De momento Maléfica no va a salir en el fic, ya veremos más adelante. A mí también me gustaba narrar con Mal. Algo me dice, Love, que este capítulo va a hacer que quieras asesinarme... pero es lo que hay, toca sufrir.
Regina
Los labios de Emma eran indescriptibles. Cualquier cosa que pudiese decir, sería indescriptible. Sentía mi corazón botar dentro de mí, como hacía muchos años que no lo había hecho. Mi corazón ardía, mi respiración se agitaba mantenía los ojos cerrados. Pero, repentinamente, la memoria volvió a su sitio y me aparté rápidamente.
_ ¿Se puede saber qué haces?_ Le pregunté, dando un paso atrás._ ¿Acaso se le ha congelado el cerebro, señorita Swan?
_ Pero… Regina…_ Exclamó, poniéndose en pie.
_ Pero nada, Emma. Soy una mujer casada… ¿En qué estabas pensando?
Probablemente, en lo mismo en lo que estaba pensando yo. ¿Qué diablos me pasaba? Parecía yo la que tenía el cerebro helado por responderle al beso. ¿Qué pensaría Robin si se enteraba? Se suponía que nos habíamos casado por amor. ¿Por qué sentía tantas dudas? No estaba bien. Lo mejor era olvidarlo. Tenía que olvidarme de Emma Swan.
_ No estaba pensando en nada._ La forma en la que me miró, me dolió más de lo que quisiera admitir._ La gente no piensa nada al dar un beso. Eso es lo que lo hace tan especial.
_ ¡Alguien puede echarnos un poco de ayuda aquí!_ La voz de Cinder me devolvió a la realidad repentinamente.
_ Sólo es un corte._ Se quejó Anzu._ Se me curará pronto.
_ Ya me encargo yo._ Espeté. De ese modo aprovecharía para mantenerme apartada de Emma mientras preparábamos el viaje de vuelta.
Emma Swan
Me costaba asumir la magnitud del desastre que había hecho. Estaba claro que yo no significaba nada para Regina. Me había hecho ilusiones, y había estado fantaseando sin remedio, creyéndome que sus miradas significaban algo, creyendo que la forma en que me sonreía, era porque me deseaba a mí. Había sido todo una tontería, y ahora, representaba otra noche sin dormir.
No podía dejarlo así, necesitaba hablar con Regina o me comería por dentro lo que estaba sintiendo. No me bastaba con el argumento de que "era una mujer casada". No era la primera vez que tenía un amante estándolo. ¿Qué le daría aquel hombre de los bosques? Porque… yo lo sabía, lo había sentido cuando Regina me había besado. Yo le gustaba.
Me escurrí hasta llegar a los jardines de su casa, con intención de trepar por la pared hasta llegar a la ventana o algo así. Por alguna razón, llevaba la espada de mi padre. Sentía que la iba a necesitar. Sin embargo, la puerta de la entrada al abrirse, me tomó por sorpresa, y por poco no me da tiempo a esconderme.
Si Robin no hubiese intentado ser tan silencioso, quizá le habría dado tiempo a verme. Si no hubiese corrido con tanta prisa al coche que había aparcado en la entrada, quizá se hubiese percatado de mi escarabajo amarillo. Sus prisas, me llamaron la atención, y decidí que ya hablaría con Regina más tarde. Me metí en el escarabajo y arranqué, siguiendo al ladrón con las luces apagadas.
Paró en el hospital, y un oscuro presentimiento empezó a hacer presa de mí mientras lo seguía por los pasillos. Bajó al sótano y se me encogió el corazón al imaginarme lo que pasaba. Me quedé parada unos segundos, viento como entraba en la habitación, y eso me hizo quedarme fría unos instantes, hasta que la sangre volvió a correr por mis venas.
Y miré por la rendija, sólo para observar una escena repugnante. Ahogué una arcada, mientras observaba a Zelena cabalgar sobre Robin, que aferraba su trasero desnudo como si su vida dependiese de ello. Quizá así fuera, no podía saberlo.
_ Así… ¡Eso es, cerdo! ¡Préñame!_ Gritaba la pelirroja.
Recordaba que Zelena había perdido a su primer hijo, pero ni de lejos se me ocurría que estuviese intentando engendrar otro sólo para torturar a Regina. Y Robin no parecía estar dando demasiados problemas mientras la azotaba. Yo ahogué otra arcada. Tuve que subir varias plantas antes de encontrar un cubo en el que vomitar.
Bajé de nuevo al parking, y me subí al escarabajo amarillo, esta vez con las luces encendidas. Tenía que llegar a Regina, y contarle todo lo que acababa de ver. Aparqué de mala manera delante de la entrada, y esta vez me dirigí a la puerta principal. Toqué sin pensármelo, y tras un rato, Regina me abrió, vestida con ese pijama tan sexy.
_ ¿Quiere algo, señorita Swan?_ Regina se esforzaba por parecer fría.
_ Robin te está engañando._ Le solté, sin tapujos._ Le he visto, en el hospital… con Zelena.
