Capítulo 2
Steve había quedado en llamar a un colega para ver si iban a dar una vuelta por algunos garitos no muy recomendables, él se movía en esos ambientes como pez en el agua, o casi. Allí veía cosas, oía cosas, trapicheaba y sacaba algún dinero… y conseguía también las dichosas pastillitas. Se echó la mano al bolsillo, pero su teléfono móvil había desaparecido. Rebuscó por todos lados, miró por el banco donde había estado sentado, desanduvo lo andado, y no lo encontró. Probablemente se le había caído en la casa de Mahone. Necesitaba su móvil y a pesar de que le parecía el peor momento para enfrentarse de nuevo al agente del FBI y se sentía hasta físicamente mal como si estuviera enfermo sólo de pensarlo, lo mejor era recuperarlo ahora que él estaba en casa, cualquiera sabía si al día siguiente estaría allí, a veces desaparecía semanas enteras.
Se armó de valor, suspiró profundamente y volvió a subir a su casa, llamó a la puerta: silencio. Llamó de nuevo, ahora dos veces, no se oía nada, llamó más veces, ninguna respuesta. Empezó a susurrar en la puerta: "Sr. Mahone, soy Steve, creo que me he dejado mi móvil ahí". Pero lo dejó, le iban a oír todos los vecinos y no quería que ninguno saliera a husmear. ¿Ya se habría dormido? Qué raro.
No podía irse sin su móvil. Sacó una tarjeta de crédito y rezó para Mahone no hubiese echado el cerrojo. Después de trastear con ella unos minutos la puerta se abrió. Estaba muy satisfecho de su habilidad, eso le dio entereza y entró con mucho sigilo y precaución, sorprender así a un agente del FBI como Mahone podía valerle accidentalmente un tiro en la cabeza. Cerró la puerta tras de sí, estaba oscuro, dijo en alta voz "Soy Steve, Sr. Mahone, he extraviado aquí mi móvil, ¿me oye?". Dio en la oscuridad con el interruptor y encendió la luz, allí estaba su móvil en el suelo, sobre la alfombra de la entrada, lo cogió y estuvo a punto de salir corriendo cerrando la puerta tras de sí, cuando una idea o premonición pasó por su mente.
Se dirigió al salón, él no había pasado nunca de allí, había una puerta entreabierta que él siempre pensó que daba al dormitorio, se asomó con cautela. Allí estaba Mahone sobre una amplia cama, parecía profundamente dormido, pero aún estaba completamente vestido. Vio el frasco de Midazolam entre sus dedos y le pareció entrever que faltaban más de la mitad de las pastillas. Le quitó cuidadosamente el frasco, corroboró lo que le parecía haber visto e inmediatamente empezó a mover a Mahone gritándole que despertara, pero éste parecía muerto.
Le entró auténtico pánico, se le puso el corazón en la boca, pero mantuvo la suficiente sangre fría para tomar su pulso, era muy lento, pero estaba vivo. No podía llamar a ningún hospital, si Mahone salía de ésta nunca se lo perdonaría, su trabajo en el FBI se iría con toda probabilidad a hacer puñetas, se descubriría su adicción y que… ¿había intentado suicidarse?, bueno ya pensaría sobre eso. Y luego estaba que él le había suministrado las pastillas y que había entrado de noche en una casa ajena y que la policía tenía un expediente de él no muy limpio, aunque nada grave, eso sí… No quería líos.
Llamó inmediatamente por el móvil a cierto médico que conocía bien y que hacía trabajitos como extracción de heridas de bala, coser navajazos o atender en casos de sobredosis sin hacer apenas preguntas, a cambio de que se le pagara bien. En realidad por cierto turbio asunto le habían retirado hacía algunos años la licencia para ejercer. Le explicó el caso por encima sin apenas aliento…
Debería ir a un hospital y que le hicieran un buen lavado de estómago… sí ya sé, si pudieras llevarlo a un hospital no me llamarías a mí. ¿Midazolam dices? ¿Dónde estáis? –le dijo el en otro tiempo respetado Dr. Sanders.
Steve le dio la dirección.
Vaya, ahora tienes amigos yonquis en barrios elegantes, jejeje, bromeó el médico con su vocecilla cascada al otro lado del móvil
¡Déjese ahora de chorradas, no sé si estará vivo cuando llegue!
Vamos, escúchame y no te pongas nervioso muchacho. Intenta despertarlo por todos los medios, zarandéalo, dale de bofetadas o mejor aún, mételo debajo de un chorro de agua bien fría, e intenta que vomite ¿me oyes?, dale lo que se te ocurra para que vomite, mientras más pastillas eche mejor. Yo ahora mismo voy para allá.
De acuerdo Sanders, pero por dios, dése mucha prisa…
Volvió a comprobar el pulso, era débil, muy débil, iba a darle de bofetadas como le había dicho el médico, por dios que se las merecía, pero no fue capaz. Lo cogió por las solapas de la chaqueta y lo echó sobre sus hombros, tambaleando por el peso fue al cuarto de baño con él, allí le metió casi todo el cuerpo en la bañera con la cabeza hacia abajo y abriendo a tope el grifo de la ducha empezó a echarle chorros de agua helada por todo el cuerpo. Mahone pegó una especie de respingo y empezó a farfullar algo que no se entendía, Steve se alivió un poco, al menos parecía que reaccionaba un poco.
Cerró rápidamente el grifo y dejando allí a Mahone, fue como una exhalación a buscar la cocina. Abrió el frigorífico, nada, sólo muchas botellitas de agua mineral, Mahone tenía una dieta muy saludable, pensó irónico. Fue a los muebles: té, azúcar, café, sal… ¡eso es sal! Cogió la sal, un vaso y una cuchara grande y volvió literalmente corriendo al cuarto de baño. Allí estaba Mahone como le había dejado, prácticamente inconsciente, pegando tiritones y chorreando, sentado en el suelo y con la espalda apoyada en la bañera. Le echó la cabeza hacia atrás, le abrió la boca, y le metió una buena cucharada de sal y un vaso de agua detrás. La reacción no se hizo esperar, Mahone empezó a toser violentamente, Steve le dio la vuelta y le puso de nuevo con medio cuerpo metido en la bañera, empezaron las primeras violentas arcadas.
Vamos Sr. Mahone tiene que vomitar todo eso –le dijo Steve pensando en que tal vez le oía.
Su cuerpo se convulsionaba entre toses y arcadas, Steve no se lo pensó dos veces y le metió los dedos en la boca presionando su lengua, empezó a vomitar en la bañera, agua salada y pastillitas azules, algunas algo deshechas ya. Volvió a repetir la operación de la cucharada de sal, esta vez aguantando como pudo la resistencia seminsconsciente de Mahone que no quería abrir la boca y además le daba manotazos intentando empujarle. Después de un pequeño rifirrafe volvió a vomitar más pastillas. Pero desde luego no lo veía mucho más despierto, volvió a abrir el grifo y echarle de nuevo chorros de agua fría, esta vez Mahone trataba de escabullírsele, Steve terminó tan empapado como el agente del FBI, el suelo parecía una laguna.
