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MAR BRAVIO

por

Astrid Ortiz

(Eiffel)

CANDY CANDY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 1976.

FINAL STORY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 2010.

Capítulo 7

Minutos, horas...

¿Cuánto tiempo había transcurrido?

Al igual que Candy, Terry estaba acostado sobre su estómago, recibiendo la llegada de las olas a la plácida orilla. Sin abrir los ojos, percibió el olor y la textura de la arena, así como el sonido de las olas languideciendo en la costa... y el intenso sol escamándole la piel.

¿Cómo haría para voltearse? Era un hecho que no permanecería en esa posición el resto de su vida, y que algo tenían que hacer en esa isla, como ir por ayuda, por ejemplo, pues no podía dar por ciertas las palabras del malvado O'Reilly. 'Si logramos salir de ésta, lo denunciaré', determinó en silencio, temiendo romper, con una sola palabra, el témpano de hielo que se había interpuesto entre él y la pecosa, quien aún lloraba sin cesar.

¡Cómo le hubiera gustado que las cosas no sucedieran de ese modo!

Una vez más, Dios había mostrado evidencia de Su poder, anulando cualquier duda que él, o cualquier otra persona, tuviera sobre los milagros. No era parte del libreto caer bajo las redes de O'Reilly y los otros contrabandistas, pero los tres días que él y Candy habían pasado, sin saberlo, en cautiverio, sirvieron para mantenerlos en buen estado físico, a pesar de la fiebre y la inanición que padecieran tras la tragedia del Vestris; y ahora estaban allí, en una pequeña, y posiblemente remota, isla del trópico, a salvo de los mortales colmillos de un tiburón... completamente desnudos. 'Esto es muy incómodo', pensó, acostumbrado a llevar calurosas piezas a la hora de dormir, así como excéntricas y cargadas vestimentas para sus obras, sin contar con que más de una década antes, llevaba siempre puesta una capa de abolengo a la usanza de la época... y detestó la idea de que Candy lo viera así, cuando él batallaba consigo mismo para aceptar su propia desnudez. Despacio, alzó un poco la cabeza para no marearse, y sin abrir los ojos para no ofender a Tarzán, intentó obtener un poco de comprensión de parte de ella. "Candy..."

Al oírlo, ella se comprimió de tal manera que su cuerpo se hundió aún más en la húmeda arena. ¡Prefería tragar caracoles antes que exponer un centímetro más de su anatomía! Sin dejar de llorar, y manteniendo la cabeza quieta sobre la arena, extendió un poco los brazos hacia los lados, y con las palmas comenzó a lanzarse pedazos de arena, cayendo sobre su espalda, sus muslos... Quería esconderse de todo, pero sobre todo, ¡quería ocultarse de él! Sintiendo cómo la brisa marina se infiltraba sin piedad en cada porción de su cuerpo, el llanto de Candy se hizo más agudo al recibir el frío del exterior en sus posaderas. El invierno no había llegado aún a esa parte del mundo, pero las temperaturas habían comenzado a bajar, y las corrientes de aire eran tan heladas que parecían abrir toda su piel, haciéndola más sensible al aire libre.

"¿Candy?", repitió Terry, con su cabeza inmóvil sobre la arena.

'Oh, no', pensó ella, ahogada en llanto, '¿y si me estuviera mirando... si me estuviera observando?' Haciéndose un ovillo en el improvisado hueco de arena, continuó llorando a viva voz. "¡No me mires!", gritó, "¡no quiero que me veas!"

Con sus ojos aún cerrados, Terry sintió que su corazón se hacía pedazos, y no era para menos, pues él tampoco estaba listo para abandonar el refugio de arena que cubría la parte frontal de su cuerpo. Había estado con otras mujeres a nivel íntimo en el pasado, pero jamás, a lo largo de esos años de juerga adolescente, se había desprendido de una sola pieza de vestir. "No estoy mirando, Candy", comenzó a decir, "pero tarde o temprano tendremos que levantarnos de aquí-"

"¡Me... quitaste... la ropa!", sollozó ella sin calmar su llanto. No sólo había perdido su vieja y nostálgica maleta, sino además los obsequios de sus amiguitos de Pony, sus documentos personales, y ahora también había sido desprendida de su vestimenta. Lo único peor que haber quedado sin nada, sin embargo, era el pensar que sus seres queridos ya debían haberla dado por muerta, al igual que a él... y su llanto se hizo más fuerte.

El alma y el corazón de Terry se desgarraron como nunca antes, pero debía mantener la calma, por el bien de ella, y también por el de él, y pasar el resto del día apenados por su desnudez no ayudaría en nada a su salvación. "Eres enfermera; sólo era cuestión de tiempo antes que vieras por vez primera un paciente al desnudo-"

"¡Tú... no eres... un paciente!"

"¡Pues imagina que lo soy!", exclamó él al borde de la desesperación. Si no se levantaba pronto, el sol terminaría por chamuscarlo por completo. De pronto, se le ocurrió una idea difícil de ejecutar, mas no imposible. "¿Sabes coser o bordar?"

Candy quedó estupefacta, al punto de cesar sus lágrimas. ¿Qué clase de broma pesada era ésa? Entonces pensó que tal vez él intentaba hacer una plática casual para desviar el asunto de la falta de ropa de ambos, y contestó, con su respiración aún entrecortada por su pasado episodio de llanto: "No lo... practico... mucho... la señorita... Pony... me enseñó... cuando era... niña..."

