¡Hola! (:D) ... Uhm, vaya, qué vergüenza me da todo este tiempo ausente de escribir en el fic; no tengo perdón y mi única excusa sería que la inspiración me abandonó completamente en la historia por muchas y diversas razones que tal vez, no tenga caso enumerarlas ahora (u-u). Pero sepan que nunca desistí y que cada fin de semana le daba vuelta tras vuelta a lo que podría seguir (nwnU), así que tomen mis más sinceras disculpas.

Y ahora sí, un gran y fuerte abrazo a las personitas por las cuales me obligaba a sentarme y escribir aunque fuera un renglón por día (xD): ilyasha77, Quetzalli Yatzil, KonanYuriXD y ReginaNatsu, porque cada una de ustedes hizo estallar mi corazón de alegría al tomarse la molestia de escribir algo para mí (QwQ). De verdad lo aprecio mucho. Y también a todas esas personitas que, aunque no dejan ningún comentario, esperan la continuación y entran a leer aunque no haya actualización (xDU).

Y pues, en compensación por todo el tiempo que las dejé esperando, esta última semana me forcé a terminarlo por fin, intentando también darles su lugar al Tanner y un poco al ThorxSigyn, y el segundo para el Stoki (x3). Así que bueno, espero de todo corazón que disfruten el capítulo que de verdad me quemó la mitad del cerebro (xDUU)


Hado: La Antorcha de Loki [1]

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Bruce tenía los ojos puestos en el camino, concentrándose en cualquier señal de vida, rogando por no encontrarse con la criatura que hubiera dejado el rastro de huesos y carne desgarrada que se encontró antes. Arrastraba a Tony por el camino pedregoso, resoplando y desesperándose cada vez más por no dar con el camino del bosque. Pero cuando lo encontró, mucho rato después, se sintió demasiado aprensivo como para seguirlo.

Una vocecita en su cabeza le repetía que no tomara precisamente este camino. Era muy posible que las criaturas del bosque consideraran el sendero como el sitio más transitado del bosque; si alguna de ellas se diera a la caza, Bruce y Tony podrían correr peligro. No obstante, era lo único que prometía llevarlo a algún otro pueblo o lugar seguro. Miró al cielo, todavía oscuro.

—Puede que las hadas no se atrevan a venir —musitó, un poco aliviado—. No les falta sentido común. Joder, ni yo quiero estar aquí.

Se sentía como un verdadero idiota cuando en un principio, casi consideró la opción de ir al territorio de la Serpiente, como le indicó el duende. ¡Es claro que aquél lo quería muerto! La clase de criaturas que vivían por estos lares acostumbraban ser crueles y encontraban en la muerte y el sufrimiento un especial interés morboso.

Escuchó una rama crujiendo y el corazón se le disparó en el pecho dolorosamente. Aferró con más fuerza la cintura de Tony y acomodó mejor el brazo de éste sobre sus hombros. Deseaba escucharlo decir cualquier cosa, pero al parecer se había golpeado la cabeza al salvarlo; el hilillo de sangre que escurría desde la sien así lo indicaba. Banner temía que la herida fuera a atraer criaturas carnívoras, ansiosas y hambrientas por descuartizarlo y comérselo crudo. Se estremeció y continúo andando, preguntándose cuál sería un buen camino a seguir cuando apareció la bifurcación. Había un par de letreros ahí, tan ilegibles que él perdió mucha de su valentía.

Mierda, mil veces mierda. ¿Qué se supone que iba a hacer ahora?

—Considero prudente no alejarnos demasiado de la posada —interrumpió una voz y Bruce saltó, recordando al fin que Jarvis iba siguiéndoles de cerca; a veces olvidaba que el aparato de Tony casi tenía vida propia—. Es probable que sus amigos se hayan enterado de la situación y los estén buscando.

—Es bueno saberlo —murmuró Bruce, pasando la lengua por sus labios y palpando las opciones—. Pero aun así, prefiero estar a resguardo.

Jarvis flotó hacia delante, en dirección a los letreros. Él emitía una lucecita que iluminó tenuemente la madera desvencijada y semi podrida en la que escribieron las direcciones, mas Bruce continúo sin descifrar nada. Fue entonces que Jarvis realizó una especie de escaneo: Una red de luz azulada subió y bajó repetidas veces antes de extinguirse.

—Hacia la izquierda hay una advertencia: Jörmundgander. Hacia la derecha, subiendo la colina, parecen estar los campamentos de orcos —explicó el aparato. Bruce frunció el ceño—. El camino del bosque podría ser más seguro.

Bruce no iba a negárselo. Asintió e ignoró la bifurcación para seguir adelante. Sin embargo, no pasaron más de diez metros cuando se encontró de frente con un barranco. Dejó escapar el aire en un pequeño gimoteo de frustración y volcó su mirada sobre su amigo, todavía inconsciente.

—Maldito seas —bufó, con un brillo verde resplandeciendo en sus ojos—. Si salimos bien parados de esta, yo mismo me encargaré de matarte. Hasta entonces, supongo que valdrá la pena que sigas con vida. —Echó un vistazo alrededor, sin encontrar más que oscuridad—. Jarvis, ¿qué sugieres?

Éste no contestó en seguida; en realidad, se tomó un buen tiempo mientras meditaba las posibilidades. Al mismo tiempo, Banner hacía lo mismo, sopesando cuánta esperanza tenía de seguir uno u otro camino. Al final, cuando unas hadas pasaron sobrevolando muy de cerca, decretó sin esperar más a Jarvis.

—Iremos por el camino de Jörmundgander —sentenció, partiendo hacia lo indicado. De no ser un aparato, habría jurado que Jarvis estaba un poco escandalizado.

—¿Está usted seguro, señor? —Preguntó lentamente—. Las hadas quizá no sean tan mala opción desde la perspectiva de encontrarnos nuevamente con aquella terrible bestia.

—La Serpiente ha ido a cazar —musitó, no tan seguro como quería—. Tal vez podamos pasar ahí el resto del tiempo que necesitamos para salvar a Tony de ser llevado a cualquier parte, como un sirviente. —Suspiró, intentando sonreír de una forma convincente, más para sí mismo que para Jarvis—. Te aseguro que él consentiría mi decisión.

Jarvis no lo contradijo, y en vez de eso le siguió en silencio, medio alumbrando el sendero.

Luego de una caminata, no demasiado larga ni demasiado corta, Bruce notó la gran montaña que se levantaba sobre las copas de los árboles. A saber por qué en la oscuridad, le recordaba un poco a una especie de fortaleza, derruida por el paso del tiempo.

Trató de evitar el desastre de árboles caídos que dejó Jörmundgander al salir de caza, pues resultaría un esfuerzo extra con Tony aún inconsciente, así que a paso lento pero seguro, rodeó el camino de pinos derrumbados. Al llegar a la linde del bosque, frente a la montaña, se encontró con el suave reflejo de aguas tranquilas al pie de la misma.

—Deben conectar con el mar —señaló, en voz bajita. Aquella tarde, toda esa extensión azul le había parecido maravillosa, pero en la oscuridad, casi esperaba que saliera alguna criatura diabólica para devorarlo. Se estaba volviendo paranoico. Sacudió la cabeza y se concentró en la montaña.

Ya más cerca, notó que su imaginación no estaba tan errada: Hace mucho tiempo los orcos debieron de haber tomado el interior de la montaña para construir sus túneles y habitar en ella durante el día, cuando la luz del sol les lastimaba los ojos pequeños y acostumbrados a las sombras. Aquí y allá, la construcción rocosa tenía innumerables hoyos deformes, escavados por manos brutas que no buscaban la elegancia y construcción floreada de los elfos, o la efectividad e inventiva de los humanos, sino más bien con el único propósito de hacer hoyos que sirvieran para salir en tropel, como las hormigas. Todavía quedaban algunos vestigios de catapultas y uno que otro puente roto que conectaba un hoyo con otro hasta la cima.

Jarvis se alejó un poco y rodeó el sitio para volver segundos después.

—No muy lejos de aquí hay una entrada que podría llevarnos lejos del peligro —informó con algo parecido a una voz aliviada. Bruce asintió y empezó a caminar, alerta por si escuchaba algún sonido fuera de lo normal (aunque a estas alturas, ya no sabía cuándo tenía que considerar un sonido como algo inusual)—. Señor, no hará falta que exponga mi preocupación sobre qué haremos cuando la Serpiente vuelva.

Bruce no lo había pensado antes y se dio un tope mentalmente, pero después se relajó.

—Los túneles construidos por orcos tienen muchos agujeros en todos lados. Seguramente encontraremos una salida.

Jarvis no dijo más y lo guío hasta topar con las rocas. Encendió su linterna azul y alumbró unas rocas que tenían una sospechosa forma de escaleras. Bruce lanzó un resoplido mientras se cargaba bien con Tony y empezó a subir con cuidado.

No tardó demasiado en llegar al primer piso —si es que se le podía llamar así—, cuando de repente, escuchó a Stark lanzar un quejido suave. Bruce lo tendió en el suelo con cuidado. Jarvis planeaba a su alrededor y sólo hasta que los ojos de Tony se abrieron con pereza, fue que se detuvo y no trazó más círculos invisibles en el aire —algo que a Bruce le producían ciertas ansias molestas—.

—¡Que un mal rayo te caiga y no se deshaga! —Soltó repentinamente Tony, sentándose erguido como un resorte. Bruce juraría que estaba a punto de echarse a correr por alguno de los efectos que tuviera el Oriflame en su organismo, pero Tony se quedó quieto, cayendo de nuevo sobre la fría y dura piedra de la montaña—. ¡Voy a descuartizar a esa maldita hada! —Chilló después, con el rostro vuelto una máscara iracunda—. Ojalá se le pudran las alas y sus extremidades se vuelvan muñones inservibles.

Bruce, que durante un momento consideró no interrumpir la perorata de su amigo —para ver qué tan molesto estaba—, terminó por coger el cuello de la camisa y darle un fuerte puñetazo en medio del rostro. Tony no gritó, algo que debió agradecer, pues ya suficiente escándalo había montado el castaño al despertar.

Tony le miró con los ojos fuera de órbitas, tan ofendido que Bruce casi se sintió avergonzado por su despliegue de furia. Casi.

—Eres un verdadero imbécil sin cerebro. ¡Vergüenza debería darte que hagas que todos te llamen genio, porque no tienes nada de eso! —Exclamó Banner, en una voz relativamente baja.

—¿Qué dices? —Gruñó el otro, ofendido—. Te he salvado la vida, ¿y así es cómo me lo pagas?

—Oh, veo que igual que siempre, nada más recuerdas lo que te conviene, ¿no? ¿A caso se te habrá olvidado que desobedeciste la explícita indicación (pues no era un consejo), que nos dio el príncipe Thor al ver a las hadas? ¿Por qué mierda eres tan imprudente, arrogante e imbécil? ¡Por tu culpa casi nos matan!

—¿Estoy oyendo que me culpas de que aquella bestial serpiente haya llegado repentinamente?

Bruce abrió la boca y la cerró de inmediato. Era cierto que sus vidas no corrieron peligro por las hadas; ellas sólo estaban jugando, muy a su manera, pero no pretendían hacer dañoreal. Sin embargo, estaba tan enfadado que se apresuró a buscar una excusa para echarle bronca —algo no muy propio de él, hay que decirlo—.

—Sino te hubieras tragado el Oriflame, jamás habrías salido corriendo como alma que lleva el diablo hasta el bosque, y no nos habríamos topado con Jörmundgander.

—¿Jor-qué?

Bruce lo soltó, empujándolo hasta que nuevamente estaba el otro en el suelo, con una expresión igual de encolerizada, mas no hizo mención alguna de su molestia y se dedicó a sentarse y fulminar con la mirada a Banner.

—Mira—prorrumpió, haciendo un ademán engreído con la mano—, nadie te dijo que tenías que salvarme. De hecho, de no haber ido detrás de mí, yo no tendría que haberme lanzado a protegerte. Serás tremendo ingrato.

Bruce se ruborizó otra vez por el coraje, se enderezó y pasó a un lado del hombre para entrar en la montaña. Tony estaba a punto de echarse a gritar cual niño malcriado al ser ignorado, cuando Jarvis interrumpió con su voz suave y tranquila:

—Sería incorrecto reprocharle nada —señaló el aparato—. El señor Banner está preocupado por usted.

—Pues no lo parece.

—Ha sido usted el imprudente —amonestó Jarvis—, y no sólo puso en peligro su integridad sino la de su amigo. Le conviene disculparse o mantener a raya sus comentarios.

—¿Me estás regañando? ¿Tú también, Jarvis?

Éste prescindió de su disgusto y siguió a Bruce hacia la oscuridad. No debió tardar mucho en encontrarlo, pues a seguro el otro se había arrepentido de entrar solo y ahora esperaba pacientemente por la ayuda que ofrecía la luz de Jarvis. Con mala cara, Tony los imitó y entró dentro de la montaña, con el entrecejo fruncido al percibir un nauseabundo olor que resultó venir de sí mismo. Casi deja escapar una arqueada al darse cuenta de que expedía un aroma como de estiércol de troll… y medio se acordó de haber visto elefantes bailando mientras se tiraba del pequeño balcón.

Maldijo en voz alta y su voz resonó por el túnel. Bruce y Jarvis no estaban muy lejos. El primero se volvió para mirarlo sobre los hombros con una expresión ciertamente molesta.

Tony puso los ojos en blanco y siguió caminando, con la barbilla alzada, hasta estar a su altura.

Bruce se había detenido al dar con una especie de antesala. La luz que emitía Jarvis le permitió encontrarse con unas cuantas antorchas, de las que inmediatamente se hizo con un par y esperó a que Tony llegara —tambaleándose un poco cuando piso una piedra—, para extenderle una.

—El duende de la posada —explicó con cuidado y un tono neutral que decían que todavía estaba enfadado—, me explicó que las hadas no se acercarían nunca al hogar de la Serpiente. El efecto del Oriflame durará más o menos tres horas, así que de nada serviría salir demasiado pronto. Además, luego de cargarte, me es preciso tomar un pequeño descanso. —Bruce miró a Jarvis—. ¿Puedo pedirte un gran favor?

Tony hizo una mueca que dejaron pasar por alto, al ver que el aparato se disponía totalmente a cualquier cosa, sin siquiera preguntarle a Tony o esperar su aprobación. El ingeniero sabía que actuaba como un verdadero idiota, pero estaba adolorido, apestaba y su amigo le había regañado y golpeado antes de que él siquiera pudiera despertarse del todo.

—Adelante —añadió Jarvis, dándole pauta a continuar.

—¿Harías un rápido registro en el lugar, para que funciones como plano luego de que haya descansado?

—En seguida —aceptó Jarvis y desapareció por uno el único pasadizo que había en el sitio. Mientras Bruce se sentaba, Tony alcanzó a ver que unos metros más adelante Jarvis se encontraba con una bifurcación y se decidía (como quien no quiere la cosa), por el lado izquierdo, desapareciendo consigo la luz. Ambos hombres quedaron en una sobrecogedora oscuridad, que le hizo estremecerse un poco. No obstante, pasó poco tiempo antes de que Bruce encendiera una de las antorchas; ésta emitió una luz débil, pero fue recuperando fuerzas mientras pasaba el tiempo.

Tony no se sentía muy a resguardo en aquel sitio, pese a que el único ruido provenía de sus respiraciones. Quizá por eso lo encontraba tan sofocante.

