/

MAR BRAVIO

por

Astrid Ortiz

(Eiffel)

CANDY CANDY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 1976.

FINAL STORY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 2010.

/

Capítulo 12

Aunque carente de nieve en las zonas tropicales, el invierno no dejaba de ser frío en la isla de Mona. Moderadas ráfagas de viento agitaban el mar, formando un escándalo de olas en descontrol, salpicando agua más allá de las rocas, y humedeciendo las arenas más remotas, helando así las temperaturas en el interior y exterior de la cueva de la escalera.

A pesar de la gelidez del suelo, Candy se acurrucaba con serenidad en el reconfortante pecho de Terry. Con sus brazos y piernas entrelazadas en común e inconsciente acuerdo, ambos habían recobrado la armonía que habían adquirido como pareja al inicio de su involuntaria estadía. Entonces un fuerte viento azotó la larga y dorada cabellera de rizos de ella, y sin abrir los ojos, Candy comenzó a retorcerse en brazos de su amado, lista para comenzar un nuevo día. Despertar junto a él había hecho de cada mañana una muy brillante y prometedora, y en ocasiones, él la sorprendía recibiendo cada nuevo amanecer con una intensa sesión de amor; y ahora que comenzaba un nuevo año, no quería sufrir por aquello que no pudo ser, incluyendo a la criatura que Dios había reclamado para que ésta no tuviera penuria alguna en Mona... sólo quería celebrar la vida junto a Terry, pues únicamente el Creador sabía Sus planes para con ellos, y ni ella ni Terry podían estar seguros sobre dónde habrían de estar en un futuro, o si el destino se encargaría nuevamente de separarlos. Con esa incertidumbre en mente, lo abrazó por la espalda, aferrándose a la protección de ese pecho que se había convertido en su hogar... y entonces él despertó, y al igual que ella, se negaba a abrir los ojos, con la dicha de haber despertado junto a ella, luego de varias semanas sin sentir las delicias de su piel. De repente, una corriente más caliente de lo usual invadió el cerrado espacio de la cueva, y aunque ambos mantenían los ojos cerrados, una alarmante oscuridad nubló el lugar; y ambos abrieron los ojos de repente, sin saber que sus vidas darían un drástico giro a partir de ese instante...

Sobre ellos, dos hombres los observaban detenidamente.

Lejos de estar feliz, o sorprendido, de toparse con otros seres humanos en la isla, Terry actuó con rapidez, y se incorporó de inmediato, sentando a Candy sobre su regazo, cubriendo la desnudez de ella con la propia. ¿Qué tal si resultaban ser unos desalmados como O'Reilly y su séquito de idiotas, o peor aún... si tomaban ventaja del cuerpo desnudo de su pecosa? Rogando a Dios porque alguno de esos hombres hablara inglés, permaneció abrazado a su temblorosa mujer, y decidió tomar el toro por los cuernos. "Ya que andan de fisgones, ¿alguien sería tan amable de proveer un abrigo a mi esposa?"

En otras circunstancias, Candy se hubiera sentido honrada de estar tan pegada al cuerpo de su marido. Esa cercanía entre ambos hubiera erizado su piel como tantas veces había ocurrido, ya que lo que un principio había sido motivo de vergüenza para ella, ahora lo mostraba para él con sumo orgullo, y ello era la plenitud y esplendor de su cuerpo, cuyas formas habían sido alteradas precisamente por él. Sin embargo, el escrutinio de los dos sujetos que los miraban asombrados la abrumaba de tal manera que no podía dejar de temblar. Había ansiado mucho que llegara ese momento, pero no así, no ahora que ella y Terry recién comenzaban a disfrutar el uno del otro otra vez... Se aferró al cuello de él con ambas manos, sin apartar los ojos del par de sujetos que los observaban. El más alto mostraba facciones anglosajonas, con ojos claros y cabello rubio, mientras que el segundo era unas pulgadas inferior, y su piel era de un tono un poco extraño: nada de amarillo como los orientales, pero tampoco moreno como los africanos, más bien un... café con leche.

El hombre al que Terry hiciera la petición de brindar una pieza para vestir a su pecosa lo observó detenidamente, y entonces respondió, con una sonrisa de asombro e ironía a la vez: "En ninguno de los diarios hemos leído que usted fuera casado, señor Granchester", y se dirigió al segundo sujeto, hablando en un idioma que ni él ni Candy podían entender. "¿Dónde estamos?", preguntó el actor, consternado ante el hecho de que los recién llegados lo hubieran reconocido. Tal vez intentarían chantajearlo como hiciera O'Reilly meses antes, y en una isla tan desolada como Mona, las opciones de escape serían de gran riesgo para todos. "¿Cómo es que saben mi nombre?", continuó.

El visitante retomó la atención en la pareja de amantes. "Le ruego nos disculpe si hemos sido un poco... indiscretos, señor Granchester", indicó, "en los diarios se ha publicado la noticia con los nombres de todos los muertos y desaparecidos, y es increíble que usted haya llegado tan lejos del lugar donde ocurrió el naufragio así como su-"

"¿Va a buscarnos algo que ponernos, o tendré también que desvestirlos?"

Candy sintió que se le erizaba la piel al escuchar el enojo de su marido. 'Está tan asustado como yo', pensó, 'así que es hora de ayudar'... "¡Buenos días!", exclamó a los dos hombres con un guiño de ojo; y rodeando el cuello de Terry con ambas manos añadió, para apaciguar los ánimos de su compañero: "¡Qué alegría que uno de ustedes hable inglés! Disculpe el mal humor de mi esposo; estuvo enfermo y apenas se está recuperando-"

"Me es difícil creer aún que ustedes dos estén casados", dijo el otro moviendo la cabeza, "pero supongo que eso no me incumbe..."

"¡Tiene razón... no le incumbe!", gritó un iracundo Terry, "¿No va a acabar de decirnos quién es usted?"

"El duque de Granchester ha movido cielo y tierra en su búsqueda", informó el sujeto, "así como una familia de renombre con apellido Andley... estos últimos también buscaban a otro pasajero-"

"¡Soy yo, soy yo!", exclamó Candy, con los ojos llenos de lágrimas, siendo secundada por Terry, cuyas pupilas llorosas comenzaron a traicionarlo. Su padre, el prepotente y arrogante Richard Granchester, no sólo había ido en busca de su hijo, sino que además lo había hecho en colaboración con Albert, quien no debía estar menos desesperado por hallar sana y salva a su hija adoptiva.

El hombre de impecable acento americano miró con curiosidad a la pareja. ¿En verdad habían naufragado, o más bien se habían dado una escapadita, para retozar en la arena y darse arrumacos como dos tortolitos? "Mi nombre es Walter Connelly", mencionó, "y el caballero que me acompaña es José Rivera, un local-"

"¿Un local de dónde?", preguntó Candy, cubriendo su figura con la de Terry, que no estaba menos expuesta que la de ella. ¿Qué esperaban esos pervertidos para abrigarlos? Estaba dispuesta a mostrar a Terry hasta el último centímetro de su piel, mas no a ese par de extraños...

Connelly pasó del escepticismo a la compasión. Una sola mirada de aquella mujer con cara de niña había sido suficiente para destacar la ingenuidad con la que ella y su pareja afrontaban su supervivencia, ajenos a la conmoción que había ocasionado su desaparición alrededor del mundo. "José no entiende nuestro idioma porque sólo habla español", indicó. "Ustedes se encuentran en la isla de Mona, ubicada a pocos kilómetros de la República Dominicana, pero pertenece en propiedad a la jurisdicción de la isla de San Juan de Puerto Rico."

Candy tragó saliva, guardando ceremonia ante la trascendencia de esas palabras. ¿Qué se suponía que eran esos lugares... unos países exóticos, apartados del resto del mundo? Comenzó a reír con nerviosismo, pues no tenía intenciones de lucir como idiota al permanecer con la duda. "¿Dónde... dónde exactamente están todas estas islas?", indagó.

Connelly esbozó una sonrisa a la pareja de enamorados, buscando así aplacar la aprehensión de éstos. "Puerto Rico y la República Dominicana son países vecinos del Caribe... y para serles sincero, no entiendo cómo ustedes llegaron hasta aquí en tan poco tiempo. ¿Sabían que el Vestris estaba cerca de Virginia cuando se hundió?"

"Estábamos a la deriva cuando fuimos arrastrados por una tormenta", explicó Candy, impaciente por tener un vestido, aunque no le producía ninguna molestia continuar abrazada a Terry. "Luego pasamos varios días afiebrados, y al despertar, habíamos sido atrapados por un grupo de contrabandistas... y entonces escapamos y llegamos nadando hasta aquí." Se mantuvo a la expectativa de alguna acción por parte de Connelly y su ayudante, aunque aún no le quedaba claro cuál era el papel que jugaban aquellos hombres en el rescate. "Puerto Rico", repitió, saboreando por primera vez el nombre del territorio al cual pertenecía la paradisiaca isla donde ella y Terry se habían entregado al amor.

Terry tomó la palabra. "Esos tipos deberían ser apresados. No sólo trataron de chantajearme; ¡también intentaron abusar de mi esposa!" Aún estaba furioso por haber estado a merced de esos tres bandidos, en especial porque habían puesto en riesgo la vida de Candy.

Connelly hizo un ademán con la mano para calmar al airado actor de Broadway. "En los diez años que llevo residiendo en Puerto Rico, señor Granchester, me he dado cuenta que éste es un país de casualidades... curiosamente fue interceptado un buque ilegal con tres sujetos a bordo, justo cuando terminaban de atravesar el Canal de la Mona."

Terry alzó las cejas con asombro. "O'Reilly y su gente..."

José asintió con la cabeza; a pesar de no entender muy bien el inglés, el aprendizaje que recién había comenzado a recibir en una escuela que impartía educación a los más adultos le permitía comprender ciertos términos, y reconocer el cacareado apellido del criminal más notorio de la región en los últimos meses. Entonces Terry recordó que no conocía en realidad a estos dos sujetos, y aunque ya comenzaban a inspirarle confianza, debía ser precavido y evitar caer en las redes de otros malhechores como O'Reilly. "¿Qué hacen ustedes aquí, y cómo dieron con nosotros?"

Haciendo silencioso eco a las dudas de su marido, Candy acarició el rostro de Terry con la palma de la mano, procurando mantener un mayor control de la situación. "Tranquilo, querido", susurró, "deja que ellos nos expliquen..."

Agradecido por la sabia ecuanimidad de la señora, Connelly señaló: "José y yo somos los encargados de velar por la seguridad y preservación de los recursos naturales de esta isla, pero por motivos de vacaciones estuvimos un mes sin dar rondas, y antes de eso estuvimos colaborando en la captura de O'Reilly, McCoy y Hagerty-"

"¿Acaso ellos no les hablaron sobre nosotros?", indagó Candy.

"No les convenía hacerlo", respondió Connelly, "de haberlo hecho, habrían tenido más evidencia en su contra, pero no contaban con que ustedes seguirían vivos, y mucho menos con que serían encontrados...", intercambió miradas con José, "por cierto, nuestras vacaciones aún no han terminado."

"¿Entonces por qué están aquí?", cuestionó Terry con desafío. Aún debía mantener la guardia alrededor de estos dos; luego de casi dos meses, no debía confiar en nadie, ni siquiera en su esposa, cuyo corazón la hacía desvariar por momentos respecto a su relación.

