Advertencia: esta viñeta contiene sexo explicito que quizás dañe la sensibilidad al lector. Por favor, absténganse de leerlo los menores de edad y aquellos que puedan sentirse heridos y/u ofendidos. Gracias.
Disclaimer: Final Fantasy VII y todo su mundo es propiedad de Square-Enix.
.Cerrado bajo llave.
por. Bechan in wonderland.
Saber decirte que no.
Hay besos que saben ablandarte el corazón, y otros ponerte duro todo lo demás. Yuffie Kisaragi parece experta en las dos materias.
—Yuffie, déjalo estar.
—¿Alguna vez he sabido dejarlo estar, Vinnie? —le brilla la mirada. Invade el espacio que Vincent impone entre él y todo el mundo.
Están en la cama. Ella sentada a horcajadas encima de él, comiéndole la oreja. Vincent aún no sabe cómo acabaron así. Cómo no vio las intenciones de Yuffie cuando llamó a altas horas de la noche con ese brillo que podía hacer que todo el cuartel general de la WRO ardiera en llamas. Cómo no la detuvo y en vez de eso la dejó pasar. Cómo no la frenó cuando en una maniobra de ninjutsu ella lo derribó a la cama. Cómo no la separó cuando Yuffie gateó hasta ponerse encima suya. Cómo incluso ahora, no es capaz de detenerla, sólo decirle con palabras poco convincentes:
—Yuffie... para... —ella le besa, delinea su mandíbula con la lengua, exhala aire mezclado con gemidos en su oído, les muerde el cuello, no le llega la boca para todo lo que quiere hacerle—; Yuffie, por favor, detente.
Sus manos son tan hábiles como las que se pueden esperar de una ninja. Le desatan con tanta facilidad las correas de su camisa negra que Vincent no tiene ninguna duda que la lentitud que se toma sólo es para atormentarlo.
—Si quieres parar, detenme tú —las correas ya están fuera de su camino y muy lentamente empieza a desabrochar los botones. Una a una, Yuffie se deleita lamiendo todas y cada una de las cicatrices de Vincent, esas heridas curadas hace años y esas otras recientes por sus dolorosas transformaciones. Le lame el pectoral, justo en ese punto pálido a la altura de su pecho donde duerme la protomateria. Vincent se pregunta si ella sacará un kunai escondido en algún sitio de su escasa ropa y le abrirá el pecho en dos para robarle la materia ancestral. Pero no, ella sigue besando cada herida que se encuentra en su camino, en su descenso a la perdición del pistolero—; porque si no lo haces tú, yo no me detendré —le mete la mano debajo de la camisa. La piel pálida es fría aunque debajo de ella todo su ser arde. Yuffie lo nota en las pulsaciones de su corazón, en el bulto que está creciendo y que roza su entrepierna haciéndole saber que Vincent no la parará. Eres un mojigato, Vinnie.
Vincent se avergüenza. Se avergüenza porque no es capaz de frenarla. Se avergüenza de ponerse cachondo ante los juegüecitos de ella. Se avergüenza de no ser racional y detenerla como el adulto que es él. Se avergüenza porque lleva deseando esto desde hace demasiado. Se avergüenza de haberle dicho que no a Shalua una vez por la edad y en cambio sí querer follarse a Yuffie, a la que le lleva una vida entera.
—Yuffie, soy demasiado viejo... —suelta en un gemido cuando la lengua de Yuffie juega con su pezón.
Ella para y se ríe. Cuando Yuffie se ríe el mundo se convierte en un sitio mejor para los corazones abatidos. Tan dulce e inocentemente que parece mentira que halla tenido el valor de ir al encuentro de lo prohibido con esa calma, esa determinación. Cómo puede llegar hasta el final de la idea.
—Tú no eres viejo, Vinnie.
Oh, sí. Sí que lo es. Cuarenta y un años que les separan. Podría ser su padre. Podría ser su abuelo si se apura. Cuando Vincent nació no existían los teléfonos móviles y había que usar uno con disco de marcar y por eso no sabe usar esos celulares tan pequeños y con tantas cosas que Vincent se pregunta si es un teléfono o un ordenador.
Pero da igual porque Yuffie le está desabrochando los pantalones y eso es lo único que importa. Vincent ruega que ella pase de largo, pero a estas alturas Yuffie no va a detenerse o ignorar lo que late debajo del pantalón y aunque Vincent hace un pequeño ademán de alejarla, éste se pierde cuando lenta, muy lentamente, Yuffie acerca la boca hasta justo debajo de su ombligo y le roza la piel del estómago con la punta de la lengua. Cuando el cuerpo de Vincent se tensa como un arco y se pone en alerta, Yuffie lame hacía bajo y se para ahí, justo ahí. Vincent cierra los ojos, respira hondo hasta que sus pulmones se llenan de todo el aire de la habitación (ignorando que huele a sudor, sexos, cuero y lirios) y piensa en la teoría del cosmos. ¡Joder! La boca de Yuffie delinea el contorno del pene de Vincent con los labios por encima del calzoncillo. Cuando Vincent hace una especie de estertor, como si comprobase que él esté por fin ya convencido y que ha aprendido la lección, Yuffie se endereza sentada sobre sus rodillas y lo observa.
