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MAR BRAVIO
por
Astrid Ortiz
(Eiffel)
CANDY CANDY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 1976.
FINAL STORY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 2010.
Capítulo 5
Una corriente de aire la despertó. ¿Acaso era un sueño, o había escapado, ilesa, de la tragedia de un barco? Tantas personas que habían quedado dentro del Vestris, tantas mujeres y niños en ese bote... se incorporó de repente, estudiando el litoral a su alrededor. ¿No se suponía que estuvieran cerca del resto de los botes con los otros sobrevivientes? Entonces recordó que no se encontraba en un bote de rescate como los demás, sino en un frágil barquito sin remos. ¿Cuán lejos se había apartado de los otros? A la distancia, el sol se ocultaba en el horizonte, lo que indicaba que llevaba varias horas así, con el bote de Lionel adornando el tranquilo paisaje marítimo, por lo que no tenía a más nadie en el inmenso silencio de las aguas, a excepción de-
"Padre Celestial", dijo con voz entrecortada, agradecida por el milagro de estar viva, y de haber sobrevivido justamente con él... con Terry. "Gracias por haberle salvado la vida", continuó entre lágrimas, "y por no dejarme sola en medio del mar, sino acompañada por él", y continuó llorando en silencio, por ella, por Terry, y por todos los que perecieron, entre los que pudiera encontrarse el mismo Lionel. "Prometo contar a todos tu gran valor", determinó; y sin abundar más en los designios de Dios, se dio la vuelta, y allí estaba, como todo un valiente soldado que había eludido su partida de este mundo. "Terry", susurró, con la musicalidad de pronunciar el nombre del ser amado, "espero que el golpe no te haya causado un gran daño...", y de nuevo, sus pensamientos se detuvieron en Lionel, y en el extremo al cual había llegado el marinero para hacer que ellos subieran al bote. "Aunque no debiera, te doy las gracias por haberlo golpeado", reconoció, pues de no haber sido así, otro hubiera sido el desenlace para ellos, aunque ahora que se encontraban solos por completo, y sin un solo buque a la vista para rescatarlos, no descartaba la posibilidad de morir deshidratada, y lo mismo ocurriría con Terry. Con manos de seda, revisó la cabeza de él, asegurándose que este último no tuviera una cortadura, y mucho menos una hemorragia a consecuencia de la piadosa contusión a manos de Lionel... y entonces le asaltó un terrible idea. ¿Qué tal si Terry perdiera la memoria como Albert, y no recordara nada sobre su pasado, o peor aún... cómo reaccionaría el mundo entero si lo diera por muerto? "Cuando la señora Baker se entere, estará desesperada, y es posible que el duque de Granchester también... y sus fanáticos estarían destruidos." No había pensado en el gran dolor que empañaría, no sólo a los familiares de todos los fallecidos, que eran muchos, sino a los allegados de ellos... y sintió un nudo en la garganta al pensar en la señorita Pony y la hermana María, sus amigos, Bert. "Ellos me necesitan", dijo, mirando al cielo en busca de apoyo, "¡no puedo causarles un sufrimiento tan grande!", y se derrumbó en sollozos, asimilando finalmente la trascendencia de lo que estaba ocurriendo. Estaba a la deriva, a merced de Dios y del primero que se apareciera en las apacibles aguas, y para hacer más desconcertante el panorama, Terry también ocupaba el bote, aunque aún no reaccionaba. Se llevó las manos al rostro, y lloró de impotencia, de cansancio, de hambre... ¡ni siquiera habían tomado el desayuno esa mañana! En eso, dejó descansar las manos sobre la falda de su ajado vestido, y fue entonces cuando atinó a ver el lago de sangre a lo amplio del vestido, así como en el fondo del bote, y en las ropas de Terry. "¡No pude haber sangrado tanto!", exclamó en voz alta, incapaz de haber sufrido una hemorragia a causa de su período, "a estas alturas ya me hubiera muerto"... y recordó el instante en que había ayudado a colocar un vendaje en la cabeza de la pasajera mal herida. 