Capítulo 2: La Ruptura
El rocío matutino cubría el antejardín del nº108 de la calle Mifflin. El hombre lo atravesó a grandes zancadas, llegó al pórtico y cerró los ojos, aparentemente juntando la motivación necesaria para tocar el timbre. Finalmente lo hizo.
La puerta se abrió y una mujer impecablemente ataviada con un sentador vestido azul apareció tras ella. El color se drenó de sus mejillas cuando vio quién era su visitante.
"Robin." Saludó, casi en un suspiro.
"Hola..." le respondió el ladrón. "Tenemos que hablar. ¿Puedo pasar?"
Por toda respuesta, la ex-alcaldesa se apartó de la puerta, permitiéndole entrar en la mansión.
Había transcurrido una semana desde los eventos en Granny's. No había visto a Robin desde entonces, y él tampoco había intentado contactarla. Y ahora estaba allí, frente a ella, evidentemente nervioso, balanceándose sobre uno y otro pie, sin poder mantenerse quieto.
"Acompáñame al estudio..." le pidió.
"Después de ti".
Llevaban cinco minutos sentados el uno frente al otro, en un par de sillones de cuero que Regina mantenía en su estudio; sin embargo, ella sentía como si hubiesen pasado milenios. Robin había intentado iniciar la conversación varias veces, pero terminaba tragándose las palabras antes de pronunciarlas. La hechicera no lo culpaba; ¿qué podía decirle? ¿qué le hubiera dicho ella si Daniel hubiera vuelto de la tumba? Era una situación imposible.
"Regina..." partió el Merry Man, una vez más. "Estoy... en conflicto conmigo mismo." Se mesó la incipiente barba con ambas manos antes de continuar. "Marian volvió."
Hablaba como si todavía no pudiese creerlo, pero para Regina no era nada fuera de lo habitual. Siempre que creía estar a punto de encontrar la felicidad, la puerta se cerraba en su cara. Corazones rotos fuera del pecho, resurrecciones a la tercera década... tenía del año que le pidieran. No podía sino tomárselo a personal.
"Volvió, Regina. Es mi mujer. La madre de mi hijo. La he amado toda mi vida, incluso después de... su muerte." El ladrón la miraba con ojos inundados de tristeza.
"Robin... esto no es necesario." replicó, a punto de ponerse de pie, de manera tal de terminar la conversación. No podía aguantar mucho más. Hasta ella tenía su límite.
"Por supuesto que lo es. Regina, yo amo a Marian... pero eso no significa que haya dejado de sentir lo que sentía por ti hasta hace una semana atrás." Los movimientos de la mujer se congelaron en el sillón. "No sé cómo hacer esto, no sé..." El rubio sonaba desesperado. "Tú la ibas a matar, Regina. Ni siquiera la ibas, en una versión alternativa del pasado, la mataste."
La cabeza de la ex-alcaldesa estaba a punto de explotar.
"Robin... no sabía quién era. Y posiblemente, aunque lo hubiera sabido, en aquella época de mi vida... Robin. Tú sabías quién era yo antes de Storybrooke. Todo el mundo lo sabe. No puedo arrepentirme de nada porque cualquier cosa diferente hubiera podido evitar que conociera a Henry. No puedo disculparme por eso". Se sentía derrotada. Las conversaciones de los últimos días no tenían sentido alguno. Maldito viaje en el tiempo.
El hombre ni siquiera parecía haberla escuchado.
"Y lo peor, lo peor de todo..." prosiguió, escondiendo la cabeza entre sus manos, "es que, incluso sabiendo eso... todavía hay una parte de mí que se muere de ganas de estar contigo".
Cubeta de hielo sobre su persona nuevamente. ¿Es que acaso le estaba proponiendo ser... la otra mujer? Suficiente. La reunión se acababa ya.
"Esto no está llevando a nada." pronunció Regina, reincorporándose.
