Bueno, hemos llegado a un punto de inflexión en la historia. Me veo en la obligación de decir que en primera instancia pensé en esta historia para hacer un crossover, y aunque hasta ahora he intentado evitar las relaciones con el otro fandom involucrado, lo cierto es que a partir de ahora, va a ser mucho más difícil, dada la naturaleza del último arco argumental. AQUELLOS QUE CRUZÁIS ESTA LÍNEA ESTÁIS AVISADOS

Y bueno Love, sí que me apetecía incluir a Male, lo consideré importante :3. Y sí, la aventura se va a poner dura XD


Anzu

Aquellas áridas tierras llamaban mi atención más de lo que quisiera. Me recordaban a algunas partes de mi patria. En aquel momento amanecía, y una luz naranja envolvía el cielo, caprichosamente. El calor era sofocante. El sol parecía un enemigo implacable, dispuesto a tostar por completo la piel de aquel que osara separase de la sombra. Por suerte para mí, mi piel morena estaba preparada para ese asalto. No podría decir lo mismo de la de mis compañeras.

Mi armadura contaba con un sistema para rastrear distorsiones temporales, y había una localizada cerca. La ciudad de Egipto parecía dispuesta a recibirnos. Una ciudad de contrastes, donde las clases estaban demasiado diferenciadas a mi parecer. Nos había buscado atuendos de la nobleza, pero aún así tenía claro que Emma y Cinder llamarían la atención si no se cubrían bien el pelo.

Seguí el rastro hasta el palacio real. Allí se encontraba mi nave. ¿Cómo había podido acabar en esa zona? Los guardas estaban en plena patrulla. No íbamos a poder entrar sin más. Sin embargo, Regina puso rápidamente atajo a ese problema. Un movimiento de su mano y los guardias se deslizaron al suelo, completamente dormidos.

_ ¿Desde cuándo funciona la magia fuera de Storybrooke?_ Preguntó Emma.

_ Debe haber algo mágico en este lugar._ Susurré, entrando en silencio en el palacio.

Fue una larga travesía hasta las entrañas del castillo. No obstante, una vez tuve mi nave delante la reconocí al instante. Tenía un sistema de camuflaje, y ante mí, lo que aparecía era un sarcófago. Sin embargo, presa de la emoción, no me fijé en las cadenas cuando trataba de abrir la puerta. No me fijé en la mujer que estaba entrando por la puerta hasta que ella carraspeó.

_ Me gustaría mucho saber quiénes sois vosotras... y cómo os atrevéis a entrar en mi palacio... y tratáis de arrebatarme mi posesión más preciada.

Cualquier que hubiera estudiado algo de historia sobre la tierra, reconocería a aquella mujer. Aquel vestuario tan recargado, aquel tocado, aquellos ojos bien delineados, aquella piel torneada, y aquellos ojos, ojos azules que parecían ahondar hasta lo más profundo de mi alma con una simple mirada. La reina de Egipto, la monarca entre las monarcas. Creo que podía decir que incluso la reina más temida del bosque encantado, allí presente, tenía que darle sus puntos a Cleopatra.

_ Esta es mi nave._ Subí el tono de voz._ Y tú me la has robado.

_ Oh... de modo que es tuya._ Se rió._ O más bien... lo era. Lleva bastante tiempo aquí, ¿Sabes?

_ ¿Unos doscientos años, quizá?_ La miré fijamente._ Es la edad que tienes... un tanto extraña para tu aspecto.

_ Eres muy perspicaz._ Dijo, sonriendo. Sonaba confiada, pero sujetaba el cetro que llevaba en la mano derecha con demasiada firmeza._ Aprecio mucho esa característica. Ya decidiré qué hacer con ella.

Hubo un resplandor, repentino, y sentí cómo las piernas me fallaban. Caí al suelo. Y sentí como el sueño me invadía.

Emma

Sentía la arena caerme sobre la cara. Abrí los ojos, y me encontré en una pequeña habitación apenas iluminada por un ventanuco. Había una puerta de madera, un par de camas y nada más. La piedra de las paredes y la arena del suelo parecían nuestra única compañí estaba tirada en el suelo de mala manera. Parecía que nos habían dejado allí tiradas sin más.

_ Parece que a Cleopatra no le interesamos._ Cinder se subió a la cama y me miró, yo le devolví la mirada, alzando una ceja.

_ ¿Qué te hace pensar eso?

_ Bueno, nosotras estamos aquí… y ella estará con Anzu y con Regina. Somos las segundonas. Ya te acostumbrarás.

_ Prefiero aprovechar para buscar la manera de salir de aquí._ Comenté._ ¿No tendrás una horquilla, por casualidad?

_ ¿Una qué?_ Preguntó, alzando una ceja.

