Yo ya tengo preparadas las lágrimas desde hace tiempo, Love, que lo más probable es que la serie acabe tan podrida que tengamos eso al final. Aquí tienes la actualización.


Emma Swan

Aquella llamada me descolocó. Hacía un año en el que apenas veía a Regina a excepción del momento en el que dejaba a Henry el Lunes y le recogía el viernes. Al parecer había una nueva crisis. ¿Era malo que esa idea me atrajera tanto? Cuando tenía que ser la Salvadora era cuando único parecía que realmente pudiese hacer algo con mi vida. Ciertamente era bastante patosa, pero lo cierto es que me esforzaba. Y cuando estábamos en peligro era cuando notaba a Regina más cerca de mí.

Me sentía como una tonta, buscando fantasmas. Buscaba señales en ella, y al final siempre demostraba estar equivocada. Regina estaba tan cerca de amarme como de volver al lado oscuro. Y confieso que eso me estaba matando por dentro, poco a poco. Nos reuníamos en la torre del reloj. Le daba a todo aquello un toque misterioso.

Releía el mensaje de Regina una y otra vez mientras iba avanzando por la carretera. En parte quería alejarme de Storybrooke, y sobre todo de Killian. Las cosas no podían ser peores después de lo que había hecho. Había pasado demasiado tiempo jugando con él. Aquel mensaje hablaba sobre viajes en el tiempo, sobre historias alteradas. Me recordaba un poco al viaje que yo misma había hecho. Si alguien había estado haciendo cambios intencionadamente, no sabía hasta dónde llegaría la catástrofe.

Y entonces, al llegar a la torre, me la encontré con aquellas dos mujeres desconocidas. Parecían estar ya preparadas para su gran viaje. Regina de hecho iba ya vestida para la ocasión. Y una vez más... esa vocecita en mi cabeza me tuvo que recordar que sus ojos estaban más arriba de a dónde enfocaban los míos. No es que Regina me lo pusiera fácil.

_ De modo... que esta es la Sheriff._ Las palabras de la mujer morena me devolvieron a la realidad._ Tendría que cambiarse antes de venir, pero no nos sobra el tiempo.

_ Yo me ocupo de eso._ Regina chasqueó los dedos, y cuando quise darme cuenta, llevaba una casaca y unos pantalones de época.

_ Entonces, pongámonos en marcha._ Dijo la pelirroja.

La mujer morena dio un toque a su hombrera, que se desplegó hasta formar todo un guantelete. Era extraño. Formaba todo el brazo de una armadura, pero nada más. Apuntó a la pared, y un rayo de luz salió disparado, generando un portal. Abrí los ojos como platos, recordando lo mucho que a Zelena le había costado generar un portal al pasado. Y aquella mujer, sin embargo, lo había hecho con una facilidad pasmosa.

_ Muy bien, adelante._ Exclamó, dándonos paso._ Procurad no perderos.

La pelirroja fue la primera en cruzar. Regina y yo nos miramos, respiramos hondo y la seguimos. Sentí cierto calor al atravesar el portal, y finalmente pude ver el bosque encantado. Nadie diría que acababa de aparecer un portal allí. En cuanto se cerró, tras la morena, la calma se instauró por completo.

_ Muy bien... hemos llegado unas horas antes de que produzca la alteración que ha dejado tu libro en blanco, Regina._ Dijo la mujer._ Debemos seguir el rastro hasta que se enfríe.

_ No debería ser muy difícil de encontrar._ Dijo la pelirroja._ Esa armadura destacará.

_ Seguramente se habrá cambiado, como nosotras._ Dijo Regina._ No será tan sencillo.

Anzu no compartió nada más, simplemente echó a andar, con la mirada fija en un punto. Empezamos a seguirla, principalmente porque no queríamos separarnos, pero parecía saber a dónde iba, porque no tardamos en llegar a la ciudadela del castillo.

Cora Mills

Estaba a punto de convertirme en princesa. Después de tanto tiempo, finalmente mis mayores problemas desaparecerían. Leopold era bueno, atento, y me quería. Yo... no sabía si lo que sentía era amor, pero desde luego, me sentía cómoda a su lado, porque me respetaba, a diferencia de la mayor parte de los hombres que había conocido. A diferencia de Jonathan, ese bastardo que en aquel momento estaba a mi lado, intentando estropearlo todo.