'Pronto olerá mal', pensó, con la pena de haber estropeado las vestiduras de Terry, quien respiraba profundamente. Al igual que ella, tenía la piel rosada por las quemaduras del sol, y los labios resecos por la falta de líquido... y en un gesto inconsciente, Candy rozó, con el dedo índice, el pliegue de aquellos labios que con tanto afán la habían besado la pasada noche. Terry... tan hermoso como siempre, con peinado y garbo de hombre, y unas no menos atractivas facciones, parecía dormir plácidamente, a menos que la deshidratación estuviera haciendo mella en él. Ignorando su exacerbado sentido de alarma, y sin poder evitarlo, deslizó los dedos hasta trazar la forma de la perfilada nariz, bajando luego al pronunciado mentón, y su mano se encendió como una antorcha al sentir el calor de la masculina piel. Continuó explorando los contornos de ese rostro que había echado de menos por más de diez años, hasta que finalmente se acostó de lado, apoyando la cabeza contra el codo, mientras delineaba la espesura de sus perfectas y bien pobladas cejas. "Aún no puedo creer que estés aquí", susurró, con el corazón hinchado de emoción, "pero no debiste haberlo hecho, pues ahora tu vida también corre peligro...", y siguió esculpiendo el rostro del actor, con la delicadeza de una rosa, y también con la destreza de una enfermera. Luego pasó la mano por el ahora voluminoso cabello, asombrada de que en sólo cuestión de días ya hubiera adquirido mayor grosor-
"Me avisas cuando pueda dejar de posar para tu pintura, Tarzán pecosa."
"¿Eh?" Candy retiró la mano de la cabellera de Terry, y al mirarlo, él sonreía con debilidad, con el azul zafiro de sus ojos clavados en los de ella... y sorprendida en el acto de haberlo acariciado con ternura, ella dio un brinco hacia atrás, cayendo de espaldas contra el borde del botecito, haciendo que se volteara hacia un lado; y antes que cayera sumergida en el poderoso océano, él la sostuvo por las muñecas, y la incorporó en el fondo de la angosta embarcación. "¡Te tengo!", exclamó en señal de victoria.
Ella se arregló el manchado vestido. "¡Me asustaste!", reclamó ella con enfado, "y yo que quería asegurarme de que estuvieras mejor-"
El se cruzó de brazos, mostrando su arrolladora sonrisa. "¿Quién asustó a quién? Aquí estaba, dormido o inconsciente, y de repente siento algo escurridizo pasando por mi cara", y al verla sonrojarse añadió, sólo para molestarla un poco, "pensé que era un lagartijo". Con el cuerpo entumecido por haber estado largas horas en la misma posición, se recostó al lado opuesto de Candy. "Ese Lionel sí que me sorprendió...", y comenzó a reír a carcajadas, ante la estupefacción de ella, quien no podía creer que él tomara el naufragio a la ligera, a menos que el golpe recibido en la cabeza sí le hubiera afectado par de neuronas después de todo. "¡Esto no es gracioso!", gritó con furia.
Pero lejos de tomar a broma la situación, Terry observó de reojo a la ágil enfermera que había burlado un triste desenlace en el bote salvavidas para... ¿estar con él? Contrario a lo que aparentaba, estaba aterrado de haber despertado en medio del mar, sin ningún medio de transportación marítima a la vista de ellos. Por segunda vez en su vida, una persona había arriesgado su vida para salvarlo, aunque esta vez fueron cientos los que se ahogaron, cientos que no pudieron hallar otra oportunidad en la vida, cientos que no tuvieron la suerte de caer rendidos en el diminuto bote de un marinero... y mucho menos al lado de la mujer amada. Así pues, y a diferencia de la negra noche donde hubiera deseado haber perdido su pierna en lugar de la de Susana, resolvió hacer todo lo que estuviera a su alcance para mantenerse con vida... por ella, por su Candy pecosa, pues no podía darse el lujo de morir y dejarla desamparada en medio del mar. Con el corazón henchido por la grandeza de estar vivo junto a ella, cerró los ojos para no dejar escapar un sollozo que amenazaba con romper el silencio del Atlántico. "Apuesto mi carrera a que el infeliz está vivo", dijo con voz grave, alivianando la tensión de haber estado tan cerca de la muerte, posibilidad que no debía ser descartada en pleno naufragio.
