¡Hola!, y sean bienvenidos a la continuación de la Serie: Hado. Bueno, creo que ora sí me tardé, y además, me salió algo cutre. No sé por qué fue tan difícil sacarla en esta ocasión (-.-), incluso cuando la película de Thor me dejo absolutamente inspirada, pero ya no supe cómo expresarlo en palabras. Además, mi intención era llegar hasta lo que tengo planeado para el siguiente capítulo y por extensión y falta de tiempo, me vi con esa tarea imposible, así que supongo que les seguiré debiendo algo más (xDU), en especial con respecto a Bruce y Tony -lo siento-. Sin embargo, espero que de alguna manera puedan disfrutarlo y... bueno, que la idea no se me quede a la mitad por falta de ya saben qué (:3)

En fin. Un gran e inmenso abrazo a KariDz e ilyasha77 porque a pesar de la poca fama que conseguí con estos esfuerzos Stokianos (?), ustedes me siguen apoyando. Me encantaría agradecerles como siempre y todo, pero me ocupa un ensayo de Literatura y esto lo escribo de rápido (u-u), pero no olviden que en serio les agradezco cada palabra que me dejan en sus review, pues alimentan el esfuerzo de esta pobre escritora que está demasiado obsesionada con Loki y Steve juntos (:D).

Vale, ahora...ahm, ¿qué más? ¿qué más? ¡Oh!

Aclaración: Tuve serios problemas de temporalidad en este capítulo (ya entenderán a qué me refiero). Durante días le estuve dando vueltas a la oportunidad de darles otro orden, pero las ideas se resistieron a salir a menos que fuera de esta manera. Aclaro pues, que los momentos que no pertenecen al Stoki, suceden un día antes (en el caso de Hela y Malekith) y en la misma noche en la cual centro la primera escena de Steve y Loki (en el caso de Bruce). Otra cosa que me cabe aclarar es que después de mirar Thor: The Dark World, no me pude evitar robarme uno que otro diálogo (.w.), pero para quien no haya visto la película (pero me pregunto, ¿a qué estarían esperando (xD)), no hará ningún spoiler ni nada así; solamente aviso para los que le encuentren y pues... no sé (.3.), no me lo estoy plagiando o algo parecido, es sólo que... ¡fueron tan intensos que... joder, no podía no ponerlos!

Una vez dicho todo lo anterior, un saludo y les dejo el corazón en la mano, para que decidan si les gusta o no este capítulo (nwn)


Hado: El eco de los ángeles.

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Era un sueño; tenía que serlo, porque no soportaba la idea de volver a ese momento. De cualquier manera se sentía demasiado real —el frío, las náuseas, el dolor—, así que no sabría distinguir cuál era su presente… acaso en esta habitación a oscuras, con la mirada de Odín puesta fijamente y una expresión atónita en el rostro, como si no pudiera entender sus palabras; o quizá, se encontraba ya mucho tiempo después, en un barco de Helheim que se encaminaba hacia el Reino de los Muertos, con él acompañado por un ingenuo chico llamado Steven, de hermosos ojos e increíble sonrisa y corazón.

Las preguntas estallan en su cerebro, pero la única que reconoce es: ¿Dónde estaba ahora realmente? Quién sabe, nadie habría de responderle y tal vez ni siquiera desea saberlo.

Por lo pronto, es consciente de que su mundo se tambalea, como una torre de naipes se mece al abrirse una puerta violentamente. Ya puede ver las cartas deshaciéndose ante sus ojos, cayendo unas sobre otras, y lo que siente es frustración, coraje…miedo. Eso es: Antes de que las sombras desciendan lentamente por toda la habitación y lo escondan, ofreciéndole el refugio más apacible que nunca tuvo en su vida, está asustado y furioso. La verdad le golpea con fuerza y le trae una explicación al por qué durante toda su vida únicamente se encontró con las miradas de desprecio y recelo por parte de los que creyó sus congéneres. Qué gran farsa. ¡Un aplauso para quién engañó al maestro de las mentiras!

¿De verdad el mundo puede ser tan ciego y cruel? ¿Y es Loki en quien no se puede confiar?

El palacio de Asgard fue una cárcel sin que él se diera cuenta, y la habitación donde ha dormido todos aquellos años no era más que una celda.

Mientras recupera el aire que perdió tras las palabras del anciano, piensa en sí mismo como una de las reliquias que toma Odín de sus victorias, descansando en un vitral para ser exhibida a todos; sobra decir que debe rechazar la idea, pues el rey de Asgard nunca se sintió orgulloso de mostrarlo en público. Ahora entendía por qué.

Una risa amarga y seca atraviesa su mente, con la pregunta de cuál idea prefiere. Al instante, sus pensamientos se atropellan unos a otros. Si Loki desea escoger alguna de las opciones anteriores, tiene que admitir no estar seguro de cuál podría ser menos dolorosa. Por fin se decide que es la idea de la cárcel, porque al menos habrían considerado que tenía un alma y no que era un simple objeto al cual usar a su antojo. Sí, definitivamente estaba mejor con ella.

Para cuando se dio cuenta, la visión se le estaba volviendo borrosa y le ardían los ojos. Sin embargo, pese a la cortina de lágrimas que se anegaban, notó que era la primera vez que Odín lo veía enserio. Se mantenía estoico y firme como si presenciara la rabieta de un mocoso que desea llevarse un dulce. Pero no era así; ambos sabían que esto los sobrepasaba por mucho. Atravesaron un hilo delgado que los separa del caos y el desastre. Prueba suficiente era que Loki jamás en su vida lloró frente a nadie —detestaba más que nada ser visto en un momento así—, sin embargo, ahora las lágrimas le corrían por su rostro; parecían navajas deslizándose sobre la piel.

Al momento de pasar la lengua por los labios, le llegó el típico sabor salado y tragó, con la sensación de que las lágrimas corroían igual que ácido en la garganta.

Deseaba que todo fuera un sueño, mas el rostro de Odín era lo único que necesitaba para darse cuenta de lo contrario. A decir verdad, también podría mirarse las manos y verificarlo, pero le daba asco siquiera pensarlo; no importaba que ya hubiera devuelto su piel a la tonalidad natural de los humanos. Para él, cuya cordura estaba a pocos segundos de quebrarse, lo único que le quedaba por hacer era no romper el contacto visual con su padre adoptivo.

El silencio permanecía entre ellos, poco conciliador mientras escuchaba su propia respiración quebrada y sentía un punzante dolor en el pecho.

—¿Por qué no decírmelo desde el principio? —Preguntó al fin Loki, con voz tan quebrada que ya le parecía irreconocible—. ¿Qué esperabas lograr con todo esto?

Odín no vaciló en contestar, todavía inmutable:

—Quería protegerte de la verdad.

—¿Por qué? —Aún no lo entendía, jamás lo haría, así que la pregunta continuaba disparándose en su mente como el eco de ángeles oscuros que pretendían arrastrarlo a un abismo sin nombre—. ¿Porque soy la pesadilla con la que los padres asustan a sus hijos? —Desde hace rato que perdió el control de sus palabras; éstas salían como un torrente y él era incapaz de detenerlas—: ¡Todo tiene sentido ahora! ¡Porqué favoreciste a Thor, todos estos años, pues sin importar cuánto digas que me amas, jamás podrías tener a un gigante de hielo en el trono!

—Detente, Loki —le advirtió, pero no quiso escuchar. Habían pasado la diplomacia y lo único que realmente deseaba era correr y golpear al anciano hasta que sus propios brazos se inutilizaran y al otro se le pudiera ver el hueso detrás de la piel…tanto era su dolor y el repentino odio que crecía en su persona.

—Loki, hay lazos más fuertes que la sangre.

Pues contigo no los he encontrado. Hizo una pausa, tomando aire—. ¡Me dijiste que había nacido para ser rey, pero no eran más que tus mentiras, hechas para engrandecer a mi hermano! —Esas últimas dos palabras le dolieron, perforando su corazón con fuerza suficiente para que él emitiera un gemido antes de continuar—: Llenaste mi cabeza con fantasías y me hiciste odiar mi verdadera naturaleza. Aprendí a temer a los jotun y soy uno de ellos. ¿Quieres que te agradezca? ¿Crees que mereces mi respeto y comprensión? ¿Qué esperabas ganar? ¡Dime! ¡Tengo derecho a saber qué clase de planes tenías…!

—A lo único que tenías derecho era a morir congelado en una roca solitaria, abandonado en las tierras de Jötunheim —le interrumpió Odín, alzando la voz y haciendo que Loki retrocediera un par de pasos, herido—. No tienes idea de cuánto me arrepiento de haberte salvado, pues todo lo que nos has traído son penas e injurias. ¡Traté de darte amor y deposité mi confianza en ti!

Loki abrió y cerró la boca, sin decir nada. Así fue durante unos segundos en los que casi podría jurar que Odín se sintió como el vencedor de la disputa. No obstante, estaba lejos de permitirle tener la última palabra.

—¿Confianza? ¿Lo llamas amor y confianza? No, Odín —era la primera vez que se dirigía así a su "padre"—, me diste muchas cosas, pero nunca amor, ni respeto, ni confianza. Yo solamente he sido una de tus reliquias, confinada aquí hasta que vieras el momento oportuno para darme uso. Déjame decirte algo, padre —escupió la palabra como si fuera una grosería—, yo no seguiré siendo tu mascota, arrastrándome para recibir un poco de tu pútrida hipocresía. Porque, ¡escúchate! Dices que me diste amor, pero solo me trajiste a un sitio donde me despreciaban…

—¿No es eso lo que tú, falso hombre y jotun deforme, estás dizque acostumbrado a sentir?

El hijo de Laufey no pudo sino sonreír ante estas crueles palabras. Se enderezó y borró la expresión de su rostro tanto como le fue posible.

—Supongo que debería de darte las gracias, ¿no? —Preguntó y dejó escapar una sonrisa—. ¿Estás orgulloso de lo que has hecho con mi vida?

—Soy lo más parecido que tendrás a un padre.

—¡Tú no eres mi padre!

—Es cierto hizo una pausa larga—: Laufey es tu progenitor, que te dejó para morir.

—Habría sido un destino menos cruel. —Se volvió de espaldas al anciano, sin mediar otra palabra—. Lárgate.

—No puedes ordenarme que…

—¡Lárgate! —Vociferó, girándose sobre sus talones y haciendo que de la punta de sus dedos salieran pequeñas chispas verdes—. Yo no tengo por qué obedecerte. —Odín no atendió a sus palabras—. ¡Déjame solo!

La imagen de Odín y el resto de la habitación se disolvieron en un segundo, como cuando arrojas agua a la pintura fresca. Solamente quedaron las sombras y el recuerdo del dolor en sus puños al golpear el piso.

No. Había algo más después de aquella penumbra: Un frío intenso que le heló la sangre y lo dejó aturdido durante un largo instante. Una mano estaba sobre su pecho, y ahí, justo donde le tocaba, dolía demasiado. Era como si le estuvieran estrujando el corazón y tratarán de sacarlo de su interior, aplastando más y más. Emitió un ruido ahogado, pero alguien tiró de él y sintió como si le hubieran sacado un puñal, arrancándole las fuerzas en las piernas, ¿acaso esa mano era lo único que lo había sostenido durante ese tiempo?

Cayó de rodillas, acompañado con un golpe sordo. Justo después, el peso de su propio cuerpo le venció y se derrumbó de costado. Las piedras se le clavaron en las costillas y recibió un golpe en la cabeza, mucho más suave de lo que él habría esperado, pero que de cualquier manera terminó por hacer que su mundo girara repetidas veces.

Escuchó los pasos de alguien a su lado, apenas perceptibles.

—Ella ha estado esperando por mucho tiempo a que vuelva su oportunidad. Necesita un alma pura, que sea capaz de sacrificarse realmente por la persona que ama. La va a obtener. Tú no podrás detenerla.

Intentó respirar, sin éxito; a estas alturas no sabía si la tos y los jadeos que salían de su boca se debían a que intentaba jalar bocanadas de un aire nauseabundo. Trató de mover sus manos, ahora temblorosas, y empezó a arrastrarse tan bien como podía. Necesitaba ponerse en pie, así que buscó sus últimas energías, pero falló rotundamente. La voz que seguía escuchando, exigiendo sacrificio, era la misma que le gritó que su destino era causar el Ragnarök; sintió ira y miedo.

Alguien se apoyó en su espalda y lo obligó a quedar pecho tierra. ¡Maldita sea! ¿Por qué no era capaz de ponerse de pie?

—Eres tú —dijo la voz, en esta ocasión, de Hela—. Siempre has sido tú.

—Hela —gruñó entre dientes, escupiendo el nombre—. No te atrevas.

—Eres odio y poder, Loki. Nunca has sido capaz de dar o recibir amor, así que nada de lo que digas podrá convencerme.

—¡No lo toques! —Gritó y su propia voz se escuchó irascible en sus propios oídos, tanto así que se descubrió aturdido por ésta.

—Es muy tarde.

El frío volvió y la oscuridad también. Cuando la consciencia regresó, estaba sentado y apoyado en una pared dura. Tenía una mano cálida sobre su mejilla, que le alzaba el rostro. Era Steve. El rubio le miraba preocupado, con el rostro desencajado por un sentimiento que Loki no se atrevía a suponer, pero que estaba cerca de la histeria.

Sus cabellos rubios estaban despeinados y le caían sobre la frente en todas direcciones, pegándose a la piel gracias al sudor y la sangre seca. Intentó decir algo, o al menos ordenar sus atiborrados pensamientos, pero no logró nada.

—Loki. —Su voz era gentil, pese al dolor que destilaba su mirada—. No, Loki. Resiste, por favor.

Él tragó saliva en respuesta. Estaba temblando y únicamente los brazos de Steve, que empezaron a rodearlo, impidieron que perdiera el conocimiento nuevamente.

—No lo hagas —le pidió entonces, con una voz apenas audible—, no por mí.

Steve abrió la boca y dijo algo, pero no alcanzó a escuchar; tal vez podría decir un comentario ingenioso para deshacerse del ambiente y la carga que llevaba el menor, aunque no se atrevía a romper con ese momento. Tenía la atención puesta en los ojos cerúleos anegados en lágrimas y su propia mano descansando en la frente del rubio, de donde salían pequeñas chispas verdes. Le dolía saber lo que significaba renunciar a él de esta manera, de arrancarle todo lo que hubiera existido entre ambos, bueno o malo.

Había sido extenuante levantar la mano y acariciar el rostro de Steve: Un terrible sueño iba apoderándose de sus miembros, pero intento no darle importancia. El roce de sus dedos con la piel del otro se sintió como siempre; Rogers estaba caliente, casi como si tuviera fiebre, mientras que él continuaba con aquella frialdad, en esta ocasión más por el abrazo de la muerte que por su naturaleza de jotun.

Tuvo que preguntárselo ante el último pensamiento que vino a su cabeza: Una vez muerto, ¿volvería a su forma natural? ¿No habría máscara para ocultar su verdadero rostro? En efecto, una vez caído en aquel sueño eterno, nada podría esconder su naturaleza de jotun.

Hace mucho tiempo le habría enfermado siquiera pensar en esto, pero ahora no importaba. Es sorprendente cuántas cosas parecen ser significativas igual que columnas que necesitan estar ahí o todo terminaría derrumbándose, y sin embargo, aquí se encuentra él, desinteresado de lo que pueda sucederle ahora, porque ya no tiene caso preocuparse. Será libre.

Loki volvió a llamarlo Steve en la lejanía, y él se esforzó por enfocar la mirada; tardó un poco. No eres malo. Nunca lo has sido.

No pudo reprimir el sonido ahogado que escapó de sus labios: Ahí estaba la sonrisa que gastó su último aliento, fría y seca.

Steve, ¿cómo podría saberlo? ¿A caso pudo ver algo más que ese asesino y mentiroso? El rubio sabía que estaba mintiendo; podía verlo en sus ojos, que no se apartaban de los suyos. Fue el coraje o simplemente el término de su vida, lo que impulsó a la magia salir con más fuerza, y notó cómo de grandes se abrían los ojos azules del otro, indicando que lo había logrado.

