Disclaimer: Final Fantasy VII y todo su mundo es propiedad de Square-Enix.

.Cerrado bajo llave.

por. Bechan in wonderland.

Tarta de chocolate con nata.

Lo que más le gusta a Vincent Valentine son las mañanas en las que el Séptimo Cielo está en completo silencio. Entonces, Señor, sí es estar en el cielo. Este periodo de paz sólo se da en un pequeño fragmento de tiempo incontable que sólo alguien minucioso como Vincent podría encontrar. Esto ocurre justo en el momento exacto después de que el bar se llene del ruido matutino de todos levantándose, entrando y saliendo del Séptimo Cielo, cuando Tifa lleva a los niños al colegio, Cloud sale con su Fenrry a entregar algún paquete, Nanaki sale a pasear con Shelke, Reeve y Cid vienen a buscar a Barret para hablar del nuevo plan, y Yuffie aún está dormida porque aún es demasiado temprano para ella. Y es justo entonces, al terminarse ese intervalo de ajetreo y jaleo, cuando Vincent encuentra la paz. Nunca sabe cuánto durará, pero sí sabe que lo justo y necesario para tomarse su té con miel mientras lee el periódico tranquilamente.

Por eso esa mañana se sorprende cuando al bajar de su temporal habitación, después de contar hasta diez una vez se ha ido Tifa gritando desde la puerta un ¡Nos vamos!, escucha toda clase de ruidos procedentes de la cocina. Sonidos metálicos, el agua del grifo corriendo libre, cajones abriéndose y cerrándose. No necesita preguntarse quién puede ser cuándo a mitad del trayecto le llega a su fino olfato la sutil fragancia de lirios desde la cocina. Y sabe que es ella, Yuffie. La sorpresa es encontrarse a Yuffie despierta a estas horas tan mañaneras, ¡y en la cocina!

Se asoma por la puerta y la ve con esos pantalones tan cortos que en su opinión bien pueden ser bragas que dejan ver unas piernas infinitas, océanos de piel tersa y blanca, y esa deshilacha camiseta corta que se compró hace dos años, y que ahora es más corta todavía porque ha crecido y ella parece ser la única que no quiere darse cuenta de lo mucho que provoca enseñando esas curvas que Vincent jura que no estaban ahí ayer. Sus pies descalzos vuelan por todo el suelo de baldosas frías de la cocina, y Yuffie es un metro sesenta sin zapatos y con un solo calcetín puesto que vibra cuando las ollas y el fuego se le rebelan y se niegan a coordinarse con ella, los ingredientes y el libro de cocina.

—¿Qué hace?

Toda la fuerza y energía que proyecta su voz, incluso cuando no es su intención ser intimidante, seductor o inquietante, incluso cuando simplemente está desconcertado y sólo quiere un respuesta a su genuina curiosidad, es una descarga eléctrica de emociones concentradas que hace que Yuffie se sobresalte y se gire como un gato en alerta con sus ojos grisáceos abiertos y acechando al invasor que resulta Vincent Valentine a su intimidad debajo de la puerta sin su acostumbrada capa roja y con toda esa cabellera de plumas negras cayendo descaradamente por todo su ser.

—Tarta —es la respuesta automática de Yuffie.

—¿Tarta?

—De chocolate.

—Comprendo —Vincent la mira. Aparte de que el azucarero está volcado en la vitrocerámica y que el chocolate se quema en una olla, ella está llena de harina, tiene clara de huevo en la camiseta y en el pantalón y las manos son una mezcla de trufa, vainilla y cree que también de nata. Tiene la tentación de preguntarle si ella va a ser el bizcocho, pero se contiene, y en lugar de eso pregunta—. ¿Con nata?

Yuffie cabecea ilusionada y Vincent entiende que aún no se ha negado a la petición que ella aún no le ha hecho, y él ya va ayudarla, rendido ante su mirada. Ella le cede el sitio de cocinero y Vincent piensa en que Tifa les matará cuando vea este desastre.

—¿Estaba intentado hacer el chocolate antes que la base del bizcocho?

Intentado suena como una ofensa a las dotes culinarias de Yuffie:

Estaba haciendo chocolate al mismo tiempo que preparaba la base —recalca cada palabra, cada verbo. No está molesta, pero Vincent sabe que a Yuffie le gusta fingirlo que lo está a todas horas.

—Huele a quemado —Vincent saca la olla del fuego y le pone el chamuscado semi líquido marrón debajo de la nariz de Yuffie. Yuffie hace rodar sus ojos y Vincent se acoge a su imagen de chico frío y distante para no sonreír—. Hay que ir por partes —explica mientras aparta la olla—, primero el bizcocho, luego el chocolate y después la nata —estira su brazo y coge de la alacena cuatro huevos con sus largos dedos—; tal y como su nombre va ordenado: tarta de chocolate con nota —y la mira con tanto descaro que Yuffie sabe que aunque Vincent habla con toda la seriedad e importancia con la que un tipo como él puede hablar (y eso es mucho, y con temas culinarios también), es una burla. Yuffie puede enfadarse, ofenderse, chillarle o patearle por haberse metido con ella, pero en lugar de eso, se inclina en la barra de cerámica al lado de Vincent y se apoya en ella con los brazos y el mentón, mirando al pistolero con cara de adoración. Porque sabe que ese pequeño gesto es especial en Vincent. Bromas, susurros y miradas cómplices que sólo comparte con ella.

