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MAR BRAVIO

por

Astrid Ortiz

(Eiffel)

CANDY CANDY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 1976.

FINAL STORY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 2010.

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Capítulo 9

Un rojo atardecer acariciaba las playas de la isla de Mona, tiñendo de anaranjado el paisaje de palmeras, cocos, acantilados, y toda especie de vida silvestre... y humana.

Candy emergió del oscuro acantilado, temerosa de que Terry hubiera alcanzado a leer la carta que había llevado guardada con ella desde que el primer momento en que la leyó. "¡No puedes leerla... no puedes!", exclamó, asomándose al pie del peñasco, desde donde divisó una fogata adicional a la orilla de la playa. "¿Por qué encendiste otro fuego?", preguntó con inquietud, a medida que comenzaba a descender a toda prisa al encuentro de él... y para su horror, estaba sentado frente a las olas, rasgando varias hojas de palmeras, y uniendo las tiras unas con otras, formando una especie de bordado. 'Lo usará como red de pesca', pensó, gratamente sorprendida por la suspicacia del actor para tomar toda clase de medidas en situaciones impredecibles...

Estaba con la cabeza baja, por lo que ella no podía leer la expresión en su rostro. ¿Acaso le había jugado una broma pesada, y tan sólo había guardado el collar en un lugar seguro a la espera de que ella le suplicara devolvérselo? Todo era posible en el mundo interno de Terry Granchester... y en menos tiempo de lo que se hubiera esperado en tal distancia, estaba en la playa, y avanzó con lentitud hacia él a medida que las olas le acariciaban los pies. El olor a salitre proveniente del mar era embriagador, y muy a tono con el dulce atardecer, pero más tarde elogiaría las creaciones del Todopoderoso; por lo pronto, debía asegurarse que la carta estuviera tan lejos de él como le fuera posible-

"¿Qué esperabas para decírmelo, Candy?"

Ella sintió que su piel se erizaba de miedo al escucharlo, y no lo había escuchado así, con ese frío y cortante tono de voz, desde la inoportuna ocasión en que él la sorprendiera observando la foto de Eleanor Baker en el dormitorio de varones en el San Pablo. 'Ya lo sabe', descubrió, y sus manos comenzaron a temblar en anticipo a la gran tempestad que se avecinaba... "Dame mi collar, Terry", ordenó, rogando porque él no detectara el pánico en su voz.

Sin apartar la vista del vaivén de las olas, él lanzó una espeluznante risa. "¿Te refieres a la joya, o a la pila de estiércol que había dentro de ella?"

'No le daré el gusto de enojarme', dijo ella para sus adentros. Despacio, se acercó poco a poco, a la espera que Terry le permitiera tomar asiento junto a él, y con mucha calma, conversar como personas civilizadas, hasta lograr que él le hiciera entrega de la misiva-

"Me deshice de ella, Candy... la envié adonde tenía que estar."

Ella lo miró con reproche. "¿Con qué derecho lo hiciste? Esa carta iba dirigida a mí, y a nadie más", y como si se tratara de un perfecto extraño, se cubrió los pechos y el interior de sus piernas con ambos brazos para no ser objeto de su gélida mirada, si era que en algún momento él decidiera hacerlo, pues él no mostraba interés alguno en despegar la vista de las corrientes marinas. "Debo suponer que la leíste", añadió.

Finalmente, Terry se volvió hacia ella, no sin antes cavar con las manos un hoyo en la arena y colocar su hombría dentro del mismo. "¿Con qué derecho, dices? ¿Y qué hay de mi derecho... el derecho que tenía de saber?"

Tratando de no dejar escapar una sola lágrima, Candy mantuvo la compostura. "No sé de qué me hablas..."

"¡Por supuesto que lo sabes!", volvió a dirigirle una mirada asesina, "¿por qué nunca me contaste que Susana te había enviado una carta... y por qué insistes en llevarla contigo como un amuleto sagrado?" Echó más arena sobre su enterrada masculinidad. "¡Y para colmo la recibiste al poco tiempo de habernos separado en Nueva York! Es por eso que no quieres estar conmigo, ¿verdad?"

"Era mi carta, Terry, no la tuya-"

"¡Me importa un rábano si iba dirigida al Presidente!", gritó él con ira, cerrando los puños a ambos costados para no propinar un golpe contra la arena, el agua, o cualquier bicho que se le cruzara de frente, "¡Era tu carta, pero también era mi vida!", y entonces ocurrió algo que Candy jamás hubiera imaginado: con la excelente retentiva que caracterizaba a los profesionales de la dramaturgia, comenzó a describir, y casi recitar, con perfecto lujo de detalles, el contenido de la carta haciendo uso de gran parte de las expresiones escritas por Susana... y lo sabía porque ella también se había memorizado la misma. "Por dónde empezamos", dijo él entre dientes, "'Querida Candy, ¿regresaste sin percances a Chicago? Te ruego me perdones por hacerte esa escena y forzarte a regresar-'"

"¿Cómo puedes ser tan cruel?", cuestionó Candy, sin poder contener su llanto por más tiempo.

Pero él estaba decidido a continuar. "'Yo sabía dónde estaba el corazón de Terry. Aunque lo sabía, no lo iba a dejar de todos modos-'"

Ella se cubrió los oídos para no seguir escuchando. "¡No sigas, por favor!", consideró regresar a la cueva, pero a pesar de la frialdad entre ambos, no estaba dispuesta a dejarlo solo en la playa... no después que él la hubiera protegido de los peligros en el mar y el buque de O'Reilly. "¿No ves que ella no está aquí para defenderse?"

"Aún no hemos terminado", sostuvo él con dureza. "'Comparado con perder a Terry, no poder caminar no fue nada para mí'", respiró hondo antes de proseguir, incapaz de concebir que Candy hubiera rescatado la carta del Vestris por encima de su valija y demás pertenencias, "'lo que tengo que hacer es pedirte tu compasión en mi mente y continuar amando a Terry con tu porción de amor...", y aclaró la vista de sus ojos, que comenzaba a empañarse con la neblina de las lágrimas, "'te lo agradezco muy profundamente por darme la esperanza para vivir por algo... espero que seas feliz'", y cubrió sus ojos con ambas manos para que ella no lograra ver cómo se habían nublado de llanto. Cerrando los mismos con fuerza para no perder el norte de todo cuanto quería decirle, incrustó las manos en la arena, rogando a Dios que le diera el valor de desahogar toda su frustración. "Hace uno o dos años te había enviado una carta-"

"Lo sé...", susurró ella entre lágrimas, "la tengo guardada con llave en mi habitación en el hogar de Pony-"

"Y aún así, decidiste viajar con la carta de ella", replicó él, con la mandíbula temblorosa por tanta rabia contenida. "La única posesión que salvaste del Vestris, entre tantas cosas de importancia, era esa porquería..."

"No le llames así", dijo Candy en solidaridad con la fallecida. "¡Ten más respeto por los muertos! Fue tu difunta novia quien la escribió-"

"¡Una novia con la que no me hubiera quedado más tiempo de haber sabido sobre la existencia de ese papel!", exclamó Terry haciendo un mohín de disgusto. "¿Cómo pudiste aferrarte a esas palabras... y cómo no me alertaste sobre ellas?", arrojó un puñado de arena al agua, "Y yo que creía que ella había sido una buena persona, contrario a su madre... ¿no te das cuenta que en esa carta se mostró tal cual era en realidad?"

"¡No veo nada de malo en lo que me escribiera Susana!"

"¿Eres ilusa o sólo finges no entender?", cuestionó él, sin abandonar la muralla de arena que había erigido para defenderse. "¿Qué clase de persona es aquélla que encima de quitarle el novio a otra chica, averigua su dirección en Chicago para restregarle en la cara su victoria y asegurarse que no volviera a acercarse a aquéllo que consideraba su propiedad?"

"No es como lo quieres poner", objetó Candy con terquedad. "¿Quién era yo para impedirle que estuviera contigo luego de haber sacrificado su vida y su carrera por ti?"

