Parece que los reviews están un poco secos últimamente. Love, como dejes de comentar, te mato... No sé Aún si Maléfica saldrá en el fic, ¿Por qué lo preguntas? Sí, la idea es que la historia se desarrolle en diferentes puntos del tiempo, que hay que ir corrigiendo porque nuestra villana está haciendo de las suyas.
Cinder
Trataba de dormir, pero el sonido y los destellos de Anzu trabajando me sacaron de mi sueño. A veces hacía esas cosas. Se pasaba la noche entera trabajando en algún cachivache. Al parecer había estado consiguiendo algunos trastos viejos, y ya estaba jugando con ellos otra vez. ¿Qué iba a hacer con aquella mujer? Me puse en pie y le pasé la mano por delante de los ojos para llamar su atención. Cuando se abstraía era como una niña pequeña construyendo castillos de arena.
_ ¿Qué haces?_ Pregunté, mirándola.
_ Intento hacer un visor._ Me dijo._ Un filtro para que no nos engañen los trucos de esa mujer.
_ ¿Y cómo vas a hacerlo? ¿Acaso sabes ya cómo se camufla?_ Pregunté.
_ Sabes que la magia no es lo mío._ Bufó, provocando un chispazo entre sus aparatos._ No tengo ni idea.
_ Pero lo averiguarás... porque no soportas cuando no sabes algo._ La piqué, ella me dedicó una mirada asesina._ Sabes que estoy en lo cierto, no te pongas así.
_ Vale, lo siento..._ suspiró._ Es que todo este asunto nos ha arruinado nuestro viaje. Quería enseñarte muchas cosas.
_ Ya habrá tiempo para eso, morena._ dije, guiñándole un ojo.
_ Todo el del universo._ Dijo, sonriéndome._ Pero no me gusta que me utilicen, ya me conoces.
Emma Swan
Me notaba tensa. No me quitaba de la cabeza a Regina, de modo que salí fuera a tomar el aire. No me gustaba nada la situación. Cuando la morena se enterase de lo que había hecho... ¿Qué me diría? Me pasaba demasiado tiempo simplemente fantaseando con su cuerpo. Repentinamente noté como alguien me agarraba, y todo a mi alrededor se desdibujaba.
Cuando abrí los ojos me encontré en un páramo. Había edificios derruidos allá donde mirase, sentí un respingo al reconocer la torre del reloj, que se había partido en dos, y había caído en medio de lo que en su día debió ser la carretera. Sin embargo, el asfalto había desaparecido, junto con la mayoría de los edificios. Apenas quedaban unos cuantos, y la mayoría estaban irreconocibles.
Y frente a mí, estaba aquella malvada mujer. Llevé la mano a la funda del arma, por puro instinto, y lancé un disparo. De hecho, no pude evitar seguir apretando el gatillo hasta que el cargador se vació. Noté una ráfaga de viento, y lo siguiente que vi es como adelantaba el puño, giraba lateralmente la mano y abría el puño. Las balas, una tras otra, cayeron al suelo.
_ Ahorrátelo._ Me recomendó._ Si quisiera matarte, ya habrías muerto. No eres más que una sombra de lo que podrías llegar a ser.
_ Me has traído aquí sólo para enseñarme tus trucos. Porque no tengo toda el día._ Mi mano buscaba otro cargador que llevaba en la chaqueta. Quizá si la pillaba desprevenida, las cosas serían distintas.
_ Podrías vaciarme ese cargador que buscas en el cráneo y no me matarías, Emma._ Me dijo, obligándome a mirar sus enfermizos ojos._ ¿Sería mucho pedir un poco de tu atención?
_ ¿Qué se supone que quieres?_ Pregunté.
_ Hacerte reflexionar un poco, Emma. Sobre el futuro... este futuro, en concreto. Es apenas unos años después de tu apacible presente.
_ No si yo puedo impedirlo._ Dije, encontré por fin el cargador y la apunté, aún sabiendo que era inútil. Ella se rió.
_ No te estoy amenazando... salvadora. Sólo quiero recordarte que el tiempo es efímero... y que si quieres algo... deberías cogerlo sin más.
Parpadeé, y me vi sola en mitad de la calle otra vez. Volví a la cama. Aquellas palabras me habían hecho pensar. Sólo había una cosa que realmente quería.
Regina
Cuando desperté al día siguiente, me encontré sola en la cama. Robin se levantaba cuando despuntaba el alba y volvía al anochecer la gran mayoría de los días. Me puse en pie y me dirigí a la cocina, adormilada. Henry ya estaba allí, comiendo un bol de cereales. Era festivo, por lo que no tenía que preocuparme de llevarle a clase. Roland debía seguir durmiendo, era remolón como él solo.
_ Buenos días, cariño._ Dije, sentándome frente a él._ ¿Qué tal has dormido?
_ Mejor que tú, por lo que veo._ Dijo, Alzando una ceja. Aquel niño sabía algo._ ¿Qué estuviste haciendo anoche?