Connelly iba a responder cuando una mujer de alrededor de unos cincuenta años irrumpió en la cueva, en compañía de dos varones adolescentes, llevando todos en manos diversas piezas de ropa. "Eramos muchos y parió la abuela", dijo Terry entre dientes, "¿Acaso piensan hacer aquí una barbacoa de Año Nuevo?"

La impasible mujer se dirigió a José y Connelly en su natal español, y acto seguido, hizo entrega de la ropa a Terry, quien no perdió tiempo alguno en vestir a su pecosa. "Doña Geña lleva residiendo con sus hijos en una cueva aquí en Mona desde 1910, cuando aún se recolectaba guano de las cuevas para exportarlo a Europa, y ha permanecido aquí desde entonces", informó el norteamericano.

Candy sonrió con dulzura a la tierna señora y a sus dos vástagos. "Fue ella quien nos descubrió, ¿verdad?"

"No exactamente", dijo Connelly. "Uno de sus muchachos se dio una vuelta hace unos días alrededor del faro, y vio pisadas en el terreno, y buscó las llaves para poner a funcionar el faro y con el mismo alertar a las autoridades marítimas dominicanas que estuvieran cerca... fueron éstas quienes enviaron un aviso de emergencia a la guardia costera en Puerto Rico, pensando que se trataba de un contrabando en el Canal de la Mona."

"Entonces era de allí que provenían los fuegos artificiales", concluyó Terry, apresurándose en vestirse, "vimos la celebración del nuevo año en tierras dominicanas."

Con su holgado vestido blanco sofocándole la piel, Candy no salía de su estupefacción. Luego de mes y medio en la isla, no sólo habían sido rescatados por un grupo de puertorriqueños liderados por un norteamericano, sino que además habían estado en medio de dos países muy cercanos, y a sólo metros de distancia de una pequeña familia, con un inmenso e inquietante mar bravío como único obstáculo entre ellos y la civilización... "Ahora entiendo por qué había una vía de tren y otras construcciones", dijo en voz alta, maravillada por los designios del Señor en mantener a ella y a Terry unidos en todo momento, "esta isla estuvo habitada hasta hace poco-"

"Y me temo que también ha sido refugio de delincuentes", sostuvo Connelly. "De hecho, esas vías de tren, como usted comenta, en realidad transportaban tranvías de sangre, que no era otra cosa que pequeños carros tirados por burros."

"¿Cómo doña Geña sobrevive en este lugar? A duras penas mi esposo y yo logramos hacerlo..."

"Ella y sus hijos se sostienen de la agricultura, caza y pesca. Hemos intentado convencerlos de que regresen a su antiguo poblado de Cabo Rojo, pero ya se han hecho de una vida aquí, y se niegan a abandonar la isla."

"¿Entonces ya no se hace ninguna actividad aquí?", continuó Candy, haciendo que Terry esbozara una sonrisa de orgullo y afecto. ¡Cómo le alegraba verla llena de curiosidad, luego de su apagado estado de ánimo a raíz de la pérdida del bebé de ambos!

Connelly lo hizo estar de vuelta en la conversación. "Actualmente la isla es un Bosque Insular de los Estados Unidos-"

"¿Estados Unidos?", repitieron Candy y Terry al unísono. "No comprendo", dijo el actor con el ceño fruncido, "me pareció haber escuchado a su ayudante y a doña Geña hablar en español-"

"Más tarde platicaremos un poco sobre la relación territorial entre Puerto Rico y la nación americana..."

"¿No piensan sacarnos de aquí?", preguntó Candy con angustia. ¡Debía enviar novedades a sus amigos cuanto antes!

Los hijos de doña Geña salieron de la cueva, mientras Connelly miraba a la pareja con compasión. "Pronto los llevaremos a suelo puertorriqueño, aunque desviaremos un poco la ruta hacia el norte, ya que tomarán un tren en la ciudad de Aguadilla, y de allí partirán hacia la capital, San Juan. Pernoctarán allí, y luego tomarán un barco que los lleve de regreso a sus hogares-"

"Yo ya tengo mi hogar", dijo Terry con firmeza, sosteniendo la mirada de Candy en la de él. Por mucho que había deseado salir de Mona, su idílica estadía con Tarzán fogosa ahora se vería empañada por los respectivos planes de ellos, y si no llegaban a un acuerdo, sus días y noches en la isla habrían de convertirse en el único y último recuerdo que habrían de atesorar de su etapa como marido y mujer... pero no era el momento para hacer preguntas, ni forzarla a tomar una decisión; lo importante era llegar sanos y salvos a la isla de Puerto Rico.

Los chicos de doña Geña regresaron a la cueva con unos suculentos pescados cocinados al fuego, y Candy y Terry engulleron su comida como si hubiera sido el último manjar obsequiado por el Creador. "¿Cómo hicieron ustedes para alimentarse?", preguntó Connelly.

Por vez primera desde que perdiera el apetito a consecuencia de su depresión, Candy explicó, con su boca llena de comida: "De vez en cuando atrapábamos pescado, y también nos servíamos del agua dulce de una cueva que encontramos en unos acantilados-"

"¿No habrán comido iguanas, o sí?"

Candy y Terry intercambiaron miradas. En el tiempo transcurrido en Mona, habían probado toda clase de animales, tanto conocidos como exóticos. "¿Una qué?", preguntó la rubia.

Connelly suspiró aliviado. "Menos mal que no saben de qué se trata, o de lo contrario, yo mismo los hubiera arrestado", y al ver que ambos náufragos abrían los ojos cuan grandes eran, agregó: "Las iguanas son reptiles de gran tamaño, más pequeños que los cocodrilos, pero más grandes que los lagartos que acostumbramos ver a diario... y las iguanas de Mona son de una especie casi extinta, por lo que están estrictamente protegidas por el Estado, y consumirlas constituye un delito grave."

Terry bajó la cabeza, rogando porque hubiera un hoyo en la tierra donde ocultarse. Candy, por su parte, no pudo evitar sonrojarse de pena, y recurrió a su táctica de colocar las manos sobre sus mejillas fingiendo inocencia. "Gracias por informarnos sobre esos feísimos reptiles, señor Connelly... ¡jamás hubiéramos probado bocado de esas cosas tan horribles!"

"Alcanzamos a verlas, pero decidimos no matarlas porque nos causaban repulsión", añadió Terry, intercambiando una mirada de complicidad con su mujer... y fue así como Candy reparó en la vestimenta que llevaba puesta su amado. "¡Tienes camisa y pantalones de niño!", rió con la boca llena.

Terry bajó la cabeza, rogando porque hubiera un hoyo en la tierra donde ocultarse. Candy, por su parte, no pudo evitar sonrojarse de pena, y recurrió a su táctica de colocar las manos sobre sus mejillas fingiendo inocencia. "Gracias por informarnos sobre esos feísimos reptiles, señor Connelly... ¡jamás hubiéramos probado bocado de esas cosas tan horribles!"

"Alcanzamos a verlas, pero decidimos no matarlas porque nos causaban repulsión", añadió Terry, intercambiando una mirada de complicidad con su mujer... y fue así como Candy reparó en la vestimenta que llevaba puesta su amado. "¡Tienes camisa y pantalones de niño!", rió con la boca llena.

El sonrió. "Nada que envidiarle a los grandes diseñadores de modas", y ambos rompieron a reír, aliviando un poco la tensión de lo que estaba por venir. No sólo se alejarían de la isla, sino también del gran amor que habían forjado, y de ella dependería la consolidación de su unión de vuelta al continente americano. Al encontrarlo en las inmediaciones del faro, estaba clara en que seguiría amándolo hasta el fin de sus días, pero ahora que Dios había obrado el milagro de llevarlos de vuelta a casa, sintió la imperiosa necesidad de dejarlo libre, como nunca antes lo había estado. ¿Quién era ella para atarlo a su sedentaria vida? El no estaba hecho para el rústico hogar de Pony, y aunque estuviera dispuesto a abandonar el teatro, ella no lo permitiría... como tampoco dejaría abandonado a Bert, a quien tanto le debía, y que ahora la necesitaba más que nunca. Con esa encrucijada en su mente, terminó de tomar sus alimentos, viendo cómo Connelly y José se ponían en pie. "Es hora de tomar el bote rumbo a Aguadilla-"

"No tan rápido, señor Connelly", interrumpió ella sacando la lengua. "¡Aún ustedes no han dicho por qué no hemos encontrado monos aquí!"

Connelly quedó boquiabierto y sin palabras. '¿Qué le parece tan gracioso?', pensó la enfermera, a medida que Connelly se dirigía a José en español, y ambos desataron una cadena de risas, provocando la consternación de Terry. "¿Se burlan de ti, pecosa?"

Pero ella sólo respondió con otra interrogante. "¿Habré dicho o hecho algo indebido?" En eso, Connelly cesó de reír, y mirando a Terry a modo de disculpa, explicó: "La isla de Mona lleva dicho nombre derivado del vocablo arauco Amona, en honor al cacique de esa tribu", y contuvo los deseos de volver a reír, aguardando porque la pareja rescatada absorbiera la extensión de su ignorancia. "¿Y Monito?", preguntó Terry al fin. "¿Debo suponer que el cacique tuvo un heredero?", y esta vez correspondió su turno de reír, chocando las palmas de sus manos con las de Candy, quien exclamó orgullosa: "¡Así se habla, mi amor!"

Connelly no pudo menos que sonreír. A pesar de su infortunio, ambos seres se las habían arreglado para mantener un buen sentido del humor, aunque no había estado en la isla las pasadas semanas para saber si hubo o no algún momento en que el ánimo de alguno de ellos, o de ambos, hubiera decaído. "Monito es una isla desierta, y sí, es un diminutivo de Mona", y salió de la cueva, seguido por un diligente José. "¿No vienen?", preguntó a su paso.

Candy auscultó las pupilas zafiro de Terry en busca de apoyo. "¿No crees que es un poco peligroso ir en bote en medio de aguas tan turbulentas?"

"Ellos conocen este mar mejor que nosotros", fue la respuesta de él. "Al principio desconfié de ellos, pero son nuestra única salida... a menos que no quieras salir de aquí."

Candy enmudeció al oír la voz de su propio corazón en las palabras de Terry. Semanas antes, le había suplicado, con todas sus fuerzas, que la llevara lejos de allí, en memoria de la criatura que no había llegado a ver la luz del día; pero ahora que su partida era inminente, los bellos recuerdos prevalecían sobre los momentos tristes. "Tengo miedo", admitió.

El tragó saliva. A catorce años de haberla visto por primera vez, la había conocido lo suficiente para saber a qué se refería. Una vez más, las obligaciones que ella creía tener para con los demás, y su corazón noble, se convertían en sus propios enemigos, y hasta que ella no aprendiera a quererse un poco más a sí misma, ni él ni nadie impedirían que volviera a encerrarse en su cascarón. "Todo a su tiempo, Tarzán", dijo él, frotando con vigor la femenina espalda. ¡Cómo quería verla desnuda otra vez! Apenas se habían vestido, lo que era una bendición para evitar quedar expuestos ante terceros como Dios los trajo al mundo, pero en ese universo que ellos mismos habían construido, las prendas de vestir eran innecesarias para sus ansias de amar. "Aún nos queda un día para pensar mejor las cosas", musitó.

"Un día no es suficiente para tomar una decisión", dijo ella con tristeza.

El sonrió con burla. "¿Después de casi doce años sin vernos? Lo dudo mucho", y tomándola de la mano, la ayudó a ponerse en pie, y en un abrir y cerrar de ojos, ambos estaban fuera de la cueva.

