/

MAR BRAVIO

por

Astrid Ortiz

(Eiffel)

CANDY CANDY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 1976.

FINAL STORY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 2010.

/

Capítulo 8

La pegajosidad del sudor en su cuerpo, y los remanentes de amor en el interior de sus piernas, la hicieron despertar, ¿o volver en sí? Lo último que había recordado antes de haberse desplomado había sido el observar a Terry en pleno uso de su hombría mientras ella se desbordaba en amor por él... '¿Entonces eso es tener intimidad?', preguntó para sí, a medida que abría unos muy pesados párpados. Estaba cansada y con sed, y su demostración amorosa la había extenuado aún más. "Me siento débil", dijo con voz queda, pues apenas tenía fuerza para hablar; y fue así como se percató del cóncavo y oscuro espacio a su alrededor. "Estoy dentro de la cueva", murmuró, incorporándose lentamente, "y Terry me trajo hasta aquí...", y su rostro se enrojeció al examinar el rincón no tan oculto entre sus piernas, y al ver que el mismo estaba bañado, no en la sangre mensual que ya había parado, sino en sus propios excesos amorosos, comenzó a llorar, ocultando la cabeza entre sus hombros. "Entonces me vio, Terry me vio... ¡así!" ¿Cuántas humillaciones más habría de sufrir... acaso la degradación de la carne era un paso necesario para estar en armonía con el ser humano? ¿A eso se reducía todo... a perder la voluntad y entregarse a los instintos siguiendo los dictados del corazón? Horrorizada por la certeza de haber sido llevada en brazos del joven duque en tan vergonzoso estado, siguió llorando sin parar, hasta que sus ojos se hincharon de tanto hacerlo. Siempre había acatado los designios del Padre Celestial, aunque las pruebas que se les habían presentado tanto a ella como a Terry en el camino habían sido difíciles de sobrellevar, pero esto... el haber sangrado por varios días en presencia de él, y luego perder poco a poco su inocencia para ceder al amor, había sido demasiado incluso para una enfermera que mostraba paciencia y optimismo por más espinosas que fueran las circunstancias. "Quiero un baño", musitó entre sollozos, cansada de estar manchada de sangre, de sudor, de deseo... y fue entonces cuando comprendió que al menos Terry no había puesto un solo dedo encima de ella mientras estuvo durmiendo o sin conocimiento. "Como todo un caballero", dijo sonriendo, y resolvió dejar de llorar. "Gracias, Terry", susurró, y se colocó de pie para estudiar la cavidad donde había reposado. "¿Terry, dónde estás?"

"¿Me llamabas?", dijo una voz a sus espaldas, y grande fue la sorpresa de la rubia al ver que él provenía de algún otro punto en el interior de la cueva. "¿Por dónde entraste?", preguntó, esquivando la mirada del hombre que con toda seguridad había observado los vestigios de su pasión, y cruzó las piernas para que no alcanzara a ver, una vez más, las consecuencias de haberlo sorprendido en plena compensación física. ¡Si tan sólo tuviera el cabello largo otra vez! Al menos así tendría algo adicional con qué cubrirse...

Terry no tuvo que mirarla a los ojos para saber lo abrumadora que había sido para su Tarzán fogosa su experiencia corporal a las afueras de la cueva, y él tampoco estaba muy orgulloso por su egoísmo de haberla dejado allí, a pasos de él, a sabiendas que aparecería en cualquier momento. ¡Debió haber sido más precavido! Ahora por su irresponsabilidad, su pecosa no dejaba de sentirse culpable de haber cometido lo que consideraba una aberración. Para no empeorar más las cosas, se aclaró la garganta, y decidió evadir el tema de la intimidad. "Vaya vaya, ¡despertó la Bella Durmiente!", se viró de lado para que ella no lo viera en toda su anatomía, "¡pues no sabes lo que te has perdido!"

Pero Candy aún no se atrevía a mirarlo. Aunque habían transcurrido alrededor de once o doce años antes de volver a encontrarse, lo conocía demasiado bien como para darse cuenta que él evitaba a toda costa divulgar detalles sobre las condiciones en que ella se encontraba al llevarla allí. "Terry, yo...", comenzó, pues tenía que sacarse esa espina del pecho de una buena vez, "¿Cómo estaba yo cuando me encontraste?"

El tragó saliva al oírla. ¿Cómo pudo haber pensado que ella dejaría el asunto en paz, con su cuerpo cubierto de femenina exudación? Pero no, no convenía hablar sobre ello; de ser así, la alejaría aún más de él, y no era de sabios perderla de vista en aquella isla... no después de todo lo que había visto mientras ella tomaba su involuntario descanso. "¿Que cómo estabas?", repitió, con un hilo de burla y nerviosismo en su voz, "¡estabas tan furiosa porque yo no regresaba, que preparaste una fogata en un dos por tres hasta cansarte!", y en una movida inesperada, la tomó de la mano, con la misma amistad y camaradería con la que lo hiciera tantas veces en sus tardes de colegio. "Vamos, tengo varias sorpresas para ti..."