Habiendo olvidado su enojo luego de haberse perdido en los azulados ojos de él, ella lo miró con asombro. "¿Te refieres a Lionel?"
Terry sonrió a la mujer que lo había besado con desenfado cuando ambos creyeron que habían llegado a su fin. "Estoy casi seguro que ese tipo nada mejor que un pez."
Ella le devolvió la sonrisa, aliviada por no ser la única con el presentimiento de que le aguardaba un buen destino al moreno. "Tienes razón. ¡No iba a regalarnos el barco por nada!", y ambos estallaron en risas, liberando la tensión de haber sobrevivido. Así estuvieron unos minutos, hasta que ella se calmó, y encogiéndose de hombros preguntó: "¿Por qué tantas personas murieron y nosotros no?"
Terry cesó de reír. Si en algo tenía vasta experiencia, era en lidiar con los remordimientos, aunque no siempre lo hiciera de la mejor manera. Agarrándola fuertemente por los hombros, exclamó: "¡Escúchame bien, enfermera pecosa! Ya he tenido bastante de sentirme culpable, y de que otros me hicieran sentir culpable, para que encima tú también te lamentes por no haberte ahogado con los otros! ¿Dónde quedaron la fe y los valores que te enseñaron en el hogar de Pony?"
Ella lo desafió con una intensa mirada y una temblorosa quijada. "¡No me siento culpable de nada!"
"¿Ah, no?", la miró con incredulidad. "¿Entonces por qué cuestionas el destino?"
"¡Porque no es justo que unos estén vivos y otros no!"
"Muchas cosas no son justas en esta vida, Candy", dijo él con mucha seriedad, "y a pesar de todo, debemos seguir adelante... yo lo hice una vez, y tú también-"
"Si hubieras seguido adelante", refutó ella, "no habrías abordado el Vestris sólo para estar con una chica que te gustaba en el pasado..."
"Porque una cosa es seguir hacia adelante y otra muy distinta es no dejar perder las oportunidades", sostuvo él con firmeza, "y no, tú no eres una chica que 'me gustaba' en el pasado... eso quedó muy claro las dos ocasiones que nos hemos besado-"
"¡Contra mi voluntad!"
"¿De veras?" A pesar de su debilidad por no haber ingerido alimento desde que cenara la noche anterior en el Vestris, avanzó hacia ella de tal manera que quedó aprisionada en el cóncavo espacio del botecillo. "Pues eso no fue lo que me pareció", y la tomó de la cintura, sólo para encontrarse con que la ropa de Candy estaba impregnada de una extraña humedad. "Es sangre", afirmó, siguiendo con la vista el camino rojo que se extendía al fondo del bote, y a su misma ropa. "¿Te encuentras bien, pecosa?", preguntó.
Candy levantó la mirada al percibir la preocupación en la voz de Terry. "Tenías razón sobre mi flujo... comenzó justo cuando Lionel nos lanzó al bote", se disculpó, "y creo que tenemos manchas de otras personas también."
El emitió una risilla. "Sólo bromeaba cuando decía que estabas en tu período", contempló la sangre distribuida por todo el bote, "aunque ahora que lo pienso, debería abandonar la actuación y dedicarme a ser un clarividente..."
Con el corazón saltando de alegría al verlo preocupado en un inicio, ella cruzó los brazos sobre su pecho. "¡No te burles del sangrado de las mujeres!"
