Flashback de Antonio
Su respiración era agitada y aparatosa, ya había recorrido casi toda la escuela de salón en salón buscando su libro y la empresa no daba resultado. Se maldijo a sí mismo por extraviar todo el tiempo las cosas y andar de un lado a otro tan despreocupamente, no era la primera vez que eso le ocurría. Apresuró la marcha después de salir del salón de química con las manos vacías y se dirigió a la biblioteca, si no encontraba el libro, no podría estudiar para el examen y si reprobaba de nuevo tendría que tomar clases extra con el maestro Germania. Un escalofrío recorrió su cuerpo ante la idea de clases extra y Germania en una sola oración.
—Buenas.— susurró Antonio al entrar a la enorme sala forrada de libros, esperando toparse con el usual seño fruncido de Roderich en el mostrador. Para su sorpresa, aquella tarde el sitio estaba vacío.— Parece que hoy no vendrá.— murmuró encaminándose hacia el centro de la biblioteca, lugar dónde se encontraban las mesas de estudio que él había estado usando esa misma tarde, aunque lo único que había hecho durante todo el rato fue holgazanear. Iba tarareando al ritmo de una vieja canción cuando se detuvo abtuptamente.
Justo al lado de su libro, sentado y recostado sobre la tablilla, se encontraba un chico de matices castaños y un rulo singular sobresaliendo desde el flequillo. El joven parecía estar totalmente dormido, empleando hábilmente un libro de algebra como almohada para acomodarse mejor. Respiraba tranquila y acompasadamente, como si estuviese descansando en las mismas nuves y no en una incómoda silla. Antonio sintió un leve rubor colorear sus mejillas. Le gustaban las chicas pero aquel castaño tiernamente dormido, reflejando los ya pocos rayos del sol que se ocultaba...le parecía la escena más hermosa que había podido presenciar.
Así pues, olvidando totalmente el motivo por el que había ido ahí, tomo asiento frente al joven, teniendo cuidado de no hacer ningún ruido al momento en que arrastraba uno de los lugares para mirar más de cerca.
—Qué lindo.— sonrió estirando la mano para rozar el aparentemente sedoso cabello de su acompañante. De un momento a otro, el sueño sosegado se detuvo y el desconocido dio un respingo entre sueños, comenzando de la nada a murmurar:
—Dannatamente... stupida sorella, ho... detto che era la... mia pasta.— No tubo que adivinar ni buscar en su celular algún traductor, el chico era claramente italiano.
—Me pregunto que estará diciendo.— pensó el ibérico, acercando un poco más su rostro al del chico para escucharle mejor, en un intento por comprender lo que decía. Repentinamente, éste se giró hacia él, haciendo que sus labios se encontraran y tocaran ligeramente.
El sonrojo del ojiverde fue mucho más grande que el primero y ésta vez iba acompañado de los escandalosos latidos de su corazón, el cual parecía forcejear con sus costillas en una pelea por escapar de su pecho. Tomó tanta distancia como pudo del durmiente y llevo su diestra a su mandíbula, estupefacto a más no poder.
¿Por qué reaccionaba así? ya había besado a muchas chicas hermosas antes y nunca había tenido una sensación tan fuerte por un simple choque accidental. Miró nuevamente al italiano que parecía no haberse enterado de nada, dormitando ininterrumpidamente e imperturbable mientras soltaba uno que otro ronquido.
Para Antonio eso se volvió una rutina. Todos los días después de clase se dirigía a la biblioteca extrañamente vacía, a excepción de cierto italiano que parecía nunca estudiar porque siempre lo encontraba dormido o cabeceando. Antonio solo le había visto despierto una vez, y vaya que se sorprendió con el resultado. Sus ojos, que en ese momento se dio cuenta de que eran de un verde olivo brillante, miraban fijamente un tomate y luego de un lado a otro, como esperando que no hubiera nadie alrededor, para al final darle un mordisco a la fruta. Relamió sus delgados belfos y sonrió.