La gentileza con la que la tomaba de la mano, así como la dulzura-y un toque de diversión- en sus palabras, provocaron que sus ojos se llenaran nuevamente de lágrimas, pero esta vez tenía motivos para estar sensible: su Terry, el Terry de siempre, trataba de reconfortarla a pesar de ambos haber compartido, de manera indirecta, una experiencia que iba más allá de lo que unos viejos amigos estaban supuestos a tener, y que sólo ocurría entre matrimonios o amantes. 'Debe estar tan apenado como yo', descubrió, y por el bien de él y de ella misma, determinó dejar las cosas como estaban; no valía la pena remover remordimientos alrededor de un suceso que en realidad estaba fuera del control de ambos. "¿Qué sorpresa?", preguntó con voz animada. ¡Ya era hora que cambiara de actitud y lo ayudara a explorar mejor la isla!

Terry suspiró de alivio al ver que ella había desistido de averiguar las circunstancias en que él la había encontrado. Sin soltar la mano de ella, la condujo a través de un laberinto de paredes rocosas y sedimentadas de arena. "Al principio pensé que la cueva sólo consistía de ese pequeño espacio donde dormiste", indicó, "pero luego caminé hasta el fondo, y pude ver unos pequeños huecos que forman una especie de camino-"

"¿En serio?", preguntó Candy con interés, dejándose guiar por el duque. Lo que parecía ser un minúsculo hueco sin salida, terminaba en una abertura por donde podían atravesar las personas fácilmente. "¿Y adónde nos lleva?"

El sonrió como un niño que recibía sus juguetes predilectos en Navidad. "Sólo sígueme y verás", y la condujo a través de un sendero de enclaustradas paredes naturales, hasta detenerse frente a una en particular. "¿Ves esos dibujos?"

Inconscientemente, Candy se aferró con más fuerza a la cálida y protectora mano de Terry. En la superficie de la rocosa pared, unos extraños símbolos, casi borrados por la huella del tiempo, saludaban a los recién llegados. "Uno de ellos parece un sol", dijo Candy con admiración, "y otro luce como una madre con su hijo..."

"Eso mismo pensé yo", dijo él, manteniendo la mano de ella firmemente unida a la suya. "Creo que lo hicieron los indígenas, pecosa."

Ella cubrió su cuerpo con la mano que le quedaba libre. "¿De veras?", abrió sus ojos verdes cuan grandes eran. "¿Viven nativos aquí?"

El movió la cabeza en negativa. "Son dibujos muy viejos... tal vez de los primeros pobladores de la isla."

"¡Qué interesante! Nunca había visto algo así."

"Pues te gustará más lo que verás a continuación", informó él, a medida que la llevaba de la mano hasta lo que aparentaban ser dos medianos huecos en el final de la cueva. "¿Adónde llevan?", preguntó Candy con curiosidad.

Terry señaló al agujero de la izquierda. "Por allí, Tarzán, hallarás otro pequeño camino que conduce al otro lado de los acantilados, pero antes", avanzó al lado derecho, "quiero que te asomes y me digas qué ves."

"¿No pensarás empujarme, verdad?"

"Desearás que lo haga en cuanto veas de qué se trata."

"De acuerdo", dijo ella, inclinándose un poco hacia adelante... y no tuvo que avanzar demasiado, pues enseguida su rostro se iluminó con una gama de azules brillantes, al mismo tiempo que se escuchaba un eco, y un agradable y consistente sonido en el cerrado lugar. "No puede ser", susurró, incapaz de creer que tal maravilla de la naturaleza fuera posible, "¡Es agua!"

"Agua dulce", clarificó Terry, sin deshacerse de la mano de ella. "Por lo que tengo entendido, se infiltra agua de lluvia por ambas entradas de la cueva, y termina descendiendo allí, tan pura como el agua que baja de la regadera."

"¿Entonces ya te bañaste?", preguntó ella, ávida de conocer los detalles sobre el aseo, hasta que reparó en el físico arenoso y enrojecido de él. "Qué tonta soy, no me había fijado", dijo entre risas, "¿pero por qué no lo hiciste mientras estaba dormida?"

El sonrió con sarcasmo. "De haberlo hecho, pensarías que había tomado ventaja de tu inconciencia para abusar de ti, y además... no soy enfermero, pero encontré una planta medicinal más adelante que podría aliviarnos la urticaria, y pienso que deberíamos intentarlo antes de asearnos, ¿no crees? No tardaré, así que pronto volveremos y tendremos bastante agua para beber..."

Candy sonrió con gratitud, pues cualquier otro en lugar de Terry la hubiera poseído allí mismo, sin contemplación alguna, aunque en el fondo sabía que él sería incapaz de cometer tal bajeza. De todos modos, se dirigió a él con humor, columpiando al aire, sin darse cuenta, sus manos que ahora estaban completamente entrelazadas. "¡Desde luego que no ibas a aprovecharte de mí con nuestros cuerpos llenos de ronchas! ¿Te imaginas qué hubiera sido con este incesante picor?", y sin poder evitarlo, ambos comenzaron a reír, aunque lo cierto era que la molestia en la piel no había impedido que conociera sus secretos de mujer, como tampoco había sido impedimento para él... y como si le hubiera leído el pensamiento, Terry dejó de reír y dijo: "Debemos evitar provocarnos de esa manera, Tarzán, aunque no tuvieras la intención de hacerlo", la sujetó por el codo para ayudarla a pasar a través de la otra abertura, "a este paso terminaremos haciendo el amor antes que caiga la noche", y la siguió a través del desnivelado sendero hacia la salida, sin que alcanzara a ver el creciente rubor en el rostro de la rubia. 'Hacer el amor', pensó, haciendo un gran esfuerzo por no saborear cada una de esas palabras, '¿en verdad estamos a punto de unirnos así?', y con la suerte de ir un paso adelante, aún cuando continuaban tomados de la mano, sonrió al pensar en el gran efecto que su figura había causado en él... y viceversa. El atractivo físico de Terry hacía más difícil la tarea de olvidarlo como hombre, como amigo, como gran amor... '¿Estará viendo mi trasero?', preguntó en su interior, aunque un sexto sentido le indicaba que no era así, que Terry tan sólo mantenía la mirada fija hacia adelante, o de lo contrario, ya hubiera sentido el peso de los ojos zafiro sobre su posterior. Una vez más, sonrió como idiota enamorada a medida que llegaban a la salida... y de inmediato sintió que se sofocaba, al toparse con toda una maleza de arbustos más alta que ella y Terry juntos. "¿Qué es esto?", preguntó con temor.