Todo se terminó en un instante.

Antes de dormirse, le contempló fijamente. Con esa imagen fue sencillo dejarse llevar y juntar los párpados, sin decir nada.

En ese preciso instante un relámpago estalló en medio de la oscuridad, sin que él se molestara en abrir los ojos. En los brazos de Steve estaba demasiado a gusto; era libre. Y por fin sentía paz.

El ladrido de Garm la trajo de vuelta a la realidad, haciendo que saltara un momento en su lugar, aturdida y un poco desubicada en tiempo y espacio. Volvió la atención hacia el perro, que gruñía en dirección a la ornamentada puerta de aquella gran sala, donde Asgard mantenía sus tesoros ocultos. A no más de siete metros se encontraba quien fuera la viuda de Odín, ataviada con un hermoso vestido de seda dorada y los cabellos en su típico moño, de donde salían un par de rizos que caían sobre los hombros; llevaba una espada. Su expresión era fría y dura, como si acabara de reencontrarse con una especie de fantasma.

Hela se giró con cuidado, sintiéndose pesada; la Conexión con el Ojo de Niflheim a través de la magia casi nunca resultaba tan agobiante, mas esta ocasión era especial. Había requerido de un hechizo muy poderoso para acceder a los sueños de Loki, para ver y sentir lo mismo que él, así que disimuló bien s tambaleo.

Frigga seguía tan hermosa como siempre, aunque en tan solo dos días su edad se notaba más, y el cansancio ya figuraba debajo de sus ojos claros, como manchas oscuras. Ambas reinas se miraron fijamente, sin parecer atemorizadas o sorprendidas por la presencia de la otra. Hela sabía que en algún momento debería cruzarse con la madre de Thor, y agradecía que fuera más pronto que tarde; no estaba en sus planes derrochar a la mujer sin haberla usado apropiadamente. Por otra parte, Frigga tenía el fulgor de una guerrera a punto de lanzarse al ataque, para darte una muerte silenciosa.

—Las puertas de Asgard se han cerrado para ti, Hela —anunció Frigga, sin atisbo de emoción. La de Helheim tardó un momento más en contestar, esbozando una sonrisa y acariciando la cabeza de Garm, quien al instante se calló—. Vete, ahora que te permito hacerlo con vida.

—Estoy atada a este mundo hasta el final de sus días —respondió, con acritud—. No puedes matarme.

—No tengo mucho qué perder ahora, así que no me molestaría intentar.

Hela no se inmutó mientras caminaba lentamente hacia la rubia.

—Deberías estar atendiendo a los problemas de los Acuerdos, junto con tu hijo Balder. Tengo entendido que es todo un caos.

—¿Piensas jugar con el miedo para crear una guerra? —Cuestionó de forma mordaz Frigga, afilando la mirada—. ¿Ese es tu propósito?

—En absoluto —señaló, con afabilidad inesperada—. A mí no me complace que los Nueve Reinos se disputen entre sí, y mucho menos soy la causa de ello. Frigga, esta es la realidad en la que hemos vivido, y no soy más culpable que tu esposo; no juego un papel tan importante. Lo sabes muy bien. Tú y Odín visitaron a las nornas, después de todo. Saben exactamente cómo sucederá todo.

Al instante de que terminara de hablar, el rostro de la asgardiana se contrajo en una expresión lastimera. Se veía tan frágil. No obstante, la vulnerabilidad desapareció rápido, hasta el punto en que podría haberse imaginado esto. Frigga ya tenía levantada la espada y apuntaba en su dirección, mientras Garm se inclinaba hacia delante, enseñando los dientes.

—Bien ha dicho mi hijo: La profecía hablaba de otros tiempos —dijo, cortante—. Tú eres quien ha precipitado a Loki y los acontecimientos del Ragnarök.

Hela sacudió la cabeza, divertida. La risa brotó de ella, como el sonido de campanas.

—Te equivocas, Frigga. Yo solamente estoy tomando provecho de la situación. Insisto en que si buscas culpables, los hallarás en cada rincón de tu pueblo…—Hizo un ademán con la mano, como si quisiera restarle importancia—. Tú, que jugas el rol de madre, lo sabes mejor que cualquiera.

Frigga tragó saliva pesadamente y Hela notó que sus palabras habían causado el efecto deseado. La herida estaba abierta en el corazón de la asgardiana, así que sólo ponía limón en ella. Tenía que saber jugar sus cartas y no se iba a aprovechar únicamente del miedo —como lo suponía Frigga—, sino de la codicia, de la venganza, del amor. Sonrió para sí misma; pronto, pronto sentiría la libertad. La deseaba tanto que su corazón, detenido desde que nació, casi se pone a saltar de la emoción.

—Loki no es una mala persona, ¿verdad? —Sugirió, pasando las manos sobre la falda de su vestido gris—. Puedo verlo, y siento demasiado el hado que carga sobre sus hombros.

La siguieron con la mirada, tanto la Reina como Garm, mientras ella se ponía detrás del pedestal en donde descansaba el Ojo de Niflheim; puso su mano podrida sobre éste, y hubo un rápido y fugaz destello, pero se apagó al instante, como si fuera un cadáver sin destino lo que estuviera acariciando la superficie de la esfera, con aparente indiferencia.

—He visto su dolor —continúo, y Frigga empezó a bajar la espada mientras ella esforzaba una expresión adolorida y se ponía la otra mano en el pecho—, así que comprendo hasta dónde alcanza su odio. Nos va a consumir a todos y jamás existirá escapatoria. Nada va a cambiar eso; sea hoy, mañana, o en diez años. El destino de los dioses se cumplirá. Pero no será porque Loki es malvado, será porque ustedes crearon al monstruo.

Frigga levantó la mirada.

—Tú no temes al final, ¿cierto?

Hela dejó caer los brazos a sus costados, quedándose en silencio.

—¿Tendría qué? —Respondió al fin y señaló el Ojo de Niflheim—. ¿Quieres ver qué destino es peor que la muerte? Notarías, Frigga, que para Loki y para mí, no podría haber alivio más grande.

Los ojos de Frigga se llenaron de lágrimas. Hela casi podía ver la imagen de Loki volviéndose hacia su madre adoptiva, repleto de un odio y dolor sinigual, que consume desde adentro como una hoguera; todo el cuerpo ardiendo, el corazón roto, la incapacidad de respirar y un dolor intenso en todas partes, que te lleva y trae de la locura a la razón. Podía ver la muerte de la Reina de Asgard, la resignación en su mirada mientras Loki camina hacia ella, con el rostro contorsionado por su último grito: "¡Él no es mi padre!" Pausa "Y tú tampoco eres mi madre".

Podía ver a Frigga poniéndole una mano en la mejilla, como si fuera a decirle algo importante, pero las palabras se le atoran en la garganta y se va. Él no vuelve a verla, porque Malekith se encarga de eso. ¿Y dónde quedará el amor de madre e hijo, aquel lazo más fuerte que la sangre?

—Yo siempre intenté que fuera feliz —replicó la rubia, entre dientes. Hela esperó—. Loki es y siempre será mi hijo. Ragnarök o no; jotun o asgardiano, yo tendría que haber…

Se veía tan débil, pensó Hela. Allá, en un tiempo muy lejano, la de Helheim siempre admiró a la asgardiana; escuchaba con fascinación las historias de su sabiduría y grandeza. Ahora se veía pequeña y frágil como una muñeca de porcelana. No obstante, a pesar de las lágrimas y voz quebrada, le pareció más fuerte que nunca. Aquel espíritu inquebrantable que posee una madre cuando ve a sus hijos perder el camino o correr peligro… la sutil esperanza de envolverlos en su abrazo mientras ellos se acurrucan en tu pecho. Hela no pudo evitar preguntarse si acaso, su madre la habría querido igual.

—Odín dijo que debimos dejarlo morir —confesó la mujer, llorando. Hela se sintió incómoda; nunca había entendido muy bien las lágrimas. Éstas expresaban cuándo una cosa era importante, pero… ella era incapaz de derramarlas, así que no podía extrañarlas igual que todas las cosas nuevas que experimentó en sus primeros años, cuando la vida todavía prometía mil secretos por descubrir—. No tienes idea de cuánto deseaba poder obedecerlo, pero sin importar qué, yo nunca pude ver maldad en sus ojos. Solamente dolor y añoranza por tener lo mismo que Thor o Balder. Intenté compensarlo.

Hela suspiró y empezó a avanzar hacia las afueras del salón, deteniéndose a penas para volver la cabeza sobre el hombro, para ver a Frigga abrazándose a sí misma, ignorando acaso que Garm pasaba junto a ella, meneando la cola de forma orgullosa.

—Debido a eso, aunque no seas su madre, él te quiere más que a nadie —repuso, con cuidado, movida por un súbito momento de compasión, pues al ritmo que iban las cosas, ella jamás podría escucharlo de los labios de Loki, sellados para pretender que no sentía nada, aunque era todo lo contrario.

—Así que, ¿sientes piedad por mi hijo?

—La piedad es una palabra que dejó de tener significado para mí hace mucho tiempo —dijo, con una expresión indiferente pintada en el rostro—. Yo lo llamaría más bien, un trato.

La mujer se enderezó, recuperando de pronto el porte de una guerrera, y apretando la mandíbula. Las lágrimas que hacían brillar sus mejillas parecieron endurecerse y desaparecer, aún a pesar de que sus ojos todavía estaban rojos e hinchados, como si no fuera la primera vez que se enfrentaba a ese miedo de perder totalmente a Loki.

—¿Qué fue lo que hiciste, Hela?

—¿Eso importa? El destino seguirá siendo el mismo, haya o no intervenido un poco más en esta ocasión.

—Loki es demasiado perceptivo con los demás, pero no consigo mismo. Está herido; no sabe lo que hace —añadió Frigga, levantando la espada—. Jamás te perdonaré que lo uses así.

Hela levantó la mano sana y abrió la palma; chispas rojas empezaron a salir de ésta y se materializaron en una larga espada que atrapó en el aire. Al mismo tiempo, Frigga hizo que la hoja de su espada refulgiera con brillos azules; ambas preparándose para sostener una pelea. Hela sonrió, una mueca fría y tremebunda.

—No lo subestimes, Frigga. Loki es perfectamente consciente de lo que es capaz de hacer y yo no lo estoy obligando a nada. Pero, ¿esperaban que se quedara callado después de que casi muere salvando a Odín y éste se burlara de él? ¡Tu esposo fue un bastardo! Quizá hubiera sido mejor que no se fingiera el benigno cuando encontró a Loki en esa piedra fría y solitaria. Lo trajo aquí a sufrir.

—Odín no veía a un niño que traería consigo la destrucción.

—No. Él lo veía como un trofeo.

La expresión iracunda de Frigga dio la señal; ambas se empujaron hacia delante y chocaron espadas. Se miraron a los ojos.

—¿Por qué no llamas a tus guardias? Me lo pondrías ligeramente más difícil.

—Esto es personal —dijo entre dientes la rubia, utilizando la armadura que decoraba sus brazos para retirar la espada de Hela y dejarla descubierta. Al mismo tiempo, giró y le propinó una estocada que por poco la alcanza; de no haber retrocedido ágilmente, podría tener una buena rajada en el torso.

—Me alegro que lo sea porque eso quiere decir, ¡que yo voy a ganar! —Hela se volvió a impulsar, propinando rápidos golpes que la mujer esquivaba con relativa facilidad. A ninguna parecía estorbarle los cabellos mientras iban y venían de un lado a otro, ni tampoco los largos pliegues del vestido, que se levantaban como campanas y giraban rápidamente, interrumpiendo su danza cada vez que ellas cambiaban de dirección. Atrás, Garm únicamente observaba; con los ojos fijos en una y otra.

Frigga le alcanzó entonces el brazo sano y se colocó detrás de su espalda, torciéndoselo. Hela gimió y metió el pie entre los de la asgardiana; lo enredó con uno de éstos, para luego dar un fuerte cabezazo a la otra. Ambas cayeron al suelo cuando Frigga perdió el equilibrio; la rubia intentó mover la espada y cortarle el cuello, pero Hela ya la estaba tomando de la muñeca y giraba su propia espada en dirección a ambas. Con rapidez, la clavó en su cuerpo.

Ella no sintió dolor, acaso nada más una picazón molesta, pero la hoja la había atravesado y alcanzado a la madre de Thor, que dio un pequeño gemido adolorido.

—Se acabó, Frigga.

La mujer dejó caer los brazos a los costados, y antes de que Hela se pusiera de pie, notó la dureza del suelo. Volvió la cabeza hacia atrás para notar por fin que Frigga no se había tratado más que de una ilusión. Apretando la mandíbula, se puso de pie y sacó la espada de su cuerpo. Miró a Garm entretanto éste se ponía de pie y gruñía segundos antes de que se escuchara la voz de la asgardiana.

—No te será tan fácil derrotarme, Hela.

—Para ti es imposible vencerme a mí. Soy incapaz de morir. —Arguyó—. En algún momento tendrás que cansarte. Y no quedara más que darle fin a tu existencia.

Recibió entonces un golpe en el rostro, que la aturdió durante unos segundos. Trastabilló antes de recuperar el equilibrio. Miró el cuarto, dizque vacío. Recibió otro golpe en el rostro y luego una patada en el estómago que la obligó a doblarse por la mitad; estiró la mano y cogió algo. Ahí estaba.

Lanzó una estocada; Frigga se había movido, pero ella continuaba agarrándola. Clavó en esta ocasión la espada en el suelo, antes de apoyarse en ella y levantar apenas un poco las piernas para hacerlas girar. Alcanzó las de Frigga y la hizo perder el equilibrio, con lo que cayó al suelo aturdida el tiempo suficiente para que Hela soltara su espada y atrapara, con su mano podrida, el cuello de Frigga.

Al instante, sintió cómo las fuerzas iban abandonando a la mujer. Apenas siete segundos después, Frigga yacía atrapada por las piernas de Hela, que se apretaban justamente en su estómago. La humana blandió la espada hasta hacerle un corte en el cuello y otro en el pecho, sin ningún resultado. Una vez visible, era notable que, desde su cuello iba apoderándose de ella la podredumbre característica de todos a cuantos tocaba aquel brazo. Hela pensó que en circunstancias como estas, su habilidad podría pasar por una ventaja, cuando en realidad era una maldición; un constante recuerdo de que era dos mitades de una cosa y al mismo tiempo ser nada… jamás podría pertenecer del todo ni a los vivos ni a los muertos.

No importa cuánto se removiera la rubia, poco a poco iba perdiendo el aire. Hela apretó más y más, con los ojos brillando con intensidad al ser presa de tan sombríos pensamientos; Garm hizo un ruido estrangulado, y entonces, la dueña de éste se dio cuenta de que estaba a punto de matar a Frigga y se detuvo. Al instante en que la otra cerrase los ojos lentamente, la soltó. No pasó mucho tiempo antes de que la reina de Asgard empezara a recuperar la tonalidad de su piel.

Casi se le escapa una especie de suspiro de alivio al ver que su pecho subía y bajaba. No pretendía matarla.

Se inclinó hacia delante y abrió la boca. Jaló aire y luego lo exhaló; de sus labios apareció una especie de humo color lila, apenas visible, que chocó con el rostro de Frigga y dejó a la mujer retorciéndose con espasmos mientras ella se enderezaba.

—Me sirves más viva que muerta —sentenció, chasqueando los dedos. Al instante, Frigga se quedó estática—. Después de todo, a Loki no le agradaría saber que he matado a la única que confía en él plenamente.

La reina de Asgard yacía quieta, con los ojos abiertos y completamente negros, desde la pupila hasta la esclerótica.

—Tendrás que ser una medida de precaución —dijo, hincándose y acomodando a Frigga derecha, con las manos juntas en el pecho, como si estuviera a punto para el funeral; a excepción de los ojos, que se quedaron abiertos, mirando un punto en el techo—. No pienso dejar que él me traicione.

