En la serie sólo veremos idioteces sin demasiado sentido, a decir verdad. Bueno... ahora no creo que te puedas quejar por la cantidad de tiempo que has tenido que esperar.


Anzu

Lo había visto desde el primer instante, y me extrañaba haber sido la única. Augustine era Emma Swan. Yo había sido la única que había entendido por qué hacía lo que hacía, pero del mismo modo, eso no la excusaba, al menos no para mí, para hacer lo que estaba haciendo. Sin embargo, los viajes me habían dejado dudas.

A fin de cuentas era incapaz de recordar el motivo por el cual había ido allí, el motivo que me habría arrastrado a Storybrooke, como una polilla se ve atrapada por la luz. Roja y Maléfica, lo que me habían dicho, no escapaba a mi memoria. Ellas me recordaban. ¡Me recordaban! A pesar de ser la primera vez que estaba en su mundo.

_ No estoy aquí por casualidad, ¿Verdad, Emma?_ Miraba a los ojos a Augustine, hablándole por su verdadero nombre.

El resto estaban demasiado alteradas por la gran revelación para darse cuenta de la conversación que estábamos teniendo. Pero aquello, aquello llevaba reconcomiéndome a mí desde que había oído aquellas palabras "Me eres familiar". Soy lo menos familiar que alguien puede encontrar en toda la Tierra.

_ Había otra mujer, llamada Anzu. Una vampiresa. Hubo una explosión... y el resto murieron. Quedábamos ella y yo. De algún modo logró borrar su historia, para no tener que seguir sufriendo eternamente como lo he estado haciendo yo. Y entonces... apareciste tú... como si el universo quisiera compensarlo.

_ El universo tiende a hacer eso. Y la historia deja rastros... incluso aquella que se ha borrado.

Augustine se llevó la mano al hombro, se quitó la hombrera y me la lanzó. Yo la recogí. Aquello era por lo que se suponía que estaba luchando, por recuperar la armadura de Cinder... por volver a viajar sin rumbo. Pero no podía hacerlo sin más. No después de todo lo que había visto.

_ Si lo que quieres es borrar tu historia..._ Dijo Regina._ ¿No es a mí a quién deberías matar?

_ Tu muerte es la principal causa de que sea lo que soy, Regina._ Augustine lanzó una triste risa._ Matarte sólo aceleraría el proceso.

_ ¿Y qué pasa conmigo._ Emma tenía la piel completamente blanca, pero hablaba con decisión._ Si yo muero es imposible que me convierta en ti.

_ Muy heroico._ Dijo, con burla._ Pero si pudiese suicidarme... ¿No crees que lo habría hecho ya? Lo cual me recuerda.

Hubo un fogonazo y cuando quise darme cuenta, nos encontrábamos atrapadas en una celda dorada. Una celda compuesta por relámpagos. Podía afirmar sin temer equivocarme que, decididamente, poner una mano en cualquiera de ellos, nos mataría.

_ Si por algún casual conseguís salir... y se os ocurre intentar intervenir._ Nos miró a Cinder y a mí._ Os exterminaré.

Creo que había oído esa amenaza demasiadas veces. Nunca me había amedrentado, y no iba a hacerlo ahora.

Augustine

Mi siguiente objetivo estaba claro. Killian Jones tenía que morir. Pero la pregunta... Era dónde se encontraría. Mi primer instinto fue ir al puerto, pero allí no había nadie. Hacía demasiado que no me preocupaba por ese hombre como para recordar sus hábitos. Alcé las manos, furiosa, y las olas tragaron los barcos que se encontraban amarrados. Iba a destruir toda la ciudad si era necesario con tal de llegar hasta él y partirlo en pedazos.

Retomé el rumbo por el camino principal, hasta que mis ojos se posaron en la tienda de Gold. Era el último lugar en el que esperaba encontrarle, y sin embargo, allí dentro se encontraba su mano, ideal para hacer un conjuro rastreador. Me acerqué a la tienda y le di una patada a la puerta, que se salió de sus goznes y cayó al suelo. Quizá habría sido mejor idea observar que el cartel de "abierto", estaba colgado, antes de entrar de esa manera y tropezarme directamente con Gold.