_ Revisando el libro de cuentos._ Dije, me negaba a volver a mentirle._ Aunque algo me dice que eso ya lo sabes.
_ Lo has llenado de marcadores, no había que ser un genio para darse cuenta._ Me dijo, alzando las cejas. Se ponía muy mono cuando hacía eso._ ¿Por qué las últimas páginas están en blanco?
_ ¡¿Cómo?!_ Pregunté, cogiendo el libro.
Efectivamente, a partir de uno de los puntos que había tomado como referencia, todas las páginas estaban en blanco. Aquella mujer actuaba más deprisa de lo que yo me imaginaba. Cerré el libro y me puse en pie.
_ Henry, tengo trabajo que hacer._ Le dije, saliendo de la cocina.
_ Pero cuando vuelvas quiero que me lo cuentes todo._ Me dijo. Sonreí.
_ Está bien.
Ingrid
Alcé la mano y un torrente helado cayó sobre el soldado que se lanzaba contra mí. Aquello me indignaba. Mis propias tropas se atrevían a atacarme. ¿Contra quién se creían que se enfrentaban? Les daría una lección de humildad digna de ser vista.
_ Se te escapa uno.
Me giré hacia Augustine, que parecía encontrar todo aquello divertido. Tomé al guardia por la espalda y lo convertí en un trozo de hielo, que se hizo añicos al caer al suelo. Me miré en el espejo, fijando la vista por un segundo en mis ojos de color morado, y deshaciéndome rápidamente de las dudas que me pasaban por la cabeza.
Mi memoria estaba confusa. No recordaba cuando había aparecido Augustine. Por momentos pensaba que lo había hecho hacía apenas unas horas, y luego me daba la sensación de que había sido una amiga de toda la vida.
_ ¡Corred! ¡Es un monstruo!
Monstruo. Aquella palabra, aquella horrible palabra lo había empezado todo. Sentía como, irónicamente, me hervía la sangre cuando la escuchaba. Me puse en pie, dirigiéndome hacia aquellas voces. Los criados que aquella misma mañana habían hecho mi cama. Tomé a la doncella por el cuello y la elevé por encima de mí con asombrosa facilidad.
Iba a lanzar el golpe de gracia cuando uno de los ventanales se hizo añicos. Alguien acababa de entrar por él. Solté a la doncella mientras fijaba mi vista en aquella persona. Vestía una armadura dorada, más propia de uno de los cientos de libros que había leído aquellos años de soledad.
_ Suéltala_ La voz sonaba amortiguada bajo el casco, pero estaba claro que era de mujer.
La solté, y la dejé salir corriendo, pero no porque quisiera obedecerla, sino porque el desafío parecía mucho mayor por su parte, y lo cierto es que estaba aburrida.
_ ¿Desafías a la reina de las nieves?_ Pregunté, notaba como el poder crecía dentro de mí. Notaba el frío llegar a mis manos.
_ No, lo cierto es que buscaba a Augustine…_ Dijo mi interlocutora._ Me sorprende que la "reina de las nieves" se haya dejado lavar el cerebro con tanta facilidad.
Lancé un chorro de hielo sobre ella, que cubrió por completo la armadura, pero no pareció tener el efecto deseado. Cuando se movió el hielo se fragmentó, la mujer alzó la mano y una espada salió despedida contra el techo, le dio a la lámpara, y provocó que diese un salto hacia atrás. Tuvo que agacharse a recoger un arma.
_ ¿Un poco torpe por tu parte, no crees, Anzu?
Me giré y vi a Augustine, que sostenía una lanza en posición de ataque. ¿Qué estaba haciendo? ¿Acaso creía que necesitaba ayuda?
Regina
_ Yo a este plan le veo lagunas._ Dije, sinceramente, mientras miraba por la esquina de la pared._ ¿De verdad esperas que por un casual encontremos a Gerda sin que Ingrid o Augustine nos vean?
_ Bueno, pero para eso está Emma._ Argumentó Cinder._ Es la distracción perfecta.
_ ¿Y cuánto tiempo crees que tardará Augustine en darse cuenta de que la que va dentro de la armadura no es Anzu? Os estáis jugando la vida de Emma como si no fuera nada._ Aquello me sacaba de quicio. Emma me preocupaba más de lo que quería admitir en voz alta.
_ Más del que crees._ Intervino la morena, girando una esquina._ Ya lo ha dicho, cree que no me fío de vosotras. Yo normalmente no le doy mi armadura a cualquiera.
_ ¿Y Cinder?_ Pregunté, mirando a la pelirroja._ ¿No creerá que es ella cuando empiece a percibir las diferencias?
_ No, eso no creo que pase. Anzu y yo manejamos disciplinas diferen…
_ Cinder es una negada usando una espada._ Terminó la morena, llevándose los dedos a ese "visor" que había construido._ Vamos, por aquí.
