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MAR BRAVIO

por

Astrid Ortiz

(Eiffel)

CANDY CANDY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 1976.

FINAL STORY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 2010.

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Capítulo 13

Con tan sólo una porción del dinero otorgado por Roosevelt como posesión, Terry se detuvo frente a las puertas de la Catedral de San Juan. Horas antes, y mientras Candy se daba su merecido baño de diosa, había indagado acerca de los barcos que atracarían a la mañana siguiente, y uno de los comerciantes, que era norteamericano, le había informado que un buque partiría rumbo a Nueva York tan pronto como a las siete de la mañana del día siguiente. Así pues, se despidió de su pecosa en una noche de amor que ninguno de los dos olvidaría, y así la quería recordar, feliz, apasionada, hermosa y pecosa... al menos tenía la dicha de no haberse separado en la tristeza, ni en el resentimiento. "Estarás bien, Tarzán", dijo con seguridad, "ambos lo estaremos..." Eran las cuatro y treinta de la mañana, pero la catedral mantenía las puertas abiertas, aunque de seguro el párroco a cargo estaría durmiendo en la contigua casa parroquial... y sin nada de qué arrepentirse, pues ahora estaba en paz con su pasado y su presente, empezó a subir una a una las escaleras, para elevar una plegaria en acción de gracias al Creador, por haberle dado la bendición de estar dos meses junto al amor de su vida...

"¡Me gustas más con el cabello corto!"

Sintiendo que había perdido la razón, Terry se dio la vuelta. ¿Acaso se había vuelto loco, o una aparición de Tarzán pecosa, llevando puesto sólo su camisón, e iluminada por los faroles nocturnos, dominaba el espacio sanjuanero? "¿Eres tú?", preguntó, temiendo que se tratara de un espejismo.

Pero la hermosa mujer que lo observaba con lágrimas en los ojos estaba muy lejos de ser una aparición fantasmal. "Cuando te vi en el Vestris, me asusté al verte con el cabello repelado, pues parecías otro hombre", dijo Candy apresuradamente, "pero ahora ya no concibo verte con larga melena, y me gustas más así, como hoy", entonces extendió su mano hacia él, llevando en la palma de la misma el maltrecho sobre de Susana... y tal y como hiciera con la misiva de la fenecida actriz, ella recitó cada una de las palabras, ya memorizadas, de la nota que él había dejado en dicho sobre: "Aquí tienes un nuevo corazón... para que ya no lleves uno oxidado dentro de ti" , y buscando dentro del escote de su holgado camisón, mostró el nuevo collar que él había comprado en una joyería mientras ella se bañaba con alivio y felicidad en el dormitorio, y el cual llevaba ahora colgado con orgullo sobre su cuello.

Candy estaba muerta de frío, pero bien valía la pena haber salido corriendo de la habitación, y Dios había escuchado sus plegarias al haber mantenido a Terry tan cerca de ella como frente a las puertas de la catedral. Un hermoso corazón de zafiros y esmeraldas acompañaba la breve nota que dejara él en el sobre de Marlowe, y a diferencia del mohoso collar que había encontrado en aguas del Atlántico, esta vez no quería dejar el interior del mismo vacío... deseaba llenarlo con nuevos recuerdos, memorias del presente, del futuro... aunque ya la partida de Terry del convento, de por sí, había trastocado su ser. Acariciando el nuevo collar entre sus manos, habló desde lo más profundo de su corazón. "Si tengo que perder una parte de mí para ser feliz a tu lado, entonces prefiero ser infeliz por no estar con los míos, a estar un minuto más sin ti-"

"No tienes que despedirte de ellos para siempre..."

"Y en mi empeño de no hacerlo, estuve dispuesta a separarme de ti... pero entonces te marchaste, y sólo así pude entender que mi amor por ti es más grande que mi necesidad de hacer felices a los demás..."

"¿Cómo sé que no cambiarás de opinión?", reprochó Terry con amargura, viendo cómo una luz de la casa parroquial se encendía en la fría madrugada. "¿Cómo puedo estar seguro de que no volverás a arrepentirte?"

