Capítulo beteado por Lizzie Swan Farrell,
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Disclaimer: los personajes son de Meyer, y la historia de Yuli.
Capítulo cuatro
Dejó de pensar en los complejos y prejuicios, dejó de pensar en lo que estaba bien y mal, solo se dejó llevar y pronto sintió unas manos jóvenes y fuertes tomándola por la cintura. Como cuando tenía dieciocho años, se sintió desfallecer mientras Edward la seguía besando, despacio a ratos y rápido en tiempos prolongados. Y aunque el aire les hiciera falta, el cobrizo se separaba apenas unos segundos para luego volver a besarla y dejarla sin respiración, literalmente.
Lentamente colocó sus brazos alrededor de su cuello y se apretó más a él, ¡le encantaba el beso!
Y podía haberse quedado, todo el día ahí embobada besándolo, en medio del central Park mientras todas las personas los veían, pero la cordura volvió a su cuerpo y se separó abruptamente, dejando a Edward confundido.
—Yo. —Trató de calmar su agitación—, lo siento, no debí. —Fue interrumpida.
—Creo que eres lo suficientemente madura para no decir que fue un error seguirme el beso, ¿no crees? —Aún mantenían cierta cercanía y mientras ella trataba de formular una respuesta, se dio cuenta del aspecto de él, su cabello desordenado por el viento, sus ojos serenos y llenos de brillos, sus labios hinchados y rojos. ¿Ella había provocado eso?
—Tienes razón —susurró—, y supongo que sería una mentirosa si dijera que no me gustó —susurró con la cabeza baja.
—A mí también me gustó. —Ella levantó su cabeza para observarlo y no pudo reprimir una pequeña sonrisa al oírlo—, y no sé qué prejuicios tienes, pero a mí me encanta besarte y lo voy hacer todas las veces que quieras. —Apenas tuvo tiempo de sorprenderse, porque él nuevamente la había tomado por la cintura.
—Edward —susurró mirándolo fijamente.
El joven cobrizo le respondió con la muestra más tierna y romántica que pudo haber recibido en su vida... un beso lleno de amor.
Aunque se sintiera feliz de caminar por las calles de New York de la mano de un hombre doce años menor que ella, no podía reprimir la incomodidad que sentía al ver cómo algunas personas se le quedaban mirando raro.
¿Tan vieja parecía?
¡Sólo tenía treinta y dos años!
Y claramente, aunque la sociedad hubiera avanzado, aún quedaban personas que veían esto raro y la hacían sentir mal.
—No pienses tanto. —Edward la sorprendió sacándola del trance que llevaba desde hace algunas calles—. Se te arruga la frente. —Ella inmediatamente llevó su mano hacia su frente—. ¡Es broma, mujer!
—Oh —sonrió incómoda—, lo siento ¿adónde vamos ahora? —preguntó.
—¡A comer! —exclamó, y ella rio, ¡era tan divertido!—. Tengo mucha hambre, ¿tú no?
—Sí, un poco —le sonrió—. Vamos, pues. —Ella se adelantó unos cuantos pasos, hasta que sintió una mano entrelazada a la suya, levantó la mirada, y quiso morir de ternura al ver el rostro de Edward en ese momento.
¿Podía ser un hombre más atento?
La incomodidad en el restaurante ante las miradas de varias mujeres se apaciguó al concentrarse en la conversación con el cobrizo. Él hablaba y parecía como si cantaran ángeles, observaba su rostro. Enceguecida, rogaba por que Edward no se diera cuenta de la cara con la que debía estar. Pero era inevitable hacerlo, al igual que era inevitable tener miedo de lo que estaba viviendo ahora y lo que podía llegar a sentir por Edward.
Edward era su amigo...
¡Joder, pero ni ella se lo creía!
—Has estado callada —le dijo Edward una vez que entraron al departamento de ella.
—Lo siento, ando —hizo una pausa mientras veía a Edward observar su departamento detalladamente—, distraída.
—Ya lo creo —susurró—. ¿Dónde está el sofá antiguo y cómodo que tenías ahí? —Apuntó una esquina de su sala y Bella tragó saliva nerviosa. Lo cierto era que había tenido que vender aquel sofá para sobrellevar los gastos de la casa. Aquel sofá era una reliquia de su familia, su madre se lo había regalado como regalo de bodas y ella no lo había querido devolver después de la casi boda, y hace unos días tuvo que venderlo y así había podido pagar alguna cuentas atrasadas.
