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MAR BRAVIO
por
Astrid Ortiz
(Eiffel)
CANDY CANDY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 1976.
FINAL STORY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 2010.
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Capítulo 11
No bien las aves canturreaban al inicio de un nuevo día cuando Terry se puso en pie. Apenas había pegado un ojo en toda la noche, velando el reposo de Candy, quien de vez en cuando se agitaba llorosa en su atormentado sueño, siendo tranquilizada por él, y se mantuvo en vilo observándola, temeroso de que su pecosa sufriera una hemorragia o padeciera de intenso dolor, mas no fue así, y ahora ella descansaba, con los ojos hinchados de tanto llorar, sobre la casi lisa superficie en una esquina de la cueva. Muy a su pesar, se levantó de su lugar junto a ella, y arrastró los pies hasta la salida.
Debía apresurarse antes que ella despertara, pues quedaría destrozada si volviera a ver la sangre en el suelo. Haciendo uso de dos cáscaras de coco vacías que él y Candy usaban para beber agua, bajó hasta la cueva de agua dulce, y al llegar hasta el declive, sólo fue recibido por tinieblas. 'Apenas amanece', pensó con melancolía, bajando por el mismo sendero contra el cual Candy se había lastimado, ocasionando la pérdida de su retoño. Si no la hubiera sorprendido con aquella nalgada, tal vez no hubiera resbalado y-
Con su mente carcomida por el remordimiento, no tuvo otro remedio que bajar a buscar el agua necesaria para limpiar la entrada del acantilado. No estaba de ánimos para estar allí, mucho menos después de lo que había sucedido, pero era preciso obtener el agua indispensable para beber, ya que en las tres semanas que él y Candy habían pasado en la isla, no había caído una sola gota de lluvia; además, no había tiempo para bajar hasta la playa y abastecerse de agua salada para la limpieza, y Candy también precisaba un aseo luego del terrible sangrado que había dado por culminada la esperanza de un nuevo ser formado por ellos. Así pues, se valió de ingenio para subir de nuevo junto a ella sin derramar el agua de las cáscaras de coco, colocando una de éstas al lado de su mujer, y con la otra salió al paso del caudal de sangre en la que se había convertido la semilla de amor que había cultivado... y enterró la cabeza en su hombro, llorando de angustia al corresponderle a él el remover la prueba contundente de la huella de vida que había depositado en Candy. Al igual que su padre, había concebido en ausencia de todo documento matrimonial, mas no le importaba en lo absoluto, pues haber sabido que la criatura había sido el producto de su amor con Candy superaba con creces todos los problemas sociales que hubiera estado dispuesto a encarar. "Dios, no puedo hacerlo", dijo entre sollozos, sintiendo un vacío similar a aquél que lo llevara a las penumbras del alcohol y otros excesos, "no puedo borrar toda esta sangre..." Entonces pensó en Candy, y en la gran impresión que en ella dejaría la pintura de rojo intenso que robaba protagonismo al acantilado, sin contar con que la misma atraería ciertos animales no comestibles, tal vez salvajes... y antes que se arrepintiera por completo de hacerlo, no demoró más, y recogió, con rapidez y furia contenida, todo rastro visible de la noche anterior. Eliminar lo que aparentaba ser una impureza en el suelo virgen constituía para él un sacrilegio al verse obligado a deshacerse de todo lo que había brotado de las entrañas de su esposa, pero debía hacerlo, por la paz de Candy así como por la de él: ya era suficiente con llevar el tormento en sus inquietas almas para encima tener el recordatorio fehaciente de lo que habían sufrido en carne propia.
Al cabo de unos minutos, regresó al interior de la cueva, y una vez allí, se dispuso a pasar el segundo trago amargo de la mañana: limpiar a su tigresa herida para evitarle una infección, despidiéndose así de ese breve instante de paternidad compartida, como si al hacerlo, las cosas regresaran a la normalidad, pero sabía muy bien que no sería así, y que sus vidas, dentro o fuera de Mona, no volverían a ser como antes...
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Candy. Tenía los párpados pesados de tanto llorar, por lo que no podía abrir los ojos; y al sentir cómo le era vertido un chorro de agua en la parte central de su cuerpo, emitió un gemido de dolor, mas no dolor físico, sino un dolor de rabia consigo misma, por haber sido tan egoísta. Por primera vez en su vida, se había consentido a sí misma permitiéndose ser amada por Terry tanto como él la amaba a ella... y ahora pagaba con creces el alto precio de su indiscreción. Sin atreverse a abrir los ojos a la dura realidad que la esperaba, sintió que sus labios se remojaban con el preciado líquido, aunque poco o nada le importaba si se hidrataba lo suficiente o si se secaba hasta morir. En su ineptitud como enfermera, no había precavido la posibilidad de quedar embarazada inmediatamente después de su menstruación(algo muy poco probable, pero por lo visto, tampoco imposible) y no sólo Terry le había dado un hijo en la primera oportunidad, sino que ahora había expulsado el manifiesto de amor entre ellos. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Debió haber reconocido las señales: el cambio en la forma de su cuerpo, que había atribuido en un principio a la educación física recibida de Terry, sus cambios de humor aún luego de culminado su período, su vehemencia por comer más de esos lagartos, aunque había atribuido esto último a pura glotonería...
Con más debilidad moral que física, sorbió un poco de agua, y al caer en cuenta de los esfuerzos de Terry en reanimarla, comprendió que no debía ser la única en sentir que le había sido arrancada el alma de su cuerpo. 'Debe estar deshecho', pensó con tristeza, agudizando más su congoja, 'él deseaba tener un hijo conmigo, incluso antes que yo', y con un esfuerzo sobrehumano, abrió los ojos poco a poco, y al hacerlo, sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas al ver las enrojecidas pupilas de él. El azul zafiro había dado paso a un rojo encendido, como recordatorio de la sangre que había derramado de su cuerpo... "¿Bajaste a buscar agua?", preguntó con voz apagada.
Terry asintió. "Alguien tenía que hacerlo... estaba muy tenebroso allí."
"¿Qué hora es?" Luego de lo ocurrido, los minutos pasaban lentamente, y no veía la hora en que alguien la sacara de la isla cuanto antes.
El se encogió de hombros. "Supongo que no deben ser las siete aún, aunque ya no tengo sentido del tiempo-"
"No quiero estar aquí", dijo ella con ansiedad, "ni tampoco volveré a bañarme en agua dulce."
"¿Qué me dices del líquido para beber?", preguntó él, tratando de usar la lógica dentro de la desgracia de ambos, "no ha llovido nada en todo el tiempo que llevamos aquí..." Si bien sería traumático para ellos regresar a la caverna donde se había extinguido una nueva vida, no concebía otro modo de abastecerse del vital fluido. Consciente de la susceptibilidad de ella a los miedos justificados, resolvió dos cosas: trasladarse a la playa, o algún otro acantilado, para protegerse del exceso de sol y el frío nocturno, e ir por las raciones de agua él mismo, lo que le aterraba sobremanera, mas no iba a permitir que Candy muriera de deshidratación, aún cuando ella no tuviera voluntad de sobreponerse a la pérdida.
Candy se apoyó sobre los codos para tomar impulso hacia adelante y sentarse, y con la ayuda de él, se sostuvo contra una de las naturales paredes. "No quiero mirar allá afuera", admitió.
"Puedes estar tranquila", aclaró Terry, "ya me ocupé de remover... de limpiar...", tomó un respiro para evitar que un nuevo golpe de llanto lo sacara de proporción. ¡Necesitaba mantenerse fuerte por los dos! Entonces dio un giro a la plática protocolaria que sostenían y preguntó: "¿Sientes dolor?"