El exhaló una fuerte bocanada de aire. ¡Al fin ella comenzaba a controlarse! "¿Crees tener el talento suficiente como para buscar varias hojas y preparar unas piezas para cubrirnos?"

Por mucho que quería odiarlo en ese momento, Candy reconoció que Terry había tenido una buena idea, de modo que no le quedaba otro remedio que abandonar su refugio de arena y permitir que él la viera tal y como Dios la trajo al mundo, pues sólo así podían aventurarse a buscar materiales que sirvieran como telas de vestir. Inhalando y exhalando a través de la boca, la enfermera finalmente regresó a la tierra, y con su voz aún conmocionada por las lágrimas señaló: "También... debo... hacer... una red... para pescar..."

Terry cerró los ojos con gratitud. ¡Su pecosa había reunido el valor para sobreponerse a la vergüenza y el pudor! En un gesto inconsciente, se frotó la endurecida nuca diciendo: "Menos mal que ya te tranquilizaste, pues mi cuello está a punto de hacerse pedazos-"

Con sus sentidos de enfermera en alerta, ella se sobresaltó. "¿En serio... qué tienes?", y sin darse cuenta de lo que hacía, abrió los ojos, y alzó la cabeza hacia él para asegurarse que no hubiera sufrido daño alguno en la parte del cuello, al mismo tiempo que él, sorprendido, hacía lo propio en dirección a ella... y lo que vio, al igual que la brillante luz del sol, casi terminó por cegarle la vista. Acostado sobre su estómago, Terry dejaba entrever una silueta muy masculina, con las piernas más atléticas que hubiera tenido jamás un actor de Broadway y de cualquier otra parte del mundo, y unas posaderas bien disimuladas bajo la moda del siglo actual; pero esa figura, ese cuerpo... él no tenía nada que envidiarle a aquella estatuas varoniles que escupían agua en los jardines de la mansión Andley en Lakewood, y lo que era peor: le gustaba lo que veía, tanto, que no se había percatado que él permanecía estático, con la cabeza arriba, ordenando a su cerebro controlar sus impulsos.

¿Por qué tuvo que verse forzado a desnudarla, por qué? Ahora, como castigo, tenía que conformarse con verla en todo su esplendor femenino, sin siquiera admirarla abiertamente para no apenarla, ¡y vaya que era difícil mantener la mirada más arriba del mentón! Y ese viejo collar no ayudaba en nada a concentrarse en el rostro de la chica; de hecho, no entendía cómo la joya se había mantenido a flote y no sumergida en el fondo del mar, pero no tenía importancia ahora... ahora debía concentrarse en ganarse la confianza de Candy a pesar de la desnudez que intimidaba a ambos. ¡Rayos, sabía que era hermosa, pero era más de lo que había imaginado! Aunque estaba tendida boca abajo, podía apreciar con claridad la redondez de sus sorpresivamente abultados pechos, así como un trasero firme y redondeado, producto de su vida activa en el hogar de Pony. ¿Cómo pudo mantenerse virgen por tanto tiempo? ¡Era para que los hombres corrieran a devorarla en cuanto la vieran! De pronto, sintió que ella colocaba una de sus pequeñas manos de enfermera sobre su cuello, e involuntariamente cerró los ojos al contacto. "¿Te lastimaste, Terry?", preguntó.

"Es la posición", respondió él mirándola directamente a los ojos, procurando no desviar la vista, "ya se me pasará."

Retirando la mano, Candy sintió vergüenza por su comportamiento. Terry no tenía por qué estar ahí, con ella, en una isla solitaria, sino en la comodidad de su residencia en Nueva York, o en el más remoto de los casos, en un bote salvavidas camino a puerto seguro; y aquí estaba, aguardando con paciencia a que ella se calmara de su exabrupto, con el fuego del sol atacando su casi lesionado cuello. Aún no le agradaba estar sin ropa así, tan cerca de él, con la posibilidad de que las hormonas del actor se despertaran de golpe, aunque sabía que era todo un caballero; no obstante, comenzaba a acariciar la idea propuesta por él acerca de preparar unas piezas a base de hojas y ramas. Después de todo, estaban en una isla desierta, ¿no? Eso significaba que habrían de encontrar árboles y palmeras a granel, o mejor aún, habitantes al otro lado de ese oasis de tierra. "Lo siento", dijo al fin, sosteniendo su propia mirada en la de él, confirmando así que Terry la observaba a ella, y no a su cuerpo desnudo, aunque eso habría de cambiar en cualquier momento, "nunca me había pasado algo así..."

Manteniendo la mirada fija en la de ella, Terry acarició el cabello que ya dejaba asomar unos rizos... y entonces comenzó a reír a carcajadas. "¿Crees que soy un experto en la materia?" Y Candy no tuvo otro remedio que reír junto a él. Todo era tan absurdo, tan ridículo... y lo más irónico era que nunca antes se había sentido tan unida a él como ahora, a pesar de que hacía apenas unos minutos no quería saber de él.

Luego de haber compartido con ella ese desahogo llamado risa, Terry finalmente dijo: "Disculpas aceptadas, Tarzán pecosa; ahora levantémonos de aquí..."

"¡No me atrevo!", exclamó ella con voz temblorosa.