La reina de Helheim se puso de pie y con un movimiento de la mano, hizo desaparecer su espada; pero en el suelo de mármol permaneció la rajadura. Antes de irse, tomó el Ojo de Niflheim. Quería llevarlo, pues todo lo que éste podía mostrarle sería de gran utilidad para asegurarse de que todo estaba saliendo de acuerdo al plan.

Garm todavía parecía un poco alterado, pero la siguió mientras iba caminando, guiándose por instinto entre los pasillos.

Levantó entonces la mano podrida, donde llevaba la esfera que recién hurtara, y la contempló con expresión reflexiva. Sería peligroso si las cosas salían igual que en la visión mostrada acerca del jotun y el humano: Loki no debía enamorarse de Steven.

En fin. Si podía conseguir el Puño de Elfen, como le llamaban a la piedra sagrada de las hadas, se encargaría de que Loki fuera su marioneta; podría controlar sus acciones, sus sentimientos.

Nadie le prestó mucha atención mientras salía del palacio, ignorando la batalla que acababa de acontecer —pues claro, con el asunto de una guerra entre los Nueve Reinos, ¿quién se fijaría en ese detalle?—. Ya en las afueras, Garm se apresuró a inclinarse; ahora estaba del tamaño de un caballo. Hela se montó sobre él, lista para marchar hacia la Corte de las Hadas. Se sujetó del pelaje del animal y le indicó que echara a correr.

No miró atrás. Esperaba no volver a Asgard nunca. O al menos, no hasta que fuera libre.

Con una sonrisa extendiéndose y una voz hermosa, como de sirena, empezó a cantar:

—"Feroz ladra Garm ante Gnipalhéllir [1], /va a romper la cadena, va a soltarse la fiera; /mucho sé yo, más lejos yo veo: /la hora fatal de los fuertes dioses"[2]

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Steve recordaba de hace mucho tiempo, cuando una vez al mes debía pasar el día postrado en la cama, vomitando algo que nunca comió y luchando contra el dolor de los músculos, que parecían irse rompiendo como cristales ante cualquier roce. Podía sentir casi como si sucediera ahora: El bochorno que le producía la sangre dentro del cuerpo, que hervía e iba recorriendo por oleadas de la cabeza a los pies, dándole la sensación de que en cualquier momento su consciencia iba a desvanecerse y le sumiría en el eterno sueño. Por eso, y quizá no otra cosa, el miedo empezó a hacer meollo en su corazón al ver que la respiración de Loki era una especie de silbido agudo y cada vez más rápido, como si le faltara el aliento.

Desde hace rato que el asgardiano accedió por fin a dormir, pero la mejoría era poca o nula; detrás de los párpados, sus ojos iban y venían rápidamente; si se trataban de pesadillas o de algo peor, eso no lo sabía el rubio. Él se limitaba a frotarse las manos con nerviosismo, pensando en lo peor y tratando de decidirse si tendría que ir por más agua para el paño frío que colocó en la frente de Loki, y al mismo tiempo deseando no apartarse de su lado. ¡Era insoportable verlo así y no ser capaz de hacer nada!

Se puso de pie por enésima vez y dio un par de vueltas por la cabina antes de volver a su asiento, siempre tratando de no hacer ruido y fijándose en la ventana, con la aprehensiva idea de que los jotun regresarían en pos suya en cualquier momento. Y él, no estaba listo para defenderse ni a sí mismo, ni a un príncipe enfermo.

Tragando saliva, acercó la mano al otro, rozando la piel de su mejilla. Se sentía extremadamente frío, y quizá hasta empezaba a tener una coloración azulada —en cuanto entró en contacto con sus dedos, volvió a recuperar la tonalidad hasta que él creyó imaginarse lo otro—; sin embargo, le preocupaba que no disminuyera la fiebre ni tampoco mejorara ese aspecto ceniciento y desgastado. ¿Acaso podría haberle caído mal la comida del día anterior? No era imposible. Conociéndose, seguramente hizo algo mal…

Ya estaba decidiéndose por ir a buscar algo que pudiera ayudar al moreno, cuando notó que éste lo miraba. Era intrigante y atemorizante al mismo tiempo: Sus ojos, tan verdes como las praderas, parecían más oscuros y sombríos ahora… incluso tristes, aunque una vez descansado se vieran menos propensos a la locura. Rogers apenas los vio, se hincó para estar a su altura entretanto Loki parecía ubicarse en espacio y tiempo, lentamente, como si le costara deshacerse de la bruma que abrazaba su cerebro.

—Hola —saludó Steve de la forma más amigable que logró—. ¿Cómo te sientes? ¿Mejor?

Por respuesta recibió un ceño fruncido y luego un quedo "sí, eso creo". No se movió un ápice mientras el otro se enderezaba y sobaba la frente.

—No noté cuándo me quedé dormido —añadió el asgardiano, entre dientes—. ¿Ha sido mucho tiempo?

—Un par de horas, solamente —contestó él, sin borrar el gesto.

La verdad es que tampoco había estado seguro de si Loki se había quedado dormido o desmayado, ni tampoco cuánto tiempo fue esto; todavía después de preguntarle acerca de Sleipnir, platicaron un poco más antes de que el asgardiano hubiera cerrado los ojos. A Steve le habría pesado intentar despertarlo, pero cuando empezó a notar que el aire no le llegaba a los pulmones, de verdad se espantó. Por supuesto, únicamente se alteró más cuando intentó despertarlo y el otro no respondía a sus llamados…en vez de eso, Loki se pasó un buen rato llamado a Odín y murmurando cosas en otro idioma, que creía eran responsables del momento en que el ropero empezara a levitar —solamente pasados unos minutos, cuando dejara de salmodiar palabras, éste caería pesadamente en su lugar—. Entonces, casi pareció relajado, como si hubiera terminado una pesadilla.

—Mierda. Entonces hemos estado perdiendo el tiempo. —Es claro que intentó levantarse, pero Steve inmediatamente negó con la cabeza.

—Ni siquiera es madrugada. Me parece más prudente que continúes descansando un poco; da la sensación de que tienes mejor aspecto ahora que has dormido —mintió descaradamente y Loki le observó con algo muy parecido a irritación combinada con diversión.

—De acuerdo —contestó al fin, recostándose nuevamente. Steve pestañeó rápido, apenas creyéndose que él hubiese aceptado la sugerencia. Cuando, al tocar cabeza con la almohada, se escuchó lo dificultosa de su respiración, el asgardiano se sentó otra vez. Apresuradamente, el rubio salió disparado de la cabina para meterse en la suya y coger las almohadas de la cama, regresando con ambas entre brazos. Mientras las ponía en los pies de la cama, Loki le miraba extrañado—. ¿Qué estás haciendo?

—Debes tener la cabeza alta, supongo. Te la has pasado resoplando un buen rato —respondió, acomidiéndose a ponerle los cojines detrás de la espalda. El moreno se abstuvo de decir algo, aunque a seguro podría haberse burlado de su comportamiento.

—¿Has estado conmigo todo este tiempo? —Preguntó al fin, con una voz seca al mismo tiempo que suave, como si le temiera a las palabras. Él sintió cómo empezaban a arderle las mejillas entretanto se inclinaba hacia delante, acomodando una de las mullidas almohadas; tenía los dientes apretados y buscaba, por cualquier medio, no establecer contacto visual.

—No podía dejarte solo, claro —respondió al fin, tranquilo (o lo más cercano a eso posible)—. Aunque, si así lo prefieres ahora…

—Ah. Está bien. —Steve dudó, por lo que esperó unos segundos antes de que le aclararan—: Puedes irte.

Odiaba admitirlo, pero se sintió ligeramente decepcionado por la respuesta. No obstante, le dedicó una última sonrisa tímida —que probablemente no pareció en absoluto verdadera—, y viró para salir. Si acaso esperaba escuchar al otro llamándole, volvió a recibir una nueva cachetada para traerse a la realidad, pues cerró la puerta sin escuchar nuevamente la voz de Loki.

Fijó su atención en la oscuridad del cielo y el suave canto del mar que continuaba golpeando poco a poco el navío, meciéndolo tan lentamente que en otras circunstancias podría haberle arrullado. Sin embargo, ahora tenía la cabeza en demasiados lugares a la vez (Loki, Peggy, sus amigos, la guerra, Hela, el camino de las sirenas), así que la sola idea de dormir le provocaba cierta ansiedad. Ojalá y pudiera hacer algo más que ir en el barco sin hacer nada, como un bulto más entre todos aquellos de la bodega.

Caminó hasta su habitación y entró, antes de echarse sobre la cama y mirar hacia el techo, tratando con todas sus fuerzas de mantener la mente en blanco, temiendo que al momento de empezar a formular las ideas que iban y venían en su cabeza, él iba a perderse a sí mismo. Era algo que no podía explicar. Tenía demasiadas preguntas y nada qué hacer para responderlas, y cada vez se sentía más como un idiota, como si fuera poco menos que una cosa que el destino manejaba a su antojo.

Cerró los ojos y reprodujo una vez más la conversación que tuviera con Loki antes de que éste sucumbiera al sueño —o desmayo, pues todavía no se decidía—:

—¿Sleipnir? —Había repetido él quedamente, como si subir la voz fuera a perturbar más al moreno. No hizo falta mucho para que, incluso a pesar de hablarle despacito, el otro pareciera alterado. Fue un chispazo que le dio nueva vida a sus ojos y se apagó al instante, mientras le devolvía la mirada; se dio cuenta que esto último lo hacía a propósito, para esconder cualquier sentimiento que pudiera leerse en él, como quien se enfrenta contra sus miedos y trata de no mostrar nada más que una frívola máscara sin sentimientos. Steve no supo muy bien qué esperaba escuchar ahora, pero continúo de cualquier manera—: ¿Quién es?

—Él… —esperó y frunció el ceño, con una expresión medio ausente— era el caballo de Odín.

¿Por qué entonces parecía algo más íntimo del moreno? La pregunta seguro se transparentó en su mirada, así que rápidamente eludió los ojos de Loki, esperando que no se diera cuenta. Ya antes le había prometido no entrometerse más en lo que respectaba a su pasado, y Steve trataría de cumplir su promesa.

—¿Has oído de él? —Cuestionó Loki después de un par de segundos, no sin cierto tono burlón.

—La verdad es que no recuerdo —admitió, todavía con la cabeza gacha.

—Es el mejor de los caballos de Asgard —respondió, encogiéndose de hombros—; es de los pocos que conocen el camino a Helheim. Se le llama también Ocho Vientos… porque tiene ocho patas. Tal vez te sea más fácil identificarlo así.

Steve arqueó las cejas.

—Oh. —Se quedó en silencio apenas unos segundos—. Ahora que lo dices, creo que sí he escuchado el nombre de Ocho Vientos.

Loki le dedicó una sonrisa seca, ya predispuesta a salir antes de que siquiera le respondiera.

—Al menos ahora sabes cómo se llama realmente —señaló, casi de forma despectiva. Al rubio se le contrajo el estómago, aunque no tenía muy en claro por qué.

—¿Quién le ha puesto aquel apodo?

—A los Aesir les encanta pensar que al nombrar a alguien como bien les place, lo hacen suyo. Yo creo… —cerró los ojos y lanzó un suspiro quedo—, que Sleipnir debería ser libre. Siempre le ha gustado mucho estar en las afueras de palacio, corriendo y saltando de un lado a otro. Es muy triste que pase el día encerrado en los establos.

Steve bajó un poco la cabeza, tratando de imaginarse al caballo que describía Loki; aunque apenas le había dicho nada acerca de aquél, creyó que debía ser muy triste pasar el tiempo prisionero detrás de un montón de paredes que te impiden ver más allá del concreto. Estar privado de la belleza del mundo, en especial de los parajes de Asgard, era algo que él nunca podría haber soportado.

Aunque estaban hablando de un animal, la forma triste en que Loki había pronunciado esas últimas palabras, le causaban la sensación de que era mucho más humano de lo que podría creerse… daba la impresión de que el jotun le consideraba más humano que a los Aesir o quizá, que a cualquier otro. A ello se le sumaba la expresión ausente y melancólica que esbozaba sin querer el asgardiano; como si fuera capaz de sufrir por Sleipnir. Esto último era, por mucho, el sentimiento más empático y humano que le vio a Loki expresar por ninguna criatura; decir que no estaba un poco sorprendido, sería mentir descaradamente.

Pero no lo conocía demasiado, así que la sorpresa era algo estúpido. No conocía para nada a Loki, y sin embargo, de poco en poco iba recolectando piezas del rompecabezas; sabía que lo dejaría incompleto, y nunca conocería todas las respuestas. Aun así —y puede que fuera lo más tonto que habría de decir en su vida—, Loki no le parecía aquel monstruo del que todos hablaban en Asgard durante la procesión hacia el Valhalla. Sí, en él había algo oscuro, pero quedaba un resquicio de luz; podía verlo en sus ojos, que refulgían con un sentimiento muy poderoso…

Loki dejó caer las murallas que le rodeaban a sí mismo y el rubio se dio cuenta, muy a su pesar, de lo que significaba esa repentina aura oscura, aquel destello potente y fugaz que alimentó el iris esmeralda, con la pregunta reflejada en la tensión de su mandíbula: ¿Qué habrá sido de Sleipnir ahora que Odín estaba muerto? La respuesta no era difícil adivinarla, después de que el asgardiano lo trajera a colación; ¿alguien habría averiguado que se dirigían a Helheim? ¿Usarían al caballo para alcanzarlos y darle captura a Loki?

Por un momento, sacudió la cabeza.

—Ya veo —musitó al fin, quedamente—. ¿Temes que él nos encuentre? —Loki no le miró a los ojos, pero de cualquier manera habló, con la voz aterciopelada:

—Sería un desafortunado final para nuestra gran aventura, Rogers —señaló con sarcasmo, dejando escapar una sonrisa seca y amarga al mismo tiempo—, porque él no vendría solo.

A Steve le dio un vuelco el corazón de solo pensar en la ira que debían tener los asgardianos debido a la fuga del príncipe. No dijo nada; las palabras flotaban en el aire y eran obvias para ambos. En vez de ello, volteó la atención hacia la ventana, evocando al cometa de Yggdrasil por alguna extraña razón en la que prefirió no indagar demasiado.

—Tus padres, ¿todavía viven? —Preguntó Loki repentinamente, captando su atención. Steve se giró hacia él y, después de parpadear unos segundos en silencio por el cambio de tema, negó con la cabeza—. ¿Cómo sucedió?

Las palabras salieron bruscas y frías. Loki pretendía no darle mucha importancia, pero era claro que estaba interesado —poco o mucho, quién sabe— en conocer la respuesta. De nuevo, una parte que se le retorcía a Steve en el pecho al recordar todas las evasivas y groseras respuestas que había recibido por parte del otro, deseó negarse a contestar. Sin embargo, se encogió de hombros para restarle valor.

—Mi padre falleció mientras hacía la guardia en las fronteras del bosque, durante el ataque de unos bandidos —admitió—. Mi madre murió por aquella extraña enfermedad que la dejó convaleciente (más o menos un año después de que yo empezara a cocinar); al final de sus días ya ni siquiera me reconocía. —A esas alturas, debió carraspear un poco para aclarar su voz, aunque Loki ni siquiera pareció notar lo difícil de las palabras—. Ya tiene bastante tiempo, en realidad.

—¿Eso te ha menguado el dolor? —Le preguntó—. Muchos dicen que aprendes a vivir con él. ¿Es cierto?

En esta ocasión, Steve se enderezó, como si se estuviera preparando para un ataque, a pesar de que no le habían dado ninguna clase de señal que debiera ponerlo en alerta.

—Es una carga pesada, siempre lo ha sido. Muchas veces he llegado a preguntarme si hubiera podido hacer algo para evitarlo, pero el dolor no es eterno... y con un poco de suerte, todos volvemos a reencontrarnos con las personas que perdimos a lo largo de nuestro camino.

—No fue lo que pregunté.

Steve no se sintió en absoluto ofendido. Estaba asimilando que esa forma tajante, era la única que Loki conocía para exponer sus más profundas incertidumbres.