Ella lo observó, con sus doradas pestañas humedecidas de lágrimas. "Ya no...", y como una autómata, se puso de pie antes que él ofreciera una mano para ayudarla, y con sumo cuidado de no observar la fogata y mucho menos aquello que rodeaba la misma, inició su descenso hacia su nuevo hogar... la playa, y el iracundo mar que no dejaba de agitarse aún bajo el intenso sol del trópico.
A pesar del infortunio por el cual atravesaban, Terry necesitaba conocer más detalles... tal vez así se abriría una mejor comunicación entre ellos. Siguiendo a Candy a través del largo camino, procuró mantenerse en silencio hasta terminar el recorrido hasta la playa, y una vez allí, decidió no aplazar más la conversación. "Candy", comenzó, "¿cómo fue que quedaste embarazada?"
Por primera vez desde que tuviera el fatídico accidente, ella lo miró con reproche. "Lo dices como si hubiera hecho el bebé yo sola", reclamó. "Quedé embarazada como lo hacen las demás mujeres que esperan bebés... teniendo relaciones con sus parejas-"
"Y ahora respondes como si fuera un estúpido", señaló él, manteniendo la perspectiva de las cosas. Era comprensible la sensibilidad de ella ante la situación, aunque no dejaba de agraviarle el tono con que le hablaba. "Me refería a cómo fue posible que pasara, pues estabas llevando la cuenta", intentó nuevamente.
Ella colocó las manos en la frente, con un martilleo de inquietudes en la cabeza. ¡Cómo quería que dejara de hacerle preguntas! No estaba en la disposición de darle explicaciones, ni tampoco de participar de juegos o disertaciones-"¿Me estás reclamando?", cuestionó.
Terry respiró hondo para no perder la paciencia; le esperarían unos días difíciles, que para ella tampoco serían precisamente una luna de miel. "Sólo quería saber", respondió con cautela, "tú misma lo has dicho: no hiciste el bebé tú sola."
Luego de quedar embelesada con el vaivén de las olas, como si las estuviera viendo por primera vez, ella levantó la mirada, enfrentando unos atormentados ojos azules. "Tal vez llevé mal la cuenta de mi ciclo, o sí había la posibilidad de concebir después que terminara mi flujo... no tengo un período regular", y una vez más, se desquebrajó en llanto, corrugando sobremanera el corazón de Terry. ¡Cómo quería abrazarla en ese instante! Sin embargo, algo dentro de él le decía que un gran abismo se había interpuesto entre ellos, dificultando un mejor entendimiento entre ambos. "¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte?", preguntó como un tonto.
Ella movió la cabeza, tapándose los oídos para no escucharlo más. De repente, y sin saber cómo, el silencio de la isla se había vuelto ensordecedor, tornando las palabras de Terry en un chirrido estridente acompañado de preguntas crueles y fútiles... y se arrepintió de no haber permanecido dormida por más tiempo, a diferencia de que ahora ya no tenía que estar un segundo más en el acantilado. Sí, dormir... ésa sería su mejor medicina, incluso más eficaz que cualquier sedante que hubiera aplicado a sus pacientes en un pasado muy, muy lejano... "Quiero irme de aquí", respondió, enfrentando la cólera contenida en las pupilas de él, "sácame de este lugar, por favor-"
El no pudo evitar sonreír con sarcasmo y melancolía a la vez. Era absurdo hablar de abandonar la isla cuando no tenían los medios para hacerlo; de haber sido así, la hubiera llevado a que se atendiera con un médico a la mayor brevedad. "¿Cómo quieres que viajemos... en tren o en bote?", volvió a preguntar, impartiendo un poco de humor ácido para hacerla reaccionar. "Desde luego que no puedo hacerlo y lo sabes..."
"Quiero irme", repitió ella, con la mirada verde ausente de todo cuanto la rodeaba, "nunca quise estar aquí-"
"Tampoco fue mi elección venir", sostuvo él, liberando un poco de su cinismo, "pero hemos tratado de obtener lo mejor de estos días-"
"Lo mejor de estos días", repitió ella de manera inconsciente. ¿Qué le parecía a él tan gracioso de toda la experiencia... el naufragio, la amenaza que sobre su vida hicieran O'Reilly y sus otros malhechores, o la pérdida de su bebé? Era como si él se hubiera resignado a estar allí, pues sólo así pudiera dar rienda suelta a sus incansables y lujuriosos deseos, algo que no haría tan a menudo de estar de vuelta en la civilización. Alejándose de él para no tener que escuchar más cuestionamientos, se recostó sobre la roca donde la había tocado por primera vez, y muy seguramente donde habían anidado a su criatura... y cerró los ojos para volver a dormir, el único placer que se volvería a permitir.
Transcurrieron las horas, que se convirtieron en días, hasta completarse las semanas, y ya cuando faltaban dos días para la llegada de la Navidad, Terry estaba harto de todo, de la isla, de su soledad... de la depresión de Candy. El, como nadie, sabía de memoria lo que conllevaba vagar por la vida como una marioneta, deambulando un día tras otro, desconociendo a los allegados a su alrededor, oyendo, mas no escuchando, las voces internas y externas a su persona... y logró salir de ese pozo sin fin, a paso lento, pero seguro, gracias a ella, a su pecosa que con entereza había reunido el valor para proseguir con su vida con dignidad, entusiasmo, y mayor fortaleza que él, aunque aún no comprendía cómo fue que ella terminó haciendo a un lado su vocación para recluirse en el hogar de Pony. ¡Cuánto hubiera deseado haber contado con el apoyo de su rubia esposa en esos momentos difíciles! Ahora estaba allí presente, dispuesto a escucharla, a protegerla, a llorar con ella la desdicha del malogrado embarazo; pero para Candy, era un ser prácticamente invisible que sólo subía al acantilado a recoger el agua necesaria para su sustento y le llevaba comida de vez en cuando... y ya no aguantaba seguir así.
Esa tarde, Candy estaba tumbada, como ya era su costumbre, sobre la roca donde había comenzado todo, cuando de súbito, sintió el aliento de Terry a sus espaldas, y al éste depositarle un cariñoso beso en el hombro, ella dio un brinco de susto. "¿Qué estás haciendo?", preguntó con voz seca, incorporándose de inmediato. ¿Cómo se atrevía a tocarla después de todo lo que había pasado? "¿Acaso no te importa lo que pasó?", cuestionó con furia, indignada por los avances de él, "¡No volveré a hacer el amor contigo hoy, ni mañana, ni nunca!"
Aquello fue más de lo que Terry estaba dispuesto a soportar. A dos semanas de entablar monólogos como un idiota al ser respondido con el silencio cada vez que intentaba hacer conversación con su amiga y confidente, ya se había colmado su paciencia. "Ni siquiera pensaba seducirte", expresó él, levantando las cejas en señal de alerta, "sólo quería saludar a mi esposa-"
"¡No estamos casados!"
El se quedó de una pieza. La Candy que había conocido estaba inerte junto a la fogata alrededor de la cual había arrojado, contra su voluntad, al pequeñito que recién empezaba a formarse; en su lugar, una ojerosa mujer de cabellos resecos lo miraba con desdén desde su abatimiento. "Creí que lo estábamos", comenzó a decir, con el aura del enojo nublándole la razón, "pero no sabía que una de las partes había renunciado...", y volteándola con fuerza en dirección a él, preguntó sin rodeos: "¿Tanto me odias por lo que te hice, Candy?"