Se estremeció por el frío y luego se sentó, no demasiado cerca de Bruce, cruzando los brazos y mirando un punto en la nada. El tiempo transcurrió lentamente hasta parecer horas, pese a que sólo habían sido unos diez minutos.

—Hace frío —dijo por fin Bruce—, ¿no vas a acercarte a la antorcha?

Tony bufó algo por lo bajo, así que no le entendió. Al ver que no se acercaba, Bruce tomó su gruñido como una negativa acompañada por una maldición. Joder, Stark podía ser tan infantil.

—Oye —agregó el de lentes—, en verdad lamento haberte golpeado. No era mi intención.

—Creo que sí lo era.

—¿Y me culpas? —Rezongó con expresión severa—. Mira, puedes aceptar mis disculpas o enfurruñarte, como quieras —soltó entre dientes. Tony suspiró con desdén y asintió—. Vale, ahora acércate. Hace rato no me dio tiempo de checarte la herida en la cabeza y…

—Estoy bien —interrumpió tajante, encogiendo las piernas hacia el pecho y luego poniendo los brazos sobre las rodillas, en una posición medio despreocupada que no engañó al otro—. Estoy bien —repitió, quizá dándose cuenta de lo grosero que habría sonado, aunque en realidad, Bruce ni siquiera prestaba atención a ese detalle (ahora) insignificante. Esperó pacientemente por las palabras que sabía Tony iba a añadir—. Sé que hice mal en aceptar algo de un hada. Lo admito a mala gana, que me equivoqué, pero…

El corazón de Bruce se estrujó dolorosamente y se encogió de hombros, restándole importancia.

—Ya lo sé. A ti Steven te pone de los nervios —terminó la frase por el otro, intentando ocultar su tono apocado.

Una risa jovial y amarga salió de los labios de Tony. Por el rabillo del ojo, Bruce alcanzó a ver que Jarvis regresaba de su exploración por el lado izquierdo del pasillo y ahora viraba hacia la derecha. De nuevo, le regaló su atención a Tony, que poco a poco iba borrando de su rostro la mueca divertida, que desde el principio no le había llegado a los ojos.

—Lo hace —admitió Tony—. Estoy sumamente enojado por su imprudencia, por habernos dejado atrás y ni siquiera contarnos lo que pretendía. —Se talló la nariz—. Es que, ¡joder! Ustedes están seguros que quería protegernos, pero nos dejó atrás al fin y al cabo. Qué grosería y falta de respeto por nuestra amistad, ¿no te parece?

Bruce subió y bajó las cejas, sin decir nada durante unos minutos.

—A veces se hacen locuras por amor —recitó al fin, procurando que el rostro fuera poco menos que una máscara pétrea—. Ya sabes que Steve ama a Peggy y… —miró de soslayo al otro, esperando una reacción cualquiera, pero no encontró nada especial—. Bueno, ¿qué le podemos hacer?

—Steve quiere a Peggy —señaló Tony, con dureza y seguridad—, pero no la ama. El chiquillo no sabe lo que eso conlleva.

—Está poniendo en riesgo su vida para salvarla —apuntó a la defensiva—. Creo que sabe lo que hace.

—No. Steve pone en riesgo su vida por cualquiera —volvió a lanzar un bufido—. Él podrá ser muy estratégico y todo eso, pero con la gente no sabe manejarse. Confía demasiado pronto en todos.

Bruce se quedó pensativo por el comentario y luego negó con la cabeza, apenas una vez y de forma casi intangible.

—No es así —señaló—. Steve no confía en todos, pero… —hizo una pausa y pasó la lengua por sus labios—, puede ver a través de las personas, incluso cuando ni él mismo se dé cuenta de esto. Me atrevería a decir que Steve tiene un don para cambiar a la gente. Él es… un sujeto muy especial.

Tony cerró los ojos.

—No quiero perderlo —musitó en voz muy, muy baja, pero Bruce le oyó a la perfección y sintió que algo se rompía en su interior; casi se le escapa un sonido estrangulado—. Él es mi mejor amigo.

Bruce dejó escapar el aire y asintió. Sus labios se movieron antes de que él lograra frenar su lengua, eludiendo la repentina y tardía orden de su cerebro para quedarse callado.

—Tú lo amas —sentenció, exhausto. Tony lo miró claramente escandalizado y Bruce trató de regalarle una sonrisa amistosa (fracasando, seguramente)—. Por favor, no me mires con esa cara de niño que fue descubierto con las manos en la masa. Hombre, es bastante obvio… excepto quizá para Steve.

Podría apostar que las mejillas de Tony estaban en extremo ruborizadas, aunque se esforzaba en parecer divertido, como si le hubiera dicho la estupidez más grande del mundo. Pero Banner sabía la verdad, y no estaba dispuesto a tragarse otras falsas ilusiones de que el otro pudiera no sentir algo por Steven. De cualquier modo, ¿quién era Bruce para atraer la atención de alguien como Tony? Él siempre iba a perder, así que esperar otro resultado únicamente le hacía sentirse cada vez más patético.

—Nunca he sabido cómo fue que empezó a gustarme —dijo Tony, tomándole por sorpresa—. A mí nunca me han gustado los hombres. —Lanzó una risa seca—. Es una tontería, ¿verdad que sí? Esto del amor es una mierda.

—Dímelo a mí.

Tony le miró con curiosidad en esta ocasión, sonriendo de lado.

—¿Sí? —Preguntó, aunque no esperó ninguna respuesta—. Hey, nunca te lo he preguntado (siempre he preferido evitarme esos momentos incómodos, y tampoco me gusta que me tomen por chismoso): Pero, ¿tú sientes algo por alguien? ¿Hay una chica especial en Midgard o en algún otro lugar? —Le guiñó el ojo de manera cómplice. Bruce se aseguró, quién sabe cómo, de mantener el rostro impasible.

—Oh, no tengo tiempo de pensar en esas cosas —señaló, encogiéndose de hombros. Tony no pareció en absoluto convencido.

—Vamos, ¡dime! ¿Betty, acaso? La chica te tiene el ojo bien puesto, ¿eh? —Bruce frunció el ceño, ladeando la cabeza—. ¿No? Hum… —lo pensó un rato antes de sonreír—. ¡Ya sé! Jarella, ¿verdad? Ella es muy hermosa e inteligente. ¿Tampoco? —Agregó al ver la sonrisa burlona del otro—. Mira, y yo que te veía platicando muy bien con ella… —no lo pensó mucho antes de añadir—: Oh, ¿y tu amiga Caiera? ¡Che, ésa es una mujer de cuidado, casi como Natasha! No estoy muy acostumbrado a reconocer la belleza en otras especies además de las humanas (y quizá, hay que decirlo de las hadas, aunque ahora las odiaré), pero Caiera es toda una excepción.

—No. Ellas sólo son amigas —admitió Bruce, cerrando los ojos y encogiéndose de hombros, pensando en cuánto tardaría Tony en darse cuenta de que las mujeres ni le iban, y que en realidad, tenía a su persona especial justo a un lado. No le costó mucho tiempo decidir que prefería que Tony siguiera ignorando este insignificante detalle.

—Bueno… ¿Mary Jane? ¿Raven? ¿Irene? ¿Pepper? —Al ver que no había reacción alguna por parte del otro, frunció el ceño—. Pues qué quisquilloso. Entonces, ¿cómo te gustan?

Bruce lo pensó. Sino decía algo convincente puede que terminara metiendo la pata de forma horrible, ¿eh?

—Las mujeres elfos —contestó enseguida y carraspeó, nervioso—. Incluso creo que le tengo cierta filia por las Veela [2].

Tony soltó una carcajada.

—¿En serio? ¿Con alas y todo?

—Cállate —soltó y pareció convencerlo de que realmente le gustaban. Tony asintió.

—Entonces a Sigyn debes encontrarla muy atractiva, porque parece una (ya sabes, cuando son hermosas). Y si te gusta el peligro, también debe gustarte Natasha. Joder, que no se entere Clint o te mata.

Jarvis salvó a Bruce de contestar cualquier cosa: Apareció con su planear tranquilo e informó que había encontrado una salida. Tony se volvió hacia su amigo.

—Bueno, creo que no tengo sueño —dijo, encogiéndose de hombros—. Así que tú descansa mientras yo me quedo a hacer vigilia —propuso, con una sonrisa. Bruce asintió.

—Pero primero ven, déjame ayudarte con el golpe en la cabeza. Temo que sea una contusión cerebral.

—Oh, adoro lo mucho que te preocupas por mí —se burló, pero de cualquier manera se acercó y esperó con paciencia a que Bruce le cubriera la frente con una de las vendas que llevaba siempre cerca, por si acaso.

Mientras la colocaba en su cabeza, Bruce disfrutó de la cercanía entre ellos. A él le gustaba sentir la suave respiración de Stark en su cuello; le gustaba saborear su aliento a hidromiel, aunque nunca hubiera sido muy afecto a tal bebida. Una vez que terminó de ajustar la venda, la aplastó contra su frente, dizque alisándola cuando sólo quería tener una excusa para no alejarse del todo.

—Listo —dijo al finalizar y de pronto, Tony le sujetó de la muñeca. El corazón se le disparó en el pecho de forma dolorosa—. ¿Qué pasa? —Preguntó, con la voz estrangulada, al ver que Tony abría los ojos y le miraba con seriedad.

—No le dirás a Steve nada de lo que acabamos de hablar, ¿cierto?

Bruce sintió de nuevo que el rostro se le descomponía por la punzada y agradeció bastante que pareciera simplemente ofendido por tan ridícula acusación.

—Jamás. —Prometió. Tony sonrió y luego, con la mano libre, le palmeó el hombro.

—Gracias. Eres un buen amigo.

—Supongo… —murmuró y volvió a su lugar, para quedarse dormido varios minutos después. No iba a seguir torturándose más por un amor no correspondido. Tal vez en un rato, después de un merecido descanso, se sentiría mejor.

0*0*0

La Corte de las Hadas siempre le había parecido majestuosa. Hela sentía la vida de todos los animales corriendo a través de los frondosos árboles, que parecían arrancar la luz del sol o la luna para proyectar sus propios colores luminosos. Los estanques y pequeñas fuentes naturales traían a sus oídos una dulce canción mientras Garm se detenía en medio del bosque. Ella desmontó con lentitud y se quitó los zapatos. Los pies se le hundieron en la tierra húmeda e imaginó el fresco recibimiento que debían de darle. Durante casi un minuto se mantuvo con los ojos cerrados, oyendo todo a su alrededor y nada al mismo tiempo. Respiró profundamente, sin sentir cambio alguno en su interior.

Cuando al fin abrió los ojos, notó en la distancia la figura de una mujer esbelta y hermosa. Palmeó la cabeza de Garm y le sonrió amablemente.

—Aguarda aquí, pequeño.

El perro se echó tranquilamente, viendo cómo su dueña se acercaba más y más a la mujer que esperaba sobre una pequeña lagunilla. Hela se detuvo a la orilla de ésta y le dedicó una reverencia sutil al hada, cuyo vestido era tan blanco como la nieve, igual que sus ojos y su cabello, símbolo de sabiduría entre su especie.

—Arya —saludó Hela, con expresión afable. Soslayaba al hada tanto su figura menuda como las esplendorosas alas que sobresalían de su espalda y caían hacia el lago, como si fueran un velo de novia—. Me da mucho gusto verte después de tantos años.

—Veo que éstos no te han tratado mejor —profirió Arya, seria y fría. Hela perdió todo gesto formal y juntó las cejas, levantando la mano podrida y sacudiéndola frente a su rostro, consciente de la mirada repugnada de la otra.

—Encuentro tu presencia tan agradable y satisfactoria como siempre, Arya —dijo, levantando la barbilla—. Tanto así que apelaré a mi escasa misericordia y no te mataré después de tomar el Puño de Elfen.

Arya apenas y disimuló su expresión hastiada.

—¿El Puño de Elfen? —Repitió con sorna—. Te has vuelto senil, querida. ¿Has olvidado lo que sucede cuando uno se mete con el destino? —Arya caminó por encima del agua, flotando igual que un fantasma—. Me permito recordarte que tus padres hicieron lo mismo y por eso estás hoy metida donde estás.

La expresión de Hela se convirtió en una máscara iracunda. Arya pareció consciente de cómo el pasto a los pies de la reina de Helheim comenzó a secarse progresivamente, hasta formar un pequeño páramo a su alrededor. El hada se sintió escandalizada al ver que las flores se marchitaban y veía cómo un par de mariposas y un ave que estaban en el suelo, caían muertos, jurando que podía escucharlos igual que si se hubieran transformado en rocas. De todos modos, intentó mostrarse impávida.

—Y yo te recuerdo que puedo reducir a un páramo desierto tu mundo encantado —amenazó Hela, siseando las palabras con ponzoña—. Ahora, dame el Puño de Elfen.

El hada arqueó una ceja y le sonrió.

—Tu destino se tornará realmente triste si confías en un patético humano. Más aún si tiene que ver con el hijo de Laufey.

—No me engañas con respecto a Loki. Le tienes puesto el ojo desde que le viste. Ambas sabemos qué potencial tiene ser sus aliadas.

—Y estás aquí porque temes que sus sentimientos volátiles le den la vuelta a tu plan, ¿no? Ya que buscas el Puño de Elfen, así lo supongo. Un corazón tan roto como el de Loki busca desesperadamente una mano de la cual asirse (incluso cuando lo niegue), y ambas sabemos que tú no eres esa mano. Cuando él escoja, será por ese humano —ironizó la mujer, acercándose a la orilla—. Hela, nuestra sabiduría es mucho más grande que la de muchas criaturas. Deja de comportarte como una niña encaprichada, que no te va. Nosotras podemos ver el fin del mundo.

—Todos los días parece ser el fin del mundo —señaló con displicencia—. Tú eres longeva y tienes casi trescientos años, Arya. Pero yo he estado aquí desde mucho antes. He visto crecer y desaparecer a todas las criaturas y sé cómo van a morir las que todavía ni siquiera nacen. Estoy harta de ello.

—Eres terriblemente patética —se burló Arya—. Cuántos conocimientos no tendría de poseer tu edad. Cuánto poder no esgrimiría yo en vez de esconderme tras la sombra de Nidhogg.

—¡Maldigo a Nidhogg casi tanto como a mi eternidad! —Gritó Hela, exasperada.

Arya comenzó a reír. Hela esperó.

—No has sabido aprovechar tan hermoso regalo —declaró el hada, divertida y envidiosa al mismo tiempo. Hela se encogió de hombros—. En serio. Llegar al grado de prometer cambiar el destino de una muchacha cualquiera.

—Yo no he dicho tal cosa —admitió, haciendo que Arya frunciera el ceño, con un renovado interés brillando en sus ojos—. Es demasiado tarde. Para cuando Loki y Steve lleguen a mi casa, sabrán la noticia.

—¿La noticia de que romperás tu promesa?

Arya parecía querer molestarla un poco. Daba la impresión de que esperaba que Hela preguntara cómo sabía todo esto, pero a la Reina no podría importarle menos. De hecho, que supiera tanto le facilitaba dar muchas explicaciones.

—Prometí que le ayudaría en la medida de lo posible. Verás, querida, hay algo que los mortales no entienden en absoluto y es que el amor verdadero es una causa noble y muy poderosa. No me considero una mente romántica, pero a veces, una tiene que admitir que el amor lo puede todo —Arya tomó aire y luego lo dejó salir pesadamente—. Sin embargo, ni siquiera él o los grandes poderes de la flor que buscan, podrán devolver a Peggy a la vida. Les ha faltado el tiempo.