Con gran pesar, Terry se separó de ella. "Tuve la osadía de atravesar una parte", indicó, "y no te recomiendo que hagas lo mismo... casi muero asfixiado allí."

"¿Entonces por qué estamos aquí?"

"Por esto", se adentró un poco sin alejarse demasiado de ella, y al cabo de unos segundos, regresó con varias hojas de una planta particular... "¡Sábila!", exclamó ella con júbilo.

El la observó con ojos azules llenos de orgullo propio. "¿Entonces sí nos servirán de algo?"

"¿Que si nos sirven?" Arrancando las pesadas hojas de sus manos, comenzó a dar saltos de alegría, sin percatarse de que al hacerlo, sus pechos y posaderas se contoneaban de tal manera que Terry no pudo evitar admirar la hermosura de esas formas. "No sólo nos aliviará el picor y las ronchas en un par de horas, ¡también nos ayudará con las quemaduras!", y sin pensarlo dos veces, entró corriendo de regreso al interior de la cueva.

Terry respiró hondo al observar cómo ella trotaba de vuelta al acantilado. En su felicidad por haber hallado una solución a sus problemas en la piel, Candy no se había percatado de que en su carrera había olvidado su pudor inicial, moviéndose a través del lugar como un animalito silvestre... un adorable animalito silvestre, tan virgen como la tierra que los rodeaba. Corrió tras ella para asegurarse que no se hubiera extraviado en el camino, pero para su sorpresa, ella estaba sentada en cuclillas frente a la fogata que había preparado a la entrada de la cueva. "Creo haber visto unas piedrillas por ahí", la oyó decir con entusiasmo.

Deseoso de aplicarse el remedio curativo sobre su piel, Terry buscó en los alrededores, recolectando unas piedras filosas de mediano tamaño. "¿Crees que éstas sean útiles, o necesitas un amolador de cuchillos?"

Ella lo miró con falsa seriedad. "Sólo serán para extraer la cáscara... lo importante es mantener la sustancia babosa de adentro..."

"¿Quién te enseñó todo eso, doctora Granchester... un médico brujo?"

"No soy la señora Granchester, ni aquí ni en ninguna otra parte", sostuvo ella con firmeza, aunque en la soledad de la isla, ambos parecían conformar un armonioso matrimonio. "Aprendí con el doctor Martin en un lugar llamado La Clínica Feliz; le gusta mucho practicar la medicina natural."

"Pues en buena hora trabajaste para él", reconoció Terry, "identificaste la hoja incluso antes que yo te la mostrara."

"Qué mucho aprendí del doctor Martin, ¿verdad?", y volvió a reír, haciendo más notables las pecas que él había adorado desde la primera vez que la viera en el Mauritania, unas pecas que añoraba besar, una por una, como muestra de su profundo e inalterable amor...

La voz de Candy interrumpió su divagación. "Listo", anunció, vertiendo la sábila sobre una chamuscada hoja, "ahora debemos aplicarla por todo el cuerpo y así sanaremos de la urticaria y también de las quemaduras...", y comenzó a distribuir la misma en sus piernas, sus brazos, sus partes íntimas... y él hizo lo propio, contemplándola con admiración. Cuando se lo proponía, su Tarzán fogosa mostraba una entereza envidiable para solucionar problemas, sólo que a veces su razón cegaba demasiado su instinto y su corazón. "Esto es pegajoso", se quejó, mientras impregnaba su vientre y su interior con la fría e insoportable gelatina verde, "y huele muy mal-"

"Pues debemos llevarla puesta al menos una hora si de veras queremos perder el enrojecimiento", sostuvo ella con seguridad, mientras trataba de aplicar la sábila en su espalda. "Déjame a mí", dijo Terry con rapidez, y sin darle tiempo a ella de negarse, se colocó detrás de ella, y con sus manos repartió la medicina por la temblorosa piel.

"¡Terry!", gritó ella con espanto. Por nada del mundo deseaba pasar otro episodio como el que había provocado su desmayo. Intentó voltearse en dirección a él, pero estaba demasiado cerca de ella como para hacer una movida que no los apegara más de lo que ya estaban. Despacio, y con mucha sutileza, él refrescó la magullada espalda haciendo uso de sus grandes y hermosas manos, aquellas manos que tantas veces viera tocando el piano, y que ahora se movían con igual estilo y destreza a través de su piel... y entonces él terminó, y virándose de espaldas a ella, sonrió con la malicia de un rebelde travieso. "Mi turno, Tarzán pecosa", dijo.

