No te preocupes, Love. No sé si ha sido cosa de Fanfiction o mía pero si el capítulo no se había subido no te puedo echar la bronca. En fin, por el momento este capítulo es mi favorito, hay mucho drama y algo de gore, tengo la impresión de que te va a gustar. ¡Quiero mi review, eh! XD
Cinder
Había visto la armadura caer desde lo más alto del castillo. Había visto las llamas. Y había sentido el terror en lo más hondo de mi ser. Sentí como las lágrimas acudían a mis ojos. Aquello no podía ser. Sencillamente no podía ser. No podía aceptarlo. Anzu no podía estar muerta. Corrí sobre la hierba, atravesando la ceniza que rodeaba aquella armadura. Pero Anzu no reaccionaba. Puse las manos sobre la pechera y sentí como me quemaba.
_ ¡Anzu! ¡Anzu, por favor, dime algo!_ Tomé el yelmo entre mis mano y lo zarandeé, a pesar de las quemaduras que estaba sufriendo.
Lo primero fue escuchar un sonido hueco, y acto seguido, el yelmo se separó del resto de la armadura. Y, efectivamente, no había nadie dentro. Solté el casco y le di un golpe a la hombrera para que volviese a comprimirse. Se enfrió en el acto y me lo puse. Anzu se había escapado, de alguna manera. Ahora debía averiguar dónde estaba.
Anzu
El batir de unas alas gigantes era el sonido que me acunaba. Pero a su vez fue el que me despertó. Me encontraba en el lomo de un animal gigantesco. Tardaría un rato en darme cuenta de la clase de criatura que era. Un ser que normalmente sólo era nombrado en mitos y leyendas. El dragón no pareció darse cuenta de que había despertado. ¿Acaso sabría siquiera que estaba allí?
Aterrizó en uno de los torreones del castillo y repentinamente todo quedó envuelto en humo negro. Sentí como caía al suelo y me puse en pie. La humareda negra comenzaba a dejar un rastro, uno que bajaba por las escaleras del castillo. Era imposible que una criatura tan grande como aquella pudiese entrar por allí.
Bajé y vi que el rastro se perdía en una habitación del torreón. Entré y me encontré con una habitación amueblada, pero ni rastro del dragón. Empecé a observar por la habitación, hasta que sentí una presencia detrás de mí, pero no me di la vuelta, sentí que sería un error hacerlo.
_ Eres igual que ella._ Dijo, con la voz cargada de tristeza.
_ ¿Igual que quién?_ Pregunté.
_ No lo sé._ Respondió._ No la recuerdo pero... sé que era especial. Había alguien... alguien especial... que era igual que tú... y ya no está.
Recordé lo que Roja me había dicho. Que le resultaba familiar. Fue entonces cuando me giré y vi a aquella mujer. Era una mujer tremendamente imponente, con un cetro en las manos. Ataviada con una túnica negra. Y con dos cuernos que salían de su cabeza. Decididamente, si hubiera conocido a una mujer como ella, lo recordaría.
_ ¿Quién eres tú?_ Pregunté.
_ Maléfica..._ dijo, en un susurro. Estaba llorando, sollozando intensamente.
_ Es un nombre desafortunado._ Le puse la mano en la barbilla._ No llores... ¿Vale? No sé con quién me confundes, pero seguro que esa persona está en alguna parte... y te encontrará. Ahora deberías irte... la maldición va a caer sobre nosotras. Y no querrás estar aquí cuando eso pase. Extiende tus alas... y huye... huye tan lejos como puedas.
Dudaba que sirviese de algo, pero lo cierto es que la esperanza era lo último que debía perderse. Ahora debía encontrar a Cinder y salir de allí. Ni tan siquiera recordaba la razón por la cual me encontraba en aquel castillo, pero sabía que mi armadura estaba abajo, y que si no me daba prisa, aquel hechizo iba a caerme encima.
_ Nos veremos, Maléfica._ Me despedí.
Comencé a correr escaleras abajo, sin fijamente en nada ni en nadie. Sentía que algo terrible había ocurrido, pero era incapaz de recordar el qué, o cómo había sucedido. La maldición estaba casi sobre mí cuando me encontré de bruces con Cinder. Llevaba la hombrera puesta y al verme emitió un suspiro de alivio.
_ Empezaba a pensar que de verdad te había pasado algo._ Susurró, rodeándome con los brazos.
_ Sabes que soy indestructible_ bromeé. Quitándole la hombrera del brazo._ Bien... podemos irnos.