—Porque la humana ya está muerta. —La sonrisa de Hela no pudo ser más grande.

—Forma parte de la niebla en mi mundo. Era muy, muy hermosa y valiente —su rostro volvió a enseriarse—. En Helheim incluso el alma más bella se vuelve brumosa. Es triste.

—La vida de los humanos es tan frágil —señaló, con cierta aversión.

—Es lo que me parece tan atractivo —admitió, restándole importancia a la mirada divertida que le dedicaba una vez más la otra—. Ahora, regresando a nuestra conversación anterior… —extendió la mano—. Dame el Puño.

Arya estaba a solo un escaso metro de Hela. A tan poca distancia, la de Helheim se dio cuenta de que era mucho más alta que el hada, sacándole casi dos cabezas.

—¿Qué me darás a cambio?

—Vivirás. Tú y todo este lugar. Eso me parece suficiente recompensa.

—Si has venido nada más con intención de amenazarme, supongo que al menos podré defenderme.

—Preferiría ahorrar un combate.

—Entonces, dame algo a cambio.

—Nadie puede matarme. Perderías de cualquier manera.

—Oh, pero antes podría encantarte para que permanezcas aquí, toda la eternidad. Mi magia es tan poderosa que la tuya. —Hela intentó no retroceder ante la perspectiva. Ya antes había visto el producto de aquella clase de hechicería que convierte el cuerpo en piedra; lo contempló en las figuras de todos aquellos humanos, elfos y enanos, que estaban parados en el linde del bosque, con expresiones aterradas, como si no hubieran visto llegar el ataque final. En todos y cada uno de ellos, quedaba un vestigio de vida. Ahí estaban, condenados a vivir sin moverse, muriéndose de hambre sin morir…—. ¿Entonces? ¿Aceptarás oír mi sugerencia?

Hela suspiró pesadamente.

—¿Qué quieres?

—A Loki —la respuesta fue rápida y contundente. No le gustó nada. Frunció el ceño y escupió las siguientes palabras, conteniendo el enojo que subía por su garganta igual que veneno.

—Él está fuera de discusión.

—¿A caso pretendes guardarlo para ti? —Preguntó, socarronamente. Hela permaneció muy seria y firme, levantando la barbilla con altanería. Arya se mostró genuinamente impresionada. No articuló sonido alguno, pero era muy obvio que se había dado cuenta de su plan—. ¿En serio?

—Me gusta que la gente que me sirvió, sirve y servirá, obtenga lo que desea.

—Loki es tu seguro contra el mundo, ¿huh? —Se mueve con delicadeza—. Lo que sabes acerca de la muerte del príncipe, ¿por qué no emplearlo en tu meta?—lanzó una risa melodiosa—.Loki es un riesgo considerable, ya que su poder, rivaliza con el nuestro. De hecho, puede vencernos —Arya arqueó una finísima ceja hasta una altura impresionante—. Hela, a fin de cuentas, le temes a la muerte.

—No —musitó con expresión seria—. Temo desaparecer en la nada.

Y en cuanto dijo esas palabras y notó la sonrisa de Arya, supo que había algo en aquel sitio que la hizo hablar de más. Al fin comenzó a razonar en todo lo dicho y enfureció, porque jamás tuvo en cuenta decirle a esta mujer nada acerca de sus planes.

El hada percibió el cambio en el ambiente demasiado tarde. Hela extendió la mano podrida hacia su cuello y lo apretó. En conjunto se escuchó el ruido de los animales, emitiendo ruidos extraños y lastimeros. Arya dejó escapar un sonido estrangulado mientras levantaba la mano y aprisionaba la muñeca de su atacante. De inmediato, el cuerpo de ambas iba adquiriendo un tinte grisácea; una con signos de putrefacción, la como si empezara a endurecerse como piedra. Empero, mientras que Hela apenas mostraba expresión alguna, Arya empezaba a agitarse desesperadamente, especialmente cuando sus alas empezaron a arder en una especie de llamas y se extinguieron igual que el papel cediendo por el fuego.

—Trescientos años —dijo Hela, impávida—. Trescientos años y te crees superior a mí. El conocimiento no me ha bastado para llenar el vacío, pero ten por seguro que no he desperdiciado el tiempo. Y sepas también, que tu insignificante poder e incluso el de Loki, jamás se compararán con el mío. —Arya trató de deshacer su agarre inútilmente; tan sólo llegó a retorcerse como gusano antes de ser clavado en el anzuelo—. Quiero entender qué significa la vida. Después de darle a la humanidad todo de mí, merezco aunque sea la libertad del descanso. ¡No dejaré que nadie se entrometa!

Y una vez dicho esto, el pasto y todas las criaturas del bosque comenzaron a morir. Hela, por alguna razón, se sentía extremadamente humillada por verse obligada a revelar el secreto más grande de su existencia —pues vida jamás se atrevería a llamarla—. Estaba tan irascible que no se detuvo a pensar en todas las criaturas que caían como plastas, en los soldados hadas que habían aparecido de la nada y que se volvieron cadáveres. La energía de su cuerpo recorría el bosque entero, aniquilando todo lo que estuviera a su paso.

En su mano todavía yacía Arya, pero convertida en poco más que un cuerpo descarnado del que salía humo y sobresalían los huesos.

—No permitiré que nadie se interponga en mi camino —anunció a la nada, tirando los restos a un hoyo profundo (que antes había sido el lago). Su brazo estaba inmóvil y rígido, así que silbó. En cuestión de segundos, Garm estaba a su lado. Ella puso delante su extremidad y dejó escapar un suspiro; el perro la miraba como si no entendiera del todo—. Quítamelo. Ahora sólo me estorba.

Garm pareció dubitativo, pero abrió la boca y le seccionó el brazo entero con una fuerte mordida. Hela miró enseguida e cadáver de Arya, se acercó y despegó el brazo correspondiente al que le faltaba ahora. Todavía tenía pedazos de carne y sinceramente, parecía asqueroso. De cualquier manera lo juntó con el muñón de su hombro. Echó al aire unas rápidas e ininteligibles palabras que hicieron que el músculo se uniera con el hueso, como las costuras de una muñeca remedada muchas veces.

Hela observó un momento su brazo nuevo, flexionando el codo y moviendo los dedos. Después, volvió su atención a Garm.

—Busca el Puño de Elfen —ordenó suavemente, regalándole una sonrisa al perro—. Será fácil ahora que están muertos y nadie pueden interferir.

0*0*0

Sigyn le dirigió una mirada iracunda al rubio cuando éste se acercó a Sleipnir, disponiéndose a saltar sobre el lomo del equino.

—Yo le montaré —dijo la chica con firmeza, atravesándose entre los dos—. Con su velocidad, él me ayudará a llegar a tiempo a cualquier flanco y defenderlos mejor a ustedes.

Thor juntó las cejas en un ademán casi infantil, pero no era capaz de rebatir la palabra de Sigyn, así que aceptó a regañadientes y tomó a uno de los pegasos. Echó una orden silenciosa a los humanos de Midgard, que ya estaban sobre sus respectivos caballos y lo miraban atentamente, esperando por alguna instrucción. El príncipe se dijo que ambos parecían seguros y mortíferos, como si estuvieran justo en el lugar que les correspondía.

Sin más que decir, marcó la señal y todos entraron al juego: Clint y Natasha de un lado, Thor y Sigyn del otro. Se habían separado por parejas, aunque en realidad cada quien parecía ir por su lado. De cualquier manera, el rubio echaba vistazos tanto al oscuro bosque como a la asgardiana, confirmando que se encontraba bien. Sigyn pareció notarlo, porque se volvió hacia él. Thor sintió un poderoso estremecimiento cuando la chica espoleó al pegaso y se alejó considerablemente. La siguió con una mirada abatida, preguntándose por qué Loki jamás se había dado cuenta de una mujer así.

Su hermano nunca pareció muy interesado en los asuntos del amor y sospechaba que después de descubrir la verdad, le interesaban todavía menos. Por otro lado, creía que Loki no merecía los sentimientos que Sigyn le profesaba con tanta devoción. El jotun era frío, rencoroso, apático, cruel, vengativo, sarcástico y cínico; ella todo lo contrario. Tal motivo hacía el afecto de Sigyn envidiable. A Thor le molestaba sobremanera que si Loki había buscado cobijo en cualquiera de las miradas en Asgard, no hubiera reparado en esa chica menuda y fuerte al mismo tiempo. ¿Cuán diferentes habrían sido las cosas? ¿Loki se habría redimido?

Sigyn le dijo, no hace muchas horas, que el moreno fue privado de la confianza desde muy pequeño. Pero Frigga se la dio toda y él también.

De pronto, a su mente le llegaron tantas veces que puso por delante a sus amigos en vez de Loki. También pensó en que días antes le recriminó ser egoísta por no ayudarlos a sacar los pegasos, incluso cuando sabía perfectamente que las cosas podrían salirse de sus manos y entonces, todos le echarían la culpa al jotun. Thor, dejándose convencer por Sif como siempre, no admitiría su participación en el asunto. Qué sinvergüenza y falto de honor.

El pensamiento le hizo rabiar. Cuando un hada chilló a su lado y se dispuso a tirarlo del pegaso, Thor sacó a Mjölnir, sacudiéndolo sin pensar. El martillo alcanzó al hada, que salió disparada contra los árboles. El príncipe, todavía encolerizado, se estaba disponiendo a ir tras ella para golpearla hasta saciar su repentina sed de sangre cuando empezó a razonar.

« Tan patético como siempre. Pensando con todos los músculos, menos con el cerebro ». La voz de Loki se hizo escuchar, fuerte y clara, haciéndolo entrar en razón. « Un poco tarde, quizá. Has llamado la atención de las hadas ».

El vello de la nuca se le erizó en un sentimiento de alerta. Efectivamente, Thor dejó de escuchar el zumbido de alas en un lado y otro. Detuvo al pegaso en el aire, mirando alrededor para encontrarse con un círculo de hadas que le contemplaban a su vez con ira apenas contenida. Su montura comenzó a relinchar agitada y Thor debió palmearle varias veces el lomo para que se tranquilizara un poco.

—Señoritas —musitó, apretando con más fuerza a Mjölnir—. Les pido disculpas por este desafortunado incidente.

El rostro hermoso de las mujeres se volvió colérico. No iban a perdonarlo tan fácilmente.

La que parecía de mayor rango, levantó el brazo color mármol y le señaló. El viento le agitaba los cabellos escarlata y sus ojos parecían destellar como los de un dragón.

—Es hora de llevar el Juego a otro nivel, hermanas —habló con fuerza. Thor frunció el ceño, algo preocupado—. ¡El príncipe de Asgard es nuestro objetivo ahora!

Se oyó un grito entusiasmado y siete figuras se abalanzaron en su contra. Thor esquivó a las primeras dos con facilidad, maniobrando en el pegaso con una habilidad que ciertamente muchos pensarían imposible; él mismo apenas podía terminar de creerse que hubiera podido eludir los primeros ataques. Cuando ellas empezaron a lanzar su magia, Thor golpeaba las esferas de fuego con su martillo y las enviaba de regreso. Una de ellas chocó de lleno con el rostro de un hada y ésta empezó a gritar, cubriéndose con las manos y chillando como si le hubieran lanzado lava.

El príncipe, impresionado, logró moverse para esquivar por los pelos una de esas esferas. Sin embargo, parte de ella le alcanzó a rozar el brazo. Inmediatamente hubo un ardor terrible, como si le hubieran clavado un metal al rojo vivo. Gruñó y utilizó el poder de Mjölnir para lanzar truenos en dirección a las hadas. Jamás le había gustado herir a las mujeres —incluso tan bestiales como aquellas—, pero su instinto de guerrero le enviaba oleadas de adrenalina y al mismo tiempo, cólera. El dolor era casi insoportable y veía en esto, una oportunidad perfecta para descargarse de la tensión que había albergado durante los últimos días: La muerte de su padre, la de Sif, Loki desaparecido.

¡Estaba tan harto y fastidiado!

Nada más los truenos golpearon a la mayoría de sus contrincantes, cuando aparecieron otras muchas. Thor sintió un nudo en el estómago cuando el pegaso recibió un certero golpe en el ala derecha y empezó a caer en picada, relinchando con angustia e incapaz de remontar el vuelo.

Mientras Thor se aferraba a las crines, notó que tres hadas se volvían hacia otra y la atacaban; no permitían jamás un daño colateral, en especial a otras criaturas.

—¡Vamos, Merrick! —Le gritó a su montura—. ¡Nivélate!

Otra serie de hadas descendía rápidamente hacia él, mientras que el suelo estaba cada vez más cerca. Thor se preparó para el impacto. Sin embargo, ni éste ni las hadas llegaron a él.

Cuando Thor se dio cuenta de que había cerrado los ojos, ya estaba suspendido en el aire. Miró en dirección al pegaso, que se agitaba en el aire, a dos metros del suelo.

—Pero, ¿qué…?

Arriba escuchó los gritos de las hadas y levantó la mirada, sorprendiéndose de ver a la asgardiana saltando del lomo de Sleipnir y levantando una nube de humo bajo sus pies. Poco a poco iba tomando la forma de cientos de caballos galopando; tenían ojos rojos y brillantes.

La nube alcanzó a todas las hadas y las escondió, junto a la luna. Durante un segundo, a Thor le pareció que la noche se quedaba en la más absoluta oscuridad.

—¡Príncipe! —Gritó una voz femenina no muy lejos de él, y entonces Thor se volvió en dirección a Natasha, que descendía en su pegaso y lo miraba con los ojos desorbitados. No mucho tiempo después apareció Clint, pero no le prestaba atención a otra cosa que no fuera la nube del cielo y los ligeros destellos de color que aparecían aquí y allá, como si fueran relámpagos de colores. Al mismo tiempo, caían desde el cielo un montón de figuras delgadas, algunas incluso con las alas incendiadas—. ¿Qué es eso?

—Sigyn —respondió él, más calmo de lo que realmente se sentía. La confronta duró apenas tres minutos, y para cuando éstos terminaron, la nube se disipó. En el cielo estaban ocho hadas más y la menuda asgardiana, que a esa distancia parecía emanar llamas blancas de cada centímetro de su cuerpo.

—¡Iré en su ayuda! —Exclamó Natasha y espoleó a su pegaso para salir volando. Clint no tardó mucho en seguirla. Thor soslayó a Merrick, que agitaba lastimosamente el ala sana. Se desmontó de él, palmeándole el cuello.

—Lo siento mucho, amigo —se disculpó, con total sinceridad. No sabía muy bien cómo pintaba él, en medio del bosque, con un pegaso herido y observando el cielo, impotente; tampoco quería saberlo.

De pronto, algo sucedió en el ambiente. No muy lejos de donde estaba, y justo cuando las hadas en el cielo chillaban, se oyeron fuertes gritos de dolor. Thor se volvió hacia unos arbustos, donde asomaba el brazo de alguien. Con el corazón latiéndole con fuerza, se acercó, blandiendo a Mjölnir por cualquier cosa.

Ahí en los arbustos se encontraba el hada pelirroja que había empezado la revuelta en su contra. Thor la sacó de entre las ramas y la arrastró al sendero: Tenía varios rasguños surcando su delicada piel. La mueca de dolor que hizo le causó un escalofrío. Estaba señalando al cielo. Thor levantó la mirada, aún en contra de su instinto, y vio que las hadas salían volando con rapidez pavorosa.

—¿Qué sucede? —Preguntó el rubio, con un hilo de voz. Una solitaria lágrima resbaló por el rostro hermoso de la mujer.