—No aprendes a vivir con el dolor; aprendes a esperar —respondió, dedicándole una sonrisa—, para cuando vuelvas con tus seres amados.

Loki frunció el ceño.

Seres amados —repitió, con sorna—. Me has dado a entender que es por eso que tú luchas y lo que te hace fuerte. Pero yo no tengo a nadie. En realidad, supongo que no importa: Sé cómo estar solo y disfrutar de ello. La ira es lo que alimenta mi mundo y es en lo único que puedo confiar.

Steve debió hacer un gran esfuerzo para no mostrar su estupefacción. Se mantuvo quieto, esperando por algún otro comentario del moreno, aunque éste no llegó. En vez de eso, Loki únicamente cerró los ojos y lanzó un suspiro, como si estuviera a punto de caer dormido. El rubio frunció el ceño ligeramente, siguiendo con la mirada el rostro anguloso del otro, tan elegante como demacrado.

—¿Alguna vez has matado a alguien? —Preguntó Loki después de un rato, tomándole por sorpresa. Steve no respondió de inmediato (¿de qué se trataba aquella entrevista?), por lo que éste añadió—: ¿Lo has hecho?

—Sí —respondió con sinceridad—. He tenido qué.

—¿A quién?

Él se quedó callado un segundo, rememorando algunos ataques a Midgard. Las figuras eran solamente sombras ahora, siluetas que se perdían en medio de gritos y lluvia o fuego.

—Gente que atacaba mi hogar —admitió al fin—. No puedo recordar sus rostros y tampoco supe nunca sus nombres.

—Así es más fácil —sentenció él y volvió a dirigirle su fría mirada. Steve asintió.

—Supongo que sí.

—A mí nunca me gustaron las peleas —comentó, sin darle demasiada importancia—. Prefería encerrarme en mi habitación, con un libro en mano. Todavía recuerdo las noches en que mi madre se sentaba al borde de la cama, leyéndome acerca de los nueve reinos; me encantaba oírla —tragó saliva y afiló la mirada—. Frigga tampoco es mi madre, ni Thor o Balder mis hermanos.

Pestañeó rápidamente, tratando de darle sentido tanto a las palabras en sí como a la repentina explicación.

—¿Ah?

—Siempre he desentonado en esa familia —añadió, ignorando la confusión de Steve y recostándose mejor en la almohada, que parecía demasiado cómoda por la forma en que Loki se relajó al instante—; el resto de Asgard también me repele. Me gusta hacer bromas y soy un poco… impulsivo, así que he llegado a meterme en muchos aprietos con los Aesir. Todos me odian (no que me importe en absoluto, porque es un sentimiento mutuo). —Se volvió hacia Steve y el corazón de éste se disparó con absurda facilidad e ímpetu. Era como si Loki estuviera mirándolo completamente expuesto… desnudo y vulnerable—. Además, tengo una gran agilidad para saber qué hay en los corazones de la gente y aprovecharme de ello; como suelo dejarlo al descubierto, muchos temen a mi Lengua de plata, no sólo porque yo puedo ver a través de ellos y utilizar sus secretos a mi favor (que es, sin duda, mejor ataque que el uso con la espada),sino porque no quieren siquiera enterarse ellos mismos qué clase de monstruos son en el fondo.

Rogers apretó la mandíbula. Aquel gesto pareció complacer a Loki, porque de inmediato le dedicó una sonrisa rápida. Durante el segundo que duró el cinismo en su mirada, Steve se dio cuenta de por qué tenía tan mala fama; en su rostro bailaba una extraña sombra burlesca y maliciosa.

—¿Así que piensa especular acerca de mí?

—Ya empecé desde el primer momento en que te vi —admitió—. Normalmente no debo pedir mucha información para averiguarlo —comentó en respuesta—. En las personas, son sus movimientos y ojos que les delatan. El problema contigo es que no me pareces en absoluto malo; eres tan diferente a las personas que habitan este podrido mundo… y sin embargo, ¡no me lo creo! —Hizo una pausa y frunció el ceño hasta que ambas cejas se tocaban—.¿Por qué tú no me miras mal cada vez que te insulto? ¿Solamente porque me necesitas? Sé que esa no es la respuesta, y por eso, es incomprensible para mí.

Rogers se lo pensó un momento, meditando la pregunta con cuidado. Sin embargo, antes de pensar la respuesta, ya estaba negando con la cabeza. Loki le miraba curioso ahora, aunque empezaba a notar que así era cada vez que le preguntaba algo y posiblemente esperaba una respuesta diferente a la que daba.

—Quizá es porque buscas que las personas siempre estén interesadas y no actúen a menos que consigan algo.

—Si vivieras en mi mundo, no te extrañaría que tuviera esa imagen de las personas —clavó la mirada en una esquina, por una milésima de segundo—. Nunca he conocido a alguien como tú. Es… curioso y excitante al mismo tiempo.

Le avergüenza admitir que las mejillas se le ruborizaron de inmediato. Había sido un cumplido, estaba seguro —eso creía—, pero no del porqué se sentía feliz de escucharlo. Loki arqueó una ceja.

—No estoy hablando de esa clase de excitación, así que ahórrate el rubor.

—¡Ah! ¡Pero si yo no estaba pensando en eso! —Exclamó al escuchar las palabras de Loki, tan escandalizado que por muy poco sale corriendo. Loki rió un poco y aunque se le notaba exhausto, también era fácil leer diversión en el sonido de su risa (que congeló el corazón de Steve).

—Lo siento, creí que podrías haberlo malinterpretado —aclaró el moreno y luego le dirigió una mirada de arriba abajo, bastante meticulosa—. Es interesante saber que aunque eres bastante atractivo, no pareces consciente de ello o eres muy humilde. Tu amigo Bucky debe ser muy hermoso para haber ganado el corazón de… ¿dices que se llama Peggy?

—¿Por qué lo dices? —Cuestionó el rubio, con una seriedad un poco extraña. Loki volvió a reír antes de acomodarse mejor.

—Definitivamente, no estás consciente de ello —Suspiró un segundo antes de quedarse dormido.

En el presente de Steve, todas aquellas palabras le daban vueltas en la cabeza, haciendo difícil reconciliar el sueño. Dio vueltas y vueltas en la cama, resoplando hasta al fin sentarse erguido y mirar en dirección a la nada, agudizando el oído por si acaso escuchaba algo del otro lado, pero no hubo nada. Loki estaba silencioso, aunque supuso que tendría que estar agradecido por ello.

Para él había sido extraño compartir de nuevo una conversación de más de tres minutos con aquél; no dejaba de sentirse sorprendido, tanto por la repentina cordialidad del mayor como por la fascinación que sus palabras le causaban. La forma en que hablaba…, es como si pudiera decir la cosa más simple del mundo y volverla lo más interesante. Comprendía exactamente por qué lo llamaban Lengua de Plata. Sin embargo, todavía no se olvidaba que su apodo era un sinónimo también de las mentiras que el asgardiano podía decir, y hacerlas pasar como verdades.

"A los Aesir les encanta pensar que al nombrar a alguien como bien les place, lo hacen suyo".

Eso lo creía; en todo el mundo, las cosas eran iguales, estuvieran o no en Asgard. Eso era triste, la manera en que pretendían apoderarse de todo y creerse los dueños del Universo…pero eso tenía que ser un gran error.

Steve dejó escapar el aire y volvió su atención entera en los puntos blancos que decoraban el cielo nocturno, como luciérnagas que se hubieran quedado atrapadas en un manto oscuro. Él tenía por costumbre pensar en todas las cosas desconocidas que se hallaban fuera de la Tierra: ¿Podría creer que las estrellas que brillaban en la distancia eran otros mundos sin descubrir, más maravillosos que el suyo? ¿Qué otras criaturas fantásticas habitaban aquellos lugares? ¿Sabrían de la existencia de este planeta, o al menos se lo imaginaban?

Ah. Steve se ensimismaba mucho tiempo imaginando cosas a las que Bucky usualmente llamaba "niñerías", pero era entretenido y relajante.

Con la cabeza llena de estas imágenes, por fin se quedó dormido.

Sus sueños fueron inquietos, llenos de angustia y miedo. Veía a Bucky llorando y sosteniendo la mano de Peggy, que yacía blanca como la muerte y flácida; Hela, que le daba la espalda y sus hombros temblaban mientras reía, inclinándose sobre una silueta oscura y borrosa, antes de girarse, para hacerle notar a Steven que ya no había en su cuerpo ningún rastro de putrefacción; sus amigos tumbados en el suelo, fríos y llenos de una ligera capa de escarcha que ponía azules sus labios; Loki escupiendo sangre y resbalando hasta el suelo rocoso y árido, mirándolo de manera tan cínica pero al mismo tiempo, esbozando una lúgubre sonrisa de satisfacción que le perforó el corazón hasta más no poder.

Respiraba agitadamente cuando una mano lo trajo de vuelta a la vida. Se sentó erguido tan rápido que casi se da un tope con Loki, quien se enderezó con habilidad antes de ser alcanzado.

Steve volteó la cabeza de un lado a otro, hasta dar con el asgardiano. Éste yacía con el rostro más sereno y vuelto a la normalidad; ya no tenía esa palidez que casi le transparentaba el rostro, y aunque todavía quedaban los rastros oscuros alrededor de los ojos, ya no le conferían ese estado casi demencial.

Steve frunció el ceño y se peinó los cabellos con los dedos.

—Lo siento —dijo, sin prestar mucha atención a sus palabras, pues parte de él todavía seguía con las brumas del sueño. Loki le dedicó una especie de sonrisa jovial; había algo diferente en su expresión, como si acabara de deshacerse de un peso enorme—. Buenos días —añadió, notando que el día clareaba por la ventana.

—Es casi mediodía —anunció el asgardiano, encogiéndose de hombros—. Mira, creí que podría haberte contagiado de… lo que sea que hubiese tenido ayer —en este punto, su expresión volvió a la misma máscara impasible—. Creo que fue una especie de resfriado.

—Oh —exclamó Steve, sacando los pies de la cama—. Es cierto. ¿Cómo te encuentras? ¿Estás mejor? —Sus preguntas se atropellaron unas a otras; Loki le miró de forma curiosa, hastiada y al fin, resignada.

—Sí. Me ha hecho bien descansar —miró hacia otro lado—. Creo que han sido demasiadas cosas, al mismo tiempo. —Hizo un ademán con la cabeza, para señalar a un lado—. Como se ha hecho tarde, y la cocina no se me da en absoluto, intenté encontrar algo que te hiciera bien para desayunar.

Steve volvió la cabeza y comprobó que, efectivamente, el moreno había traído una charola. En ella estaban apiladas unas cuantas rebanadas de pan tostado —quizá hechas por la magia— y cubiertas de mermelada, había un poco de queso y algo más de frutas. No era la gran cosa, pero el apetito se le abrió enseguida, y le devolvió una sonrisa grande a Loki.

—Muchas gracias. No tenías por qué.

En vez de responderle, Loki le acercó la charola y se enderezó, poniendo las manos en la espalda.

—Recupera fuerzas, que no muy tarde estaremos por fin en el paso de las sirenas.

Rogers se sintió aprehensivo después de esta afirmación. Parte de él, cuando pensaba en lo que le habían contado sobre ese lugar, se estremecía y acobardaba hasta el punto en que deseaba retirarse de su misión. Después se daba cuenta de que no podía fallarle a Peggy, así que volvía con renovadas fuerzas.

Levantó la mirada hacia la boca del asgardiano, como si de ella estuviera escurriendo sangre. Un frío le atenazó el alma, pero al descubrir que él estaba bien, respiró mejor. Loki le dedicó toda su atención mientras Steve cogía la charola y empezaba a comer lentamente, pero con pocas ganas. El asgardiano pareció notarlo de inmediato, así que chasqueando la lengua, hizo que le prestara atención.

—¿Qué sucede? —Le preguntó el de ojos verdes. Steve tragó bocado (el pan tostado le sabía a ceniza en la boca)—. No he envenenado tu comida, o algo parecido, si eso es lo que temes. Tampoco le he escupido; no soy tan despiadado.

Por alguna razón, aquello logró sacarle una especie de sonrisa.

—No, lo siento. Es que… —se quedó callado—, tuve una pesadilla.

—¿Acerca de qué? —Preguntó, robándole un pedazo de manzana y llevándoselo a la boca. El rubio no le dio ninguna respuesta—. ¿Y bien?

—Peggy estaba muerta —fue lo primero y único que se atrevió a decir. Loki dejó de masticar durante un par de segundos, frunciendo el ceño después y tragando bocado.

—Ya veo.

—Temo fracasar y no poder salvarla —añadió, con un nudo en la garganta—. ¿Y sino cruzamos a salvo el Canto de Seirên?

Loki no vaciló en responder.

—Tú vas a llegar hasta Helheim —prometió, sin siquiera parpadear una vez—. Creí que ya te había dicho, que no dejaría que nada te pasara hasta entonces.

Steve vaciló antes de sonreír; ¿y si, en esta empresa, Loki corría peligro? ¿Y sus amigos? No podía cargar con esa amenaza, mucho menos con el posible resultado.

—Loki… yo… —se mordió el labio; sería estúpido pensar que el asgardiano podría estar en camino hacia Helheim por la causa de Steve—. No dudaré de ti —sentenció al fin—. Tienes tus razones para llevarme hasta donde Hela, pero confió en que nos guiarás a ambos hasta allá, sanos y salvo.

Ante la —quizá— inesperada fe que depositaba en él, Loki le miró con extrañeza.

—Entonces, come algo —dijo éste, y se dio media vuelta—. Y descansa mucho.

Steve asintió y, sin tener que fingir que el apetito volvía, empezó a comer. El asgardiano se dispuso a salir de la estancia, pero se detuvo justo al tomar el pomo de la puerta. No dijo nada durante unos segundos, pero al fin, con un paso lento, se volvió hacia él. Su mirada yacía pensativa y dubitativa.

—Sé que tu escudo —empezó a decir—, es toda un arma eficaz. Pero en vista de los posibles ataques a los que tuviéramos que enfrentarnos, ¿crees que podríamos retrasar la llegada al Canto de Seirên y entrenarte un poco en la magia?

Rogers casi pasa mal el bocado. Levantó la mirada hacia Loki, tragando despacio y tosiendo disimuladamente. La propuesta lo dejaba más bien atónito, pero pensándolo bien, supuso que no tendría por qué sorprenderse; la magia de Loki los había salvado lo que le parecían innumerables veces, y es claro que así podría ayudarle mejor que en un combate cuerpo a cuerpo, pues en la medida de lo posible, ellos tendrían que evitar esa clase de conflictos. No obstante, podrían defenderse mejor si al menos, él aprendía cómo desviar las balas de cañón o reparar las partes del barco que saliesen destrozadas.

No quiso hacer esperar demasiado a Loki, pero estaba un tanto cohibido por la sugerencia. Recordaba al moreno diciéndole que la magia estaba dentro de todos, pero que sólo unos pocos conseguían equilibrar la energía de manera eficiente. Por otro lado, no quería detenerse demasiado tiempo en ello; ¿qué pasaría con Peggy? ¿Y si los volvían atacar los jotun o los encontraba ese tal Sleipnir? No sabía cuánto tiempo les quedaba.

—¿Está bien que lo hagamos a mitad del camino? —Preguntó, arqueando las cejas y luego, añadiendo con un hilo de voz—: ¿Soy un buen candidato para aprenderla?

—Ya te lo había dicho, así que no me obligues a repetirlo —cortó él, un tanto irritado. Steve se encogió en su lugar mientras Loki se enderezaba—. Por falta de tiempo, me vería obligado a usar mi poder para centralizar tu energía, claro que no que hay mucho qué hacer cuando has pasado tu vida sin ningún conocimiento sobre hechicería. Al menos por ahora, podría enseñarte cómo utilizar hechizos de protección, en caso de que los necesites contra las sirenas.

Mentiría si dijera que no le entusiasmó un poco esa perspectiva. Tanto así, que la sonrisa se le escapó mientras asentía.