"¿Qué te parece si a la cuenta de tres nos ponemos de pie al mismo tiempo?", sugirió él, "no quiero que me embalsamen aquí."

Una vez más, Candy soltó una risa. "¡De acuerdo! ¿Quién de los dos va a llevar la cuenta?"

"¿Qué tal si lo hacemos ambos?"

"¡Genial!" Candy inhaló profundo, disponiéndose a hacer el conteo junto a él. "A la una, a las dos, ¡y a las tres!", y antes de arrepentirse de hacerlo, Candy se levantó de golpe, sacudiéndose la arena que se había incrustado a propósito. Entonces vio que Terry también estaba de pie, y por instinto, más que por recato, se cubrió los pechos y su intimidad con una mano. "¡Lo hicimos!", exclamó con triunfo, mientras él se había tornado serio. "¿Qué ocurre, Terry?"

El sacudió la cabeza de un lado a otro, relajando los adoloridos músculos del cuello. "Hay algo que quiero aclarar contigo, pecosa..."

"¿Sí?"

El respiró profundo. "Mientras buscamos algo que ponernos, prometo respetarte y no mirarte en forma indecente, pero habrá momentos en que...", se viró de lado para que ella no alcanzara a ver la ansiedad en su rostro, "habrá ocasiones en que no podré evitar reaccionar como hombre, y tendré que alejarme de ti para...", sus palabras se perdieron en el eco de las olas, "tú me entiendes..." Le había costado mucho trabajo hacer tal admisión, y aunque Candy estaba agradecida por todo lo que había hecho por ella y por su honestidad respecto a sus deseos carnales, ella sintió que sus pómulos se coloreaban de un rojo más intenso que el hilo de sangre que ya comenzaba a disminuir de su interior. ¿Qué había querido decir él con eso, y por qué no hablaba más claro al respecto? De pronto, él se mostraba inquieto, y ella no recordaba haberlo visto de ese modo en el barco aunque sí había visto un semblante similar en el hombre que estaba siendo-

Incapaz de proferir palabra alguna, ella sólo asintió con la cabeza. ¿Quién era ella para impedir que él liberara su... tensión masculina? Era mil veces preferible eso a que la tomara a la fuerza, aunque era muy prematuro pensar que estarían mucho tiempo a solas en aquel lugar. Resuelta a cambiar de tema a la mayor brevedad, ella indicó: "Debemos conocer la isla para saber si existen otros habitantes-"

"También es necesario buscar la manera de conseguir alimento", interrumpió Terry, "así como agua dulce para beber", se pasó la mano por su despeinado cabello, "aunque tratándose de la isla de Mona, debes sentirte como en tu casa, y no dudo que encuentres otros compañeros de tu especie rápidamente..."

Por primera vez desde que llegaran a la orilla, Candy dejó caer los brazos a los costados, olvidando su ausencia de abrigo. "¡Eres un grosero... no soy ninguna mona!"

Pero Terry hizo caso omiso a la indignación de la joven, no sólo porque había comenzado a reír, sino además porque ella se encontraba al descubierto, mostrándose en toda su belleza. "Jajajajaja... ya veremos cuando no puedas resistir la tentación de saltar de rama en rama... ¡jajajajaja!"

Ella se aprestó a regresar el golpe con uno más bajo. "¡Aquí el único que parece un mono con ese cabello alborotado, y que está más rojo que un tomate, eres tú!", y alzando en mentón con fingida indiferencia, se dedicó a estudiar el panorama a su alrededor. A sus espaldas, una vasta extensión de arena terminaba en una franja de palmeras, tan inclinadas, que casi tocaban el suelo, haciendo invisible todo lo que estuviera detrás de ellas, aunque todo parecía indicar que no encontraría nada diferente más allá de lo que presentaba el espectáculo de palmas. Entonces observó el paisaje a su izquierda, y lo que allí apreció era mucho más alentador: unos acantilados se elevaban varios pies por encima de la costa, robando protagonismo a la playa, y otras posibles partes de la isla que aún estaban por descubrir. 'Debe estar repleta de monos', pensó divertida, 'de ahí que lleve ese nombre...', y siguió con la mirada fija en las grandes rocas, divisando un hueco muy extraño y distintivo en medio de una de ellas. "¡Es una cueva!", exclamó, llena de curiosidad.

Terry aún acomodaba su rebelde cabello, que empezaba a crecer con velocidad sorprendente, cuando la escuchó referirse con suma anticipación a la abertura en las lejanas rocas. "¿Estás segura?", preguntó, "porque si es así, es muy probable que tenga una salida hacia el otro lado de la isla, quizá hacia ese otro islote, Monito."

"¿Crees que debamos escalar las rocas hasta llegar allá?"

El asintió. "Cualquier opción es buena con tal de no seguir un minuto más bajo el sol... a menos que sólo encontremos murciélagos y otros monos como tú."

Candy se cruzó los brazos frente al expuesto pecho. "¿Vamos a subir hasta la cueva, o te quedarás aquí molestándome?"

El extendió un brazo, abriendo el paso a la rubia. "Después de usted, enfermera Granchester..."

"Vé tú primero. ¡No dejaré que veas mi trasero!"

"¿Entonces prefieres ver tú el mío?", y al ver que ella había quedado boquiabierta y sin palabras, inició la marcha rumbo a las grandes rocas, mientras ella mantenía la mirada adherida al suelo para no llenarse los ojos con las posaderas del actor, pero en eso... "¡Terry, espera!"

