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MAR BRAVIO
por
Astrid Ortiz
(Eiffel)
CANDY CANDY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 1976.
FINAL STORY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 2010.
Capítulo 6
Un pegajoso sudor había ceñido su vestido al cuerpo, y la sangre derramada no la ayudaba a sentirse fresca; no obstante, sentía que descansaba sobre una cómoda superficie. 'No es una cama', pensó Candy, sin abrir los ojos, que estaban muy pesados. De pronto, recordó los eventos de los pasados días, y en un esfuerzo sobrehumano, despertó y se sentó de golpe en lo que a todas luces era una mesa de trabajo. "¿Terry?" ¿Acaso era un sueño, o estaba sola en una habitación que parecía moverse a un ritmo particular? 'Un buque', descubrió, acogiendo con familiaridad el repetitivo movimiento, y la brisa del viento mañanero. ¿Cuánto tiempo había transcurrido luego que quedaran atrapados en medio de la tormenta... y dónde estaba Terry?
Observó el espacio a su alrededor. La habitación aparentaba haber sido una oficina, ahora vacía y desprovista de equipo alguno, a excepción de una polvorienta silla y la mesa donde había despertado. "Nos han rescatado", dijo en voz alta; pero lejos de alegrarse por estar fuera de peligro, una extraña cautela se apoderó de ella por completo, imposible de explicar. Debía estar radiante de felicidad por viajar rumbo a puerto seguro, o de regreso a Nueva York, dependiendo de la ruta que siguiera el barco, no obstante... el incómodo silencio, y la calma que imperaba en la nave, sin que se percibiera ningún sonido notable, resultaban inquietantes. Tembló de frío al pensar en la posibilidad de haber quedado separada de Terry, y que no viajara en el mismo barco que ella, o peor aún, que no hubiera sido rescatado del bote del Lionel... y al continuar tiritando, halló la razón de su escalofrío. "Estuve con fiebre", murmuró, mientras se daba la vuelta para volver a examinar los alrededores. "Oh, no", se lamentó, "mi período aún no termina, y la mesa está manchada en sangre...", y se auscultó el cuerpo para asegurarse de no haberse lastimado durante la pasada tormenta. De pronto, recordó el oxidado collar que había extraído de las aguas, y lo encontró, atrapado en las planicies de sus pechos. "Es como si no lo llevara puesto", rió, levantándose de la mesa... y para su sorpresa, una charola con un suculento desayuno la esperaba justo en el marco de la puerta. Corrió a levantar la misma del suelo, y sin encomendarse a nada, engulló todo el emparedado, y se atiborró de frutas, sin quedar una sola migaja de comida en el plato. "Aún estaba caliente", dijo con alegría al sentir su estómago repleto, "¡si tan sólo Terry estuviera aquí para comer conmigo!" Entonces recordó que tenía una tarea pendiente: encontrar a su amigo. Dejando la charola sobre la silla, giró el pomo de la puerta para salir, pero al hacerlo, un grupo de tres fornidos marineros, con los rostros sucios y aliento fétido, la miraban a través de espesas barbas, con una indescifrable expresión en sus miradas, hasta que el más temible de todos preguntó en inglés: "¿Se siente mejor, señora?"
Si bien estaba agradecida por la bendición de haber probado alimento luego de haber estado tanto tiempo a la deriva, había algo en la actitud de los recién llegados que no le inspiraba confianza. 'Algo anda mal aquí', pensó con miedo, sin darse cuenta que había retrocedido unos pasos, a modo de protección, permitiendo el paso a los tres sujetos que no aparentaban tener menos de cincuenta años cada uno. "¿Cómo... saben... que hablo inglés?", indagó.
El hombre rió con fuerza, dejando escapar un fuerte olor a alcohol... a tempranas horas de la mañana. "El señor Granchester aún no ha despertado, aunque no debe tardar en hacerlo... tenía igual o más calentura que usted...", y sus dos acompañantes rieron con él, acrecentando la angustia de la rubia. "¿Entonces lo reconocieron?", preguntó, aunque su corazón ya sabía de antemano la respuesta.