Nos miramos durante unos segundos, y fue suficiente para que él llegase a figurarse lo que estaba pasando. Y vi al cobarde, con una facilidad pasmosa. Porque él lo sabía. Sabía que nada podía hacer contra mí. Sabía que si yo, la salvadora y el oscuro, le atacaba, nada podría hacer en mi contra. No había trato que hacer. Porque lo que yo le daba por mi parte estaba bien claro. Le dejaba seguir con vida.

_ La mano del pirata._ Dije, simplemente, y a mi lado, apareció un frasco con formol, donde la mano flotaba irregularmente.

_ Bien, por una vez, has tomado la decisión acertada._ Saqué la mano del frasco y salí fuera. Ya casi había terminado.

Anzu

Aquella jaula estaba bien contruida. No podía viajar en el tiempo en su interior, Regina no podía abrirla con ningún hechizo, y lo cierto es que estaba empezando a desesperarme. Pero al final, se me ocurrió una idea, una idea estúpida y absurda, como todas las que solía tener. Sin embargo, esa idea sólo me involucraba a mí. Tomé la segunda hombrera, la que Augustine me había dado, y me la puse en el hombro izquierdo. Cinder me miró y los ojos se la abrieron como platos.

_ ¡Anzu! Eso no va a funcionar, y lo sabes._ Me dijo, poniéndose delante de mí.

_ Tengo que intentarlo._ Dije, llevándome las manos a las hombreras, y golpeándolas a la vez._ Y no te voy a dejar que me lo impidas.

Aún con el brillo envolviéndome, salté directamente a través del techo de la prisión, su punto más vulnerable. Lo atravesé, pero cuando caí al suelo, la electricidad me estaba golpeando, y me tambaleé en el suelo y caí. La armadura se había sobrecargado. Sin embargo, esa era precisamente mi mejor baza para aquella batalla. Me levanté, y la capa comenzó a ondear. Tuve que usar la espada para sostenerme. Todo el cuerpo me temblaba, y estaba entumecido, pero esa sensación se iba desvaneciendo lentamente.

Augustine

Finalmente le encontré, frente a un acantilado, observando su garfio. Se giró, y cuando me miró, se quedó pálido. Pero no pálido como el mármol, sino como la tiza. Lo cierto es que me divirtió verle así. Estaba claro que no tenía ni idea de lo que había pasado. A fin de cuentas, había sido rápida, y Regina y Emma habían sido tan amables de guardar el secreto.

_ Cualquiera diría que estás viendo tu peor pesadilla._ Me reí, con sorna._ He tenido que esperar mucho, pero compensa con tal de ver cómo tu corazoncito se rompe del todo.

_ Pero... Emma..._ Murmuró.

_ ¡Cállate! Estoy hablando yo._ Le interrumpí._ No puedes privarme de la ocasión de decirte que jamás te he amado, que eres un pelele, un perrito faldero, y siendo generosa eres pasable en el dormitorio. Confieso que me das asco, que no sé qué se me podía pasar por la cabeza para besarte la primera vez... y por qué fui tan cobarde cómo para no dejarte antes de que me pidieras matrimonio. Pero ahora... ahora me lo vas a compensar.

_ ¿Cómo?

_ Dejando que esparza tus órganos por todo el pueblo. Quién sabe... quizá algún día puedan llegar a reconstruirte. Aunque dudo que nadie se tome la molestia.

Estaba disfrutando de mi venganza. Lo confieso. Aquel hombre me había arrebatado mi felicidad con su egoísmo, y sin embargo, él era incapaz de verse culpable. Sin embargo, una vez más, un sonido metálico me hizo girarme. Y allí estaba Anzu, una vez más.

Su armadura parecía más imponente ahora. El material dorado brillaba, a pesar de que no había luz solar. A su espalda, dos espadas bailaban, flotando en el aire. Seguía sin poder ver su rostro, pero imaginaba que tendría una sonrisa confiada.