Un bote estaba anclado a la orilla de la playa. Dentro del mismo, Connelly y José aguardaban con paciencia porque ellos hicieran lo propio y subieran a la embarcación, y fue entonces cuando Terry sintió flaquear sus piernas, pero esta vez no se trataba de un quebranto de salud, sino todo lo contrario: le dolía sin cesar el dejar atrás el magnífico paisaje donde había redescubierto a Candy, y conocido sus secretos de mujer... como también dejaba atrás al bebé de ambos. 'Hasta pronto, hijo mío', dijo con el corazón, conteniendo un sollozo; y por instinto abrazó a Candy por la cintura, deseoso de internarse en la mente de ella, de saber qué estaba pensando en ese instante... y en efecto, al ver que una lágrima comenzaba a rodar por las rosadas mejillas, enjugó la misma con uno de sus nudillos, comprendiendo a la perfección la ambigüedad de ella al partir. Las mismas emociones encontradas, el mismo desasosiego, la misma incertidumbre... pero muy en especial, la misma gratitud al Creador por todo cuanto ellos habían aprendido en común una vez habían arribado a la isla. "Te amo", le dijo con voz grave; y acercándola hacia él, la besó con fuerza, siendo retribuido con la misma intensidad.

Candy se apartó de él en medio de uno de sus chasquidos. "Yo también te amo, Terry... y me cuesta mucho trabajo salir de aquí", aceptó, para ser besada por él nuevamente. "Antes no veía la hora de marcharme, pero ahora no estoy tan segura-"

"Pues sí que eres contradictoria", opinó él, causando la risa de ambos, "pero tenemos que hacerlo... es preciso que volvamos a la realidad, pues sólo así sabremos cómo llevaremos nuestras vidas de ahora en adelante..."

"Tienes razón", reconoció ella, recibiendo un nuevo e impulsivo beso de su esposo, "pero ya nada será igual, Terry, tú lo sabes...", y antes que fueran amonestados por Connelly y su asistente, estrecharon las manos de doña Geña y sus hijos, subiendo con mucho pesar al bote, y sin mirar atrás, sintieron cómo el mismo se alejaba, poco a poco, de la isla que les había abierto las puertas, y que fuera fiel testigo de su entrega, de su renovada amistad, y de la formación de una nueva vida conjugada por una parte de ambos. "Adiós, Mona", dijo Candy entre lágrimas, "y adiós, bebé... siempre te llevaré en mi corazón...", y se refugió en el hombro de Terry, quien mantuvo la vista fija en el fondo del bote. Mona ya no era su presente, sino su pasado... y su destino junto a Candy dependería de unas limitadas, pero decisivas horas en la capitalina San Juan.

/

El viaje en el bote había sido breve, y en poco menos de una hora, el litoral de Aguadilla ya era visible a los ojos de Candy, quien al igual que Terry, había permanecido en silencio en todo el trayecto. Tal y como había deseado, había sido rescatada de la isla de Mona, ¿y ahora qué? Terry y ella habían hecho de una difícil situación un paraíso sin igual, amándose y conviviendo en pareja como dos esposos que se conocían a cabalidad. Ahora partirían rumbo a San Juan, y de allí tomarían un rumbo más definido, sin embargo... la idea de Barbados quedaba cada vez más distante de su firmamento, mas no su ansia de volver a ver a la señorita Pony, a la hermana María, y a Albert y el resto de sus amigos. Si algo había valorado tanto como su amor por Terry los últimos dos meses, había sido el cariño de sus seres queridos, quienes debían estar angustiados por no tener noticias de su paradero. ¡Si tan sólo pudiera permanecer en el hogar de Pony sólo unos meses, mientras componía un poco las cosas! Así brindaría su compañía y ayuda en el hogar de Pony mientras buscaba la manera de ayudar en las finanzas de Albert, y con ese fin, estaba dispuesta a lanzarse a la calle a buscar trabajo si era preciso, no obstante, ¿cómo ajustaría su agenda al plan de trabajo de Terry? No cometería el egoísmo de pretender que él gravitara el ritmo y orden de sus presentaciones alrededor de ella, y aunque él se había ofrecido para aliviar las tensiones económicas de Albert, el dinero recaudado en la compañía Stratford no alcanzaría para librar a los Andley de la ruina, y ni pensar en recurrir al padre de Terry en busca de un préstamo monetario, aunque a juzgar por las palabras previas de Connelly, Richard Granchester estaba más que dispuesto a reunirse con el mayor de sus hijos, lo que facilitaría una mayor comunicación entre ambas partes...

La voz de Connelly interrumpió sus pensamientos. "Hay algo que debo decirles: Puerto Rico es un bello país, mayormente compuesto por montañas que terminan en increíbles playas, pero está atravesando un período de extrema pobreza debido al paso del huracán San Felipe hace cuatro meses, y que azotara gran parte de las viviendas de madera, justo cuando la isla apenas comenzaba a recuperarse del terremoto ocurrido hace diez años, aquí mismo en Aguadilla."

"¿Entonces estuvimos todo este tiempo en un área propensa a desastres naturales?", preguntó Terry con asombro. "Y yo que creía que el único peligro eran los tiburones... por causa de éstos mi esposa y yo quedamos desnudos al llegar a Mona."

"¿De veras?" Connelly esbozó una sonrisa, dando al traste con una de sus muchas teorías. "Yo pensaba que ustedes se habían desprendido de sus ropas porque no toleraban las altas temperaturas de la isla de Mona... o porque estaban disfrutando de su luna de miel."

Terry iba a abofetear a Connelly en ese preciso instante, pero luego de varios días de enfermedad, y con la creciente intranquilidad de no saber qué sería de su unión con Candy una vez llegaran a la capital, no tenía las energías para dar su merecido al hombre al cual le debían su salida de la isla de Mona, aunque ahora ya no estaba tan seguro de que había sido una buena idea partir de las solitarias playas. "Todo lo explicado por usted también aplica", expresó, causando el enrojecimiento de los pómulos de su rescatista. 'Ahí tienes, infeliz', pensó satisfecho, 'eso te pasa por meterte en lo que no te importa...' "¿Qué hay de San Juan?", preguntó, cambiando deliberadamente el tema para no causar pena a su señora, "¿también está destruida como el resto del país?"

Connelly aún repasaba diversos modos de disculparse con el actor por sus errados comentarios cuando escuchó la oportuna interrogante del célebre duque. "Las viejas edificaciones coloniales han resultado ser más resistentes que las modernas construcciones", comentó, borrando de su memoria la imagen de ambos enamorados abrazados con sus cuerpos sudorosos de pasión en la cueva de Mona. "Los españoles fueron muy hábiles diseñando la ciudad..."

"¿Por qué españoles y no norteamericanos?", preguntó Candy con curiosidad.

"La historia de Puerto Rico es más compleja de lo que muchos piensan", indicó Connelly, mientras José acercaba el bote al muelle. "La isla fue descubierta por el navegante Cristóbal Colón en el año 1493, entrando por la costa de Aguada, pueblo por el cual acabamos de pasar justo antes de llegar aquí a Aguadilla."

Terry frunció el ceño confundido. "¿No era ése el italiano que en nombre de España descubrió el continente americano un año antes?"

Connelly afirmó con la cabeza. "Luego de haber descubierto a la isla de San Juan, que era el nombre de Puerto Rico anteriormente, los españoles no perdieron tiempo en asentarse en estas tierras, que estaban ocupadas por los pacíficos indios taínos, y quienes en poco tiempo fueron exterminados a causa de la explotación que sufrieron a manos de los colonos-"

"¿Por qué los españoles hicieron eso?", indagó Candy.

"Necesitaban extraer oro para distribuirlo entre ellos, y también para llevarlo a la Corona. Comenzaron adoctrinando a los taínos poco a poco en la religión católica, así como en el uso del español, a medida que los saturaban de trabajo..."

"¡Pero eso es terrible!"

"Sí que lo fue, al punto en que las rebeliones no se hicieron esperar; pero los españoles los dominaban en fuerza, maña y armamento, y en sólo unas décadas no quedaba un solo aborigen en la isla... aunque dejaron un legado de vocablos, alimentos y uno que otro jeroglífico-"

"¿Jero qué?"

"Son dibujos o símbolos escritos en piedra y otro elemento natural", explicó Terry, mostrando, una vez más, su pasada aplicación como estudiante a pesar de su rebeldía y múltiples ausencias en el colegio. "¿Recuerdas aquellos dibujos que vimos en la cueva del acantilado?"

Candy bajó la cabeza, con un sinnúmero de emociones entremezcladas. "Recuerdo todo sobre esa cueva...", lo bueno y lo malo. "Pero aún no entiendo cómo la isla fue a parar a manos de los norteamericanos..."

"Luego de haber acabado con la vida taína, los españoles buscaron mano de obra africana", prosiguió Connelly, envuelto en la narración tanto como la pareja. "Estuvieron así mucho tiempo, llenando sus arcas de oro a costa de los esclavos, hasta que se firmó la abolición de 1873, y desde entonces no pudieron continuar importando africanos para sus intereses... aunque ya para entonces no quedaba más oro para saquear-"

"Lo dice como si los españoles hubieran sido unas malas personas..."

"En esta historia no existen buenos ni malos, ni una línea divisoria entre ambos", expuso Connelly. "Pocas décadas después de haberse abolido la esclavitud, los Estados Unidos se enfrascaron en una ardua guerra con los españoles en la disputa de unas tierras, siendo ésta una de ellas, ganando la misma en 1898, y de inmediato se firmó un tratado oficializando a Puerto Rico como una posesión norteamericana."

"Y supongo que eso no ha cambiado", dijo Terry, atraído por el giro que había tomado la historia. Al menos tenía algo en qué pensar que no fuera una posible separación de Candy, aunque comenzaba a acariciar la idea de mandar al cuerno a la compañía Stratford y establecerse en el hogar de Pony. ¡No soportaba la idea de perderla otra vez!

"En efecto, San Juan, que ahora se llama Puerto Rico, es una colonia americana, aunque han surgido aquí movimientos de insurrección en busca de la independencia, y más recientemente, han corrido rumores de un arreglo territorial que mantenga a la isla incorporada a los Estados Unidos, y conservando al mismo tiempo la autonomía de economía y gobierno-"

"¿Como ser estado de la nación y un país independiente al mismo tiempo?", preguntó Terry.

Connelly estalló en risas. "Suena muy absurdo para ser cierto, ¿no es así?", ladeó la cabeza de un lado a otro, incapaz de creer que un reducido grupo de ciudadanos concibiera semejante estupidez. "Es muy poco probable que eso suceda; sería como marcharte de la casa de tus padres y que luego ellos paguen la renta de tu departamento."

Candy y Terry inclinaron la cabeza en total acuerdo. "Después de estar bajo el dominio de otros países, si yo fuera puertorriqueña, desearía ser independiente-"

"Y yo seguiría formando parte de los Estados Unidos", mencionó Terry, para asombro de su amada. "¡No pienses mal, pecosa! Sabes que tengo doble ciudadanía: la americana y la inglesa, aunque me considero mayormente británico..."

"¿Entonces por qué quieres que Puerto Rico continúe bajo el liderato de otro país?"

"Porque quedarían en la ruina si perdieran los beneficios que otorgan sus colonos, y pasarían siglos antes que pudieran salir adelante-"

"¿Y no crees que sería lo contrario, mi amor... que tal vez son los americanos quienes están tomando ventaja de los productos de esta tierra, obteniendo la mayor parte de las ganancias?"