_ Muy bien... te pagaré..._ Dije, entre dientes._ Espérame aquí, cuando haya caído la noche.

Él quería que le pagase por su silencio con respecto a que el bebé que llevaba en mis entrañas era suyo. Si Leopold lo sabía, lo más probable es que me hiciera irme de palacio. Perdería mis pretensiones al trono, una vida perfecta que empezaba a forjarse. No podía permitirlo de ninguna de las maneras.

Le vi alejarse, con los ojos llenos de furia. Realmente deseaba que le pasara algo terrible, pero no estaba en mi mano. Iba a volver al castillo, y alejarme de aquella pequeña construcción lo antes posible, contando con que tenía que rapiñar algunas cosas para que me dejase en paz, pero entonces, escuché un ruido, un choque, y me giré.

Y mis ojos se encontraron con los de Eva, sujeta por una doncella cuyo rostro no me era familiar. Aunque no era de extrañar, a fin de cuentas Leopold tenía a muchas doncellas y sirvientes en el palacio. Era difícil que los conociera a todos. Lo que sí me sorprendió fue ver con qué facilidad mantenía presa a Eva, que se debatía con todas sus fuerzas para salir.

_ Esta mujer os espiaba, mi señora._ Me dijo la doncella, con tono respetuoso._ Creí que era conveniente retenerla hasta que vos decidierais cómo actuar.

_ Muchas gracias, querida... has hecho lo correcto._ Dije, sonriendo._ ¿Cómo te llamas?

_ Augustine._ Dijo la mujer, sin soltar a la espía.

_ ¡Suéltame! Soy una princesa, no tienes derecho a retenerme.

_ Silencio._ Dije, clavando en ella mi mirada.

En ese momento sentí como una oleada de tinieblas se adueñaba de mi corazón. De algún modo supe que esa mujer iba a arruinarme la vida, que no iba a permitir que me casara con leopold, porque ese era su sueño egoísta.

_ Sígueme, Augustine. Eva, tú y yo vamos a dar un paseo._ Dije, mientras echaba a andar.

Augustine, de alguna forma, supo contener a Eva mientras bajábamos a la mazmorras del castillo. La lanzo a una de las celdas, casi con tanto desprecio como sentía yo. Y entonces, le entregué una daga que había cogido cuando habíamos pasado por la armería.

_ Mátala._ Le ordené._ Asegúrate de que nada pueda relacionarla conmigo. Este tiene que ser mi reino, no el suyo.

En ese momento yo no lo vi, pero mis ojos estaban teñidos de rojo mientras me daba la vuelta y me dirigía de vuelta a mis aposentos. No iba a pagar a Jonathan, el único modo de que mantuviese la boca cerrada es que él compartiese el mismo destino que la princesa entrometida.

Regina Mills

El rastro que Anzu estaba siguiendo nos llevaba a mi fortaleza... aunque, a simple vista, se veía que no lo era. Al menos, no lo era aún. Los guardias no iban vestidos de negro. Era el atuendo que los guardias llevaban cuando aún estaba casada con Leopold, y que por lo que sabía, en el tiempo en el que estábamos, los tiempos de su padre, aún llevaban. Temía encontrarme con alguien con quien no debía. Pero Anzu iba muy segura mientras bajaba por las escaleras a la mazmorra. Seguía un brillo en su brazalete, que parecía indicarle el rastro hacia nuestro objetivo.

Todo me era aún confuso mientras la miraba bajar el brazalete. Se escuchaban gritos. Corrí, adelantándome, para encontrarme una escena dantesca. Una joven Eva intentaba huir desesperadamente de una mujer que, armada con un puñal, se reía con un tono desmesurado. Intuía que podía haberla matado antes, pero que estaba complicando las cosas a propósito.

_ ¡Basta!_ Exclamé, llamando la atención de ambas.

Eva aprovechó ese momento para salir corriendo. Y la mujer trató de seguirla, pero Anzu se puso en medio. La mujer se crispó, y poco tardó en envolverse en humo rojo y adoptar su verdadero aspecto. Y lo cierto es que lo que Anzu había dicho para describirla se quedaba corta con respecto a la apariencia que daba.

La morena alzó la mano, y una espada salió despedida desde el fragmento de armadura, se elevó y describió una parábola, antes de caer en su mano. Ella la blandió con destreza, y miró a la otra mujer, que sin embargo siguió impasible.