Los tres sujetos se miraron unos a los otros, y de la risa pasaron a estruendosas carcajadas. Al menos una cosa podía dar ella por seguro: Terry había sido rescatado al igual que ella, y a excepción de la fiebre, si para entonces no había salido de su delirio, se encontraba sano y salvo. "Voy a verlo", anunció, "quiero ver cómo está mi esposo", y se apresuró hacia la salida, sólo para ser interceptada por los bravucones hombres. "No tan rápido, señora Granchester", se interpuso el jefe, mostrando una partida y amarillenta dentadura, "creemos que su esposo nos puede ser de mucha utilidad-"
Candy buscó, con desespero, una vía de escape, pues ya no le quedaba duda alguna que tanto ella como Terry se encontraban a merced de unos contrabandistas. Y para confirmar sus sospechas, uno de los compañeros exclamó: "Mira, O'Reilly... ¡trae un collar consigo!"
Sin despegar la vista de la voluptuosa sobreviviente, O'Reilly señaló: "De nada nos sirve, McCoy... el mar y la luz del sol lo han hecho inservible..."
"¿Y si es de ésos que esconden joyas adentro?"
O'Reilly quedó pensativo ante el planteamiento de su compinche, y se volteó en dirección al segundo de los secuaces. "¿Qué opinas tú, Hagerty?"
El tercero de los cómplices se encogió de hombros contra la pared. "De seguro su contenido debe estar tan oxidado como el exterior", clavó la mirada en la figura de la rubia, "con todo lo que hemos robado en nuestro propio estado nos es suficiente para obtener buenas ganancias una vez lleguemos a Jamaica."
"Aún habiendo salido de Georgia con un buen cargamento", argumentó O'Reilly, "habernos topado con Terry Granchester constituye una mina de oro para los tres-"
"Y pensar que lo hallamos porque queríamos pasar un buen rato con su mujer...", recordó McCoy, sin apartar la vista de la muchacha. "Es una lástima que esté olorosa a sangre, o de lo contrario-"
"No veo problema en que esté sucia como animalito salvaje", opinó Hagerty, "aunque ya no me quita el sueño hacerla mía..."
"Yo pienso igual", indicó O'Reilly, haciendo un cerco alrededor de la intrusa, "si bien nos hace falta calentarnos con una hembra, ahora que tenemos a Granchester en nuestras manos, podemos pedir bastante dinero a su familia aristócrata por liberarlo, si es que él mismo no acepta compartir sus finanzas con nosotros."
Candy escuchaba, atónita, la conversación entre los hombres. Tanto ella como Terry habían sido liberados del embate del sol y de las profundas aguas del Atlántico, y ahora que estaba a bordo de un buque, aparentemente ocupado sólo por los tres delincuentes, nuevamente tenía que buscar la manera de sobrevivir... esta vez, escapando de las garras de estos malvados, no sin antes procurar que Terry estuviera a salvo de esos malhechores que tan sólo querían aprovecharse de su fama, sin contar con que en un inicio querían poseerla a ella a la fuerza. "¡Quiero ver a Terry!", demandó.
O'Reilly y los suyos se miraron, y volvieron a reír de modo demencial. "Qué ternuuuura", ronroneó McCoy, "la niña le dice 'Teeerry' a su papacito..."
"Pues yo no estoy tan seguro de que estén casados", comentó Hagerty, "más bien creo que es una zorra que recogió en un burdel-"
"Esa 'zorra', como ustedes dicen, es nada menos que mi esposa, y ambos nos largaremos de aquí", dijo una voz a sus espaldas.
Los tres maleantes se dieron la vuelta al escuchar a Terry, quien apenas había abandonado un sucio camarote luego de haber superado una aparente fiebre, para luego iniciar una frenética búsqueda para hallar a la pecosa. "Las tostadas estaban deliciosas", dijo, enfurecido por oírlos referirse a la pecosa en semejantes términos, "pero un desayuno sin té no es desayuno..." Aún estaba en el limbo de asimilar que Candy se encontraba allí, a pasos de él, salvados del impredecible mar, y al mismo tiempo, capturados por estos desalmados... "¿Cuánto tiempo llevamos en este barco?" Sintió la brisa mañanera rozando su torso desnudo, y a diferencia de otros hombres, que no perdían tiempo alguno para alardear de sus amplias musculaturas a la primera oportunidad, él solía ser sorpresivamente recatado para esas cosas, al punto en que no soltaba los pijamas para dormir; además, sería vergonzoso para la virginal y treintañera Candy tener que observarlo en esas fachas. "Pregunté cuánto tiempo llevamos mi esposa y yo en este barco", repitió, apretando los puños a sus costados, dispuesto a enfrascarse en una pelea con los tres si fuera necesario.