"¿Y acaso tú, o Eleanor, o incluso cualquiera de los actores del elenco aquella noche en el ensayo, no hubieran hecho lo mismo en su lugar?"

Candy guardó silencio. ¿Adónde quería llegar Terry con todo esto... a convencerla de que Susana había sido una mala mujer? A excepción de aquella vez que la actriz le hiciera creer en el hotel de Chicago luego del estreno de El Rey Lear que el actor no estaba en disposición de verla-y que luego atribuyó a sus celos de mujer enamorada-nada de lo que había hecho Susana en el pasado mostraba indicio alguno de malas intenciones en la otrora dramaturga. Midiendo con suma cautela sus palabras, comenzó a decir: "Aunque así hubiera sido", lo cierto era que por él hubiera sido capaz de ceder ambas piernas y también a él, "eso no quita lo que ocurrió con Susana, ni su intento de suicidio más tarde-"

"Según lo que leí, que según tengo entendido, es lo mismo que has estado leyendo los pasados, ¿diez, once años?... ella se excusaba contigo por haber provocado lo que consideraba 'una escena'..." Pasó una mano por el agitado mentón. "De veras resultó haber sido una buena actriz. ¡Esa noche sobre la azotea fue capaz de engañarnos a todos!"

"¿Insinúas que también planificó el accidente?"

"No niego que esa idea pasara por mi mente", respiró hondo para controlarse, "pero dudo mucho que hubiera sido capaz de llegar a tal extremo, aunque no he dejado de preguntarme si acaso Susana no tuvo la oportunidad de salvarse, hacerse a un lado al mismo tiempo que lo hacía conmigo... no, definitivamente ella no lo planeó, pero sí fue muy conveniente para ella. ¡En ningún instante del tiempo que pasé a su lado, se lamentó de haber perdido la pierna! Y ahora que tuve la oportunidad de leer ese reguero de estiércol, puedo ver que de nada nos sirvió a ti y a mí haber tenido compasión de ella. ¡Su condición de inválida no le había importado en lo absoluto mientras me tuviera de lazarillo!"

"Terry, yo-"

"¡No he terminado aún!" Con los ojos zafiro llenos de furia, él abrió su corazón como debió hacerlo entonces, en el hospital St. Joseph, de no haber sido por su estupor, su cobardía, su estupidez... y una muy persuasiva señora Marlowe. "¿Has hablado con alguien más sobre esa carta, Candy... le has comentado a Albert, a la tímida, o algún otro amigo, acerca de esto?" Al ver que ella movía la cabeza en negación, él descansó la cabeza entre sus piernas. "Tal como lo suponía... no le dijiste a nadie por temor a escuchar de tus amigos, tus consejeros, o de quien fuera, las verdades que no querías oír, y que ese alguien te pusiera en tu lugar-"

"Albert me dijo que hubiera hecho lo mismo en mi lugar cuando me separé de ti", sostuvo Candy.

"Albert es nuestro amigo, no es Dios", refutó él, "él no estaba allí para asumir posturas sobre lo que hubiera o no hubiera hecho-"

"¿Y qué esperabas que hiciera yo?" Esta vez fue Candy quien impartió hielo a sus palabras. "¿Qué querías... que echara la carta a la basura y olvidara todo lo que había pasado? ¿Cómo crees que hubiéramos sido felices sabiendo que ella había arriesgado su salud y su trabajo por ti?"

"Sacrificio que hemos pagado con creces... con tu vida y la mía como garantía", dijo él con amargura. "¿Olvidas cómo me encontraste aquella vez en Rockstown, sumido en la depresión?"

Ahogada en llanto, ella lo miró con reproche. "Recuerdo cada segundo de aquella noche como si hubiera sido hoy... pero tampoco ha transcurrido un solo día desde que recibiera esa carta que no me sintiera culpable por seguir enamorada de ti sabiendo que pertenecías a otra mujer..."

"Y muy bien que se encargó ella de recordártelo, ¿no crees? Porque si lo que yo leí fue lo mismo que tú leíste hasta que aprendiste todo de memoria", arqueó las cejas esperando toparse con la desaprobación de ella, "Susana escribió esa carta a modo de advertencia, porque temía que yo la abandonara para reunirme contigo", se alisó el cabello en un gesto desesperado e inconsciente. "¡Maldita manipuladora! ¿Cómo pude ser tan estúpido para no haberme dado cuenta?"

"No hables así de ella, por favor", suplicó ella bañada en lágrimas. "¡Hizo lo que cualquier mujer enamorada hubiera sido capaz de hacer!"

"¿Y tú no lo estabas?", la miró de modo intimidante. "¿Habrías sido capaz de escribir una carta llena de hipocresía a tu rival con tal de silenciarla... por amor a mí?" Movió la cabeza de un lado a otro con perplejidad. "¡Estás defendiendo lo indefendible!" De pronto, extrajo un sobre que yacía debajo de la canasta de hojas que intentaba fabricar para atrapar pescado. "Fue lo único que quedó intacto de esa vil basura... es tuyo si aún lo quieres", y lo lanzó muy lejos sobre la arena, al tiempo que se sentaba cruzado de piernas, pues ya no aguantaba el picor en el centro de su cuerpo de tanto ocultarlo de la cruel y despiadada Candy White. "Si no fuéramos rescatados en cuanto amanezca, intentaré llegar nadando hasta Monito, y te dejaré en paz."

Candy cesó su llanto de repente. "¿Cómo dices, Terry... piensas marcharte de aquí?"

El asintió con la cabeza. "Es evidente que decidí tomar el barco hacia Barbados para estar contigo, y conocerte de nuevo, como mujer-"

"¿Y por qué no fuiste a buscarme al hogar de Pony?"

"Porque es allí donde te encierras en ti misma aislándote de todos", dijo él con tristeza, "y donde huyes de mí... como ahora que estamos solos, sin nada ni nadie que nos agobie."

"¿Quieres permanecer aquí para siempre?"

"¡Por supuesto que no, Candy!" Mandando al diablo su pudor, se levantó de golpe, y en un gesto típico de él, empezó a caminar de un lado a otro y sin parar. "¿Te has fijado que en todas las horas que hemos estado en esta isla, no hemos visto un solo avión, ni siquiera un bote de pesca?" ¡Dios, cómo deseaba fumar un cigarrillo! "No pierdo la esperanza de que nos encuentren, ¡pero también pudiéramos estar aquí el resto de nuestra vida! ¿No te has puesto a pensar en eso?" Se detuvo de repente, y antes que Candy retrocediera para evitar su mirada, se acercó a ella, quedando a sólo un aliento el uno del otro. "Estamos solos, Tarzán pecosa", recordó, sintiendo con alivio cómo se iba apagando su enojo, "y también estamos desnudos, sin nada que ocultar; sólo tenemos el sol y las estrellas que Dios ha enviado como única bendición... y el uno al otro", y al ver que ella bajaba la cabeza, le alzó la barbilla como varias veces había hecho, "pero si de veras no me quieres en tu vida, tampoco voy a quedarme aquí, buscando consuelo a las necesidades de la carne, viendo cómo la mujer a la que nunca he olvidado me rechaza, y al mismo tiempo me provoca ofreciendo espectáculos al pie de un acantilado..."

Llena de vergüenza, Candy se cubrió el rostro con las manos. No sólo la había sorprendido mientras conocía los puntos sensibles de su cuerpo a las afueras de la cueva, sino que además había hecho referencia por primera vez sobre el asunto, y fue así como comprendió que Terry estaba muy, muy molesto... y ahora que conocía su perspectiva sobre la carta que le había enviado Susana, finalmente sintió que muchas cosas se aclaraban como nunca antes. ¿Con qué objeto había preservado la carta por tanto tiempo, al punto de llevarla consigo a todos lados, obligándola incluso a no responder a la carta que escribiera él, luego de más de un año de haber guardado luto por la actriz... acaso eran ciertas las suposiciones de él en cuanto a que Susana le había escrito sólo para atormentarla?