"¿Qué propones entonces... la ridícula idea de los huevos juntos, pero no revueltos?"

Connelly quedó fascinado con el intercambio de los dos amantes. "Los boricuas llevan decenas de años debatiendo sobre este argumento", intervino, evitando una posible discusión entre la pareja. "Lo que sí es definitivo es que esta isla tiene la influencia de tres culturas: la taína, la española, y la africana... muy en especial la española", y bajó del bote, seguido por los demás, para luego ser subidos a un coche que ya aguardaba por ellos. "Me siento como una de esas actrices que trabaja contigo", dijo Candy con una sonrisa.

"Soy una celebridad, pero no es para tanto", aclaró Terry con un guiño de ojo. "No sabía que teníamos gente esperando por nosotros, Connelly."

El hombre aguardó porque el coche se pusiera en marcha y dijo: "En cuanto fuimos alertados sobre la presencia de extraños en la isla de Mona, enviamos aviso al Gobernador, en caso que se hubiera tratado de unos fugitivos", cruzó las piernas en el interior del coche. "Se llevará una gran sorpresa cuando vea de quién se trata..."

"¿No dijo usted que viajaríamos a San Juan en tren?", cuestionó Candy, observando los parajes desolados a su paso. La gente en las calles tenía el mismo tono de piel de José, en ese café con leche que no había visto en su país, con una que otra persona morena, y un reducido grupo de tez muy blanca con cabello y ojos claros... pero tal y como mencionara Connelly, los parajes, aunque hermosos, llevaban la marca de la tragedia, de los embates naturales...

"Nos dirigimos a la estación, señora", aclaró Connelly, "de hecho, hemos llegado", y el coche se detuvo de repente, y Terry ayudó a Candy a bajar del mismo. "Es cierto lo que dice Connelly. Los edificios, el idioma... todo es indiscutiblemente español-"

"Y muy pronto será más americano si continúa siendo una colonia", refutó Candy, insatisfecha por el desenlace que había tenido para la isla la guerra entre españoles y estadounidenses. "¿Hacen falta enfermeras aquí?", preguntó a Connelly, mientras abordaban el tren.

"Hay muchas, pero no son suficientes", respondió el guardián de Mona, "y menos ahora que han surgido interminables emergencias a raíz del huracán."

"¡Yo soy enfermera!", exclamó Candy con alegría. ¡Cuántos deseos tenía de compensar a la isla por las bondades que de ella había recibido! Y su gente no era menos generosa, a juzgar por la tierna expresión de José, la amabilidad de doña Geña y su familia, e incluso el deseo de ayudar del señor Connelly, quien a pesar de ser norteamericano, se había convertido en un hijo adoptivo de esas tierras. En eso, observó a Terry, y éste había adquirido un aspecto sombrío. 'Otra vez no, Dios mío', rogó en su interior, 'no permitas que mi persistencia en socorrer a los demás interfiera en mi amor por él...' Lo cierto era que había tenido más de diez años para hacer precisamente eso: compartir su vocación con sus semejantes, lo cual había hecho, en pequeña escala, en el pequeño y austero pueblito cercano a Pony, pero fuera de eso... se había enclaustrado en su mundo, aquél del cual le costaba tanto desprenderse, al punto en que la invadía un gran sentimiento de culpa por no haber pensado mucho en sus amigos mientras se llenaba de amor físico con Terry. ¿En eso consistía vivir en matrimonio entonces... en hacer a un lado todo? Sin embargo, el tiempo que había pasado junto a él en isla de Mona, no sólo le había hecho llevar a un segundo plano los problemas de otros y del mundo, sino que le había servido, además, para conocerse a sí misma, a su cuerpo, y a experimentar las delicias del amor verdadero con Terry, más allá del ámbito pasional, complementando sus gustos y diferencias en un sólido matrimonio. 'No soy nadie para romperlo', pensó con tristeza, contemplando la melancolía en la mirada de su amado.

Apartando todo pensamiento egoísta de su cabeza, Terry no pudo más que observar a su pecosa con detenimiento. ¿De veras contemplaba la idea de vivir en Puerto Rico permanentemente? No era que le desagradara el país, sino todo lo contrario: por espacio de dos meses había olvidado al resto del mundo, disfrutando con la rubia de una extendida y bien merecida luna de miel, pero sabía que existía la posibilidad de que su felicidad llegara a su fin, ¡mas no tenía por qué ser así! Cualquier oportunidad era posible para su pecas con tal de mantenerlo a él fuera de las proyecciones, ¿pero por qué? 'Por miedo a sufrir', se respondió a sí mismo de inmediato, 'aún no deja atrás la marca tan profunda que le dejé en Nueva York...' ¡Qué duro debió haber sido para ella haber abordado el Vestris justamente en esa ciudad! Y aún así, estuvo dispuesta a pisar suelo neoyorkino con tal de emprender una nueva vida, sin saber que terminaría por hacer eso mismo... a su lado, en la isla de Mona. Iba a recurrir a un comentario sarcástico cuando Connelly añadió una valiosa información, que podía dar al traste con los planes de Candy de salir huyendo otra vez: "La isla no sólo necesita de enfermeras, señora... Granchester. Luego que mejore la agricultura, será un momento propicio para que los comerciantes se establezcan aquí a consolidar fábricas de azúcar y exportar el producto a diversos países, y con ello mejorarían sus finanzas-"

"¿Deben ser comerciantes necesariamente?", interrumpió Terry, esperanzado en eliminar una de tantas excusas baratas de su pecosa para no permanecer a su lado. "¿No puede ser cualquier ciudadano con capital suficiente para invertir?"

Connelly ofreció la respuesta que tanto ansiaba oír. "De hecho, no se necesita ser millonario para forjarse de una buena fortuna con la caña de azúcar; incluso usted mismo, si se lo propone, pudiera construir su propio imperio, pues pronto las condiciones serán más que idóneas para ello."

"¿Caña de azúcar, eh?", repitió Terry, agradecido al Señor por la ingenuidad y curiosidad con la que Candy lo observaba. "¿También sería una buena oportunidad para un magnate en ruina?"

"¡Terry!", exclamó Candy, sorprendida por el rumbo que había tomado la conversación. Al principio había pensado que él estaba dispuesto a sacrificar su carrera e iniciar un nuevo negocio en Puerto Rico con tal de quedarse con ella en caso que decidiera trabajar como enfermera en la isla, temor que le había causado un sumo pesar, además de remordimiento; pero su amado había sido más listo, hallando en la producción de la caña de azúcar la gran oportunidad que Bert necesitaba para ayudar a los Andley, y el rubio no lo pensaría dos veces antes de salir del encierro de su mansión y tomar el primer barco disponible a San Juan, pero... ¿por qué Terry estaba tan deseoso de que Albert se relocalizara en Puerto Rico, a sabiendas de que con tal acción difícilmente ella abandonaría la isla? 'Es todo lo contrario', descubrió para su sorpresa, 'con Albert teniendo un futuro asegurado en los negocios, ya no me necesitaría, y yo no tendría excusas para irme con Terrence a Nueva York...', ¿pero por qué inventaba dichas excusas en primer lugar? Desde su reencuentro en el Vestris, no había hecho sino obstaculizarle el camino para reconquistarla, cuando la única persona por la cual habían optado por un voluntario distanciamiento había fallecido más de dos años antes. ¿Acaso estaba cansada de ser siempre ella quien siguiera tras sus pasos, tal y como hiciera al partir del colegio San Pablo, o al viajar en tren desde Chicago hasta Broadway, con un triste regreso a casa? Nada la había frenado de vivir su amor junto a él en las tropicales arenas de Mona, ¿entonces por qué no hacer lo mismo en América? 'Es más complicado', pensó, 'su estilo de vida y el mío son muy diferentes, y otra actriz como Susana podría enamorarse de él y-"

Connelly aclaró, una vez más, las dudas de Terrence Granchester. "En estos tiempos de oferta y demanda, no es preciso ser muy acaudalado para asentarse aquí; y me atrevería a apostar a que el más desafortunado de los empresarios se llevaría una buena tajada de dinero, en especial si es norteamericano."

Haciendo a un lado los motivos de su enamorado para atraer a Albert a Puerto Rico, Haciendo a un lado los motivos de su enamorado para atraer a Albert a Puerto Rico, Candy dio un brinco de alegría. "¿Entonces Albert puede salvarse de la bancarrota si viniera a Puerto Rico a trabajar en la caña de azúcar?" Abrazó a su esposo con emoción, agradecida, a pesar de las intenciones de él, por el ingenio de éste para hallar una solución a los problemas del rubio. "Debemos informarle que estamos aquí en cuanto lleguemos a San Juan. ¡Pronto Bert necesitará hacer negocios en esta isla!" De pronto, el roce de la tela de su vestido con la camisa abotonada de él le produjo una extraña sensación en sus pechos, deseando con el alma despojarse de sus vestiduras, así como arrancarle la infantil camisa a él; y como si estuviera a tono con sus sentimientos, Terry se acercó al oído de ella con aires de seductor y le dijo: "Ya me molesta llevar ropa puesta..."

La piel de ella se erizó al sentir el varonil aliento rozando su oreja, y más aún por el ronroneo en su voz. "A mí también", admitió en un susurro, con los ojos entrecerrados...

"Henos aquí", anunció Connelly, interrumpiendo el murmullo de las dos palomitas. Frente a ellos, una locomotora similar a aquellas que tantas veces abordaran en América, se destacaba en medio de la maleza. Al fondo, una siembra particular llamaba la atención de todos. "Es caña de azúcar", mostró Connelly, "el principal producto de consumo y exportación de la colonia."

"Es terreno virgen", observó Terry, maravillado por la belleza del lugar. "Fue una gran idea haber colocado un tren cerca sin que se alterara el estado de las tierras-"

"Suficientemente atractivo para ese amigo al que ustedes se refieren... incluso él pudiera conseguir esposa aquí si no se ha casado aún."

"¡Eso es muy cierto!", exclamó Candy con ilusión. ¡Cómo le gustaría ver a Albert formando una familia en tan bella isla, lejos de la arbitrariedad de la alta sociedad! "¡Rápido, Terry!", gritó con ánimo, en una carrera precipitada hacia el interior del tren, "¡Debemos hacer que Albert venga aquí!"

"No será hoy ni mañana que lo haga, pecosa", dijo él con una sonrisa, "en todo caso, nosotros llegaremos a Nueva York primero", y antes que ella diera vuelta a sus inquietudes una vez más, la tomó del brazo con gentileza, y a paso más moderado, subieron los escalones para entrar al tren. "Estaremos en San Juan bastante entrada la tarde", informó Connelly tras ellos.

"¿Por qué San Juan era antes el nombre de la isla y ahora es el nombre de la capital?", preguntó Candy confundida.

"El cambio surgió a partir del emplazamiento oficial de la ciudad por el Papa Julio XI hace algunos siglos", y al subir al tren, mencionó un asunto que consideraba de gran relevancia. "Sepan ustedes que al ser Puerto Rico un territorio de los Estados Unidos, la isla no cuenta con un presidente, pero sí tiene un gobernador, así que cuando estén en su despacho deberán dirigirse a él con el mismo respeto que guardarían por el presidente Hoover."

"¿En serio?", preguntó Terry con incredulidad. "¿Y quién es el infeliz gobernador, si se puede saber?"

"El hijo de Teddy Roosevelt; hoy precisamente comienza su término."