—Nuestra Reina… está muerta.

Seguido de aquello, el hada soltó un grito tan agudo y potente, que Thor creyó que se trataba de una arpía. La soltó y se cubrió ambas orejas, desesperado por menguar el calvario que suponía oír aquel chillido. La pelirroja lucía destrozada mientras se levantaba y agitaba las alas para salir disparada inmediatamente al cielo, dejando atrás un delicioso aroma a flores.

Thor levantó la vista al cielo, notando que las hadas se marchaban de la isla con prisa. No mucho tiempo después, sus compañeros regresaron a su lado. El rubio soslayó a Sigyn y al hijo de Loki, que parecía menos agitado que antes, pero que sacudía la cabeza con algo parecido a la desconfianza.

—Se han ido —prorrumpió Clint, con expresión severa; tenía una mancha negruzca en el brazo izquierdo. Cuando Natasha intentó tocarle, éste se retiró con un salto—. ¡Eh, sí duele!

La pelirroja arqueó las cejas, pero no comentó nada. Al parecer, únicamente tuvo ojos para Sigyn, que examinaba sus manos con atención.

—Una de ellas dijo que su reina había muerto —informó Thor, guardando a Mjölnir en su cinto. Los tres le miraron con sorpresa.

—¿La Reina de la Corte? —Repitió Clint.

—Debió ser asesinada —intervino Natasha—. Las hadas estarían en su lecho desde hace días, si se tratara de algún tipo de muerte natural.

—La reina era muy poderosa —añadió Sigyn, apretando las manos—. Solamente unas pocas criaturas en el mundo saldrían victoriosas de un encuentro con ella.

Tuvo un mal presentimiento al escuchar esas últimas palabras, y una voz en su interior le gritó que debería ir hasta allá…, que podría tratarse de Loki. Miró a Sleipnir, no decidiéndose si confiar o no en su guía a través del viaje. Ni siquiera se fiaba del todo de las conclusiones de los midgardianos sobre la supuesta ayuda que había obtenido aquel Rogers de su hermano. Thor no era capaz de creer que Loki pusiera su vida en riesgo por un humano cualquiera. Sin embargo, debía admitir que hasta entonces nunca había conocido al verdadero Loki —fuera éste quien fuera—, así que calló la sospecha y levantó los brazos a ambos lados, para llamar la atención de los otros.

—No importa, tenemos que buscar a sus amigos —dijo, apretando la mandíbula—. La muerte de la Reina nos da la oportunidad de hacerlo en paz.

La rubia asintió y levantó las manos a la altura de su boca, uniéndolas para formar un capullo donde murmuró algo. Enseguida, su piel brilló como si se transparentara a una luz verde amarillenta, igual que una gran luciérnaga que la chica liberó pocos segundos después. Clint y Natasha parecían genuinamente fascinados con esta magia, aunque Thor reconocía un hechizo sencillo cuando lo tenía enfrente y no estaba muy interesado en la gran esfera que se elevó por el aire, echando a volar por el bosque como si tuviera vida propia. Había visto a Loki utilizarlo las veces suficientes para saber que ésta servía para buscar objetos perdidos. Cuando eran pequeños, el moreno lo había empleado para ayudarlo innumerables veces y sacarlo de problemas con su padre, como aquella vez con los gigantes que robaron su martillo e incluso cuando Jane fue secuestrada por el hada y su séquito.

La esfera se detuvo entre los árboles, a varios metros de distancia.

—Los guiará hasta sus amigos, sino me equivoco —murmuró Sigyn, volviéndose hacia Merrick y su ala herida—. Yo esperaré aquí.

Thor asintió.

—Me quedaré contigo —dijo resueltamente, tomando por sorpresa a la hechicera.

Los midgardianos no parecían muy seguros de avanzar sin ellos, pero Natasha se aupó sobre su respectivo pegaso y lo espoleó para seguir la luz. Clint la imitó, aunque antes de partir, la rubia le detuvo.

—Te curaré a ti en cuanto regreses —dirigió la mirada a un punto en la nada—. Ahora, apresúrense. Quiero estar lejos, por si aquella serpiente regresa.

Clint asintió y le dedicó una sonrisa de lado a la chica.

—Así será, milady. —Dicho esto, ambos desaparecieron detrás de la esfera.

Entonces, Sigyn se volteó en dirección al pegaso herido y se acercó para emplear hechizos curativos en el ala. Thor la miró desde cierta distancia, caminando hasta quedar a un lado de Sleipnir; ambos permanecieron en esa muda contemplación a la mujer que Thor rompió no mucho tiempo después, carraspeando.

—Ahm… —pronunció, al ver que Sigyn no le daba su atención—. Lo que hiciste al luchar con esas hadas, fue de verdad sorprendente. ¿A cuántas mataste?

Notó la tensión de la chica, aunque le daba la espalda y no podría haber visto su mueca, que debía ser tan agria como su voz al responderle.

—La muerte no debe celebrarse jamás, Alteza—amonestó ella, haciendo que Thor se encogiera un poco en su lugar. Él se consideraba un hombre estoico y el hecho de sentirse intimidado no es algo con lo que estuviera muy familiarizado que digamos, así que para disimular sus nervios, comenzó a mesarse la barba—. Sin embargo, estoy segura de que usted no lo comprende. Casi nos lleva a una guerra en más de una ocasión.

Thor se ruborizó ligeramente.

—Eso no es… —fue interrumpido por Sleipnir, que resopló en su oreja. El rubio le propinó una especie de manotazo para ahuyentarlo—. A mí no me gusta la guerra, para nada.

El brillo que expedían las manos de Sigyn disminuyó hasta apagarse y Merrick agitó sus alas, con entusiasmo al notarlas sanas una vez más. La chica se volteó con una ceja arqueada y una especie de sonrisa cínica; a Thor le costó dejar de experimentar la falta de aliento ante la mirada retadora de ella.

—Por favor —ironizó Sigyn—. Usted y sus amigos viven por y para la batalla. A usted le encantan los torneos y golpear o romper cosas.

Merrick apoyó la cabeza en el hombro de Sigyn, que levantó una mano para acariciarle la nariz.

—Soy un guerrero —rebatió Thor—. Se supone que es lo que debo hacer. ¡No habría llegado a ningún lado si constantemente hubiera huido de las confrontas! Eso es algo que…

—¿Haría Loki? —Adivinó Sigyn, poniendo los brazos en jarra. Thor cerró la boca, pestañeando rápidamente.

—Yo no iba a decir eso —se defendió, aunque no estaba muy seguro.

Durante toda su vida, Asgard le había enseñado que las únicas batallas que valían la pena en un guerrero, eran aquellas que se luchaban con la sangre, el sudor y el metal, todo lo demás eran trucos baratos. Sin embargo, vio a Sigyn enfrentarse a las hadas con la magia y vencerlas cuando Mjölnir no pudo hacerles frente; aún más que eso, Thor estuvo presente cuando Loki aturdió dragones, venció gigantes y muchas cosas que él solamente tenía la oportunidad de imaginar. El rubio había envidiado un poco las cosas que Loki manejaba o que hacía con un simple movimiento, pero le gustaba hacer de cuenta que sus habilidades eran mejores. Después de todo, algunos están hechos para vencer con su fuerza y otros a trabajar en base de trucos para escapar… ¿no?

Sigyn se acercó a Thor; el vestido que traía puesto, lucía tan vaporoso que era como si flotara en el aire.

—¿Sabe por qué a los hechiceros resulta muy difícil convencerlos de entrar en la guerra? —Preguntó ella, en un tono bajito, cuando estaba tan cerca que algunos de sus cabellos le cosquilleaban a Thor el mentón. La mirada de la chica era decidida y hermosa, como jamás hubiera visto en otra mujer—. No se trata de valentía ni mucho menos. Cuando alguien maneja un buen nivel de hechicería, debería saber, que firma una especie de pacto con la naturaleza, si usted gusta llamarlo así. La magia es producto de la convergencia de un sujeto con el entorno: Nos hacemos uno con todo lo que nos rodea. De tal manera que, cuando la utilizamos, es como si pidiéramos prestada un poco de esa vida que hay en todo ser, pero esa energía repercute también de forma peligrosa. Asesinar quebranta el alma en los hombres, pero de cierta forma, matar destruye partes de nosotros los hechiceros…, nos quita memorias y sentimientos. Considérelo una equivalencia: La magia toma lo bueno de nosotros para restituir lo que arrebatamos a través de ella.

Thor esperó, confundido, analizando todas las palabras de Sigyn.

—Entonces, cuando matas a alguien con la magia… ¿pierdes tu humanidad?

—Algo así —admitió, mirando a la nada—. Hay hechiceros que no guardan bondad alguna porque sus almas están prisioneras de sus actos. Creen que la magia sirve únicamente para cumplir deseos y obtener todo cuanto quieren; muchos la utilizan para doblegar a sus enemigos, o simplemente eliminarlos. Creen que ése es el fin de los conocimientos. Pero también se trata de dar vida, congeniar con ella. Se trata de salvar a la gente.

Thor pensó en Loki transformado en jotun, asesinando a su padre.

—Entonces, cuando él mató a mi padre… ¿no sintió nada?

Sigyn se encogió de hombros.

—Créeme o no: Loki quería a tu padre. Después de todo, intentó salvarlo —Thor asintió una vez, sin mediar palabra—. Odín jamás lo reconoció, pero Loki es bueno.

El rubio no pudo evitar resoplar un poco ante el comentario.

—Un día intentó matar a Balder —musitó, quedito—. Le disparó una flecha directo al corazón. De no haber sido por mi padre, yo habría perdido un hermano.

Sigyn le miró, escandalizada. Su expresión descolocó un momento a Thor.

—¿Nunca les dijo por qué hizo eso? —Preguntó, con la voz quebrada. A la chica le costó bastante recomponerse, pero ya entonces, Thor había notado las lágrimas que se asomaban en su rostro—. ¿De verdad lo ignoraban?

El rubio frunció las cejas.

—¿Qué sucedió? Sigyn, ¿qué sabes de entonces? —Preguntó, bajando la voz.

Sigyn se mordió el labio inferior y, con un gesto, deslizó la tela de su vestido hasta dejar al descubierto un tatuaje; éste parecía una especie de sol encerrado en un círculo. No obstante, el dibujo parecía brillar tenuemente en la oscuridad: El sol con un tono anaranjado rojizo y el círculo de un blanco perla.

—Esto que ves, se traduce como el equilibrio de mi alma —respondió Sigyn a su pregunta no formulada—. La luna dibujada aquí —señaló el círculo—, no permite que mi energía se expanda…, que la magia tome control de mí, porque entonces yo podría… —levantó la mirada, avergonzada—… asesinar a lo intenté en ese entonces.

Los ojos de Thor se abrieron como platos. Atrás, Sleipnir golpeó la tierra con la pata, como intentando llamar la atención que ninguno de ellos le devolvió.

—¿Qué quieres decir?—Preguntó Thor, con la voz ahogada. Sigyn derramó una primera lágrima.

—Hace quince años estaba enamorada de Balder —comentó—. Pero él nunca me hacía caso, así que… traté de matarlo en una de sus cacerías. Loki… él contuvo la magia desbordada y me impidió cometer una locura. Fui yo la que trató de asesinar a Balder.

0*0*0

Tony no escuchó los pasos de Natasha hasta que la tenía prácticamente enfrente. Y sepan que él nunca se sobresaltó por la repentina aparición de la pelirroja, pero en esta ocasión no pudo sino dar un brinco en su lugar y levantarse tan rápido que le dio un mareo. Jamás le gustó mucho ver a Romanoff enojada, pero no se intimidaba; en cambio, los llameantes ojos verdes de la chica le decían cuán poco de vida podría quedarle.

Antes de abrir la boca, la chica ya le apuntaba con una de las pistolas que había inventado él, especialmente para ella. Tony sabía que si se le ocurría jalar del gatillo, estaba muerto, y es que la mujer le apuntaba directamente entre las cejas.

—Hey, Natasha, tómalo con calma, ¿quieres? —Preguntó, aparentando una seguridad que no sentía. Al lado, Bruce se despertó un poco alterado y levantó la mirada hacia la chica, que inmediatamente suavizó su expresión.

—Qué bueno verte, Natasha —exclamó Banner, sonriendo con alivio mientras se levantaba torpemente y luego ponía una mano sobre la que cargaba el arma, bajándola sutilmente—. Escucha, preferiría no haber arriesgado mi vida para que termines matándola. Aunque no te culpo por nada —añadió, dedicándole una mirada acusadora a Stark, una que ya no poseía la misma ira que anteriormente le profesó.

Tony no se dio por enterado, mucho menos cuando apareció Clint.

—Hey, tenemos que irnos ya —murmuró—. Antes de que algo malo pase.

Natasha le apuntó con una de las pistolas. El otro no hizo demasiado caso, además de una expresión un tanto retraída que borró demasiado rápido. Tony pensó que ambos lucían bastante molestos uno con el otro. El comentario de Romanoff únicamente concretó la suposición.

—¿Tan poco tiempo quieres estar lejos de tu noviecita ésa? —Preguntó, lanzando dagas por los ojos. Bruce y él se miraron, algo nerviosos.

—Ya te dije que no es mi novia. Siempre intento ser amable con las damas —rebatió Clint, poniendo los ojos en blanco—. Por si no te has dado cuenta, los hombres hacemos eso.

—Por supuesto, cuando quieren sacarle provecho se acuerdan de ser refinado.

—Eso no es verdad, Nat- —comenzó a decir Tony, pero la mujer le regaló toda su atención.

—Eres el menos adecuado para hablar, idiota —dijo entre dientes, pero guardó las armas en su cinturón—. Así que vámonos. Quiero encontrar a Steve y quitarme este lío de encima.

—Sí, creo que todos queremos eso —bufó Clint, yendo a la salida, cargando su arco y avanzando cautelosamente. Bruce y Tony permanecieron ahí unos segundos.

—Creo que prefiero ser comido por aquella monstruosa serpiente, antes que viajar con Natasha enfurecida —musitó, siguiendo a los otros. Bruce se encogió de hombros.

—Puedo ir con ella.

Tony sonrió de lado.

—No pareces en absoluto preocupado.

—¿Por qué debería? —Preguntó, deteniéndose un momento en medio del túnel. Stark continúo avanzando hasta las afueras de aquel lugar; respiró del aire fresco y miró hacia abajo, donde Natasha y Clint ya estaban montados en sus respectivos pegasos. Bruce lo alcanzó no mucho tiempo después.

—Tienes razón —dijo Tony repentinamente, bajando con cuidado, seguido muy de cerca por el otro—. Tú no debes preocuparte por Nat, ya que se llevan muy bien juntos, ¿no? Últimamente… —hizo una pausa y se volvió sobre el hombro, sonriéndole a Bruce de una manera que no pareció agradarle mucho al de lentes, porque se frenó en seco y trató de regalarle un intento de sonrisa, que fracasó rotundamente; aunque Tony no le prestó demasiada atención a ese detalle—. Vamos.

Ambos se acercaron hasta los pegasos. Tony palmeó el cuello del pegaso donde estaba Natasha.

—Iré contigo, linda —anunció mientras se encaramaba al animal. Romanoff le miró un poco anonadada, quizá por la muestra de valor que tenía el moreno al ir con ella cuando claramente no lo quería cerca. Tony le guiñó el ojo entretanto veía a un aturdido Bruce apearse detrás de Clint.

—Más te vale que no me tomes de la cintura, maldito Stark —lo amenazó la pelirroja.