Candy respiró hondo. Se había ganado la desconfianza del hombre que amaba, y con toda razón... pero había llegado el momento de luchar, como solía hacerlo de niña, antes que su vida se apagara una década atrás en Broadway. "Tenemos algo pendiente, mi amor", empezó a decir, alzando el sobre de Susana a la vista de ambos, "prometiste obsequiarme un joyero, para guardar allí este sobre vacío, y darle cualquier otro uso que se me antojara...", y al ver que él continuaba observándola con cautela, tomó el siguiente paso, aquél que había determinado tomar al haberse hecho trizas en la soledad de la alcoba: "He decidido ver a un médico especial, Terry, de ésos que encaminan a las personas a manejar sus emociones... pero necesito que me ayudes-"

"Yo también preciso de uno, con urgencia", reconoció él, sintiendo cómo su corazón se abría a su amada pecosa, confiando en la verdad de sus palabras, y en unos intensos ojos verdes que hablaban más que mil frases. ¡Al fin veía el fuego en esa mirada! "Mis años junto a Susana y su madre me han dejado profundas huellas-"

"Y yo te ayudaré a sanar esas heridas, con mucha paciencia", aseguró Candy, acercándose a él en plenas escaleras, "la misma paciencia que has tenido conmigo, mi hermoso rebelde..." Iba a abrazarlo en señal de apoyo cuando sintió una fuerte gota de agua caer sobre su mejilla, y él recibió un golpe similar en el hombro de su chaqueta azul. "Está lloviendo, pecosa... debes ir a vestirte."

"¿No regresarás al convento conmigo?", preguntó ella alarmada.

El apretó los párpados con fuerza, pues había llegado el momento en que ambos atravesarían una última prueba antes de recorrer el camino hacia la felicidad. "El barco sale a Nueva York a las siete de la mañana", informó, estudiando la reacción de ella. "Una vez allí, podríamos reunirnos con nuestras familias por un tiempo, y si Robert aún lo permite, partiríamos más tarde para Stratford", y no pudo decir más, pues un torrencial aguacero, el primero del año 1929, caía estrepitosamente sobre ellos. "¡Estás toda empapada!", gritó él consternado.

Pero Candy sólo reía en medio de la noche. "Son sólo flores, amor mío... están lloviendo flores... ¡y tú también estás todo mojado!" Sí, estaban lloviendo flores, del mismo modo en que siempre había flores en la colina de Pony... y en lo sucesivo, procuraría tener un jardín florido en cualquier lugar que estuviera, con tal que su hogar fuera siempre al lado de Terry. Narcisos, rosas blancas, geranios... ya era hora de no preocuparse más por lo que el destino tuviera deparado para ellos: el momento era ahora, con todo lo positivo y negativo que eso conllevara. "Llévame a casa, mocoso insolente", susurró, quedando a sólo unos centímetros de él bajo el fuerte aguacero, "llévame a casa en Stratford", y no fue preciso convencerlo una vez más, pues ya él la había tomado en sus brazos, besándola con gratitud y alegría, y más que nada, con una inmensa paz en su corazón. Cualquier otro en su lugar hubiera pensado, '¿Cómo estás seguro que ella no volverá a dar marcha atrás?', a lo que él habría respondido: 'Luego de catorce años, la conozco lo suficiente para saber... con tan sólo mirarla a los ojos, escuchar los latidos de su corazón, y con la Catedral de San Juan como testigo, ya tengo la respuesta que necesito...' De pronto, se apartó con brusquedad, y Candy temió un nuevo rechazo de él. "¿Qué sucede?", preguntó.

Pero Terry sólo sonrió divertido. "¿Ves esa luz detrás de ti?" Y al ella darse la vuelta, el párroco de la catedral los observaba emocionado a través de una ventana. "¡Lo hemos despertado!", exclamó la enfermera.

"Pues entonces debemos reparar el daño", sugirió él con renovada felicidad. "¿Qué te parece si regresamos a Nueva York... como el señor y la señora Granchester?"

Ella lo miró con asombro. "¿Estás loco? Mira nada más cómo estamos: ¡con poca ropa y empapados por la lluvia! Además, no llevamos anillo de matrimonio-"

"Sí lo tenemos", sostuvo él, tocando con gentileza el nuevo y brillante corazón que colgaba del cuello de su amada; y levantándola en brazos para no dejarla escapar, encaminó sus pasos rumbo a la casa parroquial, en medio de una vorágine de risas y sentimientos compartidos. La vida les había dado una nueva oportunidad, en una sorpresiva y milagrosa vuelta; y ahora el cielo nocturno les sonreía, derramando lágrimas de felicidad, y el mar que rodeaba la pintoresca ciudad al fin conservaba la calma... la naturaleza era sabia.

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