Ella lo miró aturdida. Si algo le había quedado muy claro desde el trágico suceso a las afueras del acantilado, era que Terry no debía tomar responsabilidad por lo ocurrido. Intentando descifrar el por qué de sus palabras, ella alzó la mirada, con sus ojos aún desorbitados por su enajenación de la realidad. "No sé a qué te refieres", alcanzó a decir.
Pero él no estaba de humor para más groserías. "¿Debo hacerte un mapa con direcciones para que entiendas? Claro que sabes de lo que hablo: ¡piensas que soy el culpable de haber perdido a nuestro hijo!"
"¡No, no es así!", gritó ella con obstinación.
"¿Entonces por qué me tratas como si lo fuera?" Echó hacia atrás su largo y oscuro cabello. "¿Por qué insistes en darme todo el crédito de la pérdida... crees que planifiqué una fiesta al ver cómo te desangrabas en el suelo?" Entonces lanzó una estocada que alcanzó a la rubia directo al hígado. "¿Sabes lo que pienso? Que tú también te sientes culpable... porque yo deseaba tener un hijo más que tú."
Candy contuvo los deseos de abofetearlo al escucharlo. Si bien había comenzado a recobrar la noción de su entorno, y a reconocer, poco a poco, su egoísmo de encerrarse en su caparazón, las palabras de Terry taladraron su piel como una máquina punzante y pesada. "¿Cómo puedes ser tan cruel?", cuestionó.
Terry se puso en pie, observándola con incredulidad. "¿Hablas de que soy cruel?", emitió una risa de burla, "¡he pasado las últimas dos semanas entrando y saliendo de un lugar al que no deseo regresar jamás, pero al cual tengo que volver, mientras que tú holgazaneas y duermes sin parar! ¿Quién es cruel aquí entonces?"
Ella lo desafió con la barbilla. "¡Tú eres el cruel!"
El alzó las cejas en total desacuerdo. "¿Y se puede saber por qué, o debo llenar un formulario para que me atiendas?"
"¡Yo quería ese niño tanto como tú!", gritó ella, absorbiendo la trascendencia de sus palabras. "Yo también lo deseaba... pero no era el momento, pues estábamos luchando por encontrar agua y comida en una isla, no en una ciudad, ¡y eso no ha cambiado!"
"Y si mal no recuerdo, te di la razón en esa parte."
"¿Entonces por qué me acusas de no haberlo deseado?"
"Porque preveías un posible embarazo como una excusa para que dejara de tocarte."
"No eres adivino para leer mi mente", espetó ella, con sus penetrantes ojos verdes fulminando de ira, "nunca me negué a hacer el amor contigo, ¡nunca!"
"¿Y cómo así me lo reclamas?", una sonrisa sarcástica tomó posesión de los labios del actor. "De acuerdo a la respuesta que obtenía de tu cuerpo, no recuerdo una sola vez que te hubiera hecho mía a la fuerza, y tampoco es mi estilo hacerlo, así que no veo por qué me niegas un simple beso... a mí, que soy tu esposo", y comenzó a dar vueltas de un lado a otro de la playa, protegiéndose de los dañinos rayos del sol. "¿Crees que eres la única aquí con derecho a sufrir, a escapar de aquello que nos lastima? Hemos sobrevivido a un naufragio, a una tormenta", empezó a enumerar con los dedos cada obstáculo que habían enfrentado luego de su reencuentro, "a la maldad de unos comerciantes de cuarta, a la persecución de un tiburón, y a la escasez de recursos de una isla sin habitantes-"
"Y yo estoy agradecida al Padre Celestial por eso-"
"Pues no parece, querida", dijo él, destilando todo el veneno que se había acumulado en su alma a raíz del triste incidente frente a la fogata. "Si tú y yo estamos vivos después de todo lo que ha pasado, es porque estamos aquí por una razón... y no pienso dejarme morir como tú."
Por mucho que le costara reconocer la verdad en sus palabras, Candy se sintió, no sólo derrotada por la fortaleza de él, sino también incomprendida por este extraño que se apartaba cada vez más de su agonía y sufrimiento. En cuanto se unieron en mente y espíritu, como marido y mujer, la vida les pasó factura por haber sido tan irresponsables, en vez de enfocar todas sus energías en abandonar la isla... aunque una parte de ella deseaba con todo su ser que sus momentos junto a él volvieran a ser como antes, aunque no volvieran a tocarse siquiera con la mirada. "Dices que prefiero morir, como si creyeras leer mi mente", atacó, "pero tú no tienes prisa en salir de aquí, como si quisieras dar en la isla tu último aliento. ¿Quién es el que quiere morir ahora?"
El apretó los puños para no propinar un golpe contra una de las palmeras. "Si ése fuera mi deseo, no me habrías importado en lo más mínimo", dijo entre dientes, "pero aquí estoy, dando el todo por el todo, y no es la primera vez que lo hago..."
"Sé a lo que te refieres, no necesito que me lo recuerdes", clarificó ella con creciente enfado. ¿Se suponía que ahora él le echaría en cara su valentía por haber afrontado un compromiso no deseado en Broadway mientras que ella se había conformado con retroceder en el tiempo, bajo la protección de la señorita Pony y la hermana María? ¿Qué objeto tenía sostener una lucha de poder para determinar quién de los dos era el más fuerte? "¿Qué sacas con echarme en cara tu disposición de seguir tu rumbo, como si aquí no hubiera pasado nada?"
"No está pasando nada ahora", aclaró él. "¿Así se van a resolver las cosas entre nosotros entonces... rompiendo nuestra relación cada vez que sufres un trauma?"
"No lo entiendes", dijo ella con frustración. Amaba a Terry más que en el pasado, y le estaba agradecida por haberla acompañado a lo largo de la jornada; pero algunas cosas no debían suceder, y desde sus inicios en Londres estaba claro que su destino era estar siempre separados, algo contra lo cual había luchado durante el último mes, al ignorar la realidad de Chicago, de Nueva York... como si no hubiera existido otro mundo que no fuera el de ellos. "Hemos sido egoístas", dijo al fin, liberando un poco la pesada carga que había llevado sobre sus hombros las pasadas semanas, "debimos haber pensado en nuestras familias, en lo que deben estar sufriendo... y en lugar de eso estuvimos dedicándonos a compartir nuestros cuerpos-"
"Y desde aquí hubieras enviado un telegrama a avisar que estábamos bien y a enviar por una taza de café, ¿no es así?", dijo él con sarcasmo. "¿Y desde cuándo entregarse al amor es un acto de egoísmo? Disculpa, estoy equivocado", adoptó una pose de mofa, y desde el refugio de la roca, ella pudo constatar el esfuerzo que él hacía en asumir una calma que no poseía. "Perdón... había olvidado que lo hicimos fue tan sólo, 'compartiiiiir nuestros cuerpos', pues según tú, no estamos casados-"
"Me refería a que no estamos unidos ante la iglesia", enfatizó la rubia, consciente del efecto de no haber medido bien sus palabras. ¿Qué pasaba con ella, y por qué tenía tantos problemas para expresarse correctamente, o al menos transmitir sus pensamientos tal y como quería?
Terry advirtió la confusión de la enfermera, a lo que tanteó un poco el terreno emocional que los bordeaba; necesitaba dejar las cosas claras de una vez. "Luego que tú y yo nos declaramos nuestro amor", indicó, experimentando la misma emoción que lo había embargado esa primera noche en la isla, "acordamos formar un vínculo, teniendo muy presente lo que ello implicaba, sin tener la más absoluta idea de cuánto tiempo estaríamos aquí..."