—Entonces, déjame cabalgar a mí.

—¡Primero muerta! —Dijo, espoleando al pegaso. Éste lanzó un relinchido y partió devuelta al bosque, con el otro pegaso alcanzándolo dentro de poco.

Ninguno habló más hasta llegar al claro donde se supone que los esperaban Thor y Sigyn, pero cuando llegaron, únicamente vieron a un encolerizado rubio, levantando el martillo, listo para golpear a la asgardiana, que se hallaba tirada en el suelo, observándole con un rostro entre neutral y retador.

Tony, que estaba acostumbrado a la rapidez con la que se movía su amiga, igual se sorprendió al verla descender tan vertiginosamente del pegaso y sacar del cinto las pistolas, apuntando directamente al príncipe de Asgard. Su rostro enseriado y la forma en que sus ojos se iban entrecerrando, exigían la completa atención de Thor. Por su parte, el rubio no pareció dar cuenta de la audiencia hasta que todos desmontaron a los animales. Sólo entonces, Odinson se volvió de cara a ellos y les mostró su faceta más amenazante hasta ahora, que logró incluso estremecer el alma de Tony, aunque por supuesto que no lo demostró.

—¿Qué sucede? —Preguntó Natasha, elevando la voz para hacerse escuchar.

La determinación de su mirada era algo para temer; los chicos que la flanqueaban eran testigos de esto. A ella jamás le había importado rebelarse contra las autoridades si mejor le convenía a su salud integral o la de las pocas personas que estimaba. Sin embargo, le gustaba todavía menos que la dejaran a un lado y pusieran a alguien en peligro sin que antes le dieran una buena explicación; Natasha era una excelente asesina cuando así se lo proponía, pero no estaba en su naturaleza el derramar sangre en vano.

—Respóndame —demandó, caminando rápidamente hacia la pareja de rubios que estaba frente a ellos—. Ahora mismo.

Clint había sacado su arco y una flecha de la aljaba, apuntando directamente al príncipe. Tony estaba deslizando la mano hacia un aparato que descansaba en sus bolsillos; al apretar el botón del centro, se materializó una larga espada. Bruce repartía miradas en un lado y otro, pero Stark sabía que el hombre ni siquiera precisaba un arma para resultar amenazador; todos temían más a Banner cuando su espada continuaba enfundada.

Thor pareció advertir la amenaza, aunque fuera de mala gana y se obligó a bajar su gran martillo, pero no deshizo del todo su postura defensiva y todavía alcanzó a echarle una última mirada a Sigyn, que debería resultar amedrentadora, pero la chica apenas le hizo caso. No obstante, Tony creyó que los ojos del rubio escondían un fuego azul lleno de cólera e ira contenida por muy poco.

—Nada —escupió Thor al fin, dando por terminado el asunto, sin darles mayores explicaciones.

La rubia no se levantó enseguida, sino que permaneció observándoles, como si hubieran interrumpido algo muy importante. Tony percibió la culpa de la joven en un segundo y pensó que algo debía de haber hecho. Posiblemente, quería recibir algún castigo por ello. Al fin, con un aspecto resignado, la chica se apoyó en sus brazos y se enderezó, abrazándose a sí misma. Sus ojos, incluso en la distancia a la que se mantenían los midgardianos, lucían cristalinos.

Natasha no bajó sus armas hasta que vio a la joven levantada, y aún entonces se acercó hasta ella, apartándola de Thor mientras alzaba la barbilla en una advertencia muda. El asgardiano, pese a que no ignoró el gesto, lo dejó pasar por alto para mantener la mirada fija en la de Sigyn. Parecía, sin embargo, más confundido que enojado.

—Entonces, Alteza, creo que podemos retomar nuestro camino en paz, ¿cierto? —Preguntó Natasha, todavía interponiéndose entre ambos asgardianos. Thor puso los ojos en blanco mientras volvía su atención hasta Bruce y Tony, contrayendo la boca en un gesto iracundo.

—No lo sé. ¿Qué tan estúpidos pueden ser para caer nuevamente en una trampa? —Se dirigía a los dos cuando dijo esto, pero Tony no sabía si sentirse enfadado o exhausto por tantas amonestaciones que había recibido. ¡De acuerdo! Era de suponerse, como en todo, que la gente siempre busca un chivo expiatorio. Incluso sabiendo esto, Tony no podía contener su ironía.

—Oh, debe disculparme, Alteza. ¿Puedo prepararle alguna bañera para deshacerme de su tensión? Si quiere le doy un masaje, para que olvide los problemas. ¡Quiero ser el primero en mancillar su atractivo rostro después de que ha golpeado a la Señorita?

—¿A caso es una ley en Midgard para proteger a los traicioneros y viles? —Respondió Thor, volviendo a levantar el martillo—. ¡Por eso es que ustedes no progresan!

—¡Son los asgardianos los que tienen serpientes en su propio nido, sin darse cuenta!

—¡Loki no tiene nada qué ver con ustedes!

—Lo tiene desde que nuestro amigo está con él.

—Pues yo espero que el estúpido ése encuentre ese final miserable que se buscó al…

Tony ya estaba caminando de forma amenazante hacia el rubio cuando tanto su marcha como los gritos del rubio se vieron interrumpidos. Natasha le propinó una fuerte patada en la barbilla al asgardiano, que logró desestabilizarlo y tumbarlo sobre el suelo.

—Ya basta de discutir como idiotas —gruñó la pelirroja, frunciendo el ceño—. Roger atañe únicamente a Midgard, así como su hermano concierne nada más a Asgard.

Thor se levantó sobre sus codos. Tenía un rastro de sangre manando de la comisura de la boca.

—Entonces, no tienen por qué intervenir con lo que haga a esta mujer —señaló a la rubia, que mantenía la cabeza gacha, pensando en todo menos en la conversación que mantenían a causa de ella.

—La cuidaré de todo hasta que tenga a Steve de regreso, porque es la única que mantiene a este caballo junto a nosotros, ¿me ha escuchado? Después, haga lo que quiera con ella. —Se volteó hacia sus compañeros—. Es claro que ninguno de ustedes puede mantener la cabeza fría cuando más se necesita —nuevamente devolvió su atención a Thor—. No me importa si usted fuera el mismísimo Rey de todo el mundo: Desde ahora yo me haré cargo de esta compañía.

—¿Cómo osas amenazar al poderoso Thor? —Empezó a decir el rubio, tratando de levantarse. Natasha se limitó a ponerle el pie derecho en su pecho, hundiendo los altos tacones y haciéndole gemir quedito.

—Dije que harán lo que ordene, o pueden regresar a Asgard, llorando como niñitas asustadas sino les gusta. Desde ahora no permitiré que esto se compliqué más de lo debido, porque no pienso arriesgar mi vida por la estupidez e imprudencia de unos hombres que jamás piensan lo que hacen.

Natasha retiró el pie de Thor. Ninguno se atrevió a decirle nada.

—Iremos de regreso a la posada a descansar y mañana partiremos antes de mediodía —ordenó, regresando al pegaso que había llevado durante toda aquella odisea y se montó sobre él—. Andando.

Thor se levantó poco a poco y Stark regresó sus pasos hasta donde Natasha lo aguardaba, mientras tanto guardaba la espada que había sacado. Bruce también regresó junto a Clint y ambos se subieron en silencio al pegaso mientras los asgardianos tomaban a uno de los sementales; aunque en esta ocasión, el rubio tomó de las correas al caballo de ocho patas y la otra se aupó sobre Merrick.

Tony suspiró y de pronto notó que Natasha miraba hacia un lado, en dirección a donde se encontraban sus dos amigos. Cuando se volvió hacia Clint y Banner, notó que el segundo de ellos le dirigía una mirada reconfortante a la pelirroja y quizá, también la estaba felicitando por su actuación al tomar las riendas de lo sucedido. Stark frunció el ceño ligeramente. Durante los últimos días, había notado que Romanoff y el de lentes habían comenzado a llevarse bastante bien.

Sonrió un poco. Ya iba siendo hora de que Bruce sentara cabeza.

0*0*0

La Convergencia que había practicado con Loki hace un rato —no sabía precisamente cuánto—, no le permitió estar tranquilo y se despertó no mucho tiempo después. Comenzó a dar vueltas en la cama, suspirando cuando fue bastante obvio que conciliar el sueño era poco menos que inútil. Así que se sentó en la orilla del colchón, un tanto mareado y con la garganta seca, como si hubiera tragado arena. Ocultó el rostro entre las manos, e intentó deshacerse de los fantasmas que rondaban su cabeza.

Thor Odinson no fue lo único que vio en las memorias de Loki. Steve, que luego de la amenaza del jotun había procurado ignorar las escenas que bailaban frente a sus ojos, se preguntaba si acaso el moreno lo hizo adrede, como dejando un camino de migajas hacia una trampa. Por supuesto, Rogers no comentó absolutamente nada. Steve había sentido las emociones tan abrumadoras de Loki, demasiado poderosas en contraste con su semblante siempre calmo y no entendía cómo alguien, quien fuera, pudiera sostener tanta pena y desconfianza en su interior.

Y es que Steven lo había sentido como si le perteneciera todo aquello que en realidad tenía Loki, y que él solamente alcanzó a dar una probada antes de volver a la normalidad. ¿Cómo sería traerlo siempre?

En su cabeza daban vueltas muchas escenas, haciendo que su estómago se encogiera de miedo y una rabia angustiosa que jamás había sentido en su vida…, no con tanta fuerza. Era como si cada rostro a su alrededor estuviera cargado de hostilidad y él no supiera por qué sucedía. Miedo, dolor, soledad; todos esos sentimientos que cargaba sobre sus hombros, parecía que no tardaban en acabarlo. Suplicaba por que terminara la incertidumbre y el dolor.

O…quería sumirlos a todos en la misma desesperación inmensa, hacerlos tan miserables como él se sentía todos los días. Aplastarlos con la fuerza de su ira; quemar la vida y la felicidad desde sus raíces, como si fueran maleza y de esta manera, él protegiera su último fragmento de esperanza e inocencia.

Steve tragó saliva pesadamente, con el cuerpo temblándole por la indignación. Y se preguntó… ¿por qué? ¿Por qué hay gente que está condenada a estar sola en un mundo tan cruel?

Loki no era una persona fría y despiadada porque estuviera en su naturaleza…, las palabras hirientes que decía…, la constante sombra en sus ojos, como si se regodeara por el dolor de otros…, él simplemente estaba asustado de que lo lastimaran. Dibujó al mundo entero como un reflejo de su propio carácter dizque insensible y egoísta, para no ser herido.

« Lo único que sé del amor, es que termina; son palabras bonitas que la gente usa para llegar a tu corazón. Y luego destruirlo ».

La gente parecía temerle a Loki porque era perceptivo y también porque sabían cuánta razón llevaban sus palabras: Tú ataca el corazón y podrías dejar lisiado a un oponente…, Steven juraría que es lo que había sucedido con Loki: Después de luchar e intentar alcanzar la misma gloria de su hermano, luego de buscar la forma de encajar en un mundo extraño…, siempre lo hicieron a un lado…, siempre lo dejaron abandonado.

El pecho del rubio saboreó nuevamente la punzada, tan certera y lacerante como un látigo.

Se frotó el puente de la nariz, tratando de ignorar el dolor de cabeza. Luego, como si pudiera ver a través de las paredes, miró en dirección al camerino del asgardiano. Y pensó, solo por un momento, si las cosas realmente hubieran sido diferentes de haberse conocido antes. Si hubiera tenido ocasión de estar a su lado y convertirse en su amigo.

Elojalá es una palabra muy cruel y ridícula en muchas formas. Es muy diferente a la esperanza, aunque las personas suelen confundir una con otra. Steve no creía en el destino; cualquiera es capaz de fijar su curso y por ello, sus ideales chocaban tanto con los fatalistas de Loki. Pero ahora sabía que es como le enseñaron a pensar, que una y otra vez le hicieron creer que solamente tenía un sendero para caminar y que era su obligación cruzarlo. No le enseñaron a amar y ser amado; en su lugar le dijeron que a donde fuera, llevaría sólo muerte y destrucción.

Asgard corrompió el alma de Loki desde muy pequeño; ellos atacaron su corazón. Y el asgardiano juraba que todos y cada uno de los seres de este mundo, se ahogarían en su venganza.

Steve vio a Hela prometerle poder y gloria, pero sobre todo revancha, para hacerles pagar cada agravio que le hicieron. Y todo a cambio de… de…

Un alma.

¿Cuál? ¿Por qué? Steve no lo sabía, pero su instinto le marcaba que tuviera cuidado. ¿Qué clase de plan traía Hela en sus manos? Estaba seguro de que la Reina de Helheim no aceptó darle una oportunidad para salvar a Peggy solamente por buena voluntad. ¿Sería eso? ¿Loki y Hela confabulaban para obtener su alma?

Las sospechas del rubio eran concisas y desde un principio notó el peligro que se avecinaba en su contra, pero, ¿le importaba? Él estaba dispuesto a dejar su alma por Peggy, la promesa de Hela de sobrevivir al proceso realmente le había tomado por sorpresa: Steven daba por sentado que moriría y de todos modos, siguió este camino. Pero… ¿Para qué necesitaba Hela un alma? ¿Por qué se había aliado con Loki? Eran preguntas sin respuestas.

Steve bajó la mirada a sus pies. No era capaz de sentirse traicionado ni mucho menos. Si bien no comprendía a la Reina, Loki se trataba ahora de harina de otro costal. Había visto y compartido muchas cosas durante las convergencias. Las recordaba también, aunque un poco difusas, igual que un sueño lejano.

Sintió un estremecimiento recorrer su cuerpo y fue entonces que notó un punzante dolor en el pecho que le quitaba el aliento. El cielo estrellado era su única compañía mientras levantaba la cabeza y observaba una figura alta, musculosa e imponente, con cabellos dorados y de apariencia sedosa. Rogers supo que alguna vez se topó con aquel joven de atractivo innegable, y aunque era completamente irracional, una cólera subió desde la boca del estómago hasta su garganta, mientras emitía un grito e intentaba quitarse de encima aquel objeto que estaba a punto de romper sus costillas; era un martillo.

Daba la impresión de que retrocedió en el tiempo cuando vio una estancia con forma de cúpula. Dentro de ella crecía un árbol de cristal blanco; había truenos y un sonido ensordecedor que, de cualquier manera, no le impidió darse cuenta de la segunda presencia a su espalda. Se volvió sobre sus talones para encarar de lleno al príncipe Thor, que lo miraba de forma lastimera.

—Yo no soy tu hermano. Nunca lo fui —resonó en su cabeza. Era una voz quebrada y cargada de ira.

—No es la sangre lo único que importa, Loki.

Una risa histérica apareció entre sus labios, hiriéndole la garganta. Casi podría confundirse con un sollozo.

—Si los destruyo, tendré la bendición de padre. ¡Yo podría hacerlo! Podría… ganar su amor y reponer todas las cosas malas que ha traído mi existencia. Los asgardianos me verían como un héroe y por fin… por fin te habré superado.

—¿No te das cuenta? —Gruñó el rubio, mostrando los dientes—. Esto es una locura.

