Discleimer: Lo que se reconozcs como algunos hechizos, pociones y demas le pertenecen a J.K.R pero lo demas como la extension Argentina los personajes e historia me pertenecen a mi y es para el Foro de Expansiones.

En Argentina, mejor dicho, en su parte mágica, se estaba gestando un golpe de estado en la que las familias de renombre estaban involucradas, con el propósito de instaurar un nuevo orden, en el que todos podían imaginar quién saldría beneficiado. El Mondmatrê, colegio de Magia y Hechicería, educaba a sus hijos y a todo aquel que podía pagar su cuota anual.

Niños y niñas de once años comenzaban su primer curso, siendo seleccionados en una de las tres divisiones que había, según su IQ. Muchos de los que estudiaban allí eran hijos de los involucrados en el golpe, como Samuel, pero también había muchos otros que estaban en el otro bando, como Dana...

Estaba en uno de los pasillos junto con mis amigos Martiniano y Antonio. Supongo que allí comenzó todo, la vi creo que por millonésima vez y venía despistada, como siempre. Pero esa vez tenía algo especial.

Al ser hija de muggles y yo hijo de un linaje extenso de magos de sangre limpia, solía molestarla continuamente. Como era usual, el puñado de hijos de muggles pobretones se convertía en el blanco habitual de los alumnos de la división A, eran nuestra "diversión". Nosotros estábamos siempre ahí para hacer de su vida un infierno, porque a vista de nuestros padres, y obviamente nuestra, en el colegio no tendría que haber esa clase de gente.

Hay que ver las estupideces que piensa la gente. Estábamos en el pasillo, y se cruzó con nosotros.

-Miren quién viene por ahí.

-La sangre sucia de McCoy -escupió Martiniano, con desprecio. Ella nos ignoró olímpicamente.

-Eh, que te estamos hablando, ¿nos oyes o no? -le preguntó Antonio, en tono burlón, pero ella se hizo la sorda. Pasó por nuestro lado y siguió bajando las escaleras, Antonio le dio un leve empujón y casi la hizo tropezarse. Se volvió con el ceño fruncido hacia nosotros.

-No molestes, ¿quieres? -nos espetó. Sonreímos con superioridad.

-Ve con cuidado con a quién le levantas la voz.

En ese momento apareció, vete a saber de dónde, el imbécil de Simón Philips. Era compañero de McCoy y estaba enamorado de ella. Enamorado al nivel de comportarse como un idiota delante de ella. Iba con sus tres amigos, y al ver lo que pasaba, se apresuraron a escudarla.

-Oye, Romulo- le dijo ella a uno de los recién llegados, haciendo como si nosotros estuviéramos pintados en la pared-. Ahora voy a la biblioteca, ¿necesitas ayuda con artimancia?

-Pues… la verdad es que sí- contestó el chico, rascándose la nuca. Nada raro. Era de dominio público que los de la división B no eran buenos con los números.

-Vamos allí y te lo explicaré, ¿vale? -había pasado un mes desde que había empezado el curso, y su sonrisa ya había cambiado. Romulo estaba muy dispuesto.

-Eso sería genial.

-¡Espera, Dana! -intervino Philips, molesto por ser ignorado-. ¿Y a mí no me dices nada? He llegado justo a tiempo para defenderte de…

-No recuerdo haber pedido tu ayuda -fue la respuesta.

-Ni la sangre sucia te quiere. Pobrecito, qué pena das -le dije, echándome a reír.

-Como si hubiera alguien que saliera contigo, Larcôise -repuso McCoy, despectiva, y me dio un bofetón en la cara. Tanto mis amigos como Philips y los suyos se quedaron asombrados. Dana McCoy era conocida en todo MondMatrê por ser una alumna modelo, posiblemente la más amable y bondadosa. Aunque a mí no me lo pareció en ese momento. Furioso, no pude evitar responderle.

-¡A mí no me vuelves a pegar, porque si lo vuelves a hacer…!

-Continúe, señor Larcôise -dijo una voz a mis espaldas, una voz que me dejó helado. Era la vicedirectora-. Señorita McCoy, me sorprende su actitud.