Candy se quedó de una pieza. ¿Entonces no estaba jugando con ella, en un intento por hacerla delirar de placer? Su espalda aún temblaba al recordar el experimentado toque de esos dedos de aristócrata, y ahora él la miraba impaciente, ansioso por aliviar su molestia. "Tienes razón", dijo en voz baja, asumiendo su rol de enfermera abnegada, "quédate quieto mientras termino...", y aplicó la sábila sobre las moderadas quemaduras de él, que a todas luces eran más graves que las suyas. "Debes tener más cuidado con el sol, Terry", sugirió, tratando de ser tan delicada como le fuera posible para no lastimarlo, "no quiero que sufras una infección..."

Pero Terry apenas la escuchaba, pues cada uno de sus músculos se había estremecido al sentir los pequeños dedos de Candy moverse con ternura sobre su piel. Ese modo de ella de ser tan exquisita, tan genuina, tan sincera, se había calado en sus poros tan profundamente como la sábila salvadora... y se volteó de manera que ambos quedaron muy cerca el uno del otro, y le susurró al oído: "Siento mucho tener que darte una mala noticia, señora Granchester-"

Ella cruzó los brazos sobre sus rosados y bien proporcionados pechos para que él no notara cómo los mismos se habían levantado con sólo sentir su aliento en el oído... "¡Ya te dije que no soy la señora Granchester!"

"De cualquier manera", insistió él, "es mi deber informarte que no he visto tal cosa como monos en esta isla, así que no entiendo por qué lleva ese nombre", acercó su boca peligrosamente a la de ella, amarrándola con la mirada, "y por consiguiente, no podrás reunirte con los de tu especie", y tomándola de la barbilla, la besó lenta y dulcemente, como si el mañana no existiera, y tuvieran todo el tiempo del mundo para asearse y buscar alimento... y lejos de empujarlo o abofetearlo, Candy lo abrazó por el cuello, feliz de su presencia, de su cercanía, de sus besos... y esta vez fue ella quien separó los seductores labios de él, buscando embriagarse de esa boca tan afín a la de ella-

"¿Qué rayos fue eso?", preguntó Terry de repente.

Con los ojos entrecerrados bajo el efecto del breve, pero significativo beso, Candy lo miró con estupefacción. "¿A qué te refieres?"

El se puso de pie como un bólido. "Me rozó la espalda... y no, no fuiste tú, ¡qué más quisiera yo que sentirte deslizándote sobre mi cuerpo de esa manera!"

"¡Mocoso atrevido!", exclamó ella con indignación mientras se ponía de pie. "¿Qué fue lo que viste?"

"¿Además de tus pechos felices de verme?", cuestionó él con sarcasmo, para mayor enojo de ella. "Sólo sé que era muy grande, y si es lo que me imagino, entonces lo atraparé y lo convertiremos en nuestra cena."

"¡Pero ni siquiera hemos almorzado!"

"¿Tienes idea de la hora que es?" Iniciando, a paso lento y silencioso, una frenética búsqueda de la cosa o animal tan asqueroso que lo había tocado, Terry dijo con voz muy baja, para no alejar la extraña aparición: "Si debemos aguardar una hora para asearnos como dices, podemos tomar unos alimentos y esperar a hacer nuestra digestión..."

Candy frunció el entrecejo. "Lo dices como si tuviéramos un colmado frente a nosotros", se acercó al borde del precipicio, donde al fin apreció, por vez primera desde su llegada a la Mona, la espectacular vista que los rodeaba. "¡Estamos en un lugar muy alto!", exclamó, admirando el mar azul con ligeros tonos de verde, "nunca había visto el océano de ese color", agregó, maravillada ante los tesoros que el Padre Celestial había creado sobre la tierra. "Es hermoso pero... ¿dónde quedó Monito?"

"Me parece que está al otro lado de los acantilados", opinó Terry, sin perder el norte de hallar al animal que había dado al traste con un romántico y bien merecido beso, "no creo que tenga nada que no posea Mona, salvo una corriente de mar que los separa, que bien pudiera estar decorada de tiburones..."

"Sólo falta algo para hacer de este sitio uno perfecto", señaló ella con una sonrisa, "¡un barco en marcha o un aeroplano!", y ambos comenzaron a reír, sin dejar de contemplar la impresionante playa, ahora repleta de-"¿Esas son tortugas de mar?", preguntó Candy.

Terry agudizó la vista para distinguir mejor a los juguetones animalitos. "No puede ser... se mueven demasiado rápido", expresó, "aunque tratándose de esta isla, ya nada me sorpren- ¡Ahí está!"

Ella dio un brinco de susto al escucharlo. "¿Está qué?"

El clavó su intensa mirada en los ojos verdes. "¿Cuán exóticos son sus gustos culinarios, mujer de campo... prefiere los patitos o los conejos?"

"¡Cómo se te ocurre!", exclamó ella con disgusto. "¿Cómo crees que iba a comerme los animalitos del hogar de Pony? Son nuestras mascotas, nuestros amigos-"

"¿Entonces sólo te gustan los vegetales?"

"¡Oye, también me gusta el pollo y el pescado!"