_ A veces pienso que eres de otro planeta.

_ Bueno, y lo soy… pero esa no es la cuestión._ Dijo, rebuscando en sus bolillos._ ¿Te han dejado algo?

_ No, parece que no._ Pregunté rebuscando en mis bolsillos. No tenía ni la pistola, ni la cartera. Ni tan siquiera mis propias llaves o el móvil._ Como parece que vamos a pasar un rato largo aquí… ¿Por qué no me explicas eso de que eres de otro planeta?

_ Luego, quizá._ Bostezó._ Yo prefiero dormir un poco ahora… y aprovechar la noche para escapar.

Anzu

Cuando abrí los ojos me encontraba en lo que parecía ser una especie de taller. Había piezas por todas partes, desperdicios. Me habían cambiado de ropa y me habían puesto un traje bastante más humilde. Al menos no llevaba ataduras como me esperaba en un principio. Me dirigí a la puerta y traté de abrirla, sin demasiado éxito. La aporreé, pero no obtuve ningún resultado.

_ ¿Quién está ahí?_ Preguntó una voz, cerca de mí.

No me había fijado en una mujer que se encontraba agazapada en una esquina, en una pequeña cama. Su pregunta sonaría extraña si uno no la miraba a los ojos. Sobre estos había una mancha negra, que parecía ser alquitrán. Y aunque los tenía abiertos, podía distinguirse la misma sustancia cubriendo sus globos oculares, tiñéndolos de negro. Estaba claro que por más que se esforzara, no iba a lograr ver absolutamente nada.

_ Me llamo Anzu._ Me presenté, acercándome. La mujer, no sin cierta torpeza, acercó su mano a mi rostro, tocándolo, con el objetivo de "verme".

_ Eres muy guapa, Anzu._ Una sonrisa apareció en el rostro de aquella mujer rubia._ Soy Zandramas, y me parece que las dos estamos aquí por la misma razón.

_ ¿Por qué razón?_ Pregunté, cruzándome de brazos, gesto que ella no pudo ver.

_ Porque somos útiles._ Dijo, dándome un golpecito en el pecho._ ¿Qué te ha quitado a ti?

_ Mi nave._ Respondí, mordiéndome el labio.

_ A mí me arrebató mi cetro… y me encerró aquí para que pudiese construirle más cosas. ¿Qué voy a construirle si estoy ciega? ¿Le ves sentido?

_ No demasiado, la verdad._ Susurré, sentándome en una cama que, deduje que era para mí._ ¿Y qué estará haciendo ahora? ¿No debería echarme una charla? ¿Amenazarme quizá?

_ Eso depende._ Dijo la mujer, con la vista puesta en el vacío._ ¿Había con vosotras alguna mujer más hermosa que ella?

_ Quizá… ¿Por qué?

_ Porque está en un buen apuro._ Dijo la rubia, en un susurro._ Eso es algo que Cleopatra no soporta.

Regina

Me encontraba como en una nube. Aquel fogonazo me había hecho sentir pájaros en la cabeza. Cuando abrí los ojos me encontré en un salón suntuoso, lleno de adornos dorados. Había estatuas de seres con cuerpo humano y cabeza de animal a ambos lados de la habitación. Yo me encontraba sentada a la derecha de un gran trono, sentada en una silla más pequeña. Mis manos y mis pies estaban atados a esa silla.

Estuve sola durante al menos diez minutos antes de que aquella mujer volviese a aparecer. Su maquillaje recargado llamaba irremisiblemente la atención, destacando aquellos ojos más propios de un depredador que de una persona. Sin embargo, me mantuve impasible. Si lo que pretendía era intimidarme, no iba a serle tan sencillo.

_ ¿Dónde están mis amigas?_ Le pregunté, directamente. Ella se rió.

_ No te preocupes, están vivas si eso es lo que te preocupa._ Se rió._ Pero aquí las preguntas las hago yo.

Puso su cetro sobre mi rostro, y noté cómo ardía. Tuve que retroceder para quitármelo de encima. Estaba claro quién tenía el poder en aquella situación y, por mucho que me doliese, no era yo.

_ Ahora dime... ¿Quién eres? ¿De dónde vienes?_ Preguntaba en un susurro, sin dejar de mirarme.

_ Soy Regina, de Storybrooke._ Contesté con sinceridad.

_ No creo haber oído eso antes. ¿Dónde se encuentra? ¿En Grecia, quizá? ¿Te envían para espiarme?_ Preguntó, subiendo la voz.

_ He venido con Anzu, a recuperar su nave. Nada más.

_ Tanta belleza desperdiciada._ Susurró, tomándome por el cuello._ Un rostro tan bello no debería ser utilizado para hazañas tan mundanas.