—Te dije que era de mi madre. Ángela lo vino a buscar hace algunos días y se lo llevó a Illinois. —Suspiró y cambió de tema—. ¿Quieres ver una película?
—Sí, pero antes quiero que me digas qué te sucede. —Se acercó a ella—. Estás rara, desde que te bese, ¿estás molesta? ¡Diablos! ¿Te incomodé al besarte?, yo. —Lo interrumpió.
—¡No! —exclamó antes de que él siguiera—, no es eso, ya te dije no me arrepiento y me gusta besarte, pero, ¡joder!, siento que no es correcto. —Sí, lo había dicho y ahora debía atenerse a todo—. Somos amigos.
—¿Tú de verdad me consideras tu amigo? —Él se acercó aún más a ella, provocando nervios en ella y confusión, ¿él no la consideraba su amiga?—. ¿De verdad no te has dado cuenta?
—¿Darme cuenta de qué? —susurró.
—De que me tienes loco. —Edward dio el último paso y volvió a envolverla en sus brazos—. Completamente loco y sólo me he dado cuenta hoy. —La abrazó completamente—. Me gustas mucho y te quiero.
—Pero soy mayor que tú —murmuró nerviosa. ¡Se sentía como una chiquilla!—, podrías ser mi hermano menor y yo me siento confundida.
—¿De verdad piensas que yo podría ser tu hermano menor? —Se separó un poco de ella—. Bella, me has dejado bobo desde que te vi por primera vez en la estación y cabe mencionar que no te vi como una hermana, no nos conocemos hace mucho, pero es el tiempo suficiente para saber que no te quiero como una hermana o amiga, sino como mucho más, y ¿qué importa la edad?, ella no te da amor, no te da beneficios, no te da felicidad; la edad es un detalle insignificante, unos números simplemente, nada de eso cambiará lo que siento. —Suspiró.
—¿Entonces no te molesta que parezca una anciana a tu lado? —preguntó y le acarició su suave mejilla.
—No me molesta, siempre que seas una anciana guapa. —Ambos rieron—. No me molesta nada, Bella. Eres estupenda, jovial, risueña, hermosa, no te acomplejes por números.
—Pero, ¿por qué yo? —Lo miró inquieta—. Siendo tan joven tienes tantas posibilidades de encontrar una muchacha de veinte, o incluso menos, que te quiera y sea más linda.
—Yo no quiero una muchacha veinteañera que me quiera y sea linda. —La volvió a abrazar—. Quiero a la hermosa mujer con madurez que tengo en frente. —Ella sonrió.
—¿Cómo es que puedes ser tan tierno? —Acercó su rostro al de él, a tal punto de rozar sus labios.
—Es que he aprendido a observar las maravillas de la vida —ella creyó morir ante tales palabras —, y todas las tengo en mi cámara, al igual que cientos de fotos tuyas.
—Precioso —susurró ella, antes de besarlo.
Entonces, todo lo que vivió a través de los años que había guardado como experiencia desaparecieron en aquel momento. Había llegado a su vida un joven cobrizo con sueños de ser alguien en la vida, y le había hecho sentir todo lo que otros hombres nunca la habían hecho sentir.
Y aunque fuera incorrecto... ella se arriesgaría.
Y aunque tuviera miedos... ella lo intentaría.
Todo por Edward Cullen.
Él la apretó contra su cuerpo como si no quisiera dejarla nunca, y ella se aferró a él fuertemente. Sus besos le gustaban, le encantaban. Se acoplaban perfectamente y eso no cambiaría.
Sus lenguas jugaban entre sí, una guerra que no quería parar, y que no pararía.
—Me encantas. —Edward se separó un poco y comenzó a bajar sus besos—. Me tienes loco, y pensarás que te estoy mintiendo, que soy un chiquillo que no sabe lo que quiere, pero estarás muy equivocada. —Paró un poco y la miró a los ojos.
—¿Qué es lo que quieres entonces? —Ella se atrevió esta vez y lo besó lentamente, guardando en su memoria el sabor de aquellos dulces labios.
—En este momento quiero hacerte el amor —susurró en su oído y un escalofrío recorrió el cuerpo de ella.
El Amor.
Uy... en serio me encantaría saber que opinan ustedes. Es decir, Bella es 12 años mayor que Edward, no sé como se toman esto algunas. Cuando Bella tenia 12, el 0. Y cuando ella tenia 22... el 10 años. Es mas raro verlo así que verlo como una mujer de 30 saliendo con uno de 20.
¡Espero sus opiniones!