Un cielo anaranjado bañó los rostros de ambos, anunciando que en cuestión de media hora o menos, el sol haría su retirada de la pantalla terrestre. Cansado de tanto luchar contra la obstinada pecosa, y furioso de haber descubierto el lado oscuro de Susana, precisamente a través del grave daño que infligiera a Candy, se apartó unos metros de ella, y cayendo de rodillas en la arena, estalló en un sonoro y desconsolado llanto. Tantas noches sin dormir pensando en cómo estaría ella, y cómo había tomado la separación... ¿para qué? Para que el egoísmo con nombre de Susana diera al traste con las pocas esperanzas que tuviera la pecosa de volver a verlo... 'Qué poco nos conociste, Susana', pensó con aflicción, dejando caer su caudal de lágrimas sobre el arenoso suelo, '¿en serio creías que Candy no tenía la fuerza de voluntad para mantenerse al margen de nosotros?' Y siguió llorando de rabia e impotencia, al no haber estado al lado de su pecosa cuando más lo necesitaba. ¡Cuánto dolor debió haberle causado el contenido de esa carta! ¿Cómo pudo Susana haber caído tan bajo, desgraciando la vida de dos personas en confabulación con su madre? Una cosa era haberlo tenido como su sombra, y otra muy distinta, haber echado sal en las heridas de Candy. "Acepté... ser novio... de Susana... por pura... obligación y formalidad...", dijo entre sollozos, "pero quien me... necesitaba... en realidad... eras tú-"

Al ver a Terry irrumpir en llanto, Candy se sintió desfallecer. Su corazón estaba aceptando al fin, no sólo la realidad sobre las intenciones de Susana para con ellos, sino también su responsabilidad en el deterioro emocional de Terry. "No te sientas culpable", susurró, reduciendo el abismo de arena que los separaba, "fui yo quien te arrojó a sus brazos, esperando que llegaras a quererla con el paso del tiempo-"

"¿Y crees que no lo intenté?", cuestionó él, sin intenciones de cesar su amargo llanto, "¿crees que no invertí cada momento de los pasados diez años en hallar en ella esa chispa que me hizo enamorarme de ti?", siguió llorando largo y tendido, "Susana amaba el teatro como yo, y era muy hermosa, demasiado accesible para mí, pero no eras tú, Candy... ¡no eras tú!" Dio una patada de disgusto sobre la arena. "¿Crees que puedes gobernar los sentimientos de los demás con sólo un chasquido de dedos?"

Candy recordó, con remordimiento, la primera noche en el Vestris donde ella había abandonado a toda carrera el salón comedor, enojada con él por no haber puesto el más mínimo empeño en sentir afecto por Susana, ¿o en realidad estaba enfadada consigo misma por haberse apartado de él en vano? "Traté de responderle, Terry", confesó, "intenté escribirle, animarla para que fuera feliz contigo pero..."

El se secó las lágrimas de su rostro. "¿Pero qué?"

Luego de haber esquivado la agonizante mirada azul para no enfrentar aquellos ojos acongojados, ella se armó de valor para contemplarlo. "No pude hacerlo... no tuve la fuerza para escribir lo que ella tanto deseaba leer, cuando mi corazón sabía que no serían sino puras mentiras", una vez más, volvió a llorar en silencio, "y también me deshice de una carta que había escrito para ti."

Terry se volteó en dirección a ella, sacudido por la revelación. "¿Hace cuánto lo hiciste... y por qué no la enviaste?"

Ella bajó la mirada para no perderse en la tristeza de los ojos azules. "Fue hace mucho tiempo; en ella mencionaba todos los momentos compartidos, los recuerdos que atesoraría por siempre y...", aguardó porque se deshiciera un nudo en su garganta para continuar, "finalicé la carta diciendo que te había amado."

Al oírla, Terry sintió que su mundo se venía abajo. Candice White Andley había estado, en efecto, enamorada de él, tal y como había imaginado, ¿pero ahora? No contaba con haberse equivocado en su análisis sobre el actual torbellino emocional de la pecosa, entonces... ¿en verdad ella no deseaba iniciar un romance con él? "¿Dijiste 'amado'?", preguntó, temeroso de corroborar la información.

Había llegado el momento que Candy había añorado, mas no esperado... deseado, mas no alentado. El pasado y el presente habían conspirado para mostrarse simultáneamente ante sus ojos. Con la incertidumbre de no saber qué le depararía el destino, si volver al lado de los suyos en el hogar de Pony, continuar hacia Barbados como había trazado, o permanecer en la isla de Mona el resto de sus días, estaba en una encrucijada entre el deber y el amor. ¡Nunca antes había pensado en ella antes que en los demás! "Nuestros seres queridos deben habernos dado por muertos", dijo con voz quebrada, "¡no quiero imaginar cómo están sufriendo!"

"Yo tampoco", admitió él, "pero mientras me encuentre aquí, no pensaré en otra cosa que no sea en continuar vivo y mantenerte a salvo... aunque eso, Candy, dependerá solamente de ti", y guardó silencio, a la espera de que ella abriera su alma del mismo modo en que él había despellejado la suya... y fue entonces cuando ella sintió el golpe de sus palabras, pero más que nada, de sus futuras acciones, si ella no tomaba una decisión. "No te vayas a Monito, Terry", suplicó, "en todo caso, quien debe irse soy yo."

"¿Por qué lo dices?"

"Porque no merezco tu amor", confesó al fin, liberando más de una década de angustia y remordimientos, a pesar del positivismo con que siempre manejaba su vida, "porque yo provoqué tu adicción al alcohol, y ahora que te escuchado...", tomó un respiro antes de continuar, "comprendo que he sido una tonta al haber creído a ciegas en las palabras huecas de una carta..." Se sentó justo frente a él, con el alivio de verlo más tranquilo. "No pude enviarte una carta, Terry... porque no era cierto cuando mencioné que te había amado", cruzó los brazos sobre su pecho para que él no observara el temblor que se había apoderado de los mismos, "no te había amado... porque aún te amo", y hundió la cabeza entre las piernas, avergonzada y arrepentida de haber declarado su amor. "Te amo, Terry", susurró, en medio de agudos y desgarradores sollozos, "siempre te he amado, más que a ninguna otra persona que conociera antes que a ti, porque Bert fue mi príncipe de la colina, pero sólo fue una ilusión infantil, y Anthony me gustaba, y lo quise mucho; pero lo que siento por ti es diferente, demasiado fuerte", se cubrió el rostro con las manos para no desnudar su alma más de lo que ya había desnudado su cuerpo, "¡y nunca he dejado de amarte!", y de pronto estuvo envuelta en sus brazos, los brazos del amor de su vida. "¡Lo siento tanto, Terry!", exclamó con un gemido de dolor, y agradecida, a pesar de todo, de que él la tuviera ahora resguardada en su pecho, cuando tenía motivos de sobra para deshacerse de su presencia. Por haberse negado a su amor, y al sentimiento que nunca había mermado entre ellos, le había negado a su vez a él la oportunidad de ser feliz, logrando lo opuesto de lo que había tenido trazado para su adorado actor...

"Soy quien te debe una disculpa", le dijo él al oído, arrepentido al instante de haber descargado toda su ira contra ella. "Fui muy duro contigo al juzgarte por dejar las cosas como estaban al recibir esa carta de Susana-", y sus palabras se desvanecieron con el viento arenoso y aromático, al haber escuchado una mejor música para sus oídos: la admisión de ella de que lo amaba. Ya casi lo había confirmado, pero al haber oído de ella la revelación sobre esa carta que nunca le enviara, cuyo final había descrito con un simple 'te amé', su corazón había dado un vuelco de angustia y desilusión... hasta ahora, en que todo el enojo acumulado las pasadas horas había cedido al paso del amor...

"¿Cómo fue tu vida... al lado de ella?"