Sus mejillas están sonrojadas, los labios enrojecidos y brillantes, y los ojos grises parecen nublados por el brillo de la lujuria, y el desmayo de Vincent es inminente. De pronto, con el ímpetu de rudo entusiasmo, Yuffie decide arrancarle los pantalones y dejarle los calzoncillos a medio camino en las rodillas.
—Yuffie, no sigas por ahí... —ahoga un gemido que suena más a plegaria que a orden cuando su mano se desliza dentro de los calzoncillos y se cierra alrededor de su erección. Y ya no puede pensar en nada más, sólo sentir. Sentir su mano. De arriba a bajo, primero en la punta, luego más abajo, después por todo, despacio, con una languidez que aterroriza viniendo de Yuffie. Yuffie le está haciendo lo mismo que le han hecho otras mujeres (¡Lucrecia! ¡¿Qué diría Lucrecia si lo viera?!), pero nunca le ha parecido tan intenso como ahora (¡Pederasta, la llamaría Lucrecia!).
Yuffie se inclina y le besa. Cuando Yuffie le besa se siente virgen. Son besos como ella, juguetones, pícaros, urgentes, brutos, con cómicos refinamientos de ondulaciones y sondeos. Yuffie tiene los labios suaves, húmedos, calientes. Son labios exquisitos. Y se vuelve a sentar en su cadera con una pierna a cada lado, justo ahí, donde Vincent pierde la noción, y le gustaría tocarla. Hacer algo más que ser un espectador horrorizado de las torturas sexuales de esa pequeña ninja. Piensa por un momento cuán horrible sería ceder ante ella, dejarse llevar, darle lo que le pide con esa mirada llena de lujuria tan inusual en ella.
Yuffie Kisaragi, la rebelde, la gamberra, la guerrera, la ladronzuela, la wutaniensa, la futura emperatriz, la alegría, los berrinches, la materia, los ojos grises, la niña. Yuffie. Ella le besa con todo lo que tiene dentro y no se guarda nada. Se muere, se derrite, se ablanda por él y quiere que Vincent Valentine, que nunca se altera y que nunca se enfada y que siempre lo sabe todo, dé rienda suelta a todas esas pasiones con ella. Y en ese momento nada importa; está ardiendo y es una chiquilla y no importa.
Diecinueve o no, Yuffie sabe a todas las cosas buenas que Vincent no conoce.
Se le ocurren demasiadas cosas, ideas malévolas y pervertidas, pero en lugar de eso simplemente la besa. Suficiente para desarmarla. Y cuando ella intenta separarse para recuperar su autoridad, la sujeta por sus caderas tímidas pero insinuantes y la inmoviliza. La sigue besando. El universo traza un círculo alrededor de ellos y el fin del mundo surge de los bordes de la cama dando a un abismo sin final. Vincent la besa, es él el que lleva las riendas ahora. Éste es un beso sin rabia, casi tan minucioso que parece estudiado, los labios se quedan rozando las partículas de aire que la separan de la boca de Yuffie y se queda ahí hasta que ella sale a buscarle.
Vincent la tienta, sin premura, y ahora que tiene todo el poder en sus manos y puede hacer lo que quiera (como cogerla por las manos, inmovilizarla y sacarla de su habitación), descubre ¡oh, qué raro! que lo que quiere es seguir hasta el final.
Sus manos se deslizan desde su cintura hacia arriba arrastrando la camiseta de algodón sin mangas, descubriendo el cuerpo esbelto y entrenado de Yuffie. Vincent Valentine experimenta la agradable sensación de tener un infarto. Se obceca. Ya no ve más. Y la devora. Primero los pechos, uno con la boca, el otro con la mano. Lame, besa con la boca abierta, chupa y succiona. Pellizca, juega con el pezón, traza la aureola, lo moldea. Mucho más suave de lo que Yuffie espera pero precisamente por eso es perfecto. Una tortura en carne viva. Siente esas caricias en todas partes. Se extienden descargas eléctricas de sensualidad por toda su columna vertebral. Quiere arquearse hacia atrás pero una de las manos de él, la que no está ocupada jugando con sus pezones, resulta que está ocupada sosteniéndola fuertemente por la espalda, impidiéndole que se aleje de él, de su boca y de su lengua.
Yuffie se pregunta cuál es peor, si la lengua áspera o la mano metálica, ambas igual de frías que dejan surcos ardientes en la joven piel. Yuffie se apoya en los hombros de él, levanta la pelvis todo lo que puede para que ésa mano –pues no quiere la otra, sólo la de acero– siga descendiendo por el ombligo, se cuele por su pantalón, averigüe que no lleva ropa interior y le acaricie en esa zona tan especial. Pero Vincent parece tener otros planes, en lugar de eso, se deleita perfilando la línea que separa la carne de la tela del pantalón, con sus afiladas garras provocando cosquilleos que bajan hasta la entrepierna.