Terry enmudeció de inmediato. "Ya veo... todo se queda en la familia", y tomando asiento en sus respectivos lugares, siendo los únicos pasajeros a bordo, aguardaron porque el tren iniciara su marcha hacia San Juan.

/

Tal y como Connelly había anticipado, llegaron a la estación de San Juan varias horas más tarde. Habían dormido todo el trayecto, mitigando así el hambre y el cansancio de estar viajando varias horas sentados en un mismo lugar, y Connelly, al ver que cada uno reposaba sobre el hombro del otro, con sus manos entrelazadas en pleno sueño, no pudo menos que sonreír. Cierto o no que estuvieran casados, no se podía negar el mutuo amor que se profesaba la pareja. 'Debieron ser tiempos difíciles para ellos', concluyó, admirando el temple que ambos habían conservado aún en la penosa situación en la que fueran encontrados. "Señor y señora Granchester", dijo, incómodo por tener que despertarlos, "hemos llegado a San Juan, y debemos ir a la Fortaleza de inmediato..."

Candy fue la primera en reaccionar al escuchar la formalidad en las palabras de Connelly. "¿Fortaleza?", repitió, alisando los estropeados cabellos de su enamorado, "¿Qué es eso... una prisión?"

Connelly rió tan fuerte que terminó por despertar a Terry. "Su verdadero nombre es el Palacio de Santa Catalina, y es la casa del Gobernador. Una vez allí, aguardarán en el coche porque yo informe las novedades, y así evitaremos que ustedes sean arrestados a su llegada-"

"¡Ni que fuéramos delincuentes!", exclamó Terry, quien ya había salido de su sopor.

Un elegante coche aguardaba a la salida de la estación, y el cuarteto subió a toda prisa, pues a esas alturas los náufragos ya debían estar hambrientos y deseosos de tomar una buena siesta en una cama, algo que no habían hecho en meses. Durante el breve recorrido, unos singulares diseños en cuadros convertían las vías de rodaje en pintorescas estampas. "Se llaman adoquines", señaló Connelly, asumiendo el rol de guía turístico, "muy a la usanza de los españoles", y acto seguido, mostró los edificios coloniales de antiguos enrejados, patios interiores de muchos usos, y colores alegres, estratégicamente construidos sobre grandes lomas, desde las cuales se apreciaba con suma claridad el mar... "¿Por qué damos la vuelta?", preguntó Candy con interés.

"Las calles son muy angostas, y muchas de ellas se conducen en una sola dirección", explicó Connelly. En eso, dieron un último desvío antes de llegar a su destino, y al hacerlo, se toparon con una magnífica estructura amurallada que exudaba toda una historia de guerra, piratería y esclavitud... "Ante ustedes, el Castillo San Felipe del Morro", anunció Connelly con orgullo, "toda una obra arquitectónica que ha resistido el paso del tiempo..."

"Es espectacular", dijo Terry con la boca abierta al contemplar el gigantesco y protagónico fuerte, secundado por una no menos sorprendida Candy quien murmuró: "Nunca había visto nada igual... ¡es una lástima que sólo estemos unas horas aquí! De lo contrario-"

"Hubiéramos tenido aquí nuestra luna de miel", terminó de decir Terry en su lugar.

Ambos se sonrojaron al haberse leído sus pensamientos. "Creo que... creo que ya la tuvimos", musitó ella con la cabeza baja.

Terry iba hacer una aclaración al respecto cuando el vehículo fue aparcado frente a un atractivo portón a la entrada de una propiedad de tres niveles, custodiada por varios efectivos de seguridad. "Así que esta es la Fortaleza", dijo Terry en voz baja.

Uno de los guardias abrió la puerta del auto, y Connelly y José bajaron del mismo, y a excepción del conductor, nadie más se encontraba dentro del coche. "Tengo hambre", confesó Candy, recostando la cabeza sobre el hombro de él.

El pasó una mano por el largo y rizado cabello. ¡Cómo adoraba verla así, con su cabellera suelta y libre como el viento! "Pues de una cosa podemos estar seguros, Tarzán, y es que no tendremos iguanas como cena", y ambos se echaron a reír en el cóncavo espacio trasero del auto, mientras él iba aventurando una mano entre el interior de las piernas de ella, para así darle un motivo más para no romper con él; pero el chofer echó por tierra sus planes, aclarándose la garganta en señal de aviso, y cuando logró atrapar la atención de Terry, Connelly se encontraba de regreso, haciendo un ademán a los guardias para que permitieran el paso a los recién llegados. "Muero por caminar un poco", admitió Terry, sosteniendo la mano de su pecosa al bajar.

Con sus piernas tambaleándose por la falta de ejercicio, Candy sintió que le flaqueaban las fuerzas. "Uuuuuuuuhhhhhhh", gimió, antes de quedar envuelta en brazos de Terry, quien evitó que la rubia cayera de boca sobre el adoquinado suelo. "¿Estás bien, querida?", preguntó él con ternura.

Ella se refugió en el abrazo protector de su marido. "El señor Connelly es muy amable", susurró en su pecho, "pero ya quiero que nos dejen solos-"

"¿En serio, Tarzán fogosa?", se apartó un poco para darle un beso en la nariz. "Entonces estaré a tus órdenes..."

"¡No me refería a eso, mocoso pervertido!", protestó ella a medida que los guardias los conducían a través de una puerta... y de pronto allí estaban, a la entrada de un modesto, pero emblemático edificio de tres niveles, en tonalidades azul celeste con detalles en blanco, rejas coloniales, puertas y algunas ventanas en arcos, y banderas de Estados Unidos por doquier. Había visto propiedades más grandes, pero ninguna con arquitectura dual de influencia europea y americana... "Qué lin-" No pudo terminar de hablar, pues los guardias se abalanzaron sobre ellos para que apresuraran el paso a través de la puerta principal... y entraron a una amplia sala repleta de viejas mecedoras, coronadas con la luz de una extravagante lámpara victoriana, y al fondo, un pulcro y lustroso escritorio en ébano, circunvalado por decenas de cajas.

Candy coqueteaba con la idea de tomar asiento en una de esas comodísimas mecedoras cuando un sujeto de ojos claros, amplia sonrisa y cabello repelado irrumpió con autoridad en la habitación, estrechando rápidamente la mano de los recién llegados. "Señor y señora Granchester... soy Theodore Roosevelt, Jr., nuevo gobernador de Puerto Rico-"

Candy se sonrojó hasta el tuétano. Nunca antes había departido con un alto mandatario, lo que le hizo adquirir conciencia de las sencillas ropas de ambos. "¡Muchas felicidades, señor Roosevelt! Lamentamos interrumpirlo en pleno día de Año Nuevo, y recién comenzando su trabajo-"

"Honorable Gobernador", corrigió Terry, cruzando los brazos para que el dignatario no reparara en su vestido, aunque no dejaba de agradecer a doña Geña por haberles provisto de abrigo evitando así ser expuestos a las miradas de- "¿Dónde están José y Connelly?", preguntó.

Roosevelt apuntó con el brazo en dirección a un punto extremo de la pared. "Aguardan en el salón comedor mientras los conduzco a ustedes hacia allá... primero quería darles la bienvenida y asegurarles que haremos todas las gestiones de rigor para que mañana a primera hora tengan un retorno seguro a Nueva York."

"¿El señor Connelly le dijo quiénes somos y por qué estamos aquí?", preguntó Candy.

El Gobernador asintió con la cabeza. "Tomen asiento... sólo serán unos minutos antes de tomar la cena", y al ver que los visitantes se acomodaron en las acogedoras mecedoras, avanzó hacia su escritorio. "Les ruego que disculpen el desorden; aún estamos en plena mudanza, y apenas llegué de Estados Unidos a tiempo para despedir el 1928..."

Candy se mecía con violencia en la fabulosa mecedora. ¡Era mucho mejor que un columpio! "¿Piensa estar mucho tiempo en la gobernación, señor Roosevelt?"

"Honorable Gobernador", repitió Terry.

Pero Roosevelt hacía caso omiso a los apelativos, absorto en recopilar una pila de diarios apiñados en una esquina del salón, luego de no haber hallado nada cerca de su escritorio. "Sólo serán unos años", respondió al fin con ausencia, tomando unos cinco o seis periódicos en sus brazos, "mi intención es ser el futuro gobernador de las Filipinas." Tomó asiento junto a ellos en la mecedora vacante. "Mientras esperamos por la cena, me ocuparé de que se les brinde ropa y dinero suficiente para que puedan pasar estas horas en la isla en suma tranquilidad, así como un alojamiento secreto-"

"¿Por qué secreto?", indagó Terry.

"En primer lugar, la mudanza no se ha completado, y las habitaciones del palacio no están en condiciones óptimas para recibirlos-"

"Cualquier pocilga sería como un hotel comparada con las cuevas donde dormíamos."

Roosevelt encogió los hombros apenado. "Con mayor razón quisiera darles unas facilidades más cómodas, y que estén lejos del escrutinio de la gente."

"¿Piensa informar a la prensa sobre nosotros?", continuó Terry.

El Gobernador movió la cabeza. "Los medios están acaparando todo lo que acontece aquí en la Fortaleza a raíz de mis inicios en este gobierno. Siendo así, la atención recaería sobre ustedes, mis inesperados invitados..." Mostró uno de los diarios locales al actor. "El mundo entero tuvo conocimiento del hundimiento del Vestris; he aquí la lista de fallecidos y desaparecidos, y su nombre figura entre ellos, aunque no he leído nada acerca de una señora Granchester-"

Terry iba a validar, por enésima vez, su relación matrimonial con Candy; pero la rubia, cansada de tantas pretensiones e intentos de excusa de su amado, tomó la palabra a nombre de los dos. "¡Somos amantes, Honrado Gobernador!"

Honorable Gobernador!", gritó Terry con espanto. ¡Santo Dios! Estaba orgulloso de ser el compañero sentimental de la pecosa, y nada le hubiera honrado más que decirlo a los cuatro vientos, ¿pero por qué tenía ella que revelarlo ahora? Entre tantas personas a quienes pudo haberle contado, desde la tripulación del barco-aunque para entonces todo no había sido más que una farsa-hasta los inseparables Connelly y José, ¿tenía que contarle precisamente a él... al hombre más importante de todo el país? "Mi esposa no se siente bien", masculló entre dientes, "así que le suplico disculpe su comportamiento-"

Pero luego de casi dos meses de conocerse el uno al otro en la isla de Mona, Candy no estaba de humor para seguir fingiendo. "Hemos estado enamorados por catorce años, Humilde Gobierno", dijo con orgullo, "incluso Terry abordó el barco con el único propósito de volver a conquistarme, luego vino lo del naufragio y...", comenzó a reír al recordar con emoción todo lo acontecido al llegar a la isla que habían creído desierta, "no había una iglesia donde pudiéramos casarnos, ningún sacerdote, ni siquiera un hotel donde hospedarnos... sólo nos teníamos el uno al otro, a Dios, a las estrellas", sus ojos adquirieron el brillo de una mujer enamorada, "¿cómo no me iba a convertir en su mujer, Hermoso Gobernante?"