Sorprendido por la inesperada pregunta, él decidió, para bien de ella y de sí mismo, mostrar el lado feo de una vida sin amor... sólo así sanarían las heridas de ambos. "Susana no me amaba, Candy; tan sólo creía hacerlo, pero en realidad buscaba la figura de un padre... y de un enfermero", y relató, con todo lujo de detalles, todo cuanto había tenido que soportar viviendo bajo el mismo techo de madre e hija... desde preparar varias comidas al día porque ninguna de ellas solía comer un mismo platillo más de una vez, hasta alcanzarle una pluma que descansaba tan cerca como sobre su falda, y limpiarle el flujo del mes. "También tuve que abrir una cuenta bancaria a nombre de la señora Marlowe", añadió", pues luego de la muerte de Susana, consiguió un abogado que probara en una corte que quedaría completamente desamparada ahora que no contaría con los ingresos de Susana, y no tenía a nadie que la ayudara en hacer sus finanzas."

Candy se había mantenido abrazada a él a medida que él contaba todas las atrocidades perpetuadas por la señora y señorita Marlowe... y ahora que él había finalizado, mucho menos rompería el abrazo. "¿Escuché bien, Terry... acabas de decir que tienes que mantener económicamente a la señora Marlowe porque la ley así lo dispuso?"

Sin deshacer el abrazo, él se apartó sólo un poco, lo suficiente para admirar sus hermosos ojos verdes. "En cierto modo se lo debo a Susana, por el sacrificio que hizo..."

"¡Pero no es justo!"

"Muchas cosas no han sido justas, para ninguno de nosotros", expresó él con sabiduría, y dejó descansar su cabeza en el hombro de la rubia, aspirando su aroma de campo, de frescura... de sensualidad. "Te he extrañado tanto...", murmuró; y fue entonces cuando supo que había llegado su turno de mostrar, con palabras, la intensidad de lo que ella representaba en su vida... "Te amo, Candy", dijo en voz baja, dejando escapar una lágrima sobre el pecoso hombro, "te amo desde la primera vez que te vi, cuando no éramos sino un par de mocosos malcriados", y sin poder evitarlo, ambos comenzaron a reír, liberando la tensión que los había afectado los pasados días.

Candy sintió la gruesa lágrima de Terry rodar por su espalda, y afianzó aún más el abrazo, escuchando así con claridad los acelerados latidos de sus corazones. ¡Terry le había dicho que la amaba, esta vez con palabras, no sólo con hechos! "Nunca nadie me lo había dicho", confesó, orgullosa de ser la dueña del corazón del actor más cotizado de todo Broadway. Broadway... "No puedo odiar a Susana por lo que hizo", dijo.

"Yo tampoco", reconoció él, sintiendo, a través de esas palabras, que su corazón al fin era libre. "Tan sólo era una loca desquiciada..." En eso, se apartó de ella diciendo: "Me odio más a mí mismo, por no haberte dicho la verdad sobre el accidente a tu llegada a Broadway, y por no haberte detenido a la salida del hospital... fui un cobarde, y no luché por nosotros lo suficiente", cerró los ojos para disipar el agridulce recuerdo del abrazo del adiós en las frías escaleras del St. Joseph, "hasta podía apostar que estabas desarrollando una fiebre-"

"La tuve", indicó ella, sin nada más que ocultar a tan maravilloso ser humano. "Estuve varios días con calentura... Albert fue mi paño de lágrimas."

"¿Tanto así?"

Ella asintió con la cabeza. "Estaba deshecha... hubiera sido mejor que la amaras, así yo habría sentido menos dolor..." ¡Eso! Luego de más doce años de interrogantes, de reproches consigo misma, al fin había descubierto el por qué se había escudado tanto en la carta de Susana para no entregar su amor a Terry: porque mientras tuviera la esperanza de que él se enamorara de la inválida, no tendría motivo alguno para correr en su busca. "Acabo de darme cuenta de algo, Terry..."

El la abrazó nuevamente, haciendo lo posible por no volver a llorar. ¡Qué cruel había sido el destino al mantenerlos distanciados, y qué horrible el proceder de Susana al haber chantajeado emocionalmente a su pecosa! "¿De qué se trata?"

"He sido injusta contigo todo este tiempo", expresó, corriendo el velo que había nublado el espectro de su vida, "ahora que lo pienso mejor, en el fondo sabía que las palabras de Susana eran falsas... sólo que no quería resultar herida una vez más si regresaba a tu lado, y no era sino a través de la carta que me mantenía fuerte, en mi propósito de no buscarte", ocultó su rostro entre el acogedor hombro de él, derramando nuevas y amargas lágrimas. "¿Cómo pude ser tan cruel contigo?"

Terry acarició el fragante cabello corto de la enfermera. "Eso no te convierte en una mala persona, Candy", aspiró el aroma de los rizos, enviando una fugaz corriente eléctrica a las terminaciones nerviosas de ella, "tan sólo te hace más humana... como a cualquier mujer."

"No pensabas así hace un momento..."

"Dije cosas que no debí... pero más que estar molesto contigo, estaba furioso conmigo mismo", sepultó la barbilla en el delicado cuello, sintiendo cómo la piel de ella hormigueaba al contacto, "por creer que la conocía bien, y que no sería capaz de-"

"No tienes por qué infligirte; no sabías que ella me había enviado una carta..."

"Y tú no sabías cómo era mi vida a su lado", se frotó los párpados que estaban inflamados de tanto llorar. "Eso nos convierte en dos ilusos... aunque sí hay algo que no me perdonaré jamás..."

"¡Pero no hay nada que deba perdonarte!"

"Sí lo hay", sostuvo él con firmeza. "Ese largo viaje que hiciste desde Chicago, ajena a lo que había ocurrido, al accidente, las presiones de la señora Marlowe", se tapó los oídos para acallar las voces de una conciencia intranquila, "no fue justo para ti haber regresado a tu ciudad sola, sin que al menos te hubiera dado una explicación-"

"Me hubiera marchado de todos modos", dijo ella con resignación, "si me quedaba, sólo habría hecho más difíciles las cosas, o Susana hubiera intentado quitarse la vida una vez más..."

"Ahora sabemos que no lo iba a hacer", comentó él con amargura. ¡Cuántos sufrimientos, cuantas largas noches de agonía y llanto y de ahogar las penas en el alcohol! "¡Vaya experiencia la que nos tocó vivir!"

"Apenas éramos unos niños", dijo Candy, en total acuerdo con él, "eso, entre otras cosas, nos hizo madurar más rápido que otros-"

"Y es por ello que seguimos enamorados como la primera vez."

"No lo había pensado de ese modo", y sin poder evitarlo, pensó en Susana, y en la huella tan profunda que tanto ella como su madre habían dejado en la personalidad de Terry. "Ahora comprendo por qué te mostrabas tan complaciente en el barco, diciendo que sí a todo lo que decía, a pesar de mis desplantes... estabas tan acostumbrado a hacer la voluntad de Susana y su mamá, que en tu empeño en pasar más tiempo conmigo, nunca me dabas un no por respuesta", y con el corazón comprimido a raíz de los traumáticos años que en que el actor había repartido su tiempo y su libertad entre el teatro y las damas Marlowe, acarició con la palma de la mano los párpados llorosos del actor, al tiempo que componía las rebeldes cejas, estremeciéndolo en el acto. "Vuelve a hacer eso... me gusta", y ella lo complació gustosa, serenando así su corazón, que se había endurecido en un principio al descubrir que ella había llevado el peso de esa carga como una cruz, pero una sola y traslúcida mirada de la enfermera había sido suficiente para mostrar que no hubo malicia alguna en sus acciones... sólo ingenuidad, y un hermoso corazón. "Ya veo por qué estabas tan reacia a entablar una amistad conmigo", dijo con ojos cerrados, disfrutando la sensación de los diminutos dedos de ella calmando su mente y su espíritu. "Susana nos tuvo prisioneros a ambos, pero ya no está... y ahora somos libres de ella, y del daño que nos ha hecho-"

"Y nos hemos liberado más del daño que nos hemos hecho nosotros mismos", señaló Candy, continuando con los suaves y casi terapéuticos movimientos; y en silencio, admiró aún más al hombre que había dejado atrás un vicio que había malogrado su adolescencia, para dedicarse de lleno a su vocación, como vía de escape a su adolorido y lastimado corazón. "Ya no llores más, Terry", imploró, con un hilo de desasosiego en su voz, "te conocí llorando, y llorando nos despedimos... no soporto verte así..."

