Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen.


Capitulo 2/2


Genuina amistad.

Milo despertó, como todas las mañanas anteriores estaba solo en la habitación y el mago sin duda estaría por algún lado del inmenso palacio. Extrañamente lo estaba evitando, supuso que era su forma de darle espacio y dejarle que se acostumbrara al lugar.

Jardines.

Los jardines eran completamente blancos, la nieve dominaba todo el lugar. Como Camus le había dicho. Se dio vuelta al escuchar un ruido, Camus estaba parado solo a unos metros de él llevando ropas de tonalidades azules y la capa blanca sobre los hombros.

-No quise asustarte.

-No me asustas Camus- Milo miro atentamente la nieve que caía sutilmente de cielo- me das lastima... Y algo que me da lástima, no me causa miedo.

-¿Lastima? -Camus comenzó a acercarse a él- ¿Por qué sientes lastima de mi persona?

-Porque a pesar de los siglos que has vivido, no sabes lo que es la amistad. -El chico le miro- Pudiste haber experimentado la genuina amistad, pero no darte cuenta de ello... Por qué nadie se da cuenta quien es realmente su amigo hasta que algo pasa...

-¿Que tiene que pasar? -pregunto el curioso mago.

-Dicen que los amigos están en las buenas y los verdaderos amigos en las malas.

-Más se aprende en una sola vida, que lo que se aprende en miles de esta... -Susurro Camus.- Tan joven y tan sabio...

-No soy sabio, mi padre me lo dijo de pequeño.

-Entonces tu padre era una persona sabia. -Milo no replico nada al mago- No sé si lo sabías, pero estar mucho tiempo expuesto a la nieve...

Esa misma noche.

-...hace que te enfermes -Milo volvió a estornudar, mientras el mago le tendía una taza con un té.- Debiste haberme consultado sobre si era prudente o no estar expuesto mucho tiempo. -Milo no dijo nada al respecto, mientras tomaba con recelo la taza. -Aun no confías en mí...

-No, siéndote honesto no.

-Todos los otros decían que confiaban en mí.

-Los otros mentían -replico sereno Milo, mientras aspiraba algo desconfiado la fragancia del te.- Mi padre me preparaba el mismo... -Miro a Camus- ¿Qué hay de tu familia?

-Mi madre murió...

-¿Y tu padre?

-Es el responsable que el mundo este cubierto de nieve.

-¿Tu padre era el monstruo que mataste? -La mirada de Camus le dio a entender que sin duda había dicho una pregunta por demás ofensiva. -Lo siento...

-Los tuyos mataron a mi madre, mi padre en venganza congelo todo el mundo. -El mago se sentó en la cama y le miro, Milo hizo lo posible para contener el estornudo- Solo pequeños pueblos quedaron fuera de la nieve, pero el resto padeció ante el avance de las fronteras mágicas.

-Y por eso escapaste a su cuidado ¿No?

-¿Por qué crees que escape?

-No lo sé, supongo que es así. –El chico se encogió de hombros- será mi sexto sentido mortal –Camus le miro de costado.

-Estas en lo cierto, escape de su cuidado.

-¿Por qué? -Camus le miro de reojo, se levantó y comenzó a caminar hacia la puerta- Tarde o temprano me dirás. -Informo el muchacho en un tono que Camus jamás le había escuchado a ningún otro- Tarde o temprano estarás llorando y me contaras tus penas en el proceso -El mago le miro por encima del hombro, Milo sonrió con burla.

Si iba a estar privado de su libertad, no se la haría fácil a su humilde carcelero.

Bosque, varios días después.

Milo había visto el portón de hierro abierto y no pudo contenerse a la necesidad de intentarlo. Había un camino y el opto por seguirlo, no tardó en llegar al arroyo.

-Por qué no preste atención... -Se reprendió, cuando miraba confundido la margen opuesta del arroyo completamente congelado. No había ningún camino visible al cual seguir. -Supongo que puedo caminar por la orilla y encontrar el lugar por donde vinimos... -miro la nieve al otro lado del río, era lo único que había en común con el recuerdo de su llegada al palacio de Camus.

Con temor piso el hielo en la orilla del arroyo, para luego comenzar a caminar hacia el centro del arroyo. Pisando con cuidado por miedo a que este se quebrara bajo sus pies. Escucho el ruido de cascos y el mago no tardo estar frente a él montando un hermoso corcel blanco.