A Carriedo casi le dio un vuelco el corazón, escondido detrás de unas estanterías al mismo tiempo que se emocionaba. ¡También le gustaban los tomates! Y sus orbes, eran tan grandes y lindas... pero lo más precioso era su sonrisa, tan cálida e infantil. Aquella escena le hizo apretar los puños decidido, iría a hablar con él.
Estaba a punto de salir de su escondite cuando, sin querer, choco con una estantería e hizo que un libro le cayera sobre la cabeza al menor. Un escalofrío recorrió su nuca, ¿qué pasaría si lo veía ahí, oculto entre las sombras?¿iba a pensar que era un brabucón y que el golpe era una treta?¿se daría cuenta de que él lo espiaba todos los días? No importaba, era mejor no saberlo. Escuchó el ruido de la silla moviéndose y un nervioso —"¿Quién esta ahí?"— de parte del muchacho que se tallaba la cabeza. Antonio no perdió el tiempo y salió corriendo de la biblioteca despavorido.
Advirtió pasos siguiéndole el rastro por un rato hasta que finalmente se detuvieron. Después de asegurarse de que nadie lo perseguía, se recostó en una pared y exhaló prolongadamente. ¿Es qué él era un pervertido?, se sentía justo como cuando Francis les había sugerido a él y a Gilbert espiar a las chicas mientras se cambiaban. Aún podía sentir el dolor del chichón que Elizabeta le había hecho con su puros puños. Entonces, ¿el durmiente le reconocería? era obvio que ya no podría hablar con él.
En medio de sus cavilaciones, unos murmullos se hicieron presentes desde el pasillo continuo. Fernandez guardó silencio y se asomó cautelosamente.
—¿Dónde te habías estado metiendo Vargas?— preguntó uno de los alumnos de grado superior, bien conocido en la institución por su participación en torneos deportivos.
—No seas tan duro, seguro estaba escondido en algún baño. Maldito marica.— se burló un segundo brabucón, acercándose a su compañero con sonrisa cómplice.— ¿Pero sabes?, apareciste en el momento indicado Vargas, necesitábamos un poco de dinero y un saco de arena para practicar.
—Jódete estúpido, ve a mendigarle a otra persona.— escupió un tercero que Antonio reconoció de inmediato, era el italiano de la biblioteca.
—¿Qué mierda dijiste?— ladró de nuevo el líder, inflando el pecho indignado
—¿Ahora tampoco entiendes español? Te dije que te jo-das.— aclaró el menor como si le intentara explicar a un niño que dos más dos es cuatro.
—Tú te la buscaste Vargas... — advirtió por último el más corpulento de los dos asaltantes, acompañado del sonido de un golpe fuerte. Carriedo se apresuró a inteerrumpir la escena donde se quedo paralizado breves instantes.
El chico del rulo estaba tirado en el suelo con sangre brotando de su cabeza, claramente inconsciente mientras otros dos gorilas de gran tamaño se acercaban para darle de nuevo un porrazo que logró hacer que su cuerpo chocara violentamente contra otra pared. Antonio, fúrico, se precipito sobre el par de superiores, cogiendo una escoba e impactando el mango contra sus estómagos para empujarlos lejos de la figura inconciente.
Los dos adversarios no tardaron en recuperarse y atacar al moreno sin escatimar en fuerza. El español recibió un par de golpes en el vientre y uno en la frente, sin embargi regresó rápidamente los ataques, tal y como le habían enseñado sus amigos en algunas de las peleas callejeras de las que había sido partícipe por simple curiosidad. Finalmente, y tras un esfuerzo monstruoso, logró acabar con los dos agresores tendidos en el suelo y llenos de moretones. Por su parte el sentía que su brazo izquierdo no se movía, su nariz sangraba, tenía un ojo morado y sus nudillos estaban raspados y a punto de reventar.
Se giró por última vez al italiano que aún reposaba desmayado, le arrastró como pudo hasta la enfermería y cayó rendido. Su vista se volvió borrosa y de a poco perdió la conciencia.