El se sonrojó al escucharla. "Soy actor... muestro mis emociones muy de lleno", y tomando la mano de ella entre las suyas, depositó un sonoro beso en la rosada palma. "Debo ser el sujeto más llorón que hayas conocido..."

"¡Lo eres!", exclamó ella con una sonrisa, acariciando la mano que él había besado. "¿Te gustó, Tarzán... que te tocara así?", y al ver que ella bajaba sonrosada la cabeza, alzó la bien delineada barbilla con un puño, obligándola a mirarla a los ojos. "Si estuviéramos en el barco, o en Barbados, o en cualquier otra parte, te hubiera pedido que te casaras conmigo, no sin antes haber mandado raptar al sacerdote para oficiar nuestro casamiento."

Candy abrió los ojos desmesuradamente, sintiendo que su ritmo cardiaco se aceleraba a unos niveles que amenazaban con rebasar los límites de lo normal. "¿Casarte conmigo?"

"No veo por qué te sorprende", dijo él con asombro, "a menos que tú no sientas lo mismo y no desees hacerlo-"

"¡Pero yo sí quiero, Terry!", llorosa de alegría, se aferró al cuello de él con los brazos. "¡Sí quiero casarme contigo!"

Apretándola con fuerza contra su pecho, Terry dejó escapar una lágrima de felicidad. "No veía el día en que escuchara esas palabras de tus labios..."

"Y yo de los tuyos", reconoció ella al fin, "antes de la noche de tu estreno en Broadway, y muchas veces después, soñaba despierta con que estábamos casados, y te preparaba el desayuno..."

"Pero estamos aquí, Candy, y no podemos contraer matrimonio... aún", dijo él, como antesala al próximo paso que estaban por dar, juntos, siempre y cuando ella estuviera de acuerdo; y tomándola de la mano, la ayudó a ponerse en pie, y con las manos y dedos entrelazados, la condujo a una roca ubicada en una esquina, bañada por la marea, y por los rayos del sol que ya comenzaba a descender. Una vez allí, la ayudó a tomar asiento sobre la dura superficie, y luego se agachó a sacar un objeto que había escondido bajo la gran piedra. "Aquí tienes tu collar, pecosa", y con toda formalidad, colocó el mismo en el cuello de la rubia. "Siento como si me hubieras puesto un anillo de compromiso", dijo ella con emoción.

El guiñó un ojo a su cómplice en materia de sobrevivencia. "No es de compromiso sino de matrimonio", y con estas palabras, acercó su boca a la de ella, quien no tardó en devolverle el gesto de amor infinito, sellando así el pacto de amor entre ellos. Rodeando el cuello de él con los brazos, lo besó con ímpetu, pero más que nada, con una paz y una tranquilidad como sólo una mujer enamorada y satisfecha con su vida podía sentir. Este era su hogar, su remanso, y muy posiblemente, el lugar donde habría de pasar el resto de su vida, pero nada de eso importaba ahora... el mañana sólo tendría sentido a través de él, y mientras ese mañana no llegara, aprovecharía al máximo su presente... y ese presente era Terry. "Te amo tanto", suspiró entre lágrimas, apartándose de él para enjugar su propio llanto, y fue entonces cuando él resolvió no andar con más rodeos. "Aquí no puedes ser mi esposa con papeles", comenzó a decir, "pero henos aquí... dos seres que se aman, prácticamente desnudos", clavó su intensa mirada zafiro en las grandes y expresivas esferas verdes de la joven, "y con la única bendición de Dios, y de este mar que nos rodea... quiero que seamos marido y mujer", y volvió a besarla, a la espera que ella le diera una cachetada, o lo empujara al mar...

Saboreando la delicia de sus besos, Candy supo que había llegado al paraíso. Nada de lujos ni excentricidades, ni de humanitarias vocaciones: su lugar estaba allí, junto al hombre que amaba, y al que hiciera sufrir en el pasado, pues ella también había sido una cobarde al haber dejado el camino libre a otra mujer, sólo porque no quería arriesgar su trabajo, ni su zona de comodidad en Illinois... y no precisó dar su aprobación para que él continuara adelante con sus avances, pues sabía muy bien a qué se refería, ya que su corazón de mujer había dictado lo que tenía que hacer por deber. 'Mi deber de esposa... su mujer', pensó con orgullo, deteniendo el beso para admirar el reflejo de sus ojos en las oceánicas pupilas de él, llevando en su mirada la respuesta que él ansiaba obtener.

Terry no supo cuánto tiempo había transcurrido; sólo tenía conciencia de que los moribundos rayos de sol revestían la magnífica figura de Candy de destellos anaranjados, y una ola de amor y admiración colmó todo su ser, pero no debía apresurarse, no... no en la primera vez de su Tarzán fogosa. Una vez más, encontró la suavidad de sus labios, y con ello, la cálida reciprocidad de ella, y una nueva pasión comenzó a acrecentarse a medida que ambos se abrazaban y se saboreaban el uno al otro, desde una nueva perspectiva. Los besos se hicieron más largos y profundos, consumiendo cada segundo de nuevos descubrimientos. Sintió la mano de ella acariciar nuevamente su cuello, y para estar libre de dudas, él rompió el encanto de los besos, y al tomar el rostro de ella entre sus manos, no encontró aprehensión alguna que le impidiera culminar el camino. La decisión estaba tomada, y Candy lo había convertido en su decisión, y en su selección.

Nunca antes había visto ella tanta belleza. La brillante luz del sol había colmado el mar bravío en los ojos de Terry de un sinnúmero de colores, convirtiéndolos en todo un prisma de emociones... y fue entonces cuando la mano de él comenzó a recorrer, con calculada lentitud y deliberación, el interior de los muslos... y lejos de cerrar las piernas como muestra de recato, poco a poco extendió las mismas, sin proponérselo, hasta que lo más íntimo de su cuerpo estaba a la vista de él. Se desconocía por completo, y había perdido la noción de su físico, ¿pero acaso el amor no se trataba de eso... de perder un poco la dignidad y humillarse, rendirse con humildad y orgullo al ser amado? Si enamorarse equivalía a estar feliz de perder un poco de cordura y de voluntad, entonces ella entregaría todas las armas, y levantaría bandera blanca en señal de paz.

Terry contempló el transfigurado rostro de la pecosa, quien con ojos entrecerrados, se dejaba llevar por las expresiones físicas del amor que él le ofrecía. Sin darse cuenta, había separado las piernas, mostrando así la ofrenda que estaba dispuesta a entregarle, a modo de invitación... y en silencio dio gracias al Todopoderoso por ser el merecedor de ese regalo de amor. Jugando con el collar que colgaba con soltura de los agitados pechos, acomodó el mismo como correspondía, pero sus manos no se apartaron de allí: con el tiempo a su favor, y con toda la calma del mundo, extendió las palmas de sus musicales manos, y deslizó las mismas, en toda su amplitud, cubriendo, y acariciando a su paso, las planicies de su pecho.

