Prefacio

Hace mucho tiempo, para ser exactos hace 500 Años. Hubo un guerra que ha definido nuestro mundo durante muchas décadas he incluso hasta el día de hoy.


El cielo era adornado por un manto oscuro. El manto que cubría la noche era distinto era oscuro y lleno de maldad, no era azul oscuro como se frecuentaba, Si no rojo…como la misma sangre que se derramo en el suelo mortal, y la luna, al ser alguna vez de plata era teñida de un rojo por el odio Y más que todo… La muerte.

El suelo que era teñido de un rojo escarlata, cuerpos Inertes en el suelo algunos de a paraciencia humana…Y otros cuerpos que difícilmente se podía decir que eran humanos totalmente.

Solo en el medio de ese campo de guerra, se distinguía una mujer de largos cabellos negros y piel blanca, vestía un kimono de sacerdotisa, su cara desbordaba cansancio y pena, sus labios rojizos estaban fruncidos en fina línea, sus ojos, de un extraño color esmeralda se vean opacos pero, un pequeño brillo se conservaba casi inexistente en ellos, un brillo de felicidad y solo por ver a la persona del otro lado del campo de batalla.

Esa persona que se colocaba justo delante de ella, era un hombre, totalmente hermoso y feroz, sus ojos eran dos pozos sin fin, hermosa piel morena mancha de sangre de otros, su cabello era largo y negro, recogido en una alta cola de caballo y su vestimenta era un hermoso traje de guerra de colores oscuros.

A diferencia de la mirada de la joven, el hombre tenía una mirada distinta, odio, rencor, cólera y ¿tristeza? Era poca pero brevemente visible en esas dos cuencas negras. Ambos habían sido traicionados. Dos almas destinas, dos amamantes eternos, sufriendo por un error.

Un error que había desatado la guerra, una guerra que ha había sido capaz de pintar la luna de rojo y provocar la ira de los dioses.


"¿Qué pasa cuando te enamoras del tiempo y una vieja maldición? Y que te enteres que el mundo donde vives, está constituido por seres que al parecer no existían."