"Eso no lo he olvidado-"
"Sí lo hiciste", antepuso él, con el dolor de ser rechazado, "tanto, que apuesto lo que sea a que si algún día abandonamos la isla, en cuanto pongas un pie fuera de ella, olvidarás lo sucedido entre nosotros, y otra vez te alejarás de mí", comenzó a recoger una serie de cocos vacíos, colocándolos en una de las canastas preparadas por ellos, "¿o me equivoco, Candy?"
Ella enfrentó la mirada inquisitiva de su amado. No había albergado la posibilidad de tomar un camino separado al de él en vista de su situación en la isla; además, los días y noches de pasión entre ambos habían anulado cualquier reflexión sobre un futuro en común. ¿Qué sería de ellos si fueran rescatados? De seguro Terry viajaría alrededor del país, de presentación en presentación, ¿pero ella? ¿Cómo se ganaría la vida luego de casi doce años de inactividad laboral? Las puertas no se abrirían con tanta amplitud para ella como se abrirían para él, y su hoja de vida tampoco era muy alentadora para sus potenciales empleadores. ¡No podía marcharse a Broadway dejando que él le proveyera todos los bienes materiales! Sin embargo, había permanecido en el hogar de Pony sin aportar ingreso alguno que no fuera la ocasional paga que recibiera por brindar una que otra asistencia a los médicos locales cuando las enfermeras de turno no se encontraban disponibles... "¿Crees que soy una chica fácil?", cuestionó con voz trémula. ¡Ella misma no sabía qué sería de su vida fuera de la isla de Mona! "¿De veras piensas que me entregaría a ti sólo para pasar un buen rato y luego desaparecer?"
"Exactamente", dijo él, causándole aún más desilusión... de sí misma. "Por algo guardabas con tanto afán ese erosionado corazón con la venenosa carta de Susana dentro... porque sabías que tu voluntad flaquearía en cuanto dispusieras de ellos." Tomó la canasta con cocos en sus manos, e inició una marcha en dirección al acantilado, no sin antes darse la vuelta, y por vez primera desde la noche en que perdieran a su criatura, la observó con infinito amor. "Te propongo un negocio redondo para ti, pecosa."
A pesar suyo, ella tembló de emoción al sentir la intensa y afectuosa mirada del rebelde, como también al escuchar el apelativo de 'pecosa' que tanto le agradaba a él. "Nuestra relación no es un tratado comercial, Terry..."
"Sólo te pido que mantengamos vivo nuestro lazo matrimonial, al menos hasta que nos rescaten", sugirió él, más como un ruego que como una proposición, "después eres libre de hacer lo que te plazca-"
"¿Y quedar embarazada otra vez?"
El giró sobre sus talones; estaba dispuesto a vencer el miedo de sufrir el mismo tormento de las pasadas dos semanas, pero para ella, pasar por alto su infortunada gestación sería un escollo muy difícil de superar. "Es un riesgo que debemos correr, al igual que todos los que hemos tomado al subir al bote de Lionel", y subió a grandes pasos, llevando la pesada carga entre sus manos, antes de dirigirse a ella por última vez y decir: "me conformo con que me necesites, aunque ya no me ames... es así de fácil", y su caminata se convirtió en una frenética carrera hacia la inquietante cueva.
"Pero yo sí te-", murmuró ella, incapaz de obtener la atención del duque, quien ya había desaparecido de su vista. "Yo sí te amo, Terry", susurró, con los ojos llenos de lágrimas. ¿Cuándo fue la última vez que le dijo que lo amaba? 'Antes de haber perdido a nuestro hijo', pensó con tristeza, evocando todas las ocasiones subsecuentes en las cuales él había intentado a toda costa impartirle un poco de ánimo, a pesar de encontrarse tan abatido como ella. ¿Cómo pudo ser tan insensible? Encerrarse en su propio dolor mientras él sufría y llevaba a cuestas la responsabilidad de regresar, una y otra vez, al lugar de la desgracia, soportando la indiferencia de ella... y si en algo él tenía razón, era en que ella no tenía seguro qué decisión tomaría respecto a ambos una vez llegara el momento de abandonar la isla, de surgir la oportunidad. ¿En verdad estaba lista para dejar a la señorita Pony y a la hermana María al amparo de otras personas, así como a Albert, quien estaba próximo a atravesar por tiempos inciertos? Le debía mucho a ellos, como también le debía muchísimo a Terry... ¿y cómo había pagado su deuda con él? Apartándolo de ella, a sabiendas que eran los únicos habitantes en la isla, y que sólo contaban el uno con el otro, haciéndolo sentirse culpable por lo ocurrido junto a la fogata, cuando en realidad era ella quien no merecía tanta paciencia y bondad de él. ¿Sería por eso, pues, que había evitado todo contacto con Terry... porque en gran medida se sentía responsable por haber quedado embarazada? El había dejado claro que no tenía intenciones de hacerle el amor, lo que dejaba ver que estaba tan renuente como ella a volver a repetir la dura experiencia que afectara la convivencia de ellos las pasadas dos semanas; no obstante, había hecho el acercamiento de besarla en el hombro, y sólo en el hombro, y ella lo había ahuyentado como si el gesto le causara repulsión. 'Aquí está, haciendo lo que puede, mirando hacia adelante como siempre', pensó, 'y yo sigo aquí, en mi camino de amargura, sin ayudarlo tan siquiera...' Por instinto, se aproximó a la roca donde tantas veces derramara su llanto, y en donde había hallado, como un espejismo, el consuelo que creyó haber necesitado, aquél que no estuviera acompañado de consejos ni reproches... y de repente, comprendió que no tenía sentido regresar allí, ¿para qué? ¿Para continuar con el maratón de sueño que la liberara del inalterable paisaje? "¿Qué estás haciendo, Candy Granchester?", cuestionó en voz alta, perpleja por haber pasado largos días lastimando su espalda y sus posaderas sobre la dura roca. ¿Acaso no había sido allí donde Terry y ella habían hecho el amor por primera vez? Y aquí estaba, empañando tan lindo e inolvidable momento con una pena que ya debía dejar atrás, mas no olvidar, tal y como hizo cuando superó la muerte de Anthony, llegando incluso a enamorarse de Terry... y salió a toda velocidad de la playa, corriendo a través de la empinada ruta hacia el acantilado.
Aunque aún no estaba preparada para entrar de lleno a las inmediaciones de la cueva, y mucho menos a la posada de agua, sólo allí habría de encontrarlo, pues de seguro estaría llenando los suministros de agua, que en esta ocasión eran los cocos vacíos. "¿Terry?", llamó al vacío, esperando ser respondida con una grosería, que bien merecida se la tenía; pero grande fue su sorpresa al no recibir sonido alguno por contestación. "¿Terry, estás ahí?" Sin darse cuenta, se había detenido justo frente a la fogata, casi en el mismo lugar donde murió una parte de ellos; pero lo más importante en ese momento era encontrar a Terry, hablar con él... sin perder tiempo en analizar las consecuencias, se adentró en la cueva, y siguió pronunciando su nombre, con la esperanza de reunirse con él, y hacer que la escuchara, y de paso ofrecerle sus disculpas y explicaciones, pero todo fue inútil.
A su esposo se lo había tragado la tierra.
Temiendo lo peor, Candy apresuró el paso hasta toparse con los dos agujeros que conducían a la salida hacia el peligroso bosque seco y a la cueva de agua, respectivamente. Una terrible corazonada conmocionó todo su ser, y un repentino temblor se apoderó de su cuerpo. Cansado de verla en derrota, y más que nada, de haber quedado fuera del duelo por el cual ambos atravesaban, Terry se había marchado a quién sabía dónde, exponiendo así su vida. 'Prefieres ponerte en peligro antes que aguantar un segundo más conmigo', pensó, con un torrente de lágrimas rodando por sus mejillas. Se asomó por el hueco que marcaba la entrada a la cueva de agua, y una vez más, gritó el nombre de su amado, pero sólo el eco de su propia voz retumbó bajo sus pies. "¡Terry!", exclamó nuevamente, y sin decir más, corrió a través del angosto corredor que la llevaría a la muralla de arbustos al final del acantilado.