"¿Y no te da lástima comértelos?", contratacó él, y ella enmudeció al no tener más armas con las cuales defenderse. "¿Qué me dices de ese lagartijito que está detrás de ti?"

"¿Te refieres a aquéllo que viste?", y al ver que él asentía en silencio, se dio la vuelta, muy despacio, temiendo toparse con una abominable bestia, pero resultó ser peor: un reptil de proporciones más grandes de lo usual, la miraba con cara de pocos amigos, sacando la lengua en el proceso. "Míralo, se parece a ti", dijo Terry entre risas, haciendo que Candy saliera corriendo disparada detrás de él, seguidos del antipático lagarto gigante. "Cuidado, Tarzán", se burló él, escabulléndose de una furiosa y sensual mujer con sarpullido, "alguien quiere jugar contigo, ¡jajajajaja!"

"¡Ahora verás, Terry Granchester!", gritó ella, más enrojecida por su enojo que por los granos y quemaduras, pero él, increíblemente más veloz que ella tomando en cuenta la casi atlética infancia de la rubia y la discreta formación de nobleza del actor, corría con mayor agilidad, mientras que el lagarto se arrastraba poseído alrededor de ellos... y de repente se detuvo, alucinada con la visión del duque riendo y correteando como un niño, como si estuviera dejando su vida en la carrera, a pesar de la sed y el cansancio que los arropaba. '¿Cuándo fue la última vez que te divertiste así?', preguntó desde el fondo de su corazón, embelesada con las piernas que se movían a gran velocidad, su espalda, su amplio pecho... y su corazón se estrujó al pensar en la posibilidad de que Susana hubiera disfrutado a plenitud de ese cuerpo tan cálido y bien formado. 'Estaba en todo su derecho, Candy', se reprendió, conteniendo los deseos de llorar al instante, 'no eres quién para reclamar nada...', y para no torturarse más con celos mal justificados, se plantó frente al histérico reptil, y agarrándolo de la cola con un brazo, le dio varias vueltas en el aire diciendo: "En el hogar de Pony también jugamos al béisbol", saboreó la mirada asustada de él, "¡y los niños me han nombrado la mejor lanzadora de la casa!", y lanzó al mareado animal en dirección al mocoso insolente que tanto gozaba de molestarla... pero los reflejos de Terry fueron mucho más certeros que su precisión en el lanzamiento, al éste agacharse al suelo y esquivar el golpe, haciendo que la alimaña se estrellara contra el acantilado, cayendo inerte y ensangrentada sobre la tierra.

Como si aún representara un grave peligro, ambos se acercaron, poco a poco y con suma lentitud, al casi destrozado reptil. "Pudiste haberme matado", reclamó Terry con la boca abierta, y Candy no mostró objeción alguna, pues tenía toda la razón. ¿Cómo obtuvo la fuerza para levantar un lagarto de semejante ligereza y tamaño? "Tienes razón", se limitó a decir, sin atreverse siquiera a mirarlo. ¡En verdad pudo haberlo lastimado! Iba a tomar al inmóvil animal en sus manos para ahorrarle a él el asco de tener que deshacerse del mismo, pero Terry se le adelantó diciendo: "Y yo que creía que eras amante de los animales..."

"Lo soy", aclaró ella con firmeza, "pero eso no es un animal, ¡es la cosa más rara que he visto en toda mi vida!", e hizo un puchero para contener los deseos de reír, hasta que Terry exclamó, con igual brillo de complicidad en sus ojos: "¡Eso no evitó que me la aventaras como una pelota!", y ambos se partieron de risa, al mismo tiempo que él se colocaba en posición de lanzamiento, y en una pésima imitación de su bella enfermera, agudizó el tono de su voz de manera que fuera lo más similar posible al timbre de la rubia. "En el hogar de Pony jugamos al béisbol", cacareó, haciendo mofa de las dramáticas palabras de las cuales ella hiciera uso minutos atrás, "en el hogar de Pony jugamos al béisbol", y dio varias vueltas con el brazo, mientras ella se abrazaba el estómago, que ya le dolía de tanto reír. "Mira cómo lanzo, mocoso insolente", continuó él, con exagerada voz chillona y acento americano, "mira cómo te mato con esta cosa y te mando volando hasta Lalalandia", y esta vez fue él quien cayó arrodillado de la risa, mientras que Candy seguía riendo hasta las lágrimas. "¡Cuacuacuacuacua!"

"Cuicuicuicuicui", rió Terry, incapaz de concebir que a pesar de la gran probabilidad de quedarse varados en la isla por el resto de sus vidas, hallara una paz y una felicidad como nunca antes la había experimentado. Dentro de la crisis por la que estaban atravesando, ambos habían hallado la manera de volver a conocerse, de encontrarse el uno al otro ahora que eran un hombre y una mujer. Al final, su estómago comenzó a gruñir, y no precisamente a consecuencia de la risa. "Vamos, pecosa, tenemos que comer", indicó, reuniendo el valor para acercar al lagarto sin vida a la extinta fogata, "¿te atreves a sacarle la piel a esta cosa con el mismo ímpetu con el que me la arrojaste?"

Ella extendió las manos al aire dándose por vencida. "Siendo así, ¿cómo me voy a negar?"

"Si es del mismo modo como despegaste la cáscara de la sábila, te ayudaré."