El se detuvo, sin voltearse a mirarla, para no causarle pena alguna con su desnudez frontal. "¿Sí?"

Ella inclinó la cabeza en sentido contrario al cual se dirigían. "Primero vamos por unas hojas de palmas y así nos cubrimos un poco mientras llegamos hasta la cueva", dijo sonriendo.

"¿No crees que se nos haría difícil caminar con todo eso puesto?", indagó Terry, mas al ver el creciente entusiasmo de ella por la posibilidad de no estar desvestidos más tiempo, avanzó hacia el fondo lleno de palmeras. "Es curioso que casi todas están inclinadas hacia un lado, aunque eso nos conviene..."

"¿Por qué, Terry?"

"Por esto", y sin previo aviso, arrancó tres extensas hojas, haciéndole entrega de dos de ellas; y rasgando el extremo de la tercera, colocó la misma en la parte baja de su cuerpo, cubriendo su masculinidad. "Si desgarras una de las esquinas de la hoja, puedes anudarla mejor", señaló.

Candy sonrió. "¡Eres muy bueno sobreviviendo a los desastres!", y siguiendo su consejo, colocó la primera de sus hojas sobre su femineidad. "¡Eso está mucho mejor!", exclamó entre risas, contemplando la improvisada vestimenta. Entonces lo vio a él, en una aproximación muy cercana a los hombres de las cavernas, y su risa se hizo más fuerte. "¿Te parece gracioso mi aspecto, pecosa?", preguntó, tomando la oportunidad para admirar las llanuras de su pecho.

Ajena al escrutinio que él hacía sobre su busto, Candy exclamó: "¡Si vistieras así para alguna de tus obras, el teatro se llenaría a capacidad!"

"¿Tan atractivo soy entonces?"

Ella enmudeció. ¿Por qué él sacaba filo a todo cuanto ella decía y lo tornaba a su favor? Aclarándose la garganta dijo: "Me refiero a que sería todo un acontecimiento que un actor de Broadway se presentara con poca ropa."

"Estoy seguro que en un par de años alguien lo hará", sostuvo él; y luego que ella colocara la segunda hoja sobre su pecho, ambos iniciaron su ascenso a los acantilados. Debido a que no llevaban zapatos, caminaron con sumo cuidado de no lastimarse con ningún objeto punzante. "Y yo que creí que la arena me estaba quemando los pies", musitó Candy, "pero las rocas son mucho más calientes..."

En un intento por hacer conversación, él reaccionó con una pregunta: "¿Acaso no corrías descalza de vez en cuando en el hogar de Pony?"

El camino se hacía cada vez más empinado, lo que dificultaba aún más el paso y la respiración de los náufragos. Para no desanimarse por el cansancio, ella contestó: "¡Lo dices como si lo hubiera hecho todos los días!"

"Según la señorita Pony y la hermana María, de niña te regañaban porque no querías ponerte los zapatos", refutó él, antes de guardar un incómodo silencio. Sabía que en algún momento de su vida la rubia habría descubierto que él había acudido al hogar de Pony para conocer el lugar que la había visto crecer y realizar sus primeras travesuras, pero no era algo de lo que quería alardear, y mucho menos para acumular puntos en su plan de conquistar a Candy. "Supongo que ya estás enterada de que yo-"

"Llegué al hogar media hora después que te hubieras marchado", reveló ella, para sorpresa del actor. ¿Cómo olvidar aquella tormenta invernal que marcara la diferencia para un posible reencuentro, estando apenas unos pasos el uno del otro? "Acababa de regresar a América", continuó, pues no tenía caso reservarse un recuerdo que en realidad era compartido, "aguardé porque cesara un poco la nieve, y al salir, encontré a Jimmy y me dijo que tú estabas allí, con la señorita Pony y la hermana María...", apresuró el paso cabizbaja para que él no alcanzara a ver las lágrimas traicionando sus pupilas, "tu taza de té aún estaba caliente, y salí corriendo a alcanzarte, pero ya era tarde...", cerró los ojos para calmar el llanto que amenazaba con descomponerla en pedacitos, "tus pisadas aún estaban frescas sobre la colina de Pony."

"La colina de Pony", repitió Terry estupefacto, deteniéndose de golpe. "¿Por qué no me contaste sobre eso cuando fuiste a verme a Broadway?"

Incapaz de sostenerle la mirada, ella explicó: "Estaba tan emocionada de verte, que no tenía cabeza para nada más; además, estabas tan distraído, tan distante que-"

"Sé a lo que te refieres", asintió él, sintiendo remordimiento por la lejanía con que la había tratado en esos instantes previos a la noche de estreno de Romeo y Julieta. ¡Cuántas acciones hubiera deseado cambiar para entonces! Cierto era que Susana demandaba toda su atención y consideraciones, y a cambio... ¿qué había recibido Candy, además de la mayor desilusión de su vida? Aún en medio de su congoja, debió haber sido más hospitalario con ella, máxime cuando había realizado tan largo viaje desde Chicago, haciendo una pausa en su trabajo y en la rehabilitación de Albert... y recordó que no era la primera vez que su rubia enfermera había movido cielo y tierra para encontrarse con él. "¿Por qué abandonaste el colegio San Pablo?", preguntó, anticipando una respuesta concreta.