Sólo un par de ocasiones se había adentrado en el espeso fogaje, sin haber avanzado más de unos cincuenta metros que aparentaban ser más largos en aquel laberinto de arbustos, recogiendo sábila, aceitunas, y otras plantas y semillas de utilidad. Una que otra vez Terry la había tomado allí, sobre la tierra, y siempre terminaban doblemente fatigados por la pasión, pero muy en especial, por el asfixiante calor que apenas los dejaba respirar. Era un bosque seco, tupido de árboles que no aportaban oxígeno ni sombra, sino todo lo contrario: arrastraban una humedad que atraía los mosquitos y mayor perspiración corporal. "¿Terry?", repitió Candy, con un hilo de desesperación en su voz, "¿es una broma, verdad? Lo estás haciendo en venganza por el modo en que te he tratado", pero sólo el sonido de las gaviotas varios metros más arriba de ella se encargaba de llenar el espacio, y el corazón de la rubia bulló de sangre y desolación. ¡Terry no pudo ser capaz de atravesar la nociva arboleda! Aún recordaba cuando él le había advertido una vez que no avanzara demasiado por esos lares, a menos que estuviera tan hastiado de ella y de su introversión, en momentos en que menos convenía asumir tal reserva... Continuó recorriendo la traicionera vegetación, encontrando calor y mosquitos a su paso, sin una gota de agua para beber, lo que hizo que empezaran a agrietarse sus labios. "Debes verte terrible, Candy", dijo a la espesura, "¡mira nada más como luces! Pálida, con el cabello pajoso... ¡no era para menos que él corriera espantado!", y se abrió paso entre los matorrales, a paso decidido y firme, dispuesta a encontrarlo a cualquier riesgo... hasta que vio un coco vacío colgando de uno de los arbustos. "Es de él, estoy segura", dijo con alegría, recordando la enorme cesta llena de cocos que Terry había llevado consigo, "me ha dejado una pista, en caso que se me hubiera ocurrido seguirlo", añadió entre risas, "¡y lo hice!" Y al cabo de unas horas había encontrado tres cocos más, dos de ellos repletos de agua dulce, y ella sorbió de ellos hasta abastecerse, a medida que caía la noche.
¿Dónde se había metido Terry? Había avanzado mucho, muchísimo, contra el calor, a través del interminable follaje. Si él quería darle una lección por haberlo ignorado las pasadas semanas, estaba logrando su objetivo, ¡y a qué costo! En su necedad, Terry estaba poniendo en juego su vida y la de ella, a menos que existiera la posibilidad de... "¿Será que quiere hallar una salida?", preguntó con remordimiento. "¿Tal ha sido mi desespero en salir que no le quedó otro remedio que buscar rutas alternas?", y a pesar de su cansancio y la escasez de visión en la solitaria noche, inició una frenética carrera en aquella senda de cocos, mosquitos y verdor. Cada minuto, cada segundo contaba en aquella hermosa, pero amenazante espesura donde ambos pudieran morir asfixiados si no se apresuraban en salir. "¡Terry!", gritó, con la esperanza de encontrarlo en cualquier momento, burlándose de ella y sus pésimas decisiones. Con escasa visión debido a la oscuridad, y en su corta estatura, no había advertido que una plataforma de acero se erigía por encima de los árboles, ocultando la media luna que bien pudo haber aportado un poco de iluminación al área, a no ser por ese obstáculo al cual ella estaba ajena por completo.
De súbito, la senda se había tornado más ancha hacia la izquierda, como si alguna mano humana hubiera despejado el camino, aunque esta vez no estaba precedido de un aviso de cocos. "Debe haberlos guardado como provisión", supuso ella, caminando en dirección al amplio y liso terreno... y allí estaba, en todo su esplendor y majestuosidad, una tenebrosa estructura de acero que apuntaba a los cielos, acompañada de una vieja edificación de madera. "¡Un faro!", exclamó, cubriendo su desnudez con ambas manos. Por primera vez desde que acogiera con beneplácito a Terry dentro de su ser, había adquirido conciencia de su carencia de abrigo al ver el imponente andamiaje confundirse en la oscuridad. Si había un faro en la isla, entonces debía haber personas allí, ¿o no? Sin embargo, la ausencia de luces y vehículos había llamado su atención sobremanera, y entonces repasó las palabras de O'Reilly acerca de la falta de habitantes en Mona. "¿Hhhhhhay alguien allí?", preguntó con terror, sabiendo a la perfección la respuesta. ¿Qué sentido tenía colocar un faro en un lugar donde no atracaría nadie, a menos que sirviera como ruta intermedia o parada obligatoria en el pasado? A juzgar por el material del que estaba hecha la torre, la misma aparentaba hacer sido fabricada no antes de 1889, cuando Gustave Eiffel estaba en todo su apogeo con su icónica atracción construida en París, imponiendo un estilo a lo largo de todo el globo terráqueo. "Al menos aprendiste algo de utilidad en el colegio", declaró la rubia, sorprendida de sus conocimientos arquitectónicos adquiridos en una etapa en que apenas prestaba atención a las clases por andar pensando en- "¿Terry?", volvió a llamar por enésima vez en la noche, evitando descubrir su cuerpo, aunque cada vez estaba más segura de que no encontraría rescatista alguno en el lugar. "Terry, no te escondas, ¡ya sé que estás aquí! Me dirigiste hasta aquí, pues querías ver si seguía tus pasos-"
"No fue por eso que te dejé las pistas, Tarzán pecosa", dijo una voz en la lejanía.
Candy enfocó la vista para distinguir a Terry en medio de las sombras de la noche. Era él sin dudas, ¿cómo confundir aquella voz, a menos que se tratara de un engaño de su imaginación? Extendiendo los brazos frente a ella, buscó a tientas en el aire, desprovista de un buen marco visual. "No puedo verte... háblame, por favor", suplicó, dispuesta a implorarle de rodillas de ser necesario, "dime que esto no es una pesadilla..."
"¿Qué es una pesadilla, Candy?", indagó él, emergiendo de la base del faro. A pesar de que apenas lograba ver su silueta, Candy pudo observar, a juzgar por la lentitud con que caminaba, que estaba exhausto a consecuencia de la ardua exploración de la isla. "¿Qué es tan horrible para ti... no haber encontrado a nadie en este faro abandonado, o haberte topado conmigo?"
Candy detectó la amargura en las palabras de su marido, a lo que fue acercándose lentamente, en un intento de volver a ganar su confianza. "Tenías razón, Terry", declaró, rindiéndose ante él, y el amor al cual había cerrado las puertas una vez más, "te he tratado muy mal los pasados días, aunque no fue mi intención hacerlo..." Al lograr distinguir al fin la profundidad de los ojos zafiro, extendió las manos por segunda ocasión, esta vez en dirección a él. "Dijiste que te conformabas con que yo te necesitara, mas no es así, no te necesito... te amo", y al ver que él mantenía la distancia entre ellos, comenzó a llorar de frustración, y más que nada consigo misma, por haber propiciado dicho enfriamento.