"¿Por qué mejor no enciendes el fuego? Las hojas de palmeras todavía son útiles."

"Pues espero hacerlo tan bien como tú"... y al cabo de unos minutos, ambos devoraban el nuevo manjar con deleite, chupándose los dedos luego de cada bocado. "Lagarto rostizado", dijo ella con la boca llena de alimento, "¡de haber sabido que sería tan delicioso, habría venido mucho antes!"

"Despacio, Tarzán, no sabemos si nos caerá bien al estómago", sugirió Terry. "Lo cierto es que sea como se llame esta cosa, es tan sabrosa como el pollo."

"¡A mí también me supo a eso... a pollo!"

El apuntó con el dedo índice en dirección a los pocos trozos de lagarto aún disponibles. "Es tu culpa por no haberme dejado besar a mi pecosa", dijo a la carne, y Candy no pudo menos que sonreír. Si ambos querían mantener la calma y no perder la razón ni la esperanza en aquel desolado lugar, el humor era la mejor medicina, aunque estaba más que consciente que en el fondo Terry estaba tan desorientado como ella, y aún así trataba de preservar la paz entre los dos. 'No quiero que eso cambie', aceptó en su interior, 'aunque me es difícil quererlo como amigo si también tengo que aceptarlo como hombre...' De pronto, sintió un fuerte e incesante dolor de estómago, y supo que había llegado el momento de apartarse de él. "Tengo que irme", dijo con prisa, y tomando varias cáscaras de sábila que había descartado en la tierra, bajó casi corriendo pendiente abajo, y con sumo cuidado de no caer al vacío, se puso en cuclillas pegada al borde, y permitió que la digestión terminara su trabajo. 'Es una buena señal', pensó, 'significa que el organismo está funcionando bien', y luego de limpiarse, subió de regreso al interior de la cueva, donde Terry se había quedado profundamente dormido sobre una enorme piedra. "Eso es, amor mío... descansa", y se estremeció de orgullo por este valeroso hombre que había afrontado muy bien la realidad de ellos. "Cuánto lamento haberte hecho esto", susurró, "traerte hasta aquí, lejos de tu vida, de tu trabajo, de tu ciudad", y en la siguiente hora, se mantuvo en vigilia, asegurándose que él no estuviera deshidratado o inconsciente. "Es la segunda vez que te veo dormir... te ves tan tranquilo y ajeno a todo", y se sonrojó al tener el privilegio de presenciarlo en ese estado tan apacible. "Eres hermoso incluso mientras duermes", y tal y como hiciera en el bote de Lionel, su mano buscó los contornos de ese rostro que tanto adoraba, y al encontrarlos, trazó el perfil de él con la yema de los dedos, sintiendo una descarga eléctrica en cada roce con la abrasadora piel, hasta detenerse en el pronunciado mentón, y luego subió a los labios, esos labios que la habían besado con dulzura, con ardor, con desespero... con toda clase de emociones. Con las uñas, delineó las delgadas comisuras, y su propia boca comenzó a inflamarse al recordar las ocasiones en que ambos pares de labios se habían comunicado en mutua comunión... y se acercó lentamente, mirando sin cesar esa boca ardiente y experimentada que la hacía volar al infinito en cada exploración, y antes que su cerebro le indicara detenerse, unió sus labios a los de él, percibiendo un nueva revolución en su vientre... las mariposas del amor. Lejos de apartarse, continuó dando chasquidos en la boca del actor, mientras sus dedos disfrutaban la textura del oscuro cabello... y sin saber cómo ni por qué, aventuró la punta de la lengua a través de la inmaculada dentadura, y en lugar de encontrar resistencia, fue recibida con una danza en el interior de su boca: había estado tan inmersa en expresar su afecto por Terry, que no se había dado cuenta que lo había despertado, y ahora le devolvía el beso con intensidad.

Con mucho cuidado de no acercarla a su cuerpo, Terry sintió que había alcanzado el cielo, e incluso creyó en un principio que de veras había muerto y llegado a la gloria al ver cómo Candy, por iniciativa propia, lo había sacado del profundo pozo de los sueños, besándolo como toda una experta, experiencia que había adquirido... gracias a él. El, y nadie más que él, la había besado así, cuando ningún otro había logrado posar sus labios sobre ella... y ahora Candy retribuía lo que había aprendido a través de alegres y emotivos besos. "Hmmmmm", la oyó suspirar dentro de su boca, orgulloso de practicar con ella el arte de un buen beso, y acarició los dorados cabellos, procurando mantener ambas bocas unidas, hasta que sus labios se resecaron, y con mucho pesar se apartó diciendo: "Lamento interrumpir este momento tan romántico", continuó alisando la cabellera de la rubia, "pero si no queremos desgastarnos, deberíamos ir por un poco de agua-"

Pero Candy estaba muy lejos de ahí. Ahora que había sido sorprendida por Terry mientras lo besaba, no tenía argumentos para rechazar su cercanía. ¿Cómo haría ahora para mantenerlo a raya? Sin embargo, una voz interna le decía al oído que no había hecho mal alguno en haber probado sus labios, mas no contaba con que él reaccionaría con prontitud, retribuyendo el acercamiento. ¡No quería que se llevara una idea equivocada de ella! Estaban en la isla como dos sobrevivientes de un naufragio, y con toda seguridad serían rescatados en cualquier momento, y a partir de entonces todo volvería a ser como antes...