Afirmando los pies para no perder el balance, ella suspiró. ¡A mala hora habían mencionado aquella visita al hogar de Pony! Ahora no estaría tranquilo hasta tanto ella no hiciera una admisión que alimentara sus esperanzas. "Debía encontrar mi propio camino, como hiciste tú en el teatro-"

"¿En serio pensabas hacerlo a los quince años?"

"Tú buscaste un modo de ganarte la vida antes que yo..."

"Porque no me quedó otro remedio, pecosa", dijo él con firmeza. "¿Cómo crees que iba a tener la más mínima intención de detener mis estudios para cruzar el Atlántico?"

Esquivando la inquisitiva mirada azul, ella prosiguió la marcha, encontrando a su paso el inicio de un estrecho y accidentado camino que bordeaba los acantilados. "Sé que lo hiciste por mí, Terry-"

"Y tú hiciste lo propio porque ibas tras de mí."

"¡No es cierto!", exclamó ella con enojo. "¿Cómo crees que iba a desairar a Bert dejando atrás el colegio sólo por seguir tras tus pasos?"

"Pero lo hiciste, ¿no es así?"

"¡Hurrrmmmmffff!" Airada por la persistencia de él, ella aceleró el paso a través del rocoso borde. "¡En vez de molestarme deberías mirar el cielo y ver si hay aviones volando cerca!"

El movió la cabeza. "No creo que se vuele mucho sobre las islas caribeñas en estos tiempos; ni siquiera sé si este lugar forma parte de la ruta de algún barco..."

"¿Quieres decir que nunca nos encontrarán?"

Terry guardó silencio. Apenas habían llegado a la isla, y a juzgar por la naturaleza silvestre que los rodeaba, era muy remota la posibilidad de encontrar vida humana allí, minimizando, casi anulando, posibilidad alguna de rescate. "No debemos pensar en eso ahora", expresó, acortando la distancia entre ellos y la entrada a la cueva, "por ahora debemos concentrarnos en encontrar un refugio y buscar alimento-"

"Y coser nuestra ropa", añadió ella con alegría, aunque un incesante picor comenzaba a molestarle en el pecho y en el interior de sus piernas. 'Que no sea lo que estoy pensando, o de lo contrario...' "¡Mira, hemos llegado!", exclamó.

Tanto ella como Terry se detuvieron frente a una entrada de aproximadamente ocho pies de alto. "¿Por qué no entramos?", preguntó Candy con curiosidad.

El sonrió con burla. "Desde luego que no se trata de un santuario religioso para que llevemos tanta formalidad y ceremonia... pero no sabemos lo que encontraremos adentro", se viró de espaldas para rascar su entrepierna, pues no aguantaba el picor que había comenzado a experimentar hacía apenas unos segundos.

"¿Crees que hayan murciélagos?", preguntó ella con avidez, tratando de hacer caso omiso al incesante picor y molestia en su cuerpo.

Terry frunció el ceño. "Sólo hay una manera de saberlo, y es encendiendo fuego aquí, justo en la entrada... una vez leí que la luz los atrae."

Ella levantó el dedo índice como súbita muestra de sabiduría. "¡Eso es muy cierto! Cerca del hogar de Pony hay una cueva, y una vez encendimos una fogata dentro de ella, y tuvimos que salir corriendo porque cientos de murciélagos aparecieron volando..."

"Pues me alegra que seamos todos unos genios en el asunto", dijo él con mofa. ¡Rayos, de veras no aguantaba el picor!

"¿Dónde aprendiste acerca de los murciélagos, Terry?", preguntó ella con interés, a medida que recogía del suelo unas ramas delgadas que habían sido arrastradas por el viento.

El la miró con incredulidad. "¿Acaso no recuerdas nada de lo que te enseñaron en el colegio?" Se llevó una mano al mentón, divertido. "Ya veo... no podías concentrarte en las clases porque no dejabas de pensar en mí...", y se acuclilló con ella en el suelo para friccionar las hojas, buscando encender una fogata justo frente a la cueva. "Supongo que tienes más experiencia que yo en estas cosas", reconoció él, mientras frotaba de un lado a otro las frágiles y escasas ramas, "¿crees que con esto es suficiente?"

Candy se llevó un puño a la boca. Bien pudiera correr el riesgo de entrar a la cueva y ser recibida por los murciélagos, pero era necesario preparar fuego de todas maneras, particularmente durante la noche, tomando en cuenta su ausencia de ropa. "Sólo tomamos las hojas para cubrirnos", observó, "y no se me ocurrió traer otras..."

"No es buena idea volver a bajar hasta la playa", sostuvo Terry, en un nuevo intento por encender el fuego, "al menos no mientras no conozcamos más sobre la isla y nos llevemos algo de comida al estómago."

A pesar de las circunstancias, Candy emitió una risilla. "¡Al menos esos hombres tuvieron la bondad de atrabancarnos con el desayuno!"

"Yo no diría que lo hicieron por 'bondad', sino por conveniencia", objetó él. "Me necesitaban vivo para chantajearme, y a ti para...", decidió no terminar la frase para no pensar en qué hubiera sido de su pecosa si él no hubiera estado allí. Con toda probabilidad la hubieran tomado a la fuerza, obteniendo todo tipo de gratificación contra la voluntad de la rubia...

"¡Terry, tienes urticaria!"