Terry no había contemplado este escenario. Si bien se había apartado de Candy en busca de nuevos lugares, lo cierto era que en ningún momento había pensado en abandonarla en la playa, mucho menos dejarla en el estado anímico en que se encontraba entonces, aunque ahora que la tenía a pasos de él, pudo ver, con gran ilusión, una pequeña chispa de vida encender los hermosos ojos verdes. "Estaba muy enojado", admitió, "pero nunca fue mi intención dejarte, y fue por eso que dejé unos cocos en el camino... porque temía que salieras en mi busca."
"¡Pues estás loco!", exclamó ella, cruzando los brazos frente a su pecho. "¿Por qué lo hiciste, Terry... por qué llegaste hasta aquí?"
El no pudo evitar esbozar una sonrisa de burla. Horas antes su Tarzán pecosa había negado su relación en medio de una gran tristeza, y de repente aquí estaba, tan curiosa y enojada como de costumbre, dispuesta a polemizar con él, con un nuevo e inesperado brote de energía jamás esperada en una mujer que había cruzado todo un bosque en su busca. "Me apetecía una taza de té, pero no la conseguí", contestó, haciendo una mueca de altanería, "y también quería buscar la manera de sacarte de aquí, para que no tuvieras que permanecer en aquella parte de la isla nunca más..."
"Debió haber sido difícil para ti haber limpiado la sangre aquella noche", descubrió ella con admiración. "¡Oh, Terry, cuánto lo siento!", y antes que pudiera decir más, él se abalanzó sobre ella, rodeándola con sus brazos, y ambos dieron rienda suelta a su llanto. El derramaba silenciosas lágrimas sobre el hombro pecoso de su señora, mientras que ella sollozaba a viva voz al casi haberlo perdido. Nunca olvidaría a su hijo, el fruto de su sincero y renovado amor, pero ante todo, ¡amaba más a Terry! Sólo el amor entre ellos había hecho posible la concepción de una nueva vida en condiciones inusitadas. "¡No... dejes... de abrazarme... nunca!", exclamó, aferrándose al cuello de su rebelde inglés.
Terry afianzó el abrazo, depositando pequeños besos en la nuca de su pecosa. "Al fin despertaste", señaló, hallando consuelo a su tenue llanto, "estabas muy deprimida, amor, y con toda razón-"
"Tú también estabas destrozado, y no supe comprenderte..."
"Algún día volveremos a ser padres", afirmó él con convicción, sin deshacer el abrazo, "sé que nadie reemplazará el hijo que perdimos, pero volverás a formar una familia... y espero que sea conmigo", y la apretó contra sí, tratando de hacer caso omiso a un repentino e inquietante dolor en sus extremidades. 'Sólo esto me faltaba', pensó, 'enfermarme en medio de la nada...', y tomando el rostro de ella en sus manos, la besó con calculada lentitud, evitando asustarla a su paso; pero ella respondió con avidez y entusiasmo, respondiendo a cada beso con inquietud y afán, como si no hubiera transcurrido tiempo alguno desde la última vez que se entregaran el uno al otro. Se besaron con angustia, con desespero, con alivio, uniendo sus bocas en un mismo sentimiento. ¡Cómo lo había extrañado! Devolvió cada beso con la experiencia que de él había adquirido, sintiendo la brisa nocturna entremezclada con el escalofrío de sensaciones que recorría su cuerpo, mientras no dejaba de acariciar el amplio pecho, más caliente de lo normal, hasta que palpó una áspera piel bajo sus palmas. "¡Una erupción!", exclamó, apartándose de las delicias de su boca; y colocando una mano en la frente de su amado, su corazón dio un vuelco de consternación. "¡Terry, tienes fiebre!"
Con sus manos sujetando la pequeña y esbelta cintura, él ladeó la cabeza de un lado a otro, lamentando que ella diera fin al beso. "Estoy... un poco... mareado", y cayó de espaldas sobre la tierra, mientras que ella se agachaba junto a él, examinando el pecho en la dura oscuridad. "¿Terry, qué sientes... qué te duele?", preguntó angustiada.
Pero él ya comenzaba a delirar de calentura, alcanzando apenas a escucharla. "Me... picó... un mosquito... me duelen... las rodillas", y empezó a sacudirse por la alta temperatura, con su piel tiritando de frío a consecuencia de la fiebre que lo arropaba. "¡Terry!", gritó Candy, al borde del llanto; pero como toda una enfermera, y como mujer enamorada, resolvió mantener la calma. Había asistido a decenas de pacientes con ese tipo de enfermedad provocada por la picadura de un mosquito portador de la sangre contagiada, y aunque la mayoría de ellos había logrado recuperarse, para Terry sería más difícil reponerse en aquel apartado y desolado faro. "Debo ir por agua", se dijo, y para su suerte, sólo tuvo que caminar unos pasos hasta dar con la cesta llena de cocos, justo detrás del faro... con el estropeado sobre de Susana entre ellos. "Insistes en llevar ese sobre vacío a todos lados", rió con ternura, deseando tener el temple y la obstinación de él para manejar situaciones tóxicas y agobiantes; y sin detenerse a reflexionar sobre asuntos de mayor profundidad, regresó a su lado, alzando la melenuda cabeza de tal manera que sorbiera un poco del líquido sin necesidad de incorporarse. "¡Aaaaaggghhhh!", gritó él, levantando un codo con punzante dolor, mientras continuaba temblando de frío.
Candy no encontraba qué hacer. Aunque no era médico, sino una enfermera retirada, conocía lo suficiente sobre estos síntomas para saber que Terry había sido contagiado con el virus de los mosquitos, y que si ella no hacía algo al respecto, él podría sufrir una hemorragia y- "¡No, eso no!", exclamó con horror, cubriendo el afiebrado cuerpo con el suyo. Apenas se habían vuelto a encontrar el uno al otro luego de haber transcurrido dos semanas de crisis, y ahora esto... la vida de su Terry en peligro, y todo por buscar un mejor lugar para ambos. 'Si no hubiera sido tan perezosa en la playa, y lo hubiera ayudado', pensó, 'entonces él no se habría marchado, y estaría bien', y con sus manos frotó la piel del actor, que se había tornado áspera por el sarpullido, mientras él se retorcía de dolor, moviendo los codos y rodillas de un lado a otro, en un intento de mitigar la molestia. "¿Qué puedo hacer por ti, amor mío?", preguntó ella entre lágrimas, impartiendo un masaje en las sudorosas sienes, así como en las rígidas extremidades; pero sabía que él no la escuchaba, perdido en su desvarío, emitiendo quejidos de dolor... y Candy continuó frotando el pesado y caliente cuerpo de su amado sin cesar, hasta que reparó en el interior de sus piernas, y lanzó un grito de espanto.
En su confusión de las pasadas semanas, no se había percatado de que Terry, no sólo se había abstenido de tocarla, sino también de complacerse a sí mismo, y ahora que estaba siendo sacudido por la fiebre, así como por un fuerte dolor muscular, la parte de él que solía estar dentro de ella reclamaba su atención, en un furioso e inflamado rojo. ¿Cuánto tiempo debió haber estado así, padeciendo dolor físico? "No es por la fiebre", dijo en un susurro, contemplando el arrugado y comprimido centro de la espigada anatomía de su marido; y como parte de su deber, extendió el masaje al interior de los muslos, subiendo hasta llegar a los dos custodios del tesoro. Una vez allí, dejó reposar la mano sobre ellos, sintiendo la calidez que emanaba de él, y al cabo de unos segundos, reinició sus ejercicios con la mano, esta vez en movimientos circulares con la yema del pulgar. Por espacio de tres semanas, había aprendido a acariciarlo hasta llevarlo al punto máximo del goce, y ahora que estaba resquebrajado de dolor, le brindaría, con cariño de esposa, el único antídoto posible para aliviar su agonía. Sin calmantes u otro medicamento a la mano para relajarlo, sólo había un modo de hacer que bajara un poco la fiebre, al igual que el frío, a través de sus cuidados... y luego de semanas sin haberle provisto ningún estímulo, ella se encargaría de compensarlo.
