Capítulo 4: Reconciliación
Un par de patos nadando en un estanque, el sonido de los pájaros cantando en las copas de los árboles y las risas de los niños paseando en familia adornaban el parque Haliwell, cerca de los límites del pueblo. A pesar de que se encontraban a principios de Septiembre, la mayoría de la vegetación iba cobrando un tinte amarillo.
Amarillo. Rubio. Como Robin.
Como Emma.
Por todos los Reinos.
¿Qué demonios pasaba por su mente? A cada instante, sin importar en qué o quién estuviera pensando, cierta White Knight invadía sus meditaciones. Dos semanas. Dos semanas sin la primogénita de la casa Charming presionándola por algo, discutiendo con ella en su cara, devolviéndole comentarios sarcásticos, hinchándola como pulga en la oreja. Haciéndola reír. Sujetando su brazo.
No le importaba. No estaba triste. No se sentía sola. Nada que ver.
"Mamá, Emma sólo está tratando de ser tu amiga." le había dicho Henry, interrumpiendo sus desvaríos mentales, mientras caminaban por el parque paseando a Pongo, algo que ya se había vuelto una tradición porque el chico adoraba al dálmata y el dálmata adoraba a Regina, al igual que los caballos de las caballerizas y otros animales varios, Henry había podido constatar.
Regina pareció sobresaltarse. "¿Miss Swan te mencionó algo, cariño?"
Henry rodó los ojos hacia atrás y bufó antes de contestar. "No ha sido necesario, mamá. Anda llorando por los pasillos y la única diferencia respecto de la semana pasada es que no está juntándose contigo. Aprendí a sumar en primaria."
Las cejas de la ex-alcaldesa se perdieron en su cabellera.
"¿Anda llorando por los pasillos?" se exclamó.
Henry la miró como si no tuviera remedio. "Es una expresión, Mamá."
Regina se ruborizó. "Oh."
No que le importara tampoco, si Miss Swan anduviera llorando por los pasillos por su causa. Nada que ver.
Caminaron otro tranco por el camino de arenilla del parque. Henry soltó la correa de Pongo para dejarlo correr libremente por la hierba que los rodeaba. La ex-alcaldesa, perdida en sus pensamientos hasta unos minutos atrás, finalmente se atrevió a aventurar, "Nunca he tenido amigos, Henry. No… no sé qué hacer con tu madre."
El chico se detuvo en seco. "¿Y yo? ¿No soy tu amigo?"
Su madre lo miró con infinito amor emanando de sus pupilas.
"Eres mi hijo, cielo. Significas para mí mucho más que cualquier otra persona en el mundo." acarició su mejilla tiernamente.
Ante ello, Pongo corrió de vuelta hacia ellos, como si lo hubieran llamado, y empezó a ladrar efusivamente. Regina se agachó para masajear su cabeza. "Creo que Pongo también reclama que sí es tu amigo, Mamá."
Regina sonrió. "Ojala fuera así de fácil con Emma, amor."
"Lo sería si te dieras una oportunidad."
La morena sacudió la cabeza, pasó un brazo por sobre los hombros del muchacho, silbó para que el dálmata reanudara la marcha y prosiguió su paseo vespertino.
La Sheriff figuraba sentada en su despacho, piernas arriba del escritorio, lanzando tediosamente, cual basketbolista, papelito tras papelito al basurero. Cuando finalmente se aburrió y, suspirando, sacó su pistola para limpiarla por enésima vez esa mañana, el hada no pudo más.
"Limpia esa arma una vez más y te dispararé con ella, Emma. En serio."
"Esa no es manera de hablarle a tu jefa, Campanita." le llamó la atención la rubia, pero sus palabras carecían de fuerza. El hada comenzaba a arrepentirse de haber aceptado la posición de Deputy; se imaginó que cualquier trabajo sería mejor que el de monja de convento pero... no podía haber previsto haber tenido que compartir oficina con una Emma Swan anhedónica.
"¡Entonces actúa como mi jefa! ¿Dónde está la líder que surgió en Neverland?" la instigó.