_ Bueno… negada, negada, tampoco._ Contraatacó ella._ Tan sólo es que… bueno, se me dan mejor las armas de fuego…
_ ¿No podemos discutir eso más tarde? Emma está combatiendo contra Ingrid ahora._ Dije, tensa._ Le hará cualquier cosa si no nos damos prisa.
Pero al llegar nos dimos cuenta de que teníamos un problema. Gerda estaba tirada en el suelo, inconsciente, con un guardia congelado sobre ella. Estaba claro que de ahí no iba a moverse. Recogí la urna que había en el suelo, a su lado. Y miré a Anzu.
_ ¿Y ahora qué hacemos?
_ No pasa nada, Anzu tiene un plan._ Dije._ ¿Verdad, tú siempre tienes un plan?
_ Dame un minuto, vale._ La morena miraba la urna._ Necesito pensar.
_ ¡No nos sobra el tiempo!_ la apremié
Emma
El frío. Ese horrible frío era arrollador. Sentía mis labios congelados sobre la armadura. Me castañeaban los dientes. Y poco a poco, me iba resultando cada vez más difícil moverme. La armadura estaba completamente helada por fuera, y por más que fuese quitando las capas de hielo, el metal seguía estando a una temperatura propia de un congelador. Me iba a terminar muriendo allí dentro, por hipotermia.
Lancé un mandoble tembloroso a Ingrid, que generó una capa de hielo que la protegió. El arma se me cayó al suelo. Porque mis dedos congelados ya no se movían. Me desplomé y miré a aquellas dos mujeres. Augustine ni siquiera se había movido más que para mover aquella lanza, tan fina que parecía más decorativa que funcional, tal como movería una batuta.
_ Esperaba más de ti, Anzu._ Se burló._ Tanta palabrería… y al final has caído con la misma facilidad que los demás. Yo gano.
_ No_ Rectifiqué, dándole un golpe a la hombrera para retirar mi armadura._ Tú pierdes.
Me caí al suelo, con una sonrisa en los labios, y miré a aquella mujer perversa, que se había equivocado de pleno. Creía que podía leer mentes pero, en cualquier caso, bajo el caso, su poder había fallado. Y nuestro plan estaba saliendo tal y como queríamos.
_ ¿Sor-sorprendida de ve-verme, Augustine?_ Taramudeé._ Lo siento, esta vez no tengo balas para ti.
_ Acabemos con esto de una vez._ Dijo Ingrid, alzando la mano.
_ ¡No!_ Augustine interpuso la lanza entre Ingrid y yo._ A esta la quiero viva.
_ Como quieras._ Ingrid bajó la mano. Estaba claro que el conjuro que Augustine había usado era tremendamente fuerte.
Esta vez fue ella la que alzó la mano y sentí, instantáneamente, como mi cuerpo se caldeaba y dejaba de temblar. Mis manos, hacía un momento pálidas, habían recuperado su tono habitual.
_ ¡Ya basta!_ Me giré y vi a Gerda, Urna en mano._ ¡Ingrid, detente ahora mismo! No me obligues a usar esto.
_ ¡No volveré a detenerme, nunca!_ Dijo la reina de las nieves, alzando la mano._ Si es necesario acabaré contigo, igual que hice con Helga.
Gerda no dijo nada más. Simplemente destapó la Urna. Ingrid se dio la vuelta y trató de salir corriendo, pero el hechizo de aquel objeto fue más fuerte que ella. No fue agradable ver cómo se la tragaba, y finalmente la Urna quedaba en manos de la pelirroja.
_ Esto no cambia nada, solamente tengo que volver a sacarla._ Exclamó Augustine.
Pero no pudo anticiparse a tiempo a que Anzu la asaltara por la espalda. Sus miradas se cruzaron por unos instantes. Los ojos de aquella bestia casi parecieron sentir algo de temor al ver cómo la mujer lograba agarrar aquella lanza.
_ Te vas a marchar de esta época, y no volverás a intervenir en ella. Deja a Ingrid en paz._ Aunque parecía a punto de decir algo más, Anzu no pudo terminar. La lanza se convirtió en un espadón, y le hizo un profundo corte en la mano.
Augustine se desvaneció sin dejar rastro alguno. Vi como Gerda quedaba envuelta en una humareda morada, y finalmente revelaba que se trataba de Regina. Corrió en mi dirección, y finalmente se agachó para quedar a mi altura.
_ ¿Estás bien, Emma?_ Me preguntó.
_ Sí, estoy bien.
Mentía, porque lo cierto es que debía tener una taquicardia intensa. Ella estaba tan cerca que casi podía oír el latir de su corazón. Y no me pude quitar las palabras de Augustine de la cabeza. Acababa de ver la muerte de cerca, y no pude reprimirme. Tomé a Regina de la cintura y la atraje hacia mí para besarla. La noté responder al beso, y sentí como mi corazón botaba de emoción.