_ Pero... ¿Qué pasa con Emma... y con Regina?_ Preguntó, mirándome.
_ ¿Con quién?_ Pregunté. No tenía ni idea de quién hablaba, la verdad.
_ ¿Tú tampoco las recuerdas? ¡Vamos, espabila!_ Exclamó, tomándome por los brazos y zarandeándome.
Fue entonces cuando los recuerdos volvieron a colocarse en su sitio. Cuando me acordé de todo. De Storybrooke, de Augustine... de Emma y de Regina. Y me sentí culpable... porque si habían sido borradas de la historia, había sido por mi culpa. Alcé la mano y abrí un portal.
_ Es demasiado tarde para ellas, Cinder._ Dije, en un susurro. Sentí como la cara me ardía cuando me abofeteaba.
_ Eres una viajera del tiempo, Anzu._ Me dijo, mirándome a los ojos._ La palabra tarde no puede estar en tu diccionario. Así que encuentra la manera. ¡Haz algo!
_ ¿Acaso no he hecho suficiente ya? Llego a un lugar y todos sufren. Vidas destruidas, borradas por entero... ¡Y todo es culpa mía!
_ No puedes dejarlo e irte sin más. ¡Haz lo que te digo! ¡Sálvalas! Porque si no las salvas no podrás vivir con ello... y lo sabes.
Nos quedamos mirándonos unos segundos. Mis ojos se dirigieron al portal, y luego a Cinder. Sonreí, tristemente. Era por eso por lo que la pelirroja me acompañaba. Era mi conciencia, mi motivación para luchar a brazo partido cuando me sentía derrotada. Me acerqué y le di un beso en la frente.
_ Las salvaré, Cinder... te lo prometo.
Ella me miró, sin entender por qué hablaba en singular. Porque por supuesto, ella quería acompañarme. Pero yo no podía permitirlo. No podía arriesgarla.
_ Lo siento._ Dije, en un susurro, empujándola al portal.
El portal se cerró, y no pude evitar pensar que estaría de los nervios cuando todo pasara. Le di un golpe a la hombrera y me puse la armadura, que me protegería de la maldición en caso de emergencia. Aún no sabía cómo resolver la situación. Pero al menos estaba segura de que a Cinder no le pasaría nada si fracasaba.
Cinder
No pude reaccionar a tiempo. Me vi atrapada en aquella carretera de Maine, en aquella cuneta. Y golpeé el asfalto con los puños.. El dolor en mis manos quemadas me hizo gritar. Se me abrieron cortes que me hicieron sangrar. Pero el dolor no me hizo ceder en mi empeño mientras seguía golpeando el suelo con todas mis fuerzas. ¿Cómo podía hacerme esto después de tanto tiempo?
Yo la amaba. La amaba con todo mi ser y si ella tenía que morir, yo debía hacerlo con ella. Sin embargo, seguía insistiendo en protegerme como a una niña pequeña... como si no supiera que ya no quería vivir sin ella, sin nuestros viajes, sin nuestras aventuras.
La reina malvada
Verme a mí misma desvanecerme, ante mis ojos, había sido un shock. No terminaba de entender qué había sucedido, pero me daba cuenta de que debía haber sido algún truco. La maldición se estaba retrasando, y eso no me gustaba en absoluto. Hacía ya una hora que debería haber caído. Por mi parte me sentaba en el trono, observando los ojos de aquella criatura.
Me costaba creer que de Blancanieves hubiese salido una criatura tan hermosa. Normalmente los otros bebés lloraban en cuanto me acercaba. Pero aquella niña llevaba un rato riéndose de mis carantoñas. Supongo que, después de todo, podría hacerlo, encargarme de ella. A fin de cuentas, estaría muy sola durante mi hechizo... quizá aburrida.
Las puertas se abrieron de par en par, y un niño entró corriendo como alma llevada por el diablo. Sin embargo, al verme a mí se paró en seco y se quedó pálido. Tras él entró la mujer que había puesto aquel bebé en mis brazos. Sus ojos, que brillaban de un tojo rojizo, se fijaron en los míos.
_ Es culpa tuya._ Dijo, señalándome._ Tú me hiciste esto. Y mientras sigas viviendo... no podré deshacerme de ello.
Miré al chico, y acto seguido al bebé que llevaba en brazos. Se lo tendí, mirándole a los ojos. Podía ver el miedo reflejado en sus ojos. El miedo más puro hacia mi persona. Algo que no era nuevo para mí, pero que sin embargo, seguía doliendo.
_ Cuida de ella._ Le pedí, dejando a la niña en sus brazos.