-Sí que te alejaste, quería ver si eras tan osado como para salirte... -Comento el mago con una ligera sonrisa presente en sus finos labios. -Pero veo que tu valentía se la llevo el arroyo...

-Una cosa es ser precavido y otra muy distinta cobarde -Replico Milo, herido en su orgullo.

-Este arroyo lleva miles de años congelado -Informo el mago, mientras comenzaba hacer que su montura realizara círculos alrededor de Milo.- Sera mejor que regreses, no es seguro el bosque... Menos en este lugar.

-¿Por qué? -el mago le tendió la mano.

-Tenemos que irnos.

-Por qué... -El mago seguía esperando a que el chico tomara su mano para irse.-Solo dime.

- Milo si no quieres ser la cena de lobos, vayámonos -Gruño el mago, sin retirar su mano. -¿Quieres que te diga a cuantos despedazo esa manada o entiendes el problema? -Milo a regañadientes subió a la grupa del caballo. Al mirar hacia un costado, vio varias decenas de ojos ámbar observándoles. -Retírense lobos. -Ordeno Camus, los ojos no tardaron en desaparecer en la oscuridad.

Habitación de Milo.

-Gracias. -Camus se detuvo con la mano en el picaporte.

-¿Por qué?

-Por no dejar que los lobos me mataran. -Camus cerró los ojos.

-Si te sirve de algo, el portal solo se abre cuando hay una muerte en este palacio. -Milo abrió los ojos de forma desmesurada- Por eso no quería decirte... y te aconsejaba no intentarlo.

-Supongo que solo tengo que limitar a molestarte. -El mago le miro sorprendido. - ¿Acaso quieres que me aburra? -Sonrió burlón -Buenas noches Camus -Milo apaga con un suave soplido las flamas en el candelabro junto a su cama.

Varios años después.

-¡Hay! -Camus se quejó cuando Milo le tironeo del pelo, hacía mucho tiempo que sospechaba que el joven era un castigo por todos aquellos que fueron separados de sus padres. -¿Qué haces?

-Quédate quieto... -Dijo el chico en tono burlón, antes de arrancarle un cabello.

-¿Se puede saber que...? -Miro lo que Milo sostenía entre su índice y su pulgar- ¿Una cana? -El joven que aparento durante miles de años unos 25 años miro sorprendido el cabello albo. - Tenia una cana...

-Si -Milo le paso un brazo por encima de los hombros y puso el cabello delante de los ojos de Camus- Si... -repitió en un tono más triste aun, le iba a ser una broma. Pero esa cana significaba otra cosa, no era momento para bromas- Vas a morir...

-Milo. -El mago le miro con ligera parsimonia- No me voy a morir hoy.

-Pero ya eres mortal...

-Las canas no son señales de vejez. -Comento Camus, tratando de calmar a Milo. Sabía que el de ojos turquesas era muy susceptible a veces.

-¿Alguna vez tuviste alguna cana? -replico el otro en tono sereno, aun no siendo capaz de aceptar lo que esa cana silenciosamente decía.

-No... -Miro a Milo y le sonrió- Pero una vez me dijeron que las canas se pueden asociar con los disgustos -Le dio un golpe a Milo, de manera juguetona para sacarlo de ese estado de tristeza- Y tú me das muchos... -comento mientras se alejaba de Milo- Una cana, no representa nada Milo... puede que si sea señal de algo, pero para mí...

-¿Para ti? -Milo dejo de observar el cabello albo y le observo- que ibas a decir.

-Me importa poco la maldición y lo que diga esta, yo te considero realmente como mi amigo. -Milo sonrió ante el comentario de Camus, él también consideraba al hombre como su amigo.

Hacía tiempo que había dejado de ver al mago como su carcelero.

Hacía tiempo que Milo, agradecía el poder haber conocido a Camus.

Y Camus, por sobre todas las cosas. Entendió algo que durante muchos milenios no fue capaz de entender.

No puedes exigir que sean tu amigo.

La amistad no se trata de igualdad ni de reglas que cumplir. Milo jamás cumplía una regla y mucho menos era igual a él en carácter.

La amistad era algo muy valioso, tan difícil de obtener y tan bello a la vez.

El no supo decir en qué momento Milo se volvió realmente su amigo, solo supo que lo eran.

Y eso era suficiente.

Ser amigo de alguien, era lo único que le importaba.

Ser amigo de Milo... era lo único que le importaba.

Si era o no una amistad genuina, que lo liberaría de la maldición, a él no le importaba...

Fin.