Ambos dejaron lo que estaban haciendo en ese momento, pues no sólo él continuaba rascándose de tal modo que apenas podía continuar con su encomienda, sino que además dejaba asomar un intenso sarpullido del interior de sus piernas; y sin pensarlo dos veces, ella arrancó la hoja de un tirón, exponiéndolo en toda su vulnerabilidad. "Qué diablos", dijo él entre dientes, sin tiempo alguno de reaccionar... y rápidamente cruzó las piernas, ocultándose del escrutinio de la enfermera. "¡Oye, fíjate bien en lo que haces!", exclamó con enojo. "¿No se suponía que no atendías hombres desnudos? ¡Eres enfermera, no doctora!"

Pero ella estaba dispuesta a enfrentar la resistencia de él; después de todo, él la había despojado de su ropa cuando aún brotaba sangre de su cuerpo, y tuvo que hacer a un lado su orgullo y unirse a él para preservar su existencia en la isla... y ahora le correspondía el turno a Terry de mostrarse más amable. "Tienes razón, no soy doctora, pero tengo más conocimiento de medicina que tú. ¿Crees que para mí es fácil observar tu... el centro de tu cuerpo para revisarte?", y antes que él la alejara a patadas, lo empujó de tal manera que había caído de espaldas sobre la tierra, tal y como solía hacer mientras estudiaban en el San Pablo, esta vez apartando las piernas con cierta rudeza, haciendo visibles las partes nobles de Terry ante sus ojos... y casi cayó de bruces al hacerlo. Ante ella, una joya de considerable tamaño parecía sonrojarse con un furioso color rojo, rodeada de granos y ronchas. "¿Está inflamado?", preguntó sin pensar, arrepintiéndose en el acto. ¿Cómo pudo mostrar a él su ignorancia sobre la anatomía masculina? "Ay, no", se lamentó, cubriéndose el rostro con las manos, con un arcoiris de colores irradiando su rostro. ¿Así de bien proporcionados eran todos los hombres, o tan sólo era Terry quien guardaba ese secreto de tan colosal tamaño?

Con el rostro oculto por la vergüenza de encontrarse en tan delicada posición, él escuchó atento la pregunta de su pecosa. ¡La pobre estaba tan apenada como él! En su ignorancia no había sabido discernir entre el tamaño abultado de su masculinidad y la reacción alérgica de su piel al contacto con la hoja, y más increíble aún era tener que explicarle, lo que la haría sentir peor. "No, Candy, no está inflamado", respondió, manteniendo la vista fija en el cielo para no sucumbir a la agradable sensación de la brisa marina en lo más privado de su cuerpo, "pero lo estará pronto si me sigues mirando así", y aprovechando que ella había retirado sus manos, se incorporó en el áspero suelo, y antes que ella saliera huyendo, la agarró por las muñecas con una mano, y con la otra despedazó las dos hojas que cubrían sus atributos.

Contrario a las pasadas ocasiones, esta vez Candy no tenía cómo ocultarse, y cerró los ojos para no verlo frente a frente. Con sus manos aprisionadas bajo el potente brazo de él, ella podía sentir su mirada descendiendo a cada rincón de su figura. "No hagas esto, por favor", suplicó, mientras trataba de cruzar las piernas para no mostrar el pequeño hilo de sangre que aún corría a través de sus piernas, lo que indicaba que su flujo ya estaba por culminar; pero él, que la dominaba en fuerza y estatura, se ocupó de separarle las piernas con una mano, mientras que con la otra continuaba sujetándole las muñecas. "Tal como imaginé", dijo él con voz casi inaudible, "tú también desarrollaste alergia a las hojas...", y con la misma mano volvió a cerrar las piernas, y sin poder evitarlo, ella se tensó al sentir el leve e inocente impacto de él sobre su femineidad, provocándole una involuntaria sacudida que no pasó desapercibida para él. Nunca en su vida hubiera imaginado estar así, como Dios la trajo al mundo, a sólo centímetros del hombre al cual le había entregado su corazón, aún cuando no era correcto que estuvieran juntos, pues si todo estaba en contra de ellos, era porque el Padre Celestial así lo había dispuesto... "Terry, suéltame por favor", suplicó en voz baja, incapaz de contener un súbito temblor en su vientre; y por si fuera poco, sintió un fuerte estremecimiento en el interior de sus piernas, tal vez por pudor, como por el viento costero, o simplemente por haber sido rozada por él... y una espesa ambrosía emergió de su interior.

Terry se apartó de golpe, pues no estaba preparado para lo que acababa de presenciar. Con sus ojos aún cerrados, su pecosa se mantenía inmóvil frente a él, con un brote de dicha humedeciendo el jardín de su intimidad... y esta vez no pudo controlar los impulsos de su cuerpo. "Vengo en un segundo", balbuceó, y descendió por el peligroso camino que los había llevado hasta allí, deteniéndose a mitad de camino; y una vez a solas, colocó la mano entre las piernas, sin lograr apartar la imagen de ella de su mente. Una flor había abierto sus pétalos al llamado del zumbador, y de su interior había brotado el néctar de la felicidad. 'Es una mujer... toda una mujer', pensó, acrecentando el ritmo de sus movimientos, 'y no pudo contenerse al roce de mis dedos...', y orgulloso de saber que ningún otro la había apreciado en su desnudez, y mucho menos haber provocado que se impregnara de rocío su vergel, inició la ascensión hasta la gloria, sin saber que unos metros más arriba, una enfermera pecosa lo miraba extasiada...