—¡Por Leviatán! —hace una larga pausa que roza la maldad y luego—, Vincent es gracioso.

Vincent se ríe con la elegancia que se podría esperar de él. Una pequeña risa espontánea. Yuffie Kisaragi ha traspasado sus barreras defensivas y sonríe, cargado de juventud, alto como la torre más alta, con los ojos tarareando una vieja canción y sus manos ágiles montan la mantequilla y el azúcar, creando una masa esponjosa que añade a los huevos batidos.

Así, así era antes de los experimentos en Nibelheim. Piensa Yuffie devorándolo con la mirada.

—Siempre he tenido un gran sentido del humor, Yuffie.

—Desde luego.

La cocina de Tifa es muy sofisticada, tiene unas instalaciones muy bien acondicionadas y una despensa lo suficientemente llena como para que incluso con todo lo que malgastó Yuffie, aún quede los suficientes ingredientes para que Vincent no deba temer reponerlos. Añade suavemente la harina aromatizada con vainilla azucarada, removiendo suavemente. Viéndolo cocinar Yuffie piensa que es más fácil de lo que le parecía en un principio. Vincent hace que todo parezca sencillo. Él le deja el orgullo de ser ella quien lo meta en el horno.

—Quizás así sienta que ha hecho algo a parte de ensuciar.

Yuffie, encantada, le saca la lengua en un puchero muy infantil, pero que en ella resulta indomablemente encantador. Irreverente, como toda ella. Se quedan mirando como se cuece el pastel por la ventanita. Aún quedan treinta minutos para que el estomago de Yuffie siga dando un concierto de rugidos y reclamos. Vincent coge el chocolate que queda y lo calienta en un cazo con la nata y mantequilla. Yuffie lo observa detenidamente con curiosidad. Le recuerda que deben ir por pasos; primero el bizcocho, luego el chocolate y después la nata. El chocolate se funde, licuando y desprendiendo un olor exquisito.

—No —Vincent puede ver sus intenciones.

—¡No he hecho nada!

Vincent la mira sin moverse. Sin inmutarse. Sin el más leve cambio de expresión en la cara. Es tan exasperante que Yuffie se siente retada y se ve obligada a pasar con un rápido movimiento su dedo índice y corazón por el chocolate en líquido del cazo y llevárselo a la boca con claro gesto provocativo.

—Pensaba que respetaba mi autoridad.

—Ya no soy una niña, Vinnie.

Vincent cierra los ojos. Seguramente Yuffie no quiso que ese Vinnie sonase tan lánguido, tan femenino, o quizás sí porque, en fin, ¡es Yuffie! Y todo ella es una constante provocación entre la paciencia humana y el corazón abatido que a veces pugna por salir de su prisión. Cómo para no ver que ya no es una niña. Y luego el frágil equilibrio entre los dos se quiebra. Se pierde...

El beso sabe a chocolate pero huele a bizcocho, a lirios y a cuero viejo. Ella besa con la impaciencia de la juventud, él con la serenidad de la madurez. Tal como ella desea que ocurra. Tal como él desea que ocurra. Se mueven por la cocina, se deslizan hacia una esquina. Saliva, mordiscos, beso, caricias. Es una ternura pornográfica y Yuffie quiere pedirle que la desvista y la haga suya. Y Vincent lo haría.

Si no fuera porque la campanilla de la puerta suena con su bonito tintilineo cuando Tifa entra por la puerta del bar. Se separan, se alejan sus cuerpos como se alejan los petroleros al pasar muy cerca de los icebergs, con la lentitud y el respeto y la conciencia de la espantosa brecha que podría abrirse ante una colisión.

—¿Hay alguien? —Tifa entra en la cocina acomodándose el pelo detrás de la oreja—. Ah, estáis aquí. Pensé que no había nadi... —los ojos almendra de Tifa se resisten a echarse a llorar cuando ve el desastre que hay en su cocina—. ¿Qué estabais haciendo?

—Tarta —dice Yuffie.

—¿Tarta?

—De chocolate —puntualiza.

Hay algo más. Hay otra cosa. Tifa prefiere ignorarlo pero está ahí, en el ambiente. Le hace sentirse incómoda, de repente estorba en su propio local, en su propia cocina. Es una invasora. Y entonces nota algo y se pone tan nerviosa que se queda mirando la nata montada, porque los ojos de Vincent no parecen tan ancianos y los de Yuffie ya no son tan niños.

—¿Con nata, no?

Notas de la autora: Ñam, ñam. Chocolate. Lo sé, prototipito, pero irresistible de hacer. Sí, estaban en el Séptimo Cielo. Sí, Vincent también. Lo sé, forzado que él se quede a dormir ahí, pero ¡qué demonios! Lo necesitaba en el Séptimo Cielo para que ayudase a Yuffie a cocinar ;).

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