Terry se rascó la cabeza, dejando caer todo el peso de su cuerpo contra el espaldar de la mecedora, y dándose por vencido, balbuceó: "Honorable Gobernador", y se hizo un ovillo en la silla, aguardando porque el máximo líder del país los sacara de la Fortaleza a patadas. ¿Acaso Candy había perdido la cordura luego de tan largo viaje? Tal vez el cambio de temperatura de una isla a otra la había desorientado sobremanera, haciéndola desvariar, aunque a decir verdad, estaba hastiado de tener que dar tantas explicaciones acerca de la relación entre ellos. ¿Desde cuándo era él un hombre de apariencias? Con lo que no había contado era con que su Tarzán fogosa terminara desahogándose con nada menos que el gobernador de Puerto Rico en persona. 'Tierra, trágame', suplicó su aristocrático corazón.

Luego de permanecer mirando el pulido suelo por varios minutos, Roosevelt respiró hondo, tomando al fin la palabra. "Veo que buscaron la mejor manera de sobrevivir", indicó, "y le agradezco el haberme llamado hermoso, señora... es evidente que usted se siente muy a gusto aquí, como si estuviera en su casa", cruzó las piernas para controlar el temblor que se había apoderado de las mismas, "¿decía usted que su esposa no está bien de salud?"

Sin aspavientos, y ya que Candy estaba tan abierta a confiarle todo al recién electo gobernante, Terry explicó: "Es preciso que ella sea atendida por un médico... perdimos un bebé mientras estábamos en la isla, y quiero estar seguro de que ella no haya sufrido daño alguno."

Candy continuaba divirtiéndose en el refugio de la mecedora cuando escuchó las palabras de él, y se detuvo en el acto. Si bien estaba muy orgullosa de haber llevado una parte de Terry en su vientre, resultaba un tanto incómodo compartir tan íntima experiencia con un tercero... y fue entonces que comprendió la imprudencia con la que se dirigía al Gobernador, cuando debía mostrarse a él con diplomacia, algo que a Terry le sobraba y a ella le faltaba. No, Terry no había revelado lo del embarazo a modo de venganza por haberlo avergonzado frente a Roosevelt, pues a leguas se notaba que estaba contrariado por su salud, pero aún así... sin intenciones de ser indiscreto, él había abierto una herida que recién comenzaba a sanar.

Tomando nota de la tristeza que había empañado los ojos de la rubia, Roosevelt prosiguió con la entrega de los diarios. "Aquí aparece su señor padre en compañía de William Albert Andley... ambos en el puerto de Nueva York", informó. "Qué curioso... ambos decían que no se moverían de allí hasta ver a sus parientes de regreso, pues estaban confiados en que seguían vivos-"

"William es mi padre adoptivo", señaló Candy, con sus ojos llenos de lágrimas. "¡Entonces él y el duque de Granchester están en Nueva York aguardando por nosotros!"

"Por sus mentes nunca pasó la idea de que hubiéramos muerto", musitó Terry con voz entrecortada. La imagen que mostraba a ambos hombres en el puerto de Nueva York hablaba más que mil palabras: en la misma, Richard Granchester, en compañía de una no menos esperanzada Eleanor Baker, se llevaba la mano al corazón, como si con ello estuviera asegurando la salvación de su primogénito; y a su lado, un compungido, pero sereno William Albert Andley, mantenía la mirada fija en la lejanía... y se cubrió los ojos con ambas manos, derramando su llanto sobre su ropa de niño, los diarios tiznados de tinta, y el fino material acojinado de la mecedora... en su frenética carrera por mantenerse con vida en altamar, y posteriormente en la isla de Mona, había recuperado a su padre. Entonces resolvió dejar de llorar, y cuando terminó de limpiarse la cara, su mona pecas también estaba bañada en lágrimas, y corrió a su lado para abrazarla, pues ella estaba igual o más abatida que él. "Pobre Albert", dijo entre sollozos, "éste no ha sido su año. ¡Primero tiene problemas con sus negocios, y ahora está como loco buscándome!"

"Enviaremos un telegrama a Nueva York a la mayor brevedad", informó Roosevelt, "aunque tengo entendido, según publicado en uno de los artículos, que uno de los sobrevivientes relató haberlos visto poco antes que se hundiera el barco, y eso llenó a los señores Andley y Granchester de esperanza", y enseñó un último periódico a la pareja, pues no quería alterarlos más con información adicional.

No bien había leído el titular del artículo, y Candy dejó de llorar de inmediato. Continuó leyendo el mismo, al igual que Terry, y al final se detuvieron en la imagen de una pintura que había dedicado un ciudadano estadounidense en honor a tan ejemplar ser... "Lo sabía", dijo Terry con incredulidad, aunque en el fondo, estaba seguro que tarde o temprano, la posibilidad se convertiría en realidad, "¡lo sabía!"

Candy lo miró a los ojos, con alegría y felicidad a la vez. "Es Lionel, Terry... ¡está sano y salvo!" En la pintura, un hombre moreno socorría mujeres y niños en el inmenso océano, mientras un maltratado RMS Vestris descendía a su última morada. "¡Mira, Terry, el artículo indica que también le dedicaron una canción!", exclamó, agradecida a Dios por el milagro de haber puesto a Lionel Licorish en el camino de ambos, siendo éste el ángel que facilitara su salvación, así como la de muchos otros pasajeros... y el Todopoderoso, en recompensa por toda su bondad y desprendimiento, le había prolongado el regalo de la vida. "¡Bendito seas, Lionel!", expresó llorando, llevando el diario a su corazón, mientras Terry le daba un tierno beso en la frente. "Hierba mala nunca muere", sostuvo, ante la mirada atónita de Roosevelt, quien aún no podía creer que la pareja hubiera sobrevivido a tan terrible tragedia, alejándose demasiado del lugar del desastre, terminando en aguas tropicales. "Hay algo más, señor Granchester", mencionó, para aliviar un poco la tensión que se había generado por la emoción del momento, "el director de la compañía para la cual usted trabaja fue entrevistado por un periodista inescrupuloso, y en el artículo revela un detalle que es de su desconocimiento, y que le gustaría saber", y aunque había resuelto no entregar más diarios, depositó el mismo en manos de Terry, quien enmudeció de sorpresa al leer el contenido. "¿De qué se trata, mi amor?", preguntó Candy.

"Wow", se limitó a decir él, conmocionado por completo al leer la noticia. "No me esperaba esto de Robert... simplemente... wow", balbuceó, y comenzó a reír de alegría y entusiasmo, y Candy se contagió con la felicidad de su marido. Le encantaba verlo y oírlo reír, y ser feliz, con sus ojos resplandecientes de dicha... "¿Qué dice tu jefe, querido?"

Terry cesó de reír. ¡Claro que le daría la buena nueva a su pecosa! "Es obvio que Robert estaba triste al ofrecer la entrevista, y su cara en la foto era de pocos amigos", aclaró, "y no sé si ya me había dado por muerto o algo parecido, pero acabo de leer que tenía pensado aguardar a que yo regresara de mis vacaciones para pedirme que me trasladara a trabajar permanentemente... ¡a Stratford!", y volvió a reír sin cesar, como un niño que había recibido su juguete predilecto como obsequio.

Candy sonrió, aunque permaneció sin comprender. "¿No es ése el nombre de la compañía para la que trabajas, amor mío?"

"Se refiere a Stratford upon Avon", corrigió Roosevelt, "la meca de la dramaturgia en Inglaterra."

Aunque ella no borró la sonrisa de su rostro, su corazón se detuvo en seco. Las dudas que tenía sobre escoger a Terry por encima de sus deberes en el hogar de Pony y de su deuda moral con Albert, ahora se disipaban por entero; sin embargo, la noticia la había tomado desprevenida, sacudiéndola con la certeza de la distancia, con el Atlántico interponiéndose entre ellos. "¡Me parece genial, cariño!", exclamó con fingida alegría, aunque una parte de ella se alegraba sobremanera de la gran confianza que el señor Hathaway tenía para con su esposo. "¿Crees que a tu regreso la oferta siga en pie?"

"Querrás decir a nuestro regreso", corrigió Terry, reparando en los inexpresivos ojos de su adorada, que contrastaban en gran medida con la petrificada sonrisa en el rostro de ella. "No tengo idea de cuándo o para qué me quiere allí, pero oportunidades como ésta no se pueden desperdiciar-"

"Estoy de acuerdo con usted", interrumpió Roosevelt.

Al escuchar al Gobernador confirmando la importancia de un trabajo en Stratford para Terry, Candy se sintió desfallecer. Ya bastante trabajo le costaba adaptarse a la idea de abandonar a Pony y a Lakewood con tal de seguir los pasos de Terry, para ahora cruzar al otro lado del mundo, en una ciudad habitada mayormente por actores de renombre, actrices experimentadas, y otras figuras del ambiente artístico... destino en el cual no cabía lugar para una despistada y parcialmente retirada enfermera. 'Como si no hicieran falta en Stratford', se reprendió, furiosa consigo misma por exagerar en torno a un distanciamiento de los suyos. ¿Hasta qué punto estaba dispuesta a dejar de ver a sus amigos para seguir los dictados de su corazón, y lo que era más importante... valía la pena tal sacrificio? El viaje de Chicago a Broadway, con un boleto de ida comprado por él, había resultado en un incómodo regreso. ¿Qué garantía, pues, habría de tener de que esta vez todo sería diferente? Stratford upon Avon... una ciudad destacada por ofrecer obras de Shakespeare, con una cultura muy diferente a la de América...

Sin pasar por alto la fachada de tranquilidad de la mujer, Roosevelt se levantó de la mecedora. "Suficiente de tanta información", dijo, "los llevaré al salón comedor... Connelly y su ayudante deben estar desesperados por comer-"

"No tanto como nosotros", comentó Terry, tras los pasos del Gobernador. Una nueva tempestad se avecinaba, y aunque en un principio estaba dispuesto a seguir a Candy hasta el fin del mundo, la indecisión de ella empezaba a fastidiarlo. ¿Tan poco se valoraba a sí misma, menospreciando así el amor entre ellos? ¿Hasta cuándo iba a demostrarle que los problemas que surgieran a partir de ahora, los malos momentos, las limitaciones, no serían suficientes para separarlos, a diferencia de la primera ocasión en que la presencia de Susana sí había sido una razón de peso? Decepcionado porque la pecosa había vuelto a poner barreras entre ellos, siguió, junto a ella, al dignatario Roosevelt a través de un simple y angosto corredor, hasta que los tres entraron a una sala cuya dueña y señora lo era una larga mesa con seis antiguas y elegantes sillas a cada lado, cubierta por un blanco mantel de exquisito bordeado, rodeada de livianos y discretos muebles de madera que hacían juego... y sobre éstos, pendía otro enorme y cargado candelabro.

La cena estaba servida. Sentados en uno de los extremos de la mesa, Connelly y José masticaban sus alimentos con la boca llena, y al ver llegar al Gobernador, se pusieron en pie, e hicieron reverencia con la cabeza, aguardando porque Roosevelt tomara su lugar junto a los demás. "Honorable", murmuró Connelly con la boca llena de grasa.

Un incómodo silencio se apoderó de la habitación. Cada cubierto en movimiento, cada vajilla levantada, se escuchaba con inusitado estruendo en todas las esquinas del salón. "Se ha vuelto taciturna de repente, señora Granchester", observó Roosevelt contrariado, "¿Acaso la comida no es de su agrado?"

Candy terminaba de tragar su último bocado de filete. ¿Así de evidente era su tristeza por el nuevo empleo de Terry que la misma no había pasado desapercibida, ni siquiera para el Gobernador? No estaba en sus manos impedir que partiera a Stratford, y lo que era peor: sabía que en esta ocasión él no daría marcha atrás. El teatro no sólo era una parte importante de la vida de Terry, sino que había sido, además, su mejor medicina para manejar toda una vida de denigración en manos de Susana y su señora madre. 'Dejaré que se vaya', determinó, oprimiendo los párpados con fuerza para no dejar caer una sola lágrima sobre la costosa vajilla...