Regina puso los ojos en blanco, y me miró como si acabase de pillarme comiéndome un feto con cuchillo y tenedor. Menuda expresión tenía. Estaba para enmarcarla, creo que no había visto a nadie tan enfadado en toda mi vida.
_ ¡Robin!_ Gritó la reina, haciendo acopio de toda la fuerza de sus pulmones.
Y, para mi terror, el susodicho ladrón salió de la cocina, con un vaso de leche en la mano, y expresión cansada. No, aquello sencillamente no podía ser.
_ ¿Ocurre algo, cielo?_ Preguntó, acercándose a Regina.
_ No, nada… sólo quería saber qué hacías en la cocina._ Regina se acercó y le dio un beso en los labios. Sentí otra arcada al pensar que aquellos labios habían estado sobre la piel de Zelena unos minutos antes._ Emma ha irrumpido para hablarme de algunas cosas de trabajo. Ve a la cama… yo voy en seguida.
Robin subió escaleras arriba, y me quedé sola para afrontar la ira de Regina. Me sentía temblar. Cuando se acercó, el fuego que irradiaban sus ojos me daba pánico… pero lo admito, sentí como mi tesoro más íntimo se humedecía al mismo tiempo.
_ Escúchame bien, Emma._ Me dijo, apuntándome con un dedo acusador._ Me importa un bledo lo que te pase por la cabeza. No voy a dejar a mi marido por ti. Te agradecería que no inventases más mentiras sobre él.
_ Regina… ¡Yo los vi! Lo estaban haciendo en su habitación del hospital._ Le dije, mirándola, seria._ Te lo prometo.
_ Desgraciadamente, Swan… tu palabra nunca ha tenido ningún peso._ Regina dirigió la mano a la puerta para cerrarla._ Buenas noches.
Y me cerró la puerta en las narices. Sentí el impulso de aporrearla con todas mis fuerzas, como una posesa, hasta que volviese a abrirla, pero lo cierto es que sabía que sería completamente inútil. En su lugar, me dejé caer al suelo, dejando que las lágrimas llegaran a mis ojos.
_ ¿Duele, verdad?
Y cuando me giré, allí estaba otra vez. Augustine. Aquella mujer, aquella criatura. Y entonces, por inercia, llevé la mano a la empuñadura de la espada que llevaba y la desenfundé. Lancé un grito y lancé un corte vertical. Pero en menos de un pestañeo, Augustine ya había hecho aparecer su arma y me había bloqueado. Lancé un par de ataques más, pero con la facilidad de una experta, y sin siquiera hacer uso de la mano izquierda o de moverse, ella los bloqueó y me hizo caer al suelo.
_ Tú has hecho esto, ¿Verdad?_ Exclamé, poniéndome en pie, y preparando el arma.
_ ¿Yo?_ Rió, con burla._ No, querida, no es mi interés arruinar tu vida amorosa. No especialmente. Además, no me ha hecho falta intervenir siquiera. Esta época la evito sin que tu amiga la morena me obligue a hacerlo.
Con un grito salido de lo más hondo de mi ser, lancé un ataque horizontal, y las armas volvieron a cruzarse. Augustine mantuvo el bloqueo, y las armas se giraron ligeramente, dejándonos cara a cara. Yo usaba todas mis fuerzas, sosteniendo en arma con ambas manos, para que el bloqueo no se rompiera. Augustine, en cambio, seguía sin sudar sobre aquella escamosa piel.
_ ¿Sientes esa desesperación? ¿Esa sensación atroz de saber que no puedes hacer absolutamente nada para demostrar que lo que dices es cierto?_ Preguntó._ ¿No es maravillosa?
El bloqueo se rompió, y trastabillé, cayendo al suelo una vez más. Esta vez, Augustine me puso el filo de su arma sobre el cuello, apenas unos milímetros por encima de la piel. Sabía, por lo que ella misma había dicho, que me quería viva, y eso en parte, hacía que mi muerte pareciese menos inminente.
_ Te he vencido. Aunque no es difícil. No supones ningún desafío. Ni para mí, ni para Zelena, a la hora de engañarte.
_ ¿Insinúas acaso que lo que he visto es falso?
_ No, en absoluto. Robin sale tres veces por semana de casa a cepillarse a Zelena. Si Regina no estuviese tan atrapada en su falsa felicidad, seguramente se habría dado cuenta. ¿No es una pena que no puedas hacérselo ver?
Me giré, separándome de su arma, y me volví a incorporar, lanzando un ataque furioso. Augustine tuvo que usar la segunda mano esta vez. La espada de mi padre estaba resplandeciendo un poco, cubierta por mi magia. Pero Augustine, lejos de asustarse, parecía divertida por todo aquello.
_ Eso es…_ Me dijo._ Alimenta esa frustración… ¡Deja que te fortalezca! Y libera así tu verdadero potencial.