Los ojos de Candy se inundaron de lágrimas. Lejos de enojarse con él por referirse a ella como su esposa, su corazón se inundó de una inmensa gratitud al ver que él sólo trataba de protegerla de esos rufianes... y sí, una gran parte de ella deseaba que, en efecto, él asumiera dicha posesividad sobre ella frente a los demás para asegurar su terreno, marcando su territorio. ¡Pobre Terry! Había perdido la camisa durante la extensa travesía en el mar, y a juzgar por el sudor en el torso de él, Terry, al igual que ella, había delirado de fiebre los pasados... ¿días? Sintió unos deseos enormes de abrigarlo, aunque por alguna razón muy ajena a su voluntad, no podía despegar la vista de ese ancho y proporcionado pecho, los hombros anchos y afines con el resto del cuerpo, y comenzó a imaginar una espalda ancha y protectora... "¡No hables, por favor!", suplicó, concentrándose nuevamente en el peligro que los rodeaba, "¡podrían lastimarte!"
O'Reilly se acercó a Terry de manera desafiante. "Vaya vaya... miren cómo la mujercita defiende a su galán..." Se detuvo a sólo unos centímetros del actor. "Es evidente que lo hemos reconocido desde el principio, duque de Granchester-"
"¡Dejé de ser un duque hace muchos años!", exclamó Terry.
"De cualquier manera", continuó el traficante, "usted es una celebridad, y ya sea su distinguido padre, como el dueño de la compañía para la que trabaja, o incluso usted mismo, pudieran llegar a un... acuerdo económico con nosotros-"
"¿Y qué si no acepto?"
O'Reilly acercó un puño a la cara del actor, crispándola en el aire. "Entonces usted decidirá de quién nos desharemos primero, si de usted... o de su 'señora'", y los tres marineros rieron sin cesar, a lo que Hagerty añadió: "No los hemos tenido con nosotros tres días para que ustedes tuvieran una luna de miel..."
"Y con la ruta que llevamos", agregó McCoy, "difícilmente las autoridades puedan encontrarnos."
Haciendo a un lado su miedo, pues debía idear maneras para escapar de estos perversos hombres, Candy preguntó: "¿Falta mucho para llegar a Jamaica?"
O'Reilly comenzaba a perder la paciencia. "¿Y eso qué importa? En lo único que deben pensar en este momento es en suministrarnos el dinero que pidamos, en la cantidad que se nos dé la gana, cuantas veces lo solicitemos", observó a Terry en busca de una respuesta, "pero sólo para satisfacer su curiosidad, estamos pasando justo frente a la isla de Mona, y luego giraremos hacia el suroeste, hasta llegar a nuestro destino... que no será el mismo de ustedes si no cooperan con nosotros."
O'Reilly comenzaba a perder la paciencia. "¿Y eso qué importa? En lo único que deben pensar en este momento es en suministrarnos el dinero que pidamos, en la cantidad que se nos dé la gana, cuantas veces lo solicitemos", observó a Terry en busca de una respuesta, "pero sólo para satisfacer su curiosidad, estamos pasando justo frente a la isla de Mona, y luego giraremos hacia el suroeste, hasta llegar a nuestro destino... que no será el mismo de ustedes si no cooperan con nosotros."
"Veo que prefieres tomar las rutas más largas con tal de no ser descubierto", dijo Terry con sarcasmo, "ni siquiera sé qué rayos es la isla de Mona, y mucho menos dónde estamos."
O'Reilly y los otros volvieron a reír. "¿En serio nos creen tan estúpidos como para tomar la vía más corta?" Haciendo un ademán con la mano a los suyos, empujó a Terry hacia la salida, y antes que McCoy y Hagerty hicieran lo propio con Candy, ella alzó las manos al aire y exclamó: "¡Puedo hacerlo yo sola!" Y en suspiro, ambos quedaron fuera de la habitación, no sin antes Terry susurrar a Candy al oído: "Tu flujo es el más largo que se haya visto en la historia de la humanidad..."