_ ¡Estoy hablando contigo!_ Dijo la mujer. Yo me giré en su dirección.
_ No sé quién eres, o qué se supone que te hice, pero no voy a dejar que estropees este día. Es mi victoria. Me la he ganado, después de muchos años. Y tú no me lo vas a estropear. Así que di lo que tengas que decir, y prepárate para que te quite de en medio si es que se te ocurre atacarme.
Vi como preparaba su ataque. Una esfera, blanca, llena de relámpagos que se movían por su superficie. Pero en el momento en que la lanzó sentí una ráfaga de viento atravesarme. La esfera se partió en dos y se deshizo bajo el fijo de una espada. Aquella mujer, ataviada con una armadura, había salido de la nada y había evitado ese impacto.
_ ¿Es que siempre apareces en el momento justo?_ Exclamó la mujer de cabello plateado.
_ En realidad llego con retraso. Tuve que hacer una parada para enviar a Emma y Pinocho al otro lado. ¿Los armarios mágicos están sobrevalorados, no crees?
_ ¡No!_ el grito de aquella mujer retumbó en toda la sala._ ¡Lo has estropeado todo!
Y como si de una llamada se tratara, dos focos de luz aparecieron, uno a cada lado de la mujer, y en un pestañeo, dos mujeres estaban allí de pie. Una era mi doble, y la otra, una mujer rubia, que se llevó la mano al pecho, tratando de coger el aire que parecía faltarle.
_ Has perdido._ Fue la rubia la que habló.
_ ¡Aún no!_ Gritó la otra mujer.
Vi como le daba un golpe a su hombrera y repentinamente desaparecía. Más tarde lo hicieron aquellas tres mujeres a la vez. Me sentía confusa... pero cuando la maldición cayó sobre mí, todo perdió su importancia... y de hecho, no tardaría en olvidarlo.
Regina
Estábamos en la entrada del pueblo, y confieso que era gracioso ver cómo Cinder golpeaba a Anzu en el hombro izquierdo. No le estaba haciendo ningún daño, desde luego, pero el mohín de la pelirroja era más que suficiente para sacar una sonrisa.
_ Y cómo vuelvas a hacerme eso... Te juro que te mato._ Le dijo a la morena, pinchándola con el dedo.
_ Está bien... está bien._ Dijo ella._ Sólo me preocupaba por ti... quería que estuvieras a salvo.
Se miraron a los ojos un segundo, pero repentinamente una explosión nos sacó de nuestro ensimismamiento. Al parecer, Augustine había decidido ser más directa. No buscaba una época nueva a la que atacar... estaba atacando nuestro tiempo.
Augustine
Me sentía enferma... enferma de pura rabia. Tanto tiempo planificando aquello, tanto esfuerzo invertido... para que en el último instante aquella mujer arruinase mis planes. Sólo me quedaba el sabor de la venganza, la sangre derramada, como posible consuelo. Había hecho que Storybrooke notase mi llegada esta vez. Una llegada cargada de fuego y desesperación.
Nada parecía capaz de detenerme. Y entonces, como la picadura de un mosquito, sentí como una flecha me golpeaba en el hombro. No sentí dolor alguno cuando aquella flecha me dio. Es más, cuando me la saqué y la partí en dos, la herida no tardó nada en cerrarse. No obstante, una segunda flecha parecía dispuesta a venir a por mí. Giré, y la flecha lo hizo conmigo. La hice frenar, entendiendo quien me atacaba, y una sonrisa cínica apareció en mis labios.
Le di la vuelta a la flecha, y esta se dirigió directamente a un tejado. Escuché un quejido y acto seguido hice el gesto de pedir a alguien que se acercara con la mano. Robin Hood cayó del tejado, golpeándose contra el suelo. La flecha se había clavado en su rodilla, y con la rodilla, había atravesado por completo un tendón. Estaba claro que iba a pasarse bastante tiempo sin poder andar.
Por ello, anduve en su dirección con paso lento, sin la menor prisa, mientras él se arrastraba para ganar algo de distancia y preparaba el arco. Disparó a mi pecho, justo en el corazón, e incluso me dio en la cabeza. Pero, por supuesto, fue inútil, me fui quitando una por una todas las flechas que me lanzó, hasta llegar a su altura y arrebatarle el arco de las manos. Se escuchó un crujido cuando lo partí en dos, y acto seguido lo tiré al suelo.
_ ¿Y ahora qué vas a hacer?_ Pregunté. En mi voz se percibía el odio más puro._ Voy a hacer arder esta ciudad, parte por parte. ¿Y sabes qué? Es culpa tuya.