_ ¿Es que siempre tienes que entrometerte en todo?_ Grité a pleno pulmón._ Ya te lo advertí, Anzu. Te exterminaré.

_ Vengarte no va a aliviar tu carga, Emma... y dudo que llegue a hacerte desaparecer como ansías. Estás en un callejón sin salida.

Y tenía razón, eso lo sabía. Lo que es irónico era que había estado intentando provocarla a ella con intención de que me matase, puesto que la Anzu que yo había conocido habría sido capaz. Había pasado por demasiadas cosas. Habían puesto a mi hermano en mi contra. Había visto morir a todas las personas que quise. Estaba harta.

Alcé las manos, conjurando magia blanca y negra a partes iguales. Generé una gran esfera y la lancé directamente contra Anzu. Las espadas, como si tuviesen vida propia, inmediatamente trataron de bloquear mi ataque. Pero fue en balde. La defensa se rompió, y mi ataque la dio de lleno.

Anzu cayó al suelo, esforzándose por ponerse en pie. Las armas se quedaron en el suelo. Primero terminaría con ella, y luego con Killian. Podría continuar con mi espiral de destrucción.

Cinder

Lancé una patada contra las paredes de aquella prisión, y salí despedida hacia atrás. Me tambaleé debido a la electricidad que recorría mi cuerpo durante unos segundos. Gran parte de la carga se había ido con Anzu, pero sin embargo, aún había suficiente como para retenernos dentro.

_ Es inútil._ Puntualizó Regina._ Matándote no vas a conseguir salir fuera.

_ Al menos yo intento hacer algo._ Dije, poniéndome en pie._ Estamos aquí encerradas porque no habláis de lo que sentís.

_ No hay demasiado de lo que hablar._ Dijo Emma._ Regina tiene claras sus prioridades.

_ Emma..._ susurró la morena._ Creo que te equivocas.

_ ¿Vas en serio?_ Emma estaba alterada. En ese momento recordaba a Augustine._ ¿Vas a decirme que ahora, a dos metros del cadáver de tu marido, es cuando piensas darme una oportunidad? ¡No pienso ser tu segundo plato, Regina!

Clap. La mano de Regina sobre el rostro de Emma resonó por toda aquella prisión. Emma alzó la vista, mirándola fijamente, confusa, enfadada y desafiante a la vez. Se llevó la mano al interior de la chaqueta y sacó unos papeles que les tiró a Emma.

_ ¿Qué es esto?_ Preguntó la rubia.

_ Son mis papeles del divorcio._ Regina estaba más alterada incluso._ Tenías razón. Robin es un cerdo, y por eso le abandoné. No le quería... y él tampoco me quería a mí. Era todo una mentira, un engaño.

_ ¿Entonces por qué te casaste con él?_ Llegados a ese punto estaban la una frente a la otra, gritando tan fuerte como sus pulmones se lo permitían.

_ Porque creía que era lo correcto. Y no quería volver a equivocarme. Creía que le amaba. Creía que hacía lo correcto. Lo mejor para mí... para Henry.

_ Creo que sé de lo que hablas._ Emma bajó la voz, y la miró._ Yo también hice lo mismo pero... cuando Killian me propuso matrimonio... tuve que salir corriendo, porque no era la persona con quien quería estar.

_ ¿Y quién sería esa persona?

_ Vas a obligarme a decirlo, Regina._ Emma se rió nerviosamente._ ¿No lo sabes ya?

_ Siempre tomamos las decisión equivocadas. ¿Verdad, Swan?

_ Esta vez no.

Emma no dejó reaccionar a Regina. Se lanzó sobre ella y la besó en los labios. Regina la rodeó con los brazos, llevando las manos a su pelo rubio. Parecieron olvidar que yo estaba allí. Escuché un pequeño sonido, similar al de una bombilla al romperse y observé cómo la prisión se desvanecía sin más. Dejaría a las tortolitas en paz y me iría a buscar a mi propia chica.

