oír su corazón. Con su rostro bañado en lágrimas, se recargó de energías, y terminó de subir a través de la cuerda en menos tiempo de lo que le había tomado escalar la primera mitad, mientras él extendía un brazo para alcanzarla. "¡Por aquí, pecosa!", gritó él haciendo uso de todo el aire que le permitieran sus pulmones, "¡yo sé que tú puedes!", y eso fue más que suficiente para tomar un último impulso, y tomar la mano de él con fuerza, siendo impulsada por este último hacia lo poco que quedaba de cubierta. "¡Oh, Terry!", lloró con sentimientos entremezclados, pues su alegría de verlo se vio empañada por la visión del bote cayendo despedazado al mar... "No podía subir a ese bote sabiendo que tú...", sus palabras se perdieron en el vacío al imaginar la imagen de Terry en la lejanía mientras el Vestris lo llevaba consigo al fondo del océano, y bajó la cabeza, dejando que las lágrimas rodaran por sus mejillas. Entonces sintió unos fuertes brazos rodeando su cintura, y antes que pudiera percatarse de ello, Candy se encontraba refugiada en brazos del hombre que estuvo dispuesto a dar su vida por la de ella. "¡Oh, Terry!", sollozó sobre su hombro, descansando las manos sobre el cálido pecho de él, advirtiendo que el corazón que habitaba bajo el mismo palpitaba a gran velocidad.

Conteniendo su propio llanto para no asustarla ante la inminente partida de ambos del mundo terrenal, Terry afianzó el abrazo, y sin despegarse de ella le dijo al oído: "Siempre supe que eras toda una experta saltando de cuerda en cuerda, como Tarzán a través de las lianas", y ambos rieron ante el absurdo de la situación. ¡Qué patética manera de morir! Terry se mantuvo así, abrazado a ella hasta que el mar se dispusiera a acogerlos en su regazo. ¡Vaya momento el que ella había seleccionado para derribar sus defensas, aunque no fuera por completo! Sin embargo, un pequeño bulto en el pecho de ella amenazaba con raspar ambas pieles, y lo más frustrante era que jamás descifraría el secreto de lo que a todas luces era un sobre. 'Debe tratarse de algo muy importante para haber sido el único objeto que decidiera llevar consigo...' Pensó en la deteriorada valija que descansaba en una esquina del camarote de ella, la misma que había alcanzado a ver cuando ella arribara al puerto de Londres en el Mauritania, y que más tarde ayudaría a llevar a su agridulce reencuentro en Nueva York. 'Me pregunto qué es lo que te acompaña y qué es lo que dejas atrás...' "Nunca antes me había alegrado tanto de que no me hubieras hecho caso", admitió, "si te hubieras quedado en el bote, no me lo habría perdonado..."

Ella se apartó de golpe. "¡No soy Susana!" Se llevó un puño a los labios antes que el atisbo de celos en sus palabras repercutiera en la mente de Terry, mas no tuvo tiempo siquiera de preparar una creíble explicación pues un nuevo estruendo se apoderó de la embarcación...

¡BURRUMMMMMMMFFFPPPPPPRRRRRRTTTTTTT!

El Vestris, que horas antes estaba inclinado de lado, ahora comenzaba a voltearse por completo, y Lionel, quien había tomado una prudente distancia de la pareja de... ¿esposos, amantes?, decidió que había llegado el momento de hacer una ofrenda a Dios en agradecimiento por todas las cosas buenas que le había dado la vida... la de ayudar al prójimo, y para ello habría de sacrificar su propio escape del naufragio. Con envidiable equilibrio, apartó unas tablas de madera que había colocado horas antes cerca de las cuerdas, revelando un minúsculo y austero botecito de madera, sin remos adentro, y haciendo ademán a los abrazados jóvenes para que prestaran atención, confesó: "Era mi primer bote, y quería que quedara sepultado en el barco", y sin perder más el tiempo en reflexiones exclamó: "¡Sólo hay cabida para dos personas!"

Con mucho pesar, Terry se apartó de una temblorosa Candy. "¡Estás a punto de morir ahogado, Lionel! ¿Sólo hasta ahora se te ocurre mostrar ese bote?"

Candy se hizo eco de las palabras de Terry. "¡Sube al bote, Lionel!", suplicó.

Pero el marinero no iba a dar marcha atrás. "Estaré bien, se los prometo... ustedes sobrevivirán, y yo también... pronto tendrán noticias de Lionel Licorish", y sin previo aviso, dio un azote a Terry en la cabeza, haciendo que el actor cayera de bruces sobre el pequeño bote. "¡Terry!", gritó ella, agachándose para revisar que él no estuviera herido de gravedad, y en eso sintió que era empujada, de igual manera, al interior del botecito, y antes que se diera la vuelta para reclamar a Lionel al respecto, este último, con la fuerza de cuatro hombres, empujó el bote que ya comenzaba a conocer los embates marinos; y aunque el mar estaba en calma contrario a la noche anterior, un enorme remolino empezó a formarse alrededor del barco, llevándose el Vestris consigo, mientras Candy se colocaba boca abajo sobre Terry, extendiendo los brazos a ambos lados del estrecho botecito para evitar que el repentino vaivén de las olas los sacara de balance y los hiciera voltearse. Al no tener remos, no era posible controlar la dirección del pequeño bote, y al no tener la manera ni el control de mirar por encima de la embarcación, no tenía idea de cuán cerca se encontraban del resto de los botes.

El mar continuaba agitado por el recibimiento de un nuevo hijo del naufragio, y al cabo de unos minutos, las náuseas se apoderaron de ella. Tanto el mareo ocasionado por el fuerte oleaje como la falta de alimento terminaban ahora por debilitar su organismo, y de seguro Terry, quien aún no despertaba del golpe, debía estar igualmente indispuesto. De pronto, sintió una fuente de calor entre sus piernas, y al mirar de reojo desde el lugar donde estaba, un torrente de sangre impregnaba las ropas de ambos, y a pesar de la situación, Candy comenzó a reír a carcajadas. "Tenías razón, Terry... ¡sí me llegó el flujo después de todo! Y continuó riendo, hasta que el mar finalmente se fue apaciguando, a lo que ella apartó los brazos de los bordes del bote, colocándolos sobre el pecho de Terry. "Aún respira, y su cuerpo sigue caliente", murmuró con suavidad... y de la risa pasó al llanto, agradecida a Dios por la nueva promesa de vida que había otorgado a ambos. "Gracias, Padre Celestial", lloró sin reservas, "si estamos aquí, es porque aún hay esperanza...", y entonces el sol impartió su castigo en ambos, y Candy supo que estaba por perder el conocimiento, no sin antes concebir un último pensamiento en su drenado ser: "Gracias, Lionel...", y en silencio rogó a Dios porque las palabras del marinero fueran, más que ciertas, proféticas, y que en efecto, un milagro del Señor lo mantuviera con vida... y a modo de agradecerle tan enorme gesto de bondad, resolvió luchar por su vida y la de Terry, aunque luego volvieran a tomar rumbos separados. Al final, todo se volvió oscuro en su entorno, y sintió que cayó en un profundo abismo, no sin antes rogar al Todopoderoso porque Terry volviera en sí.