Ella lo miró perpleja. No era momento para hacer bromas; ¡estaban a punto de ser asesinados! "A veces dura una semana entera", se limitó a decir, a medida que ambos eran conducidos a la cubierta. Desde allí, una alegre y pequeña isla parecía saludarlos a unos cuatrocientos metros de distancia, con un no menos gracioso islote apenas visible tras uno de los extremos de la porción de tierra más grande. "Mona y Monito", anunció O'Reilly, como si aquello se tratara de una subasta en lugar de un chantaje. "Usted decide lo que quiere hacer, duque de Granchester-"
"¡Que no soy ningún duque!"
O'Reilly continuó. "O acepta ofrecernos su cuenta bancaria o la de su padre como nuestro nuevo modo de vida, o pueden usted y su querida despedirse de este mundo con un balazo en la cabeza cortesía de cualquiera de nosotros... ése va por la casa."
Terry respiró hondo. Si bien le importaba un bledo que los corruptos marineros le volaran la tapa de los sesos, ¿quién cuidaría de Candy? Había rogado a Dios porque alguien los rescatara del ya tedioso mar, pero no contaba con que sería a costa de su vida y la de ella... e incluso la de su familia en Londres. Después de todo, los infelices lo habían reconocido, y muy fácilmente podían localizar al duque de Granchester y la cara de cerdo de su esposa y exigirle dinero a cambio de la seguridad de ellos y la de sus hermanos, de manera que O'Reilly y su partida de imbéciles no tenían nada que perder, pero Candy... ¿quién garantizaba que ambos estarían a salvo si accedía a los reclamos de estos tipos? "¿Prometen llevarnos ilesos a Jamaica si negociamos un acuerdo?", preguntó al fin.
O'Reilly comenzaba a probar el sabor de la victoria cuando Candy advirtió un conocido objeto justo a pasos de donde ellos se encontraban. ¡El bote de Lionel! ¿Cómo no distinguirlo, así, tan pequeñito como lo había recordado, y cuyo interior estaba pintado de sangre? De pronto, descubrió que la embarcación tenía una grieta de considerable tamaño en el centro... y justo cuando O'Reilly se disponía a obtener detalles sobre la cuenta bancaria de Terry, la rubia tomó un impulso, y salió disparada, cual bala de un cañón, en dirección a una columna muy cercana a ellos. "Qué diablos...", balbuceó O'Reilly, sin apenas tener tiempo para reaccionar, cuando la astuta mujer del duque se sostuvo de la columna con ambos manos, y suspendiendo su cuerpo de la misma, comenzó a dar vueltas en el aire, a lo que Hagerty preguntó sorprendido: "¿Qué es lo que pretende... acaso trabaja en un circo o qué?"
"De seguro aprendió a contorsionarse así en el burdel", opinó McCoy, y Terry cerró un puño para propinarlo al despreciable sujeto cuando Candy se soltó de la columna, y echando sus piernas hacia adelante, cayó sobre los tres hombres, haciendo que se estrellaran contra el suelo, más inconscientes que un borracho atropellado en plena calle... contrario a ella, que como toda una experta, había amortiguado la caída cayendo sobre sus pies. "Ni siquiera un gato se hubiera levantado con tanta gracia", indicó Terry, sorprendido al ver que la pecosa no había abandonado su agilidad ni sus piruetas de antaño, y agradecido a ella por sus buenos reflejos y capacidad de reaccionar con calma ante estas situaciones.
Orgullosa de su proeza, Candy se colocó las manos a la cintura, y lanzó un guiño de ojo al actor. "Hacía mucho que no me movía así...", y entonces corrió en dirección al botecillo de Lionel, seguida de un anonadado Terry, quien aún no daba crédito a todo cuanto habían tenido que atravesar, juntos, antes y después del hundimiento del Vestris. "Debemos apresurarnos antes que O'Reilly y los demás despiert-" No pudo completar la frase, pues en un solo paso Terry la había tomado de la cintura, y la besó con tal fuerza que no tuvo tiempo de resistirse ni de defenderse; simplemente devolvió el beso con toda naturalidad, con su boca y sus labios siendo comandados por los de él... y sin proponérselo, se apartó de repente, y explotando en llanto, lo abrazó por el cuello, derramando las lágrimas sobre el ancho hombro al desnudo. Al estar desprovisto de camisa, la calidez que emanaba de Terry era más intensa, más palpable... más agradable. Refugiada en su tibieza, intentó hablar en medio de sus sollozos, a medida que él acariciaba su dorado cabello. "¡Estaba... tan... preocupada... por... ti!"