_ ¿Acaso te crees que has ganado?_ Le preguntó, con ironía. Anzu tenía los ojos fríos._ Sólo estaba probando. Tengo grandes planes, y si crees que tú y tus amiguitas vais a detenerme, estás muy equivocada.

_ ¿Cree que viajar en el tiempo es un juego?_ La morena colocó la espada sobre su garganta._ Puedes destruir vidas... familias enteras... sin darte cuenta siquiera. ¡No puedes cambiar la historia a tu antojo!

_ Pero tú sí...

Se hizo un silencio en la mazmorra, sólo detenido por el sonido de las cadenas de algunos grilletes que se movían por acción de la corriente. Durante unos segundos, ambas mujeres se miraron la una a la otra sin decir nada.

_ ¿Te crees que no te conozco? Quizá no pueda leerte la mente como a los demás._ Algo me dijo que, bajo aquella máscara de acero, la mujer se reía._ Lo veo en tus ojos, en la forma en la que miras a todas las personas en esta sala, incluso a mí. Te crees por encima de la situación. Estás segura de que ninguna de estas personas es tan lista como tú, y por eso no confías en ellas.

_ Eso no es cierto._ Dijo Anzu. Sin embargo, le tembló un poco la mirada.

_ Pondremos eso a prueba._ La mujer llevó el brazo a su hombrera y le dio un golpe, envolviéndose en luz blanca._ Nos vemos a la próxima.

Anzu volvió a comprimir la espada y a dejarla en su brazo. Realmente las palabras de aquella mujer, que parecía más una criatura del infierno que una mujer propiamente dicha, me dejaron pensando. Anzu había hablando mucho sobre lo que debíamos hacer, pero con la excusa de las prisas, no teníamos idea de quién era ella... o de cómo pensaba.

_ Regina... Mira el libro... ¿Qué pasa en el libro?_ Me apremió Emma.

Cogí el libro y miré las páginas que antes estaban en blanco. Vi como las páginas recuperaban su texto. La historia se corrigió. Mi madre fue expulsada de palacio... tuvo que volver con su padre al establo... y el resto... el resto ya lo conocía. Era triste tener que ayudar a forjar yo misma la destrucción de mi madre.

_ Está todo como debe._ Dije, sincera, guardando el libro en su sitio.

_ Volvamos, entonces. Estaremos mejor en vuestro tiempo hasta que se produzca la siguiente distorsión.

Emma Swan

Sentí a Regina algo tensa durante la vuelta, pero sin embargo no me atreví a decirle nada. Bastante difícil estaban las cosas entre nosotras como para meterme en su vida más de lo que lo había hecho. Probablemente en aquel momento estuviese con su amado esposo, contándole como, una vez más, no había hecho nada por ayudar en aquella misión.

No dejaba de pensar en aquella mujer, la causante de todo. La forma en que miraba me daba escalofríos. Con todo, seguía preocupándome tanto como ella la mujer morena, lo que planeaba. Anzu no me parecía de fiar. Me fui al local de la abuelita y pedí una habitación, porque no me veía con fuerzas de volver al piso que compartía con mi madre y enfrentarme a cómo me juzgaba.

Me tiré sobre la cama, con la bolsa de comida que había pedido. No me veía con ánimos para ser educada. Devoraría aquella hamburguesa y me quedaría dormida allí, intentando evitar pensar en aquella bruja que me tenía hechizada, y de la que no conseguía olvidarme.

Regina Mills

La casa estaba en penumbra. La lámpara de noche estaba encendida sobre el despacho mientras examinaba aquel libro. Estaba anotando una por una todas las situaciones que me parecían importantes de las registradas en el libro, las que podían desenredar toda la historia como la de mi madre. Tenía una lista que se hacía cada vez más larga. No me había dado cuenta de cuantas cosas podían alterar esa historia.

Mis ojos se detuvieron sobre aquella página. La que me reflejaba ante aquella taberna. La que reflejaba como había salido huyendo. Irónicamente, ahora sentía que estaba haciendo lo mismo, pero no con la misma persona. Cerré el libro y guardé lo que tenia apuntado en su interior. Debía volver a la cama con Robin. Le encontré ya dormido, y lo agradecí. Me sentía vacía. Noté como su brazo me rodeaba el pecho y suspiré.