Este capítulo ha nacido para el drama. Nos acercamos al final de la historia y, la verdad, es que se me hace corta... creo que nunca había tenido uno tan corto. Bueno, aún queda un poco, no voy a ser tan crédulo como para decir que al igual no se estira un par de capítulos más. En fin, espero que este cap os guste. Si había algún review y no lo he contestado... es que FF no me deja verlos ahora, no sé por qué.


Anzu

Seguía sentada junto a la torre de aquel reloj, pensativa. Una última aventura y todo terminaría. Podría irme. En aquel momento estaba amaneciendo. El cielo tenía un color rojo, casi rosa. Era hermoso. Y la verdad, era triste que pocas personas llegasen a verlo. Era una maravilla que se sucedía todos los días y que para la mayoría pasaba desapercibida. Daba un poco la impresión de que el cielo estaba ardiendo. Estaba tan concentrada que no me percaté de que había alguien a mi lado hasta que noté cómo me ponía la mano encima.

_ ¿Ya te has quedado traspuesta otra vez?

_ Oh… Cinder, perdona… no te había visto._ Reconocí, llevándome las manos a la nuca.

_ Tengo la virtud de estar siempre en medio._ Dijo, sentándose conmigo._ Bueno… parece que se acaba nuestro tiempo aquí.

_ ¿Cómo?_ Se me notó exaltada.

_ Bueno… Augustine dijo que nos faltaba uno. Un último viaje. Supongo que luego podremos recuperar mi armadura e irnos de aquí. Aunque es una pena. Esta ciudad me gusta. No es Londres, como me prometiste, pero está bastante bien.

_ No le des tanta importancia a Londres._ Me reí y me dejé caer sobre el tejado de aquel edificio._ Sólo es una ciudad más.

_ ¿Qué te preocupa?_ Preguntó._ Y no me digas que nada. Te conozco. Sé cuándo te preocupa algo.

_ Bueno… el lugar al que vaya. Si lo ha escogido para ser el último viaje… debe ser un momento terrible.

_ No creo que sea para tanto._ Cinder me dio un beso en la mejilla._ Anda, a la cama, tienes que descansar.

Me llevé la mano a la mejilla, donde me había besado, y tardé un momento en seguirla. Pero no dejaba de pensar en qué momento escogería Augustine para su último golpe. O como ella había afirmado, su última lección.

Blancanieves.

_ Dentro de poco no recordarás que lo conocías… o que lo amabas.

Lloraba. Sentía como mi alma se había roto en pedazos. David perdía la vida por momentos entre mis brazos. Regina sonreía, victoriosa. No habíamos hecho caso, no habíamos visto los verdaderos peligros de su hechizo, y ella había atacado con más furia que nunca. Pero teníamos una última esperanza. Emma. Ella la detendría. Ella rompería la maldición, como habían predicho.

_ Majestad…

Ambas nos volvimos, para encontrarnos entrando por la puerta a una mujer. La recordaba. La había visto en el castillo de George, durante el asedio. El día en que mis hombres perdieron el valor, ella había estado allí con él. Había sido ella la que les había hecho huir.

_ ¿Cómo osas interrumpirme?_ Exclamó Regina.

_ Esto es importante, majestad._ La mujer no parecía asustada ante la reina, al contrario._ Os he traído algo que puede interesaros.

Y entonces, el horror, el más puro de los horrores, se adueñó de mí. Aquella mujer, con una sola mano, sostenía la manta de mi hija. Y el llanto de mi bebé, se volvía ensordecedor por momentos. Regina me miró, y acto seguido miró a mi hija. Su sonrisa se ensanchó aún más si cabe.

_ De modo que esta es vuestra… ¿Cómo la llamabais? Salvadora._ La cogió de manos de aquella mujer. Y Emma comenzó a llorar más intensamente.

_ Déjala._ intenté gritar con las fuerzas que me quedaban.

_ Creo que voy a quedármela._ Dijo Regina. El ritmo de mi corazón se aceleró._ Le estaré haciendo un favor. Y cuando tenga tu corazón en sus manos… mientras lo estruja… te haré recordar quién es. Pero sólo durante esos escasos segundos.

La ira de Regina no parecía conocer límite alguno. Su venganza era completamente desproporcionada a mi parecer. Iba a condenarnos a todos, a destruir nuestro reino... y todo era culpa mía. No debí haber contado ese secreto.