"Y yo por ti", admitió él, sintiendo un nudo en el estómago al imaginarla siendo atacada por ese trío de desgraciados... divirtiéndose a sus anchas a costa de ella. Entonces se apartó de ella diciendo: "Eres muy cobarde para tomar ciertas decisiones que conciernen a nosotros, Tarzán pecosa, pero en esta ocasión... tu valor ha sido más que certero", y tomando el rostro de ella entre sus manos, y una vez más, tomó posesión de los rosados labios, mientras ella continuaba aferrada a su cuello y a la protección de su bien esculpido cuerpo semidesnudo. Más tarde se encargaría de reclamarle su osadía, de rechazarlo y negarse a sus caricias; pero en ese instante, la alegría de tenerlo cerca una vez más, sin que pereciera en las casi invernales aguas, sobrepasaba su razón y su voluntad.
"Allí están, O'Reilly... ¡esos dos desgraciados nos la pagarán!"
Furibundo y con una herida en la frente, McCoy avanzaba hacia ellos a pasos agigantados, seguidos de unos no menos iracundos O'Reilly y Hagerty. "De prisa", urgió Terry, apartándose con pesar de su pecosa, "debemos lanzar el bote al agua primero antes que se aleje demasiado-"
"¿Y si cayera volteado al agua?", preguntó Candy desconcertada.
"Pues con más razón deberíamos apresurarnos, en caso de que tuviéramos que enderezarlo", señaló él; y ambos empujaron el botecito hasta que el mismo cayó a las aguas del Caribe, salpicando gran parte de la cubierta... y tomando a Candy de la mano, Terry saltó, y en cuanto sus pies tocaron las violentas y azuladas olas, quedó separado de ella, al mismo tiempo que el bote comenzaba a alejarse. "¡Candy!", gritó, saliendo a la superficie, sin encontrar rastro alguno de la rubia. "¡Candy, responde!"
Luego de un lapso que parecía interminable, la enfermera emergió del fondo del mar. "¡Teeeeerrrry!" Sus rizos, que habían comenzado a crecer, habían empañado su visión. "¿Terry, dónde estás?"
Batallando contra las olas agitadas por el buque de los contrabandistas, Terry apenas logró escuchar la inconfundible voz de ella. "Candy", alzó la voz, pues aún no lograba divisarla en la marejada, "¡trata de llegar hasta el bote!"
"¡Lo haréeeeee!", gritó ella al escucharlo. ¡No quería perderlo de vista! Luego de tantos accidentes, tantos tropiezos, tantas experiencias cercanas a la muerte en sólo cuestión de días, no quería regresar al hogar de Pony con el remordimiento de haber sobrevivido mientras que él... sin razonar más sobre el asunto, nadó lo más rápido que pudo, y sintió que el ruido del gran buque disminuía con rapidez, y antes que las olas se hicieran cargo de añadir la parte musical a la situación, se escuchó, por última vez, la estruendosa risa de O'Reilly quien exclamó: "¡Morirán de hambre en esa isla sin habitantes... ¡si es que primero no se los comen los tiburones!"
"¡Oh, no!", exclamó Candy, percatándose del gran riesgo que conllevaba atravesar nadando los pocos metros que faltaban para llegar a la orilla de la isla, especialmente con sus cuerpos llenos de sangre... continuó braceando, sin ver a Terry, hasta que el pequeño bote se hizo visible nuevamente, y nadó con más rapidez, a pesar de que la grieta en el bote impediría que llegara más lejos. Al fin, tocó el borde de la embarcación, y en cuanto estuvo dentro de la misma, enseguida el bote se viró hacia un lado. "Se hundirá en cualquier momento", dijo en voz alta, "Padre Celestial, permite que Terry aparezca y pueda montarse en el bote..." Y no tuvo que pedirlo dos veces, pues sintió una mano sobre la suya, y cuando ella se volteó, Terry se sostenía con fuerza del bote. "Heme aquí de nuevo, pecosa", sonrió, con la respiración agitada de tanto nadar, "lo mejor será que permanezca fuera mientras llegamos a la isla de monos esa..."
Fatigada por su propio esfuerzo contra las incansables olas, ella sólo asintió con la cabeza. ¡Estaba fuera de forma! Aunque no estaba gorda, necesitaba volver a hacer ejercicio para no agotarse tan rápidamente...
¡DONNNNGGGGG!
Candy se sostuvo del bote para no caer luego del impacto que casi termina por voltear la embarcación. "¿Qué fue eso?", preguntó con nerviosismo.