Neverland. Donde la adversidad la había acercado más a Regina y donde habían movido la luna juntas. Se le formó un nudo en la garganta y le costó tragar saliva.
Campanita levantó una ceja, curiosa pero aún molesta.
"Deja de pensar en Regina. Era evidente que no te iba a perdonar tan fácilmente. De hecho, sería raro que te perdonase alguna vez, punto." le lanzó.
"No estoy pensando en Regina." le contestó la princesa, esquivando su mirada.
"Sí, seguro. Estás deprimida nivel adolescente. Te falta sólo poner el disco de Alanis Morissette para revertir completamente a la pubertad. ¡Hey!" un papelito le acertó en la frente.
"Respeta a tu jefa."
"Agradece que no te denuncio por acoso laboral." le espetó de vuelta. "Además, Emma..." agregó, "No deberías involucrarte tanto con Regina. Te puedes quemar. No vale la pena."
La Sheriff sintió su sangre hervir. ¿Quién se creía el hada para venir a decirle que Regina valía o no valía la -?
"Bájate del caballo, Emma. No es necesario que te enojes, sobre todo cuando hablo con conocimiento de causa." Añadió, reacomodándose un mechón rubio en su moño. "Yo intenté ayudarla una vez y terminé siendo expulsada de la cofradía de las Hadas porque la reina se traicionó a sí misma y a mí también a último minuto. Y a Robin igual, dicho sea de paso. "
"Mm sí, no quiso lanzarse a los brazos de un desconocido que fue seleccionado por unos polvillos mágicos." se mofó la Savior. "Quizás desobedeció las órdenes de su tarotista también. Qué mujer más inconsciente." Remató.
Campanita rodó los ojos hacia atrás. Humanos.
"Paséame de nuevo sobre las bases de esto." continuó la Sheriff. "¿Cómo es que funciona el Polvo de Hadas?"
"Es magia, Emma. No tiene explicación lógica. ¡Duh!" Humanos. Repitió en su cabeza. Nunca entienden nada.
Emma entrecerró los párpados y le propinó su mirada fea. Esa hada tenía una mala actitud y no le agradaba para nada.
Regina entró a Granny's con toda la intención de administrarse un shot cafeínico. Sentía una molestia en la cabeza que no llegaba a ser dolor, pero que tampoco dejaba de ser incómoda, y supuso que un café la despejaría. Tras acercarse al mesón para ordenar y luego que Ruby gritara su pedido hacia la cocina, la mesera se decidió a abordarla.
"Sé que no es mi asunto, Regina, pero... ¿discutieron con Emma?" le preguntó, restregando un paño contra la barra. "Ha estado bebiendo su peso en alcohol últimamente en el Rabbit Hole. Sobre-bebió a Hook la última vez. Ni siquiera es que quede ebria, la desgraciada tiene un hígado de acero; pero comienzo a preocuparme de todos modos. " continuó.
La hechicera la miró tristemente. "Tienes razón, Miss Lucas. No es de tu incumbencia."
Ruby suspiró. "Ok. Tú tampoco te ves tan bien. Lamento lo que sucedió con Robin." añadió, entregándole su café y reanudando sus labores en el Diner.
"Adiós, Miss Lucas." La ex-alcaldesa se volteó para emprender su camino y prácticamente tropezó con unos rizos rubios.
Emma.
El corazón se le apretó en el pecho.
"Madam Mayor." la saludó la rubia con una ligera inclinación de la cabeza, sin detener su camino hacia el mesón, utilizando el título honorífico para marcar la distancia, a pesar de que ya no fuera la alcaldesa del pueblo.
"Sheriff Swan." respondió Regina secamente, apurando el paso para escabullirse del restorán.
Cuando la puerta se cerró tras ella y Emma ya se había sentado frente a Ruby, la mesera la observó decepcionada.
"¿Qué?" le ladró la rubia.
"En serio, Emma. Quince años pasando a catorce." le respondió.
"¡Hey! ¡Fue ella la que dijo que no éramos amigas!" se defendió la princesa.
Por toda respuesta Ruby le puso enfrente un chocolate caliente con crema y canela y un bearclaw.