Cerrando los párpados con fuerza, Candy contuvo la respiración. Las manos que bordeaban su pecho no eran las de un médico en una consulta, sino las diestras manos de un pianista, su músico y actor favorito... y su piel comenzó a tiritar con escalofríos, y la ya conocida fiesta de mariposas en su vientre. De repente, él cambió la rutina con las manos, y cuando empezó a trazar leves y pausados círculos alrededor de ambos capullos, no pudo evitar dejar escapar un gemido, que luego se convirtieron en dos, en tres... y sintió cómo sus pechos se abrían como los pétalos de una flor. "Mírame, Candy", dijo él en un tono de voz más grave de lo usual, pero irresistiblemente británico y masculino. "Mírame, Candy", repitió, esta vez como un mandato, y ella obedeció gustosa, justo en el momento en que las llanuras de sus pechos comenzaban a endurecerse. "No dejes de mirarme mientras te hago mía", dijo sin tapujos, y ella acató sus deseos en dulce sumisión... hasta que vio un gran mástil en el interior de las piernas de su amado. "¿Qué fue lo que te picó?", preguntó en voz baja, temiendo romper el encanto del momento.

En lugar de espantarse, él echó la cabeza hacia atrás, soltando una risotada; y sin abandonar las puntiagudas montañas que se erizaban cada vez más bajo sus manos, contestó: "Me ha picado el gusanito del amor, Tarzán fogosa... y ahora sí está muy inflamado", y sin dejar de brindar atención a los levantados pechos, se inclinó para besarla, hasta que al fin retiró las palmas del busto, y tomando las manos de Candy entre las tuyas, las llevó hasta el lugar donde se concentraba el origen de la descendencia.

Candy iba a retirar las manos con espanto, pero él la detuvo por las muñecas, llevando las mismas nuevamente al centro de su cuerpo, manteniendo sus manos firmes sobre las de ella. "No te volverás a escapar", sonrió con malicia, mientras ella se quedaba inmóvil, con el varonil bulto de él entre sus manos, como si estuviera acunando a un recién nacido. ¿Qué se suponía que debía hacer en estos casos? No quería lastimarlo, pero a juzgar por la descarga vespertina que él hiciera horas antes, se trataba de una zona sensible al tacto... y dejó que su corazón marcara el paso que habría de seguir. Con mucha ternura, amor y delicadeza, Terry la había enamorado con sus manos del mismo modo en que tocaba con gran dedicación las teclas del piano, y esta vez correspondía a ella brindarle los cuidados amorosos que tanto merecía. Tratando de recordar los movimientos de él más abajo del acantilado, tomó con mano temblorosa el instrumento de pasión, y empezó a hacer círculos alrededor del mismo, rozándolo con la punta de las uñas, mientras que con la otra mano tomó las dos alhajas que hacían juego, y tal y como hiciera él con sus pechos, deslizó la palma de la mano en toda su anchura a través de las dos piedras preciosas. '¿Lo estoy haciendo bien?', preguntó en su interior, sorprendida de su osadía; pero Terry y ella conformaban ahora una pareja, y como tal, debían sostener intimidad sin ningún tipo de limitaciones. 'Al menos no se ha quejado', pensó para sí, hasta que él liberó sus propias manos, y colocándolas sobre los hombros de ella para no perder el balance, empezó a entonar un hermoso cántico amoroso, en su inconfundible e irresistible voz... los gemidos de Terry, quien no tenía reparo alguno en ser escuchado por gran parte de los animales que habitaban la isla, acariciaban sus oídos cual brisa mañanera. 'Se siente feliz', pensó con alegría, aumentando la energía en sus movimientos. ¡Tenía la motivación para hacerlo!

La luz del sol poniéndose en el horizonte, en combinación con la iluminación proveniente de la fogata, se infiltró en la piel silvestre y de porcelana de la pecosa, irradiándola de una increíble belleza. ¡Y el modo en que lo acariciaba! Sin ser una experta en artes amatorias, Candy poseía un envidiable instinto para hacer feliz a un hombre, pero no a cualquier hombre... sólo a él, a quien ella había confesado que nunca había dejado de amar. Con ingenuidad, genuino amor, y manos diestras de enfermera en un solo contacto, ella le brindaba una dicha como nunca la había recibido de ninguna mujer con la que hubiera dormido en el pasado; pero Candy no era una de tantas esas mujeres sin rostro y sin nombre... era su amor, su amiga... y ahora su amante. Con gentileza, retiró las pequeñas manos del interior de sus piernas, y la atrajo hacia él para abrazarla, cuando de pronto ella cayó de bruces sobre su estómago, sin que él tuviera tiempo de ayudarla.

Acostada boca abajo sobre la roca, Candy se encontró observando, con mucho detenimiento, la dilatada virilidad de Terry. ¿Así se transformaban los hombres cuando estaban en pleno apogeo amoroso? Llena de curiosidad por el gran cambio que había ocurrido en el cuerpo de él, volvió a tomarlo entre sus manos, y conociendo ahora la importancia que tenía para un hombre el alcanzar la plenitud a través de su talismán de amor, lo acercó a su rostro, y comenzó a acariciarlo con la mejilla, mientras que un sentado y muy erguido Terry intentaba separarse. "No, Candy, es muy pronto para ti... ahora no...", pero ya era tarde, pues si de algo había servido el haber sorprendido a la desenfrenada pareja de casados en un rincón del Vestris, sería en preparación para este momento, para practicar lo que había aprendido, precisamente con él, con su maestro en el amor; y luego de dar gracias a Dios por haberle permitido fisgonear al par de escandalosos, tomó el preciado amuleto entre sus dedos, dando uno que otro beso con la punta de los labios... y sin perder más tiempo comenzó a probar el manjar que la vida le había ofrecido.

"¡Aaaahhh!", incapaz de liberarse de ella por temor a lastimarse a sí mismo, Terry no tuvo otro remedio que acariciar con ternura los cabellos de su pecosa, quien con mucha efusividad le brindaba un placer inigualable. "Despacio... Tarzán... no es... un... biberón", pero en el fondo estaba feliz de sentirla entre sus piernas, y muy en especial, de la entrega total con la que ella se abría a todo un mundo de posibilidades junto a él. Pensó en el infortunado encuentro con el candente matrimonio en el barco, y sonrió al concluir que la accidentada experiencia había servido como marco de referencia para que la rubia abriera su mente a la modernidad y vida íntima del mismo modo en que lo había hecho con su alma y corazón.

"Hmmmmmm", contrario a lo que Candy había pensado, tener su boca ocupada sobre la piel de Terry no le producía repulsión alguna, sino todo lo opuesto... estaba orgullosa de estar de tú a tú con la mujer que había llevado a su marido a tocar las estrellas en el corredor del Vestris, y a juzgar por el modo tan sutil como él la sujetaba por los cabellos, él no podía estar menos orgulloso. Feliz de escucharlo en su delirio, entonando a viva voz el alcance de su gozo, ella se ocupó de administrarle el mejor cariño que una mujer pudiera prodigarle a su verdadero amor, hasta que él la empujó con fuerza, y sentándola junto a él en la roca, comenzó a rozar la femineidad de ella con su propia carne. "Debes... estar... lista...", indicó a duras penas, ansioso por consumar su deseo, aguardando a que ella estuviera tan preparada como él.

Candy palpó cómo su intimidad estaba siendo acariciada por la de Terry, en lentos y estilizados movimientos que la hicieron vibrar de placer... y una vez más, sus piernas abrieron paso a las fricciones de él. Empezó a gemir con desespero, pues lo amaba y lo necesitaba... necesitaba todo de él en ese instante, llenarse de su amor, de sus caricias, de su fuego... y sus gemidos se convirtieron en gritos, haciendo que él se detuviera a contemplarla, honrado de ser el elegido para poseer ese cuerpo y alma por primera vez. 'Ya está lista', pensó con júbilo, temblando de emoción ante la inminente unión. Alzando fácilmente las caderas de ella, la sentó sobre su regazo, dejándola suspendida en el aire. "Para que no... sientas tanto...dolor", dijo entre jadeos, explicando la razón para colocarla en esa posición... y sujetándola con firmeza por las caderas, comenzó a bajarla lentamente, hasta que su centro tocó a las puertas de su virginidad.