—¿Locura, dices? ¡Tú no sabes nada de mí! Encerrado en tu mundo de luz y maravillas… ¡te has olvidado de quererme tú también! —El jotun mostró su lanza—. Yo nunca quise el trono. ¡Lo único que quería, era ser tu igual! Durante años,tu afecto y el de Frigga me ha mantenido en pie… sin embargo, ¡mírame! Ella me dio el trono y la oportunidad. Pero tus amigos te han lavado el cerebro y te han puesto en mi contra. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Realmente… soy yo el que está loco? ¿En mi soledad, las voces de mi destino, han terminado por deshacer mi cordura? Thor —hizo una pausa, respirando agitadamente—, solamente hago realidad la mentira en la que he vivido: Que nací para ser Rey. Pero, ¿no te das cuenta? Yo nunca podría lograrlo, sin importar cuánto me esforzara… porque soy un monstruo.

La imagen se disipó rápido, sin que Steve fuera capaz de sostenerla más tiempo. Fue como si sacara la cabeza de un río para observar la esfera de cristal que tenía entre las manos; por el rabillo del ojo notó el cuerpo de un rubio agitándose y volvió a quedar sumergido en medio de escenas sangrientas: Llantos, gritos y una palabra que simbolizaba la Caída de los Dioses.

Una nueva punzada atravesó su cerebro al intentar recordar qué más le había mostrado aquel recuerdo, pero éste ya no regresó nuevamente.

Ahora estaba mirando Asgard, parado sobre el barandal e ignorando los fuertes vientos que amenazaban con tirarlo; no sentía vértigo alguno. Un Loki de no más de diez años estaba enamorado del bosque que rodeaba el Palacio y deseaba correr en ellos, sin mirar atrás, saboreando la libertad de ser quién era. Y entonces, con una gran sonrisa, se dejó caer desde las alturas. Steve lo vio desaparecer, como si hubiera estado detrás de él todo el tiempo, pero luego caía, con el aire golpeándole el rostro y el suelo acercándose vertiginosamente. A su lado ya no estaba Loki, sino una majestuosa águila que, poco antes de chocar, se alzó en el aire tan sublime y hermosa que a Steve le tomó varios segundos recuperar el aliento y también darse cuenta de que aquel ave, era nadie más ni nadie menos que el propio Loki.

La imagen volvió a cambiar y vio al asgardiano parado frente a un hada de aspecto frágil y hermoso; sus alas brillaban como si tuviera miles de diamantes incrustados, formando volutas parecidas a las del humo ascendiendo. Ella sonreía y extendía la mano a Loki, mientras éste se quitaba la capucha y fruncía el ceño. Uno de los miembros más cercanos a la Reina, tomó de un pedestal un objeto extraño.

—Lopt —llamó la mujer entretanto alcanzaba al moreno ese extraño objeto: Un aro de hielo con largas estalactitas que decoraban la parte de arriba…, una corona—. Te pertenece.

Otro salto de tiempo. Vio a la mujer que los ayudó a escapar del Abismo caminando hasta unas puertas altas y desprotegidas, que abrió fácilmente con algo de magia. Atravesó el umbral con actitud solemne y escuchó los resoplidos de caballos; Steve no entendía muy bien lo que quería decir este recuerdo. La chica se acercó hasta el último de ellos, un gran caballo de ojos dorados, imponente y hermoso como ninguno que Steve hubiera visto alguna vez.

—Sleipnir —murmuró la chica, con voz suave, acercándose al semental y acariciando su larga cabeza cuneiforme—: Perdóname. Ojalá hubieras alcanzado un destino mejor que el de ser una herramienta.—El caballo, que tenía unos ojos inteligentes y casi humanos, los cerró y acercó la cabeza hasta la de aquella joven, frotándola contra su mejilla—. Tal vez muera, pero no dudes jamás de la culpa que llevo dentro por haberte condenado a esta vida…, encerrado y solo. De verdad, lo siento. Ojalá hubiera sido mejor padre.

Steve abrió los ojos de vuelta al presente y su realidad. Aturdido por todas las cosas que ahora sabía de Loki, sin querer, se levantó y caminó fuera de la cabina. Parecía una costumbre que se iba logrando en aquel viaje, eso de no dormir y estar siempre en constante alerta o simplemente reflexionando.

Nuevamente el aire fresco lo recibió y no pudo evitar recordar la sensación de vértigo que se abrió en su estómago cuando acompañó al moreno en la caída desde el balcón de aquellos aposentos, que a pesar del lujo que mostraban en cada centímetro, se le antojaban tan crueles como una especie de cárcel a la que estaba condenado a pasar el resto de su vida, como exhibido en alguna vitrina.

Su cuerpo temblaba incontrolablemente mientras avanzaba sin ningún rumbo aparente por la cubierta, con una actitud seria y un poco lúgubre.

Sintió que necesitaba aclarar todas sus dudas con el príncipe asgardiano, pero estaba seguro de que ninguna de ellas sería muy bien recibida. Evocó también el reflejo de su mirada esmeralda, que ocultaba su tristeza mientras hablaba de Vali, el príncipe que nunca había nacido. Steve no sabía cómo empezar a juntar el rompecabezas que tenía delante, pero estaba seguro de que no iba a dejar todo en manos de un destino. Steve había sido sincero cuando le aseguró a Loki que deseaba ayudarlo y trocar su dolor por una sonrisa sincera.

Notó que sus latidos se detenían abruptamente con solo recordar gesto divertido que le hubiera dedicado el asgardiano cuando, en medio de su torpeza, había resbalado y dejado la comida esparcida por la cubierta. Steve juraría frente a su Dios, que nunca había visto algo igual a la sonrisa de Loki: Sus ojos verdes adquirían un brillo espectacular, justo como sus padres le habían descrito la Vía de Mercurio, aquel fenómeno que traía esperanza a las empresas de los hombres. La sonrisa de Loki, cuando era sincera, hizo que se sintiera extremadamente feliz sin ninguna razón aparente. Rogers se dio cuenta de que necesitaba verlo sonreír de esa manera una vez más.

El rubio notó que las mejillas se le calentaban de vergüenza mientras apoyaba los codos en el barandal y se cubría la cara con ambas manos. ¿Qué clase de pensamientos rondaban su mente cuando su vida podría estar en peligro?

No obstante, sin importar que ésa fuera la verdad absoluta e indiscutible, Steve no conseguía pensar de la misma manera. Llámese corazonada —y muy absurda—, pero cuando Loki le miraba fijamente, su corazón se sentía a salvo. A cambio, Steve deseaba protegerlo del dolor que tenía dentro y que ocultaba tras su comportamiento cínico e indiferente, porque no había nada más alejado de la realidad. Ahora lo sabía.

Miró hacia la enorme extensión de agua que los rodeaba, viendo su tranquilidad y tratando de acoplar su respiración, que en algún momento se había vuelto agitada, presa del rastro de ira que todavía le achacaba el corazón y la mente, como la última sombra antes de que el sol volviera a salir.

Con el ceño ligeramente fruncido, metió la mano al bolsillo, donde guardaba todavía una de las semillas que Loki le había dado para entrenar la Convergencia. Pequeña y diminuta en su mano, Steve hizo un capullo entorno de ella y cogió una larga bocanada de aire, juntando los párpados y apretándolos ligeramente. Mientras iba recuperando la concentración, trató de dar con el punto medio entre la rabia y la serenidad, justo como el jotun se lo había indicado horas atrás.

Antes de forzar la pequeña chispa de magia que tenía en su interior, comenzó a deshacerse de los pensamientos de Loki que llenaban su mente. Poco a poco, lo único de lo que era consciente, era de la pequeña muestra de vida que se refugiaba entre sus manos. Steve apretó los dientes ligeramente y dejó que la energía empezara a fluir; a cambio de lo que estaba haciendo, notaba el aire un poco más liviano, como si se hubiera transformado en una pluma y se dispusiera a volar lejos de la embarcación. Se sentía libre, como si hasta entonces nunca hubiera saboreado la vida de la gorma que los demás. Comprendía por qué Loki se sentía tan conectado a la magia, como si ésta formase parte de su propia alma.

Un destello azul empezó a surgir de sus manos, algo intermitente debido al esfuerzo y la poca práctica que tenía en esto. Sin embargo, comenzó a experimentar el mismo cansancio que antes le hubiera dejado tumbado en el suelo, incapaz de moverse. Lanzó un suave gruñido cuando el frío empezó a entumecer la punta de sus dedos y posteriormente se levantaba hasta llegar a sus hombros. Sentía que a cambio de ese punzante hormigueo, la semilla comenzaba a abrirse y dejaba ver los primeros vestigios de vida.

Jaló una bocanada de aire y escuchó el silbido de su propia respiración.

No tenía miedo ni nada parecido, y estaba tratando de permanecer calmo, pero la energía parecía estarse drenando lentamente, sin darle oportunidad de recuperarse del todo. Cuando por fin estaba a punto de sucumbir por el esfuerzo que representaba esta magia, notó la presencia de alguien a sus espaldas. Steve podría haberse regañado mentalmente por no haberlo notado antes, pero el suave aliento que le pegó en la oreja fue suficiente para dejarlo estático.

¿Cuándo había llegado Loki a su lado?

Las manos frías del jotun le sostuvieron una vez más, aunque Steve agradeció que no debiera cargar con él como hace rato. En cambio, Loki apenas ejercía un pequeño empujoncito, lo suficiente para mantenerlo en equilibrio. Pocos segundos después, el moreno se pegó a su espalda lentamente, hasta que Steve podía sentir el pecho del otro y su lenta respiración. Las manos de éste se deslizaron a sus lados, hasta alcanzar sus muñecas.

—No debes darle tu energía —musitó con voz aterciopelada y Steve se estremeció interiormente—. Debes compartirla. Recuerda que esta semilla es una extensión de tu alma.

Steve se concentró nuevamente en lo que escondía entre sus manos, mientras un calorcillo triste se instalaba en su corazón al recordar las imágenes que antes le dieron vueltas en la cabeza. Frunció el ceño, pero ni se apartó de Loki ni tiró la toalla, a pesar de que la tensión en su cuerpo le suplicaba que se alejara un poco del moreno.

Cerró los ojos una vez más y se concentró más y más. El brillo azul, que antes parpadeaba débilmente, cobró intensidad y fuerza. Steve comenzó a sentir la caricia de los pétalos mientras se levantaban, buscando el cielo. Poco a poco, separó sus manos hasta dejar al descubierto una bonita flor de loto tan blanca como la nieve. Mientras se abría, al rubio le recordó un poco a una persona despertando de un profundo letargo. Se sintió inmensamente maravillado mientras la veía descubrirse en todo su esplendor.

Dejó escapar un ruido entusiasmado mientras la magia dejaba de fluir de sus manos y la flor quedaba suspendida en el aire un instante antes de caer suavemente. El rubio la observó con atención y mientras recuperaba la conciencia de que Loki todavía no se separaba de él, no apartó sus brillantes ojos de ella.

Un momento después, Steve miró única y exclusivamente las manos de Loki. Éstas parecían encajar perfectamente al lado de sus muñecas, donde dibujaban pequeños círculos que le causaban a Steve corrientes eléctricas. El rubio no lo detuvo, pues notaba que una sutil chispa de magia entraba por sus venas, dándole fuerza.

«Tendía que haberlo adivinado. Seguramente lo he logrado nada más porque Loki me ha prestado algo de su energía ». Pensó, sin esconder la sonrisa entre resignada y enternecida. Comenzaba a sentirse como un niño al que alaban por un trabajo que no había realizado él, con la diferencia, claro, de que el asgardiano no lo estaba elogiando.

Abrió la boca, quizá para amonestar al hechicero por no dejarle hacer las cosas por sí mismo, pero fue interrumpido por la voz de Loki, que seguía con aquel tono suave.

—La flor de loto significa pureza espiritual —señaló el moreno, rompiendo con su anterior pensamiento antes de que llegara a sus labios—. Representa la elegancia, la belleza y la perfección.

Steve apretó los dientes y se separó violentamente de Loki, dándose media vuelta enseguida y dibujando una sonrisa en sus labios, pero que no llegaba a sus ojos. El movimiento había sido puramente instintivo, como reflejo a un peligro que su mente reconocía pero que en el fondo no se sentía como tal. Echó un rápido vistazo al rostro de Laufeyson, que lucía un poco aturdido, igual que si acabara de despertar de un sueño.

—No te escuché —dijo Steve, asegurándose de no impregnar mayor sentimiento en su voz. Loki entrecerró los ojos un momento y el ceño se le frunció, como si percibiera algo diferente—. Creí que habías dicho que teníamos que descansar.

Las comisuras de los labios del otro se alzaron ligeramente.

—¿Entonces qué haces aquí, Steve?

Él se encogió de hombros y levantó un poco las manos, donde todavía sostenía la flor de loto.

—Necesitaba finalizar lo que había empezado —respondió con sencillez—. No soporto dejar algo a medias.

Loki pareció simpatizar con aquello, porque asintió y la sonrisa se hizo más grande.

—Me gusta cómo piensas —concedió, volteándose hacia el mar. Steve notó que algo había cambiado en el moreno también, pues había adquirido una postura algo defensiva, a pesar de mirar por la borda dándole prácticamente la espalda—. Tu amiga tiene razón —añadió pocos segundos después—: El mundo necesita más hombres como tú.

Steve se ruborizó un poco ante el comentario. Decidió que se quedaría un momento más, así que se colocó a un lado de Loki, pero no lo miró, sino que depositó su atención en sus manos. La pregunta de cómo se vería la Flor de Hela lo asaltó, aunque rápidamente se fue volando lejos.

—Gracias —musitó con firmeza y sonrió un poco, sin ganas.

—Rogers —le llamó y él se giró para encararlo. Se dio cuenta de que Loki le miraba fijamente, con un destello casi malicioso en su iris—. Ya tienes ésa mirada.

Steven pestañeó, confundido.

—¿De qué habla? —Preguntó, aturdido.

El asgardiano miró la flor de loto con cierto desprecio, como si hubiera encontrado en ella algún insecto. Pero la sombra en sus ojos desapareció pronto con la larga sonrisa que le dedicó segundos después, aunque Steve notó enseguida que no era sincera, en absoluto. Frunció el ceño y llevó su mano hasta el bolsillo, donde descansaba su escudo; ni siquiera se esforzó en que sus intenciones no fueran claras.

Entonces, el moreno dejó escapar un ruidito, sospechosamente parecido a una risa divertida. Negó con la cabeza y dio media vuelta.

—¿Loki? —Preguntó, a media voz, todavía sin soltar el escudo, preparándose para sacarlo si era necesario—. ¿De qué hablas?

El otro permanecía estático en la cubierta.

—Ahora te pareces a los Ases —respondió y comenzó a alejarse. Steve debatió unos segundos sobre qué hacer. Finalmente, avanzó a grandes zancadas hacia el hechicero y lo tomó del brazo con la mano que había sostenido el escudo.

—Quieres destruirlos a todos —declaró con la voz firme—. Deseas matarlos. Vengarte.

Loki le miró sobre el hombro. En su expresión se leían las palabras: "Así que ya lo sabes". De cualquier forma, el jotun no lo negó. Tampoco mostró señales de pena ni vergüenza, mucho menos de culpa. Steve se sintió usado pero…, una vez compartidos aquellos recuerdos, no sabía por qué decantar. Él abogaba por la justicia y es claro, que nadie fue justo con Loki. Sin embargo, matar a los que creía sus enemigos, nunca era una buena solución.

El asgardiano se giró completamente hacia él y empezó a caminar en su dirección. Steve, que nunca se había sentido tan intimidado como entonces, retrocedió un par de pasos.