Con los ojos cerrados, Terry se aferró a la tierra donde había caído acostado. El dolor se había extendido hasta los tobillos, enviando lacerantes punzadas a través de todo su cuerpo. Trató de no gritar, pero la molestia era demasiado fuerte, y contra su voluntad, empezó a emitir quejidos, casi al borde del llanto. Sus sienes latían a un ritmo desmedido, y su piel ardía como el fuego, provocándole espasmos de frío y sudor. En eso, sintió las alas de una mariposa posarse sobre sus dos gemas, y aunque no estaba consciente por completo, reconoció las suaves y diestras manos de su pecosa aliviando su pena, y su respiración se tornó más pausada, al compás del ritmo de los dedos de Candy sobre el marco de su hombría. "Aaaaaahhh", musitó con debilidad, y tan sólo un poco de alivio, liberando la tensión de sus brazos.
"Eso es, querido, relájate", susurró ella con amor, apartándole un mechón de su largo cabello, que estaba empapado en sudor. Estuvo a punto de perderlo a causa de su melancolía, y ahora que lo había recuperado, no estaba dispuesta a dejarlo morir, aún cuando los elementos externos estuvieran en su contra. Así pues, apartó con gentileza las piernas de su esposo, exponiéndolo ante ella tal cual era, con su instrumento de gozo apuntando con orgullo hacia las estrellas. 'Está listo', pensó ella con ansiedad, 'no puede esperar más', y sepultó la cabeza entre las piernas del duque, sosteniendo su firmeza con una mano, y acariciando los dos guardianes con la otra... y empleó su boca con todas sus fuerzas, trabajando cada pliegue, cada músculo, cada pieza que conformaba la magnífica y poderosa armadura de su amado.
Una serie de latigazos de húmedo y cálido aliento terminaron por sacudir hasta la última fibra del cuerpo de Terry. No podía distinguir la diferencia entre el sueño y la lucidez, y tal era su debilidad que no tenía siquiera el dominio para abrir sus pesados párpados, y finalmente se rindió a los placeres que su sueño mojado provocaba en sus terminaciones, aminorando el dolor en las coyunturas. En dicho espejismo, Candy, su amada pecosa, se conducía con ternura y sentido de propiedad en su condición de hombre, sin descuidar una sola porción de su punto de ebullición; pero sueño o no, no perdería la oportunidad de envolverse en el mismo, haciendo a un lado su suplicio de salud. "Aaaahhh", gimió con una sonrisa.
En medio de la urgencia, Candy no pudo evitar sonreír al ver y sentir la reacción de él. ¡Cómo había echado de menos enamorarlo con su boca, entre otras técnicas amatorias! Pero no; no debía tomar ventaja de la enfermedad de su varón, aunque lo cierto era que él comenzaba a calmar su respiración, y no se tensaba tanto contra el suelo. Motivada por el nuevo estado de relajación de él, resumió su labor con ahínco, sin dejar ningún rincón pendiente de atender, hasta que él arqueó la espalda, y en una sola descarga, liberó toda una vía láctea contenida por varias semanas... y se dejó caer al suelo, dejándose dominar por el sueño.
Candy tocó la piel de su enamorado, y al ver que había bajado un poco la fiebre, y que no seguía quejándose de dolor-al menos no por el momento-suspiró de alivio, dejando caer tenues lágrimas de felicidad. Ahora Terry estaba profundamente dormido, y al igual que él, ella buscaría reposo, ya que al día siguiente le correspondería ir en busca de alimento, así como mover a Terry a un lugar donde los rayos de sol no chamuscaran su piel. Colocándose encima de él, apoyó las manos sobre el amplio pecho, rogando al Padre Celestial porque Terry emergiera victorioso de la enfermedad...
Y a la mañana siguiente, y antes que él volviera a padecer los intensos dolores musculares, ella lo arrastró, con suma dificultad, unos cuantos metros hasta quedar justo bajo el faro, protegiendo a ambos de las inclemencias del sol. Una vez allí, Candy se aventuró a buscar algo de comida para sostener a ambos, consiguiendo unas aceitunas no muy lejos del lugar donde se encontraban, y aunque había recolectado suficiente cantidad para los dos, Terry estaba demasiado débil y adolorido para ingerir bocado, a lo que Candy incrementó la dosis de agua dulce que aún quedaba de los cocos, con el fin de evitarle a él una deshidratación... y cuando él no aguantaba más la incesante dolencia y picazón, ella aprovechaba que él estaba adormecido por el dolor, y aplicaba sobre él los mismos arrumacos de la noche anterior. ¡Si tan sólo mejorara un poco... al menos así podrían trasladarse de lugar! Sin embargo, no se había asomado una sola alma a las inmediaciones del faro, lo que indicaba que el mismo estaba desolado. 'Ni siquiera hay monos', pensó con incredulidad, '¿entonces por qué la isla lleva ese nombre?'
Por segunda noche consecutiva, Terry deliraba de fiebre y de dolor, a excepción de los instantes en que Candy se encargaba de hacerle olvidar las punzadas en sus extremidades; y ya entrada la madrugada, luego de haberse colocado por última vez entre las piernas de su marido, lloró hasta el cansancio, rogando a Dios porque al día siguiente él estuviera mejor, y se quedó profundamente dormida, con la inmensidad de él entre sus labios...
El día de Navidad, un centelleante rayo de sol cegó los ojos de Terry. 'Me siento tan pesado', pensó, haciendo un esfuerzo extraordinario por abrir los párpados; y cuando al fin lo hizo, luego de varios intentos, casi desmayó de la impresión: ajena a todo lo que los rodeaba, y con su rostro hinchado de tanto llorar, Candy dormía afanosamente entre sus piernas, con sus labios alrededor de su masculinidad. "Contrólate", ordenó a su cuerpo, para evitar que el deseo lo transformara de tal manera que terminara despertando a su pecosa. ¿Qué rayos había sucedido los pasados días? Sólo recordaba haberse sentido gravemente enfermo luego que recibiera la picada de un mosquito, luego llegó Candy y... comenzó a tener estos absurdos, pero placenteros sueños donde ella satisfacía sus necesidades carnales de él, y casi podía asegurar que todo lo que había experimentado en su soñolencia había sido tan vívido que parecía real, a menos que-
Alzó la cabeza un poco para observar a Candy, quien aún reposaba con su boca aprisionando su talismán. ¿Sería posible que ella hubiera...? Entonces observó el rosado rostro, salpicado con residuos de pasión, y su corazón comenzó a trotar sin rumbo fijo. ¿Cuánto tiempo había transcurrido para que ella hiciera a un lado el trauma del bebé y llegara a tal extremo? En eso, ella movió la cabeza hacia un lado, y al sentirse libre de la carga que él llevaba entre las piernas, abrió los ojos de repente, y al encontrarse con la vivaz y expresiva mirada de él, olvidó la vergüenza de haber sido hallada en semejante posición, y se aferró a su cuello, llorando de alivio. "¡Qué alegría que estés mejor, Terry!", exclamó entre sollozos, agradecida al Todopoderoso por haberlo sanado, aunque sabía que nuevos episodios de calentura estaban por venir. "Aún estás muy débil, y pasarán días antes que te recuperes por completo-"
"Todo gracias a una generosa enfermera", expresó él con dificultad, con sus cuerdas vocales adormecidas por todas las horas y días sin haber emitido palabra alguna. "Por cierto, también te amo", y colocándose de costado para no esforzarse demasiado, se incorporó contra el acero del faro, y al cabo de unos minutos, se había puesto en pie, con la ayuda de su feliz y aliviada esposa. "Me siento como una momia", mencionó.