Sentada por completo encima de él, Candy comenzó a temblar con anticipación. ¿Qué tal si era demasiado doloroso? A sus treinta años, de seguro estaba cerrada como una concha... entonces sintió una fuerte presión dentro de ella, a medida que Terry iba encontrando resistencia en el camino. Poco a poco, y sin apartar las manos de sus caderas, él fue adentrándose en las murallas que protegían su inocencia... y rasgó el velo de su doncellez.

El dolor había sido tan punzante que trató de incorporarse, pero él la mantuvo sujeta de las caderas, aguardando, con infinita paciencia, a que ella se recuperara de la laceración. "Te he lastimado, pecosa", dijo con tristeza. ¡Cómo hubiera deseado evitarle tanta molestia!"

Incapaz de respirar por el intenso dolor, Candy dejó escapar un sollozo, y Terry percibió el temblor de ella en el interior de su ser. Frotándole la espalda para calmarla, colocó las manos de ella sobre sus hombros diciendo: "Abrázame... pronto pasará, te lo prometo", pero en el fondo estaba apesadumbrado por la posibilidad de haberle infligido demasiado daño. Rotando las caderas de ella con las manos para que no sintiera tanto el peso de su hombría, empezó a moverse dentro de ella, iniciando una danza de amor bajo el lánguido sol de isla de Mona. "Muévete conmigo, mi amor", dijo con ternura, abriéndose paso entre los más recónditos confines de ella, "eso es, mueve tus caderas, así, como te estoy enseñando..."

Confiando plenamente en él, Candy continuó moviendo las caderas hacia atrás y hacia adelante, tal y como él comenzara a hacer en su lugar, y para su asombro, él se las había ingeniado para acoplar su ritmo al de él, haciendo que ambos pares de caderas se movieran en la misma dirección, haciendo de sus embestidas internas unas más intensas... y ese choque de él con sus derribadas murallas de inocencia rindió frutos, humedeciéndose por dentro como par de veces lo hiciera a lo largo del día. Poco a poco, la flor de su intimidad fue cediendo a la invasión, y finalmente Candy adquirió conciencia de los dos cuerpos fusionados en uno solo. 'Estamos unidos', pensó con éxtasis, '¡Terry está dentro de mí!', y con ese pensamiento, su humedad fue impregnando a Terry dentro de ella, enloqueciéndolo de deseo... y fue así como embistió con fuerza, galopando sin freno y sin rumbo, y ella, sin saber lo que hacía, cómo lo hacía ni por qué lo hacía, respondió al llamado del amor y de la carne, saliendo al encuentro de las caderas de él.

Terry la abrazó con fuerza, jadeándole al oído: "Eso es... mi amor... quiero... que lo disfrutes...", y al oírlo, ella dio comienzo a una sinfonía de alaridos, gritando como jamás lo había hecho en su vida, ni siquiera mientras jugaba en el hogar de Pony. Gritó y se movió encima de él, sintiéndolo muy dentro de ella y de su vida...

El continuó con los embates, satisfecho de haber atravesado y ensanchado el sendero íntimo de su mujer, absorbiendo cada gota de humedad que brotaba de ella, de su amor, del cuerpo que le había ofrendado... y en un alarido, derramó espesos y fulminantes bálsamos dentro de ella, torrente tras torrente... y Candy lloró de felicidad al sentirse llena de él, de su pasión, y sus caderas dieron alegres la bienvenida al tónico proveniente del dueño y señor de su cuerpo y su corazón, lubricando todo su interior, hasta que sintió una fuerte contracción en lo más profundo de su ser, e impulsó su cuerpo hacia adelante, destilando el zumo de su amor, formando con él un nuevo y delicioso elixir.

Una media luna hacía su aparición en el litoral, como testigo tardío y silente de la unión de los dos amantes. Estrechamente abrazados, y manteniendo la misma posición que habían asumido para la entrega, Candy y Terry buscaron, fatigados, el modo de recuperar la respiración. El aún estaba dentro de ella, quien tampoco tenía prisa alguna en separarse de él. Despacio y con los ojos cerrados, ella unió su frente a la de Terry, como si en ese estado de reposo hallara un espacio de aire para respirar. Se mantuvieron así por unos minutos, asimilando la presencia de uno dentro del otro, y de todo cuanto habían tenido que superar antes de llegar hasta allí. Finalmente, él dijo con mucha dificultad: "Debo... dar... las gracias... a Anthony..."

Alzando la cabeza con lentitud para no perder el equilibrio, ella preguntó jadeando: "¿Por qué... mi amor... por qué... Anthony?"

El permaneció en silencio, buscando un poco de aire, algo que no sería muy difícil gracias al salitre del mar. A casi catorce años de haberse conocido, finalmente Candy se había convertido en su mujer... algo que parecía imposible luego de haber estado encadenado a la voluntad de Susana. 'Nunca lograste aplacar mi amor por ella, desgraciada', dijo para sus adentros, con la tranquilidad de haber hecho lo correcto al haber tomado la decisión de aguardar por Candy en el Vestris. Todo había sucedido a su debido tiempo, luego de haber atravesado la gran prueba del castigo infligido sobre sí mismo, y de una castidad voluntaria. ¡Cómo se había esforzado para no sucumbir a sus deseos prematuramente! Pero ahora era tan suyo como ella lo era de él. Habían tenido un malentendido, ¡pero vaya reconciliación! Bien había valido la pena la discusión entre ellos tomando en cuenta el desenlace... Aún quedaba por resolver su situación en la isla, asumiendo que en algún momento de lo que les restara de vida pudieran ser rescatados; pero mientras ello no sucediera, recuperaría con Candy el tiempo perdido, y si bien no estaban casados por la iglesia, al menos contarían con la presencia de Dios... y los conspiradores elementos de una isla. "Anthony... fue... es... un ángel", musitó al fin, sorprendido de sus propias palabras, "no me parezco... en nada a él... y aún así... se apareció en tu mente... y te dirigió hacia mí..."

Candy aún se reponía de sus esfuerzos amorosos cuando se estremeció al escuchar, de labios de Terry, lo que consideraba una declaración, más que una opinión. Tenía razón: a excepción del efecto de la champaña en aquel 1914, no había ningún motivo por el cual hubiera confundido el físico de Anthony con el de Terry, aunque ambos tenían idénticos timbres de voz, hasta ahora que el tono de Terry había adquirido el matiz de un hombre maduro... el hombre al que ahora pertenecía en cuerpo, mente y corazón. No tenía la más mínima idea de lo que el Divino Creador tuviera deparado para ellos; pero el tiempo que estuvieran habitando la isla de Mona, ya fuera de manera transitoria como para siempre, esta vez no se dejaría influenciar por nada ni nadie que fuera su alma y corazón. Aún no se perdonaba por el grave error de no haber compartido con nadie la carta que le enviara Susana, pero ahora que había hecho las paces con Terry, y que ambos, al fin, consumaran su amor ante Dios y nadie más, decidió que había llegado la hora de estar en paz con el asunto, por su propia sanación emocional como también la de Terry, su esposo... sí, su marido, pues si bien había sido formada en un ambiente cristiano, la realidad en la isla la había hecho reconsiderar acerca del papel que Dios tenía para ella en el mundo. Rodeados de naturaleza indomable por todos lados, no necesitaba un papel para sentirse realizada como esposa y como mujer... "Así es... mi amor", dijo en un susurro, batallando aún con su respiración, "es todo un ángel... si no hubiera sido por él... no te hubiera conocido", y rompió a llorar a viva voz, en gratitud al Padre Celestial, y a todos Sus ángeles, en especial a Anthony, por haber propiciado ese encuentro en el Mauritania. "¡Gracias... Anthony!", exclamó entre sollozos, acariciando con las manos el pecho de Terry, como si con ello asegurara su presencia a su lado.