Anzu

Escuché un crujido, y sentí como la armadura se desactivaba. La hombrera izquierda, la de Cinder, se cayó al suelo y se hizo añicos. Lancé un grito de genuino dolor emocional. Augustine se estaba acercando a mí, preparando su siguiente ataque. Yo me puse en pie, y me aferré a la espada. Notaba la frustración invadirme. Y entonces, cuando intentó lanzarme su hechizo, la magia chisporroteó y se deshizo en el aire.

El guantelete de su brazo se convirtió en arena y se cayó al suelo. Acto seguido sucedió lo mismo con el brazal y, lentamente, sucedió con toda la armadura. La piel de Augustine dejó de tener el aspecto de un cocodrilo y finalmente quedó envuelta en luz dorada que empezó a consumirla. Y en ese momento, sonrió, sonrió y lloró al mismo tiempo.

_ Gracias..._ susurró. ¿Se dirigía a mí? ¿O acaso a la nada?

En cualquier caso, había conseguido su sueño. Pero yo no había recuperado la armadura de Cinder. Lo que significaba que tendría que ir a buscar mi nave, y las consecuencias que eso tenía. Estaba pensando en la pelirroja, cuando esta hizo acto de presencia. Me ayudó a ponerme en pie y me dio un beso en la mejilla.

_ Menos mal que estás bien._ Susurró, sin soltarme._ Pensaba que no volvería a verte.

_ No tienes que preocuparte por eso._ Dije, en voz baja._ Augustine ha roto tu hombrera... creo que tendremos que ir a buscar mi nave.

_ Bueno, vamos a despedirnos. ¿No te parece? No quiero que esta vez hagas el numerito de desaparecer sin más. No les haría gracia a Emma y Regina.

_ Vale... vamos._ Dije, en un susurro.

No hablé demasiado durante el trayecto hasta el hogar de la alcaldesa. Lo cierto es que no dejaba de pensar en lo mismo. En aquel oscuro secreto que guardaba y que probablemente minaría su confianza en mí cuando se lo dijera. Me daba miedo decírselo. Pero tarde o temprano, tendría que hacerlo.

Encontramos la puerta de la casa abierta de par en par, y nos preocupamos. Escuché gritos en la planta superior, y corrí en esa dirección, preocupada, puesto que aunque Augustine había desaparecido, no podía estar segura de que todo hubiese terminado.

No obstante, cuando abrí la puerta del dormitorio de un golpe, los gritos cesaron, y las dos mujeres, que se encontraban metidas en la cama, se dejaron ver, tapándose con la manta hasta la altura del pecho. Al parecer no era que estuviesen atacándola precisamente.

_ ¿Os importa?_ Dijo Emma, quitándose el pelo rubio y revuelto de delante de la cara._ Estábamos ocupadas.

Cerré la puerta y miré a Cinder, que estaba conteniendo una risotada. Estaba claro que ella sí que se olía que íbamos a encontrarla en esa situación. Bajamos al salón, y poco después bajaron ambas metidas en sendos albornoces.

_ Que mal momento habéis tenido para presentaros._ Dijo la rubia.

_ ¡Emma!_ Regina le dio un codazo y la sheriff se quejó.

_ Me alegra ver que no perdéis el tiempo._ Dijo Cinder._ No os preocupéis, veníamos a despedirnos. Tenemos que ir a buscar la nave de Anzu que... ¿Dónde está?

La hombrera se desplegó y abrí una zona del guantelete, revelando una pequeña pantalla y un par de botones. Pulsé algunos y las miré.

_ Esta en Egipto. Hace un puñado de siglos. No debería ser un viaje difícil.

_ ¿Podemos acompañaros?_ Preguntó Emma._ Siempre he querido conocer Egipto.

_ Venga Anzu, di que sí._ Cinder me puso la mano en el hombro._ Una última aventura juntas.

_ Bueno, a mí me parece bien._ Reconocí._ No debería ser un viaje complicado.

Quizá debería haber pensado aquellas palabras, porque no podía estar más equivocada.