"¿Señora Granchester?"

Como si hubiera sido despertada de una horrible pesadilla, Candy reaccionó al llamado del Gobernador. "Qué torpe soy... disculpe", dijo con una sonrisa, "luego de dos meses comiendo pescado e ig-", se detuvo al contemplar las miradas atentas de Connelly y José, "quise decir... pescado y aceitunas, este filete ha sido para mí como un maná caído del cielo."

Roosevelt sólo asintió con la mirada, antes de dirigirse a Terry. "Enviaré por un médico para que revise a su esposa, señor... aunque Connelly me había contado a su llegada que usted también había enfermado-"

"Por suerte ya estoy mejor", indicó Terry, deseoso de repetir la deliciosa cena. 'Los puertorriqueños tienen una sazón particular en la cocina', descubrió. "Mi esposa, sin embargo, necesita que la revisen..."

"Y así será, en cuanto lleguen al convento."

"¿Convento?", repitieron Candy y Terry al unísono. "¿Hemos hecho algo malo para que nos castiguen?", preguntó Candy.

Limpiándose con una servilleta, Connelly estalló en risas. "Descuiden, está desocupado hace mucho tiempo-"

"¿Entonces?"

"Se trata de un antiguo convento de monjas carmelitas ubicado al costado de la Catedral de San Juan, a sólo unos pasos de aquí", sostuvo Roosevelt. "Estamos en conversaciones con unos inversionistas para convertir el edificio en un hotel, sin perder las propiedades históricas del lugar..."

"El gobierno utiliza algunas de las habitaciones para albergar huéspedes que nos visitan de incógnito", agregó Connelly, "las mismas están decoradas con elegancia, preparadas para acomodar el más excéntrico de los gustos, de ahí que surgiera la idea de abrir allí una facilidad hotelera."

"Para llevar sólo un día en Puerto Rico, sabe usted mucho sobre San Juan, Honorable Gobernador', señaló Terry.

Roosevelt sorbió de un vaso de vino. "Vine hace unos meses, luego del paso del huracán... así me puse al día en muchos asuntos del país." Se puso de pie, y antes que el resto de los comensales hiciera lo mismo, hizo un ademán con la mano para que permanecieran sentados. "Una vez más, ofrezco mis disculpas por no terminar de atenderlos como se merecen; tengo asuntos importantes que trabajar en mi oficina, dentro de los cuales se encuentran diligenciar el envío de ropa, dinero, y otros útiles a su habitación, y me es preciso hacerlo en este instante... le encomiendo a usted dejar a los señores Granchester frente al convento, Connelly."

"Así será, señor... muchas gracias."

Inclinando una última vez la cabeza, Roosevelt se retiró del comedor, y sin siquiera haberse concedido un espacio para ofrecer su gratitud al Gobernador, Terry arrojó con furia su servilleta sobre la mesa, dando rienda suelta a su resentimiento. "Quieres que nos separemos de nuevo, ¿no es así, Candy?"

Connelly y José quedaron de una pieza; este último, aunque no se desenvolvía bien en el inglés, vio la furia contenida en los ojos azules del actor, y retrocedió en su silla. "¿Volverás a irte, Candy?", preguntó una vez más, aguardando una respuesta.

"¿Qué quieres que te diga?", espetó Candy a viva voz, sin importarle un comino que el Gobernador, y el resto de la isla, escucharan la discusión. "¿Prefieres renunciar a tu gran oportunidad porque no puedes vivir sin mí... de veras crees que voy a permitir que renuncies a tu nueva vida?"

"Mi nueva vida comenzó a tu lado, en la isla de Mona... pero no lo entiendes o no quieres entender-"

"No puedo ir a Stratford contigo, Terry..."

"¿Por qué... porque no quieres desayunar té en vez de café todos los días, o simplemente no soportas a los británicos?", cuestionó con sarcasmo, ante la perpleja mirada de Connelly y José, quienes ahora estaban pegados contra una pared.

"No tienes por qué burlarte", reclamó Candy, sintiendo que el mundo se le venía encima, "para ti es fácil regresar a Inglaterra, a un mundo al que perteneces, y en donde te sentirías como en tu casa, pero para mí significaría alejarme para siempre de mi familia, mis amigos..."

"No será así y lo sabes", aclaró él, "cuando quieras, podrías tomar un barco y cruzar el Atlántico, tal y como hiciste cuando te marchaste del colegio-"

"¡De eso es que se trata, mocoso engreído!", gritó ella con enfado. "¡Ya no quiero seguir corriendo tras tus pasos el resto de mi vida! Ya lo había hecho antes, y no quiero recordar las consecuencias..."

"Eran otros tiempos, pecosa, otras circunstancias de mayor gravedad... incluso ahora que hemos salido adelante de un naufragio y varios meses en una isla, estamos aquí, en una sola pieza", dijo él con desesperación. "¿O acaso olvidaste que fui yo quien planeó encontrarse contigo en el Vestris?"

"Eso te costó el haber naufragado conmigo-"

"Pues yo no me arrepiento de nada", expresó él. "¡Por todos los cielos, Candy! Por espacio de dos meses fuimos muy felices, sin lujos ni comodidades a nuestro alrededor, con el sol quemando nuestras espaldas, y un áspero suelo como nuestro lecho", observó a José y Connelly, quienes abandonaban a toda prisa la habitación, "si ninguna de esas pasadas adversidades impidió que nos amáramos, ¿qué te hace creer que no llevaremos un matrimonio feliz en Inglaterra?"

"¿Has pensado que simplemente no quiero ir?", cuestionó ella con reproche. "Para ti viajar a Stratford sería como tener unas vacaciones eternas dentro de un teatro de Shakespeare, porque es tu ambiente", esta vez no pudo evitar que un torrente de lágrimas invadiera su rostro, "pero sólo estás pensando en tu bienestar, y ni siquiera te has detenido a pensar en qué sería de mi vida encerrada en una casa, sin un trabajo, sin un amigo-"

"Es patética la manera como sientes pena de ti misma", refutó él con desilusión, "la Candy que conocí se había lanzado por primera vez a una etapa desconocida en Londres, haciendo a un lado las diferencias culturales... por eso nos enamoramos." Bebió un poco de agua de su copa antes de levantarse. "Sabes muy bien que yo tampoco la pasé muy bien estos últimos años, y que en un determinado momento de mi vida toqué fondo... pero no me dejaré vencer por el miedo", comenzó a caminar a grandes pasos hacia la salida, "No voy a insistir más contigo, Candy. Gracias por lo que me has dado... por tu porción de amor", y con esa familiar frase que por tantos años retumbara en la mente de la rubia, salió en busca de Connelly, dejando a Candy a solas en el enorme comedor, inundada en el mar de sus lágrimas. ¡Si tan sólo tuviera la certeza de que no tendrían más dificultades! Ni siquiera habían logrado mantener con vida a su criatura, algo de lo cual nunca se recuperaría... Limpiando sus lágrimas con una servilleta que había quedado sin usar, se arregló el cabello, y dirigió sus pasos de vuelta a la entrada del palacio, donde Terry aguardaba con impaciencia en compañía de José y Connelly. "Iremos caminando", anunció este último, "es de noche, pero el convento no está muy lejos de aquí"... y en efecto, con sólo haber dado unos pasos, luego doblar hacia la derecha, y caminar unos metros adicionales, habían llegado a una pequeña plazoleta donde se cruzaban la antigua Catedral de San Juan, y el otrora convento de las carmelitas.

"Qué belleza", dijo Candy en voz baja, admirando el cuidado con que el gobierno preservaba el mantenimiento de las facilidades. La entrada era abierta, y a medida que avanzaban al patio interior, la rubia se sorprendió al ver que los alrededores estaban completamente iluminados. "Contamos con otros huéspedes secretos", mencionó Connelly, rogando porque la pareja hallara la paz que necesitaban, "y allí viene el guardia que los llevará a su habitación."

Haciendo a un lado su frustración, Terry estrechó las manos de ambos hombres. "Lamento mucho haberlo juzgado mal esta mañana, Connelly-"

"Yo hubiera hecho lo mismo en su lugar, señor Granchester."

Candy abrazó con gratitud a su salvador. "En verdad no encuentro cómo agradecerle, señor Connelly-"

"Sí hay una forma de hacerlo, señora", dijo el otro, para sorpresa de ambos huéspedes, "sea feliz", y dándose la vuelta, se alejó con José del lugar, no sin antes escuchar a Terry que gritaba: "¡Que disfruten el resto de sus vacaciones!"

El guardia del convento los condujo rumbo al tercer piso del edificio, desde el cual se podía apreciar un conjunto de faroles alumbrando la frondosa vegetación del patio interior. "Lamento mucho no tener disponible un cuarto con vista al mar-", se disculpó el empleado.

"No echaremos de menos el océano, se lo aseguro", manifestó Terry, huraño por el nada productivo intercambio con su pecosa en el comedor de la Fortaleza. Entonces entraron a la habitación, y una atmósfera de tensión se apoderó de ellos.

Aunque habían llevado su relación al plano de lo físico, nunca antes Candy había estado a solas con Terry en una alcoba. El duro y áspero suelo de la cueva había sido su nido matrimonial en la isla de Mona, pero en la habitación de lo que parecía ser más un hotel que un antiguo convento, las paredes reducían la respiración de ambos, disminuyendo también el tamaño de la cama. No podía pretender que él durmiera en el suelo o viceversa; ambos estaban cansados de pasar los últimos dos meses sin ropa ni frazadas para dormir. ¿Cómo compartirían la cama entonces? La misma consistía de una vieja, pero elegante cabecera de madera, que servía de marco a un reconfortante edredón en tonos pasteles, con un cuarteto de almohadas con colores complementarios. 'Los dos en una cama', pensó con sentimientos encontrados.

Se escucharon unos golpes en la puerta. "Yo abriré", se ofreció Terry, rompiendo el hielo del silencio. Al hacerlo, un hombre de mediana edad hacía su entrada al dormitorio, llevado un maletín en la mano. "Soy el doctor Acevedo", dijo en un decente inglés, "y vengo a revisar a la señora."

Terry hizo un ademán para que el galeno procediera a auscultar a Candy. "Tomaré un baño mientras la atiende", y así lo hizo, mientras el doctor Acevedo hacía preguntas a Candy sobre su condición de salud. Al final, y luego de haberle hecho un examen físico, el hombre señaló: "Es muy lamentable lo que le ocurrió con la criatura, señora; no obstante, me place decirle que usted se encuentra en perfecto estado de salud, y que en cualquier momento puede volver a ser madre, si así se lo propone..."

Candy frunció el ceño. "Aún no entiendo cómo quedé embarazada cuando apenas había terminado mi período."

"Usted misma mencionó hace unos minutos que su menstruación suele ser larga e irregular", recordó Acevedo, "en ocasiones, aunque ocurre con rareza, el ciclo suele tan largo que la ovulación pudiera haber tenido lugar luego de haber finalizado su período... es poco probable que ocurra, pero sucede", empezó a colocar sus instrumentos de vuelta al maletín, "algunas posiciones de amor también facilitan una rápida concepción..."