—Si crees que es lo mejor.

—No lo creo, lo sé. —Hizo una pausa y se preparó para retirarse—. Termina de desayunar y encuéntrame afuera en diez minutos. Daremos inicio a tu "entrenamiento".

0*0*0

La raquítica luz del sol que se colaba entre los espesos nubarrones grises, arrancaba al palacio de Jötunheim el aspecto más hermoso que nunca hubiera visto o vería jamás en aquel desolado y patético lugar. Las paredes construidas con hielo parecían ligeramente más claras y vívidas; tanto así que a la distancia en la que Malekith se encontraba, parecían topacios.

La idea solamente le hizo sentir que algo en su interior se le revolvía, como un animal salvaje que trata de escapar de su prisión. Era una gran injusticia que incluso seres como los jotun tuvieran derecho a un lugar al cual, de cuando en cuando, podía entreverse la grandeza que existió cuando todavía tenían el Cofre de los Inviernos Antiguos, y en cambio su gente se hallara como enterrada en las profundidades de una tierra muerta, igual que gusanos o algo parecido. Le daba asco pensar que alguien como él, debiera vivir en un sitio así.

Por otro lado, estaba seguro de que no era el único cansado de verse sometido por la fuerza de Asgard, y aquella certeza le estaba trayendo a las manos grandes e importantes aliados. El pensamiento le sacó una sonrisa.

El viento frío traía consigo la nieve en una ventisca que formaba un remolino aquí y allá, mientras los dragones resoplaban su aliento cálido; eso sí le ayudaba a mantener los dientes sin castañear, e incluso lamentaría cuando se viera obligado a bajar de él y presentarse ante Laufey. Pero no quedaba de otra; colocó mejor su capucha negra sobre la cabeza, no sintiéndose más calentito dentro de ella.

Miró hacia atrás, donde estaban cuatro de sus esbirros, también cubiertos por la capucha hasta que era incapaz de verles el rostro. Se sostenían con firmeza del arnés, ignorando los pasos vacilantes de los dragones mientras éstos se acostumbraban al crujir del hielo bajo sus patas.

Ya estaban listos para avanzar. Solamente esperaban la orden, pero Malekith seguía en silencio, mirando a uno y otro lado, como si esperase que alguien viniera a recibirlos. Laufey, después de sus derrotas, había tenido que aprender a ser cuidadoso, y el elfo no estaba dispuesto a arriesgarse que de pronto apareciera alguna bestia infame a atacarlos; no había llegado hasta aquí para eso. Por lo tanto, había enviado un mensaje por medio de la magia, para anunciar su llegada. No debería de tardar en recibir alguna contestación, aunque siendo sincero, empezaba a encabronarse: ¿Cuánto tiempo iba a hacerlo esperar?

Entonces fue cuando vio una gran criatura blanca corriendo hacia ellos, escalando el precipicio de hielo con unas fuertes garras. Acaso, le podría recordar una clase de perro gigante, igual que el de Hela, con la excepción de que era blanco y de tamaño descomunal, tan grande como lo serían tres osos de Midgard unidos en una misma bestia. Casi podía escuchar al animal bufar hasta que por fin, llegó a las alturas. Sobre el lomo del animal, estaba montado un gigante. Durante un segundo, Malekith temió un enfrentamiento entre las monturas, que se observaban como lo hacen cuando invades su territorio, pero Gylf se mantuvo estático una vez que él diera una orden; al estarse éste quieto, los dragones de sus compañeros apenas batieron ligeramente las alas y se quedaron en silencio.

—Bienhallados se encuentren en nuestra tierra, Elfos —dijo el recién llegado, no sin cierto tono despectivo en su grave voz. Todos los jotun se parecían tanto que consideró la posibilidad de que fuera el mismo Laufey quien los hubiera ido a recibir. Desechó la posibilidad luego de darse cuenta, muy escasamente y después de un rápido pero meticuloso análisis, de que este gigante era más joven—. Mi nombre es Byleist, y he venido en nombre de mi Rey para llevarlos a Palacio.

Malekith se retiró la capucha, dejando que los largos y platinados cabellos le resbalaran por los hombros antes de revolverse con el viento.

—Me honra que el primogénito de nuestro Aliado sea tan amable de acompañarnos.

—Andando. —Seco, cortante, no podía esperarse nada más de un jotun, mucho menos del hijo de aquél. Lanzando un suspiro, le indicó a Byleist que podían iniciar el camino. Al instante, el animal blanco sobre el que montaba éste, se volvió y se dejó caer al vacío. Malekith ordenó a Gylf emprender vuelo, cayendo en picada con una arriesgada maniobra que pretendía seguir, con más elegancia quizá, el del perro. Seguido de él, aparecieron los otros elfos. A lo largo del trayecto, que no fueron más allá de los treinta minutos, anduvieron en un silencio espectral, procurando no perder de vista al animal entre la nieve; agradecía que la piel de los jotun fuera tan visible.

Para cuando llegaron al palacio, el poco sol que hacía se escondió detrás de las nubes, como si supiera que la oscuridad iba reclamando las tierras. De cierta manera, disfrutó de eso, pues la imagen de topacios desapareció y se convirtió en un montón de estalactitas sin forma y que carecían de toda estructura respetable.

Descendió de Gylf casi al mismo tiempo que éste posaba las patas en el suelo. Byleist no se volvió para verificar que siguieran ahí, así que apresuró el paso. Los otros no tardaron mucho en flanquearlo, en especial cuando entre las sombras aparecieron las figuras intimidantes de los gigantes. Él no se mostró ni asustado ni tampoco interesado: Caminaba como si estuviera vanagloriándose a sí mismo, dejando en claro que se sabía mucho más fuerte que ellos; la magia así lo dictaba.

El trono de Laufey era una decadencia, pensó justo cuando se abrieron paso entre los bloques de hielo —no había puertas ni nada parecido—. A decir verdad, no debería haberle sorprendido que el asiento del Rey fuera apenas una especie de piedra tallada donde se dejaba caer todo su peso. Costaba creer que en los tiempos remotos, fuera un sitio de grandeza. Ahí sentado estaba Laufey, con las piernas desparramadas hacia delante, el codo apoyado en el brazo de su dizque asiento, y la cabeza recargada en el puño. Tenía un aspecto irritado, y los ojos escarlata le brillaban como si dentro se alimentara un fuego inagotable.

Byleist desapareció de un momento a otro, sin molestarse en anunciarlos. Malekith frunció el ceño y arrugó la nariz, como si acabara de oler algo desagradable. El gesto, que pareció pasar desapercibido por el Señor de los Gigantes, volvió a convertirse en una especie de sonrisa maliciosa, que rayaba en la soberbia hasta más no poder.

—Tu recepción a los invitados da mucho que desear, Laufey —señaló, fingiéndose el cortés. El jotun se enderezó y de pronto, Malekith tuvo que admitir que podía sentir al mismo enemigo que tanta batalla le dio a Odín—. No seguirás enojado porque alguien más se deshizo del Padre de Todos, ¿verdad?

—Te advertí que quería arrancarle la cabeza con mis propias manos —señaló, si se podía, con peor expresión.

—Y yo te he dicho que nada tuve que ver en ello. Fue otra persona: Un asgardiano, de hecho. ¡Qué placer debería darte que esta guerra la ganaremos fácilmente con tantos traidores!

Laufey gruñó, y detrás de su trono volvió a aparecer Byleist, observando a Malekith con una saña que él decidió ignorar, por el bien de esta —temporal— alianza.

—A decir verdad —añadió el elfo—, debería alegrarte saber que tu hijo está vivito y coleando.

La expresión de ambos nobles se endureció. Al parecer, les escandalizaba sus palabras; eso era divertido.

—Esa abominación no es mi hermano —habló Byleist, escupiendo las palabras entre dientes; al asomarse éstos detrás de los labios, Malekith sintió que estaba viendo a una bestia que tiene en la boca un montón de púas—. No se atreva a insultar a nuestra sangre.

—Cállate, Byleist —sentenció su padre, con desdén. El otro le miró de mala forma, pero ya no replicó nada más. Laufey se volvió hacia Malekith—. Dijiste que era importante, pero no veo cómo ha sido fructífero tu viaje hasta mis tierras.

—Bueno, todavía no he empezado, eso claro está —ironizó, mientras se acercaba al trono como si estuviera en su propia casa—. Mis espías me lo han indicado: La guerra se está declarando, no solamente entre ellos y nosotros, sino que es un "todos contra todos". O algo así, porque me permito recordarte que somos aliados.

—¿El inicio de la guerra? Ya lo sabía. Tus fuentes están demasiado lentas y además, es obvio que eso iba a suceder —bufó—. ¿Qué tiene de especial?

—Oh, algo muy gratificante ha pasado; lo suficiente para que considere prudente mostrártelo en persona. —Metió la mano entre su abrigo y sacó un pequeño sobre—. Recibí un mensaje de Hela.

En esta ocasión, Laufey se vio realmente interesado.

—¿Ah, sí? —Extendió la mano, para que Malekith le pasara el sobre—. ¿Desde cuándo?

—Hace casi dos días, cuando ya iba pisando la mitad de camino hacia Svartálfaheim —admitió, encogiéndose de hombros y echándole el sobre al gigante, procurando no rozarlo, pues sabía perfectamente lo que hacía aquel contacto—. Al parecer, Laufey, realmente debemos alegrarnos que tu hijo esté vivito y coleando.

Laufey le miró iracundo, pero empezó a desenvolver la carta y leerla. Byleist se inclinó hacia delante.

—¿Dispuesta a hacer una Alianza? —Dijo el menor, al terminar. Malekith asintió cuando ambos pares de ojos se fijaron en él.

—La única condición para nuestra victoria es dejarnos atar nuestro destino a Loki. Él vencerá en la guerra y deberá obtener el poder.

El jotun arrugó el papel, blasfemando en un extraño idioma antes de añadir:

—¿Y cómo es que eso te pone tan feliz? ¿Qué diferencia hay entre Odín y uno de los que son ovejas siguiendo al pastor?

—Oh, había olvidado que Su Majestad tiene de qué preocuparse —soltó burlonamente—. Después de todo, Loki debe saber del mal padre que lo abandonó a su suerte durante las batallas… no ha de guardarte más afecto que al Padre de Todos. Pero de cualquier manera, ¿no te das cuenta? Hela nos presta su ayuda, Loki gana la guerra y luego, nosotros lo matamos para dividirnos el mundo tú y yo.

Fue el silencio, y no otra de la gama de posibilidades que se esperaba, lo que se apoderó de Laufey durante casi un minuto. De la misma manera, Byleist no se atrevió a objetar ni en favor o en contra. Un tanto impaciente, Malekith empezó a zapatear el suelo, cruzándose de brazos y arqueando una ceja.

—Sea cual sea la relación que tengan Loki y Hela —dijo por fin el gigante, frunciendo el ceño—, no me gusta la idea de sacarlo de en medio. Quién sabe qué consecuencias podría traer consigo.

—Oh, por favor. Si fuera por ti, hubieras estrangulado al chico cuando era un bebé indefenso —se quejó, rodando los ojos con una exagerada teatralidad—. Además, te aseguro que Hela seguramente piensa lo mismo.

—De ella nunca debemos fiarnos. A pesar de ser una mujer, es inteligente, hábil y mucho más sagaz que nosotros dos juntos. Ha vivido desde hace muchos siglos; tiene experiencia y, si repentinamente ha decidido tomarlo a él, es que posee algo de gran valor —no parecía dispuesto a decir el nombre de Loki, como si al no hacerlo, pudiera desaparecer de la faz de la Tierra a su hijo; qué patético—. Ya sabes lo que dicen por ahí las lenguas: El Destino de los Dioses, lo traerá él.

—Primero que nada: Él se llama Loki. Sé un "hombre" y responsabilízate de su existencia en vez de rehuirle —anotó Malekith, solamente por fastidiar—. Segundo, yo jamás he infravalorado a alguien como Hela, pues de entre todas las criaturas, de ella es quien más cuidado debemos tener. Empero, el mundo como lo conocemos debe cambiar y si el primer paso estará bajo las manos de Loki, que así sea. Plazcamos a la Señora de Helheim con una respuesta afirmativa, pues de no hacerlo, seguramente saldremos mal parados. Ya después, veremos cómo podemos encargarnos del chico.

Laufey miró el papel arrugado en su mano.

—¿Qué garantía puede haber en las palabras de Hela? —Prorrumpió Byleist, quizá robando la línea de pensamiento de su padre. Malekith lo miró con indiferencia y sorna.

—Oh, niño, cuando la Señora de Helheim hace una promesa, es que va a cumplirla a cualquier costo.

—Nos promete ganar la batalla, pero tenemos que darle el poder a Loki.

—De lo que suceda después, nosotros nos encargamos. Quizá, su promesa vaya evolucionando poco a poco.

—Dudo que sea el caso —interrumpió Laufey, pero de inmediato miró a su hijo—. Dile a Helblindi que prepare los barcos; iremos por Loki a primera hora del amanecer.

Malekith frunció el ceño, odiando admitirse a sí mismo que se encontraba un tanto confundido.

—¿Qué estás planeando hacer? —Preguntó, incapaz de frenar su lengua—. Hela ha dicho que lo mantengamos con vida.

—Y considérate afortunado de que es lo que voy a hacer —replicó Laufey, antes de ponerse de pie y golpear el trono hasta que una grieta se formó. Malekith parpadeó rápidamente, pero no se mostró más pasmado—. Incluso cuando me niego a ofrecer el favor a un deforme que no tiene hogar en ninguna parte.

Dicho esto, se dio media vuelta y desapareció detrás del trono.

0*0*0

Natasha y Clint estaban desaparecidos desde hace un buen rato, Thor no salía de los establos y Sigyn se había perdido entre las sombras, camino al bosque, así que a Bruce no le quedaba más opción que cargar él solo con Tony. Gracias a su fuerza, no debía costar demasiado llevarlo de vuelta hasta a la habitación que compartían, mas el olor que expedía el castaño era insoportable; había caído directamente en la "letrina" de los troll, que no era más que montañas apiladas de excremento semi hundidas en un agujero demasiado pequeño. Tanto así apestaba, que consideró seriamente no acercarse y mucho menos sacar al otro de aquel sitio. Algo tendría que aprender de su necedad por fumar sustancias extrañas, ¡y más si eran hadas las que lo ofrecían! ¿Acaso era idiota?

Oh, bueno. Había olvidado de quién estaba hablando, y más importante aún, en qué condiciones —emocionalmente— se encontraba el Stark. En realidad, Bruce tendría que achacarse un poco de culpa, puesto que en situaciones como esta, debió de estar más alerta de lo que hacía Tony. Por lo pronto, decidió que debía sacar al ingeniero de aquel lamentable estado.

Lamentando no poder ser auxiliado por Sigyn, que con un par de movimientos de mano lo habría sacado de aprietos, subió su pantalón hasta la rodilla y —muy a su pesar—, se quitó los zapatos. Después de esto, tendría que meterse a otra ducha urgente, pensó mientras arremangaba la camisa y se preparaba para subir la montaña de estiércol donde cayó Tony.

Respiró hondo, evitando dar una arqueada, y con decisión empezó a subir. Sus piernas se hundieron al instante, así que debió sujetarse con las manos y seguir subiendo. Quizá Tony debiera alegrarse porque había caído del cuarto piso sano y salvo… eso esperaba. Trató de no pensar en la pestilencia y se concentró en los pies de su amigo, que asomaban medio colgados.

Bruce soltó un alarido cuando al dar el siguiente paso y hundirse, algo le picó la planta del pie; tal vez un hueso partido en punta o algo así; no quería saber.

El dolor punzante le hizo ser más rápido. Cuando alcanzó el tobillo de Tony, jaló hacia él, arrastrándolo un poco en su dirección. Debía tener cuidado de no resbalarse, si acaso jalaba de más y se le venía encima, terminaría lleno de mierda hasta en los oídos, y ni de chiste.