Pero Terry no pensaba precisamente en el charco de sangre que arropaba la barca, ni en el mal olor que comenzaba a permear en el lugar. La presencia del fluido rojo atraería fácilmente a los tiburones, y era sabido en todo el mundo la gran cantidad que de dicha especie abundaba en el Atlántico... y como si ella hubiera leído parte de sus pensamientos-ojalá e hiciera así con todo- Candy preguntó: "¿Dónde estamos?"
El frunció el ceño en busca de posibles respuestas. "La última vez que escuché hablar a algunos de los marineros, mencionaban que el Vestris se encontraba cerca de las costas de Virginia-"
"¿Tú lo sabías, verdad?"
El la miró sin comprender. "¿Saber qué?"
Ella fijó la mirada en un pequeño objeto flotando cada vez más cerca de ellos, bajo el sol del atardecer. "Sabías que el barco no resistiría mucho tiempo... y ayudaste a transportar la carga del barco hacia otro lado, y fue así como te lastimaste el cuello", dijo con resignación, esperando que el objeto que flotaba estuviera más cerca del barquito. Cualquier cosa, cualquier artículo que descansara sobre las aguas amansadas por el apacible calor de la tarde, sería un motivo perfecto para distraerse, y olvidarse del vasto cuerpo de agua que los había tomado como prisioneros. "¿Por qué no me dijiste, Terry?"
El clavó sus ojos en los de ella. "Porque abordé el barco para estar contigo, y no para perder el tiempo pensando en cómo iba a morir", se colocó de lado para cambiar de posición, de manera que el Sol no infiltrara más rayos en su cuerpo. "Deberíamos aprovechar el momento y hablar de varios asuntos... te aseguro que no habrá nadie que nos interrumpa."
Candy sabía muy bien a qué se refería. Tomando ventaja de la cercanía entre ambos, y de la soledad en la que se encontraban, Terry haría hasta lo imposible por extraer de ella alguna confesión de amor, y ella no le daría ese gusto; además, no merecía tenerlo, ni siquiera estar a su lado... como ahora, en que ambos luchaban contra el cansancio y la inanición. Entonces decidió mantener el control de la conversación si no quería perder la cordura en medio del mar, aunque en el fondo se alegraba de oírlo decir que había comprado un pase para abordar el Vestris... por ella. "De acuerdo", dispuso al fin, tomando las riendas del juego, "hablemos sobre nuestros amigos."
Terry pasó una mano por su rostro, conteniendo los deseos de reír. Sabía que Tarzán pecosa evadiría a toda costa hablar sobre ellos, aunque en pleno naufragio, el no hallar un tema de conversación repercutiría en el estado de ánimo y la sanidad mental de ambos. "¿Te refieres a la gordita, a la tímida y al elegante?", preguntó, encantado de que ella estuviera dispuesta a conversar con él, aunque sólo se tratara de temas en común o de trivialidades.
Inclinándose un poco, y estirando el brazo hasta tomar el objeto que jugueteaba con el mar, Candy respondió: "Son Patty, Annie y Archie... Stear murió."
"Ya lo sabía", admitió él, "la noticia fue publicada en casi todos los periódicos."
Luego de afirmar con la cabeza, Candy continuó. "No he tenido mucha comunicación con Patty, está en Florida, con la abuela Martha, y aún no se ha casado-"
"¿Insinúas que sigue pensando en el inventor?"
Ella se rascó la cabeza como solía hacer desde que tenía uso de razón, gesto que no pasó desapercibido para él. "No lo sé", contestó, "pero sí tengo noticias de Annie y Archie, y ahora que están casados, han sido muy felices..."
"Tan felices que apenas han tenido tiempo de verte", sostuvo él.