Anzu

El cielo estaba envuelto en una nube morada que lentamente se cernía sobre el palacio. Intuía que el resto del bosque encantado ya había caído presa de ella. Y sin embargo, a la hora de invadir aquel castillo, casi parecía que se lo tomaba con calma. Regina parecía envuelta en un aire taciturno. En cuanto se había dado cuenta de al momento en que teníamos que ir, parecía haberse quedado en blanco. Estaba claro que no le gustaba rememorar esa historia.

_ De acuerdo... Emma debe ocuparse de armario._ Dictaminé._ Nosotras nos haremos cargo de Augustine... Y Regina...

_ Puedo hacerme cargo de mi misma, gracias._ Dijo, poniendo los ojos en blanco.

_ Regina... escúchame, vale._ La tomé por los hombros._ No toques su piel con las manos desnudas... ¿De acuerdo? Anularía el hechizo que te mantiene irreconocible.

_ Está bien._ Dijo, soltándome._ Quiero acabar con esto tanto como vosotras.

Estaba claro que enfrentarse a sí misma no le agradaba para nada. Pero teníamos que hacerlo. Un último viaje y todo terminaría. Podría recuperar la armadura.

Regina

Anzu parecía creer que mi mayor preocupación era enfrentarme a mi yo pasado. Pero nada más lejos de la realidad. Si me encontraba irascible, era por lo sucedido con Robin y Zelena. Emma me lo había advertido, y yo había desoído sus advertencias. Y ahora me odiaba. Y la verdad es que lo entendía. Después de todo, me lo merecía por haber creído que algo tan simple como los celos empujaría a Emma a hacer algo así. Ojalá pudiera perdonarme por hacerle eso.

Sabía dónde iba a estar. Recordaba aquel día a la perfección. Era uno de esos que se te quedaban grabados a conciencia en la mente. El día de mi victoria. Así lo había visto entonces. Ahora no sentía que hubiese ganado nada. Al contrario, aquella maldición me lo había quitado todo. Y entonces me vi, cruzando el pasillo con un bebé en brazos. ¡Emma! Tenía que ocuparme de devolverla a su sitio o todo el futuro se iría al traste.

Emma

El armario. Recordaba bien dónde estaba aquella habitación de mi única visita a aquel castillo, aunque su estado era significativamente mejor que como lo había visto la primera vez. Aquella iba a ser mi habitación siendo un bebé. La verdad es que estaba todo muy cuidado. Había juguetes por todas partes. Me provocaba una sonrisa que me resultaba difícil contener.

_ Irónico poner tanto esfuerzo para luego abandonarte en una cuneta... ¿No crees?

Augustine estaba parada en el quicio de la puerta. ¿Cuánto llevaba allí? Estaba segura de que podría haberme matado perfectamente sin tener que hacer el menor esfuerzo. Desenvainé la espada y me coloqué delante del armario.

_ Dime... ¿Emma? ¿Realmente crees que puedes impedir que haga lo que tengo en mente?

_ Quizá no, pero puedo ganar algo de tiempo._ Exclamé

_ Yo te detendré.

Anzu acababa de hacer acto de presencia. Se encontraba en el pasillo, pero Augustine, como si se tratase de una amiga, le dejó paso para que pudiera entrar en la sala, y la miró. Parecía disgustada. Finalmente, emitió un hondo suspiro.

_ Es lo que llevo intentando que hagas desde que empezamos._ Anzu alzó una ceja y elevó la espada._ Pero me temo que no eres lo que buscaba. Al final... no eres más que un estorbo. De modo que me ahorraré tu presencia.

Augustine le dio un manotazo al aire y, antes de Anzu pudiese reaccionar, salió despedida por la ventana. Debía haber unos cincuenta metros de caída. Por instinto me dirigí a la ventana, y cuando miré abajo vi a Anzu tirada sobre la hierba. Al parecer le había dado tiempo a ponerse la armadura... pero ni tan siquiera eso había bastado... porque no se movía.

_ Suficiente._ Augustine lanzó una bola de fuego sobre la armadura, por si acaso._ No la necesito para nada más... ni a ti tampoco.

Regina

Me había seguido hasta la sala del trono, algo que no recordaba que hubiese pasado. La maldición había caído sobre mí estando junto a Blancanieves, regodeándome en su sufrimiento. Pero ahora mi alter-ego tenía a Emma en brazos y eso cambiaba significativamente las cosas. Cuando llegué a la sala del trono, la reina me estaba esperando. Desde luego, sería una patraña decir que me había sorprendido, pues me conocía bastante bien.