"No llores... Tarzán fogosa", dijo él, calmando a su bella enfermera mientras alisaba sus cabellos. "El llorón... de la casa... soy yo... sólo yo... tengo ese privilegio", y ambos se partieron de risa, haciendo más ardua la faena de recobrar el aliento. "Yo también... le estoy agradecido", agregó él, luego que cesaran de reír, "y también... tuve celos de él", y la apretó contra él, haciendo que ambos pechos se encontraran, y sus pectorales saludaron con alegría a las atentas y redondas colinas de ella. "Fui un estúpido con Anthony", dijo en voz baja, dejando que una lágrima de emociones exaltadas cayera sobre el hombro pecoso de la rubia, "tenía celos de un hombre muerto, sin ninguna razón..."

Ella alisó con cariño el cabello de Terry, tratando de hacer caso omiso a la chispeante sensación de tener el pecho de él apretado contra el suyo. 'Apenas hicieron el amor, Candy, así que cálmate', dijo una voz en su interior... y reparó en el punto donde sus cuerpos aún permanecían unidos. ¡Cómo quería tenerlo dentro de ella para siempre! Ese gozo de acogerlo en lo más profundo de su alma, permitiéndole la entrada a su universo, fundiendo sus fluidos en uno, era algo hermoso, difícil de describir; y justo cuando su interior empezaba a agitarse con alegría por la prolongada visita del invasor, él se apartó de ella con mucho cuidado de no lastimarla aún más en el proceso y dijo: "Es de noche, pecosa, y en lo que a mí respecta, estoy cansadísimo. Ha sido un largo día, pero antes...", la ayudó a ponerse en pie, y después de asegurarse que ella había recobrado el equilibrio en sus piernas luego de estar tanto tiempo sentada sobre él, la tomó de la mano, y la llevó unos metros dentro del agua.

Ella se dejó llevar cual niña perdida en un lugar repleto de gente. El cansancio luego de varios días de naufragio, las confesiones, y finalmente el despertar al amor junto a Terry, habían comenzado a hacer mella en su agotado organismo, a pesar de haber descansado durante el mediodía. Se dejó conducir por él con toda la confianza que en él había depositado, hasta que el agua les había llegado hasta las rodillas. "¿Es cierto o no que la sal ayuda a curar las heridas?", preguntó él, vertiendo agua sobre sí mismo... aún no atrevía a asearla por miedo a que ella se apenara por su higiene o su virginidad perdida.

Luego de sumergirse en el agua para mojar todo su cuerpo, ella emergió del fondo y contestó: "Es un remedio curativo...", pero él no emitió palabra alguna al ver cómo la rubia sirena de grandes pechos y rostro pecoso había salido a la superficie, con el cabello mojado hacia atrás, tan bella que no parecía real... y recurrió a las frías corrientes para aplacar el deseo que volvía a acumularse en su masculinidad. 'No tan pronto, Terry', ordenó a su cuerpo, pero el mismo no acataba las instrucciones. 'Al diablo con el pudor', se dijo, y sin dejar al descubierto su agrandada pieza de amor, avanzó hacia ella con una duda. "¿Aún te duele?"

Ella asintió con la cabeza. "Molesta un poco, pero pasará", y empezaba a arreglar algunos de sus salados rizos cuando él la tomó de la cadera con una mano, y con la otra bajó al interior de sus piernas, aventurando un dedo por el lacerado canal... y comenzó a explorar, rítmica y ávidamente, el rincón secreto descubierto por él.

Candy no se esperaba tal intromisión, mucho menos después de haber hecho el amor hacía apenas unos minutos. "Terry... no", musitó, ahogada en sus propios gemidos, "allí no... no está limpio..."

El la miró con deseo. "¿Y crees que a mí me importa? Vamos, Tarzán fogosa, déjate ir", y al añadir otro dedo a la inesperada visita, ella abrió las piernas, y sosteniéndose de los hombros de él, se entregó con abandono, impregnando a su marido con la erupción de su pasión.

Satisfecho, Terry sacó los dedos del templo sagrado, mostrando un hilo de sangre, revestido de jugo amoroso, extraído de su interior. "Tú y tu empeño de teñir el día y la noche de rojo, Tarzán fogosa", y levantando a una extenuada Candy del agua, la sentó justo en la orilla, y una vez allí, tomó asiento detrás de ella, acariciando el pecho de ella con una mano y la flor de su intimidad con la otra. "Ya no más, por favor...", dijo ella con voz débil.

"Yo también estoy rendido", confesó él, a punto de volverse loco con el dolor de hinchazón en su privacidad, "sólo una vez más... es nuestra luna de miel", y continuó seduciéndola con las manos, humedeciendo, por enésima ocasión, el santuario de amor de Candy. '¿Es posible tanto amor, Dios mío?', preguntó ella en silencio, extraña de su propio cuerpo en directa comunicación con sus sentimientos. '¿Cómo me queda energía aún?', y reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, iba a ponerse en pie en el preciso momento que él se disponía a entrar dentro de ella, y así lo hizo, sólo que...

Entró por la puerta equivocada.

Candy sintió un dolor más desgarrador que el de la primera vez, y agitó las caderas con interminable molestia. "Me duele, Terry... ¡me duele!", gritó, bañada en llanto.

Terry se frotó la sien, absorto en remediar el daño. "Lo siento, mi amor, yo no quise... te moviste muy rápido... es la primera vez que yo...", iniciado, al igual que ella, en esa forma alterna de hacer el amor, no encontraba salida al intenso dolor que le había ocasionado, y trató de apartarse, pero su Candy estaba tan cerrada en esa senda oscura y solitaria, que sólo hizo más agudo el dolor.

Desesperada, Candy no encontraba qué hacer. Sabía que Terry no había tenido intención de lastimarla, y que tan sólo había hecho una movida en su arrebato de amor cuando... Imposibilitada de levantarse, e incapaz de soportar la punzada de Terry en ese otro portal que pocas o ninguna mujer solían ofrecer, comenzó a moverse, de rodillas, hacia adelante, buscando la manera de liberarse sin que ello provocara mayor dolor o lastimara a Terry. Empezó despacio, moviendo las caderas para un lado y para el otro, y ocurrió lo increíble...

Terry aún analizaba posibles planes para aliviar la tensión física de su pecosa cuando ella comenzó a agitar las caderas, en un esfuerzo por aliviar su molestia, y una marejada sin precedentes comenzó a arroparlo con desenfreno y frenesí. Atrapado en el angosto aposento de ella, el vaivén de ella y sus caderas lo comprimían por dentro, y contra su voluntad, terminó moviéndose de manera involuntaria, con un gozo que jamás había experimentado.

Luego de unos minutos de hacer malabares con las caderas para mitigar el dolor, Candy sintió como un apasionado Terry se había dejado llevar por sus movimientos, al punto en que los músculos internos de ella finalmente comenzaron a ceder ante sus embates... y al cabo de otros minutos, ambos afinaron las caderas en un mismo baile, moviéndose acoplados y al unísono, acrecentando el ritmo hasta alcanzar un crescendo del cual no había regreso... y ambos explotaron con himnos de gozo, saciados hasta la plenitud.

Sin apartarse de ella, Terry besó con suavidad la nuca de su pecosa. "En verdad lo siento", y la sinceridad y gentileza en sus palabras eran tan palpables y evidentes, que ella irrumpió en llanto, agotada por todo, por haber pasado hambre y sed bajo el sol en un incómodo botecito, para luego escapar de la maldad de unos traficantes, nadar cientos de metros hasta la isla, y al final de la tarde, ofrecer su virginidad al hombre que siempre había amado. "Shhhh, tranquila", susurró él a su oído, derramando también una lágrima de conmoción. Luego de intensos días buscando sobrevivir, y más recientemente, de abrir sus corazones y sus cuerpos el uno al otro, ambos merecían, finalmente, un buen descanso. Con el calor de la fogata como único abrigo, colocó a la pecosa de costado, sin abandonar el sorpresivo refugio posterior del cual también había terminado tomando posesión por accidente... y sin alcanzar siquiera a darse las buenas noches, pues estaban demasiado sofocados para emitir palabra, entrelazaron sus manos, y cayeron vencidos por el sueño, pegados el uno al otro.