Ella no pudo evitar reír al oírlo. ¡Definitivamente se sentía mucho mejor! "Pues sí que lo parecías", dijo entre risas, aunque las previas respuestas de él dentro de su boca distaban mucho de ser inmóviles. Con el rubor de dicho recuerdo en su rostro, comenzó a marchar muy despacio, a instancias de Terry, quien había insistido en avanzar hasta lo que él creía que era la vía de un tren. "La vi a lo lejos, justo antes que empezara la fiebre", indicó él, apoyado en el brazo de su pecosa, "si no hay habitantes en esta isla, los hubo hasta hace poco-"
"¿No lo habrás soñado?", preguntó Candy con seriedad, "¿por qué alguien habría de construir una vía de tren en una isla como ésta?"
"Ya lo averiguaremos", dijo él con resolución; y en efecto, al llegar al comienzo de la vía, ambos quedaron atónitos por el largo camino que conducía a una cueva cercana a la playa, así como por el reducido tamaño del carril. "¿Estás seguro que es la vía de un tren?", volvió a cuestionar.
El se llevó un puño al mentón, ahora más pronunciado debido a lo mucho que había adelgazado. "Más bien parece una ruta para viajar en carretas llevadas por animales", supuso, "de cualquier manera, sea lo que sea que se transportaba por aquí ya no existe", y a paso lento para no agotar las defensas corporales de él, recorrieron la ruta de los rieles, hasta que la misma terminó en el interior de la cueva que habían avistado. "No entiendo", comentó Candy al ver que habían llegado al final del camino, "¿por qué alguien habría de construir una vía de transporte hacia una cueva?"
"Tal vez planeaban extender el recorrido hasta otro extremo, y no terminaron el camino", infirió Terry, sorprendiéndose por un hallazgo inesperado en la cueva. "¿Es eso una escalera?" Comenzó a reír con fuerza, haciendo vibrar el interior del lugar. "Cada día me convenzo más de que esta isla no era sino un sanatorio de locos", y rió más fuerte, sólo para desplomarse en el suelo, y antes que le sobreviniera otro episodio de calentura, miró a Candy a los ojos y le dijo: "Feliz Navidad, Tarzán fogosa", y lo que vino a continuación no fue sino una repetición, en menor escala, de lo acontecido los días anteriores: fiebres sin cesar, acompañado de un reposo intranquilo, y sesiones íntimas cortesía de su esposa...
Resignada a permanecer así unos días adicionales, Candy sonrió, elevando una silenciosa plegaria en acción de gracias al Creador por haberle brindado el mejor regalo de Navidad que hubiera recibido: la existencia, compañía y salud de su Terry. Con esa gratitud en mente, asumió con serenidad y maestría de enfermera sus deberes para con él, ayudándolo a recuperarse. Poco a poco, y con el paso de los días, él fue recobrando su energía, su movilidad, el habla... en ocasiones la ayudaba a buscar alimento, y ambos racionaban el agua de los cocos restante para que la misma no se agotara tan fácilmente. Durante la noche, dormían en la cueva de la escalera, y Terry había determinado que en cuanto estuviera al cien por ciento de su capacidad, reanudaría su exploración, pese a las protestas de su pecosa.
Y ya para la víspera de Año Nuevo, Terry sintió que se había renovado en mente, alma y cuerpo, contrario a Candy, cuyo gran esfuerzo físico y mental en mantenerlo a salvo finalmente la había agotado, y contrario a las semanas previas, esta vez no se molestó al verla durmiendo por largas horas en la frescura de la cueva, que contaba con mejor ventilación que la anterior. Se quedó sentado a la entrada de la misma, contemplándola por varias horas, ya que estaba cansado de tanto dormir a raíz de la enfermedad, y cuando había calculado que eran casi las doce de la medianoche, ella abrió los ojos de repente, y al verlo, esbozó una hermosa sonrisa. "Pronto llegará un nuevo año", recordó.
El devolvió la sonrisa. "Pues siendo así... feliz aniversario, Tarzán fogosa", la acercó a él, de manera que ambas frentes se tocaron como si fueran una sola, "hoy se cumplen catorce años de haberme enamorado de tus pecas", y la besó con fuerza, siendo correspondido con igual emoción por ella, quien no perdió tiempo en pasar las manos por su largo y oscuro cabello, por sus cejas, por su rostro... una vez más, Dios había librado a Terry de las garras de la muerte, y con lágrimas en los ojos, demostró, con besos y caricias, lo mucho que lo había echado de menos; y a partir de entonces, ya no le importaba si quedaba embarazada o no si hacían el amor. Sólo quería estar con él, sin pensar en las causas y los efectos, sin medir ni razonar consecuencias... y como si estuviera leyendo sus pensamientos, Terry la agarró por las posaderas, y la sentó encima suyo, tal y como hicieran en su primera vez juntos. "A partir de ahora, no daré marcha atrás", advirtió él, haciendo uso de su propia carne para estimular el jardín florido de su señora... y no necesitó reafirmación alguna de ella, pues la miel que ya salía expulsada de aquel panal era el mejor permiso para proseguir.
En cuanto Terry inició el rito de seducción, ella se embelesó con el modo en que la tocaba, con la misma delicadeza y profundidad con la que interpretaba las notas en el piano. "Adoro tus manos, y tus dedos", susurró, con palabras que provenían de lo más profundo de su corazón... y los gemidos no se hicieron esperar. Con vastas y espesas gotas de rocío impregnando su floresta, se aferró a los hombros de él, y echó la cabeza hacia atrás, en una clara y abierta invitación para que él formara parte de su mundo... y entonces lo sintió dentro de ella, en toda su extensión y forma, como si nunca se hubiera apartado de los confines de su universo, y ambos dieron inicio a la danza de los cuerpos, alineando una cadera con otra, sintiendo los poros de la piel del otro, confundiéndose en una, hasta que él se desbordó en ella, colmándola de amor líquido, y como orgullosa recipiente de los jugos masculinos, ella dejó escapar un último brote de humedad, compartiendo con él las delicias de un mismo néctar.
Sin cambiar de posición, ambos permanecieron abrazados, respirando pausadamente para no perder el aire, hasta que él abrió los ojos con lentitud, encontrando un brillo extraño en los ojos de su amada... y sin deshacer el abrazo, miró en dirección al mar para ver de qué se trataba ese resplandor. "¿Qué... sucede... mi amor?", preguntó una satisfecha Candy.
El la miró con intensos ojos zafiro. "¿Ves... ese espectro... de colores... a lo lejos... Tarzán fogosa?", preguntó, apretando las palmas de las manos sobre el redondo posterior de su mujer.
Candy observó el contraste de colores en la lejanía. "¿Es... una aurora... boreal?"
El sonrió, moviendo la cabeza en señal de negación. "Son... eran... fuegos... artificiales... están... muy lejos... para que los veamos... pero creo... que no estamos... tan lejos... de la civilización...", y con sus corazones trepidando de esperanza y emoción, ambos contemplaron, en silencio, el juego de luces en el cielo, proveniente de un posible espectáculo de Año Nuevo... y con la ilusión de recibir tiempos mejores, se dispusieron a dormir, estrechamente abrazados, con una sonrisa de paz en sus respectivos rostros.