"¿Es que no oíste lo que dije?" le preguntó, poniéndose de pie de un salto, con la apariencia súbitamente febril.
"Fuerte y claro. El que parece no haber oído lo que sale de su boca eres tú." le contestó, frunciendo el ceño.
"Regina... somos almas gemelas. Tiene que haber una solución a todo esto." Se acercó a ella, quien rehuyó el contacto. "Regina, mírame".
"No hay nada más que hablar. Te acompañaré a la puerta."
Robin la sujetó firmemente por ambos brazos, la mirada colérica.
"¡Deja de hablarme como si no significara nada para ti! ¡Tenemos que hacer algo!"
"Robin." Intentó liberarse infructuosamente.
"Mírame a la cara y dime que ya no me quieres, Regina, si pretendes que te crea esta farsa que intentas montarme."
Oh, por todos los Reinos. El corazón se le escaparía por la boca si no la dejaba ir en ese mismo min-
"Te pidió que la soltaras, Robin". Retumbó una voz desde la puerta del estudio. "Si valoras tu linda cara, te recomendaría que lo hicieras ahora mismo."
Emma Swan, Savior Extraordinaire, figuraba a metros de ellos sin sus botas, con los jeans llenos de tierra, una polera blanca sin mangas manchada de verde y café y los rubios rizos repletos de polvo.
"Terminé de desmalezar, Regina." Agregó ante la atónita morena. "Al menos eso creia." Continuó, mirando a Robin directo a los ojos.
Sólo entonces Regina recordó que, dentro de su gran plan para ganarse su perdón, Emma había estado arreglando varias cosas en la mansión, y su última hazaña había sido desmalezar el jardín, tarea en la que se encontraba antes que apareciera Robin.
"Esto no te incumbe, Emma." Le espetó el ladrón, sin soltar a la antigua Reina. "Soy su alma gemela." Explicó, en tono determinado.
"Su alma gemela casada y con la cual salió por el gran total de... siete días." Le escupió la rubia de vuelta. "Suelta a la madre de mi hijo... Ahora."
El corazón de Regina se detuvo por un instante, y supo que tenía que actuar.
"Robin, esta conversación se acabó." afirmó, efectivamente liberándose del brazo que la asía. "Miss Swan, no necesito que te bajes de tu caballo blanco para venir a socorrerme. Totalmente innecesario." Emma bufó y apartó la mirada. "Ahora voy a salir, y cuando vuelva espero que ninguno de los dos siga aquí." Acto seguido, tomó su cartera y salió de la casa. Una vez dentro del auto, pudo ver por el espejo retrovisor que ambos rubios habían salido de la mansión. Las palabras se empujaban unas a otras en su mente. 'Ganas de estar contigo'... 'Alma gemela'.. 'Dime que ya no me quieres'... 'Suelta a la madre de mi hijo'.
¿Huh?
Su mente conjuró la imagen de Emma, sucia y transpirada intentando defenderla. No se ruborizó. No. Probablemente era sólo un exceso de colorete el carmín que adornaba sus mejillas. Tendría que retocar su maquillaje una vez que retornara a casa.