Candy alzó la barbilla con el mismo desafío con que lo había enfrentado en sus pasadas discusiones en el colegio. "¡No es como lo estás imaginando!", exclamó con indignación, "No soy quién para molestarlos ahora que son esposos-"
"Pero sí fuiste capaz de romper una relación y crear otra a la fuerza", dijo Terry en un impulso, y enseguida se arrepintió de sus palabras. No era el momento ni el lugar adecuado para echar sal a las heridas, y mucho menos para repartir culpas, de las cuales él tomaba gran parte. Cómo náufragos, lo ideal era mantener la cordialidad entre ellos, y no crear discordia por ningún motivo... aunque ya era demasiado tarde, pues si bien Candy no había emitido respuesta alguna a su sarcasmo, la sola mirada de ella bastaba para congelar las más placenteras playas. "No me mires así", dijo sin pensar, incapaz de poner orden a sus pensamientos, "sabes muy bien que lo que digo es cierto..."
"No voy a caer en el juego de hablar sobre nosotros", reiteró ella al fin, luego de haber probado el sabor amargo de la verdad en labios de Terry, "habíamos acordado conversar sobre otras cosas..." Sin embargo, un incómodo silencio reinó en la austeridad del bote, y en la fastuosidad del mar. Sin atreverse a mirarlo, pues temía encontrar más revelaciones en la profunda mirada del actor, acarició con sus dedos la pieza que había rescatado del mar. Un collar en forma de corazón, bañado por la corrosión del agua salada y el sol, resplandecía en la tarde, y Candy siguió tocándolo con las manos, hasta que la yema de su pulgar dio con un filo puntiagudo apenas perceptible por el desgaste de la joya, y ella, llena de curiosidad, oprimió el mismo con todas sus fuerzas, abriendo el corazón de un solo golpe. "¡Oh!", exclamó, al ver que el contenido estaba vacío.
Avergonzado por su errático comportamiento-vaya que el hambre y el naufragio afectaban la mente de las personas-Terry se inclinó hacia adelante. "¿Qué es?", preguntó con interés.
En silencioso acuerdo para hacer las paces, al menos con respecto a ciertos asuntos, ella le mostró el collar. "Es un corazón donde se guardan fotografías", indicó, "pero no tiene nada adentro..." De pronto, abrió los ojos desmesuradamente. "¿Qué tal si era un obsequio?"
El se acostó de espaldas en el fondo del bote, en el único espacio que no estaba cubierto por la sangre que aún brotaba del cuerpo de ella... dado el tamaño reducido de la embarcación, no podía estar mucho tiempo en una misma posición. "Si hubiera sido yo quien hubiera hecho el regalo, habría colocado una foto mía a ambos lados."
"¡Eres un presumido!"
"Si lo fuera, hubiera subido al Mauritania y no al Vestris", dijo divertido, "o estuviera en la mansión Granchester, gozando de lo lindo con la fortuna de mi padre mientras la cara de cerdo de su esposa y mis medios hermanos insultan a la oveja negra de la familia."
Una vez más, Candy guardó silencio. Cualquier intento de sostener una conversación civilizada con él desembocaba en viejos recuerdos que no convenía desempolvar. ¿Cuántas veces no se había equivocado al juzgarlo por su carácter, su mala relación con sus padres, su negativa a recibir un solo centavo del duque de Granchester, cuando el tiempo había demostrado todo lo contrario, que a muy temprana edad él había tenido que labrar su propio futuro sin depender del dinero de otros, e incluso asumir la tutela de una mujer desvalida? Poco a poco, fue repasando los nombres de las personas que lo habían rodeado a través de su vida, deteniéndose en una persona en particular... '¿Qué ha sido de la señora Marlowe?', preguntó en su interior, con una alarma de pánico encendiéndose sin motivo alguno, '¿sigue estando presente en la vida de Terry, o acaso la abandonó en cuanto Susana murió?' Una parte de ella se sacudió con el efecto de una terrible corazonada. ¿Cómo había tratado la señora Marlowe al hombre que estuvo a punto de convertirse en su yerno? 'Demasiado para Terry... tuvo que manejar la fama y el deber a la vez', pensó con remordimiento, 'contrario a mí, que tuve que refugiarme en el hogar de Pony para no volver a salir, hasta ahora...', y del enojo pasó a la admiración, pues Terry, luego de haber superado su alcoholismo y el precio de la fama, había mostrado mayor capacidad que ella para mantenerse a flote en estos tiempos tan inciertos. 'Trataré de estar alegre y olvidar que estamos a la deriva', decidió, para el bien de él... de los dos. "¿Por qué mejor no colocar una de Teodora?"