—Vinnie, joder, ¡tócame! —reclama sin vergüenza Yuffie. Eso es lo que es. Una sinvergüenza.
—Siempre has sido demasiado impaciente.
Pero Yuffie se le escapa de las manos, se levanta poniéndose de pie en la cama, aún acorralando a Vincent con las piernas, sujetándole la cadera. Entonces, vuelve a salir una risilla joven y dorada, tan hermosa que Vincent no puede apartar la mirada de esa boca. Por eso no se da cuenta de que Yuffie desabrocha su minúsculo pantaloncito blanco –para mostrar las piernas siempre había sido singularmente descuidada o desvergonzada, o ambas cosas– y éste cae por sus caderas, por sus muslos, por sus rodillas, deslizándose hasta detenerse donde el cuerpo masculino no le deja avanzar. Y ante Vincent, alzada en su metro sesenta, de pie encima de él, hay una Yuffie totalmente desnuda. Ni siquiera lleva ropa interior. Alza un pie y se quita parte del pantalón y luego el otro. Y se sienta en sus caderas otra vez, pelvis contra pelvis y hace calor para ser otoño.
Entonces Yuffie se estremece con el contacto frío del metal en esa zona tan sensible de su cuerpo y empieza a hiperventilar, casi volando, cuando él le empieza a estimular el clítoris, haciendo círculos con la presión y velocidad adecuada. Yuffie se tiene que desmayar, no puede esperar sobrevivir a eso. Vincent lo sabe. Es su venganza. Hay gente que tiene talento para pintar, otros para bailar, Vincent lo tiene para amar. Lo sabe. Sólo que Yuffie se lo hace olvidar. Yuffie que necesita agarrarse, le rodea el cuello con los brazos y él aprovecha para amar los pechos que tiene delante.
No saben cuándo ocurre, pero en algún momento Yuffie se mueve con la ayuda de Vincent, posicionándose encima de su miembro erecto y lo introduce dentro de ella. Y empieza el baile, de arriba abajo, ligeramente. Él la ayuda a mantener el ritmo con las manos y ella se apoya en sus hombros. Cara a cara, él sentado con las piernas cruzadas de modo indio y ella ahorcajas sobre él. En algún momento Yuffie inclina el cuerpo hacia atrás, con la espalda arqueada como una bailarina; las curvas de sus pechos formaban un precioso perfil. Ha llegado al orgasmo. Vincent se excita más, no puede parar. Con las manos en sus caderas le marca el ritmo con embestidas algo brutas y rudas. Se queja mientras la empuja en un último esfuerzo dentro de ella y queda exhausto.
Derrotados y sin fuerzas, Vincent y Yuffie recuperan el aliento. Ella cae sin peso sobre el pecho de él y muy lentamente se retira y se tumba a su lado. Mira a Vincent que respira desigualadamente, mientras se atusa el pelo con una mano e intenta controlarse enfocando un punto que no existe en el techo metálico de su camarote en la WRO.
—¿Dónde... dónde has aprendido...? No. Déjalo. Prefiero no saberlo...
Soy más feliz sin saberlo. Ella se le acerca con esa cara tímida con la que parece mentira que haya hecho lo que ha hecho, y coloca su grácil mentón en el hombro de él, para mirarle fijamente con esos ojos enormes y grisáceos, como si no hubiese pasado nada. Parece esperar algo, como una recompensa o algo así. O simplemente está disfrutando del espectáculo de ver al todopoderoso e inalterable Vincent Valentine exhausto, sudoroso y alterado después de haber mantenido sexo con ella, o a saber qué quieren esos ojos. Vincent no lo sabe.
—¿Yuffie?
—¿Mmm? —ella ladea la cabeza divertida.
Te quiero.
—Esto no volverá a repetirse, ¿me has entendido, Yuffie?
Yuffie sonría y le besa.
—Siempre dices lo mismo todas las noches...
Yo también te quiero.
Notas de Autora: Esta es la viñeta más larga hasta ahora en Cerrado bajo llave. Bueno, ¿a qué vino esta viñeta? Pues que leyendo y leyendo fafics de Yuffentine me di cuenta que los relatos eróticos sobre esta pareja, Yuffie siempre es la virgen y tímida mientras que Vincent es el que toma el control. No os equivoquéis. No digo que no me gusten. Al contrario, es casi impensable de otra manera. Casi. Palabra clave. Así que en esta viñeta me tome la libertad de hacerlo tan explícitos como otros fic pero siendo Yuffie la que busca a Vinnie.
Quiero agradecer en especial a mi buena amiga Blankfans que siempre me apoya y me ayuda un montón en estas cosas, y con la que siempre he compartido este fanatismo con Vinnie (y con el Yuffenite). ¡Gracias por animarme a subir este capítulo! También dar las gracias a todos los reviews, la verdad es que jamás me espere está aceptación en los lectores, ¡es toda una alegría!
Bueno, ya sabéis, cualquier cosa, un comentario. Sino, pues nada ^^. ¡Igualmente me despido hasta la próxima!