De alguna u otra manera —y después de resbalar y casi tragar las heces—, logró dejar a Tony en el pasto, ya fuera de la porquería. Con el ceño fruncido y ya bastante irritado, se talló con fuerza la barbilla, en el proceso manchando la tela del hombro derecho, que se había salvado hasta ese momento.

—Imbécil —gruñó, con una voz apenas reconocible. Lo tomó de los pies y empezó a arrastrarlo hasta la puerta principal. Ya estando ahí, le prohibieron la entrada… ¡justo eso le faltaba! —. ¿Y por dónde se supone que lo lleve dentro? —Preguntó Bruce al duende que estaba en medio de la puerta, pequeño y jorobado, lleno de verrugas y con un ojo de vidrio.

—Me has entendido mal —dijo éste con voz gangosa—. Tú y tu amigo no podrán entrar, a menos que se bañen. ¡Apestan! Y las hadas son demasiado quisquillosas; mis Amos no quieren tener problemas.

—¿Y cómo me voy a bañar, si me dejas acá afuera?

El duende sonrió y saltó a un lado, señalando el bosque.

—A unos cuarenta metros, hay un arroyo. Puedo traerte algo para que te laves tú y a tu amigo, pero aquí no entras a menos que estén limpios.

Bruce arrugó el ceño.

—Cuarenta metros es mucho —dijo, entre dientes—. No podré cargar con él hasta allá.

El duende se sentó en el suelo y levantó un pie para rascarse el cuello.

—Pues, déjalo ahí tumbado.

—Me ensucié para sacarlo, necesito que valga la pena.

—Tus necesidades me importan poco, humano —dijo, encogiéndose de hombros y hurgándose la nariz.

—Bueno —suspiró, intentando ser paciente—, al menos dame algo que pueda usar para despertarlo. Se ha fumado una cosa extraña y… —se volvió hacia Tony—, apenas parece respirar.

El duende caminó balanceándose hasta Tony, haciendo una mueca de asco. Después de examinarlo con la mirada un rato, le dirigió su atención al de lentes.

—¿Qué se ha fumado?

—No lo sé. Lo ha conseguido de un hada; y era algo que olía como líquido para embalsamar.

El duende aplaudió, y Bruce juraría que su ojo de vidrio brillaba de diversión.

—¡Oriflame![3] —Exclamó riendo el duende—. ¡Oriflame es lo que tu amigo tiene en su organismo! ¡Ja-ja-ja!

—No parece que tenga por qué hacerme gracia —gruñó Banner, casi dándole una patada al duende, que se mecía adelante y atrás mientras se abrazaba el estómago—. ¿Qué es eso?

—El Oriflame lo usan las hadas para volver a los humanos sus sirvientes —continúo, ahogándose entre sus carcajadas. Bruce se sintió aterrado—. Ahora deben estar buscándolo; de-la-primera-que-vea-su-vasallo-será —canturreó alegremente—, como-borreguito-su-vida-y-amor-le-entregará. —Volvió a aplaudir, cayendo al suelo—. ¡Ja-ja-ja!

El duende le recordó a una hiena, pensó Bruce mientras soltaba los pies de Tony y se acercaba al otro ser para cogerlo del cuello de su ropa mugrienta. Lo sacudió hasta que éste dejó de reír.

—¡No te rías, idiota! —Sobra decir que él no era propenso a decir groserías, pero su paciencia estaba al límite. El duende, con el ceño fruncido, parecía querer picarle los ojos—. La ley de los Nueve Reinos prohíbe usar esa clase de pociones.

—No estamos en la alta sociedad, por si no lo ha notado, Sire.

—¡Pero…!

—Chst. Chst —le cayó el extraño ser, clavándole las largas uñas; Bruce soltó un alarido y lo dejó caer, sacudiendo las manos adoloridas—. Así juegan las hadas: Le dan drogas a los seres que les atraen y compiten por ver quién se lo queda. Sin embargo, el juego tiene un límite: Cinco horas. Sino lo encuentran entonces, podrá ser libre. De lo contrario, ¡despídete, que su voluntad se va con ellas!

—Entonces únicamente tengo que mantenerlo alejado —señaló Bruce, y el duende le asintió—. ¿Dónde puedo esconderme, que ellas no me encuentren?

—Al Territorio de la Serpiente nunca se acercan; no está muy lejos de por aquí. Sigue el camino de la vereda y desvíate a la izquierda hasta la cueva. Si te apresuras, menos de treinta minutos te tomará. Pero yo preferiría dejar que con las hadas se marche, antes que encontrarme con Jörmundgander.

—¿Quién es?

—La Serpiente. Sale de noche a cazar orcos, que están al sur —señaló—. Pero ellos le temen y escasean los últimos años, así que regresa muy pronto a su guarida. Váyase a saber cuándo esté, pero si llega a advertir tu presencia, no vivirás para contarlo. A veces se aventura un poco más a estos lares, y aunque los orcos son lo que le gusta más, a veces no le importa tener variedad.

Bruce tragó saliva. Tal vez, podía llevar a Tony a los establos y pedir ayuda a Thor, o llamar a Clint y Natasha, para que le ayudasen a vigilar. Había dentro de la posada muchas hadas como para arriesgarse a estar solo durante cinco horas.

—¿Cuándo empieza el juego? —Preguntó Bruce. La sonrisa del duende se extendió de oreja a oreja y señaló al cielo.

—A la hora en que él empiece a correr.

—¿Qué quieres decir? ¡Si es una roca! —Levantó la mirada hacia el cielo; una fila de sombras empezaron a salir de la posada, junto con otros muchos huéspedes. No veía entre ellos a sus amigos, pensó. De pronto, Tony lanzó un grito y se paró como resorte. Bruce apenas tuvo tiempo de notar que, mientras las hadas todavía se dispersaban en el cielo, el Stark (consumido por un instinto casi animal), empezaba a correr sin dirección al otro lado del bosque—. ¡Tony!

El castaño lo ignoró olímpicamente mientras los huéspedes vitoreaban. El duende saltó aplaudiendo y se hizo escuchar por sobre todos:

—¡Que empiecen las apuestas!

Lo primero que notó Bruce, fue que un grito de júbilo se escuchaba desde el cielo —seguramente las hadas, preparándose para el juego—, y después, a él mismo siguiendo a Tony por la oscuridad, tratando de alcanzarlo cuando el Stark era ahora casi tan veloz como un jaguar.

La oscuridad le impedía ver con claridad, y Bruce iba medio tropezando con las raíces de los árboles y también dándose de bruces contra las ramas, rasguñándose la cara mientras, de alguna u otra manera, continuaba en dirección a Tony. Había pensado que era mejor no llamarlo a voz en cuello, pues con anterioridad, ya un hada había estado a punto de alcanzar al castaño; cuando pasó a su lado y Bruce la cogió del tobillo para hacerla caer al suelo, notó que tenía los ojos vendados y le gruñía como si fuera una bestia enardecida buscando zafarse de una trampa. Por supuesto, él no la soltó. En su lugar, tomó una piedra y le golpeó la cabeza, dejándola inconsciente mientras se paraba y buscaba a Tony con la mirada, asustado de haberlo perdido.

Bueno, pensó mientras lo localizaba y echaba a correr detrás de él, al menos tenían a su favor que las hadas se hubieran dejado los ojos cubiertos. Era como ponerle la cola al burro, pero con éste en movimiento.

La esperanza de que los efectos se pasaran antes de que atraparan a Tony, le hizo sentir muy aliviado. También, agradecía que Jarvis estuviera atacando a diestra y siniestra a las hadas que por poco le dan alcance a su amo.

Llevaban corriendo un buen rato; Bruce ya extenuado por el esfuerzo, cuando de pronto, los árboles empezaron a caer violentamente desde metros adelante. Se abrían paso, cayendo simultáneamente mientras la tierra temblaba. Banner, que desde hace rato dejó de escuchar los gritos de júbilo o el ruido de las jugadoras, vio al fin la sombra de un hada buscando al ahora silencioso Tony —que no encontraba desde hace un rato—. Él se detuvo con la respiración agitada mientras, de las copas de los árboles aparecían otras siluetas saltando de un lado a otro: Eran orcos. Corrían en bandada, gritando y apresurándose a escapar. Banner retrocedió un poco, al ver que el hada también se detenía ante un sonido siseante que le heló la sangre.

Los orcos le ignoraron, aunque era bien conocida su fama por el amor a la carne humana; estaban asustados. Sus caras medio podridas y llenas de un brillo extraño y baboso, refulgían con miedo auténtico. Bruce emitió un ruidito estrangulado al ver que por encima de los árboles se levantaba una figura enorme, alta y gruesa, que se retorció como látigo para agarrar al hada, que en último instante había intentado darse la vuelta y desaparecer. Sí que desapareció, pero dentro de la boca de una serpiente enorme que tragó entero y se volvió hacia los orcos, con sus pupilas verticales fijas en las sombras que corrían en búsqueda de refugio. Bruce se escondió detrás de un tronco de roble que estaba cerca, cerrando los ojos y con las piernas temblando; nunca había visto criatura tan horrible.

Aguantó la respiración mientras el suelo se estremecía al dejarse caer la serpiente y empezar a perseguir a los orcos. Parecía divertirse con la histeria con la que corrían los orcos, pues no avanzaba demasiado rápido y se rezagaba para seguirlos a su total gusto.

El movimiento zigzagueante con el que iba la serpiente volcó algunos otros árboles, incluyendo aquél donde se escondía. Bruce gritó de sorpresa, sintiendo cómo se le venía encima el pesado tronco; no alcanzó a reaccionar.

Al momento siguiente, alguien lo había empujado y él cayó de costado, con el último sonido atronador del árbol cayendo a su lado y el grito adolorido de Tony que siguió después.

Oírle de esa manera, como si acabara de sufrir un golpe mortal, le alertó enseguida, haciendo que se volviera en aquella dirección. Estaba con el corazón en la garganta, a punto de vomitarlo, sensación que sólo aumentó al encontrarse con el Stark tumbado boca abajo.

—¡Oh, por Dios! ¡Tony! —Se levantó, medio tropezando con sus propios pies y se dejó caer a un lado del castaño. El hombre no se movía y el tronco casi le había aplastado, aunque de cerca, Bruce podía ver que sólo le había dejado atrapado. Con el ceño fruncido, le tomó por los hombros y le sacudió, escuchando con inmenso alivio que éste le respondía con un gemido malhumorado—. Vamos, Tony, despierta.

Al otro lado escuchó que más árboles se derrumbaban, víctimas de la serpiente. Sintió miedo de que ésta regresara, o que las hadas reiniciaran su búsqueda por estos lugares. Miró el cielo, con la mirada enturbiada. No podría perdonarse no hacer nada para salvar a Tony; solamente tenía que mantenerse alejado el tiempo suficiente.

Tomó el cuerpo flácido del castaño y empezó a arrastrarlo. El hombre todavía olía mal gracias a su percance, pero al menos todavía respiraba, aunque fuera aquella pestilencia.

—No dejaré que te pasé nada —musitó, poniéndose de pie a duras penas y cargándose con el peso de su amigo—. ¿Me escuchaste, genio idiota? ¡Así que vámonos de aquí! Tenemos que encontrar un lugar seguro.

0*0*0

Steve no lo hizo esperar demasiado: A los cinco minutos ya estaba afuera, medio limpiándose la comisura de la boca. Loki se encaminó hacia el centro de la cubierta, sin molestarse en decirle al otro que lo siguiera, aunque éste ya había entendido el mensaje y se mantenía a poca distancia; al fin se detuvo y el midgardiano lo imitó. Con elegancia, se acercó a Steve y le puso las manos en los hombros, obligándole a echarlos por atrás y sacara el pecho, hasta tenerlo muy derecho y en posición de firmes. Deslizó las manos hasta el lugar donde el cuello se unía con los hombros y presionó con un poco de fuerza, antes de darle una especie de masaje. Steve emitió un ruidito ahogado, como si estuviera a punto de echarse para atrás.

—¿Qué haces? —Preguntó, con un hilo de voz, bajando la mirada hacia los dedos largos y delgados del otro.

—En el cuerpo hay ciertos puntos de presión que permiten fluir mejor la energía, así que uso un poco de la mía para liberar la tensión en ellos.

—Oh —musitó, al notar que Loki le ponía las manos en la cintura—. ¿Co-cómo aprendiste todas estas cosas sino tenías un maestro?

—Devoraba libros en la biblioteca, y a veces entrenaba con mi madre —respondió, encogiéndose de hombros. No le pasó desapercibido el gesto de curiosidad que hizo el rubio, quizá recordando algo que hubiera dicho con anterioridad acerca de Frigga—: Ella me encaminó al gusto por la magia, pero en ese entonces, el médico de la corte le prohibió usar la magia porque estaba embarazada.

Steve pestañeó con rapidez y abrió la boca para decir algo, pero la cerró de inmediato. Casi podía leer las palabras "…Pero tú eres el menor de sus hijos", en la mirada, aunque fingió restarle importancia.

—Vali —explicó, ahora alzando las manos y poniéndolas en las sienes del chico, que se ruborizó un poco ante el contacto—. Él nunca nació.

La expresión de Steve fue lastimera.

—Vaya. Lo lamento mucho. —El asgardiano le miró mal, todavía sujetando su rostro y presionando, acaso con más fuerza de la necesaria (a juzgar por la mueca que hizo Rogers). Al final, terminó encogiéndose de hombros como quien no quiere la cosa.

—Me da lo mismo. No era mi hermano.

En esta ocasión fue el otro quien le miró con extrañeza y un poco más de desaprobación.

—Bueno, nada quita el hecho de que viviste con esa familia durante toda tu vida… tuviste que sentir al menos cierto afecto, ¿no? —La mirada del moreno seguramente fue amenazadora, porque al instante, retrocedió y se puso a la defensiva—. Mis disculpas… fue un comentario inapropiado.

Loki tragó saliva y suspiró, dejando caer los brazos a los costados con algo parecido al cansancio.

—¿Realmente quieres saber? —El rubio apretó los labios en una fina línea, mientras se rascaba el codo distraídamente y miraba hacia otro lado—. Bien. Voy a responder tus preguntas —sus palabras le sorprendieron incluso a él, por lo que ver a Steve dirigiéndole aquella mirada atónita no le hizo sentir más que un poco incómodo y enojado consigo mismo—. No pongas esa cara. —Rodó los ojos y luego bajó la mirada a sus manos, mientras apretaba sus dedos—. Lo estuve pensando bien durante la noche y creo que tal vez, con lo mucho que intentas hacer por mí…mereces un poco más de respeto —chasqueó la lengua—. Nunca había conocido a una persona que se interesara por preguntarme qué siento respecto a qué cosas. Y quizá es injusto que solamente tú me respondas mis dudas, así que…

Los ojos de Steve brillaban tanto que Loki se sintió perplejo, aunque no tardó en borrar las pruebas de ello. Se limitó a esperar, pero al ver que Steve no añadía nada, decidió defenderse por no sentir la muerte de Vali.

—Tenía nueve años cuando Frigga quedó embarazada —empezó, indicándole al mismo tiempo que se acercara. Steve lo hizo despacito, y cuando estuvieron frente a frente, le obligó a darse media vuelta y empezó a deslizar las manos hasta los omoplatos; los músculos de Rogers y su físico en general le hacían casi imposible creer que el chico hubiera sido enfermizo y flaco como una escoba, igual que éste lo había afirmado—. A esa edad, no sé, yo tenía muchas esperanzas de que Odín al fin me prestase atención: Constantemente practicaba con la magia para sorprenderlo —continúo, ignorando la forma en que el otro le miraba de soslayo—, y la ayuda de Frigga hacía que mis progresos fueran sumamente buenos. Estuvimos apenas dos o tres semanas practicando, cuando al fin, se dio la noticia del embarazo.

"Odín estaba muy feliz, y todos en general se prestaban para el júbilo. Incluso yo, aunque muchos lo creyeran una mentira. Me hacía mucha ilusión tener un hermanito menor al que pudiera defender, de la misma manera en que lo hacía Thor conmigo.