—Es lo que más anhelo en todo el mundo: Hacerles pagar —confesó Loki, arrancándole la flor de loto a Steve. El rubio rápidamente metió la mano en su bolsillo y sacó el escudo, apretando el botoncito que lo desplegaba por completo. La estrella que tenía no amedrentó ni un poco al hechicero, que observaba la flor con una expresión pétrea—. ¿Qué harás, Steven? ¿Intentarás convencerme o tratarás de matarme y evitar el holocausto que deseo llevar a cabo? —Ladeó la cabeza y arrugó la nariz en un gesto despectivo—. No, no harás eso último. ¿Sabes por qué? Porque en el fondo, eres egoísta y no te importa más el bienestar del mundo que salvar a esa chica.

El rubio abrió la boca, sin emitir ruido alguno, pues no sabría cómo replicar a una conclusión tan verdadera. Steve quería salvar a Peggy. Laufeyson lo sabía.

Notó que se estremecía por dentro: Loki tenía su corazón en la mano. Aunque era cruel y vil, decidió atacar con la misma moneda.

—Tu ambición es grande y oscura, Loki. Te estás convirtiendo justo en lo que no deseas —dijo, sin levantar la voz. El asgardiano contrajo la mano donde sostenía la flor, casi aplastándola totalmente.

—Es el único camino que me queda.

—Por supuesto que no —frunció el ceño—. Loki, no tienes por qué ser igual que ellos.

El asgardiano lanzó una carcajada, histérica. Fue entonces que la flor recibió una fuerte ventisca, salida de la propia mano del asgardiano y que escondió detrás de algo parecido a la nieve. Steve abrió los ojos de par en par, sin comprender del todo lo que acababa de suceder hasta que, una vez disipada el manto blanco, la flor quedó encerrada en un pedazo de hielo, parecido al cristal con el que enterraban a los reyes de Midgard. No obstante, Rogers tenía su atención puesta en la forma que los dedos de Loki adquirían una coloración azul, que lentamente parecía extenderse hasta ocupar el rostro del asgardiano. En pocos segundos, no quedaba ningún rastro del hermoso iris esmeralda, sino que los ojos que devolvían su mirada eran completamente rojos, como la sangre.

Loki era un jotun.

—Tú no entiendes nada, Steve. Yo no soy para nada igual a ellos —gruñó el moreno—. Esa máscara, que me he visto forzado a llevar desde el día que nací, jamás será mi verdadera forma. Mi naturaleza, es la de un monstruo. Nada de lo que haga, cambiará ese hecho.

Mientras Steve se recuperaba de la primera impresión, se instaló un largo silencio entre ambos. Por fin, Rogers le miró de arriba abajo, sintiendo una punzada al recordar la definición que el asgardiano se había dado a sí mismo en aquel momento, frente al despampanante rubio de su hermano. Se acordó del dolor que sentía Loki al pronunciar esas palabras, al golpear el suelo una y otra vez hasta descubrir el hueso.

—¿Por qué me estás ayudando? —Preguntó, cambiando el tema radicalmente, o quizá no tanto. Loki le miró sin entender del todo a qué venía la pregunta—. ¿Qué ganas con esto?

El jotun regresó poco a poco a la forma humana.

—Un lugar en el mundo —respondió quedamente, sincerándose aunque no sabía por qué—. Tú no sabes lo que se siente estar solo. No sé quién soy. En mi mente, no tengo nombre ni hogar. Odín me lo quitó todo. O quizá me dio una oportunidad que, después de todo, yo desperdicié —Loki levantó la mano donde tenía la flor y la azotó contra el suelo, de manera que ésta se hizo pedazos—. ¡Mi padre biológico me abandonó para morir en el frío de Jötunheim! ¡Completamente solo! Como si fuera una cosa que no valiera en absoluto.

Steve bajó el escudo, observando los ojos de Loki, que estaban anegados en lágrimas. Vio que por el rabillo del ojo se deslizaba una gota cristalina que le rompió el corazón.

—¡Estoy harto! —Gritó, con la voz quebrada y cuando se dio cuenta que había perdido la serenidad, se enderezó y pasó la lengua por sus labios, forzándose a recuperar la mueca impávida, pero sus ojos todavía seguían reflejando una tristeza inmensa que provocaban a Steve una rabia enorme, que le pertenecía totalmente (se sorprendió al descubrir)—. Nunca he querido lastimar a nadie. Solamente deseaba pertenecer a un lugar. Solamente…, quería sentirme como todos los demás: Tener la oportunidad de amar y ser amado. Porque me quitaron todo, Rogers. Estoy solo en el mundo y…

La voz se le fue apagando hasta extinguirse. Steve apartó un segundo la mirada, como si entendiera el mensaje silencioso del príncipe y supiera que él no deseaba que nadie lo viera de aquella manera, tan frágil y vulnerable, una apariencia tan rota como el montón de hielo que yacía a sus pies. El rubio no pudo hacer otra cosa más que guardar el escudo y plantarse delante del jotun. No dijo nada y Loki, a pesar de que se notaba avergonzado y enojado, tampoco añadió otra cosa durante varios minutos, hasta que por fin, el rubio se decidió a romper aquel pesado silencio.

—¿En Asgard todos saben que eres un jotun? —Preguntó, quizá descaradamente, aunque su tono suave desmentía cualquier otra intención además de la sumisa curiosidad. Loki se encogió de hombros.

—Posiblemente todos, menos Thor. Al menos hasta que… maté a Odín —lo último lo dijo muy bajito y Steve percibió su dolor; a fin de cuentas, había querido al hombre como su padre—. Yo tampoco lo supe siempre. —Rió amargamente—. No habría tratado con tanto ahínco de encajar ahí. Tal vez, me hubiera largado a Jötunheim o habría viajado hasta el rincón más oscuro de su fría tierra, a morir, tal como era mi derecho.

Steve negó rápidamente con la cabeza, evidenciando en éste gesto y la mueca en su rostro, que no toleraba esas palabras. El rubio, tal como había asegurado innumerables veces, no creía ni en el destino ni en la rendición. Todos podían encontrar un sendero propio y merecían ser felices.

—No digas eso —lo amonestó, tomando la cara del moreno y obligándole a mirarlo directamente, casi pegando sus frentes; ninguno de los dos pareció advertir de todo la poca distancia que les separaba, aunque los ojos de Loki se abrieron grandes por la impresión—. Loki, a lo que estás haciendo se le llama rendirse, ¿entiendes? ¡Demuéstrales a todos esos imbéciles que tú no eres su marioneta y que puedes encontrar la felicidad por tu cuenta! ¡Ni siquiera les ofrezcas el gusto de herirlos para que vean cuánto dolor te causaron! Escucha, Loki, tú no eres ningún monstruo.

El asgardiano parpadeó rápido, pillado por sorpresa. Levantó las manos y las colocó sobre las de Steve. Él no se estremeció, como solía suceder con todos al rozar su piel. A través del frío característico de los jotun, Loki percibió la tibieza del rubio.

—Así que conoces las malas palabras —musitó, con una risa entre divertida y cansada. Steve le regaló una sonrisa de lado, como si quisiera darle una buena colleja. Loki cerró los ojos y apretó las manos del rubio entre las suyas—. Y eres realmente malo para engañar a la gente —agregó, dejando escapar un suspiro—: No podrás hacerme cambiar de parecer.

Steve echó una especie de bufido exasperado. Se separó ligeramente de Loki, pero no retiró sus manos. El jotun apenas abrió los ojos.

—Déjame verte nuevamente como eres —pidió el rubio. El príncipe no parecía dispuesto a acceder, pues retrocedió un par de pasos y lo miró severamente, negando con la cabeza—. Hazlo, por favor.

—¿Para qué querrías hacerlo de nuevo?

Steve no contestó. En lugar de eso, se cruzó de brazos y arqueó una ceja hasta una altura que Loki habría creído imposible, no obstante, una sonrisa apareció en su rostro, iluminando sus ojos hasta que el jotun no pudo más que entreabrir la boca, impresionado por aquel gesto casi amistoso. Nunca había recibido muchos de esos, pero descubría vestigios en los recuerdos que tenía de Thor y sus amigos.

Loki bajó la mirada hasta sus manos y las levantó un poco, hasta la cintura, obligándose a adquirir el tono azulado característico de su raza. Se sintió asqueado ante la visión de éste y no pudo contener la mueca que se dibujó de inmediato en sus facciones. El príncipe estaba completamente seguro de que, incluso siendo tan gentil y correcto, Steven también vería a una criatura violenta, irascible e inferior, por mucho que tratara de ocultarlo.

Sin embargo, cuál fuera su sorpresa cuando Steve alcanzó sus manos y las tomó con fuerza. Después, el rubio le sujetó ahí donde se unía el cuello con el hombro; su agarre no era doloroso, pero de alguna forma le obligaba a mirarlo directamente a los ojos. Loki repasó el rostro de Steve, aturdido y asombrado; por otro lado, Steve lo miró de arriba abajo, escrutando fijamente su rostro ahora azul.

El jotun no sabía por qué le estaba enseñando su verdadera forma. ¡No quería que nadie lo viera así jamás! Era su más grande y vergonzoso secreto.

Separó los labios, aunque no tenía planeado decir nada. Por primera vez en toda su vida, no sabía exactamente qué debía soltar. Estaba tan desconcertado y nervioso por la cercanía de Steve como jamás había estado frente a nadie. Notó que su corazón se doblegaba con aquella mirada cerúlea que brillaba intensamente ante la visión de su forma jotun, como si acabara de encontrarse con la criatura más hermosa de la tierra.

Desechó rápidamente el pensamiento. Era claro que algo le había afectado la cabeza o no estaría pensando tantas estupideces juntas. Realmente tenía miedo de lo que pudiera decirle el rubio, no tanto porque fuera a insultarlo o se burlara de su condición, sino porque le aterraba creer en esas palabras tan ilusas y benévolas. Se repitió nuevamente que Steve lo necesitaba para salvar a Peggy.

A todo esto, ¿qué había sucedido con la barrera que instaló Rogers cuando se acercó a él por primera vez? ¿No había dado cuenta de sus intenciones o las de Hela? Juraría que por eso le había preguntado sobre sus planes a futuro.

Intentó romper el contacto visual, pero los ojos de Steve lo atraían como imanes. Mientras se fijaba en ellos y sentía que su corazón se sobrecogía, supo que estaba perdido. Él creería y haría todo lo que Steven le pidiera, porque, efectivamente, ni lo miraba con lástima, miedo, asco u odio. Rogers únicamente lo observaba con atención, olvidándose de su origen, del rechazo que había sufrido y que hicieron crecer la ira contra el mundo, por mentirle y usarle. Steve no miraba al asgardiano que siempre intentó ser, ni al jotun que se odiaba a sí mismo. Únicamente lo veía a él, sin tapujos o disfraces. Lo que parecía todavía más increíble: Le gustaba la forma en que lo observaba.

Tragó saliva.

—Steve —murmuró, no sabiendo si estaba incitándolo a decir algo, para alejarse o todo lo contrario. Ansioso, miró los labios del rubio un segundo y volvió a sus ojos—. De- déjame.

El rubio parpadeó, como si acabara de despertar de un sueño. Al instante, se ruborizó, pero no lo soltó; apenas aflojó un poco el agarre.

—Loki —susurró, como si no se le ocurriera algo mejor qué decir—, yo…

Su voz estaba ronca y la respiración se le había acelerado. Parecía estar sofocado, aunque continuaba tocándolo y sentir calor era imposible.

—¿Qué? —Preguntó dubitativo, a lo que el otro únicamente sonrió, tímido.

—Creo que deberías quedarte en esta forma —respondió—. No sé. Tu piel luce como un zafiro y tus ojos como dos rubís. Oh, Cielos, ¿qué estoy diciendo? —Lo soltó por fin y se dio media vuelta, poniendo la mano en su frente y masajeándola—. Es que… bueno, pienso que… tal vez… co-considero que te ves… —tomó una bocanada de aire, girándose sobre sus talones. Fue cuando Loki vio el color rojo tomate que adquiría la cara de Steve y que parecía bajar por su cuello—. Creo que te ves maravilloso siendo tú. Naciste para ser un jotun y, no creo que deberías ocultarte cuando… de verdad, me gustas mucho más así, como eres.

Loki abrió y cerró la boca, sin llegar a pronunciar palabra. Steve apretó los labios en una fina línea, tal vez rogaba en silencio porque no dijera nada. Que se sintiera tranquilo, porque nunca tendría palabras para describir lo feliz que le hicieron las que acababa de dedicarle. El jotun se limitó a abrazarse a sí mismo y agachó la cabeza para ocultar su sonrisa.

Otros seguramente agradecerían los cumplidos, pero Loki era incapaz de decir nada. Realmente, no estaba acostumbrado a los elogios; era tan extraño para él.

—Eres… —comenzó, pero se le ahogaron las palabras al instante—… ¿Dónde estuviste todo este tiempo, Rogers?

Steve pareció genuinamente sorprendido con su comentario, pero después volvió a su gesto entre serio e idealista que, Loki descubrió ahora, le gustaba. El rubio era el tipo de persona que parecía siempre ilusa, siempre crédula, pero que sobre todo, estaba dispuesto a reconocer las mejores virtudes en otros, aún más cuando ellos no eran capaces de hacerlo.

Loki se dio cuenta de que, en efecto, de haber conocido antes a Steve, quizá hubiera cambiado su vida. Habría sido feliz sin la marca de su padre Laufey, sin sus vanos esfuerzos por agradar a Odín, sin la sombra de Thor y el resto de sus amigos. Con Steve, posiblemente hubiera encontrado la luz. Una voz en su interior le decía que este rubio habría sido suficiente para sostener su pobre y roto corazón, que había pasado años corrompiéndose en la soledad y el odio.

De cualquier manera, el destino jugaba en su contra por segunda vez: Steve tendría que morir y lo dejaría solo. Ninguna promesa de por medio cambiaría eso tampoco.

Como si estuviera leyendo parte de sus pensamientos, el de ojos azules se acercó y le puso nuevamente la mano en el hombro, obligándole a levantar la atención hacia él.

—No tienes por qué estar solo nunca más, ¿sabes? —Lo que estaba sugiriendo rompió el corazón de Loki; él no era capaz de sentirse culpable por nada que hubiera hecho alguna vez, pero en esta ocasión, frente a aquel hombre tan maravilloso que se disponía a sanar sus heridas y permanecer a su lado (pues, en cierta forma es lo que estaba proponiéndole), sintió una gran vergüenza. Incapaz de mirarlo a los ojos por más tiempo, el jotun desvió su atención de vuelta al mar y apretó los labios en una fina línea, sin saber qué podía decir—. Podrías regresar conmigo a Midgard.

—Steven —comenzó, impulsado por un raro sentimiento, pero calló casi enseguida—. No soy… bueno. En serio. Estás cometiendo un grave error.

Rogers dejó escapar una risa, casi divertida.

—No es así.

Ouch. Esa confianza le dolía. A pesar de que Loki había rogado por alguien que se mostrara seguro de que él no era simplemente una criatura repleta de maldad, ya era demasiado tarde. El rubio de verdad estaba metiéndose en la boca del lobo y el jotun, que a pesar de todo siempre sabía lo que convenía a su persona, supo que no deseaba caer con él. Y es que firmó un trato con Hela, así lo marcaba el dibujo que todavía tenía en la palma de su mano.

—Gracias por confiar en mí —dijo, no sin cierto tono amargo en la voz—. Quizá al final de todo esto, tenga una respuesta a tu invitación.

—Descuida. Puedo esperar por ella.