"Lo sé. Lo siento."
Emma sorbió su cocoa y se dispuso a pensar en cualquier otra cosa que no fuera la antigua reina.
Regina volvió a su mansión con toda la intención de recostarse, a pesar de que fueran las seis de la tarde. La vaga molestia había pasado a conventirse en una migraña más o menos, y el café no había hecho nada por aliviarla. Ingirió un analgésico y se tendió, con ropa, sobre su cama. En meros segundos se quedó dormida y soñó, fenómeno que no le acontecía hacía años. Soñó con tatuajes aleonados en brazos de desconocidos y con cabalgatas sobre Rocinante, mientras sus trenzas ondeaban al viento; soñó con Henry de bebé y con Snow de pequeña, ambos mirándola de vuelta con ojos grandes de amor y admiración; soñó con chaquetas de cuero rojo colgando en el armario de su pieza; y se soñó corriendo hacia el establo de su castillo, joven e ilusa, hacia los brazos de su mozo de caballerizas. Pero cuando llegó a su destino, no era Daniel sino Emma quien la aguardaba, vestida sencillamente como una moza; y pudo ver en sus orbes verdes como el bosque las mismas emociones que había descubierto en los ojos de los pequeños. La rubia se acercó a ella y la atrapó entre sus brazos; y Regina se sentía viva, viva, viva, como si hubiera vuelto a tener diecisiete años y el alma pura e inocente. Ven conmigo, le susurró Emma. Quédate conmigo. Antes de que un certero "Sí" pudiera rodar de sus labios, la puerta de la caballeriza se abrió y el sueño se convirtió en pesadilla: era su madre. Regina sabía cómo terminaba la historia y se aterrorizó cuando voló por los aires lejos de Emma y vio cómo su madre le arrancaba el corazón del pecho. "Madre, ¡NO!" le gritó. Y su corazón se detuvo cuando la mujer se dio vuelta y no era su madre, sino ella misma, ataviada con las ropas de la Reina Malvada, con una sonrisa sardónica adornando su rostro. "Es que acaso no sabes, dear..." le susurró sensualmente su reflejo, "... ¿que el Amor es Debilidad?"
La Reina pulverizó el corazón de Emma, quien cayó al piso fulminada.
Regina se despertó gritando.
Tocaron a la puerta. Emma llegó a abrir al tercer toque.
"¿Regina?" la morena la esperaba del otro lado del umbral, con sus dos océanos de chocolate profundo focalizados en ella. "¿Qué estás haciendo aquí?"
La hechicera apartó la mirada y Emma notó que tenía manchas de rímel corrido en los párpados inferiores. El corazón se le apretó en el pecho.
"Lo siento, Emma. Es sólo que… no soy muy buena haciendo amigos." La morena estaba asustada. Salió de su casa, tomó el Mercedes y fue a dar a la puerta de Emma antes de poder pensar qué le iba a decir. Sólo sabía que tenía que cerciorarse de que estuviese viva. De que estuviese bien. Tomó aire profundamente, sin volverla a mirar.
Emma estuvo a punto de comenzar con disnea. Eso, eso era… casi un puchero. ¡Dios! Pasaron unos segundos sin que ninguna dijera nada, y finalmente la Sheriff suspiró antes de contestar.
"Yo tampoco soy una experta. Pero sí sé que los amigos se perdonan por sus estupideces." La miró con ternura. "Ven aquí."
La rubia la abrazó contra sí y Regina respondió al gesto. Y allí, en el pasillo del edificio de Emma, segura entre los brazos de la princesa, acurrucada en su cuello, y rodeada de rizos dorados y del aroma de su shampoo, la antigua reina decidió que quizás sí valía la pena probar eso de tener amigos, y juró no volver a herir a Emma intencionalmente nunca más ni permitir que ni ella misma ni nadie le pulverizasen el corazón.
Notas
¡Hasta que finalmente salió este capítulo! Les vuelvo a agradecer por sus comentarios y follows y favorites. ¡Llenan de gozo mi alma! En el próximo capítulo, el plan maestro de Emma. ¡Nos leemos!