Terry se frotaba las sienes para combatir un dolor de cabeza que se avecinaba... gracias a Lionel. "¿Te refieres a mi animal?" Y al ver que ella mantenía sus esferas esmeralda muy abiertas, rompió a reír a toda voz. "¡No has cambiado nada, Candy... jajajajajajajaja!" Y al oírlo, ella comenzó a reír también... después de todo, no sabían si estarían vivos mucho tiempo, así que lo mejor era buscar el lado bueno de las cosas, y si fuera necesario, hallar un poco de humor en medio de tanta incertidumbre. Le encantaba oírlo reír, como una dulce melodía que complementaba sus sentidos. La risa de Terry, sarcástica, graciosa, sensual... como fuera, era un imán que la atraía con gran fuerza hacia él. "¡Jajajajajajaja!", rieron al unísono, a medida que caía la noche; mas no se habían percatado de ello, pues de tanto reír habían cerrado los ojos, hasta que Candy recordó que si mantenía sin abrir los párpados por tiempo prolongado, los vencería el sueño, y sucumbirían ante la deshidratación. Fue así como ella abrió los ojos de golpe, y al toparse con una perversa y neblada oscuridad con un toque de luna llena, aprovechó que Terry continuaba con su tragicomedia de risas, y de un tiro extrajo el sobre de su pecho, doblándolo en cuatro partes, y con suma dificultad lo extrajo el sobre de su pecho, doblándolo en cuatro partes, y con suma dificultad lo colocó dentro del collar, colocando el mismo sobre su cuello.
"¿Por qué lo escondes?"
Candy volvió a dar otro brinco de sorpresa; para el próximo, ya estaría varios pies bajo la superficie. "¿Por qué escondo qué?", preguntó, sin lograr disimular el rubor en su rostro.
Frotándose el rostro en señal de cansancio, él respondió: "Ese papel que ocultabas en el pecho, y que ahora colocaste en el collar pensando que yo no estaba observando-"
"¿Estabas viendo mi pecho?", cuestionó ella con una mal improvisada indignación; lo cierto era que le encantaba la idea de que él la hubiera mirado de... cierta manera. ¡Ella no era de piedra! Sentía y padecía como toda mujer normal, aunque no quisiera demostrarlo.
El retrocedió, sorprendido del celo con el cual ella mantenía esa envoltura fuera de su vista. "¿Por qué tanto misterio, pecosa... acaso es nuestra acta matrimonial? Y antes que me contestes: sí, te vi y también te miré. ¿Algún problema con eso?"
Candy iba a abrir la boca para protestar, mas no lo consiguió al escuchar el tono jocoso de aquellas palabras, y sintió deseos de volver a reír, pero sabía que él no descansaría hasta hacerla revelar el secreto del sobre. "Es un documento importante que tengo que llevar a Barbados, como parte de mi trabajo", señaló, "y fue lo único que pude rescatar de mis pertenencias." De pronto, pensó en toda la indumentaria obsequiada por sus amigos en el hogar de Pony, y sintió un nudo en la garganta por haberlas perdido, así como a su vieja e inseparable valija. 'Es como abandonar una parte del pasado', descubrió, y al mirar a Terry buscando una reafirmación de sus pensamientos, éste la observaba con escepticismo. "No sabes mentir, Tarzán pecosa", dijo con voz grave, "y como actriz morirías de hambre..."