Loki asintió, frunciendo el ceño y apretando las manos, incómodo en su propia piel en todos los sentidos de la palabra. Miró hacia abajo, donde todavía estaba el pedazo de hielo completamente destruido; arreglarlo no era difícil, a decir verdad, podría ser una especie de disculpa, mas no quería hacerlo. Mostrarle a Steve cuánto le afectaba su presencia sería su último error si acaso, Hela averiguara sus repentinas intenciones de protegerlo. Quizá debería llevarlo a otro lugar, lejos de la Reina, donde no corriera peligro, aunque el resultado no sería precisamente bueno para él, ya que o Hela se enteraría y le daría muerte, o Steve lo odiaría por interponerse en su camino.

No, se dijo mientras levantaba la mirada, su mejor opción sería borrarle a Peggy de la memoria. Así, Steve no insistiría en dar su alma por una chica que jamás iba a regresarle el mismo amor. Rogers se merecía algo mejor que ella. Y eso no lo incluía a él, por supuesto.

Borrar la memoria era una de las habilidades que el mundo tenía en muy baja estima, además de que suponía tener que sustituir los recuerdos. Esa clase de magia era muy recomendada para manipular a la gente o incluso, era capaz de transformar completamente la lógica de la víctima; Loki no deseaba cambiar nada del rubio y al borrarle la memoria, podría alterarlo de una forma irremediable. Sin embargo, el jotun quería quedarse con Steve. Él sería su luz y, efectivamente, ya no tendría que pensar en la venganza o cosas parecidas. Simplemente podría ser Loki.

Rogers entonces se dio media vuelta y subió en el barandal para sentarse cómodamente en él.

—Ven aquí un rato —le pidió, golpeando la madera de un lado. El jotun se acercó y lo imitó. Ambos quedaron hombro con hombro, observando el mar; Steve sonreía como un niño pequeño al que has cumplido un gran capricho. Loki le dirigió una mirada escrutadora, sin que éste se diera por aludido.

—Cuando era pequeño —dijo repentinamente, quebrando la tranquila paz y haciendo que Steve se volviera hacia él—, Thor y sus amigos nunca me invitaban a sus campamentos. Ellos solían hacer muchos de esos, para disfrutar del aire libre y observar la cacería de los mayores; puedes decir que se colaban para buscarse sus propias aventuras. A veces, ni siquiera Thor conseguía que me esperaran, y me quedaba solo durante días, aunque confieso que no era muy diferente a estar con ellos. —Hizo una pausa—. Pero igual me hacía sentir… mal.

»Una noche de esas, en mi cumpleaños, Frigga me visitó en mis aposentos porque no había querido salir en todo el día. Ella siempre ha sido una mujer grandiosa. Creo que es la única que se daba cuenta de lo mucho que me faltaba y constantemente, hacía intentos por mimarme.

»Aquella noche estaba muy enojado y no quería ver a nadie, pero Frigga entró de cualquier manera y me abrazó, besó la frente y deseó feliz cumpleaños. Añadiré que ella era la primera que me felicitaba (cuando Thor no estaba cerca, claro). Me llevó hasta el balcón de mi recámara y empezó a utilizar una magia muy poderosa. Un hechizo que yo jamás había leído en ningún texto, ni que tampoco hubiera imaginado. Antes de darme cuenta, algo salía de mi pecho: Una luz grande y resplandeciente, como una luciérnaga del tamaño de mi cabeza.

»Frigga la sostuvo entre sus dedos y la besó, con lo que adquirió todavía más brillo. Le susurró algo y, en un segundo, la luz salió volando hacia el cielo con una vertiginosa velocidad. Dejaba tras de sí un camino blanco y puedo jurar que muchos asgardianos empezaron a soltar exclamaciones asombradas al ver como esta pequeña luz subía y subía, sin detenerse, hasta perderse en la noche oscura. Yo no dejaba de mirarla, más por indicación de Frigga que por intención propia. Fue entonces cuando estalló algo en el cielo; como una supernova. Cuando dejó de brillar, dejó en el cielo una estrella que no estaba ahí antes.

»Y luego me explicó: "Hijo, mi regalo de cumpleaños es tu propia estrella: Lokabrenna" (que significa la Antorcha de Loki en idioma antiguo). Después añadió: "Está hecha a partir del fuego de tu alma, y es la parte más hermosa y brillante de ti. Para que no olvides nunca, que mientras sigas a tu corazón, no vas a perderte a ti mismo".

Cayó nuevamente en el silencio. Podía notar la mirada fascinada de Steve clavada en su rostro, como hipnotizado por sus palabras y preguntándose si habría más, aunque Loki ni siquiera tenía muy en claro por qué había contado esa anécdota. En lugar de agregar algo, comenzó a reír, sintiéndose feliz al recordar ese momento, mientras él observaba el cielo con admiración infantil y un gran entusiasmo al notar que aquella pequeña esfera que salió de su cuerpo, se habría transformado en la estrella más grande del firmamento.

Steve compartió con él una sonrisa.

—Cuando utilizo la magia —dijo, por fin, deteniendo su risa—, siempre pienso en Lokabrenna. Deseo crear algo que pueda maravillar a todos, tal como lo hizo Frigga cuando la llevó hasta el cielo. Pero, más que nada, me hace feliz ese momento. —Agachó la mirada—. Creo que… bueno, Frigga no es mi madre, y sin embargo la quiero como tal. Realmente la quiero, Steve. No soportaría la idea de que ella… —fue incapaz de continuar por el nudo en la garganta que se le formó en un escaso segundo.

El rubio permaneció observándole, borrando poco a poco su sonrisa.

—Así que tu madre —hizo hincapié en ambas palabras—, es la creadora de Sirio. —Loki le miró—. Je, lo siento, es que así le dice mi pueblo —apoyándose un poco en la madera, se hizo para atrás y contempló el cielo nocturno—. En Midgard se considera que la estrella como el origen o el destino de una fuerza misteriosa —rió un poco, divertido—. Hay aldeas que incluso la veneraron como una divinidad: Sothis [3]. E incluso se toma como el foco central de las enseñanzas en muchas partes de Midgard.

Loki arqueó las cejas, impresionado.

—¿De verdad? —Preguntó y luego añadió en un murmullo, que pretendía ser escuchado por el otro—. Creo que nací en el lugar equivocado, definitivamente. Allá podrían haberme rendido culto.

Ambos rieron ante el comentario. Cuando sus voces se apagaron y dejaron que el viento se las llevara, Loki volvió a levantar la mirada al cielo para observar a Lokabrenna.

—Te cuento esto por una razón, Steve —musitó, quedito.

—¿Cuál?

—Necesito volver para decirle a Frigga que la quiero. Pero, si este viaje resultara mal y muriera, me gustaría que fueras tú quién le llevara ese mensaje: Mis momentos con ella, son los que más atesoro de toda mi existencia. Y que le agradezco infinitamente su compañía… su maternal afecto.

Steve frunció el ceño.

—No hables así, Loki —pidió, con gesto adusto—. Se lo dirás tú mismo.

—Me matarán antes de acercarme, incluso si pudiera volver a salvo de nuestra travesía.

En esta ocasión, el rubio no añadió nada más. Únicamente suspiró y miró el cielo.

—Eres extremista en verdad —señaló, torciendo la boca—. Nunca había conocido a alguien como tú, donde o es amor u odio y no existe punto medio.

—Creo que la palabra que buscas, es realista —replicó, volviendo la mirada a sus manos, sintiéndose momentáneamente confundido porque luchaba entre el asco y las palabras de Steve con respecto a su apariencia de jotun, pero al final, dejó que su piel volviera a la coloración de los humanos. El rubio lo soslayó y volvió la mirada al mar, pero al darse cuenta de la transformación, regresó la cabeza hacia él violentamente, como si se dispusiera a objetar—. Lo siento. Nunca he sido un jotun. Aunque sea mi verdadera forma, no me gusta del todo. Supongo que es cosa de acostumbrarse.

Steve calló y asintió, comprendiéndolo.

Luego de unos minutos, ambos empezaron a bostezar. El rubio fue el primero en bajarse del barandal y estirarse un poco. Loki le siguió no mucho después, observando de lleno los músculos en tensión del rubio. Costaba creer que con aquel cuerpo tan fornido, el chico fuera capaz de tomar las cosas con tanta delicadeza; suponía que intervendría su vena artística. No retiró la mirada ni siquiera cuando Steve pareció reparar en lo fijos que estaban sus ojos sobre su persona. Le dedicó una leve sonrisa.

—¿Qué pasa? —Preguntó el rubio, arqueando una ceja.

—Has empezado a gustarme —manifestó, desvergonzadamente. Steve parpadeó y empezó a boquear como un pez fuera del agua.

—¿C-cómo dices? ¿Gustar de… como persona?

Loki no esperaba ni siquiera que en circunstancias normales, un hombre pudiera decirle eso a otro, a pesar de que en Asgard no era muy extraño ver a dos chicos juntos como pareja. Tampoco sabía a dónde quería llegar, por lo que se convenció de que era una broma o, evidentemente, era un gusto por el tipo de persona que era Rogers.

Sonrió.

—¿De qué otra manera podría ser? —Cuestionó y notó rápidamente, que había respondido con una pregunta porque un "sí", seguro y firme, habría sido una indiscutible mentira.

—Oh —musitó Steve, más tranquilo—. Me alegro.

Sin embargo, la sonrisa que le dedicó, no le llegaba a los ojos.

0*0*0

—¡Estúpido! —Gritó Hela, furiosa mientras golpeaba el tronco podrido que estaba a su lado, hundiendo la mitad de su brazo en la corteza que antes habría sido hermosa y brillante, como todo en la Corte.

Garm levantó la cabeza, pues hace un rato que se había echado sobre el páramo, royendo los huesos de algún caballero hada (a juzgar por la ropa que había rasgado antes de alcanzar su objetivo con los dientes). La Reina bufó y se giró, con el Puño de Elfen en la mano: Éste era una brillante piedra con la forma de un diamante, aunque mucho más grande, pues cabía en su mano por muy poco; resplandecía igual que la luz de la luna y era realmente fría al contacto, como el Cofre de los Inviernos. La mujer había estado observándolo un buen rato, tratando de encontrar el corazón de Loki, y lo que había encontrado, no le gustó absolutamente nada: Él estaba pensando traicionarla, para salvar a Steven.

—¿Qué tan miserable has de sentirte para aceptar tan fácilmente a un hombre como Steve? ¡Tú, que nunca…!

El perro gimió y ella lo miró con severidad.

—No, Garm. Ellos están juntos en este viaje por una razón, pero si utilizara el Puño de Elfen para doblegar los sentimientos de Steve, no sería un sacrificio por amor verdadero. Necesito que él ame a Loki por su cuenta.

Garm permaneció observándola fijamente mientras Hela comenzaba a caminar de un lado a otro.

—Loki está haciendo bien una parte: Steven podría empezar a amarlo. Pero si ese maldito jotun decide traicionarme, el camino que tomarán las cosas no es bueno. —Se mordió el labio y de pronto, se detuvo violentamente—. Lo único que necesito ahora, es recordarle qué importancia y beneficio tiene para él cumplir nuestro trato. —Se giró hacia Garm con una sonrisa—. Necesito recordarle que no tiene a dónde escapar.

Apretó la piedra con fuerza, sonriendo maquiavélicamente. El perro se volvió a recostar sobre sus patas, observándola con fiel atención mientras la mujer empleaba la magia y oscurecía un poco más los sentimientos de Loki, hundiéndolo en las sombras.

—Los jotun se encargarán de los demás —añadió en voz alta, una vez finalizado el encantamiento.

0*0*0

Era primera hora de la mañana cuando los pegasos sobrevolaron sobre una nave de los jotun. Thor miró hacia abajo con el ceño fruncido y unas incontenibles ganas de bajar únicamente para despedazar algunas cabezas. No lo hizo porque Sleipnir se aceleró en su carrera, dejando más atrás a los midgardianos. El rubio no podía controlarlo; éste simplemente se disparó hacia delante.

El Canto de Seirên ya no estaba lejos; con la velocidad del caballo, podría llegar en cuestión de minutos. Sin embargo, la mirada enturbiada del príncipe de Asgard estaba fija en un solo punto: El barco de Helheim.

0*0*0

Balder apretó la mano de su madre inconsciente, jurando vengarse de Loki por todo lo que estaba desencadenando. Quería tomar su cabeza y despedazarlo. Deseaba enseñarle a Thor cómo debía comportarse realmente un heredero; Balder sabía que su hermano menor lo traicionaría. El preferido de Odín nunca supo cómo reaccionar frente a Loki.

—No importa cuánto tenga qué sacrificar, querida madre: Yo seré quien te traiga la cabeza de ese jotun bastardo. —Besó los nudillos blancos y fríos de la reina antes de levantarse. Al volverse, se encontró de frente con los Tres Guerreros de Asgard: Volstagg, Hogun y Fandral, que estaban inclinados y se preparaban para recibir órdenes. Las órdenes de su nuevo rey, que los estaba preparando para la guerra.

Odín había tenido el sueño de unificar los nueve reinos; era una meta bastante patética en su punto de vista. Los Acuerdos no habían servido…, es claro que para proteger al mundo y su paz, todos tendrían que estar doblegados bajo una misma corona. Y Balder estaba dispuesto a asumir esa tarea.

Continuará.


[1] La Antorcha de Loki o Lokabrenna, es la estrella más brillante del firmamento terrestre: Sirio. Se le da ese nombre por la asociación que se tiene entre Loki y el fuego —algo curioso a mi parecer, en vista de su naturaleza jotun (: PU)—.

[2] Veela: En Harry Potter, es una raza de semi-humanas, criaturas que se asemejan a las sirenas de la mitología griega. Son jóvenes, hermosas y su danza es mágicamente seductora para la mayoría de los hombres. Cuando las Veela se enojan, se transforman en una especie de harpía y sus rostros adquieren un increíble parecido a la cabeza de un ave con picos largos y filosos y con largas plumas que nacen de sus hombros.

[3] Sotis o Sothis "Brillante del año nuevo", es el nombre griego que los antiguos egipcios daban a esta estrella, tan significativa para ellos y a la que identificaban con la diosa Sopdet (que supuestamente es la reencarnación de la estrella y representaba el año nuevo).


¡Por Odín! Qué continuación más difícil (7-7) y estoy segura de que no ha compensado la espera, pero realmente querían emparejar el tiempo que transcurría entre todos los demás con el de Steve y Loki, por lo que siento que a estos dos les faltaron momentos (u-u). ¿Qué más, qué más? Pues, supongo que reiterar las disculpas, no sé por qué tengo crisis en los capítulos diez y once de cualquier fic... sólo espero superar el de éste (._.), aunque estoy completamente segura de que no quiero dejarlo a la mitad, a este en especial. ¡No lo permitiré!

Ahora, acerca de la historia del muérdago en la que se refieren Sigyn y Thor, espero darle pinceladas de ésta misma para sentar las bases de esta pareja (nada canon) que salió en un intento de no dejar sola a esta hermosa mujer a la que amo tanto (xD) y el tonto hermano mayor de Loki, al que he perdonado casi por completo luego de olvidar que dejó tirado a su hermano en la mitad de Svartálfaheim para "salvar" a Jean y el planeta, que como excusa supongo que no es taaan mala (éwe)

Y ahora, estoy segura de que en algún momento agradeceré a los hermanos de Laufey por darme más tiempecito que sirva para emparejar a todos como se debe (:3); su intervención tendrá relevancia.

En fin, espero que les haya gustado aunque sea un poco esta actualización y se animen a honrarme con un review (que nada más por ellos, la historia continúa, aunque sea muy tarde y lenta) (u-u)

¡Hasta pronto!