Luego de haber escuchado que se alejaba, Candy finalmente había abierto los ojos, y los mismos se inundaron de lágrimas. ¿En qué clase de mujer se había convertido, y cuánto más iba a perder de su dignidad? En su deseo de auscultar a Terry, lo hizo enojar de tal manera que él, a modo de venganza, volvió a despojarla de su única protección visual, y lo que era peor... le había causado, por primera vez en su vida, un accidente difícil de descifrar. ¿A qué se debía que su cuerpo hubiera reaccionado de esa manera... a sus hormonas? Lo cierto era que, al momento de descubrir la grandeza oculta entre las piernas de Terry, sintió decenas de mariposas revoloteando en su vientre, y lo más increíble de todo era que no le resultaba nada repulsiva la sensación, al contrario... una parte de ella se llenó de orgullo de mujer, y no de enfermera, al tener tan cerca a un hermoso hombre que había elegido arriesgar su vida por ella en vez de volver sano y salvo a Nueva York. Con la palma de la mano, intentó secarse, y entonces recordó que él había sido partícipe de esa demostración de... "deseo", concluyó en voz alta, hallando al fin un término que explicara su inmoral e impulsivo comportamiento, "sólo que no me he sentido así con nadie, ni con Anthony, ni con el príncipe de la colina... sólo con él", y no pudo evitar sonreír al pensar en él, y en lo mucho que significaba para ella, "lo deseo porque lo amo..."

Fue entonces cuando se dio cuenta de la razón por la que él se había marchado.

En el letargo producido por su bochornoso episodio, apenas había alcanzado a escuchar que Terry se excusaba para retirarse un momento. ¿Tan evidente había sido la respuesta de su cuerpo bajo sus hábiles dedos que no pudo controlar su masculinidad? "¿Terry?" Al ver que él no respondía, supo que había bajado unos metros... para estar lo suficientemente lejos de ella. Disipando cualquier pensamiento respecto a él, recogió las destruidas hojas que habían servido como vestiduras, buscando calmarse. 'Tranquila, Candy... de seguro anda en busca de más ramas para prender el fuego', y fue así como vino una idea a su mente, y la puso en práctica sin contemplación alguna. Luego de ponerse en cuclillas frente a la frustrada fogata, frotó sin cesar las maltratadas ramas, hasta que un pequeño e inservible humo comenzara a salir de las mismas. "Con eso es suficiente", dijo a la nada, "por suerte el día está muy soleado", y tomando las hojas del suelo, las arrojó junto a las ramas, y un caluroso fuego se había apoderado de las mismas. "¡Síiiiiiiii!", gritó ella con triunfo, dando saltos de alegría por haber logrado lo imposible. Si a fuerza de escasos materiales había conseguido encender una fogata, la segunda vez sería más sencillo, si contaban con lo necesario. "¡Ya puedes venir, Terry!", exclamó con júbilo, "¡y mira, no hay murciélagos!"

Pero sólo el silencio le respondió.

Dejando atrás la misión de tomar posesión de la cueva, Candy comenzó a preocuparse. ¿Le habría pasado algo malo, o se había desmayado porque no aguantaba el picor? De pronto, descubrió que su propia molestia había mermado luego que viera las estrellas gracias a los dedos de pianista de Terry, sin tan siquiera haberse propuesto acariciarla... "¿Acaso tú también..."?, y bajó unos cuantos metros pendiente abajo, procurando no distanciarse demasiado de la entrada a la cueva... hasta que lo encontró, apoyado contra una de esas murallas naturales, con los ojos cerrados, la mano firmemente colocada entre sus piernas, y las facciones de su rostro contraídas como nunca antes lo había visto. "¿Te duele?", preguntó en voz baja, como si esperara que él la escuchara, aunque parecía muy ocupado. "¿Dónde he visto esa expresión antes?" Iba a llamarlo para avisarle que podían ingresar a la cueva sin problemas cuando de repente se aceleraron las repeticiones manuales del duque, haciendo más frenética su tarea, con el rostro tan compungido como el hombre del barco a quien su mujer-