Fin del flashback
Esa había sido la última vez que lo había visto, después de salir del hospital y ser expulsado de la escuela ni se molestó en buscarle. Se sentía completamente inútil. Aunque "Vargas" supiera que él se había deshecho de sus agresores, ¿qué iba a pensar de él? solamente era otro loco peleando en la escuela. A pesar de todo eso, no pudo ocultar la felicidad que lo embargo al encontrarlo después de tanto tiempo.—"Así que estás aquí en España".—
—¿Q-qué tanto le miras a la niña, maldito?— interrogó el muchacho, trayéndolo de vuelta a la realida como un valde de agua fría.
—¿Eh? ah, perdón... — se disculpó, desviando su atención hacia otro punto y mordiéndo su lengua. Había estado a punto de decirle "No estaba viendo a la niña, te estaba viendo a ti", como un completo idiota. Perfecto, ahora iba a pensar que era un pedófilo.— Bueno, ¿por qué no te presentas?— propuso dirigiéndose a la niña que les miraba con una expresión de odio puro.
—Adelante mocosa, saluda como te enseñé.— indicó el olivo depositándola bruscamente en el suelo.
—C-cállate idiota, se como hacer esto.— replico la pequeña, tomando aire para luego carraspear y hablar con voz temblorosa.— Soy Chiara Vargas, un gusto bastardos.— todos se quedaron en silencio mientras Gilbert aplaudía lentamente.
—Que... linda hija tiene.— Comentó el español para romper el hielo. Entonces cayó en la cuenta, ¿él ya tenía una hija?¿entonces ya estaba casado a pesar de ser más joven que él?. Bueno, era obvio que tendría una pareja, después de todo era lo normal a para todos. Recordar ese simple hecho le provocó la sensación de un hueco en el estómago.
—No seas imbécil.— corrigió el menor chasqueando la lengua.— Ese engendro del demonio no es mi hija.
—No mientas chico, ella es jodidamente igual a ti.— intervino el albino alzando a la niña y poniéndola frente a él para examinarla.
—¡Suéltame, cazzo!— ordenó la menor quebse retorcia como su estuviera poseída.
—Ella es hija de mi hermana gemela, le dio a luz a temprana edad y yo me ocupo de ella mientras esta con la mierda de su padre en Alemania.— explicó rapidamente el del rulo sin deseos de entrar en detalles. Una alegría inexplicable embargo al hispano.
—¿No tendría más sentido si tu lo hubieras hecho con tu hermana?— preguntó Francis en medio de pensamientos impuros.
—Sera mejor que se retire, debe estar ovupado.— interrumpió Elizabeta que había regresado para monitorear al grupo, evitando que hicieran preguntas relacionadas a las tonterías del francés.
—Como sea, reza para que me acuerde de venir por ti, mocosa.
—Jóuete.— le grito ésta aún en los brazos del alvino que aprovechaba su distracción para picarle sus suaves mejillas.
El italiano ya se retiraba cuando Antonio lo tomo del brazo. Tenía que preguntarle, llevaba casi cinco años carcomiéndolo la misma pregunta, en realidad, desde el día en que lo había conocido dormido en aquella biblioteca de la escuela. Tragó saliva y le liberó azorado.
—Disculpa, ¿cuál es tu nombre?— el otro lo miró entre enojado y confundido antes de responder.
—Lovino Vargas.
Carriedo suspiró con y permitió que el joven se marchara con un solo pensamiento en la cabeza.
Qué hermoso nombre...
Aclaraciones: Solo quiero dejar en claro que éstos recuerdos se llevaron a cabo durante la época en la que Antonio aún asistía a la universidad, es decir, hace cinco años. El entonces tenía 21.En cuanto a las edades:Lovino: 23Antonio: 26Gilbert: 26Francis: 27Elizabeta: 26Los niños en general: 4-5Sin más, espero que les haya gustado y gracias por leer hasta aquí.(?