Se acercó, y pasó su lengua por mi mejilla. Eché la cabeza hacia atrás, y le di un cabezazo. Se echó atrás, se había mordido la lengua con tanta fuerza que le estaba sangrando. Sin embargo, la herida se cerró rápidamente, y quedó como si nada hubiese sucedido.

_ Luchadora... eso me gusta. Quién sabe... quizá encuentre un sitio para ti... y no tenga que quitarte esa bonita cara.

¿Qué pensaba hacer? ¿Arrancarme la cara? ¿Cortármela acaso? Decididamente aquella mujer estaba enferma. El poder corrompe. Es una lección que nadie tenía más clara que yo. Se acercó a mí de nuevo, alzando el cetro, y traté de soltarme las ataduras. Sentí como una de ellas se rompía, sin más, y observé que en mi mano había aparecido algo que parecía humo negro.

Pero no tuve mucho tiempo para celebrar mi victoria antes de que la mujer, con un giro en el cetro, lograse que mis manos acabaran atadas una vez más. Aquello pareció suscitar su interés.

_ Veo que guardas un corazón tomado por las sombras. Más interesante si cabe.

Anzu

Había tomado una gran lona y unas cuerdas, y estaba confeccionando un paracaídas para escapar por el gran ventanal que había en la sala. Eso había sido un gran descuido por su parte, desde luego. Zandramas hacía lo que podía, y lo cierto es que se desenvolvía muy bien a pesar de su ceguera.

_ Supongo que si te tiene encerrada aquí, tampoco debes ser de por aquí._ Dijo, ayudándome a estirar la tela.

_ No, la verdad es que no, de todos modos en casa no me trataban demasiado bien. No sintonizaban conmigo. Por eso me fui.

_ ¿Y no lo echas de menos?_ Preguntó, atando un cabo de forma extremadamente mañosa.

_ Cuando veo el atardecer, aquí... bueno... el tono naranja me es familiar._ Susurré. No tenía ganas de ponerme nostálgica._ Esto está listo. ¿Seguro que quieres jugarte la vida también?

_ La alternativa es quedarme aquí hasta que Cleopatra decida matarme. Creo que prefiero saltar.

La tomé de la mano y la ayudé a ponerse en el alféizar de la ventana. Se sujetó a mí. No parecía tener miedo, aunque no podía ver la enorme caída que se nos venía encima, a diferencia de mí. Me aferré a ella y saltamos. El suelo estaba más lejos de lo que había pensado. Pero esperé mientras caíamos, hasta el momento justo, o al menos eso pensaba.

Al principio el paracaídas funcionó y empezamos a caer elegantemente hacia el exterior. Sin embargo, en los últimos metros la tela terminó por ceder y caímos sobre la arena abruptamente. Sentí como la arena se dispersaba y tosí un poco.

_ Bien... ahora tengo que ir a buscar a Cinder._ Dije, poniéndome en pie.

_ Te acompaño._ Dijo Zandramas, poniéndose en pie._ Te debo un favor, después de todo.

_ ¿Y si nos cogen?_ Pregunté, poniendo las manos en sus hombros._ Esta no es tu lucha.

_ Tampoco llegaría muy lejos yo sola

Emma

La espera se me hacía eterna. Era como si el tiempo se hubiese detenido. Cinder había despertado hacía bien poco, y seguía insistiendo en ocultarme a qué se refería. Realmente era posible que fuese de otro planeta. A fin de cuentas, con aquella armadura Anzu parecía bien capaz de atravesar dimensiones sin ningún problema. A fin de cuentas había estado insistiendo mucho en recuperar la de Cinder para poder hacer viajes que no fueran "locales".

_ Espera... ya vienen._ Cinder se ocultó entre las sombras

Parecía que tenía todo aquello pensado. A mí me tocaba hacer de cebo, o al menos eso parecía. Cuando la puerta se abrió, ocurrió todo como una exhalación. Cuando quise darme cuenta, los guardias estaban en el suelo. Cinder los había noqueado.

_ ¡Emma!_ Me gritó._ Despierta, tenemos que salir de aquí.

_ ¿Y a dónde vamos?_ Pregunté.

_ A donde me imagino que encontraremos a Anzu... Directamente en la boca del lobo.

Regina

_ Creo que he tomado mi decisión._ Dijo la mujer, mirándome fijamente._ Lo más rápido es matarte. Así nadie volverá a tener dudas sobre mi belleza.

Alzó el cetro, y entonces la puerta se abrió de par en par. Y allí estaban, Emma, Cinder, Anzu, y una mujer que me era completamente desconocida. Habían llegado al rescate, y lograron que suspirase de alivio. Emma se adelantó, espada en mano, y apuntó con ella a Cleopatra, amenazándola.

_ ¡Aparta tus sucias manos de mi novia!