Se detuvo frente a un semáforo en rojo y su mente divagó hacia Emma otra vez. No podía negar que la rubia había hecho muchos esfuerzos para "ponerse en la buena" con ella esa última semana. Antes de separarse esa noche, después de la ridícula promesa de la princesa de buscar su Amor Verdadero, Regina tuvo que ponerse firme en negarse a que la rubia la acompañara a su casa, y sólo lo logró después de comprometerse a... « Sé que estás enojada, y tienes todo el derecho de estarlo, y te daré tu espacio y tu tiempo, pero me mantendré en contacto. Sólo te pido que des señales de vida de tanto en tanto, porque de lo contrario me preocuparé y saldré en tu búsqueda. No puedo evitarlo. Es una cosa de Saviors.» El "espacio" que le prometió duró sólo 24h, pues posterior a ello la auto-denominada Savior empezó a textearla para saber cómo estás y finalmente la llamó para anunciarle que sé que será muy difícil para ti perdonarme esto, así que por favor déjame hacer todo lo posible para facilitártelo. ¿Hay algo que necesites? ¿Algo que arreglar en tu casa?. Regina se había reído ante lo solícito del comportamiento de Emma. ¿Deseas ser mi esclava, Miss Swan? Se había producido un silencio en la línea después de eso, y se imaginó a Emma roja y sorprendida. Te espero. Había agregado, con un tono de voz peligroso rayando en lo sensual, que había conjurado inconscientemente. Desde entonces, Emma había arreglado un baño que goteaba, pintado la habitación de huéspedes (lo que le había llevado varios días porque la Reina cambiaba de parecer sobre el color cada vez que ponía un pie dentro de la pieza; aquello le había valido una mirada de reproche de Emma, pero finalmente había acatado sus caprichos sin chistar cada vez que le traía un nuevo tono de Burgundy), destapado el lavadero de la cocina y, finalmente, desmalezado el jardín.
Regina era una experta en preservar el rencor hacia sus enemigos sin importar cuánto éstos se arrepintieran; sin embargo, con Emma... se le hacía cada vez más arduo. Posiblemente porque, aunque no sabía cómo ni cuándo, había dejado de considerarla una enemiga, y más que la hija de Snow White, había pasado a ser la otra madre de Henry. Además era difícil porque le costaba ignorar la calidez en la voz de la rubia cuando le hablaba, que se dejaba entreoír en sus palabras incluso cuando discutían (porque eso era algo que, estaba segura, nunca cambiaría). Emma había aumentado la dulzura en todas sus interacciones, y Regina ni siquiera sabía si lo hacía intencionalmente, si lo hacía inconscientemente o si sólo se lo estaba imaginando... pero no, no podía ser sólo idea suya. Emma le propinaba toda su atención cuando la morena hablaba, aunque hubiera más gente alrededor; abría puertas para ella y la dejaba pasar primero; cargaba cualquier bolsa o paquete que la Reina llevara en sus manos; y, finalmente... la tocaba mucho más a menudo. Eran gestos pequeños; un ligero roce de sus dedos al entregar o recibir algo, un antebrazo descansando sobre su hombro luego de una tarde de arduo pintar, un sostenerla por el codo cuando quería reforzar un punto en la conversación, una furtiva mano apoyada en su cintura para mantenerla sujeta si caminaban sobre terreno desigual. Si era sincera... y a pesar de lo sorprendida que estaba por el giro conductual de Emma... a Regina no lograba molestarle. Toda su vida, el cariño, las demostraciones físicas de afecto, habían sido escasas. Sólo con su padre cuando era una niña, aunque su madre se encargó de aplanar todo contacto entre ellos siguiendo su manta de "El amor es debilidad"; con Daniel, lo cual terminó horriblemente y además fue muy efímero; y luego con Henry, hasta antes de que empezara a alejarse de ella. Todo lo demás había sido sólo violencia. Y Robin... no, no quería pensar en él. Bueno, Snow también solía ser terriblemente cariñosa con ella cuando pequeña, pero aquello sólo lograba sacarla aún más de sus casillas. Por el contrario, cuando Emma la miraba con suavidad o la tocaba en un gesto amistoso... no podía evitar disfrutarlo. Sólo un poco. Casi nada. Mínimamente.
Frenó en seco frente a la casa de Kathryn, donde se dirigía. Estaba pasando demasiado tiempo con Miss Swan, y aparentemente la estaba afectando. Tenía que corregir aquello a como diera lugar.
Notas
¡Muchas gracias por todos sus Reviews, Follows y Favorites! Me mantienen energizada para continuar con la historia. ¡Nos vemos en el próximo capítulo!