_ De modo que Blancanieves envía a uno de sus perros a que recupere a su hija._ La reina me apuntó con un dedo acusador._ Temo que has escogido el bando equivocado y tu castigo será memorable.

¿De verdad era tan imponente desde fuera? Sé que está mal que yo lo diga pero... Mi presencia era increíble. Con razón tenía tanta facilidad para hacer que la gente me escuchara.

_ Más quisiera Blancanieves que estuviese de su lado._ Dije, cruzándome de brazos._ Mas debéis saber que estáis cometiendo un grave error.

_ ¿Un error?_ Preguntó, alzando una ceja._ ¿Y vos qué sabéis al respecto?

_ Os han engañado, majestad._ Me mantuve firme._ Tenéis que entregarme ese bebé, y os garantizo que Blancanieves triunfará, y nunca hallaréis vuestro final feliz.

_ ¡Mientes!_ Gritó, poniéndose en pie.

No pude reaccionar a tiempo antes de que se acercara y me tomase por el cuello. La manga del vestido cayó un poco y su piel rozó mi cuello. Instantáneamente noté como si una fuerte corriente eléctrica me envolviese. Lancé un grito y caí al suelo, dolorida. Me observé a mí misma, y esta vez, ella podía ver mi propio rostro, el suyo.

_ ¿Creías que no me reconocería a mí misma, acaso?_ Su voz sonaba mucho más clara y relajada que antes... me había descubierto, desde antes incluso de la pérdida de mi disfraz._ ¿Dices en serio que si este bebé sigue en mis manos, perderé?

_ Sí. Así es._ Dije, incorporándome._ Tienes que dármelo para que.

En ese momento sentí como si me quemara. Dejaba de sentir las manos. Y al contemplarlas, vi que estaban desapareciendo. Todo mi ser se convertía en polvo. Me desvanecía en el olvido. Habíamos perdido, y esta vez, definitivamente.

Emma

Anzu había caído al vacío. Había muerto, y ahora yo estaba sola contra Augustine. Desenvainé la espada y me decidí a atacar. Ella ni tan siquiera se movió. La espada de mi padre, al rozar su armadura, se partió en dos. Pero no me rendí. Todo mi pasado estaba en juego. Me lancé sobre ella y traté de estrangularla, de hacerle daño de alguna manera. Pero fue completamente inútil. Me tomó por la cintura y me apartó a un lado. Caí sobre la cuna y la hice añicos.

_ Espera..._ Le supliqué._ Dime al menos por qué haces esto.

_ Para desaparecer. Para dejar de existir.

_ ¿Haces esto para suicidarte?_ Pregunté, incapaz de creérmelo._ ¿Acaso no había otro modo?

_ No, no lo hay. Soy el ser oscuro. Sólo puedo ser asesinada por alguien que reclame este poder... y en mi tiempo, ya no queda nadie.

Soledad... lo hacía todo para combatir la soledad. Sin embargo, no lo justificaba. Destruir mi vida, la de Regina, la de todas las personas de Storybrooke. ¿Acaso merecía la pena? Intenté acercarme, pero me mantuvo elevada en el aire, como si fuese un títere sujetado por unos hilos.

_ Tiene que haber otra manera para que puedas hacer lo que quieres._ Dije, pataleando en el aire.

_ No la hay, Emma... créeme, lo he intentado todo.

Alzó la mano y las puertas del armario se abrieron de golpe. Pinocho salió despedido, y acto seguido, el armario estalló en llamas hasta convertirse en una pequeña montaña de polvo. Y entonces caí al suelo. Y lo sentí. Sentí que mi cuerpo se convertía en una llamarada. Y mis manos empezaron a desaparecer delante de mis ojos. Poco a poco, mis pies la siguieron, así cómo mis piernas... mi torso. Finalmente sentí frío... hasta que dejé se sentir sin más.

Augustine

Por fin. Después de tantos años, después de tanto sufrimiento, todo terminaría. Desaparecía de una vez por todas. Mi historia jamás sucedería. La maldición jamás se rompería, y jamás me convertiría en el ser que veía cada vez que me miraba en el espejo. Sin embargo, estaba tardando más de lo previsto. Esperé... y esperé. No debería haber tardado más de un minuto. Y sin embargo, al mirarme las manos, seguía viendo que estaban allí. No iba a desaparecer. Entré en cólera. Alcé la mano y todo lo que había a mi alrededor comenzó a arder. No podía ser. ¿Qué había olvidado? ¿Qué había obviado?