Ella se sonrojó al recordar con claridad la postura exacta que ella y Terry habían asumido en su primera vez. "Lo tendré presente, doctor... muchas gracias", y se despidió del médico, abriendo la puerta para permitirle pasar, al tiempo que un singular sujeto aparecía con una billetera y varias prendas de vestir para ella y Terry. "Obsequio del Gobernador", se limitó a decir en un atropellado inglés, antes de desaparecer por el corredor.

Terry emergía del cuarto de baño, feliz de sentirse aseado como nunca antes. "¿Ya llegó la ropa?", preguntó; pero Candy no ofreció respuesta alguna, ya que dos detalles habían llamado su atención: no sólo su esposo se las había ingeniado para cortarse nuevamente el cabello-tal vez hizo uso de una navaja habida en el baño-, sino que además estaba completamente desnudo... desnudo y limpio. "No sé por qué te apenas tanto", dijo él con una sonrisa burlona. "No fue sino hasta esta mañana que nos pusimos ropa-"

Ella bajó la cabeza, con un rubor de deleite electrizando sus pómulos. "Ahora es diferente... aquí, en este cuarto, tus dimensiones son más... grandes", y agarrando un camisón blanco, corrió a toda prisa hacia el cuarto de baño.

Casi había olvidado el efecto vigorizante del jabón, cuya fragancia se infiltró por sus fosas nasales. ¡Qué delicia darse un buen baño después de tanto tiempo! Al igual que Terry, había optado por darse una ducha; luego de casi dos meses de haber estado sumergidos en un gigantesco pozo, quería que el agua cayera encima suyo cual lluvia de amanecer. Alzó su rostro al cielo, agradecida al Creador por haberle dado una nueva oportunidad en la civilización. 'Cualquier civilización', pensó para sus adentros, reflexionando acerca de las crueles palabras de Terry en el comedor del palacio... y entonces se percató que ellos no habían compartido aún en el minúsculo espacio de una bañera, y su piel tiritó de emoción ante la idea. Finalmente, y luego de haber transcurrido una hora completa sin haberse movido del baño, se secó con una toalla, y se colocó el camisón de dormir. Al salir, Terry estaba sentado en el borde de la cama, llevando puesto un pijama, y en una mesa contigua descansaba un conjunto masculino que no recordaba haber visto entre las piezas recibidas. "Estuve dando un paseo por las tiendas", dijo con tranquilidad, "supuse que te demorarías."

Candy se acercó a observar la veraniega, pero atractiva chaqueta tan azul como los ojos de su amado, así como un pantalón blanco que hacía juego. "Tienes buen gusto", susurró; y al darse la vuelta para buscar una frazada, encontró el sobre vacío de Susana sobre el tocador. "¿Cómo hiciste para traerlo sin que me diera cuenta?", preguntó ella con la boca abierta.

Cansado de pelear, Terry extendió un brazo hacia ella. "Aproveché la oportunidad en un descuido tuyo, mientras probabas golosa toda la comida que te había dado doña Geña-"

"¿Entonces ahora soy también Tarzán golosa?", preguntó ella, entrelazando su mano con la de él. El baño había apaciguado los ánimos de ambos, y estaba agradecida a Dios por eso.

Rodeando la cintura de ella con el brazo que le quedaba libre, Terry la atrajo hacia él. "Serás todo lo que quiero que seas", dijo con voz ronca, a medida que jugueteaba con los tirantes del camisón; pero ella retrocedió unos pasos, sintiendo miedo de los alrededores, y de este nuevo escenario entre ellos. "¡No, Terry... ahora no!"

"¿No qué, mi amor... no quieres que te desvista... a ti, que eres mi mujer?", y sin previo aviso, la haló con fuerza por la cintura, haciendo que cayera tumbada sobre la cama... y sobre él.

Perdida en la profundidad de los ojos zafiro, Candy se sintió feliz al ver que Terry se había cortado el cabello, pues así destacaban más sus hermosas pupilas. En su admiración, no se había percatado que él había cambiado de posición, recostándose contra las almohadas, con ella acostada sobre su regazo. "Sólo quiero que seas feliz, Candy", dijo él en un susurro, "y si tu felicidad está en otro lugar, lejos de mí... entonces lo aceptaré", y habiendo quedado en paz con sus respectivas decisiones, procedió a despojarla del camisón, sin apartar la vista de las esmeraldas que llevaba por ojos, mientras ella permanecía encadenada a su mirada... hasta que saltaron a la vista un par de rosados y puntiagudos pechos, así como el resto de su cuerpo. Estaba tan desnuda como los meses previos, pero era la primera vez que tenía el privilegio de desvestirla, al menos con la intención de hacerle el amor.

Con una sola mirada de él, Candy se sintió acariciada de tal manera que sentía como si estuviera desnuda ante Terry por primera vez. Una parte de ella quería ocultarse de su escrutinio, mientras que la otra, que ahora se imponía, permanecía inmóvil sobre las piernas de él, a la espera de un roce de su boca, o de sus mágicos dedos... y entonces él la besó, con inquietante lentitud, aminorando las ansias de ella hasta que la rubia terminó aceptando el pausado ritmo dentro de su boca, mientras que la mano de él se posicionaba sobre uno de los trepidantes pechos. "Aaaahhhh", comenzó a gemir contra su voluntad.

"Eso es, mi amor, quiero escucharte... una vez más", dijo él sobre su pecho, trazando círculos alrededor de la inflamada punta con el pulgar, sin dejar desatendido el segundo capullo, al cual le ofreció el ardor de sus labios, haciéndola gemir con más fuerza. Si su destino era estar separada de Terry, al menos se llevaría el dulce y grato recuerdo de sus días y noches de amor, así como del hijo que habían concebido con su cariño.

Aunque deseaba tomar las cosas con calma, lo cierto era que ambos estaban exhaustos por el largo viaje, y más que nada, por su acalorada y absurda discusión en la casa del Gobernador. Despacio, se apartó de ella, y sin dejar de mirarla un solo segundo, comenzó a desabotonarse la camisa, en un simbólico momento de comunión de almas. Ahora tenía el pecho al descubierto, y ella sólo sonrió con alegría al contemplar a su adorado esposo, con quien había vivido gratos recuerdos, y también momentos difíciles... entonces él se bajó los pantalones, y en un solo movimiento, había quedado tan desnudo como ella, con el centro de su pasión reclamando su atención con celo.

En un gesto inconsciente, Candy se relamió los labios al ver la agrandada masculinidad de Terry. Con tan sólo tocarla, él había alcanzado un cúmulo de sensaciones que estaban a punto de hacerlo explotar de gozo... y no pudo evitar hacer uso de su dedo pulgar para frotar con suavidad la punta del deseo de él, de la cual ya había brotado una pequeña gota de anticipo amoroso, y haciendo uso de la misma, humedeció los alrededores de la dilatada privacidad; y sin soportar más la excitante caricia, el cerró los ojos, y echó la cabeza hacia atrás, entonando himnos de felicidad. "Quien viera tu rostro en este momento, amor mío", dijo ella con ternura, "pensaría que te duele... pero sé que no es así", y colocándose encima de él, empezó a dar breves, pero dulces besos en los masculinos pechos, en su manzana de Adán, en el lóbulo de su oreja... y los gemidos de él se convirtieron en alaridos de felicidad. Si éste era el modo de Terry de despedirse, ella le daría una noche inolvidable.

Bajo las caricias de su pecosa, Terry sentía que su vientre había perdido toda clase de dominio, irradiando calor al resto de su cuerpo. Su pecosa le decía adiós, en un último acto de amor físico antes de tomar caminos separados... Con los ojos cerrados, y su rostro comprimido, gritó con desesperación, ansioso por hacerla suya, mientras ella lo hacía suyo con tiernos besos y diestras manos, que ahora se conducían con toda naturalidad en medio de sus posaderas... y antes que dejara escapar su combustión sobre el edredón, la colocó debajo suyo, y manteniendo la mirada fija en la de Tarzán, entró en ella con mucha suavidad... que no duró mucho tiempo. En cuanto sintió los pliegues de su femineidad alrededor suyo, comenzó a moverse con desenfreno, incapaz de detenerse, sudando copiosamente mientras calaba hondo dentro de ella. Gruñó para controlarse, pero sabía que sería inútil, y que en cualquier momento estaría llenándola en su máxima capacidad...

Si bien Terry estaba muy envuelto en el ardid de la entrega, Candy no esperaba que la colmara con tanto frenesí. Con la punta de él llegando hasta la pared más profunda de su cavidad, siguió galopando sin cesar, aún cuando ella no estaba preparada del todo; pero el sentirlo así, tan lleno de sudor, con el sabor agridulce de una amarga, pero amorosa despedida, provocó en ella un súbito temblor que sólo había sido capaz de experimentar gracias a él, a sus avances, a su paciencia... y resumió sus cánticos de gozo, haciendo coro a la melodía de él, quien se movía con tanto ahínco que la cama ya había empezado a rechinar, con la cabecera dando tumbos contra la pared, y ella, para apaciguarlo un poco, lo tomó con firmeza por las caderas... y así fue como él, sin dejar de gritar, liberó todo un río de amor, furia, soledad, afecto, ternura, cuyo cauce se desbordó en ella hasta suavizar sus tejidos, haciendo la piel más sensible al roce de él... y ella levantó las caderas al aire, aportando con alegría su propia dosis de tónico amoroso.

Transcurrieron unos minutos antes que volvieran a la normalidad. Todo había sido tan intenso, tan inesperado... temeroso de aplastarla con su peso, él se mantuvo dentro de ella, con ambos brazos extendidos a los costados de su mujer, viendo cómo sus propias cascadas de sudor caían sobre la rosada y pecosa figura. "Te amo... Candy", dijo con dificultad, dejando escapar una lágrima de melancolía...

Con Terry columpiándose como un péndulo sobre ella, Candy aún trataba de recobrar el habla. Extendió los brazos a ambos lados, buscando ventilarse un poco, aunque la presencia física de Terry dentro de ella dominaba todo el espacio... y por primera vez desde aquella triste noche a las afueras del acantilado, deseó haber quedado embarazada otra vez. Sollozando por tantas emociones compartidas, hizo un esfuerzo sobrehumano para hallar las palabras. "Y yo... te amo... a ti... Terry", y entonces sintió que él la liberaba de la masculina intimidad, y se acostó sobre las almohadas, colocándola encima suyo. No hacían falta las palabras; el silencio, las lágrimas saladas, y sus respiraciones fatigadas como resultado de sus esfuerzos de amor, bastaban para demostrarse todo el amor que aún tenían reservado.

/

No supo en qué momento se quedó dormida; lo último que recordaba era haber hecho el amor con Terry hasta que ambos perdieron la fuerza y el habla, y luego habían permanecido abrazados, envueltos en sudor y lágrimas. 'No deben ser más de las cuatro de la madrugada', pensó, alargando un brazo para sentir el cálido cuerpo de él junto al suyo; pero en su lugar, una almohada que aún conservaba las huellas y olor a pasión de su amante la saludaba con frialdad. "¿Terry?", preguntó al vacío, con la misma desolación que había sentido cuando él se había apartado de ella días antes en Mona, pero esta vez no lo encontraría, ni él regresaría a su lado... "¿Terry?", volvió a llamar entre lágrimas, sintiendo que cada fibra de su alma moría en cada respiración... y fue entonces cuando vio el sobre de Susana colocado sobre una mesita de noche, y el mismo contenía un objeto adentro. "Dijo que había salido de paseo mientras tomaba mi baño", dijo entre lágrimas, extendiendo el brazo para ver de qué se trataba... y al extraer el contenido, supo que todo había cambiado... para siempre.