"¡Eres un grosero y un irrespetuoso!", gritó ella con cólera, y se abalanzó sobre él, cansada de sus bromas de mal gusto y para nada graciosas, ¿o sí lo eran? De todos modos, bien valía la pena darle su merecido por molestoso y entrometido... "¡Ahora verás! Pero él esquivó el avance de la enfermera, en un movimiento tan brusco que le sobrevino una nueva punzada de dolor en el lugar donde Lionel lo había golpeado, y Candy, como toda profesional, se percató rápidamente de ello. "¡Terry!", exclamó, procediendo a auscultar, haciendo uso de sus manos, la cabeza y cuello del duque. "¿Terry, te sientes bien?"
Esbozando una débil sonrisa, Terry pasó una mano por los tensos músculos de su cuello. "No es nada que no pueda soportar, enfermera Granchester... aunque el estar con sed y apiñados aquí en el bote no aporta nada a la situación..."
"Sed y hambre", aclaró ella con un guiño de ojo al sentir un gruñido en su propio estómago, sonido que fue percibido por él. "Vaya... a eso se le puede llamar un buen concierto estomacal, y no hay que pagar entrada", y una vez más, ambos dejaron escapar su risa, tal vez innecesaria, a consecuencia de la sensibilidad producida por el naufragio. Entonces, él se calmó, y aguardó a que ella dejara de reír y le dijo: "No tienes que llorar por mí, Candy, seré tuyo cuando así lo decidas."
"¿Eh?" Candy se sonrojó ante el comentario. Con la guardia baja, había sido objeto de las insinuaciones amorosas de él. Sin embargo, una gota que rodaba por una de sus mejillas llamó su atención. "No son lágrimas sino...", y antes que terminara de explicar, un intenso torrente de lluvia caía sin cesar en todo el lugar. "¡Rápido!", exclamó ella con alegría, "¡debemos beber!", y uniendo las palmas de las manos, las alzaron en el aire, y en cuanto las mismas se llenaron del preciado líquido, sorbieron del mismo como si se encontraran en un árido desierto en lugar de un amplio océano. Había que tomar cada oportunidad que se presentara para preservar su supervivencia, pues ambos tenían seres queridos en sus respectivas ciudades que llorarían amargamente su partida del mundo de los vivos. Ella volvió a levantar las manos al cielo, no sólo para recibir una nueva porción de agua, sino además en acción de gracias al Creador por haberles provisto un modo de hidratarse. "Es el manjar de los dioses", indicó Terry, sirviéndose por tercera ocasión, "y también ayudará a borrar un poco las manchas de sangre, así como el olor."
"Me temo que algunas de esas manchas no desaparecerán", dijo ella con timidez. ¡Nunca antes había tenido semejante accidente con su período! Y vaya manera de tenerlo, frente a nada más y nada menos que Terry, aunque él se había mostrado comprensivo al respecto. "¡Podría llenarme la panza sólo con agua!"
"Eso nos conviene mucho", rió él, feliz de verla animada al recibir aquel maná del cielo, "no sabemos cuánto tiempo pasará antes que probemos alimento, si es que no se nos olvida hacerlo..."
"¿No podemos tratar de pescar?", preguntó ella con curiosidad.