Pero Terry no necesitaba tenerlo frente a frente para saber de qué se trataba, e incluso esperaba su aparición; para colmo, el bote comenzó a ceder ante la entrada del agua a través de la grieta. "Debemos tratar de nadar hasta llegar a la orilla", sugirió Candy, pero al ver el rostro sombrío de Terry, supo que algo muy grave estaba ocurriendo... y entonces vio la enorme y endurecida aleta desplazándose con suma experiencia a través de las olas. "¡Terry, debes subir al bote!"
El movió la cabeza en negativa. "¡Apenas puede sostenerte a ti!" Y al ver que el tiburón comenzaba a cercar el espacio donde ellos se encontraban, tomó una drástica decisión... decisión que le costaría el desprecio de la pecosa, pero la vida de ella estaba en juego, y ante todo, tenía que protegerla, tal y como le había prometido en silencio, sin ella saberlo, poco antes de haber sacrificado sus estudios en el San Pablo para evitar que ella fuera expulsada... y volvería a hacer lo mismo cien veces más si fuera necesario. "Es el olor de la sangre, Candy", dijo en voz baja, temeroso de ofenderla con la sola idea de... "Aún estás sangrando, y el bote está a punto de hundirse", continuó.
Días antes, Candy había escuchado la voz de su corazón susurrándole que debía confiar en él, incluso cuando no confiaba en sí misma... pero ahora no estaba tan segura de hacerlo. Habían sido capaces de tomar los riesgos más inimaginables a raíz de su naufragio, y posteriormente, del escape de los oscuros comerciantes; pero lo que Terry contemplaba hacer, pues no era necesario que se expresara en palabras, iba más allá de lo razonable, y de lo que su moral estuviera dispuesta a tolerar... hasta que el tiburón cerró más el círculo a su carnada, y supo que estaba perdida. "¡Tiene que haber otra salida!", gritó, renuente a desprenderse de todo, incluso de sus inhibiciones. "Terry, no voy a-"
"Pues no me dejas otra alternativa que hacerlo yo mismo", refutó Terry, con su corazón latiendo a mil pulsaciones por hora, pues lo que estaba a punto de hacer no sólo laceraría la dignidad de ella, sino que además resultaba incómodo para él. ¡Ella no sería la única que resultaría herida en su propio orgullo! Sin decir más, la sacó del ensangrentado bote, y en un solo movimiento, le arrancó el estropeado vestido, llevándose enredadas las prendas interiores... y luego hizo lo propio con su pantalón, y lanzó las ropas de ambos al interior del bote. "¡Vamos, pecosa!" Y tomándola de la mano, volvieron a nadar con rumbo a la isla, mientras el hambriento tiburón hacía trizas el bote de Lionel, así como las vestiduras dentro del mismo.
Terry no dejaba de mirar hacia adelante mientras nadaba a toda prisa camino a la orilla; después de todo, no se podía descartar la llegada de otros tiburones... y al igual que él, Candy mantenía la vista fija hacia la orilla, pero por razones muy diferentes. Estando dentro del agua, era imposible mirarse el uno al otro mientras avanzaban hacia la isla; pero en cuanto sus pies tocaran tierra, todo sería diferente. Con lágrimas de humillación amenazando con unirse a las olas marinas, ella lamentó, por primera vez en la mañana, haber saltado del buque de O'Reilly. 'Mejor hubiera sido estar a merced de ellos', pensó, sintiendo un nudo en la garganta... así como en su estómago, que ahora estaba revuelto por la ansiedad que le creaba el momento en que llegaran a la orilla. Faltaban pocos metros, y aunque estaba extenuada por los días de fiebre y la deshidratación que le precediera a la misma, continuó nadando, rogando a Dios porque no fueran ciertas las palabras de esos piratas del nuevo siglo, y que en la isla de Mona habitara uno que otro ser humano, aunque ello conllevara exponer su cuerpo... así. 'No puedo perdonarte por esto, Terry', pensó con amargura, hasta que sintió que su torso tocaba la árida arena... y soltando bruscamente la mano de Terry, sujetó con fuerza el descolorido collar, que ahora era lo único que llevaba puesto, y se quedó tendida boca abajo, a la orilla de la playa, con los ojos herméticamente cerrados, y lágrimas tan saladas como el mar rodando por sus mejillas.