"¿Candy?" Terry se había puesto de pie, con su mano extendida hacia ella. Sin tomar la misma, ella se levantó por su cuenta, y dirigió sus pasos en dirección a la gruta de agua.

Terry movió la cabeza desconcertado; después de todo, no fue él quien la sorprendiera con la magia de un beso... sino ella quien derribó sus propias defensas, ella, quien aguardó a que él estuviera dormido para mostrar, sin razonarlo demasiado, todo el amor que sentía por él y se negaba a darle... Sin saber el rumbo que habrían de tomar dentro de la isla, se limitó a seguirla por el camino que conducía al milagroso hueco de agua, hasta que llegaron a la entrada del mismo, y Candy no tuvo otro remedio que girarse hacia él. "Prometiste no empujarme, ¿recuerdas?"

Esa fue la oportunidad que él necesitaba para romper el hielo. "Eso fue hace unas horas, querida", dijo con adulación... y la empujó hacia un declive que él mismo desconocía que existiera.

"¡Aaaahhhh!" Candy no esperaba ser deslizada de esa manera, pues creía que con tan sólo avanzar unos pasos a través de la entrada ya estaría dentro de la alberca natural; sin embargo, resbaló hasta caer unos metros más abajo, cayendo en un enorme pozo de agua de unos cuatro pies de profundidad, con cabida para unas ocho a diez personas... y de inmediato olvidó su enojo y se maravilló con lo que había en derredor.

En un área completamente cerrada, pero de mayor altura que los pequeños y angostos espacios del resto de la cueva, una imprevista charca de tranquilas aguas refulgía en una espléndida luz, sin fuente de iluminación que improvisara tal fulgor. No había peces ni ninguna otra especie marina, sólo la claridad del agua limpia y cristalina... y bebió de ella con afán, hidratando todo su organismo luego de varios días de calentura y menstruación. Tomó tanto como su cuerpo y su energía se lo permitieron, y para su alivio, el agua, efectivamente, era limpia y digna de beberse. "Gracias, Padre Celestial", dijo en voz baja, y entonces escuchó un fuerte chapuzón a sus espaldas, y cuando se dio la vuelta, Terry estaba inmerso en el agua, igualmente asombrado por la belleza y amplitud del lugar. "Es toda una pileta", señaló, llevándose varios puñados de agua a la boca, "jamás hubiera imaginado que algo así existiría..."

"Yo tampoco", confesó ella tratando de relajarse, y se viró de espaldas a él, procediendo a remover de su cuerpo sus manchas de sangre, y otros rastros de impureza. 'Al menos ya se fue la urticaria', pensó con alivio, y no pudo evitar mirar de reojo a Terry, quien al igual que ella desechaba la suciedad de su anatomía, y al pasar al interior de sus piernas-

"¡Tú también estás curado!"

Terry frotaba con vigor su pegajosa masculinidad cuando escuchó la agitada y risueña voz de su pecosa. "¿Te gusta observarme, eh?" Se acercó peligrosamente hacia ella, mientras Candy retrocedía haciendo brazadas en el agua. "¿Qué hay de ti... acaso sigues experimentando picor, y de ahí tu mal humor?"

"Estoy bien, no te preocupes", dijo ella con parquedad; y cuando él comenzó a nadar en círculos alrededor de ella, arrojó un puñado de agua a la cara del actor. "¿Me harías el favor de alejarte?"

Pero Terry no estaba dispuesto a pasar por otro episodio de rechazo y de inseguridades. "El único tiburón que estuvo a punto de atacarnos", dijo con picardía, "está lejos de aquí, con nuestra ropa en su panza y el bote de Lionel atravesándole la garganta", y en dos brazadas la atrapó en sus brazos, levantándola de tal manera que sus piernas quedaron flotando en el agua. "Eres tan liviana como una pluma", dijo entre risas, revisando el interior de sus piernas.

Sujetada por él en todas sus extremidades, sus piernas en un brazo y sus manos en el otro, Candy comenzó a retorcerse en la superficie. "Esto no es gracioso, Terry, ¡suéltame!"

Con una sonrisa serena en su rostro, Terry sólo la miraba con unos resplandecientes ojos azules bañados por el resplandor del agua. "En efecto, estás mejor", comentó, con un hilo de ansiedad en su voz, "y para tu información, soy sensible al frío, pero si continúas revolcándote de esa manera, entonces no me haré responsable de mis actos", y la soltó de repente, al tiempo que Candy lo salpicaba de agua una vez más. "¡No tenías que mirarme!", gritó, con el ya familiar tintineo en su vientre amenazando con hacerla desbordarse en amor por enésima ocasión... y se zambulló en el fondo del agua, buscando detener las reacciones de su cuerpo, y esta vez tuvo éxito, pues el tiempo transcurrido en el hermético agujero terminó por arrugarle la piel, y subió a la superficie, justo a tiempo para ver a Terry aproximarse a la plataforma de tierra que los había bajado hasta allí. "Hora de volver a casa, Tarzán", lo oyó decir, antes que él se volteara y le ofreciera su mano nuevamente. "¿Vas a venir, o comprarás una cuerda para subir?"