Nos mandó derecho a la biblioteca para hacer trabajo de ayudantes con la monstruo de la bibliotecaria, que no te daba ni un instante de respiro. Y al día siguiente aún quedaba de ese castigo, según ella por "comportarnos como bárbaros en los pasillos de la escuela".

-¿Vas a ir?- preguntó Martiniano, pasando la mano por su cabello rubio. Ya habíamos vuelto, y estábamos en nuestra sala común.

-¿Acaso tengo otro remedio? -respondí con otra pregunta. Estaba muy enfadado.

-Podrías mandar a otro… ya sabes -Martiniano solía enviar a otra persona para cumplir los castigos que le imponían a él.

-No, esa estúpida de McCoy le diría a la vicedirectora que no soy yo y sería peor para mí.

-Allá tú -puso los ojos en blanco y se levantó de la silla-. Buenas noches, Sami.

-¡No me llames Sami! -le grité-. ¡Mi nombre es Samuel!

-Cuando te pones así no hay quien te aguante- dijo Antonio, meneando la cabeza y siguiendo a Martiniano a las habitaciones de los varones, mientras yo me quedaba sentado solo en la sala común de los de la división A. No sé muy bien a qué hora fui a acostarme, pero sí sé que dormí muy poco. Casi enseguida sonó la alarma de mi despertador.

-¡Vamos, levántate, imbécil de la división A! -me gritó. Instintivamente lancé una patada que acertó en alguna parte de su cuerpo, no sé en cuál. No era una chica, era Lucio, un compañero de habitación.

-¿Qué tal lo he hecho? -preguntó, riéndose. Me limité a dirigirle una mirada asesina, y luego le espeté:

-Hazme un favor y muérete, Lucio -si algo me podía poner de mal humor, era aquello.

Al bajar al comedor a desayunar, lo primero que vi fue a McCoy, con su sonrisa radiante. Probablemente, ni le importaba que la castigaran. ¡Pero a mí sí! A mí no debería castigarme nadie, mi conducta tenía que ser intachable, como la del resto de la división A. O la de la mayoría, al menos.

También estaba ahí el pesado de Simón Philips, cual Pepe Le Pew* acechando a su presa. ¿Se daba cuenta ese chico de que se estaba comportando como un perrito faldero? Seguramente no.

-Samuel, ¿qué te pasa hoy? -me preguntó una voz de chica, según iba acercándome a mi mesa. Resoplé.

-Hoy no, Isabela. No estoy de humor.

-Está castigado -explicó Martiniano, casi atragantándose con la tostada que estaba comiéndose.

-Junto a la sangre sucia -continuó Antonio, tomando un trago de café con leche.

-La de la división B. -concluyó Martiniano.

-¿Desde cuándo terminan el uno las frases del otro? -pregunté, frunciendo el ceño.

-¿Cómo has dicho? -preguntó Isabela, incrédula.- ¡¿Estás castigado con ésa?!

-He dicho que me dejes en paz -repetí, bruscamente-. Me largo de aquí. Nos veremos en clase.

Me fui lo más rápido que pude de muy mal humor. Dana era la chica más insufriblemente correcta de la escuela, lo cual no le hacía gozar de mucha popularidad entre mis compañeros. En especial entre las chicas.

De camino al patio, deseé poder alejarme de esta maldita escuela, esta maldita división A. Desearía haber tenido el valor de desobedecer a mis padres y alejarme de esta guerra civil, en la que mi familia y por extensión yo, estábamos en el lado equivocado. Ni siquiera sabía de dónde demonios había salido el líder de nuestro bando, un tipo radical, megalómano e imbécil. Sin darme cuenta, había cerrado el puño y me estaba enfureciendo más. Me controlé rápidamente y respire hondo. Hora de ir a clase, ya habría tiempo luego para enfadarme.

Aritmancia, bonita manera de empezar un lunes.

*Pepe Le Pew: Zorrillo creado por Warner Bros. Conocido por su hipersexualidad