Candy lanzó un grito de asombro, y para su alivio, no llegó a ser escuchada por él, que aún estaba enfrascado en sus labores corporales. El hombre cuya pareja le había proporcionado placer con la boca en el corredor del barco, contrario a lo que había creído ilusamente, nunca padeció sufrimiento alguno, sino todo lo contrario... se había dejado llevar por una oleada de pasión y afecto, con nada menos que su esposa y compañera fiel. A juzgar por lo que había visto de ambos al abordar el Vestris, no se trataba de un par de amantes furtivos, sino de unos esposos enamorados... y Terry llevaba en su rostro la misma expresión de gratificación física, justo después de haber presenciado el derroche de gozo de ella. "No era un encuentro de una sola noche", dijo en voz alta, en referencia a los pasajeros cuya presencia había invadido sin mala intención, "Entonces lo que Terry siente no es sólo físico sino-", y como si le hubiera sido quitada una venda de los ojos, su corazón comenzó a palpitar en descontrol al descubrir que la manifestación física de su afecto al verla tal cual era, sin vestiduras anatómicas ni emocionales, iba más allá del instinto carnal. 'De haber sido así, me hubiera hecho trizas en cuanto llegamos a la orilla', concluyó... y en mutua comunicación de estímulos y sentidos, el rincón que se había revestido de humedad minutos antes, volvió a empaparse del licor femenino que sólo se asomaba al exterior al evocar con ternura los inofensivos roces y caricias de Terry, sus besos, sus palabras, su dulzura... y muy en especial, el desenfreno con que despachaba ahora, sobre el suelo, todo el deseo contenido para no hacerla suya en ese momento, a pesar de que había llegado al Vestris decidido a compartir un nuevo lazo de amor con ella. Terry... el mocoso que se había convertido en todo un hombre, un buen y respetable hombre, quien a pesar de su linaje, mantenía una sencillez y calidez humana intactos, dentro de sus defectos y vicisitudes... el muchacho que la había amado en el pasado, y a quien amaba más que a nadie que hubiera conocido, pues ninguna de sus pasadas ilusiones de niña comparaba en nada con la vorágine de cariño y empatía que profesaba por él. Así pues, continuó destilando de su panal la dulce miel que emanaba de su amor... y sin saber cómo, se encontró a sí misma emitiendo sonidos, desconocidos hasta entonces, y que fueron acrecentando a medida que se desplomaba al suelo con los ojos cerrados, a tan sólo unos metros de él y de su efusiva forma de liberar su sentimiento, que con toda probabilidad había estado reprimido por muchos, muchos años. ¿Acaso habría transcurrido mucho tiempo sin que estuviera con una mujer? Bueno, era de esperarse debido a su compromiso con Susana, ¿pero y ella? En tantos años de noviazgo que sostuvieran, ¿nunca mantuvieron algún tipo de relación en la alcoba? No necesitaba escuchar una respuesta de labios de él, pues a juzgar por la descarga que acababa de ver, era obvio que no había llevado mujer alguna a la cama en siglos, ¿pero por qué, o por quién? 'Por ti, grandísima idiota', dijo una vocecilla interna, 'él se ha guardado para estar contigo...', y con ese maravilloso hallazgo, arqueó las caderas hacia adelante, en deliciosos espasmos que sólo experimentaban aquellos que estaban enamorados...

Luego de inhalar y exhalar varias veces, Terry se permitió un descanso. ¡Había planeado encontrarse con Candy en el Vestris para volver a enamorarla, no para dejarse arrastrar por la lujuria! ¿Cómo esperar que ella aceptara el amor que le ofrecía cuando él mismo no se portaba como un caballero? Si bien le había advertido al respecto a su llegada a la isla, no estaba preparado para sucumbir tan prematuramente ante la tentadora visión de su pecosa desnuda... aunque ella había tomado gran parte de la culpa al haberlo tomado desprevenido para revisarlo. A sus treinta años, la pobre era tan ingenua, y tan inocente de su propia belleza, que dicha falta de malicia pudiera causarle aprietos en el futuro, como por ejemplo, un encuentro no deseado con otro sujeto... Asqueado por la posibilidad, abrió los ojos con el propósito de caminar de regreso a la entrada de la cueva, donde Tarzán estaría aguardando con enojo porque el mocoso insolente terminara de ayudarla con la fogata de una buena vez... y entonces la vio, más arriba de él, en el peligroso borde aledaño a la cueva, emitiendo sonidos de gozo a medida que sus piernas se bañaban con su propio tónico y transpiración. "Imposible", dijo él con voz entrecortada, sintiendo que le faltaban las palabras, "¿Acaso me estaba espiando?" ¡Maldición! Justo ahora que estaba reconsiderando su comportamiento con ella, y buscando maneras de evitar mayores accidentes relacionados con su desnudez, ella había descubierto su sensualidad, ¿pero por qué ahora, al mirarlo a él... no era por eso que se había apartado de ella en primer lugar? En eso, ella se acostó sobre el suelo, quedando profundamente dormida. "¿Qué fue lo que hiciste, Tarzán pecosa?", preguntó al vacío, recriminándose por su descuido. ¿Cómo pudo ser tan torpe? Era obvio que en cualquier momento ella saldría en su busca... 'Se ha desmayado', observó, y subió corriendo por el precipitado borde.

El hambre y la sed causaron que llegara fatigado a la entrada de la cueva, y al ponerse en cuclillas junto a la enfermera, comprendió que ella estaba extenuada también, y de repente comenzó a reír ante el absurdo de que ella estuviera tan renuente a aceptarlo en su vida, y sin embargo se entregara de lleno a los estímulos visuales generados por la tensión física entre ambos. Unos días atrás, ella había mostrado indignación al ver por primera vez a una pareja sosteniendo contacto íntimo, y de la noche a la mañana había despertado en ella la mujer que había dejado guardada en una maleta para jugar a la niña del hogar de Pony. "Menos mal que terminé el trabajo yo solo", dijo con una sonrisa, "o de lo contrario me le hubiera lanzado encima ahora mismo", y tomándola en brazos, la llevó al interior de la cueva, moviendo la cabeza de un lado a otro con asombro. "Tarzán fogosa y entrometida", sonrió, "Eres toda una caja de sorpresas. No sólo has pasado del hogar de Pony a una isla desierta, ¡también encendiste el fuego tú sola! Incluso ya has dejado de sangrar...", y admirándola más por el valor con que había encarado tan inusuales situaciones en un corto período de tiempo, máxime con los cambios de humor a flor de piel a consecuencia del pasado flujo, se adentró en la cueva, a la espera de una nueva aventura... o desventura.