_ ¿Culpa mía?
_ Por tu culpa me convertí en esto._ Dije. Lo cierto es que no era literal, pero no estaba mintiendo._ Debería obligarte a ver cómo todo se convierte en cenizas. Pero, por suerte para ti... he decidido ser compasiva. ¿Tienes unas últimas palabras?
_ ¿Acaso no vas a decirme quién eres? ¿Por qué estás haciendo esto? ¿Cómo me acusas de ser responsable?
_ No._ Mi respuesta fue simple pero cortante.
Las garras de mis brazales se extendieron hasta alcanzar un longitud más adecuada para utilizarlas, me arrodillé y, sin más preámbulos, ataqué su estómago y empecé a cortarlo con ambas manos. Los gritos no se hicieron esperar. Hubo un sonoro "crack" cuando la columna se partió. Robin, sin dejar de gritar como un cerdo en el matadero, trató de arrastrarse por el suelo... consiguiendo que sus intestinos se desparramaran por el asfalto.
_ Hasta la vista... "hombre honorable"_ Le miré a los ojos, observando cómo la vida se desvanecía de sus ojos. Ahora sólo quedaba una persona para que mi venganza personal estuviese cumplida.
Pero, por supuesto, Anzu parecía tener otros planes, y apareció una vez más. Pero al menos, esta vez llegaba tarde. Al ver la escena, Emma se echó a un lado para vomitar. Parece que, a pesar de todo lo que seguramente había visto, aquello la había sobrepasado.
Sin embargo, Regina, como sospechaba, no parecía tan afectada como cabía esperar. Incluso siendo su ex marido, debería sentir algo, pero su indiferencia dejaba clara que, como yo bien sabía, jamás le había amado de verdad.
_ Supongo que ahora nos dirás quién eres... Y el motivo por el cual estás aquí._ La voz de Regina sonó dura, pero a mí no me impactaba, no desde hace mucho.
_ La verdad es que me enviaste tú. No directamente, claro._ Me reí._ Pero alguien debía arreglar una vida llena de malas decisiones... como esa que está destripada en el suelo. Te dejaste engañar por todas esas personas que te decían que este fantoche era tu amor verdadero. Te casaste con él, y desoíste todas las voces que te decían que te era infiel. Primero con tu hermana... y luego una por una con todas las solteras del pueblo... Un cerdo es un cerdo.
_ Sigues sin contestar a la pregunta clave._ Dijo Emma, que había sacado su inútil pistola una vez más._ ¿Quién eres tú?
_ Soy una de las dos únicas personas a las que realmente le importa la felicidad de Regina._ Dije, llevándome las manos a aquel trozo de metal que había estado ocultando mi identidad durante todo aquel viaje, durante todas aquellas aventuras en las que, con éxito, había conseguido enseñar a Emma y Regina las lecciones que quería que vieran. Tan sólo deseaba que entendiesen. Pero si yo seguía existiendo, tal como era, significaba que aún no había tenido éxito.
Me quité la máscara y la dejé caer al suelo. Anzu no reaccionó, pero sí lo hicieron Regina, Emma y Cinder. Cinder exclamó un incrédulo "No", Regina se tapó la mano con la boca, y la rubia se quedó mirándome fijamente, con los ojos como platos. Me acerqué a esta última, y nos quedamos observándonos en silencio durante al menos medio minuto.
_ Soy el ser oscuro. Pero también soy muchas otras cosas, como a simple vista puedes ver. Soy el resultado de mi propia lista de malas decisiones. Se esperaba de mí que hiciera muchas cosas que, al final, no pude hacer. No pude salvar a la única persona que realmente importaba._ Mis ojos estaban anegados de lágrimas, que habían empezado a correr sin que yo pudiese impedirlo._ Ya ves quién soy... o más bien... quién solía ser. Es como mirarse en un espejo, ¿Verdad, Emma? Uno roto y ennegrecido por el paso del tiempo.
Emma Swan. Había dejado atrás aquel nombre hacía mucho tiempo. Cuando había visto a Regina morir en mis brazos. Desde entonces no había tenido razón alguna para seguir viviendo. Toda una vida había amado a esa mujer... y sin embargo, jamás había podido tenerla. Creía que matar al hombre que me la había robado aliviaría mi carga... pero ahora sólo me quedaba esperar que una vez hubiese acabado con el otro gran responsable. Una vez que aquel hombre manco desapareciera, llegara a sentirme en paz... e incluso la historia llegase a reescribirse y desapareciera de una vez por todas.