Candy observó el empinado sendero que la llevaría de regreso a la parte superior de la cueva, y no le quedó otro remedio que aceptar su ayuda, aunque para ello tuviera que soportar que él la tocara levemente. Levantando las rodillas para moverse con rapidez desde el extremo opuesto de la charca, pasó al lado de un divertido Terry, y se dispuso a trepar la peligrosa inclinación, pero su corta estatura no le permitía llegar muy lejos... y entonces él la alzó en el aire, levantando las abultadas posaderas hasta que pudo tocar tierra nuevamente, en un contacto tan inocente e inesperado que, en vez de ponerse en pie y seguir su camino, permaneció así, acostada sobre su estómago, recuperándose de la impactante sensación que habían dejado los largos dedos de músico sobre su posterior. No era que lo hubiera hecho intencionalmente, pero cualquier gesto proveniente de Terry, cualesquiera que fueran las razones, producía en ella un efecto tan efervescente como el de una caricia. A sabiendas que él la observaba, no se atrevía a abandonar el refugio que había encontrado a sus propias contradicciones internas.

'Ahora menos que nunca voy a salir del agua', pensó Terry, sin despegar la mirada de la apenada pecosa renuente a aceptar que le había agradado que la tocara allí, en esa abultada y suave redondez que había incendiado sus manos como leña al fuego. No había sido su intención posar sus manos allí, pero al ser tan diminuta, no tenía otra salida que recurrir a esa movida, y lo que era peor... ella no se movía de donde estaba, haciéndolo apreciar, ahora en forma abierta y desmedida, los dos promontorios que guardaban la promesa de una entrega de amor, y se mantuvo quieto, permitiendo que la quietud de las aguas terminara por helar hasta la más íntima de sus extremidades. ¿Cómo harían para salir de allí, con una Candy avergonzada de sí misma interceptando el paso hacia el resto de la cueva? Entonces se le ocurrió una idea con la cual mataría dos pájaros de un tiro, aunque ello le costara otro incidente de enojo de parte de ella, pero ya era tiempo... tenía que saber... y de un salto cayó en el declive, justo frente a ella, y sin dar explicación alguna, arrancó de su cuello el horroroso y casi inservible collar que había guardado con tanto celo desde que lo encontrara en altamar, y salió en estampida hacia el refugio de ambos, seguido de una agobiada Candy, quien se levantó con desespero, saliendo al encuentro de él. ¡Por nada del mundo permitiría que leyera el contenido del sobre! De ser así, estaría perdida, totalmente expuesta al corazón de él, o por el contrario, se ganaría el odio de él... para siempre. 'No, eso no', pensó para sí, con lágrimas en los ojos, 'no quiero que se entere, ¡y mucho menos que me deje de hablar! ¿Por qué todo era tan complicado? Lo que para otros sería tan sencillo como retomar una vieja relación, para ella resultaría en un viaje sin regreso al mismísimo infierno. ¡Jamás sería feliz si estuviera a su lado, ni siquiera tratándose de una estancia transitoria en una isla desierta! Corrió tan rápido como pudo, ignorando el frío que amenazaba con levantar su pecho al desnudo, tratando por todos los medios de recuperar el collar que representaba una gran carga sobre su espalda, y que marcaba los límites entre el deber y el querer, entre lo correcto y lo incorrecto. "Por lo que más quieras, Terry", dijo en voz alta, esperando alcanzarlo antes que éste lograra su cometido de abrir la caja de Pandora, "¡por favor, no lo leas!"

/

Y a las afueras de la cueva, Terry leía, con la boca abierta y sin emitir palabra, el contenido de la carta que catapultara a ambos a un abismo profundo y sin fondo. ¿Cómo Candy pudo ser capaz de...? Iracundo, frotó las sienes con las manos, buscando desenredar la madeja de intriga y maldad alrededor de ellos, alimentados por la dadivosidad de Candy. ¡Cielos, a su edad ya debería distinguir entre el bien y el mal! Pero si de algo no le quedaba duda a raíz de la lectura, era de que había malgastado los pasados diez años de su vida... perdiendo el tiempo en algo que no merecía la pena. "Si ya lo sabías, Candy", preguntó con rabia, aún antes que ella lo alcanzara desde las profundidades de la cueva, "¿por qué lo permitiste, por qué?", y con ceremonia, levantó la carta en el aire, disponiéndose a quemarla en la fogata, pero resolvió hacer algo mejor... y muy acorde al contenido de la misiva. A paso agigantado, bajó a toda prisa a través de la pendiente, y minutos más tarde, estaba en la playa, lejos de Candy y de su crueldad, apilando cuantas hojas de palmeras yacían sobre la arena, así como unos troncos caídos, e hizo la carta a un lado mientras encendía una segunda y furiosa fogata, tan intensa como el brillo de cólera en sus ojos, tan bravíos como el mar que los había traído hasta allí, pero no arrojaría la carta allí, no... tan sólo había encendido el fuego para pasar allí la noche, y para suerte de él, no hacía frío, por lo que no pasaría tan mala velada una vez llegara la hora de dormir. El sol no se había ocultado aún, por lo que contaría con la iluminación suficiente para disfrutar a cabalidad de lo que estaba por hacer. "Es hora de ir al baño, Terrence Granchester", dijo con determinación; y arrojando nuevamente la carta sobre la arena en un apartado rincón de la playa, se puso en cuclillas sobre la misma, dando a las deshonrosas palabras allí escritas su merecido lugar.