Notaba mi corazón acelerado, y mi respiración agitada. Me dolían los ojos. Pero ante todo, sentía como la furia hacía presa de mí. Alcé el arma y lancé un último golpe, que también fue bloqueado. Pero esta vez, apliqué más fuerza, y el bloqueo de Augustine se rompió. Sin embargo, en ese mismo momento, me quedé sin fuerzas y me caí al suelo, presa de la inconciencia. Noté como Augustine se agachaba y me acariciaba el pelo.
_ Sigue así, Swan. Quizá consigas tener más suerte que yo._ La noté separarse, incorporarse._ Ahora, si me disculpas, tengo un ejército que dirigir.
Regina
Las pesadillas eran terribles. Lo que Emma me había dicho se me había metido hasta lo más hondo de la mente. Y no dejaba de soñar con ello, con mi hermana... con Robin, haciendo cosas innombrables. Desperté en mitad de la noche, y me colé por la ventana. Salí al tejado y me senté, a tomar la brisa. Necesitaba despejarme, pensar un poco.
_ Es curioso lo fácil que es conseguir que salgáis al descubierto... un simple mal sueño, una sospecha, y consigo lo que busco.
Casi me caigo del tejado al ver a Augustine aparecer de la nada. ¿Qué diablos pretendía presentándose así? Me mantuve en silencio, observando sus ojos. Intuía que, bajo aquellos místicos ojos, había algo que se me escapaba. ¿Quizá el motivo por el cual estaba intentando alterar la historia?
_ El miedo... la incertidumbre... el dolor. ¿Son emociones magníficas, no crees?_ Me espetó.
_ Lamento disentir._ Dije, manteniéndole la mirada. No le tenía ningún miedo.
_ Sin embargo... estás asustada... y tienes dudas. Te duele pensar en que lo que Emma ha dicho sea cierto._ Me señaló con el dedo._ Pero no debería. Porque en el fondo... lo que buscas es una excusa para dejar a ese hombre.
_ ¡Cállate!_ Le grité._ Tú no me conoces. No tienes idea de quién soy o de lo que siento.
_ En realidad... en eso te equivocas. Te conozco bien, Regina. Mejor que nadie, de hecho. Sé lo que crees, lo que piensas, y sé que eres infeliz._ Hizo una pausa.
Iba a replicarle, pero se desvaneció antes de poder hacerlo. Instintivamente bajé al comedor y miré el libro. Le había dicho a Henry que se explicaría, pero a decir verdad, no había demasiado tiempo para explicaciones. Iba a tener que sacar a Anzu y Cinder de la cama... y a Emma.
Blancanieves
No lo entendía. Hacía apenas unas horas, mi ejército estaba listo. Íbamos a recuperar el castillo del rey George, y lo íbamos a convertir en el primer escalón de nuestro reino. Y sin embargo, en el último segundo, antes de entrar en batalla, mi ejército había sido presa del pánico. Habían salido huyendo, y lloraban entre la maleza. Eso debía ser obra de un hechizo, pero George no poseía magia, y si Regina no había sido capaz de lanzar algo así, decididamente no era un hechizo simple.
Y ahora, las puertas del palacio se habrían, y los soldados de George, armados y preparados para la batalla, salían como una marea enfurecida. Y me había quedado sola. Ahora era yo la que era presa del miedo. Me encogí sobre mí misma, esperando lo inevitable. Escuchaba los gritos, el pánico, y, repentinamente, una explosión.
Abrí los ojos, por el silencio resultante, y me encontré con cuatro mujeres que desconocía por completo. Llevaban atuendos extraños, como provenientes de otro reino. Había una mujer de piel oscura, que pareció ponerse al mando en seguida.
_ Yo me quedo aquí. Vosotras encontrad a Augustine._ Exclamó._ Tenéis que romper el maleficio que ha lanzado.
_ ¿Anzu, seguro que vas a poder sola?_ La pelirroja la tomó de la mano. Percibí cierta ternura en sus ojos. La morena, en cambio, parecía mostrarse más fría.
_ Te lo aseguro, márchate.
Anzu, como al parecer se llamaba, dio un golpe sobre la hombrera que llevaba, y todo su cuerpo resplandeció durante unos segundos. Cuando la luz se desvaneció, la mujer apareció dentro de una hermosa armadura, que me dejó sin palabras. Alzó la mano y una espada salió despedida hacia el cielo, trazó una curva y finalmente cayó delante de ella, que la sostuvo antes incluso de que tocase el suelo. Los soldados parecieron recuperar la compostura, porque se escuchó un grito, y acto seguido, todos atacaron a la vez.
La mujer permaneció de pie, esperándolos. No sabía si era muy valiente, o rematadamente estúpida.
Regina
_ Mantengo que sería más fácil presentarme con mi verdadera cara en lugar de usar este conjuro._ Insistí._ Como Reina podría convencerle de que esperara.
_ No podemos arriesgarnos._ Dijo Cinder._ Si él luego hablase con tu yo pasado... ¿Qué pasaría? No podemos arriesgarnos.
_ Hay que hacer lo que es correcto, no lo que es fácil._ Dijo Emma, sin mirarme._ Vámonos, Agustine no debe andar lejos de la sala del trono.