"En cuanto a mi entrenamiento, no lo detuve. Sin embargo, cuando los médicos le dijeron a ella que era recomendable no usar la magia en tales circunstancias, tuve que apañármelas yo solo. A pesar de todo, siempre lograba un gran avance y presumía a Frigga de las cosas nuevas que aprendía; ella me corregía posturas o me indicaba algunas otras cosas. Seguía siendo… una forma de demostrarme su atención y ( quiero pensar) su amor.

"Bueno, quizá explicar esto sobra, pero en Asgard todos querían complacer a Frigga, así que le llevaban toda clase de regalos. Thor y Balder le llevaban flores casi siempre, pero yo quería hacer algo realmente especial; una combinación de mi esfuerzo y dedicación. Así que, se me ocurrió que quizá podría hacer un poco de magia para demostrarle al resto cuán feliz me hacía la pronta llegada de Vali, así que pasé dos noches buscando entre los libros de la biblioteca algún hechizo conveniente. Al fin, encontré uno que me pareció digno.

"Durante una semana estuve practicando en mi habitación, apenas sin salir a comer o dormir. El hechizo constaba de una ilusión; podría hacer cualquier figura y ésta parecería hecha con fuegos artificiales, se podría mover y… en fin —carraspeó un segundo—, me parecía muy hermoso.

"El resultado final fue que yo dibujaría frente a ella una imagen a movimiento de su familia conmigo. Llegué orgulloso y presenté a Frigga mi pequeño espectáculo. —Se quedó en silencio, buscando las palabras para continuar—. Intenté hacerlo más impresionante, y doté a las figuras de la misma estatura y voz que nosotros; ellos se le acercaban y ´cantaban´.

"Sin embargo, algo me salió mal y de pronto, cuando una de las figuras pisó el vestido, la orilla de éste empezó a incendiarse. Apareció Odín e incluso después de que Frigga le explicara acerca de mi intención, él… él no la escuchó. Me abofeteó, y el impacto fue tan grande que perdí el equilibrio, me golpee la cabeza y quedé inconsciente.

"Cuando desperté, fui con Frigga para saber si estaba bien. Pero nadie me dejó estar cerca de ella durante ningún momento del embarazo de Vali. Comenzaron a hablar acerca de mis ´malas intenciones´ y cómo envidiaba al feto porque se robaba la atención de todos, y que yo no lo soportaba y por eso había intentado hacerles daño a él y Frigga.

"A los cinco meses de saberse lo del embarazo, murió. Él simplemente… salió del cuerpo de mi madre. Y resulta que (como siempre que algo malo sucedía) yo era el culpable; todos lo decían.

"Sé que puede sonar cruel e irascible que le eche la culpa, pero al final, terminé odiando la ´existencia´ de Vali (si es que puedes llamarle así cuando jamás nació).

"En cuanto a mis sentimientos por esa familia…me es imposible quererlos ahora, aunque no niego que antes fueron importantes para mí.

Silencio es lo que sobrevino a esas palabras. Mientras tanto, Loki le indicó recostarse y acto seguido, se hincó a un lado para continuar con su tarea. Rogers le obedeció y se quedó boca arriba, mirando el cielo azul y los tenues rayos del sol que le golpeaban la cara y le obligaron a entrecerrar los ojos, pese a que continúo buscándolo a él.

—¿La respuesta te ha dejado satisfecho? —añadió con cinismo mientras presionaba en sus rodillas. Steve apretó la mandíbula. Parte de Loki creía que lo habría hecho sentir culpable o que ya no se atrevería a preguntar nada más por incomodidad a una respuesta así, pero para su sorpresa, el otro habló:

—¿Así ha sido tu vida?

Qué terrible pregunta salió de sus labios, pensó Loki, deteniéndose en su tarea. Entre las muchas que se imaginaba, ésa era una de las que más le dolería responder… si es que, claro, algún día alguien se tomaba la molestia de ello.

—La gente siempre se ha empecinado en verme como un monstruo —admitió, muy a su pesar. Trató de no mirar la mueca de lástima que estaría componiendo el rubio. Sin embargo, éste simplemente lo miraba con una expresión pensativa—. Estoy acostumbrado. —Frunció el ceño y soltó una maldición, devolviendo sus manos al torso de Steve—. Se me ha olvidado un punto de presión.

Hubo un silencio largo otra vez. Cuando dejó de presionar en el abdomen de Steven y se disponía a retirar las manos, el midgardiano alcanzó una de ellas con la derecha. Loki sintió que algo golpeaba con fuerza en su interior entretanto mantenían ese pequeño e insignificante contacto, que pareció tan natural como respirar.

—No veo por qué tendría que ser de esa manera —comentó Steven, apretando un poco su mano; Loki sabía bien que tendría que deshacerse del gesto, pero por alguna razón, le reconfortaba demasiado y quizá, no podría ser tan malo dejarse llevar un poco, recibir algo de consuelo…

No, era terrible.

Le arrancó la mano a Steve. El rubio pareció darse cuenta de su imprudencia, porque en esta ocasión sí que compuso una mueca arrepentida.

—Creo que tenían razón —sentenció el de ojos verdes, con una sonrisa un tanto demencial. Steve se sentó erguido, apoyándose primero sobre los codos y luego con las manos; tarde se dio cuenta el asgardiano de que estaban muy cerca. A pesar de todo, no se alejó.

—¿Por qué?

Loki echó un bufido.

—Disfruto hiriendo a los demás.

—No es verdad —sentenció el rubio, con toda seguridad y rapidez. Loki abrió grandes los ojos.

—¿Ah? ¿Por qué… por qué estás diciéndolo con tanta seguridad?

—Eres una buena persona, Loki —se limitó a decir, sonriendo—. No puedo decirte cómo lo sé, pero lo siento.

Una parte de él lo llevó hasta sus sueños, en donde sucedió la explosión de sentimientos que correspondían al pequeño momento en que Steve cerraba los ojos y él acariciaba su rostro. ¿Qué eran esa clase de imágenes? Maldita sea el estúpido Rogers y su corazón tan bueno.

Frunció el ceño.

—Eso es patético—soltó lacónicamente—. Una muy mala excusa.

—No habrías ayudado a todas esas personas —arguyó enseguida el menor—. Pudiste negarte y ser el monstruo del que todos hablaban, pero en vez de eso, regalaste tus fuerzas a los necesitados; no les ignoraste y luego caminaste sobre sus cadáveres.

Loki permaneció inmutable, pero en sus ojos bailaba una sombra recelosa. Sabía que se estaba refiriendo al ataque de los elfos y jotun durante la ceremonia, pero en vez de sentirse alabado, algo se revolvió en su estómago con una fuerza antinatural que lo obligaba a tragar bilis. Aquel ataque era un terrible recordatorio de cómo, sin importar lo que hiciera, siempre sería visto como aquella criatura que vive de la luz de personajes como Thor; un proscrito, al que el eco de los ángeles no alcanzaría ni de chiste. Aquel ataque representaba, después de todo, el corte del hilo frágil y gastado sobre el que estuvo parado a lo largo de todos esos años, fingiendo que todavía se encontraba sobre un asidero firme y estable.

—Sí, veo cuánto me sirvió eso —dijo con sarcasmo y una nota ponzoñosa en la voz—. Dime, Rogers… ¿cuál fue la versión de la muerte de Odín que se repartió a diestra y siniestra cuando se anunció de su deceso? ¿Entré luego de que Thor me llevara con la mano en el corazón, y despiadadamente asesiné a Odín e intenté arrancarle la cabeza de una tajada? ¿Lo envenené en vez de darle medicina? —Steve no dijo nada, como intuyendo que era una pregunta que él mismo iba a responder—: No. Estuve medio agonizando a un lado de su cama, curando al bastardo y muriendo porque no me quedaban más fuerzas, pero aun así se lo estaba dando todo (otra vez). No me miró en ningún momento y cuando lo hizo, me dijo… —y entonces apenas logró detener su lengua; era irrelevante decirle a Steven su verdadero origen—… él se burló en mi cara —se talló el mentón con fuerza—. ¡Pude haberlo hecho! Por él, por todos. Hubiera dado mi vida para salvarlo con tal de sentirme un poco… aceptado. Con tal de tener un hogar.

¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué estaba hablando tanto acerca de sí mismo? Una voz en su cabeza le gritaba que fuera prudente, pero era tan fácil ignorarla.

—Da lo mismo —puntualizó, ante el mutismo de Steve—. De no haberlo intentado y guardado mis energías para sobrevivir, igual me hubieran encerrado y echó culpable por el ataque a Asgard.

—¿Por qué tendrían que hacer algo así?

Loki suspiró.

—¿Crees en el destino, Steven? —Preguntó repentinamente, de forma escueta. El rubio frunció el ceño y luego negó con la cabeza, sin pensarlo demasiado.

—Me parece que es algo muy relativo.

Fue una risa amarga y seca lo que salió del moreno, aunque el otro no pareció ni ofendido o algo por el estilo ante tal muestra de desfachatez por compartir su punto de vista.

—No podrías estar más errado —soltó—. Nosotros jugamos pequeños papeles en el destino y él se hace cumplir, no hay vuelta atrás: Nacemos, crecemos y morimos por una razón. Giramos en torno a ella y todo nos va arrastrando poco a poco al resultado (bueno o malo, depende de tu suerte). El mío, Steven —tragó saliva—, es traer la destrucción. Soy la sombra diabólica que guiará a todos a un mundo desierto y árido; una bomba que espera estallar en cualquier momento.

La expresión de Steve apenas y varió un ápice, por lo que Loki se sintió sorprendido.

—Te refieres al Ragnarök —no era una pregunta. El asgardiano arqueó una ceja.

—¿Lo sabías?

—El fin del mundo siempre tiene muchas versiones —señaló el otro, rodando los ojos—. Pero en esta ocasión, también lo dijo Hela… me advirtió de que tú eras el causante de eso.

—Sabiéndolo, estuviste dispuesto a liberarme de mi prisión, sólo por tu amor a esa mujer —el tono despectivo casi pareció golpear a Steve, por la forma que contrajo los labios en una fina línea.

—Lo haces sonar como si fuera malo.

—¿Podría considerarse de otra manera?

Las mejillas de Steve se ruborizaron, pero se negó a dar cualquier tipo de respuesta. El asgardiano sonrió con escepticismo antes de ponerse de pie y sacudirse un poco la ropa.

—No me malinterpretes —señaló el jotun, exagerando la inclinación en su cabeza—. A pesar de todo, estoy sumamente agradecido. Gracias a ti me hallo fuera de las celdas de Asgard.

El rubio bajó la mirada, entristecido. Loki pensó que algo se habría roto en su interior, váyase a saber la razón.

—¿Crees que hay esperanzas de que logre salvar a Peggy? —La pregunta no le pilló desprevenido, tenía que admitirlo. El tono que había utilizado Steve era triste, un poco ansioso e increíblemente aniñado, como si sostuviera el corazón en las manos y esperase por ver cómo lo tomaba y arrojaba al piso para destruirlo—. ¿Valdrá la pena todo esto?

Evitaba mirarlo, como sabiendo de antemano su contundente respuesta, y no estaba errado… Loki frunció el ceño; sabía que Steve no podría salvar a Peggy. Hela lo quería, pero decirle algo así… no era cruel, sino correcto, pero el jotun ya se había cansado de hacer lo correcto y dejar que lo pisotearan.

Con toda la habilidad que tenía para mentir, le dedicó una leve sonrisa al chico.

—Creo que si existiera en todo el mundo alguien capaz de salir victorioso de una empresa tan estúpida como esta, definitivamente tendrías que ser tú.

Al instante, el otro levantó la cabeza. Su expresión abatida había mudado a una de ojos brillosos y expectantes, tanto asombrados como presas de un chispazo de felicidad absurda. Las mejillas se le habían ruborizado y dejó escapar el aire que estuvo conteniendo desde quién sabe cuándo. De inmediato, Loki se dio cuenta de que se estaba apoderando de él un sentimiento poderoso e irracional, como cuando albergas una terrible necesidad por hacer algo estúpido… ¿qué cosa? Prometerle a alguien como Steve, que parecía un niño inocente y puro de corazón, que todo saldría bien, incluso cuando sabía que no era cierto… y después de ello, luchar con todas sus fuerzas para ayudarlo. Hasta cierto punto, Loki se vio reflejado en el otro, cuando decidió fingir que todas las cosas se arreglarían y él saldría bien parado; la esperanza, la ilusión… la mentira.

Se deshizo de la idea y después estiró la mano en dirección a Steve, dando al otro por enterado que deseaba zanjar el tema cuanto antes. El rubio aceptó el gesto con una lentitud recelosa. Loki le puso de pie con un tirón tan fuerte que por poco se va de cara al enderezarse; apenas estaba notando lo mareado que se sentía, y por impulso descansó la mano en el hombro del moreno.

—Te sentirás un poco liviano —indicó Loki, cambiando de tema drásticamente. Nada más decir esas palabras, el moreno le soltó. Rogers disimuló el balanceo y la falta que le hacía todavía tener algo de qué sujetarse. Se agachó un poco y recargó las manos sobre las piernas, respirando profundamente.

—Bueno, sí —admitió, medio soltando una risa nerviosa—. Pero mi cerebro parece haber adquirido un peso considerable. ¿Eso es normal?

—Por supuesto —señaló Loki, con una sonrisa burlona—. Lo que recién he hecho funciona para ampliar la mente del individuo. Ahora tendrías que ser mucho más susceptible a la energía que va fluyendo a tu alrededor, cuando antes ni siquiera podías darte cuenta.

Steve le dedicó una especie de sonrisa.

—Sorprendente.

—Ni tanto —señaló, mientras suspiraba profundamente y metía la mano en uno de sus bolsillos y sacaba un pañuelo donde estaban un par de semillas de manzana; hace rato, mientras hurgaba en la bodega para llevar algo de desayunar a Rogers, había dado con muchos tipos de semilla, que seguramente se transportaban en la ruta de comercio de Helheim (quizá con destino a Midgard o Alfheim). Loki sacó una de ellas con cuidado y devolvió las otras a su lugar, siempre con la atenta mirada de Steven—. Durante mucho tiempo, Midgard considero la magia como un medio con propósitos malvados; en Asgard, únicamente se considera como trucos baratos. Sin embargo, los otros reinos utilizan la magia más que como un estilo de vida, como la vida misma. Al fin y al cabo, es toda aquella energía que fluye del Universo, y nosotros somos filtradores de ella.

Puso la semilla en la mitad de su palma y formó un capullo con ambas manos. El midgardiano seguía con atención cada movimiento. Pareció sorprendido cuando las chispas verdes empezaron a salir expedidas entre sus manos.

—La magia es vida —susurró Loki, con una media sonrisa, mientras separaba las manos y dejaba que Steve viera, con su expresión tan asombrada y pueril, cómo iba germinando la semilla; primero un tallo diminuto, encorvado, pero que fue recobrando viveza y color conforme el tiempo transcurría; las hojas empezaron a crecer y la planta brilló con intensidad, igual que una luciérnaga—. Así es como quiero que la veas.

Steven no parecía caber en sí del gozo y la fascinación que la imagen le producía, y mientras Loki le soslayaba, se sintió un poco enternecido. Nunca nadie se había mostrado tan embelesado por sus habilidades; le hizo sentir orgulloso.

—¿De dónde empiezas a tomar la energía necesaria? —Preguntó el rubio, interesado. Al mismo tiempo, Loki dejó de hacer crecer la planta y se acercó a Steve, pasándola a él. Éste pareció alarmado, al ver cómo en sus manos caía sin aparente vida; no mucho tiempo después, frunció el ceño en modo de concentración y miró fijamente la planta, con tanta intensidad que parecía desear levantarla así nomás. Al fin, añadió—: ¿Qué debo hacer?

Casi sin pensarlo demasiado, Loki colocó sus manos debajo de las de Steve. El chico tragó saliva mientras las yemas de sus dedos tocaban los nudillos del otro, pero no desvió su atención de su objetivo.