El negó con la cabeza. "¿Y ser la cena de los tiburones? No olvides que llevamos un lienzo de sangre en nuestras ropas, y ni hablar del interior del bote... no sé cómo no nos han acechado aún." Y al ver que ella volvía a bajar la cabeza con pena, él exclamó: "¡Por todos los cielos, Candy! ¿Crees que nosotros los hombres no sabemos cómo lidian ustedes con el sangrado?" Entonces se detuvo, al rememorar el sinnúmero de ocasiones en que Susana había comenzado su ciclo sin previo aviso corporal, a lo que él, a instancias de la madre de la actriz, la ayudaba a levantarse, siendo él, y no la señora Marlowe, quien limpiaba los rastros de sangre de la silla de la enferma. Guardó silencio, mientras Candy tomaba un poco más del agua de lluvia, hasta que sintió que sus huesos se acalambraban de frío, y comenzó a temblar diciendo: "Estamos empapados, mona con pecas... y cualquiera de los dos pudiera desarrollar una fiebre-"
Satisfecha con la cantidad de agua que había bebido, ella exclamó: "¡No podemos hacer nada para ocultarnos!" De repente, la helada lluvia comenzó a dar resultados en la temperatura de su cuerpo, y al igual que él, comenzó a tiritar de frío. "Tttttttranqqqqquillllo... pppppprrrrooooonnntto... pppppaassssssarrrrrá", balbuceó, con sus dientes rechinando por la frialdad de la noche. En eso, un fuerte viento comenzó a mover el bote de un lado a otro, y Terry sostuvo con fuerza uno de los bordes. "De prisa, Candy... ¡corre al otro lado!"
Sin tiempo que perder, ella se aferró al otro extremo del barquito, si en verdad se le podía llamar así... y en menos de un minuto una impetuosa tormenta había arropado el Atlántico. "¡Sostente, Candy!", volvió a gritar Terry, con voz casi inaudible, ya que el viento se había encargado de acallar los sonidos humanos. ¡No podía permitir que el bote se volcara! De ser así, la intensa marejada terminaría por separarlos, con una muerte segura... y despacio, muy despacio, extendió una mano hacia ella, pues el oleaje causaba que el bote se moviera con errática violencia. "No te muevas", suplicó en voz baja, pues era muy poco probable que ella pudiera escucharlo, "¡pero tampoco me sueltes!", y en medio de la tempestad, vio en los ojos de ella una sabiduría como nunca antes había visto en ninguna otra mujer. "Confío en ti, Terry", susurró al viento, esperando que el mismo llevara el mensaje al otro lado... y sostuvo la mano de él con fuerza, mientras que con la otra agarraba con firmeza el filo del bote. A pesar de lo reducido del espacio, el mal tiempo se había encargado de abrir distancia entre ellos, creando una absurda lejanía cuando apenas se encontraban a escasos centímetros el uno del otro... hasta que avistaron una ola de gran tamaño, y entonces Terry afianzó aún más el contacto. 'Si he de morir, que sea a su lado, tomados de la mano', pensó en su interior, 'nunca más la volveré a dejar ir...', y en un súbito momento de inspiración, soltó fugazmente la mano de la rubia, y se arrancó la camisa, acrecentando el frío de la lluvia y de la niebla. "¿Qué estás haciendo?", preguntó Candy en voz alta.
El no contestó, pues debía apresurarse. Rasgando la camisa lo suficiente para estirar las mangas, hizo un nudo a ambos lados del barco, que ya comenzaba a dar indicios de sucumbir a las fauces del mar; y sin más preámbulo colocó a Candy bajó la prenda de vestir, mientras él hacía lo propio, quedando ambos bajo la protección de la empapada camisa.
Debido a lo estrecho del bote, ambos quedaron apretados el uno contra el otro. "Nunca antes había estado sin camisa", admitió él, "y me siento incómodo sin ella..."
Pero Candy no profirió palabra alguna, pues tenía los párpados muy apretados, para no mirar el torso desnudo de él. "No te preocupes", susurró, acompañando el silbido del viento, "yo... entiendo...", y permaneció así, con los ojos cerrados, manteniendo a raya cualquier pensamiento físico sobre él... hasta que la gigantesca ola que habían presenciado los alcanzó, y aunque el bote se mantuvo en su lugar, la conmoción del ancho mar había sido tal que ambas cabezas chocaron con fuerza, y antes que la vista se le nublara por completo, Candy albergó un último e inquietante hallazgo: 'Confío en ti, Terry... en quien no confío es en mí.'