—Quiero que cierres los ojos —indicó el asgardiano, con una voz suave y aterciopelada—. Deja la mente en blanco y sólo concéntrate en mi voz.

Steve, nervioso hasta la coronilla, obedeció sin rechistar. Loki esperó unos segundos para dejar escapar el brillo habitual al usar el poder de la magia.

—Estoy tomando tus manos para expandir mi energía hacia tu cuerpo, y así estabilizar la tuya —explicó—. Cuenta tus respiraciones y siente cómo la magia va rodeándote. Siente la vida y la belleza que descansa en este pequeño tallo. ¿Puedes verlo creciendo? ¿Imaginas la sombra que te ofrece la copa de este árbol? ¿No percibes la armonía?

El rubio asintió lentamente, como si no estuviera seguro. Loki esbozó una mueca ligeramente molesta. Podía sentir los nervios del otro por hacerlo bien, pero la magia no se trataba de esa clase de perfección… sino, únicamente de sentirla y alimentarla con su propia vida. Era darle una presencia y asirse de ella con entera confianza, como si fuera una vieja amiga; una propia extensión de tus miembros.

—Lo que sea que te esté inquietando —añadió, con voz serena y tranquila—, debes olvidarlo. Tienes que estar en paz. Sino, jamás podrás efectuar la magia como debieras.

—Vale. —Loki le dio un poco de tiempo, al notar que intentaba relajar tanto sus músculos tensados como las respiraciones agitadas.

El calor que irradiaba el rubio pareció unirse con el de Loki como aquella primera vez que le curara las heridas, y sintió cómo éste iba subiendo en oleadas por todo su cuerpo… fue una sensación placentera al mismo tiempo que inquietante. La magia era, como ya lo había dicho, una comunión con el entorno, igual que una cadena. Para las mentes poco entrenadas, este era un gran momento de vulnerabilidad, pues descubría recuerdos o sentimientos. Loki no pudo evitar indagar en los flashazos que parpadeaban en el cerebro de Steve: Había un chico pequeño, diminuto y flaco como un palo, que miraba hacia un árbol de manzanas, donde éstas pendían suculentas y tentadoras a los ojos del joven. Podía ver sus ojos azules brillando con vitalidad y fuerza, que contrastaba con el escuálido aspecto del resto de su cuerpo. A su lado estaba un chico más robusto, de cabellos castaños y ojos oscuros, que le sonreía mientras le pasaba una manzana de las que cargaba en sus brazos.

"Yo podría ir por ella, Bucky". Dice el rubio, y puede identificar la voz de Steve.

"Lo sé, pero he querido hacerlo por ti". El profundo afecto que le tiene salta a la vista, y por alguna razón, Loki piensa en Thor.

Ahora Steve coge la manzana y la muerde. Puede sentir el delicioso sabor que inunda su boca; el placer en algo tan pequeño…

Y rompe con ese momento. Steven le mira con ojos dubitativos, y él se da cuenta de que debió suceder algo. Mira la planta, que yace todavía en las manos del midgardiano, alzándose lentamente.

—Lo siento —dejó caer el rubio, retirando las manos y dejando que la planta cayera a las de Loki. Él miró sorprendido a Steve.

—¿Por qué lo dices?

—Le he visto —susurró el rubio, bajando la mirada. Loki frunció el ceño, con el corazón palpitando con fuerza repentina—: A su hermano.

Al escuchar eso, el asgardiano sintió como si le hubieran atado a una piedra, debajo de una serpiente que le escupía un veneno ácido en el rostro. Su rostro debió reflejar exactamente el pánico o la indignación, porque Steve se inclinó hacia delante, en una reverencia. La primera reacción a la que Loki hubiera recurrido sería el tono despectivo y la postura defensiva, pero no se sintió ni tan enojado ni tan asustado.

—¿Lo viste realmente? —Preguntó, un poco más duro de lo que pretendía.

—Sí —en esta ocasión, se escuchó firme; no le hizo esperar demasiado.

—Yo también he visto a tu amigo —confesó, encogiéndose de hombros para fingir restarle importancia. Steve se enderezó repentinamente, y Loki no pudo evitar echarle una mirada de arriba abajo, esbozando una especie de sonrisa fría—. No mentías cuando dijiste que eras diferente al tú de ahora.

Steve se ruborizó y rascó la nuca distraídamente.

—¿Por qué tendría que hacerlo? —Soltó por fin, con una mirada enturbiada. Loki negó con la cabeza y luego lanzó una especie de suspiro.

—Bueno, has visto cómo existe una convergencia entre tú y los alrededores. En otras circunstancias, deberías estar orgulloso, pues un nivel de comunión de este estilo se logra únicamente cuando se busca y se tiene la fuerza suficiente —musitó, ahora observando al chico de forma amenazante, antes de tomarle por el cuello; no apretó demasiado, pero el otro no había logrado siquiera moverse—. Pero más te vale que no se repita de nuevo. La convergencia sucede cuando uno está en contacto directo con el objetivo, y me parece que parte de ti estaba buscando algo de mí.

Steve le miró con el ceño fruncido.

—¡Tú también! —Exclamó, iracundo—. Además, yo no lo he hecho a propósito.

Loki ladeó la cabeza y luego sonrió, aflojando su agarre.

—No quieras hacer el tonto conmigo —siseó, acercándose más hasta que su pecho rozaba el del otro, y se inclinó hasta que las puntas de sus narices también estaban a punto de tocarse—. Quizá te encuentres con algo desagradable.

Steve no pareció alterado.

—En verdad lo lamento —musitó, zafándose del agarre con un manotazo—. No lo hago adrede.

El asgardiano bufó algo ininteligible para el rubio.

—A las preguntas que me parezca bien responder por mí mismo, lo haré. Pero será bajo mi entero consentimiento y tan escuetas como me parezca prudente. Mientras tanto, no te atrevas a seguir con este jueguecito… —miró hacia abajo, donde yacía la planta. Movió la mano para levantarla—. Andando. Inténtalo de nuevo.

0*0*0

A Thor lo despertó el relinchar de Sleipnir y los golpes que éste daba contra la puerta. Inquieto, se puso de pie con un salto y levantó a Mjolnir, medio queriendo golpear algún enemigo y encontrándose únicamente la nada frente a él. Al no encontrar a nadie, se relajó un poco y miró feo al caballo, que seguía removiéndose agitado.

—No pasa nada —le aseguró, tallándose la nariz y dejando el martillo en su cinto, bostezando mientras se enderezaba; le dolía un poco la espalda—. Sleipnir, cálmate.

Fue entonces que escuchó los vítores de un montón de gente y luego de palmear la cabeza de Sleipnir, salió de los establos. Volvió la cabeza de un lado a otro, viendo a las hadas pasar volando de muy cerca, casi golpeándolo; por muy poco esquivo a dos que lo tumban al suelo.

—¡Hey! —Exclamó, con las mejillas enrojeciéndose por la indignación al ver que lo ignoraban—. ¿Qué pasa?

De pronto, vio a Sigyn correr en su dirección, acompañada por Natasha y Clint. Frunció el ceño mientras se acercaban, con la pregunta transparentándose en su mirada.

—¡Sire! —Gritó la asgardiana cuando al fin estuvieran a un metro de distancia; tenía los cabellos sueltos cayendo como cascada sobre los hombros (se veía especialmente linda)—. El Oriflame ha empezado.

Con la bruma del sueño, Thor no entendió en un principio lo que quería decir.

—¿Ah?

—¡El Juego de las Hadas! —Exclamó Natasha en esta ocasión, exasperada por su falta de atención—. Bruce y Tony no están por ninguna parte.

Thor pestañeó, recuperando la consciencia y entendiendo al fin lo que intentaban decir; era ese maldito juego maquiavélico de las hadas. ¡Joder!

—Mierda. ¡Les dije desde el principio que no aceptaran comer nada de las hadas!

—Stark nunca escucha —explicó Clint.

—Pero Bruce no habrá ignorado eso —señaló la pelirroja—. De cualquier manera, no sabemos por dónde empezar a buscar. ¡Todo esto es un caos!

Y era cierto, las hadas iban y venían haciendo ruidos extasiados. Algunas se atacaban o incendiaban las alas de sus "compañeras"; esto era una cacería, se valía cualquier cosa con tal de conseguir al premio. Al fondo, las criaturas de la posada aplaudían y reían, señalando a una y otra parte; todo era un revuelo.

—Sigyn, libera a tres pegasos y a Sleipnir. Nosotros también vamos a participar en la búsqueda. —Ordenó, y al instante la chica asintió e hizo lo que le ordenaron. A los pocos segundos, los cuatro se hallaban montados en los animales, listos para jugar.

0*0*0

Steve cayó de rodillas, jadeando profusamente después de haber estado practicando diferentes hechizos que ocuparon demasiado su energía. Lo único que podía ver a través de su vista medio borrosa, eran las botas oscuras del príncipe asgardiano, que esperaba sin hacer comentario alguno con respecto a su último y fútil intento de crear un campo de fuerza para sí mismo. Para Rogers había sido un tanto extraño toparse con el silencio de Loki, pues a lo largo del día había estado corrigiendo con rudeza sus errores, ya fueran palabras o posturas; no que hubiera hecho todo mal, pues en dos o tres ocasiones, el moreno le hubo felicitado por su buen trabajo. Al midgardiano parecía dársele con especial facilidad la concentración necesaria y reunir la energía, la pronunciación de las palabras y la memoria para aprenderlas… en realidad, era al momento de expulsar la magia cuando fallaba estrepitosamente. Sucedía un momento de descontrol que le impedía reservarla, como si de pronto explotara algo en su interior.

Le costaba mantenerse incluso a gatas como estaba, con la camiseta sudada y los cabellos pegados a la piel ardiente por el esfuerzo. Sabía ya de antemano que Loki esperaba que se pusiera de pie, como lo hiciera a lo largo del día, pero el cuerpo estaba punzándole con fuerza y le tenía exhausto. Por él, se habría echado sobre cubierta y quedado ahí el resto del día.

Con una imperiosa necesidad de mostrar cuán fuerte era, Steve se puso de pie, medio tambaleándose. Limpió su frente con el brazo y miró a Loki, tratando de enderezarse.

La mueca del asgardiano era seria e inescrutable. Su figura brillaba con la luz del atardecer, que ya empezaba a dibujar el halo dorado sobre la silueta del moreno, haciéndole ver hermoso, como si perteneciera a un cuento de hadas.

Tan cansado estaba Rogers, que ni siquiera pensó en lo bochornoso de su propio comentario mental. En lugar de eso, se colocó como hace unas horas le hubiera indicado Loki: Las piernas ligeramente separadas, e inclinándose hacia delante, con los brazos medio levantados hacia los costados. Intentó reunir las fuerzas necesarias, pero mientras estaba realizando el primer paso, el de la concentración, las piernas le flaquearon y se fue para delante.

Antes de topar rodillas con el suelo, ya Loki le estaba sosteniendo, pasándole un brazo por la cintura y poniéndole una mano sobre el hombro. Steve apoyó la cabeza en el pecho del asgardiano. Éste no hizo ningún ruido y tampoco manifestó desacuerdo; en su lugar, le ayudó a volver a la cabina, medio cargando con su peso. Una vez dentro, lo dejó recostado en la cama. Steve levantó la mirada hacia él, entretanto Loki se sentaba en la orilla de la cama y con una expresión molesta, le empezó a desanudar las correas de las botas y se las quitaba en silencio, tal vez para que estuviera más cómodo. El rubio se lo agradeció con la mirada, pese a no estar muy seguro de la intención del jotun.

—Has hecho un buen trabajo —le comentó Loki, como quien no quiere la cosa—. Aprendes bastante rápido.

El rubio trató de identificar alguna nota burlona en su voz, pero se encontró con una sinceridad si bien no genuina, al menos parcialmente verdadera.

—No lo suficiente —señaló con un poco de coraje contra sí mismo—. Es imposible que nos detengamos demasiado tiempo… Peggy…

Ya hace rato había notado que le costaba hilar los pensamientos uno con otro. En efecto, practicar la magia era mucho más cansado que entrenar con la espada; no comprendía por qué menospreciaban esas habilidades en Asgard o Midgard…quizá simplemente eran unos idiotas sin remedio.

—Shh —le silenció Loki con toda tranquilidad—. Deja de preocuparte por ella un momento. Te he enseñado algo de la magia y espero sirva para el encuentro con las sirenas —dejó las botas a los pies de la cama y le miró, esbozando una sonrisa—. Llegaremos mañana antes del mediodía, así que te hará más bien que nunca descansar.

Steve asintió con parquedad y frunció el ceño.

—Loki —llamó, con la mirada enturbiada—. Eres realmente poderoso.

Al asgardiano le brillaron los ojos con intensidad, pero aquel fulgor se apagó con rapidez.

—Pareciera que me tienes demasiada admiración, Steven —señaló, con un rápido encogimiento de hombros. Steve dejó escapar una risa.

—No lo sé. Puede que sí… —suspiró—. Yo nunca habría podido hacer lo mismo que tú, y aguantar tanto. Todo el esfuerzo que has realizado, valdrá la pena, lo sé… pero…

—Me aseguraré de que así sea —interrumpió Loki, poniéndose de pie, dirigiéndose a la puerta—. Nos vemos mañana.

—Loki —Musitó y el asgardiano se volvió lentamente.

—¿Qué pasa? —Preguntó, en medio de un exasperado suspiro.

—Nada —dijo el otro, sonriendo tiernamente—. Sólo me gusta decir tu nombre.

El jotun pestañeó rápidamente, como sino terminara de entender las palabras de Steve… él mismo no las entendía del todo. Pero no eran mentira. A lo largo del día había capturado pequeñas sonrisas y gestos de Loki que le hicieron sentirse todavía más embelesado por su persona… también se encontró una o dos veces más, mientras practicaban con la magia tomados de las manos, los sentimientos que se albergaban en su interior, e imágenes extrañas sobre Thor, Odín y Frigga; cosas entrecortadas que no le decían nada, sino se hablaban con los sentimientos que le acompañaban…aunque todavía ahora eran confusas.

El dolor, la melancolía, el anhelo, el odio, el amor… eran cosas humanas que Loki se esforzaba en ocultar pero que ahí seguían.

Steve también se había dado cuenta de que Loki indagaba en su mente, y se preguntó qué cosas había sabido de él, pero no le importaba demasiado. Quizá así pudieran confiar uno en el otro. Después de todo, este era un viaje largo y peligroso, al grado en que era posible que tuvieran que confiar su vida al otro. Steve no era egoísta; no deseaba que Loki le salvara, pero confiaba en el asgardiano, en que no era como todos decían. Tenía un corazón…roto, pero lo tenía.

—Hombre, qué estupideces estás diciendo —soltó el asgardiano—. Que te gusta decir mi nombre… —repitió. Steve se encogió de hombros e intentó sentarse erguido, aunque fracasó rotundamente. Nada más logró reírse un poco de manera jovial, tal vez de sí mismo.

—Sí. Realmente me gusta; no te estoy mintiendo.

Loki no se dignó a contestar, sólo apretó la mandíbula y se dio media vuelta para salir muy digno de la cabina. Antes de salir, juraría haberlo escuchado decir: "Lo sé". Después se cerró la puerta y ese fue el último sonido que resonó en sus oídos antes de sumirse en el sueño.

Continuará.


[1] Gnipalhéllir: En la mitología nórdica, se trata de una cueva en la cima de una montaña, en donde se encuentra Garm encadenado hasta el inicio del Ragnarök.

[2] Edda Mayor. La visión de la adivina. Estrofa: 44… sé que estoy abusando con las citas a este texto, pero le viene como calcetín a esta serie (xDU)

[3] No sé me ocurría nada; el nombre venía en la etiqueta de un perfume (owoU)


¡Y con esto, doy por finalizada la actualización! Ya de ustedes dependerá si el fic también (xD), jajaja. Es en serio (7-7) Bueno, fuera de mi estado bipolar por enfermedad de garganta y semi depresión de escritora, los dejo.

A quien corresponda: Mil gracias por leer (:3)

Hasta luego (owo)/